sábado, 31 de diciembre de 2016

Cosas que aprendimos en el fuego


...Tú quieres saber quién eres, qué eres, para qué eres aquí, y quizás la respuesta, que no será nunca una respuesta, resida simplemente en dejar de hacerte preguntas, seguir donde estás, es decir, cayendo desde donde estás, hacia al fondo, hacia abajo, más abajo, más abajo en la desolación, hasta perder toda esperanza, hasta no esperar nada, hasta no esperar ni pretender que venga nadie a rescatarte, a buscarte, a mirarte y taponar tu llanto, tu sangría (hectólitros de lágrimas en sangre), y quizás en ese momento, sólo en ese momento, alcances para siempre y sin perderla esa luz ciega y blanca y brillante que intuyes a veces al otro lado, más allá, sólo más abajo y al final del último traspié en la sima, agarrado a la pared en la oscuridad, gritando al caer, llorando de terror y desolación al caer, hasta que la caída cesa y descubres que no has muerto aún, y que más allá de no morir estás quizás rompiendo, caída tras caída, la cáscara de miedo que te lleva impidiendo crecer desde hace tanto ya que ni te acuerdas. (...) Así que caer, y caer, y caer: hasta agotar todas las lindes del aire, las columnas del fuego azul, la furiosa columna de llanto hasta el final, para comprobar que sólo en ti la fe, niño, sólo para ti. Sólo tú y tú solo, sabiendo que sólo al saber que no eres nadie, que no existe Nadie, que no existe tu drama, tu gruta, tu abril en celo, sabiendo que no es más que un sueño todo eso que te tiene atrapado en la cárcel de la esperanza de tu vida, que sólo al saber en fondo, hacia el fondo, todo esto, podrás liberarte del yugo, de la cadena, de la bola de hierro incandescente haciéndote caer allá al fondo de la soledad interminable.

[abril] 



viernes, 2 de diciembre de 2016

Crónicas parlamentarias (I)

Crónicas de la herencia recibida en CTXT (noviembre):



"Yo soy tu padre, Pablo Iglesias"

Era el primer duelo al amanecer de la legislatura, o sesión de control, a sable o pistola, entre Pablo Iglesias y Mariano Rajoy. Sería de cierto interés saber a qué hora se levantaron, respectivamente, después de la eterna sesión del martes, prolongada hasta más allá de las 10 de la noche; si tenían estudiada más o menos la lección; si a Rajoy todavía le quedan trucos de sus años de opositor para dormir poco y disparar como una metralleta al día siguiente; si Iglesias se levantó con las primeras luces para ver desperezarse el sol sobre Vallecas y limpiar con determinación taciturna su revólver del Alcampo. 


Aquí se queda la clara, la entrañable transparencia

Mientras en un lugar del Caribe llovían flores amarillas por la muerte del Patriarca; mientras a escasos kilómetros de allí bailaban, todos juntos, náufragos y capitanes de yate en torno a un muñeco vudú al son de Gloria Estefan; mientras asistíamos al sepelio último del siglo XX, en fin, una irreductible aldea resistía aún en la Carrera de San Jerónimo. Peleándose, todos sus habitantes, por ser más revolucionarios que el vecino.


Minutos de silencio

El silencio, que es una forma del vacío creador, condensa por ello todo lo que se puede decir, pero sobre todo lo que jamás podrá decirse. Los monjes más arrodillados de la poesía –Rilke, César Vallejo, Alejandra Pizarnik– son aquellos que intuyeron que todo su oficio se reducía a cincelar el silencio, pues es éste el único que habla. Ciertos viajeros han comprobado que el silencio es –de manera consciente o no– un escudo defensivo de algunos indígenas en Latinoamérica ante la injerencia o el incordio del invasor (llámele también turista). Ante la muerte, gigantesco símbolo del todo y de la nada que no llegaremos a nombrar nunca, el único gesto coherente –si fuéramos coherentes en tales situaciones– sería enmudecer, porque cómo corresponder con el lenguaje a lo que no participa del idioma de esta orilla. Quizás olfateando esto último se le ocurrió al soldado australiano del ejército inglés Edward George Honey, según cuenta Wikipedia, el ya antiguo homenaje del minuto de silencio... 


Romper la piñata

"¿Qué hace una persona con 655 euros al mes?", preguntó Aina Vidal desde el atril del Congreso de los Diputados. Y las tribunas enmudecieron, graznó un cuervo desde una barandilla, y un remolino se paseó por entre la bancada del PP, tapándole por un momento la pantalla del móvil a Celia Villalobos. Pudo escucharse hasta el crujir de algunos resortes cerebrales de sus señorías, tratando de recordar en qué cosa invertirán tal cifra (cada mes).


¡Que vienen los reyes!

ecenas de jubilados de la noble Villa de Madrid se agolpaban a las 11.30 de la mañana de hoy [17 de noviembre] en la Carrera de San Jerónimo, cortada al tráfico y al transeúnte, para ver llegar a los Reyes, los de España, como si fueran en realidad los Magos y vinieran a traerles algo. “Niño, ¿te puedes hacer a un lao?”. El niño –el que suscribe– estorbaba a la vista de los privilegiados de la primera fila, mientras trataba de convencer a la Policía Nacional de que le dejara seguir camino hasta el Congreso. Recordaba la cosa a cuando uno era niño de verdad y tenía que negociar con los centinelas de las discotecas; ese pavor a perderse la fiesta. En este caso, los regalos de los Reyes. Pero hasta que no pasara la cabalgata no podríamos movernos de allí. 


Al salir, me esperas

...Nada es suficiente en esta santa casa. Todo es excesivo (menos los enchufes en la tribuna de prensa). Y los simpáticos ujieres velan por que se mantengan las formas allá do sea menester: no se pueden echar fotos si no está uno acreditado como tal profesional; no se puede permanecer de pie en las tribunas; no está permitido asomarse al tendido con el fin de echar un ojo a la bancada contraria, la de la oposición, de mucha mayor afluencia, por cierto, desde el comienzo de la tarde. La educación era el tema estrella de esta tarde, y mirando a sus señorías mirar el móvil, bostezar o cuchichear alegremente mientras se dirimían estas cuestiones, emergía la duda de si no eran más necesarios los ujieres aquí arriba o ahí abajo. 

martes, 1 de noviembre de 2016

'De paseo'




Será porque no es muy largo,
el camino al cementerio

será porque es agradable,
el paseo, Camino Murcia abajo,
y luego el sendero de cipreses
antes de doblar la carretera

sobre todo, sobre todo si es
noviembre, o enero, o mayo,
porque otoño invierno primavera
tienen cada cual su aire antiguo,
su sol nómada o mendigo o novia,
y siempre un hechizo raro,
ese sendero


Es agradable el paseo;
se distrae uno por el camino
con los viejos conocidos, cómo va la vida,
maestro, qué bien se está ahí al fresco,
se ríe un poco (lo justo), se mira al horizonte
y una vez en el camino de grava
ya la luz entre cipreses dibuja lenta
una partitura goteándote en los ojos

es agradable el paseo
y más aún cuando uno es viejo:
si yo fuera viejo lo haría cada tarde
porque es hermoso el bullicio primero del pueblo,
los niños del colegio   los obreros   la vida en suma
y luego salvo algún coche que pasa
el silencio, lento, del campo próximo
y un andar tranquilo que no piensa,
que olvida mientras tanto lo que duele


Sobre todo si uno es viejo,
viejecico ya,
es reconfortante el camino
que lleva al cementerio

e ir pensando en la travesía
en todos los que nos esperan
al final;
pues puede ir uno de visita,
al cementerio,
y seguir por sus calles blancas saludando
a todos los que dejaron el pueblo,
a todos los cansados o audaces o solos
que se quedaron ya a vivir allí,
un día, tras andar alguna tarde
el camino que lleva al cementerio

sobre todo, sobre todo si uno es viejo,
es agradable ese camino;
lo hacía el abuelo muchas veces,
se lo oía yo decir cuando le preguntaba
la chacha, o la abuela, de dónde vienes, Santos?
                                               (ella casi no salía ya
                                               de la casa),
y él respondía: del cementerio, de ver a…


Será por eso,
será porque no es largo,
porque es agradable ese camino
y reconfortante el sendero aquel de sol
que lleva al cementerio; sobre todo
sobre todo siendo uno, ya,
                                                viejo,
claro,


será eso,
                                              será por eso



Será que salieron, mis viejecicos,
cualquier tarde,
de aquí de la casa,
                                   de paseo y de visita,
de camino al cementerio,



y ya no volvieron.




[De La edad del mediodía -invierno '08-]

jueves, 20 de octubre de 2016

La canción del otoño




Y el otoño es ese claroscuro, esa penumbra ocre, ese tren que cabalgaba hacia el norte, o de vuelta al sur, entre la luna y el crepúsculo. (Era otra alucinación: en la ventanilla del flanco poniente se hundía la gran alcancía de oro; en la de oriente ya el cielo era oscuro, ya se limaba las uñas la luna creciente. “Márchate si ha llegado la hora”. Y alguien lloraba en un andén donde rompía el acordeón del mar.)

El otoño fue siempre esa canción vislumbrada en una hoguera, esa leyenda que ocurría a lo lejos, a lo lejos siempre y siempre sin nosotros: en algún lugar del monte un crío escuchaba a un anciano con voz de sauce la historia repetida de los siglos; en un pueblo más cercano un crío algo mayor escribía a la luz de un flexo y se manchaba de azul con la verdad más honda de su vida, la lluvia cayendo en soledad.

Y el vislumbre niño de escolar: Vístete de atardecer,
de camino rojo con pétalos de septiembre,
y vente a la fiesta
del furtivo otoño en su casa junto al río
 ...
aprenderemos, como cada año,  
el tiempo del ocaso permanente,
la tristeza tranquila de la lumbre
de cuando todo a punto,
todo a punto de empezar: 19 años; en esta misma ciudad, en aquel balcón con vistas a todos los otoños del mundo, con todo siempre a punto de empezar

(...“ahora que todos los cuentos
parecen el cuento de nunca empezar”: el perfume, la cota de malla de cuero, el puñal al cinto, el antifaz: siempre buscando una ventana, siempre).

Y siempre una lámpara, una lámpara encendida toda la tarde, toda la noche. Siempre una luz amarilla como ésta, compasiva como ésta, del oro polvoriento de una antigua fotografía, alumbrando el camino desde cualquier rincón de todos los otoños del mundo. Algo que estuviera siempre a punto de empezar, de la ciudad a los senderos negros, del monte al violín de avenida oceánica por donde vaga tu sombra (vagó: vagará) en la ciudad del invierno. ... Siempre una luz y una ventana, una pared dormitando dentro y quizá niños en la calle, carruajes que pasan, pasos que avanzan sobre los adoquines bajo un solo farol que existe sólo (aunque exista realmente) en un rapto de sueño que alguien tiene en alguna parte, soñándome a mí mientras lo sueño; una alcoba en penumbra que no hay. Y también, siempre, un fantasma de perfume asesino que yo invocaba, escondiendo plegarias de deseo bajo los apuntes del instituto. En la calle estarás, en algún lugar del anochecer de este otoño, estarás –pensaba en esas tardes; escribí luego, años después, en otras muy distintas.
  
Acechando, buscando, esperando: qué gema de viento dulce; en cuál esquina. (A ton étoile, tocaba Yann Tiersen; canta aquí en el balcón en cueros de la columna: A ton étoile). Donde marzo era un octubre equivocado; donde octubre fue la nueva ceremonia en que quisimos arriesgar vendándonos los ojos, brindar a contraluz mientras Europa se derrumbaba afuera (mientras corría despavorido otro tren, antes de que se cerniese definitivamente el frío).

Y esas noches en que regresé, regresaba; anocheceres que no han terminado todavía, que no terminarán nunca, regresando aún por esas calles encharcadas de farolas mientras yo mismo me esperaba, escribiendo todo esto, antes de escuchar al fin tus pasos en la escalera final que subía desde el castillo gris al refugio del vino y la hoguera y el cuento tuyo.


(Tengo 25 años y una mujer me mira leer, con la esperanza anticipada de un desastre –that night that you planned to go clear–; tengo 23 y cobijo a una niña mientras duerme, otra vez, otra vez mil so pass me by, I’ll be fine, just give me time; tengo 27 y un cuervo me trae el mensaje del rey –En noches así, tú eres mi casa–. Tengo todos los otoños del mundo y me despierta esa canción, aquélla, la de aquellas mañanas de sol y bondad con que la vida me acariciaba los ojos soñolientos. La canción de todo lo que volvió siempre otra vez mil a empezar.


miércoles, 19 de octubre de 2016

Dario Fo: nacer con el don de la risa




Nació con el don de la risa, y con la intuición de que el mundo estaba loco. Y ése era todo su patrimonio.

Es la frase inicial de Scaramouche –otro célebre bufón, a quien dio vida otro italiano–, pero parece escrita para la piedra y la rosa últimas de don Dario Fo.

Nacido, o bendecido, bajo el signo de la risa, no es por ello extraño que él mismo se considerara tremendamente “afortunado”: pocas máscaras más resistentes, más escurridizas, más poderosas como el humor para sobrevivir en el gigantesco manicomio de este mundo; hasta morir sonriendo a los 90. Existen, hay seres así. Y su fortuna es la nuestra al poder tenerlos cerca, al compartir la escena con ellos (en esta farsa tétrica siempre habrá algunos, aunque sean pocos, que chisporrotean entre las sombras).


martes, 11 de octubre de 2016

Sierra Sur: el suicidio como muerte natural



Se escribe para tratar de dar una respuesta: en la mayoría de los casos, tal ambición queda reducida a la esperanza, mucho más humilde, de alumbrar nuevas preguntas. Se escribe para tratar de penetrar un misterio, pero hay que resignarse, las más de las veces, a tantear a ciegas la pared, o a encender alguna antorcha compasiva que ilumine un ángulo inédito de la pared. De la mole negra tras la que, creemos, se oculta amurallada la respuesta. 

Se suele escribir, aun así, con la determinación de llegar a alguna parte. Pero hay ocasiones en que uno sabe, antes incluso de rascar la piedra, que todo será un caminar en círculos en torno al muro... 


domingo, 25 de septiembre de 2016

F. G. Lorca: Drama rural en mil enigmas y un asesinato



Hay muertos que no terminan de morirse nunca; que siguen jugando al escondite, con los vivos y con los muertos. Hay otros muertos, también (quizá fantasmas de papel y tinta), que no quieren que se encuentre a esos muertos; y también hay vivos que buscan, y otros vivos que prefieren que los muertos se queden donde están –donde quiera que sigan, jugando al escondite.

Hay, por supuesto, también, mil leyendas en torno a esos muertos y esos vivos. “Yo conozco a gente con una imaginación tremenda. Que te encajan las piezas a martillazos, pero que te hacen el puzle. Y dices: es que es creíble esto que cuenta, ¡incluso muy creíble!; ¿por qué no va a ser verdad? Pero no es verdad, ni más ni menos. Esto es todo un mundo, una madeja dificilísima”...


martes, 20 de septiembre de 2016

El Rostro




Cayendo como un grito de tu torre de Babel,
                                   yaciendo entre la sangre
                       levantándote
reptando los escalones del palacio de arena
como un monje vencido;
subiendo a la cámara del trono
empuñando el sol como una lanza
              y la luna en tu muñeca izquierda
como una esposa de diamante,
llegando al fin hasta el balcón
donde espera de nuevo la caída,

ponte tu máscara de llanto, impostor,
destrózala de nuevo contra el suelo

ponte tu máscara de amor
y siéntela agrietarse entre los ojos


Ponte la máscara otra vez,
una vez diez mil
destrózala de nuevo en la plegaria;
abraza el suelo de su llanto



Algún día llegarás al Rostro


martes, 6 de septiembre de 2016

CINE DE VERANO (y VI). 'Atrapado en el tiempo': el día de la marmota somos nosotros



Usted tiene miedo de que llegue septiembre. Usted se agazapa en este cine, agotándose ya las noches de agosto, contemplando las estrellas con aquella congoja del escolar que temía el lunes con los deberes sin hacer (a usted le gustaría en este momento, ¿verdad?, ser un escolar con la única preocupación del lunes con los deberes sin hacer). A usted le aterroriza en el fondo, confiéselo, que su vida vaya a ser siempre un lunes con los deberes sin hacer, un lunes eterno de angustia sorda, un lunes macabro que termina acabándose pero que fuera a repetirse una y otra y otra vez, hasta el fin de los tiempos. Usted teme al vendaval de realidad amenazando su palacio de papel veraniego y al hombre del tiempo que confirme el desastre (“Yo les daré un pronóstico para el invierno: va a ser frío, va a ser gris, y va a durarles el resto de sus vidas”).


lunes, 29 de agosto de 2016

'Antes del amanecer': el abordaje fortuito



En mecánica cuántica ya se contempla sin reparo la teoría de los multiversos, según la cual –dicho de forma grosera– el universo que conocemos se estaría ramificando ad infinitum en un abanico incalculable de universos paralelos, de realidades potenciales; casi como el futuro alternativo de Doc Brown y Marty McFly. Es decir: en este universo, Mariano Rajoy es el presidente del Gobierno, pero en otro se quedó en Santa Pola de registrador de la propiedad; en otro dejó a medias la oposición a registrador de la propiedad, al revelársele en un sueño místico su secreta vocación de poeta de la experiencia; etcétera.

En derecho marítimo existe una figura llamada abordaje fortuito, que determina los límites de una tragedia. Dícese de la colisión entre dos buques, motivada por una causa de fuerza mayor –una tempestad–, en cuyo caso cada parte deberá soportar sus propios daños.

En la plaza de este pueblo mediterráneo en que paso el mes de agosto, entre la soledad y mis asuntos (entre resacas absurdas con Ray-Ban y flotador de patito, preguntándome qué pijo estoy haciendo con mi vida, y escribir estos textos delirantes para CTXT que nadie en su sano juicio llamaría críticas cinematográficas), hubo el otro día una verbena...


domingo, 21 de agosto de 2016

'Brokeback Mountain': no hay amores malditos




No hay amores malditos

Hay podre   leyes   usos
error   espanto   astucia
impotencias   normas   mentira
angustia   doma   compraventa
cobardía y calamidad

No hay amores malditos

[Horacio Martín/Félix Grande]


No hay amores malditos: siendo el amor la Ley –la única–, cómo va a ser delito honrarlo. Cómo va a estar proscrita la única actividad que absuelve al ser humano de su infinita capacidad de maldad, de su talento infinito para la estupidez. Y sin embargo los hay, existen los amores malditos: porque, mucho más abajo de esa ley última, en este querido mundo nuestro están las leyes: los usos, los espantos, las angustias, las compraventas; las cobardías. En eso estamos, hace ya unos cuantos milenios. En eso suele consistir nuestro delirante paso por la Tierra. En hacer todos los juegos malabares posibles por prohibir la vida, unos, y por evitarla o disimularla o hacerle chantaje, otros. 


viernes, 19 de agosto de 2016

El temblor sonámbulo del niño Lorca




Miraba con los ojos atónitos de quien ve con la sangre. Veía; no con los ojos de la cara, sino con el ojo sonámbulo del río que corre, en la madrugada del mundo, dando de beber y de llorar a todo lo que existe. Era sonámbulo, de una forma inexplicable, alucinada: con un ojo en este mundo y el otro en el Otro Lado, pues quizás un verdadero artista no sea más que la manifestación del conflicto de ciertas fuerzas telúricas, en baile y lucha sangrienta entre lo oscuro y lo oscuro. Apenas el tronco y las ramas a merced de las raíces y el viento y la madrugada, pues nada es suyo: ni las fuerzas que le sostienen ni las fuerzas que le zarandean en la noche sin nadie.


martes, 16 de agosto de 2016

'Into the wild': la imposibilidad de una isla



Quizá porque has venido solo, también; quizá porque te he visto pasar solo, justo a mi derecha por el pasillo entre los asientos, distrayéndome un segundo de mi taciturna vigilancia de este patio llenándose de gente –ni ganas he tenido hoy, siquiera, de comprarle nada a mi íntima desconocida de la tienda de chucherías–; seguramente por tu aire distraído, tímido, buscando asiento en la penumbra aún azulada del atardecer como si se te hubiera caído algo y lo estuvieras buscando –como si pidieras disculpas, casi–, te he seguido vigilando desde lejos: sin poder evitar pensar que pareces demasiado solo para la edad que tienes, o pareces tener...


domingo, 7 de agosto de 2016

'Revolutionary Road': nunca nos quedará París




¿Han ido ustedes solos al cine alguna vez? Seguramente no; seguro que muy pocos, o ninguno. Porque tiene su aquél: late ahí una suerte de pudor infantil, ¿verdad?, como de estar cometiendo una travesura vergonzante, impropia ya de adultos –qué risa–. Como un adulto montado solo, sin niños, en un carrusel; como acudir solo a una fiesta en la que no conoces a nadie, o sin pareja a uno de esos terroríficos bailes de instituto gringo (el Baile del encantamiento bajo el mar de Regreso al futuro, sin ir más lejos, y por seguir con los clásicos), de los que los pobres pagafantas con granos enamorados de la rubia enamorada del capitán garrulo del equipo de nosequé son biológicamente excluidos, por voluntad o fuerza. [Existe un pasaje conmovedor de Bukowski recordando aquella vez que se atrevió a ir a uno de esos bailes de los quince o dieciséis años: pegó su nariz horrible contra el cristal de la puerta del gimnasio, adivinó el planeta aquel de vestidos, perfumes y lucecitas de colores al que no pertenecería jamás; se dio la vuelta, y echó a andar otra vez bajo la lluvia.]

Como soy ya adulto –qué risa–, como ya no tengo dieciséis años, sino el doble exacto, y como la noche ha caído ya sobre la costa y la terraza de este cine, echándonos un capote negro a los solitarios furtivos, no tengo, como Bukowski, razón o excusa para darme la vuelta en el umbral. Tomo asiento, entonces, simulando calma, mirando al norte y tarareando a Nacho Vegas (Y unos me llaman chaval / y otros me dicen caballero…), después de pagar una fanta a la joven altiva (¿recuerdan?) de la tienda bajo el proyector (con una calculada caída de ojos por mi parte, al devolverme el cambio, que hasta le ha hecho –lo juro– mirarme una décima de segundo a la cara). No es que tenga agorafobia súbita, esta segunda vez; es que, a diferencia de con La gran belleza, el patio está hoy sospechosamente nutrido de parejas. Parejas más o menos jóvenes, más o menos maduras. Parejas de mi edad, quizá con niños que se han quedado un par de horas con los abuelos...


martes, 2 de agosto de 2016

CINE DE VERANO (I). 'La gran belleza': todos los veranos de la juventud




Qué es lo que buscamos; qué acechamos; qué anhelamos encontrar siempre, incansables, al caer la noche azul del verano, al adentrarnos en la placenta de licor y furia de la noche del verano. Qué sortilegio o redención tratamos de apresar, como una luciérnaga imposible, por entre el bosque de los cuerpos, la madrugada escandalosa, la noche del verano como una serpiente lúbrica cerniéndose sobre la fiesta, a punto siempre de derretirla, o desvanecerse sola (ese espejismo cruel que mata el día, la primera luz del amanecer revelando el saldo del desastre).

Me pregunto todo esto, absorto, al poco de empezar la película, aquí al aire libre, en este cine en algún lugar del Mediterráneo donde parece no existir el tiempo: así estaba en mi infancia, así en la adolescencia, así todavía. Las paredes blancas, como la pantalla misma, de muros altos; sólo algún árbol o enredadera furtiva asomando sobre ellos, y arriba, por todas partes, adonde quiera que mires, el cielo solo, la bóveda anocheciendo, como una caja de zapatos a la que hubieran hecho agujeritos para que podamos respirar mejor aquí abajo, estas noches, los pájaros sin nido...


domingo, 24 de julio de 2016

'Mi corazón a pie'




"Son dos caminos blancos, curvos..."
(C. Vallejo)


Algo tendrá que ver conmigo esta tarde primordial,
este crepúsculo de voces indolentes,
este remanso,
esta playa límpida de adioses
y velas blancas que retornan sin dolor
pues no hay dolor en esta tarde,
(dicen voces que) no puede no debe
no quiere haber dolor en esta tarde


Algo habrá que sea mío en esta ofrenda,
en la hoguera sumergiéndose a poniente,
en la hora azul cobalto del verano
entre el agua y su bandera detenida
y gaviotas que redoblan a silencio
cuando se vacía la playa y se está solo,
dulcemente solo en lo caído


Algo, algo tiene de mí esta tarde
que se queda, que no quiere ir ya
a ninguna parte,
que se anuda al folio que moja la copa
y al azul de la tinta de los ojos del mar.
Algo se amarra en esta hora



Y algo crepita, lejos, en otra parte;
algo se quiebra y se separa.
Algo de mí que zarpa solo de otra parte,
que se sigue quebrando de otra orilla;
que cruje sordo del costado
y que ya zarpa, se va alejando:
hacia alguna parte en que es invierno,
a toda vela en el origen,
no dejará nunca de zarpar.


                                                                 [2011]


martes, 19 de julio de 2016

Alucinaciones (V)



A las cuatro de la tarde, donde la misa desierta del verano, el pájaro memorial y el surtidor que mana siglos, la tarde es la bahía quieta de un pueblo zarpando en sueño hacia poniente. No se oye más que la campana muda y amarilla, pero muy pronto emerge, como un aljibe puesto en pie, y se sienta sobre el potro de mármol que pace en la sombra. Oigo su transcurrir, las campanas por mis ojos, la sangre de sus cálices.           Y sé que no dirás nada, nada, nunca dirás nada, hermoso animal que cumple los anhelos del desierto. Más allá estará tu origen; más adentro estará ese patio, el gotear en las ruinas del sol, el rumor de lámparas de arena. Mucho más adentro estará el olivo que oficia su yantar la carretera, el monte del mandato, la agonía. 

La luz me lega su puñal y ahí te desvaneces, estatua de bruma en la canícula: la tarde atraca en mi vagar, se derrama el aljibe, y un turbión de sangre por las calles anuncia al fin el derrumbar del templo

domingo, 10 de julio de 2016

Marlon Brando: todas las caras del animal




Los mayores enigmas son transparentes. Los misterios más reacios a desvelar su rostro suelen pasearse en cueros a la luz del día. El alma humana es uno de ellos; así se abra uno en canal y exponga sus vísceras encima de la mesa (del escenario) para fascinación del respetable, para mayor extrañamiento propio. El alma conocida en nuestro tiempo como Marlon Brando –alma animal, cuerpo apolíneo animado por una bestia– es uno de los mejores ejemplos de ese enigma.


jueves, 16 de junio de 2016

Nunca es demasiado tarde, Sabina



La vida es una burda estafa innoble / y no hay donde poderla denunciar, garabateó hace años, aparatosamente, cierto adolescente apocalíptico, cuando ya había dejado de ser adolescente, en alguna noche siniestra de una ciudad sin nadie (pongamos que era Madrid).

Porque la vida nos parece demasiadas veces una vil refutación del cuento que nos contaron de niños, mirando por la ventana a oscuras. Calixto se hartó de Melibea –un amor civilizado al fin–, Melibea se la daría con cualquiera, pero ahí siguen: con sus recibos, su tele de plasma, su escena del sofá. Alicia fue hallada muerta anoche, en el País de las Pesadillas, por sobredosis de desengaños. A Caperucita la tiene a comisión el Lobo en El Edén –un antro de carretera con luces azules, rojas y amarillas–; la Bella Durmiente aquella del instituto que iba a plantar al príncipe azul por el bufón de la corte ya no sueña ni despierta, viendo sin ver Sálvame (“cómo pudo sucederme a mí”). Y hay quien, entre salto y salto por los tejados sin dueño, todavía se acordará de ti –esa ruina de donjuán–. 

Nos hace falta entonces, sí, tantas veces, “un mapamundi del deseo, un inventario de la duda”. Alguien que nos despierte en la noche, furtivo, y nos guíe hasta la salida del callejón sin salida del cuartel; que nos lleve de vuelta al vértigo y la ciudad levando los anclajes del galeón pirata del corazón en cueros.

Siempre, siempre se vuelve a Sabina. Hay que volver a Sabina como se tantea uno la camisa, a la altura del pecho, para comprobar que la brújula de la aventura sigue en su sitio, que sigue habiendo más de mil motivos para no cortarse de un tajo las venas...


viernes, 3 de junio de 2016

Marilyn: la rubia era más lista que usted, caballero




Sólo partes de nosotros llegarán 
a tocar partes de los demás
la verdad de cada uno es eso
solamente – la verdad de cada uno… 

(Los caballeros las prefieren rubias. Las rubias los prefieren ricos. Los ricos no tienen miedo, sueñan en tecnicolor, siempre son felices.)

…Sólo podemos compartir
la parte que dentro del conocimiento de otro es aceptable
por consiguiente
estamos más bien solos…

(Las rubias son, por supuesto, idiotas. Las rubias ricas y famosas son imperativamente felices –muy idiotas–. Y una rubia esculpida en morbo con el perfil de la Piedad de Miguel Ángel debe de ser idiota profunda. ¿Verdad usted, caballero?)

… –en el mejor de los supuestos quizá
[…] que nuestro entendimiento buscara
la soledad de otro. 


domingo, 29 de mayo de 2016

La patada de Dios en el culo de Bob Dylan



Es probable que no existan los genios, sino la genialidad. Igual que no existen los enamorados sin interrupción, tampoco es posible, como pretendía Baudelaire, ser sublime sin interrupción: estar en contacto perpetuo con las fuerzas del Otro Lado, tener barra libre en el Bar del Duende, acceso fijo y tarifa plana para hablar con el Misterio. Es más probable, mucho más plausible, que eso que llamamos el genio lo sea de manera literal: una deidad, un espíritu, como un súcubo nocturno, que habita sólo a unos cuantos elegidos por tiempo limitado; poseyéndolos, sometiéndolos a su voluntad, usurpando su psique como el baile delirante del derviche, siendo el artista el mero receptor, el templo donde se oficia esa ceremonia sexual de la creación artística.

Y tras el orgasmo –tras el rapto artístico, tras el parto–, el artista-médium, el canal, despierta aturdido, como después de un accidente en mitad de la carretera, sin saber cómo pudo llegar hasta allí. Cierto que para creer esto es preciso algo de fe. Pero es que hay fenómenos que sólo se entienden como soplos de Dios. O como patadas de Dios en el culo.


lunes, 16 de mayo de 2016

El 'No' de Oriana Fallaci



Hubo una vez una niña enamorada de una magnolia. Una magnolia en medio de un jardín. La niña se pasaba días enteros mirándola desde lo alto de una ventanita, a la que sólo podía llegar encaramada a una silla. Las flores de aquel árbol se abrían “como pañuelos limpios que nadie cogía”, por estar demasiado altas. La niña soñaba con que alguien consiguiera alcanzar alguna flor mientras aún fueran blancas.

Un día, una mujer que solía tender ropa en ese mismo jardín también se quedó mucho rato mirando la magnolia. Al poco llegó un hombre: la abrazó por detrás y la sorprendió; cayeron juntos a tierra, donde “se estremecieron largamente”; luego quedaron dormidos. Más tarde apareció otro hombre: enfurecido al contemplar la escena, se abalanzó sobre los dos. El hombre que había yacido con la mujer salió huyendo. Pero el hombre furioso consiguió atrapar a la mujer, a la que levantó en vilo, “como si no pesara”, “y la arrojó al vacío, sobre la magnolia”: su cuerpo golpeó en las ramas con un rumor sordo. Ahí quedó un momento, como otro pañuelo ensangrentado, hasta que finalmente cayó al suelo, arrancando en su estrépito y llevándose con ella una de las flores blancas. “Y desde aquel día la niña creció convencida de que para coger una flor una mujer tenía que morirse”...


jueves, 28 de abril de 2016

'Alejandra, Alejandra' Pizarnik



¿Cuántos hay aquí, esta noche, capaces de sostener la mirada de la noche y no salir despavoridos? ¿Cuántos de vosotros sois capaces de aguantar, aquí en las sombras, y no escapar? ¿Cuántos podéis escuchar esas voces de vuestra gruta (no vayas a creer que están vivos, no vayas a creer que no están vivos), mirar a los ojos en llamas del lobo, y no correr, buscar la salida del bosque, pedir socorro y luz y compañía?

"...Toda la noche escucho el llamamiento de la muerte, toda la noche escucho el canto de la muerte junto al río, toda la noche escucho la voz de la muerte que me llama..."

Sólo unos pocos resisten. Sólo los leales a su propio escalofrío se quedan y escuchan el cuento, la nana bellísima y cruel, la tonada de niebla que salmodia una sombra cuando los niños tienen miedo a crecer, al otro lado de los muros. La canción sonámbula de Alejandra Pizarnik, dando asilo a nuestro terror –al suyo, al mío, al tuyo– para que no canten ellos, / los funestos, los dueños del silencio.
  
Este 29 de abril se cumplen 80 años desde que cayó en este mundo Alejandra Pizarnik. Cayó, literalmente. Porque es dudoso que fuera de este mundo, adonde –diría su hermano mellizo César Vallejo– ella tampoco pidió nunca que la trajeran...


jueves, 21 de abril de 2016

El Albaicín o el espejismo en ruinas de la belleza



“Somos hijos de nuestro paisaje”, escribía Lawrence Durrell, a cuenta de Alejandría; “nos dicta nuestra conducta e incluso nuestros pensamientos en la medida en que armonizamos con él”.

Es cierto. Toda ciudad es un mundo, todo lugar acaba conformando un enjambre de intimidades en continuo diálogo con su hábitat. Y algunos lugares, algunos sitios concretos, ejercen un influjo aún más poderoso, haciendo respirar a sus habitantes al ritmo que contagia su aire. Como una fiebre dulce imponiendo una sola temperatura.

El milenario barrio del Albaicín, en Granada, es uno de ellos. Alzado sobre una pendiente enfrentada a la colina de la Alhambra y sobre el río Darro, este poblado blanco de cipreses altísimos y calles laberínticas, donde se oye meditar al agua y donde la belleza se siente casi de manera física, como un fantasma atrapado en la reverberación de las paredes, es uno de los lugares más visitados del mundo, más fotografiados del mundo; pero también de los más equívocos, de los menos conocidos, en realidad.

Detrás de su belleza hipnótica, sus habitantes; y detrás de su espejismo (blanco, verde, azul), el reflejo de una lógica contemporánea que combina, de manera fatal, desidia, especulación, picaresca y estupidez. (Y detrás, detrás está la gente, cantaba Serrat.)    


lunes, 11 de abril de 2016

Epitafio


Tú que eres mi locura y mi argumento,
tú que has sido mi cárcel elegida,
mi honor y mi condena, y el intento
más a ciegas de hallar una salida,

un pañuelo más digno al sufrimiento,
una fe, una luz allá encendida;
tú que has sido mi víctima y mi aliento,
mi culpa, mi plegaria atendida,

el único blasón que izó mi viento:
tú, compañera múltiple y sagrada,
rostro plural del dios que ungió mi vida,

tú más que nadie sabes que no miento,
que me hundo cada noche en tu emboscada,

que nunca di tu causa por perdida.


[2011 - ]




domingo, 3 de abril de 2016

Abril, la esperanza, el espejismo



No confíes en abril, niño, no le creas. No le esperes. No te fíes de ese ladrón azul, ni de la sombra de su sombra. No le busques (pero qué buscas, qué buscas, qué buscas siempre: “si siempre buscas, siempre buscas”, te dijeron hace tanto; y sólo al encontrarte lo recuerdas. Al encontrarte a ti solo). No mires al horizonte y su acuarela acuchillada, su óleo de crepúsculo y cuchillo verde. Irás mirando y caerás, caerás en ese verde, en ese azul, en ese añil como el crimen de un ángel acuchillando a otro hacia poniente. Sabes que no llegarás nunca a ese poniente: ya estás en él. Pero no lo ves, y entonces buscas, y entonces esperas, y entonces confías en que va a llegar a por ti, va a llegar abril a por ti en una cabalgata malva de ninfas y coronas, o en una comparsa de títeres y niños que te abrigue en ese banco en que te rindes, esperando. Pero no puedes esperar, niño: no le creas. No te fíes de abril, del camino pálido y a pie, ni de la sombra de su sombra. No te fíes de la bruma del velo del sueño mendicante de la noche de abril (no te fíes de nadie en abril). No recuerdes el otro abril, aquel, pues sólo existió, como éste, en la bruma del sueño en que te meces. No te fíes del recuerdo del balcón, del recuerdo de la plaza, del recuerdo del recuerdo. No vendrá esa carroza dulce del silencio a llevarte a parte alguna: porque ya estás en ella. No creas que hay salvación al otro lado, que han de verte cómo avanzas por el camino que baja y el camino que cruje y el camino que (si hay algo quebrado en esa tarde, serás tú). No esperes que te vean, niño, si no te miras tú. No esperes que te busquen, si no te encuentras. No escapes: de ti no hay lugar donde escapar. Y no pidas. No mendigues a abril que te devuelva las migajas del pájaro que huyó, de la golondrina funeral. No te fíes de abril, no te fíes nunca en abril, no te fíes de nadie en abril, niño, errante, perdido. No le esperes con flores en la esquina más azul, no trates de burlar a la guardia del rey, no duermas sin dormir toda la noche en la cornisa negra donde vela la luna su insomnio haciendo lunas toda la noche: no va a venir; ya vino sin que tú supieras, sin que tú pudieras saberlo, aunque no tienes nada que saber, no hay nada que saber, no hay nada que puedas saber de abril, en abril. No hay nada que esperar (la esperanza es una cárcel; recuérdalo tú y recuérdalo a otros, a todos los que esperan también que alguien les saque de ahí, de esa cárcel con vistas a la tronera del bosque de abril). No te fíes de nadie, niño. No te fíes de la sombra de la sombra del ladrón, de la sombra de la sombra del balcón. Pero sobre todo no te fíes de abril, de su túnel amarillo hacia poniente: abril es el mes más cruel, sí. Porque promete luces, pero siempre acaba acuchillando, ahí hacia poniente; tu poniente, tu ramo de cuchillos, tu mendigo verde. Océanos de soledad en sangre.  


jueves, 31 de marzo de 2016

El joven Serrat a pie



Terminaba de llover plomo sobre la vieja Europa. Escampaba la ceniza nuclear, tras la tormenta, sobre las islas del sol naciente. Llovía, no había dejado de llover, en silencio, sobre las ruinas españolas, sobre una España que moría y otra España que bostezaba; y un niño de dos años, agarrado a los visillos, desde un balcón veía llover sobre su calle.

¿Qué veía pasar, ese crío, por aquella calle oscura y estrecha de 1945, de 1946? “Apenas había coches –contaba Margarita Rivière–, el basurero tocaba una trompeta, el trapero recogía las sobras de la sobras de las sobras, y al anochecer el farolero pasaba, con un largo palo incandescente, a encender el gas de las mortecinas luces nocturnas. Los borrachos, los artistas y los extravagantes que circulaban fuera de horas resultaban sospechosos”. Más de una vez vería pasar, ese niño, a algún alma errante y sombría, “sospechosa” en aquel entorno y sin embargo remotamente familiar, preguntándose conmovido, quizás, adónde iría ese solitario, a pie. Adónde iría aquel hombre a deshoras, tan fuera de su casa, tan lejos. 

Joan Manuel Serrat es ese joven forajido cuyo rostro no vemos de la calle del Poeta Cabanyes, en un anochecer azul de invierno; Joan Manuel Serrat es también el niño que mira desde el balcón, atónito, el reflejo seguro de una profecía...


lunes, 21 de marzo de 2016

10 recomendaciones de poesía para sobrevivir a la primavera



César Vallejo, Alejandra Pizarnik, Blanca Andreu, Fernando Pessoa, Charles Bukowski, Ángela Figuera, Rainer M. Rilke, Olga Orozco, Anne Sexton y Félix Grande: diez universos homenajeados en Llanuras.es con motivo de este día mundial de la poesía.


jueves, 17 de marzo de 2016

Amy Winehouse: las lágrimas se secan solas



La Fortuna nos guarde del verdadero fracaso, así como de lo que muchos entienden por éxito.

Hay éxitos y éxitos (y éxitos). En lo que se refiere al éxito monstruoso que la maquinaria del entretenimiento masivo necesita para alimentar a la bestia, sale a veces como número ganador en la tómbola alguien que conjuga de manera milagrosa el tirón comercial con un talento aún más demoledor; ése que seguirá “helado en varios tomos” [Miguel Hernández] mucho después de haberse ido. Una moneda de dos preciosas caras con la que multiplicar el botín una y otra vez, una y otra vez en la tragaperras (y la monedita no se resentirá, ¿verdad, chica del millón de dólares?...).


sábado, 5 de marzo de 2016

Los Panero, la muerte del padre, la vieja del visillo



Porque siempre ha habido clases, también existe una aristocracia de la destrucción.

La proba clase media española, y las otras, asistieron a tal revelación hace ahora exactamente 40 años, al descubrir en el cine, y después en televisión (lástima de una cámara registrando ese momento en los hogares…), a una señora bien, de aparentes ley y orden, ajada pero todavía hermosa, que hablaba como desmayándose sobre un diván del XIX, diciendo haber leído Madame Bovary mientras “caían las balas a su alrededor” en el verano en guerra de “la provincia”; a un joven airado y “muy mono”, según él mismo, llamando a su familia “la sordidez más puñetera que he visto en mi vida”; a un señor con acento mexicano intermitente y absurdo encantado de que le confundieran con “el gigoló de su madre” –la del diván–; a otro personaje insondable, tristísimo y genial, explicando que el lenguaje no existe, que él se autodestruye “para saber que es él y no todos ellos”, y que sus únicos amores de juventud fueron las mamadas de “dos subnormales” en un manicomio “a cambio de un paquete de tabaco” (…lástima de un En tu casa o en la mía, eh, Bertín…)...


martes, 1 de marzo de 2016

Alucinaciones (XII)


“Ven a mí con tu cantar de loco, con tu mirar de legiones rotas, glorioso enfermo, guerrero sombrío encarcelado en los ojos del águila. Ven a mí con tus manos desnudas y dime quién te traicionó; por qué duele tu costado malva, a quién debías el honor de un muerto. Ven a mí en tu corazón de harapos y déjame herirte: ungir mis ojos como cántaros para sembrar en tu pecho otro crepúsculo. Ven a mí en tu ruina, en mi pasillo, en mi perfil coronado de pecho; y en el vientre arrodillado de un lago oscuro ven, arrodíllate de tu animal, humíllate al abismo para que entiendas al fin mi sombra y pueda libertar la luz”



jueves, 18 de febrero de 2016

El furioso llanto de Chavela Vargas




Hay que romperse para resucitar. Hay que llorar riendo. Hay que arrodillarse para no caer.

(¿Pero por qué llorabas tú, Chavela Vargas? ¿Por qué romperte tanto? Arrodillarte tanto erguida: ¿para qué, para quién? Ni sé para quién es esta amargura, pensó una vez César Vallejo: otro majestuoso mendigo; otra llaga, como tú.)

Se puede vivir en carne viva y no morir. Se puede. Se puede y se debe: aquí el ejemplo en llamas. Esta mujer que más que una mujer se diría un tótem; un ídolo antiquísimo hecho mujer y furia y lágrima. Se puede ir por ahí en carne viva, con un puñal en una mano y en la otra el corazón, chorreando, delante de un micrófono como un altar, sobre las tablas calientes del acantilado. Se puede. Y, si uno es un artista, sobre todo si se pretende artista, radicalmente debe.

¿Quién era, quién es esta mujer?

[nueva entrega de Gentes de mal vivir, en CTXT]

domingo, 7 de febrero de 2016

Cuchillos




Y los cuchillos bajo la almohada. Y los potros furiosos del alcohol. Y el perfume de traición de cada noche, el ataque furtivo
como un asalto como una razzia
como un golpe de estado sangriento en el castillo helado del corazón
(…como un caballo de Troya en el pecho; como el pájaro azul enjaulado en el pecho, destruyendo ejércitos de sombra en la gran garganta oscura, sobre el corcel maligno del alcohol)

Y el robo de traición de cada noche, el ladrón de niebla de la noche, la emboscada perversa, y el (t)error

Y el antifaz y el delirio y los espejos. Y el miedo y la máscara y la sed. Y fumar con tu sombra en el balcón
mientras esperáis a la muerte,
la anfitriona

(Por la senda oscura y pálida) y la emboscada infame al despertar

Y los potros furiosos del alcohol


Y los cuchillos violentos en la almohada. 



jueves, 4 de febrero de 2016

Giacomo Casanova: la máscara y el enamorado




Persona, en latín, significa máscara. Persona, entonces, es lo que llevamos puesto usted y yo mientras dura este baile, este carnaval de luz y crueldad, esta furiosa contradanza del mundo. 

¿Cuál es, entonces, el verdadero rostro de alguien; qué cara se esconde tras la más-cara? ¿Quién sabe lo que ve, lo que pude ver realmente, al mirarse en un espejo, tanteando por entre la penumbra alguna luz de Verdad emergiendo de los ojos? ¿Qué puede uno saber realmente de uno mismo? ¿…Qué carajo podemos saber, entonces, de lo que se esconde tras la máscara del otro, de aquel oculto tras la máscara (siempre distinta y siempre la única, como intuyó Borges) del deslumbramiento y el misterio y la ceremonia amorosa…? Algunas criaturas se dejan la vida tratando de responder a esta oscura pregunta (única y múltiple) llena de espejos, de máscaras, de lámparas y de sombras esfumándose por todos los balcones de la noche. Todas bendecidas, desde donde quiera que esté, por la mano inmortal y enguantada del delincuente magnífico Giacomo Girolamo Casanova... [Sigue leyendo en CTXT -inaugurando sección: Gentes de mal vivir]

miércoles, 20 de enero de 2016

Borges, el escriba ('Poesía completa')



Hay raras ocasiones en la historia de la literatura, en la historia de esta rara, cotidiana magia de símbolos, en que uno de sus intérpretes logra no equivocar jamás la melodía. Existen, sin embargo, para nuestra gratitud estupefacta, esos escribas. De alguna forma incomprensible (incomprensible) son capaces de enhebrar símbolo a símbolo, página tras página y sin errar, una música secreta en la que cupiera el Universo; una canción interminable que fuera muchas y una sola… Y algo que fuera apenas, también, el silbido de un ciego a la sombra silente de algún patio. Un ciego derruido y gigantesco en el crepúsculo, símbolo ya sólo de sí mismo, sonriendo lento y cómplice a ese Dios que, “con magnífica ironía”, le otorgó al mismo tiempo “los libros y la noche”.

Jorge Luis Borges dijo alguna vez, a cuenta de otro bromista genial, Gilbert Chesterton, que “no hay una página suya que no nos depare alguna felicidad”. Bien: no hay una sola página, un solo verso en la Poesía completa de Jorge Luis Borges [cuya más reciente edición en España corresponde a un sólido volumen de casi 650 páginas impreso por Debolsillo], que no nos depare alguna o varias felicidades, que no nos regale generosamente una grieta, una abertura por la que mirar un Cosmos que resulta ser un espejo que resulta ser el rostro de quien lee, esfumado ya Borges, el escriba (ese infinito avatar que llamamos Borges), de entre ese rostro y ese espejo: como una carcajada feliz desvaneciéndose...