domingo, 13 de mayo de 2007

Héroe

Ninguno tiene ni idea, pensaba. Ninguno. Mírales, mírales bien, se decía a sí mismo, mirando en torno, el gesto distraído, la boca crispada en algo que de manera remota se parecía a una sonrisa: no tenéis ni puta idea. No, nadie tenía ni idea, y nadie le miraba en ese momento: de haberlo hecho, alguien, quizás, hubiera reparado en la carcajada que atronaba allá al fondo de sus ojos atónitos. Pero nadie le miraba. Como siempre, nadie le miraba, y por eso nadie tenía ni idea, y por eso ninguno de los que en aquel momento subían al autobús podían oír la carcajada salvaje que rebotaba en sus adentros y pugnaba por estallar afuera, pero que él sabía mantener bien a raya: no iba a llamar la atención ahora; nunca la llamaba, y esta vez no iba a ser distinta. Esta vez, de hecho, llamaría la atención lo menos posible. Si quería que todo saliese bien tenía que actuar con suma cautela. Como los tíos de las películas o los videojuegos: impecable, profesionalmente discreto. Como un soldado templario, o un samurai.

Pues nadie debía saber nada, todavía. Pues todos y cada uno de ellos, los que en aquel momento iban llenando los asientos y el pasillo del autobús, y bostezaban o leían distraídos o hablaban soñolientos, todos, debían ignorarlo todo por el momento. Y era terriblemente hermoso, pensaba, salvajemente eufórico, estar ahí sentado, como siempre, calladito como siempre y tímido como siempre, sabiendo algo que los demás ignoraban por completo; siendo el único que sabía, pues lo había aprendido de memoria, cada uno de los momentos futuros de aquella mañana. Joder si no era aquello un subidón de adrenalina mayor que cualquier partido, o espiar a la vecina desde la ventana de su casa. Aquello era mucho mejor: era sentirse Dios, previendo, viendo ya el futuro, pues el futuro de aquella mañana estaba en sus manos. El futuro era él, él mismo. Casi pegó un respingo en el asiento al pensar esto último, a punto de decirlo en voz alta, pero logró tranquilizar su excitación mirando por la ventanilla, viendo pasar las calles, la gente de la ciudad, la sucesión de casitas con jardín que verdeaba cada día el camino hacia el instituto. Miró de reojo hacia la izquierda, suspicaz, pero el chaval que iba a su lado dormitaba plácidamente, con un libro de física abierto sobre el regazo.

Sonrió de nuevo. Pobre gilipollas, pensó. No tienes ni idea de lo que te viene. Bueno, igual tienes suerte. Pero aun así seguirás siendo un pobre gilipollas. Como los demás. Como todos. Un capullo mediocre. Y sin embargo –pensaba-, la clase de capullo que a él más le reventaba era de otra estirpe: la del capullo engreído; el capullo prepotente; el capullo solemne. Como Rick, por ejemplo, que en ese instante se encontraba sentado unos asientos más hacia delante. Un capullo insoportable. Siempre con esa sonrisilla gilipollas. Siempre con ese pelito tan bien peinado. Siempre hablando con cualquier tía como si fuese Brad Pitt. Imbécil, pensó. Imbécil. Como Dan, el mamón de gimnasio, que cada vez que coincidía con él en alguna clase le miraba de arriba abajo y se reía, se reía, el subnormal. O como el tipo ése cuyo nombre no sabía con exactitud, pero daba igual: el hijo de puta ése que ahora se enrollaba –el día anterior les había visto juntos, en algún sitio, cogidos de la mano- con Carol, su Carol; su mito erótico, su minifalda favorita, su pensamiento más útil en el baño y en la cama, su pelirroja cañón, su diosa. Hijo de puta. Ya verás, hijo de puta, pensaba. Y tú, zorra –miraba alrededor, distraído, intentado ubicarla en el autobús-, ya verás.

Porque hoy sería un día muy distinto a los demás. Hoy no habría más angustia en el estómago al cruzar la puerta de la clase, tratando de no ser visto, de ser invisible, de no ser. Hoy sí que se dejaría mirar bien por todos. Y era acojonante sentirse así. Sabiendo, sabiendo perfectamente que ya no habría más vergüenza; la vergüenza de sí mismo, de ser consciente de sí mismo y de su aspecto torpe y de su cuerpo imposible, mierda, maldito seas, imposible. Vergüenza, se dijo, sarcásticamente. Desde hoy esa palabra ya no va a existir más. Ni la palabra impotencia, ni la palabra fracaso. La palabra perdedor. Perdedor, repitió. Era el insulto que más le gustaba repetirse delante del espejo. Perdedor, se decía, con infinito gesto de asco. Entonces, bajaba a desayunar, y mientras su padre le ignoraba modélicamente leyendo el Times, y mientras su madre salía pitando por la puerta maldiciendo por no haber encontrado planchada la falda que buscaba esa mañana, y mientras la asistenta mexicana bregaba como podía con su hermana la pequeña, él se tomaba el cacao y los crispis lentamente, así: como un perdedor, se decía. Y luego salía a la calle y andaba como un perdedor. Y subía al autobús y miraba como un perdedor. Y en la clase se ruborizaba y sudaba y no articulaba palabra delante del profesor así mismo, como un perdedor. Y los demás –él lo sabía- le miraban como a un perdedor, y las tías le miraban –todas- como un perdedor, y luego daba su clase de español y su natación –te vendrá bien, le había dicho su madre, circunspecta: para perder peso- como un puto perdedor. Y luego volvía a casa y rehusaba cenar, aunque se moría de hambre. Y luego chateaba hasta las tantas con gentes desconocidas a unos cuantos miles de kilómetros y se sentía un poco menos solo. Pero luego, al apagar la luz después de haber leído un rato, y se quedaba en la oscuridad con los ojos muy abiertos, mirando al techo, se lo volvía a repetir: te llamas Henry, tienes dieciséis años, y eres un perdedor. Y luego, poco a poco, se iba quedando dormido.

Pero aquella noche anterior había sido diferente. La recordaba ahora, casi llegando al instituto, como una revelación, como si dios o el diablo le hubiese hablado al oído: no tienes por qué serlo, Henry Smith. Puedes demostrar a toda esa escoria que no eres ningún perdedor. Entonces lo vio todo claro.

Abarcó de nuevo el interior del autobús con la mirada: ni puta idea, se decía. Pero ya quedaba bien poco. Ya casi veía las caras de estupor de todos. La sorpresa. Tachán. El prestigio, lo llamaban a eso, no? La parte final de un truco. El prestigio. Iba a alcanzar de una vez el prestigio que merecía. Iba a ser un héroe. Ellos no lo entenderían; casi nadie le entendería, pero iba a ser un héroe. Y entonces ya nadie se reiría de él en ningún sitio. Y entonces ya nadie le miraría con esa mezcla de lástima y asco y grima. Y entonces Carol se daría cuenta de una vez de lo equivocada que había estado todo el tiempo, tonteando con gilipollas como aquel último, y se daría cuenta finalmente de que él era un hombre. Un hombre, joder.

El autobús remontaba ya la última esquina antes de llegar al instituto, y algunos se habían levantado de sus asientos, agolpándose a las puertas. Sintió una punzada de excitación fría desde el estómago a la espina dorsal. Ahora tienes que tener dos cojones, Henry. Ahora sí que sí. Con suma cautela abrió su mochila y sacó el revólver, metiéndoselo entre la piel y el pantalón. Era casi el último en bajar. Avanzó unos pasos hasta la puerta y, antes de salir, vislumbró un anuncio allá lejos. Un cartelón enorme, presidido por Eminem, o Tom Cruise, rodeado de tías buenas y recomendando beber nosequé marca de whisky.

Ya verás, Henry, se dijo, bajando a la acera, palpando ya la culata con una mano. Ya verás como hoy tú también sales en la tele.


[Ejem...]


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Joder, lo has vuelto a hacer, Elton! De veras estabas hablando todo el tiempo de un tiroteo en un instituto americano por parte de un adolescente con el revolver de su padre? NO PUEDE SER!

Cuando leo la frase esta de "Con suma cautela abrió su mochila y sacó el revólver de su padre..." me recuerda al club Dumas, cuando Corso (el del canto del loco) ve a Boris Balkan en la biblioteca. Y mira que encaja todo, lo del armario y el cajón de la mesilla de su padre... todo. Muy bien.

Un Cordial Saludo.

M.

PS: Es coña, perdona, no quería ofender, realmente está guapo, pero se te nota mucho la vena antiyanqui esa del cuello.

Miguelton dijo...

:D Es que uno tiene padres conocidos, La Ponte. Y qué malo es conocerse, oyes. Por cierto, algún día mataré al guionista ése que bautizó como Corso al fulano ése de las zapatillas. Estuve a punto de hacerlo ayer con Díaz Yanes, o sea que imagínate.

Iba a llamarte ahora, para contarte el chiste de la puta tan fea que murió virgen. Pero dice Porthos que estás ya con abrazadora. Mis respetos :)