domingo, 30 de diciembre de 2007

Brindis

"Una sola ola es la que te hace naufragar. De ésa hay que salvarse"
(Manuel Vicent)

En la Nochevieja española, antes de la algarabía de los bares y las fiestas y los cohetes a este lado de la mesa, justo antes de tomar las doce uvas como una ofrenda a los doce dioses de los meses venideros, millones de seres humanos cerrarán los ojos y pondrán una vela en su altar más íntimo para quemar los infortunios del último año e iluminar su suerte para el siguiente. Para entonces, este ejercicio parecido a una oración ya se habrá fraguado en medio mundo. En Viena, una pareja de amantes ya habrá brindado bebiéndose a la vez el licor de los ojos, y probablemente descanse ya tras el primer banquete sexual, lamiéndose despacio la piel a oscuras; en Bagdad, un crío ya habrá mirado mucho a la noche azul, queriendo confundir la luz de un avión con la de una estrella fugaz que custodie su futuro muy lejos de allí. Sin embargo, faltarán aún unas horas para que estallen los abrazos en los arrabales del verano de Buenos Aires; para que el inquilino de la Casa Blanca bese piadosamente a su mujer y niñas y se siente junto a la chimenea, tras haber cerrado satisfactoriamente el balance anual de beneficios contemplando la suave nevada sobre Washington. El tiempo es sólo un concepto inventado por los hombres, aterrorizados ante un abismo que no llegamos a concebir. La división en días, siglos, años, intenta ordenar al menos ese disparate, antiguamente establecido por las cosechas, pero también acaba ordenado la propia vida y señalizando el laberinto de la memoria. Esa noche, segundos antes de que den las doce y de brindar con la familia o con la propia sombra, millones de almas echarán cuentas de lo vivido y se encomendarán a sus fantasmas más fieles para que les ayuden a culminar sus sueños inmediatos. Eso incluye a todo el mundo, claro. Seguramente, mientras tu abuelo reza por que su nieto encuentre trabajo, una mujer, encerrada en el lavabo, deseará con todas sus fuerzas que el nuevo año traiga un vendaval que barra de la faz de la Tierra a su marido, que en este mismo momento intenta tirar la puerta abajo para matarla; al mismo tiempo, un tiburón financiero apretará las mandíbulas en la azotea de un hotel de Londres, prometiéndose no dejar escapar a la presa que dejó viva el pasado año. Todo esto pasará al mismo tiempo y también no estará pasando, pues el tiempo es sólo el pentagrama ciego de una melodía incomprensible a la que tal vez, con suerte, logremos poner alguna semifusa. Existe una estrategia, sin embargo, para llevarlo bien. Según el maestro Vicent, es cuestión precisamente de dividir el tiempo en horas como el mar se divide en olas, intentado remontar cada una de ellas lo mejor posible, sin pensar en el mar (en el tiempo) como en un monstruo insondable. Yo me sumo a mi vecino mediterráneo, por supuesto, y también apunto otras igual de sencillas. Recordar con emoción esa noche de septiembre en que volvió a decirte que sí. Saludar íntimamente a todos los que en alguna parte gritan no me mates. Contemplar con piedad e ironía las tardes en que podías agonizar de miedo sin saber por qué. Mirar a tu alrededor, antes de tragar la primera uva, antes de levantar la primera copa, y saber que este instante es eterno precisamente porque un día morirás. Saber que un día morirás y que a nadie entonces le importará un carajo si fuiste el primero de la clase, si fuiste el mejor tiburón de la empresa, si trepaste más rápido y feroz que nadie la montaña hasta alcanzar la cima de la Nada. Besar a quien tengas más cerca. Saber pacientemente, casi plácidamente, que muy pronto todo esto será humo y que la única prisa consiste en sufrir lo menos posible y apurar la copa tras el brindis hasta reventar.

viernes, 21 de diciembre de 2007

Luciérnagas

"... la cocina a oscuras, la miseria de amor"
(C. Vallejo)

Encendió un cigarro y se apoyó en la pared, absorto, contemplando muy quieto las luces de la ciudad. Luciérnagas, pensó. Es la misma luz, el mismo azul de frío, la misma estampa que de niño observaba alucinado desde la ventana de su casa en la aldea. Las luciérnagas. Y el abuelo se le acercaba, se sentaba junto a él en torno al fuego. Le explicaba, como todos los años, que las luciérnagas eran las ánimas de los niños que un día se internaron en el bosque y jamás regresaron. Ahora, le decía, guían por el camino a los cazadores en las noches sin luna. Padre, por favor, no me asuste al crío, decía su madre. Y el abuelo reía. Pero él no llegaba a asustarse, porque la emoción era más poderosa que el miedo y muchas veces había penetrado en el bosque en la anochecida, por ver si realmente acababa convirtiéndose en aquel insecto lleno de luz. Nunca sucedía. Pero una noche de diciembre, como ésta, encontró una luz de otro color entre la maleza: dos gemas amarillentas, gemelas, que le miraban impávidas desde el fondo de lo oscuro. Cuando lo contó, ya en casa, al recuperar el aliento tras remontar como una liebre todo el camino de vuelta, la abuela no le creyó. Ya no quedan lobos en estos parajes, hijo, le dijo en la cocina, mientras acababa de pelar las patatas. Pero a él no le cabía duda. Esas dos hogueras pálidas, mirándole como si pudieran leer en el blanco de sus ojos. Todavía se estremecía al recordarlo, mirando hacia el bosque, mientras el abuelo le repetía de nuevo la vieja historia ya sabida y su padre, incombustible, tozudo, se empeñaba por enésima vez en arreglar aquel televisor que desprendía una imagen arrugada, como un papel de periódico. Su hermana pequeña jugaba junto a la chimenea con aquella muñeca de trapo que le trajesen los Reyes Magos en su primera Navidad. Y el perro ladraba y movía la cola ansiosamente cuando veía aparecer a su madre en el umbral con la olla colmada. A pesar del hambre, él era siempre el último en sentarse a la mesa, absorto como se quedaba mirando aquellas luces en la lejanía. Venga, muchacho, que se te enfría el condumio, le reconvenía la abuela. Pero sólo se acababa sentando cuando la voz perentoria de su padre amenazaba con sugerir a los Reyes que ese año le trajesen a su primogénito un saco de carbón. Tomaba asiento finalmente y ya todos podían dar cuenta del cocido, que cada año le salía a la abuela más sabroso, más antiguo. Hablaban los adultos de los sucedidos del día, de la próxima cosecha, de la helada temible. Su hermana daba vueltas y vueltas antes de meterse la cuchara en la boca. El perro aguardaba recostado junto a la mesa a que el abuelo le alargase un trozo de carne con buen hueso. La televisión se veía un poco mejor, pero nadie le hacía caso. Él tampoco. Miraba cada dos por tres hacia la ventana, hacia lo oscuro. Esta noche, se decía. Esta noche volveré.

Reaccionó al sentir la quemadura de la colilla entre los dedos. Buscó el cenicero en la oscuridad, desorientado, volviendo de nuevo en sí, y casi tiró al suelo el plato con la cena intacta, fría, al aplastar con saña lo que quedaba del cigarro. Se sirvió, casi a ciegas, otra copa de vino. Luego se quedó quieto otra vez, oyendo el goteo del silencio en el piso desierto. Al otro lado de la ventana, un enjambre de niños se perdía en el fondo de los ojos de un lobo. En la televisión sin volumen, el anuncio con renos y Papá Noel de unos grandes almacenes rotulaba a todo color: Feliz Navidad.

sábado, 15 de diciembre de 2007

Palabras e impostores

En alguna otra parte apunté ya que quien respeta a su idioma se respeta a sí mismo. No sé en qué momento llegaría yo a tal conclusión, aunque la intuyo; devorar letra impresa desde la más tierna infancia tiene sus consecuencias, como acabar convirtiéndote en un talibán del lenguaje, refractario a cualquier impostura verbal y fanático de llamar a las cosas por su nombre, por muchos elegantes circunloquios que se le quiera añadir al asunto. No sé si me explico. El lenguaje –o, mejor dicho, quien lo utiliza- pocas veces es inocente. El lenguaje, el habla, es el verdadero creador del mundo. El mar no sería mar del todo sin esa palabra que en apenas una sílaba arrastra todas las olas hasta la r del último horizonte. La palabra atardecer no es concebible sin esa rendición de un sol rojizo que te enciende la frente cada vez que la pronuncias. Al hogar se le escapan volutas de humo desde la chimenea del invierno. Y el primer ser humano que balbuceó el vocativo amor, en latín, hace unos cuantos miles de años, rendido quizás ante la belleza de su amante, no sólo hilvanaba cuatro letras, sino que respondía a la pulsión de un misterio que le llegaba hasta la conciencia desde el fondo de la tierra. El maestro Félix Grande lo resumió mucho mejor en un cuarteto memorable: “Los que sin fervor comen del gran pan del idioma / y lo usan como adorno o coraza o chantaje / sienten por mí un rechazo donde la rabia asoma: / yo no he llamado patria más que a ti y al lenguaje”.

Hay ciertas palabras que de tanto usarlas han perdido su significado en los últimos tiempos. A veces, pronunciadas por quienes ignoran su antiguo y nobilísimo linaje; las más de las veces, pervertidas por quienes a sabiendas de su origen no dudan en revolcarlas en el lupanar infame de su propia desvergüenza. La palabra patria, por ejemplo, es una de ellas. Sólo tú y el lenguaje, desafía el maestro. Sólo yo y los míos, le responden, enrabietados, quienes se han creído siempre con el derecho a delimitar las fronteras entre un país y otro, entre su barrio y el de más allá, entre la vida y la muerte (en este último caso, reclamando las monedas del barquero Caronte para las arcas del palacio de Roma). Pero esto no es nada nuevo. La patria siempre ha sido un concepto muy peligroso, utilizado impúdicamente para justificar genocidios, dictaduras, garrotazos de Goya.

Hay otras palabras, sin embargo, cuyo significado estaba muy claro hasta hace muy poco. La palabra libertad, por ejemplo. La palabra democracia. No hace ni cuatro días que todos sabíamos a qué nos referíamos al pronunciarlas. Libertad era, por ejemplo, declararse ateo, o agnóstico, o librepensador, y que nadie te cocinase a la plancha en la plaza del pueblo. Era tener libros de Lorca, o Marx, o Sartre, y que no te tirasen la puerta abajo de madrugada. (Igual, ojo, que declararse católico o lector de Henry Miller, anteayer, al otro lado del Telón de Acero.) Yo no llegué a vivir eso, porque tengo veinticuatro primaveras, pero me lo han contado, o lo he leído. Ahora, libertad es poder hacer zapping entre Aquí hay pitote y Operación Burdel. También, por lo visto, que tres hijos de puta con traje decidan, en honor a la sacrosanta libertad de mercado, que vas a cobrar cuatro duros y medio por currar diecisiete horas al día más lo que al jefe le salga de la flor. Y no se te ocurra rechistar (rechistar entraría ya en el terreno del libertinaje, no de la libertad). De igual modo, democracia no es lo que a tanta gente durante siglos costó conseguir, oponiéndose a sangre y fuego a los tiranos de siempre, dando su vida las más de las veces: democracia es lo que un individuo, nieto en muchos casos de esos mismos tiranos, dice que es: la inventaron ellos el otro día, y consiste en que puedes decir y votar lo que quieras, sí, lo acatamos: pero como lo que digas no nos guste pasarás a formar parte de los anti-patriotas, o totalitarios, o antidemócratas. Que tiene cojones.

Estamos ya en plena pre-campaña electoral en España. A la vuelta de la esquina (de las navidades) tendremos ya a todos los partidos políticos en el sprint final hasta las elecciones generales. Esto es una democracia (sea lo que sea lo que quiera decir, el célebre palabro), y cada cual debe votar lo que le dé la gana. Pero hazme, hazte un favor: antes de acudir a las urnas, escucha bien durante estos meses lo que tenga que decir tu aspirante a dirigir el cotarro. Y presta mucha atención al respeto que profesa a las palabras que utiliza: si no las respeta, tampoco se estará respetando a sí mismo. Y difícilmente te estará respetando a ti.

(Ilustración: “El gran charlatán”, de Javi Méndez)

jueves, 6 de diciembre de 2007

6 de Diciembre

Cada 6 de diciembre durante veinte años, mi abuelo Santos se levantó puntual con las primeras gotas de sol en las cortinas, con el silencio verde de la Vega, aún soñolienta en la mañana de fiesta; con las primeras risas de las vecinas en el patio de luces, que llegaban a la alcoba desde la ventana abierta de la cocina donde mi abuela le preparaba ya el desayuno. Luego de levantar la persiana y saludar de nuevo al día –qué rara es la vida, pensaría entonces-, se metía en el cuarto de baño y se duchaba y acicalaba con saña, como para una boda con la Historia. Al encender el primer ducados, la abuela se le chotearía en broma de su traje impecable y su corbata. Muchacho, ¿es que vas de estreno? Y el abuelo, con discreta socarronería, le respondería: “Es que es el día de la Constitución”. Después saldría al Paseo y hablaría del Gobierno de este mundo y del otro junto a viejos conocidos. A alguno de ellos, que en otra época o circunstancia no hubieran dudado en hacerlo fusilar, le ofrecería tabaco tranquilo, magnánimo, como ofrece el paso un caballero a las señoras. Pasado el mediodía, con todos los obreros del sol trabajando a destajo en la luz invernal y transparente de los chopos, la Atalaya y el comedor, regresaba, y tomaba el aperitivo en su cocina llena de familiares y vecinos; cuando nadie le veía, deslizaba furtivo una moneda en la mano de sus dos nietos, como un sol pequeño que hubiese rescatado del fondo más noble de su memoria. Cuando se sentaba a presidir la mesa, y escuchaba atento las declaraciones de los políticos en el telediario entre la algarabía de los comensales, una luz muy íntima, muy profunda, le llegaba hasta los ojos. Y entonces no hacía falta que dijese nada porque todo era diáfano: estaba rodeado de los suyos, entraba el sol a raudales desde la Atalaya, el pollo asado de la abuela sabía a gloria celestial; y era el día de la Constitución.

Han pasado casi treinta años desde que los españoles firmamos aquel pacto de silencio y no retorno, y casi nueve desde que mi abuelo se fue a seguir fumando sus ducados al Otro Barrio. Se han sucedido gobiernos de variado color político, se han alcanzado unas cotas de libertad y bienestar jamás alcanzadas en la infame historia de España, y algunos rotos que creíamos insalvables en las costuras de la sociedad se han remendado de forma notable: gracias todo ello, en gran parte, a que la izquierda española supo bajarse estrictamente los pantalones, y, en pos de la convivencia y el futuro, no reclamar los derechos y deberes históricos que legítimamente hubiera podido reclamar, tras cuarenta años de humillación y oprobio y represión bajo un régimen que devolvió al país a las catacumbas, e impuso el miedo y la muerte como norma para la mitad de la ciudadanía, mientras el resto del mundo civilizado miraba cuidadosamente a Babia. Sin embargo, a día de hoy, año 2007, ciertos sectores siguen confundiendo el Estado de Derecho con el Estado de Derechas, y consideran aquella Carta Magna, la Constitución española, una traición a sus privilegios históricos; cuando menos, un hermoso papel con el que limpiarse tranquilamente el culo o –según les convenga- utilizar como arma arrojadiza contra el adversario político (el enemigo, pensarán ellos), a quien, al parecer, siguen perdonando la vida. Hoy se les ha visto de nuevo, como tan frecuentemente en los últimos cuatro años, echando espumarajos por la boca, escupiendo odio por el colmillo, riéndose a carcajadas de la palabra Democracia en torno a su ancestral potaje de incienso, caralsol y té con pastas en el barrio de Salamanca. Insultando a todo lo que no huela a su propia miseria moral.

Por mi parte, me he preguntado qué hubiera hecho el abuelo, de toparse con tal jauría en uno de sus días de fiesta más íntimos, y también qué hubiera hecho yo. Mi reacción es imprevisible. Pero el abuelo, probablemente, hubiera pasado de largo junto a ellos, sin mirarlos, sin rebajarse un ápice. Probablemente hasta habría dado tabaco, si alguna de esas bestias se lo hubiese pedido. Y luego habría seguido camino de su reunión con la familia, la dicha, la Democracia. Recordando desde muy lejos; diciéndose que algunas cosas de la vida jamás tendrán remedio. Como el insobornable caballero que siempre fue.

martes, 23 de octubre de 2007

Vueltas


-Te... ¿te acuerdas… te acuerdas de mí?
-…
-…
-No, lo siento, no me acuerdo.
-Qué hermosa estás.
-¿Disculpe?
-Hermosa. Más que antes. Bueno, como siempre. Bellísima. Altiva. Mujer.
-No sé de qué habla.
-Te has cambiado el pelo, ¿no…? ¿Más rojizo?
-Oiga, de verdad, déjeme en paz, por favor.
-…
-…
-El perfume es el mismo. El mismo…
-…
-Y tu manera de torcer la boca cuando te pones nerviosa, también… Cuánto tiempo, ¿verdad? Tant…
-Oiga. Si no me deja en paz llamo al de seguridad.
-Aleluya: me miras a los ojos.
-…
-Pero ya no miras igual. No. Qué te hice…
-Mi novio va a venir de un momento a otro.
-Jaja… ¿Aquí, en el vagón? ¿Y cómo piensa llegar?
-Pues sí, aquí, en el vagón. Es que es mago.
-Pues ya podía desaparecer.
-Vete a la mierda.
-Oooh. Me tuteas y todo.
-Váyase a la mierda.
-Se está mejor aquí.
-…
-Llevas el mismo, el mismo perfume… Aquel invierno...
-Cállese.
-Dios mío. Parece que estoy allí otra vez.
-…
-Te acuerdas, ¿a que sí? Te acuerdas como yo. Las tardes oscuras, larguísimas, la vela… Las mañanas eternas, sin pisar la facultad…
-No sé de qué habla; yo fui muy buena estudiante.
-Sí que eras. Y más responsable. Mucho más que yo.
-Eso seguro.
-…
-…
-¿Podrás perdonarme, algún día...?
-…
-…
-No sé de qué me está hablando.
-No he dejado de pensar en ti, ¿sabes? Ni un solo día.
-…
-Ni uno solo…
-Si no me deja en paz gritaré, pediré socorro. Déjeme en paz, hablo en serio.
-…
-…

-…
-…
-Bellísima sigues siendo...
-…
-¿Sabes? Ojalá… 
-“Próxima estación…”
- … Ésa es mi parada.
-.....
-…
-…
-Ojalá…

-…

-Adiós.

-.................................................................. Espera… ¡¡Espera!!






jueves, 20 de septiembre de 2007

Septiembre

Esta ciudad –ahora caigo- tiene las mismas pulsiones del mar, de una mujer caprichosa: hay días grises en que se levanta encrespada, con mil cuchillos en la acera que afilan quienes no te miran, quienes cuelgan anuncios de alquileres imposibles de pagar; otros días son luminosos, a toda vela en el azul, olor a sal en la Gran Vía, pero aun así también puede intuirse, a veces, el temporal que desatará tu jefe, o esa llamada que esperas a tientas, al atracar la noche, y que sabes no llegará. Esta ciudad también se tiende, a veces, a media tarde; se siente abordo la acera en calma, y entonces la reverberación del sol en los adoquines revela la conversación en un café de dos jóvenes que acaban de conocerse casualmente: ella tropezó con él, la falda a barlovento, y él le propuso una tregua, mujer, a dónde vas con tanta prisa. Quizá no vuelvan a verse, porque esta ciudad también tiene la misma mitología romántica del mar, y también su mismo desengaño por quienes la conocen a fondo: si te descuidas, si no estás pendiente de la luz, del viento, de la posición, un temporal traidor te arrastrará a la soledad como a los pies de un acantilado lleno de rocas. Lo saben bien los piratas bereberes que te venden un disco de Sabina en la Puerta del Sol por un doblón; los colegiales que empiezan el curso con la emoción a punto y el contador a cero. También esa mujer madura que acaba de dejar a su amante tras un verano de ron y fuego, sabiendo que Septiembre borra al llegar todos los mapas. Y esa pareja de adolescentes tardíos que se han vuelto a encontrar en la facultad, después de tanto, avistándose como dos barcos fantasmas en la lejanía. Ella ha dicho adiós por última vez, y él se ha puesto a escribir en la biblioteca, por consolarse, pasando mucho de los exámenes y de las sirenas varadas del otoño. Hay quien reza por una buena pesca en la Bolsa; quien comienza nueva vida en un ático con vistas a Buenaesperanza; quien ha vuelto a los bares con patente de corso para cualquier nuevo desengaño. En la plaza de Ópera, los jubilados miran con los mismos ojos de los marineros de Cabo de Palos.

miércoles, 15 de agosto de 2007

Eclipse de Mar

“Hay a mi alrededor sólo tejados”, y una bandera añil allá a lo lejos. Y yo fumando en la ventana. Porque baja el sol, y ya las viejas vecinas sacan las hamacas a las terrazas y a la calle. Hablarán de la vida, ahí enfrente, pero yo no las oigo. Alguna golondrina que ya no me recuerda me anda mirando confusa, mientras pasa, como yo a ella; luego cae en la cuenta, me sonríe socarrona, me pregunta: dónde has estado, viejo, niño, tanto tiempo. Y yo no sé qué responderle. Alguien dice en la radio que la carretera engulló anoche quince almas, que hubo temporal en las costas del Paraíso, que el Diablo ha pedido la baja por estrés. Cosas todas que quedan muy lejos de aquí. Allí enfrente, en ese patio donde antes se levantaba una palmera que yo miraba hace años, de noche, un aparato del futuro proyecta ya una película de dibujos animados sobre la pared blanca; se adivinan las risas de las niños, aunque tampoco les veo desde aquí. Un cine de verano en su propia casa. En mi época, hace no tanto, algunos niños aún matábamos el rato proyectando sombras a la luz de la luna de agosto. O jugábamos al pillao en el Paseo mientras los papás se tomaban algo en la horchatería. La luz en la ventana de ahí enfrente revela la silueta de una muchacha en el cuarto de baño; pensará en algo feliz mientras se peina, mientras el televisor con el volumen muy alto de algún anciano informa que en el parque temático del horror iraquí dejaron de respirar hoy 250 presuntos miembros de la especie humana. Bajas fuertes, bajas débiles, bajas moderadas… Ah, pero eso ya lo dijo Churchill, alguna vez: matar a un hombre es un crimen, matar a unos miles es estadística. O algo así. “Y en la calle sacan brillo a las pistolas, / y la flor de bulevar tan descontenta…”: Chaouen, a lo suyo. Lo que daría por agarrar la guitarra. Pero tiene roto el clavijero, idiota, ya podías haberla llevado a arreglar. Monstruos S.A., es la película que están viendo los enanos, ahí enfrente. Monstruos S.A. En algún periódico digital contaban hoy que un tipo llamó a la policía mientras apaleaba a su mujer. Trece años sufriendo malos tratos, informa Efe. Supongo que se estaría partiendo de risa. Le pondría el auricular en la boca, en el suelo, mientras le pateaba bien el hígado, grita ahora, zorra, grita ahora. En el mismo diario, el ex ministro franquista Manuel Fraga cuenta en una entrevista, amén de que aquí hay que olvidar, olvidar, y que la democracia se la inventó él junto a Escrivá de Balaguer, que “Este año he matado el ciervo mayor de toda mi vida. Fue en la berrea de Burgos, y era un bicho que dio 20 puntas y 217 puntos, lo que es una medalla de oro”. Monstruos S.A. Pero los bichos de esa película, sin embargo, parecen ser más ilustrados. Y en la ventana del edificio de más allá ha salido una mujer, también a fumar. Si el humo de nuestros cigarros llegase a trenzarse en alguna parte, quizás podríamos conversar sobre por qué las tardes de verano mienten, y nos hacen creer que el mundo no sigue girando. La ventana para mí, los pasillos para mí, toda la casa para mí solo en el origen. En Madrid, la Gran Vía estará dejando ya de ser un desierto. En alguna casa cercana, la televisión del anciano insiste en que ya murió el Siglo Veinte, pero yo no me lo creo. Acaba la canción, apuro el cigarro, tendré ya que ir vistiéndome. Calla Chaouen y empieza Sabina a cantar, otra vez, que hoy, igual que ayer, como siempre, el diario no hablaba de ti. Ni de mí.

 

viernes, 13 de julio de 2007

Nuestros nombres

Tengo aquí delante una lista, una relación larguísima con nombres de playas de mi país. Aquí delante, en la mesa de la redacción, junto al ordenador, resplandece en apenas una docena de folios un sumario infinito con todos los nombres del paraíso hacia los que miran sin poder huir los ojos: se estrellan contra la ventana, contra las antenas de los edificios más altos, contra el tótem gris del Pirulí. Son nombres dulcísimos éstos. Azules, blancos, verdes. Hay una playa en Castellón que se llama La Caracola. En Orihuela –muy cerca de tu pueblo y el mío-, hay otras que se llaman Campoamor y Las Mil Palmeras. No hace falta esfuerzo alguno para cerrar los ojos y acodarse en una baranda de la conciencia, a sentir en la cara la brisa de estos nombres. En Huelva hay un lugar llamado Punta Umbría, que parece rimar con un poema de Neruda leído a la sombra de la siesta. Y si te dejas mecer por las sílabas de Cala Blanca, en Menorca, quizá te sorprendas por un instante en la barcarola de algún marino que fuma en silencio mientras te aleja de la costa. Aguadulce, en Almería, sabe a orfebrería de sol en el horizonte; y Torreblanca, en Málaga, se parece al faro abandonado que sirve de refugio a dos amantes clandestinos en alguna parte. En la Cala Salada de Ibiza un niño construye a duras penas un castillo de arena: viene una ola, lo devora, pero el niño no se rinde; recoge arena de nuevo, le da forma otra vez, lo vuelve a levantar.

Hay mucha luz y mucha luna, mucho azul y mucho barco surcando los ojos al leer estos nombres. Pero el verdadero vendaval de brisa entra en la redacción al leer los nombres conocidos, las latitudes bien sabidas del mapa. En el puerto alicantino de San Juan vi de niño un galeón pirata atracando al viento en pleno mediodía; en el Pueblo Indalo de Mojácar me enamoré fugazmente de una niña extranjera muy rubia y muy pecosa que no entendía un segundo de mis siete años. En Mazarrón hay ahora mismo unos cuantos cómplices delincuentes, seguramente durmiendo aún la borrachera, y La Manga me trae las luces de neón de todos los bares donde la Lady in Red me espera todavía, cada noche, para devolverme el baile aquel que aún me debe.

Es hermoso leer todo esto, aquí, haciendo como si no estuviese en una oficina del centro de la ciudad del centro del país, sino tumbado en la arena y descansando los ojos en alguna espalda dorada que me mire sin verme. Y sin embargo… Sin embargo hay algunos nombres de esta lista que todavía no me he atrevido ni a mirar. Llevo aquí un buen rato, mirando la lista, pero he evitado estrictamente leer algunos de ellos. No es que no sean hermosos como los otros. No es que tengan menos azul o menos blanco, no es que no se pueda echar el ancla en ellos, no es que no se sienta la sal en la boca al pronunciarlos: es que duelen. Y dan miedo. Me da miedo leerlos, lo confieso. Me da miedo leer estos nombres que gritan más que los demás en el folio. Me da miedo leerlos y que azote de repente un golpe de mar en mi mesa y cierre los ojos y regrese de súbito a las playas nuestras donde te amé. Me da miedo leerlos. Me da miedo mirarlos de reojo incluso. Me da miedo mirarlos aunque sea accidentalmente y regresar otra vez maldita sea Famara Mar de Cristal La Marina y echar a correr desesperado por la orilla y no encontrarte.


viernes, 15 de junio de 2007

Luto

En una madrugada azul del octubre austral, hace casi setenta años, Alfonsina Storni salió de su casa, de su angustia, de las habitaciones últimas del vendaval, y caminó hasta orillas de su Mar del Plata. No se detuvo allí. Pisó descalza la arena, descalza sintió la primera dentellada del agua, y quizás vislumbró a lo lejos la luz remota de la primavera que ya jamás vería, antes de continuar adentrándose en aquella bestia oscura hasta abrazarla para siempre: pues siguió mar adentro. Y siguió. Y siguió. Las rotativas del diario La Nación, de Buenos Aires, ya imprimían los versos que enviase días atrás: “(…) Tú, nodriza fina, / tenme prestas las sábanas terrosas / y el edredón de musgos escardados. / Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame (…) ... Gracias. Ah, un encargo: / si él llama nuevamente por teléfono / le dices que no insista, que he salido..." En un anochecer de febrero igual de frío del año 1837, el español más lúcido de su tiempo esperaba ansioso la llegada de la que hasta hace poco había sido su amante, en su casa cercana a la Puerta del Sol. Ella estaba casada, había roto con él hacía poco, pero Mariano José de Larra la esperaba con el corazón arrodillado en las escaleras, suplicando un milagro. Ella no volvía para eso. Ella volvía para devolverle las cartas que la pulsión febril de Fígaro había convocado para ella durante años. Tras el último portazo, Larra se quedó solo con su sombra. Fue ésta la que sacó la pistola del armario, para despedirle de todos los febreros del frío. Mi paisano Aurelio Guirao, que también se nos fue en un febrero de hace once siglos, escribió mucho antes, cuando aún escribía y lamía y besaba, en un verano solar de golondrinas de mi pueblo: “No veré tu vejez. Estaré muerto / el día que termine de madurar tu carne; / madurada conmigo, entre mis brazos, / sabedora de bosques por mis ojos.” Hace poco más de un siglo, a uno de los hombres más nobles que ha conocido este ingrato país se le murió en los brazos la niña con la que acababa de contraer matrimonio, en mitad de un páramo enfermo que se quedaría a vivir para siempre en la pobre alma del pobre, pobre Don Antonio. Lloró Machado, hablándole a Dios de tú: “Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería. / Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar: / Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía. / Señor: ya estamos solos mi corazón y el mar.” Hace cuatro inviernos, la Fortuna quiso honrarme con una de las confidencias más hondas de uno de los discípulos más aventajados de Don Antonio Machado. “Rezo a los dioses por que yo me muera antes que mi mujer”, me confió, clavándome su mirada de abuelo legendario, Horacio Martín: “no podría soportar vivir en un mundo en el que ella no existiese”. Tiempo después, sin embargo, rectificó: el maestro concluyó que la verdadera prueba de amor consistía precisamente en lo contrario: en dejar a ella irse primero; que no fuese ella la que sufriese la amputación. También me refirió Martín, aquel día, una de las anécdotas más escalofriantes de la historia amorosa en nuestro idioma: en los últimos días de su vida, cierto poeta español era visitado frecuentemente por sus amigos, que asistían despavoridos a la degeneración que la enfermedad hacía cada día en la memoria del escritor. Iban cada tarde, le leían versos, le arrimaban un poco de calor y de ternura. Una de esas tardes, en un momento en que el Tiempo y el Universo enmudecieron a la vez, el poeta agarró despacito la mano de su mujer. Se agarró a ella, la miró a los ojos. Le dijo, desde un candor de milenios: “No sé quién eres, pero sé que te he querido mucho”.

miércoles, 30 de mayo de 2007

Oros

Dice Manuel Vicent que, en los momentos en que no se siente bien, cuando su estima cae hasta niveles alarmantes, procura acogerse a sus cartas de oros: esos naipes que cualquier persona mediocre posee, por más anodina que haya sido su biografía, y que pueden salvarle la partida en según qué circunstancias. En su caso particular, mi vecino mediterráneo convoca “aquellos latidos que daba la naturaleza contra mi cuerpo, cuando de niño me tumbaba a la sombra de un limonero donde cultivaba una pequeña huerta de legumbres”. Hay que imaginarse entonces al venerable escritor, con su efigie de senador romano, regresando a la siesta de un verano de hace siglos en que todavía soñaba con ser feliz, mientras a ras de suelo remonta la Castellana camino de un café –yo le vi un día, hace años- en el que sabe sólo encontrará a los fantasmas de los amigos que le esperaban.

Todo el mundo tiene algunos oros a los que aferrarse cuando las cartas vienen mal dadas, cuando el Diablo reparte juego, cuando parece que el único que no sabe jugar eres tú. Si acaban de echarte del trabajo o tu cometido en la empresa que te contrató por cuatro duros es un intento de reedición de Auswitch, es probable que mientras saboreas el primer café de la mañana aún tengas tiempo de recordar las clases de lengua o de naturaleza en el colegio, cuando la profesora recitaba a Machado, o distinguía entre hojas caducas y perennes, mientras tú mirabas a contraluz de la ventana de la huerta y presentías la mirada furtiva de ese niño que aún no se atrevía a tirarte de las coletas. Si el partido político que supuestamente defiende tus principios tiene como cabeza de cartel a un idiota semianalfabeto, o si cayó estrepitosamente en las elecciones ante la carcajada de la caverna neoliberal, puede que también tengas la suerte de recordar las lágrimas de algún anciano de tu familia asistiendo atónito al triunfo de la democracia, después de cuarenta años de sudar, y llorar, y callar. Si dejaste tu casa y andas acuchillándote con el examen de Reproducción sexual de los camellos en la Constantinopla Citerior, en una ciudad que no es la tuya y rodeado de extraños y con un nudo constante en la garganta, quizás tu naipe más luminoso sea el recuerdo de aquel verano adolescente quitándole a La Manga el sujetador; quizás, con mucha suerte, la promesa de otro verano a la vuelta de la esquina con mediodías diáfanos y atardeceres rojos y anocheceres azules brindando con tus amigos por el escote jovencísimo de la luna.

Es cierto. Debe de ser cierto que ante los momentos más siniestros de la partida, cuando todos parecen jugar con las cartas marcadas menos tú, cuando sólo caen bastos y el alma de tahúr es imposible porque tienes la estima por los suelos y ni puta gana de hacer trampas contigo mismo, en esos momentos debe de ser cierto que todos tenemos siempre algún oro con que alumbrarnos la memoria y sonreír. Y pienso que sería una maravilla poder hacer trampas, pero junto con todos los que corren ahora la misma suerte: pasarnos furtivos las pocas buenas cartas que tengamos por debajo de la mesa, ayudar a quien no pueda jugar.

Aquí espero a quien quiera delinquir. Yo personalmente no puedo aportar mucho: sólo un par de bastos; un caballo viudo. Pero también una sota rubia en la memoria que no envejecerá jamás, y la baraja española con que alguna vez me enseñaron a hacer solitarios, hace siglos, frente al atardecer añil de la Atalaya.

domingo, 13 de mayo de 2007

Héroe

Ninguno tiene ni idea, pensaba. Ninguno. Mírales, mírales bien, se decía a sí mismo, mirando en torno, el gesto distraído, la boca crispada en algo que de manera remota se parecía a una sonrisa: no tenéis ni puta idea. No, nadie tenía ni idea, y nadie le miraba en ese momento: de haberlo hecho, alguien, quizás, hubiera reparado en la carcajada que atronaba allá al fondo de sus ojos atónitos. Pero nadie le miraba. Como siempre, nadie le miraba, y por eso nadie tenía ni idea, y por eso ninguno de los que en aquel momento subían al autobús podían oír la carcajada salvaje que rebotaba en sus adentros y pugnaba por estallar afuera, pero que él sabía mantener bien a raya: no iba a llamar la atención ahora; nunca la llamaba, y esta vez no iba a ser distinta. Esta vez, de hecho, llamaría la atención lo menos posible. Si quería que todo saliese bien tenía que actuar con suma cautela. Como los tíos de las películas o los videojuegos: impecable, profesionalmente discreto. Como un soldado templario, o un samurai.

Pues nadie debía saber nada, todavía. Pues todos y cada uno de ellos, los que en aquel momento iban llenando los asientos y el pasillo del autobús, y bostezaban o leían distraídos o hablaban soñolientos, todos, debían ignorarlo todo por el momento. Y era terriblemente hermoso, pensaba, salvajemente eufórico, estar ahí sentado, como siempre, calladito como siempre y tímido como siempre, sabiendo algo que los demás ignoraban por completo; siendo el único que sabía, pues lo había aprendido de memoria, cada uno de los momentos futuros de aquella mañana. Joder si no era aquello un subidón de adrenalina mayor que cualquier partido, o espiar a la vecina desde la ventana de su casa. Aquello era mucho mejor: era sentirse Dios, previendo, viendo ya el futuro, pues el futuro de aquella mañana estaba en sus manos. El futuro era él, él mismo. Casi pegó un respingo en el asiento al pensar esto último, a punto de decirlo en voz alta, pero logró tranquilizar su excitación mirando por la ventanilla, viendo pasar las calles, la gente de la ciudad, la sucesión de casitas con jardín que verdeaba cada día el camino hacia el instituto. Miró de reojo hacia la izquierda, suspicaz, pero el chaval que iba a su lado dormitaba plácidamente, con un libro de física abierto sobre el regazo.

Sonrió de nuevo. Pobre gilipollas, pensó. No tienes ni idea de lo que te viene. Bueno, igual tienes suerte. Pero aun así seguirás siendo un pobre gilipollas. Como los demás. Como todos. Un capullo mediocre. Y sin embargo –pensaba-, la clase de capullo que a él más le reventaba era de otra estirpe: la del capullo engreído; el capullo prepotente; el capullo solemne. Como Rick, por ejemplo, que en ese instante se encontraba sentado unos asientos más hacia delante. Un capullo insoportable. Siempre con esa sonrisilla gilipollas. Siempre con ese pelito tan bien peinado. Siempre hablando con cualquier tía como si fuese Brad Pitt. Imbécil, pensó. Imbécil. Como Dan, el mamón de gimnasio, que cada vez que coincidía con él en alguna clase le miraba de arriba abajo y se reía, se reía, el subnormal. O como el tipo ése cuyo nombre no sabía con exactitud, pero daba igual: el hijo de puta ése que ahora se enrollaba –el día anterior les había visto juntos, en algún sitio, cogidos de la mano- con Carol, su Carol; su mito erótico, su minifalda favorita, su pensamiento más útil en el baño y en la cama, su pelirroja cañón, su diosa. Hijo de puta. Ya verás, hijo de puta, pensaba. Y tú, zorra –miraba alrededor, distraído, intentado ubicarla en el autobús-, ya verás.

Porque hoy sería un día muy distinto a los demás. Hoy no habría más angustia en el estómago al cruzar la puerta de la clase, tratando de no ser visto, de ser invisible, de no ser. Hoy sí que se dejaría mirar bien por todos. Y era acojonante sentirse así. Sabiendo, sabiendo perfectamente que ya no habría más vergüenza; la vergüenza de sí mismo, de ser consciente de sí mismo y de su aspecto torpe y de su cuerpo imposible, mierda, maldito seas, imposible. Vergüenza, se dijo, sarcásticamente. Desde hoy esa palabra ya no va a existir más. Ni la palabra impotencia, ni la palabra fracaso. La palabra perdedor. Perdedor, repitió. Era el insulto que más le gustaba repetirse delante del espejo. Perdedor, se decía, con infinito gesto de asco. Entonces, bajaba a desayunar, y mientras su padre le ignoraba modélicamente leyendo el Times, y mientras su madre salía pitando por la puerta maldiciendo por no haber encontrado planchada la falda que buscaba esa mañana, y mientras la asistenta mexicana bregaba como podía con su hermana la pequeña, él se tomaba el cacao y los crispis lentamente, así: como un perdedor, se decía. Y luego salía a la calle y andaba como un perdedor. Y subía al autobús y miraba como un perdedor. Y en la clase se ruborizaba y sudaba y no articulaba palabra delante del profesor así mismo, como un perdedor. Y los demás –él lo sabía- le miraban como a un perdedor, y las tías le miraban –todas- como un perdedor, y luego daba su clase de español y su natación –te vendrá bien, le había dicho su madre, circunspecta: para perder peso- como un puto perdedor. Y luego volvía a casa y rehusaba cenar, aunque se moría de hambre. Y luego chateaba hasta las tantas con gentes desconocidas a unos cuantos miles de kilómetros y se sentía un poco menos solo. Pero luego, al apagar la luz después de haber leído un rato, y se quedaba en la oscuridad con los ojos muy abiertos, mirando al techo, se lo volvía a repetir: te llamas Henry, tienes dieciséis años, y eres un perdedor. Y luego, poco a poco, se iba quedando dormido.

Pero aquella noche anterior había sido diferente. La recordaba ahora, casi llegando al instituto, como una revelación, como si dios o el diablo le hubiese hablado al oído: no tienes por qué serlo, Henry Smith. Puedes demostrar a toda esa escoria que no eres ningún perdedor. Entonces lo vio todo claro.

Abarcó de nuevo el interior del autobús con la mirada: ni puta idea, se decía. Pero ya quedaba bien poco. Ya casi veía las caras de estupor de todos. La sorpresa. Tachán. El prestigio, lo llamaban a eso, no? La parte final de un truco. El prestigio. Iba a alcanzar de una vez el prestigio que merecía. Iba a ser un héroe. Ellos no lo entenderían; casi nadie le entendería, pero iba a ser un héroe. Y entonces ya nadie se reiría de él en ningún sitio. Y entonces ya nadie le miraría con esa mezcla de lástima y asco y grima. Y entonces Carol se daría cuenta de una vez de lo equivocada que había estado todo el tiempo, tonteando con gilipollas como aquel último, y se daría cuenta finalmente de que él era un hombre. Un hombre, joder.

El autobús remontaba ya la última esquina antes de llegar al instituto, y algunos se habían levantado de sus asientos, agolpándose a las puertas. Sintió una punzada de excitación fría desde el estómago a la espina dorsal. Ahora tienes que tener dos cojones, Henry. Ahora sí que sí. Con suma cautela abrió su mochila y sacó el revólver, metiéndoselo entre la piel y el pantalón. Era casi el último en bajar. Avanzó unos pasos hasta la puerta y, antes de salir, vislumbró un anuncio allá lejos. Un cartelón enorme, presidido por Eminem, o Tom Cruise, rodeado de tías buenas y recomendando beber nosequé marca de whisky.

Ya verás, Henry, se dijo, bajando a la acera, palpando ya la culata con una mano. Ya verás como hoy tú también sales en la tele.


[Ejem...]


sábado, 5 de mayo de 2007

Anoche

“Detrás de los días vienen las noches, detrás de las noches vienen los días.
El año tiene cuatro estaciones: primavera, verano, otoño, invierno.
Hay verdades que se sienten dentro del  cuerpo, como el hambre o las ganas de mear”.
(C. J. Cela, La Colmena)


Y todo porque le pidió fuego. Todo porque se lo encontró allí, sentado en el portal, y le dijo oye, perdona, colega, no llevarás un mechero por ahí. En cualquier otro momento hubiera pasado de largo, sin mirar siquiera. Esas pintas. Esos vaqueros gastadísimos. Esa sudadera de heavy metal, o algo así. Y el fulano mismo: famélico, escurrido hasta la sombra, con esa cara de documental de extrarradio; la cara morena, llena de cicatrices; los ojos atónitos, opacos, como dos cuchilladas de hielo negro. La misma estampa de la muerte, o de algún hijo descarriado de la muerte que ni la muerte quisiera. Oye, colega, tienes fuego o qué. Era un anochecer hermosísimo de mayo. Aún no habían prendido las farolas de la calle, y era esa hora incierta del crepúsculo en que el sol se fue hace ya rato pero aún no está oscuro, y todo es azul de cuaderno escolar. Y es viernes, venía pensando de regreso a casa, de vuelta de la oficina. En alguna parte se andará una adolescente poniendo una falda, en algún sitio se preparará una fiesta con risas y juventud. En cualquier otro momento hubiera pasado de largo. Hubiera llegado a su ático, a pocos metros de allí. Se habría quitado el traje y preparado lo que fuese para cenar, y se habría tumbado en el sofá, hasta que el sueño le venciese mirando sin ver la televisión. Y al día siguiente sería sábado, y al siguiente domingo, y, como siempre, se habría quedado allí, solo, quizás leyendo, seguramente adelantando trabajo para el lunes siguiente, hasta el alivio del lunes por la mañana con cosas en que pensar. En esto último barruntaba mientras acertaba a sacar del bolsillo el mechero y se lo alargaba al individuo sentado en el portal. Colega, le dijo éste, vaya pinta de pringao que llevas. Le miraba desde el suelo, guasón, mientras le devolvía el mechero y soltaba la primera bocanada de humo. Él se lo quedó mirando, confuso. Tenía algo aquel tipo, a pesar de su apariencia andrajosa, violenta. Por qué lo dices, preguntó. El otro se partió de risa. Joé macho, replicó. Más te vale no caer nunca en el maco, porque serías el más pringao de tos. ¿El maco?... Sí, el maco. El talego. La cárcel, coño… ¿Has estado en la cárcel…? El tipo le miró desde muy lejos. Si me das algo, colega, te lo cuento, dijo.

Miró a su alrededor. Se miró a sí mismo, con el maletín, con el traje. Lo miró a él: hecho polvo total. Miró a lo lejos, hacia donde quedaba su apartamento. No le esperaba nadie.

Entonces sacó la cartera, le alargó un billete al tipo, y se sentó junto a él en el portal. Cuéntame, le dijo. Cuéntame lo de la cárcel. El otro guardó silencio, mirándolo de reojo. Se había apoyado en una pared del portal y le miraba de frente, siniestro, como uno de esos payasos cuya sonrisa aterroriza. Anda, ministro, échale un trago a la rubia, le dijo, antes de empezar a hablar. Él dudó un segundo antes de beber de la litrona que el tipo le alargaba. Y el tipo habló. Hablaba bien, el fulano, se dijo, para la pinta que tenía. Cuántos años podía tener, se preguntó de pronto. No muchos más que él. Treinta y tantos, cuarenta quizás. No se lo llegó a preguntar pero pudo deducirlo del relato. El talego, nene. El talego es una cosa mu fea. Al maco sólo van los tontos, sabes? Los tontos o los que tenemos mala suerte. Porque hay que tener mala suerte, colega. Yo tenía una casa, sabes. Una familia. Mi pobre vieja, que me quería a muerte. La pobre, lo que sufrió conmigo. Hijo de puta era yo. Por eso me piré. Por lo hijo de puta que era. Me enganché al caballo, sabes. Hijo de puta, el caballo. Mala zorra lo parió. No veía otra cosa que el momento de picarme otra vez. Mira a ver si… -el yonqui se levantaba las mangas de la sudadera, enseñando los brazos: picaduras de avispa, pensó él. Una vez, de niño, le picaron muchas avispas en el brazo-… Y cuando no tenía hueco ya en el brazo me buscaba las venas de los pies. Como te lo digo, colega. Ciego total. Les robaba a toas horas, a mis pobres viejos. El viejo casi me mata un día, cuando me vio que me llevaba la tele, pa venderla. Desgraciao, me decía, dándome de hostias, desgraciao, que un día de éstos te mato yo antes que te mate la mierda ésa. Buena gente, mi viejo. Se le iba mucho la olla, pero buena gente. Una vez me pilló picándome en el baño, ahí tirao en el suelo, y no dijo ni pío. Se me quedó mirando, así, to tranquilo, y con las mismas cerró la puerta. Buena gente, mis viejos. Por eso me fui, óyeme. Me dije un día: tú, cabrón, si te quieres joder, jódete tú, pero no jodas a los demás. Y me fui… Te está gustando la rubia, eh, señorito…?

Le estaba gustando, sí. Se sentía bien, extrañamente bien, increíblemente bien, allí sentado. No había probado gota de alcohol desde la universidad, y por entonces tampoco le entusiasmaba demasiado. No le gustaba beber; a las dos copas ya andaba haciendo el imbécil, y nunca le gustó quedar en ridículo. Ni hacer lo que se suponía que no se debía hacer. Pero le estaba gustando, aquello. La cerveza, el anochecer de primavera, el relato de aquel tipo contándole cosas que él no había oído en su vida, colega, ya vas entornao, eh, ja, ja. Los señoritos de mierda como tú es que no aguantáis ni medio trago. Ni media hostia, tampoco. Te hubieran dao a ti las hostias que me dieron a mí, en el talego, ibas a ver. Entre los maderos y los de dentro, no veas. Pero la mayor somanta de palos que me llevé fue cuando lo del atraco. Que yo me vine pa Madrí, sabes, y al poco me quedé sin perras pal caballo. Yo ni sabía lo que hacía, colega. Yo sólo me buscaba la vida pa tener perras pal caballo, caes? Pos yo ni sabía lo que hacía cuando atraqué a la vieja aquella. Tenía fuerza, la hijaputa. Le tiraba yo del bolso y la tía se aguantaba, potranca. Yo no quería, sabes. Está mu feo eso de pegarle a las hembras, y más si son ya viejas. Pero no me pude contener. Con lo que al final le largué una hostia que se cayó al suelo, la pobre, y se mató. Porque no la maté yo, eh; que yo no quería matarla, pero claro, al caer al suelo, la pobre viejica se la metió bien, y a los pocos segundos, que no sé de dónde salieron, pos aparecieron dos maderos que me dejaron tieso, colega. Mira, me ves la ceja? Pos to esto desangrándome a rabiar, y yo, que no me deis más, que no me deis más, y los hijoputas ésos reventándome a palos por toas partes. Y pos sabes qué te digo? Que hubiera sío mejor que me matasen, los maderos aquellos. Porque me estoy cayendo a pedazos, colega. En un viaje que me di con la peña me pillé el bicho, controlas?, el sida de los cojones, y así que me estoy quedando...

Volaba. Se sentía volar por encima de sí mismo y de la noche –había que ver qué rápido se pasaba el tiempo de repente-, y por dentro una euforia antiquísima, rara, adolescente, que creía ya muerta hace tiempo. Hacía ya rato que miraba a aquel tipo con franca simpatía, riéndose a carcajadas cuando le contó lo de la vieja, o lo del tipo aquel al que sodomizaron en la cárcel hasta que se ahorcó. Le caía bien aquel yonqui, pensaba. Por eso ni se inmutó cuando el otro sacó una jeringuilla del bolsillo, trajinó un momento con algo plateado que no llegó a distinguir, oyó un sonido como de papel rasgándose, y entrevió al otro pinchándose en el brazo tatuado de marcas –picaduras del delirio-, mientras componía una mueca de placer absoluto. Se le quedó mirando un rato largo, no sabía cuánto, los ojos en penumbra, allá al fondo de ninguna parte, mientras él seguía dando cuenta de la litrona. Para cuando pareció volver en sí, el yonqui le miraba absorto, con sonrisa bobalicona. Mola tu corbata, señorito, le dijo, hurgando en el paquete de tabaco arrugado. De fijo que eres un señorito y estás bien apañao con una tía buena de ésas de los anuncios, a que sí. Vamos, no me jodas, no me pongas esa cara. Si te vieran tus colegas señoritos aquí, to chispao, no iban a fliparlo bien. Y tu vieja, ja, ja, ya ves. Pos te digo una cosa: las pasa uno putas, en el maco. Sí señor. Tú te me figuras un día entero mirando una paré, asín mismo, sin hacer más que mirar una paré. Y así un día, y otro, y otro. Jodé si te digo que se las pasa putas uno en el talego. Pero otra cosa te digo: se hace allí uno unos colegas hasta la muerte. Si te enfilan, te enfilan, las cosas como son. Y si te pasas de listo no te digo na. Pero las cosas como son, los colegas que hace uno allí, van pa la tumba con uno…

-Dame un poco de eso.

El yonqui calló de pronto. Le estudiaba muy despacio, con franca sorpresa en sus ojos de malo de película. Como un mafioso que descubre perspectivas nuevas en su discípulo.

-Esto vale pasta, colega.

Se sacó la cartera del bolsillo trasero, a duras penas, y se la arrojó al yonqui. Coge lo que te dé la gana, musitó, con lengua pastosa. El otro sólo dudó un segundo –más sorpresa en sus ojos de hielo oscuro- antes de abrir la cartera con fruición y meterse los billetes y las tarjetas de crédito en el bolsillo. Macho, le dijo, casi con respeto. Pa mí que eras sólo un pringao, y lo que pasa es que estás mu mal de la olla. Fíjate que me estaba yo pensando en dejarte tieso, y resulta que no tengo ni que esforzarme, ja, ja… Dame de eso, repitió él.

Todo le daba vueltas. Las luces de neón de las farolas bailaban de arriba abajo, de las ventanas de los edificios a las lunas de los coches. La calle estaba desierta, a oscuras ya; sólo un coche, de vez en cuando, subiendo hasta Santa Engracia. Y sin embargo el rumor en su cabeza era cada vez más fuerte. Se acabó, se acabó, no puedo seguir así, se acabó. Portazo. Silencio. La impresora de la empresa. Oía estúpidamente el sonido de la impresora del trabajo. El goteo del grifo en el silencio absoluto de su casa. De repente sintió arcadas, pero no se movió. Se vomitó encima de los zapatos, sin inmutarse más que para echar aquel líquido amarillento, como de almíbar. El yonqui dijo algo que no llegó a entender, mientras sentía que éste le levantaba las mangas del traje. Después, una presión en el brazo. Y luego, de repente, un relámpago frío, ardiente, frío como un orgasmo interminable que le recorrió de golpe el cuerpo, de los pies a la cabeza, pensando en todo, pensando en nada, arriba, abajo, cayendo hacia arriba como en uno de esos sueños en los que uno tiene la sensación vívida del vértigo. La calma absoluta, la paz absoluta, el placer absoluto. Más, más, más. Quiero más. Acertó a mirar de nuevo al yonqui a los ojos, que venía de vuelta de su último viaje. Ya sabía por qué le caía simpático, a quién le recordaba. Era clavado –ahora lo veía- al niño aquel con el que solía jugar a la orilla del río. Otra vez el portazo. Otra vez el goteo. También, de repente, nítida, la voz de su madre: pero hijo, qué estás haciendo.

Más, le gritó al yonqui. Quiero más. Miró hacia arriba, tratando de distinguir alguna estrella, allá donde seguro se trenzaban las constelaciones: no vio ninguna. Miró a su izquierda: su amigo del río, tambaleándose mientras se le acercaba. Se miró los zapatos: llenos de arena. Lo siento, mamá, pensó. Miró por última vez hacia arriba, mientras le acariciaba las sienes la brisa de mayo, sonriendo, entornando los ojos.

Y se dijo que, definitivamente, aquella era una noche hermosa hermosa hermosa…



miércoles, 25 de abril de 2007

Así sea

Allá donde vaya, te seré fiel, mi Perdida.
Juro no olvidar en piel alguna tu belleza,
el candor brutal y miel de tu cueva encendida,
el verano frutal en tu pecho y mi cabeza.

En mi largo destierro de furtivo homicida,
prometo velar como mereces mi tristeza;
sufriré puntual la expiación de tu partida;
susurraré tu nombre a oscuras, como quien reza.

Al otro lado de los balcones clandestinos,
más allá de las camas que ofrezcan su guarida,
yo aguardaré el rumor de tu voz por los caminos
como una plegaria en la
s almohadas escondida.

Te seré fiel. Yo te seré fiel en los destinos
a los que quiera abocarme, desde hoy, la vida.



miércoles, 11 de abril de 2007

Estos días

Claro que hay días y días, aquí, en esta ciudad. Hay días en que sale uno a la calle con ese sol de la renuncia reverberando en la cara, y pareciera como si los rostros con quienes te cruzas te reconocieran en silencio. Mírale –piensas que piensan ellos-, ahí va un hombre valiente. Ahí va un crío corriendo por la ribera. Lo piensas, o piensas que ellos lo piensan, porque tú mismo llegas a creértelo. Mírate. Has sido valiente. Pero eso no dura. Dura sólo lo justo. El tiempo que tardes en doblar una esquina, o en amanecer de nuevo al mediodía y sorprender en la cara otra cicatriz. La cicatriz. Siempre habrá ese día alguien –generalmente una mujer, generalmente muy adulta- que te vigile en el metro o en las fotografías, y que parece querer darte un abrazo o abofetearte. Decirte, llena de piedad: así no se va a ninguna parte. No, mujer, no –le dices, cansado-. No se va a ninguna parte. Pero qué hacer, qué hacer aquí, en esta ciudad salvaje que a veces me mira sin verme, derruida, como el domingo por la tarde de un mendigo, y otras veces me llama desde el cuarto de baño, una mañana de abril llena de sol, para pedirme que la mire en silencio mientras se peina. Es esquizofrénico. Es injusto. Es la vida, sencillamente –responde esa mujer, esfumándose por un rincón de la estación o la ventana. Es la vida, sí, y quedan muy pocas estrategias, entonces, una vez que lo comprendes (los que aún no lo han comprendido me miran perplejos: son los felices). Quedan muy pocas estrategias, ya digo. Leer es la más frecuente, la más eficaz, la más útil (compartir en otros la mierda propia no es consuelo de tontos, sino de humanos). Pero no la mejor. La mejor es coger un tren, ese tren que amo y que me lleva aún a donde todo me espera (casa, padres, hermano, amigos: hogar). Pero esta última no vale: no todo va a ser huir. Oír cantar a Manuel, o a Joaquín, o a Ismael, siempre ayuda. La conversación y las risas y el alcohol con los amigos que amo aquí siempre es una fiesta. Pero entenderás de nuevo que en estos días a los que me refiero (cuando uno está solo y va solo y es solo) nada de lo anterior llega a ser una cura; sólo pomadas muy dulces que agradezco. No. Yo conozco otras trampas que urdir a estos días. Acuchillar a versos mi libreta de segundo de bachillerato, hasta que sangre, es una de ellas (es curioso: cuanto más sangra menos asesino me siento). Fumar bien solo frente a la ventana abierta me hace ajustar cuantas no sé con quién, en no sé dónde. Mirar colérico a las parejas que se besan en todas partes pordiós en todos sitios me ayuda a templar bien el rencor, no me preguntes por qué. Reflexionar sobre el crimen, metódico, y asimilar bien la Culpa, me reporta un retorcidísimo alivio que no sé si atribuir a la autocompasión o a la necedad (siempre queremos encontrar culpables: demasiadas veces, sencillamente, no los hay).

¿Sabes? Ayer, una pared cualquiera de Madrí me escupió un desafío: “¿Qué puedes decir de tu vida hasta ahora?”, preguntaba, insolente, con graffiti negro. Pasé de largo pero seguí pensando en ello durante muchos metros, hasta ahora. Puedo decir que he vivido, respondí. Puedo decir que he sufrido. Puedo decir que me he reído. Puedo decir que te quise a rabiar. Puedo decir que no me rindo.


viernes, 30 de marzo de 2007

"

(…) Ni ella ni yo nos merecemos esto, pensaba. Y sobre todo –pensaba-, el amor no se merece esto. Al amor hay que respetarlo, el amor es sagrado. Sobre todo, cuando llega el momento de la separación. Mientras dura, el amor es sagrado, y hay que vivirlo como se vive una oración: con autenticidad, con las manos untadas de intimidad y gratitud. Y cuando acaba –pensaba-, cuando el amor se acaba, el amante tiene que conseguir que la separación sea lo sagrado puro. Es en ese momento, en el instante de la separación, cuando el amante tiene que clavar las zapatillas en el centro del ruedo, citar al natural sin perder la verticalidad, arriesgarse a morir, convertir ese riesgo en una sinfonía de tristeza y de valentía, empujar el estoque hasta tocar la sangre, ver caer el amor, fulminado, y luego echar a caminar, inmensamente solo, con la horrible y perfecta soledad de la resurrección, y quizá con dos lágrimas –pensaba- escociendo en la cara.

(…)

Sí: cuando alcanza esa estima, suave y descomunal, el que ama ya no puede consentir que el amor deje de ser inconcebible, el universo de la perfección (nada hay tan imperfecto, tan horroroso, como un amor amedrentado e imperfecto): prefiere tomar por otra calle, alejarse, sufrir para siquiera merecer una herida y llevarse la cicatriz todo el tiempo que le dure la vida, y guardarla entre sus asuntos mejores, como guarda un torero sus cicatrices. El amor es como el toreo: para merecer hacer el paseíllo entre el sol de otra tarde, el torero sabe que ahora, esta tarde, tiene que comportarse solarmente, tiene que actuar con arte y con sabiduría, pero ante todo con coraje. Si hoy el amante no tiene coraje (por ejemplo, el coraje de renunciar al amor antes de que el amor renuncie a él), sabe muy bien que no merecerá un nuevo contrato, que muy difícilmente merecerá jamás lidiar de nuevo, amar de nuevo. Es así. La ciudad, cualquier ciudad, cualquier lugar del mundo, está llena de seres que alguna vez tuvieron la oportunidad de ser cabeza de cartel, pero por falta de coraje y de sabiduría, atolondrados, renunciaron a mantenerse en el lugar más alto de su estima y de su valentía, y ahora rebotan contra las esquinas de nada, como penas de goma, engrosando el ejército de los infelices, ¡y sin ser siquiera infelices! El mundo está lleno de ellos. Tú mira la ciudad, mírala bien: verás, brillando, unos escasos seres luminosos: son los enamorados; que habita en ellos el amor se adivina en que su imagen es instantáneamente eterna. Verás también algunos seres sombríos, que llevan otra clase de sol sobre su cara: el sol de la renuncia, ese sol que nos deja en la cara el respeto por el amor, la obediencia a sus leyes terribles, la más terrible de las cuales es la de saber elegir entre renunciar al amor o condescender a pudrirlo: son infelices, pero les anima (¡y se les nota!) algo de heroicidad (¿no viste que los héroes nos parecen algo infelices?). Finalmente, verás, asomada hacia la ciudad (en Madrid, por ejemplo, pero ocurre lo mismo en cualquier lugar de la tierra), una multitud de infelices que ya ni saben que lo son. Millones de hombres y mujeres que aceptan (e incluso se aconsejan entre sí) ser funcionarios de la vida. Suelen amar el triunfo, pero a distancia, porque el triunfo quema –y porque, además, al amar mal renunciaron al triunfo verdadero para siempre. Suelen, en fin, amar las cosas: automóviles, cargos de “responsabilidad”, abundancia de papeles sancionados por los notarios. Son los subordinados. Quiero decir: se han subordinado a sí mismos: posiblemente alguna vez le vieron los pitones al toro. ¡Pudieron, por lo menos, hacer lo que hacía un torero famoso: cuando un toro le daba miedo huía despavorido! ¡Siquiera ese terror era valiente! Y era también una manera de fidelidad: mostrando a los tendidos su terror demostraba la amenaza opulenta del toro y lo sagrado de la fiesta. Pero estos malos lidiadores, éstos que llamo los subordinados, hicieron trampa: se quitaron de en medio al toro mediante un bajonazo, lo que se llama degollarlo. Y ahora lo pagan: no saben ni siquiera que fueron víctimas del miedo, creen que alguna vez torearon como es obligatorio y se extrañan de no permanecer en el cartel. Dicho de otra manera: ante el amor hay que tener el coraje de intentar permanecer cuanto tiempo se pueda a la altura de su grandeza, o el horror de saber que es un prodigio que alguna vez, inexorablemente, nos exige el coraje de renunciara él. ¿Pero pegarle un bajonazo, degollar al amor? Eso sí es el fracaso. Y hay una sola cosa que el amante no debe consentirse: fracasar”.

(Félix Grande, Del amor y la separación)


miércoles, 28 de marzo de 2007

Inventario

Las cosas que me dices cuando callas,
los pájaros que anidan en tus manos,
el hueco de tu cuerpo entre las sábanas,
el tiempo que pasamos insultándonos;

el miedo a la vejez, los almanaques,
los taxis que corrían despavoridos,
la dignidad perdida en cualquier parque,
el violinista loco, los abrigos;

las lunas que he besado yo en tus ojos,
el denso olor a semen desbordado,
la historia que se mofa de nosotros,
las bragas que olvidaste en el armario;

el espacio que ocupas en mi alma,
la muñeca salvada del incendio,
la locura acechando agazapada,
la batalla diaria entre dos cuerpos;

mi habitación con su cartel de toros,
el llanto en las esquinas del olvido,
la ceniza que queda, los despojos,
el hijo que jamás hemos tenido;

el tiempo del dolor, los agujeros,
el gato que maullaba en el tejado,
el pasado ladrando como un perro,
el exilio, la dicha, los retratos;

la lluvia, el desamparo, los discursos,
los papeles que nunca nos unieron,
la redención que busco entre tus muslos,
tu nombre en la cubierta del cuaderno;

tu modo de abrigarme el corazón,
la celda que ocupaste en una cárcel,
mi barca a la deriva, mi canción,
el bramido del viento entre los árboles;

el silencio que esgrimes como un muro,
tantas cosas hermosas que se han muerto,
el tiránico imperio del absurdo,
los oscuros desvanes del deseo;

el padre que murió cuando eras niña,
el beso que se pudre en nuestros labios,
la cal de las paredes, la desidia,
la playa que habitaban los gusanos;

el naufragio de tantas certidumbres,
el derrumbe de dioses y de mitos,
la oscuridad en torno como un túnel,
la cama navegando en el vacío;

el desmoronamiento de la casa,
el sexo rescatándonos del tedio,
el grito quebrado, la madrugada,
el amor como un rito en torno al fuego;

el insomnio, la ausencia, las colillas,
el arduo aprendizaje del respeto,
las heridas que ya ni dios nos quita,
la mierda que arrastramos sin remedio;

todo lo que nos dieron y quitaron,
los años transcurridos tan deprisa,
el pan que compartimos, las caricias,
el peso que llevamos en las manos.

 
(J. S., Inventario)

miércoles, 21 de marzo de 2007

Óyeme

Algo tendrás que hacer. Digo yo. Algo tendrás que hacer. No, no lo sé, no sé el qué. No tengo la respuesta para eso; nadie la tiene. No sé qué carajo decirte, qué conjuro; qué clase de alquimia boreal sería capaz de romper esa masa oscura, esa puerta de piedra que llevas por ojos, como la ceguera de un animal de carga; cómo liberarte de esa yunta de bueyes que pareces llevar por equipaje, encorvándote, ese signo de interrogación de la desdicha. Ojalá tuviera la palabra exacta para hacerte reaccionar, sacarte de la jaula, regresarte a la algarabía de los bares y las plazas. Ojalá pudiera penetrar en tu desgracia hasta parar la proyección de ese drama asfixiante que en algún momento maldito se te quedó varado en algún sitio, en la sala vacía de tu memoria: interrumpir la película, reventar la cinta, rebobinar hasta ese atardecer añil en que remostaste el río tú solo en bicicleta, o avanzar hasta ese mediodía futuro en que vuelvas a sentarte a la mesa y vuelvas a sorprender la sonrisa de Dios en la paella majestuosa de tu madre. Ojalá pudiera mentirte. Porque, óyeme bien: yo no creo en Dios. No al menos en el sentido estricto del término. Pero sí puedo asegurarte que aunque el mundo te parezca hoy un lugar vacío, tu historia no ha terminado. No te mentiré. No seré cínico. No intentaré disuadirte la tristeza diciéndote que hay esperanza, que es noble la vida, que en su daga asesina oculta una inyección de soles y conversación en el Paraíso. No insultaré tu inteligencia: jamás te diré que el sufrimiento es necesario: porque nada puede sembrarse de una lágrima; porque cualquier aullido es una afrenta a los antepasados que te quisieron feliz; porque el hecho de pertenecer a una especie de animales inconsolables no justifica que la Desolación sea un gobierno justo. Es una dictadura. Tu cara, abatida por el desamparo, es una dictadura. Tu llanto, una dictadura. Y la forma que tienes de despertar, de salir a la calle, de enfrentarte al mundo: es una dictadura. Por eso, nunca te diría que todo esto tiene un sentido; no soy tan soberbio. Y yo qué sé si tiene sentido esta perra vida. (Además, hubo Alguien sapientísimo, hace mucho, que ya apuntó: “y la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”). Pero óyeme bien, de nuevo: sí puedo asegurarte que saldrás de ésta. No seré tan imbécil como para afirmar que verás la luz un día y serás feliz hasta el último aliento de tu existencia. Pero sí estoy en condiciones de decirte que una tarde de éstas, exhausto del debate interminable con tu depresión, oirás el sonido del tren a lo lejos, o verás demorarse un poco más el sol que acaricia tus libros, o te mirarás al espejo y te encontrarás tan soberanamente absurdo que no tendrás más remedio que partirte de risa. En ese instante eterno, lleno de Duende, probablemente tampoco veas a Dios. El mundo seguirá siendo un lugar hostil. Toda la gente que amas se extinguirá algún día igualmente. Y sin embargo algo muy dentro, como una nota muy pequeña, muy tímida, te dirá que la vida, de nuevo, y hasta que Dios –?- o el Diablo pidan carta, ha vuelto empezar. Seguirás siendo tan desesperadamente lúcido como antes, pero habrás conquistado, al menos por ese instante salvífico, la gran frase: Pero Qué Cojones.

Sécate las lágrimas. Pon la canción más canalla de tu adolescencia. Ahí afuera arrecia el frío, pero mañana, oficialmente, descabalga en Madrí la Primavera.

miércoles, 7 de marzo de 2007

Traición

¿Sabes? Soñó contigo, anoche, otra vez. Se acostó tarde, tardísimo, como siempre. Sabes de sobra que suele quedarse despierto hasta las tantas, conversando tranquilo con quien le pille más cerca: un cigarro, un fantasma, una luz que vacile allí a lo lejos, prometiendo dejarle a oscuras. Esta noche, sin embargo, ha tenido más suerte: yo andaba cerca. Sucede que a veces coincidimos: me levanto a por algo, a la cocina, o me desvelo sin motivo, o regreso exhausto, pisando los charcos nocturnos de esta ciudad, ojos tan verdes de neón –dice él, a veces- que recuerdan a ti. Entonces, si le encuentro allí, si es tarde, si los patios guardan silencio y noto que quiere hablarme, me siento en el sofá, frente a él, y le digo, le pido que me cuente, que deje de pensar en voz alta, absorto en el humo del cigarro. Como esta noche. Y sucede que esta noche estaba más solar y más sombrío que nunca. Ya le conoces. Ese hablar vehemente, como un crío, frondoso de preguntas que le gusta a él decir; cansado, antiguo y como viudo al segundo después, bajando la mirada, como si fuera él y muchos al mismo tiempo. Porque soñó contigo otra vez, dice. Anoche. Maldita sea, decía: otra vez. Aun así, tenías que haberle visto hablar de ti, hace un momento. Un abuelo recordando su batalla más legendaria o un adolescente que acabase de robar un beso en las últimas esquinas de la osadía, pulsando a veces un acorde triste en la guitarra. Cuéntame, le he dicho. Dime cómo era el sueño. Y él me ha contado que era muy extraño, muy intenso, quizás profético. Dice que al principio había una fuente, que miraba absorto una fuente: una fuente hermosa de mármol pero sin una gota de agua, y el caso es que podía oír perfectamente el rumor del agua, dios sabe, me ha dicho, lo mismo es que oía entre sueños la corriente subterránea del patio. Luego levantaba la vista y te vislumbraba de lejos, como perdida, tu rostro nítido pero tu silueta lejanísima, desdibujada como en un óleo de atardecer de monte, un cuadro de los que ahora tienen polvo y nadie mira en algún sitio. Quiso decirte algo, pero entendía, extrañamente entendía que debías irte. Al instante, sin embargo, él se encontraba en el porche de una casa vieja y tú le llamabas, aparecías de nuevo, sonreías. Le decías he vuelto: qué hacemos ahora con las noches de abril que nos quedan? Y entonces él miraba al cielo nocturno pero en lugar de estrellas se encontraba con un enorme asterisco rodeado de versos garabateados que parecían suyos. El asterisco, me ha dicho de pronto: el asterisco que puse anoche detrás de un verso, para quizás cambiarle el final.

Eso es lo que me ha contado, hace un rato. Y nos hemos quedado en silencio, fumando ambos, frente a frente. ¿Sabes?, ha dicho de pronto: mucho más que cualquier cosa; mucho más que se fuera, mucho más que las preguntas, mucho más que las respuestas que no tengo, lo que de verdad me jode es que me despertase con musgo en los pulmones, y que por un segundo, antes de despertar del todo, siguiera planeando las noches de abril que nos quedaban.

Me ha dicho que le gustaría que lo supieras; un instante después me ha dicho que no, que no quiere que sepas que soñó contigo anoche, la fuente sin el agua, tu adiós en la lejanía, el musgo en los pulmones y un asterisco en el cielo nocturno de abril. Ya sabes que es orgulloso, a veces –sólo a veces-. Después ha roto el cigarro contra el cenicero y se ha ido por uno de los balcones, sin decir más, por donde escapan los amantes clandestinos. Por mi parte, quizás no sea tan amigo suyo como él cree, y he venido aquí a escribir esto. Por si alguna vez pasas por aquí. Para que sí lo sepas. Para que sepas que soñó contigo, otra vez, maldita seas, anoche.


miércoles, 21 de febrero de 2007

Oiga, doctor

Hay algo en este tío que me obsesiona. Hasta el punto, ya ves, de que tras haberme tragado sin anestesia y sin levantar el culo del sofá tres capítulos consecutivos de su dichosa serie, todavía me quedan huevos para llegar a la cama a las tres de la mañana y seguir pensando en él. Ya habrá alguien haciendo la broma fácil, jáuri-jáuri, con lo de la cama y el pensamiento. Pues tampoco te creas. Que si no fuéramos ambos unos integristas heterosexuales –para los quehaceres propios, se entiende-, y se me pusiera a tiro, a buen seguro que el Doctor House y un servidor hacíamos mejores migas que con otras supuestamente duchas en eso de jugar a los médicos. Ya se sabe: entre fulanos el diagnóstico suele ser más sencillo. Además que mi santa madre suele decir que es un tipo muy atractivo, el sanamuertos. Y lo que mi madre dice sobre según qué cosas, no sabemos por qué, al final va a misa.

No, no es que me ponga a mí cachondo, el señor Gregory House, a pesar de su implacable mirada azul, de su aparentemente descuidada barba como del que no quiere la cosa –la sombra de una mala noche, pensarán ellas-, de su honestidá salvaje sin dios ni amo o de su adicción al sarcasmo, agudo hasta la exasperación, que parece el hombre un híbrido siniestro del Joker y Oscar Wilde. Que ésa es otra. Siempre el más listo, siempre el más lúcido, siempre el que ve más allá; un tipo que, a pesar de sus formas cuartelarias para con los pacientes, casi siempre les saca de la papeleta. Uno, por poner un ejemplo, se pilla una cogorza histórica en el año 2000 (o alrededores) con el güisqui más infame que existe; a los diez años te diagnostican un algo terminal que se te va la olla en el hígado, y el fulano, nada más verte, te suelta: “Fue Watt 69, ¿verdá? Y fue en el parque nuevo, antes de que edificasen: lo sé por la marca minúscula que aún conservas en la mano, briboncillo; te caíste sobre alguna piedra al ir a mear. Y fue idea del Lolo y del Jimeno, ¿a que sí? La próxima vez elige mejor a tus amistades, borracho de mierda! Te informo de que te quedan cuatro días". (¿!) La verdá: aunque se cisque en tus muertos, que levante la mano quien no quisiera estar en sus manos, en tal tesitura.

Y sin embargo no es eso lo que me fascina, o no sólo eso. A ver si me explico. La serie en sí tampoco es que sea el paradigma de lo original, entre otras cosas porque las tramas de cada capítulo suelen ser simétricas: a algún desgraciao le pasa algo, le llevan al hospital, todo apunta a que tiene politifaxis múltiple en el glúteo izquierdo, pero llega el doctor House y dice tontos sois, eh; os daba asín y asín: esto va a ser una osteocoñotinitis aguda procedente del pelo citerior del escroto derecho: abridle en canal cagando leches. Y tú, putita, cúbrete el escote que soy cojito, pero de una pierna sólo. Luego la tesis inicial se cae, se inventa otra, se vuelve a caer, mientras tanto las tramas personales se van desarrollando, aunque en este punto echo de menos algo más de carnaza (ésas son las verdaderas dos Españas: la que vemos esta serie y la que prefiere el prostíbulo sanitario de Anatomía de Grey), y al final el desagraciao de marras se salva o no –generalmente más lo primero que lo segundo- gracias a la proverbial sagacidad de House/Holmes (todos los demás, ya hemos dicho, son un atajo de inútiles de la E.S.O), quien, a pesar de su genialidad médica y de su lucidez salvaje –o quizás por eso mismo-, sigue estando igual de amargado; paradójicamente, el único paciente para el que no tiene salvación posible.

Me voy a dejar de análisis catódicos, que para eso ya está Boyero, y me voy a ceñir al tema: algo tiene ese hijo de puta. No sé qué es, pero algo tiene ese cojo cabrón que me despierta una rara fascinación; una profunda y retorcidísima empatía. Y no me refiero a lo elemental, al pilar sobre el que se sustenta el personaje: el hecho de que es un fulano secreta o abiertamente corroído por su frustración física, lo que le lleva a blindar tras ese escudo de cinismo y grosería –ese carácter de mierda- una estima por los suelos, un sentir a flor de piel. Se emplea a fondo en fingir una gélida indiferencia ante sufrimiento ajeno, pero es todo lo contrario: es quizás el que mejor sabe lo que se viene jugando, como hombre que es y que ha sufrido, que diría Vallejo. No, no me refiero a eso. También podría añadir que no recuerdo haberme topado nunca antes en una serie de televisión con un personaje de una hondura similar, y que todas las comparaciones que se me ocurren así, a bote pronto, son literarias, y me llevan a pensar en, pongamos, el Rodney Falk de Javier Cercas (la inmensa La velocidad de la luz), o incluso en Don Francisco de Quevedo, genio universal y casi también personaje de novela en sí mismo, puñetero y cojitranco –curiosa coincidencia-, misógino notorio y genio imperdonable, que escondía tras su malísima leche una ternura inmensa por todos, por todo (Pessoa); una derrota en carne viva por no poder o no saber acortar distancias con las enaguas que atormentaban su sueño.

Bueno, vale, puede ser todo esto, pero hay algo más. Hay algo que tiene que ver con sus silencios; con su manera de mirar cansado, desde lejísimos. Con esa manera de darle vueltas al bastón, como si jugase a la ruleta rusa con un revólver hasta arriba de balas. Con ese respeto letal a sus propias leyes éticas, cuya única máxima es que si de algo somos dueños es de nuestra propia muerte. Con esa forma suya de decir sin decir que el hombre sufre, y muere. Y en el tránsito de lo uno a lo otro sólo nos queda hacerlo con dignidad; mirar al espejo con sorna o enmudecer. Como mucho murmurar, con una sonrisa: estoy desesperado.

No sé. Quizás sea, sencillamente, que el tal Hugh Laurie es un grandísimo actor. Y sin embargo algo tiene ese hijo de puta, el maldito doctor House. No sé por qué, pero me imagino siendo amigo suyo, de cruzarme con él en la vida, de ser alguien real. Me imagino sentado a su lado en cualquier sitio, mirando ambos al horizonte o hacia ninguna parte. Sin decir ninguno ni pío. Conversando ambos, durante horas, en silencio.