miércoles, 24 de mayo de 2017

Medio siglo contando el cuento en que sucede todo



Entonces entraron al cuarto de José Arcadio Buendía, lo sacudieron con todas sus fuerzas, le gritaron al oído, le pusieron un espejo frente a las fosas nasales, pero no pudieron despertarlo. Poco después, cuando el carpintero le tomaba las medidas para el ataúd, vieron a través de la ventana que estaba cayendo una llovizna de minúsculas flores amarillas. Cayeron toda la noche sobre el pueblo en una tormenta silenciosa, y cubrieron los techos y atascaron las puertas, y sofocaron a los animales que durmieron a la intemperie. Tantas flores cayeron del cielo que las calles amanecieron tapizadas de una colcha compacta, y tuvieron que despejarlas con palas y rastrillos para que pudiera pasar el entierro. 

(No hay, adrede, comillas o cursivas en esa voz que habla más arriba: la mejor lectora de ese delirio, según el autor de ese delirio, fue una señora rusa que lo transcribió de principio a fin, de su puño y letra, palabra por palabra, con el fin de averiguar “quién es el loco, si él o yo”.) 

[Lectura-homenaje de Cien años de soledad 
en el 50 aniversario de su publicación, 


martes, 25 de abril de 2017

La canción de cuna de José Hierro



En la derrota hay silencio, cristales rotos, telas rotas, y vergüenza. En la derrota hay silencio de relojes rotos, muy parados, rachas de viento que no cesan –no van a callarse en toda la noche–, y vergüenza: ciertas ganas niñas, cabizbajas, de pedir perdón. No por haber perdido, sino por haber contribuido a ahondar esa brecha indigna –el verdadero crimen– que enaltece o rebaja a los hombres, separándolos.

(Porque, a pesar de todo,

“aquel que anduvo por los campos
solitario, pisando odios,
era un hombre de carne y hueso
como nosotros”.)

martes, 18 de abril de 2017

Abril, la luna, el laberinto (Alucinación XVIIII)




Poblando el lugar de mi dolor; iluminando por dentro el río; cauterizando sombras
con cimbrear de vela roja entre lo oscuro,


¿qué venías a sanar,
hija pródiga de esta tierra?
¿qué querías devolverme?


un trono de mimbre para un niño;
un niño de mimbre y ojos llenos
asomado a las calles de la luna

(el niño-títere de un sueño que es un llanto que fue un crimen en su silla temblando al final del pasillo)


por los patios de la luna llevabas al niño
y el hombre que quedó velando

por el laberinto fosfórico del agua
la luna iba preñando otro fulgor


(¿qué venías a salvar,
cimbrear de vela rubia entre lo oscuro?
¿cuántas antorchas fuiste?)


una invistió al mirar al caballero

otra durmió al costado de un cuchillo

otra fundó abril sobre una ruina,
            consumió despacio las puertas de poniente;
bebió despacio, con los ojos, el sol monarca de poniente


y encendió el teatro de la luna más antigua. 

domingo, 12 de marzo de 2017

El cofre aquel


Y de la maleta que dejé bajo tu cama,
de la reliquia atroz que allí dejé
como prueba y talismán de mi regreso;
de la bolsa que abdiqué
allí, bajo los pliegues dulces de tu cama,
y que era la fianza de mi viaje,
el cofre del tesoro que enterré, para volver,
bajo la arena ámbar de tu cama,

qué fue,
qué es lo que habrá sido


La dejé llena de luz,
de folios preñados de la lumbre
que dibujó un invierno el mediodía;
la dejé opulenta, colmada y
caudalosa,
                    terrible de sucesos
mas cansada; cansada
                                  

El polvo la asediaría
lento, a pedazos,
con su plaga silenciosa de abandono
y epidemia goteante hacia la tierra;
la luz sumaria del atardecer
la encendería, la quemaría,
la abrazaría agónica de escombros
en una hoguera negra que olerías sin duda
en los días de fiesta al despertar;
llena de sangre y culpa hasta los bordes,
anegaría de a poco los rincones
cuando no la viera nadie,
cuando sólo tú, tú sola


Te hablaría de madrugada, esa maleta,
ese baúl como un túnel de tiempo
te hablaría, te contaría desde su cráter
bajo tu cama
                       aullidos sordos de muy lejos,
recuerdos de naufragios en vigilia
que te despertarían de súbito,
aterrada,
con su estrépito feroz y penitente,
mojadas de muertos y de agua
las sábanas aquellas de tu cama

(No te dejaría dormir, tantas veces,
aquel cofre,
                       con su soplo funerario desde abajo,
su hálito de cueva en llamas)


Se tornaría pálido y febril,
el hatillo que dejé bajo tu cama,
aquel último equipaje que dejé
sabiendo, quizás
    (de alguna forma oscura, muy lejana),

que se quedaría allí sin más remedio,
sin más destino
que vivir allí como notario,
como prueba clamorosa de aquel crimen,
varada y boqueante esa maleta
hasta hacerse raíz bajo tu cama,
hasta hundirse en pozo en el silencio,
hasta hacerse un sepulcro en la penumbra,
una tumba sin nadie,
                                   una cajita de muertos
tan vacía ya, tan vacía,
que no pesaba nada y no lloraste
                                                          (no llorarías)
la tarde ésa cualquiera en que la abrazaste finalmente
para enterrarla sin dolor en el jardín.


[B., otoño '10. De Memorias del fantasma]



martes, 7 de marzo de 2017

El animal


Mirando por encima de los hombros
de los que no nos dejan salir –ciegos
centinelas de amor, en cuyos rostros
encerramos nosotros al sosiego–,

¿qué es lo que gritas, qué es lo que yo niego
al apartar la vista a los escombros
de la llama furtiva que al fin riego
y que tú entierras: el feroz asombro?

Tras la lenta mudez de esta alambrada
Les amants bleus - Marc Chagall
un animal se vuelve como un ruego
mientras lame la mano de su dueña;

mientras al otro lado, en su morada,
calla otra bestia, guarda para luego
los despojos de un párpado que sueña.



[De Memorias del fantasma]

domingo, 5 de marzo de 2017

La memoria en llamas de Angelina Gatell



Alguien –quizás otro grande poeta–, en algún atardecer de posguerra de un campo manchego, escuchó a un viejo pastor decir que “las guerras civiles duran cien años”. (Un anciano probablemente analfabeto pero que sabría leer de carrerilla el abecedario de la desventura humana.) ¿Dura ya entonces ochenta años la guerra civil española? ¿Durará cien? No estamos haciendo literatura: ese viejo sabía muy bien lo que decía. De igual manera que dudamos, muchas veces, sobre si cabe escribir en mayúsculas ese nombre y ese apellido tan antiguos, como de una bisabuela remota: Guerra Civil. [“¿Qué guerra civil?”, nos preguntamos ya, en otro episodio de la misma: “la única; la del año 36, o la que empezó hace siglos”.]

No; ya acabó la guerra civil, la abuela Guerra Civil española: el 1 de abril de 1939. Ya terminó aquel capítulo ilustre de la historia universal de la infamia. Pero es cierto que algunas cosas parecen no terminar jamás. Pareciera que ciertos sucesos no dejan de supurar, como el reguero que deja la culpa. Quizás porque –decía la poeta austríaca Ingeborg Bachmann– el mal, no los errores, perdura, /lo perdonable está perdurado hace tiempo, los cortes de navaja / se han curado también, sólo el corte que produce el mal, / ése no se cura, se reabre en la noche, cada noche.

Así, también, algunos seres

Atravesados por el miedo, 
indefensos, perdidos 
en la ciudad que se llamó posguerra
...


miércoles, 15 de febrero de 2017

Buscar casa




Pero todos estamos siempre buscando casa. (Dónde la casa, dónde la lumbre, dónde el rincón en que rendir los ojos, mecidos por el Tiempo de febrero, su cabaña del monte, al atardecer.)

Siempre estamos buscando casa; pero al encontrarla, al habitarla, seguimos aún buscando, la lumbre alerta de los ojos, tratando de descifrar al horizonte la otra casa que custodiarán los niños en la estrella primera del crepúsculo. (Nos traicionamos continuamente, sí, buscando la luz de más allá.)

Hoy se quisiera volver (¿adónde?), pero sé que cuando estuve allí, cuando era entonces, también velaba en la tarde, como ahora, acechando hacia aquel bosque otro candil. Todos buscamos volver a casa. Y en la espiral del Tiempo vuelve el corazón en vilo a habitarlas todas. Vienen comparsas de frío y de aire azul, de máscaras de sueño por la calle primera del invierno; pasan vísperas de sol bendiciendo la fragua primordial de mi Península, donde pudimos ser felices (donde lo fuimos, ¿recuerdas?, muchas veces); y un gato niño llora al otro lado de la pared ésta a mi espalda, llamándome todavía. (...pared, pared que callas, que no nombras, / que no avisas jamás de lo viene / y callas lo que vino y está siendo / a dentelladas sordas, sin que suene.) Se levanta un alud de ámbar en los párpados; se remansa. Y en un fulgor de lágrima puedo habitarme otra vez, a contraluz de una vida que sigue viviendo, ella sola, que no terminará de vivirse nunca, en aquella casa blanca de mejillas verdes y ojo azul y pájaros tutelares del verano. Donde supe del milagro. Donde aprendí a rezar.

Casas, también, en que dormir la culpa, oyendo el terrorífico sonido del mundo (algo había que hacer, había que hacerlo cuanto antes: ¿el qué?). Casas en las que esperaba a que llegaras; casas que no ibas a conocer nunca. Al cabalgar la carretera, entre la luna y el cofre ardiendo hacia poniente, de vuelta otra mil vez a la intemperie, entreveo en la llanura las casas sencillas de la gente que vive aún ese silencio, que supo bendecir su casa, que quizás sigue siendo feliz, todavía, muchas veces. Y quiero parar allí, quiero quedarme en su penumbra, mirar todo ese óleo, que anochezca. Qué es lo que buscamos siempre, buscando siempre tanta casa, siempre más allá, siempre ahí a lo lejos. Qué carnaval, qué fiesta sorda en el pasillo; qué noche deslumbrante de vestido de plata y cabellera de fuego y antifaz, esperando en el balcón que alumbra el río. Qué espejismo que redima; qué sortilegio que nos salve. “Aquí, en esta casa, aquí te amo”; “Yo sé qué luz habrá a esta hora / en cierta calle, en cierta casa, / en cierto jardín de génesis perdido / donde quedaron las ruinas de mi cáliz”; “Porque me habitas, porque tú me habitas, lejana, / y eres la voz, y el ciego fantasma centinela / que vela este secreto y su farsa cotidiana”; “Como sobre las ruinas de una civilización sepultada, / otros vivirán; otros –sin saberlo– habrán llegado, / habitarán ya el lugar de aquella casa”.

“En noches así,
tú eres mi casa”  

Pero no; pero ahora ya lo sabes, viejo nómada del corazón en cueros. Ahora ya no puedes hacerte trampas. Ya sabes que, cuando la encuentras, la casa crece a tu alrededor como un alambrada de hiedra: porque es sólo a ti a quien vas buscando por ese palacio vacío en que lo tienes todo, sin saberlo. Vamos buscándonos a nosotros mismos por los salones y los fantasmas, por las máscaras y los espejos, por el sol y las catacumbas en que todo fue, todo será, / todo hubo siendo / todavía. Pero ya sabes que sólo en ti la casa, el palacio, el fuego que es fuego toda la noche y permanece. Así que olvidar la cama, la falsa lumbre, el rincón en que dormirse y claudicar. (Sólo así se rompe la jaula en luz: habitando los rincones más oscuros porque en la gruta, en la cueva, en el sótano siniestro, alienta el Aleph de todos los delirios. Esperándote, hace milenios, en el palacio de espejos de tu sombra.)

En todas las esquinas del mundo, los mendigos que fui se lavan los ojos de locura. En las cabañas del monte acechan los niños mi porvenir. Las mujeres que fueron mi casa siguen errantes, por el camino que baja y que cruje de mi corazón a pie; pero ya se esperan ellas solas, valientes, a sí mismas, ellas solas, en el trono de lluvia de su cetro encendido.


Porque nada es afuera, todo es adentro,
y hacia adentro el verano invencible. 

domingo, 29 de enero de 2017

Larra: escribir, llorar, tal vez morir



Se escribe en legítima defensa. Pero si escribir en Madrid es llorar, qué clase de defensa queda a quienes sólo saben escribir para defenderse.

Por eso, tantas veces, escribir en Madrid es llorar a latigazos.

Soy periodista, paso la mayor parte del tiempo, como todo escritor público, en escribir lo que no pienso y en hacer creer a los demás lo que no creo. ¡Como sólo se puede escribir alabando! Esto es, que mi vida está reducida a querer decir lo que otros no quieren oír. 

Pero lo dijo; todo lo dijo. Y ese párrafo no es más que otra de las fintas de arlequín de Mariano José de Larra, embozado de nuevo en la ironía desesperada para poder hundir mejor, cuando ya parecía haber huido, la estocada, el escupitajo, el bastón impoluto...