miércoles, 31 de diciembre de 2014

Gracias (los dones del camino)


Gracias por el fuego, que sigue siendo fuego toda la noche

Gracias por el riesgo, por el honor, la valentía. Por cumplirse lo que es la vida poco a poco y generosa

Gracias por la belleza, por la palabra, por la canción

Gracias por el dolor en lo perdido; porque testifica que hubo vida, que “mereció la pena vivir y reventar”

Gracias por el dolor de los perdidos. Gracias por la amistad

Gracias por la alquimia que transmuta el rencor en entendimiento, el odio en amor arrodillado, el miedo en la gracia de crecer

Gracias por el perdón, por el niño del recreo queriendo hacer las paces

Gracias por la fuerza, por no abandonar lo que no debe abandonarse; por dejar ir lo que ya tenía que irse

Gracias por la emoción, vislumbre de luciérnagas en el camino del invierno

Gracias por el hogar, por la lumbre, por el fuego

Gracias por el vino en compañía, por el vino en soledad, por el vino que consuela o nos revela

Gracias por la guerra del corazón, por la sabiduría de la derrota, por la victoria que sólo llega al aceptarla

Gracias por el mundo, por los dioses y el infierno, que enseñan que todo es uno y mil en el mural feroz y abigarrado de vivir 

Gracias por el error, porque siempre estará para aprender a ser distinto

Gracias por la música, “misteriosa forma del tiempo”

Gracias por la palabra, misteriosa forma del silencio

Gracias por el amor, sacerdote único. Porque fuimos mendigos de la infancia, y seremos la aristocracia del corazón

Gracias por el padre y por la madre, por la abuela y el abuelo, por el hermano y la hermana, por el hijo y la hija; por los vivos y los muertos, por la noche y el mediodía. Por los amantes desde el camino milenario del primer beso

Gracias por el llanto, gracias por la risa: gracias

Gracias por el fuego, que sigue siendo fuego toda la noche

Gracias por la noche, que sigue siendo niña en la máscara del día

Gracias por el amor, que lo fue y será antes de haber llegado, después de que nos hayamos ido

Por el amor, que es lo único que queda

Por la belleza, que es lo que en el fondo duele

Por la música, misteriosa forma del beso


Por el fuego, que seguirá siendo fuego en otras noches



domingo, 21 de diciembre de 2014

Rendirse

Algo tiene la derrota, cuando la creemos total, es decir, cuando llega a devastar todos los diques de la esperanza, parecido a la fiebre dulce de los niños, a la calma luminosa de cierta victoria íntima: y es que ya ha sucedido (lo terrible ya sucedió). Ya nada puede derrotarte: porque ya estás derrotado, ya no vas a levantarte otra vez, al menos por hoy, a pelear otra vez con la tormenta. Así que sólo puedes pasear tranquilamente por la orilla, respirar la brisa lenta del desastre, tantearte las cicatrices. Y comprobar estupefacto, en la inmensa mayoría de los casos, que sigues vivo. Que te han vencido, que todo está roto, pero tú no, porque sigues vivo. (Estupefacto).

¿Por qué? Porque es mentira, supongo. Porque casi nunca (y pongamos en el casi la distancia entre dos abismos), casi nunca es total, irreparable y para siempre la derrota que creemos sentir definitiva. Porque la vida se abre camino de una manera portentosa, sin hacer ningún caso (gracias a dios) a lo que nosotros opinemos sobre ella. A la vida le da igual. A tu vida le da exactamente igual, en el fondo, ese triunfo que no llegó, esa herida que crees inmensa, esas doce campanadas implacables que creías no ibas a oír nunca más, y que crees (sólo crees) que señalan el toque de queda de todo tu Tiempo hasta aquí. Te quedas, sí, como un adolescente avergonzado, como un monstruo perplejo en una celda. La vida es así también; ahí nos pone constantemente, castigados contra la pared, llorando contra la pared, implorando volver a casa. Porque esta especie es la única sobre la faz de la Tierra que siempre se siente arrojada, a la intemperie, a las afueras de dios; sin darnos cuenta de que, sea lo que sea esto, somos parte de ello hasta las raíces. (Como si los peces creyeran que el océano es una farsa; como si los pájaros añoraran todo el tiempo la rama en que nacieron, y lo demás les pareciera hostil desde entonces).

Rilke tiene un verso misterioso, indescifrable: “El tiempo es la recaída de una larga dolencia”. Quizás es a esto a lo que se refería. A que este caerse y volverse a levantar, caerse y volverse a levantar, intentar y fracasar y volver a intentarlo, este velatorio en carnaval, este andar de puntillas por el pasillo por no despertar a alguien que vela su enfermedad en una cama, es sencillamente el síntoma de esta larga dolencia que es la vida. Que nosotros llamamos dolencia porque nos resistimos todo el tiempo a que suceda como tiene que suceder; porque nos rebelamos a lo que no nos sale como queríamos; porque no tenemos la humildad, la inteligencia, la valentía suficientes para decir: Me rindo. Eres más antigua, más sabia, infinitamente mayor que yo. Cuéntame cómo se vive. Dame una moral para vivir con la herida, y yo la honraré. Enséñame cómo vivirte, y lo haré de corazón y sin protestas el Tiempo que dure y que me dures.

Algo tiene la derrota, cuando la sentimos absoluta (pero hay que dejarse sentirla de verdad, hasta los últimos sótanos de la conciencia), parecido a la recaída de fiebre de un niño en una cama: oyendo a lo lejos a los lobos, que ya huyen, pero también la voz que le cuenta un cuento en la penumbra del invierno. No es resignarse, no es cruzarse de brazos o dejarse morir: es aceptar; es comprender que no comprendemos ni controlamos nada; es mandar todo a la mierda, por esta noche, y perdonarse a uno mismo de ese fracaso que –ya lo estás viendo– a la vida le da absolutamente igual para seguir. Es rendirte hoy para hundirte en la verdadera obra maestra: la de comprender que éstas son las leyes, y que quizás (quizás) eso que llamamos derrota en realidad se llama vivir. …Y vivir, sí, acaba matando antes o después.  

(Dame una señal para vivir con la herida
y prometo escribir el resto
seré un okupa
en la torre de la canción
seré un polizón
agarrado a una guitarra
en el naufragio de esta era
)



Feliz navidad.



martes, 16 de diciembre de 2014

Fortuna y gloria, Sabina. Fortuna y gloria




Las cosas que esperas; las cosas que te esperan; las cosas que siempre has creído esperar (y quizás no; quizás no). Vivimos de fantasmas. Vivimos en la ilusión hambrienta de una persecución: la del fantasma que te busca para cobrarse una deuda remota que crees tener desde siempre contigo mismo; la del fantasma que persigues como una redención, como si en algún lugar de la noche del bosque se agazapase resplandeciendo el ídolo de oro que resuma tu vida, que la justifique y la honre y la selle para siempre. Pero no hay tal... [Sigue leyendo en Pocavergüenza]

domingo, 30 de noviembre de 2014

La plaza, el misterio, la belleza


Llorando, pues mi llanto es mi homenaje;
mi llanto es un blasón y es un regreso.
Este llanto mendigo es un mal beso
que te envío al partir el largo viaje.


Llorando, pues combato así el ultraje
del olvido, con tu recuerdo impreso
a fuego en cada lágrima, ileso,
sellándome en la cara mi equipaje.


Con este llanto voy, con él te vienes;
con él venero la memoria viva
de lo que fue verdad y fue certeza:


el temblor de tu voz en dos andenes;
mi corazón en cueros, noche arriba;
la plaza, el misterio, la belleza.

B., diciembre '08



domingo, 16 de noviembre de 2014

Despedida


Sé valiente, le decía, tú
sé valiente


te querrán con miedo
para poder hacerte esclavo,
te querrán esclavo para hacerte libre
y así poder comprarte

te pegarán sin motivo
harán que sufras sin motivo
para que su odio no esté solo

encenderán antorchas
besarán sus ídolos
irán a buscarte a medianoche


te necesitarán traidor y hereje
para dar de beber a su horca



Sé valiente,
le decía –ya muy lejos–, tú
sé valiente



(Las golondrinas hilaban un trono de siglos)



viernes, 7 de noviembre de 2014

Antonio Gala: la infinita correspondencia




Vivir compromete siempre; vivir a fondo, manchándose las manos y los ojos y la voluntad, compromete absolutamente, “hasta las últimas habitaciones de la sangre”. Para esa rara estirpe de los verdaderos artistas, aquellos que conciben su oficio como un veredicto, no una ocupación, como un destino y no una posibilidad, como devoción y no como excusa para desfilar en los escaparates de lo fatuo, tal cosa es una fatalidad: tal compromiso no es algo buscado ni deseado ni mucho menos autoimpuesto; se da con aire inevitable en su obra igual que el corte hace sangre, como comparecen a su hora el llanto o la risa. No porque tengan que comprometerse, no porque alguien lo haya decretado o toque agitar la banderita de este mes, sino porque el verdadero artista vive y crea absolutamente, y jamás puede quedar fuera de ese absoluto el centro mismo de su vida y el de todos los que la comparten con él, fatalmente, menesterosamente; para bien y para mal. [Sigue leyendo en FronteraD]

domingo, 2 de noviembre de 2014

Pintada, no vacía



Pintada, no vacía:
pintada está mi casa.

Del color de las grandes pasiones y desgracias. Del negro suntuoso de los cuervos. Del camino blanco y curvo de mi corazón a pie. Del blanco y negro de alguna fotografía del corazón en que reza un hombre, a lo lejos en el norte, ante una legión de tumbas vacías.

Dejadme la esperanza

Hay un pueblo silencioso y blanco y quieto en el corazón, con jardín derruido pero de pie, con sol y pájaros de mediodía en el acorde unánime de noviembre y el silencio. Es el eco nupcial de lo extinguido. Es el luto de vencejos en la piedra.
Es la piedra fresca y limpia
donde meditan los muertos su silencio

Pero habla. Es una reunión soleada que no dejará de hablarse nunca. Susurran los ancianos en su parla y parla y en cada recodo del inmenso panteón del aire azul, como en un patio. Hablan, de puerta a puerta, en el pueblo blanco y mudo del corazón, como el rumor indescifrable de los pájaros

(Por alguna calle pasa un niño; ríe y corre, corre y ríe; ya no pasa más)

Allí al sol; y en el umbral de alguna conversación adolescente que se olvidó como se olvidaron todas. Absortos, todos, en su atareada costumbre de morir. En cualquier recodo del corazón los encuentro esta noche, esta mañana, esta mañana que es ahora, y ya no sé cuántos me están hablando –ni lo que me están diciendo ahora

Hay un ejército velando cada día una mañana de sol desvaneciéndose
(Venga, Miguelillo, que hace sol)
Pero quién me despierta, cuándo; quién vuelve ahora de la calle en el crujir de la cerradura, la tos en el bastón, y la sorpresa de cuento

Para que esté llena de flores, yo la recuerdo también; las recuerdo a ellas también en el jardín, arrodillándome

Hay un pueblo clamoroso y mudo, de amistad y llanto, en el pueblo del corazón que nunca acaba. Es una amistad dentro de mí mismo. Un animal que duerme aquí. El soldado más noble de su estirpe en su cosecha de canas y su espada; el hermano pequeño y doble con su espada de madera, de su mano

(No saben que ya no existen y qué importa:
juntos vamos, los dos; los dos solicos)

Pintada, no vacía:
pintada está mi casa


De los difuntos que hay en el corazón,
Capitán


viernes, 31 de octubre de 2014

Lo que tus papás no entienden




Se han ido, decía hace unos días –atentísimo, certero como siempre– Iñaki Gabilondo. Se refería a ‘los jóvenes’. Y supongo que uno, no sólo por biología sino también por circunstancias, no podía sino reconocerse en el esbozo de la situación que sugería el olfato del periodista vasco [otro de esos prescindibles viejos para la maquinaria, por cierto, que ya no mandan en ninguna parte, no sé si por decisión propia, en su caso]. Se han ido, decía; no se les oye ya protestar ante los últimos capítulos de la infamia nacional, porque parecen estar en otro sitio [Sigue leyendo en Pocavergüenza]

jueves, 16 de octubre de 2014

Entre el mundo y tu madre

Hay otra especie de virus paralelo, como de mala conciencia ambiental, con esto del ébola. Y no tiene nada que ver, por supuesto, con ese señor que ya venía tan “bien comido” de su casa (gracias, míster: para no habernos dado cuenta, viéndole), ni con esa pobre idiota que se cayó en una marmita de Loewe cuando era pequeña, y de ahí a ministra directamente. En realidad es algo que no tiene que ver con ésta o aquella catástrofe, y que –supongo– es tan viejo como los primeros televisores vomitando tragedias mientras, unos metros más allá, una familia se concentra en conseguir justo lo contrario (tragárselas). [Sigue leyendo]

domingo, 5 de octubre de 2014

Leonard Cohen o el estigma fatal de la belleza (II)



Leonard Cohen ya había vivido en Nueva York. Concretamente durante el curso 1956-57. Una vez licenciado en McGill, y publicado su primer poemario (Comparemos mitologías, 1956), recién cumplidos los 22, no lo dudó cuando se le presentó la oportunidad (¿la coartada?) de hacer un curso de literatura en Columbia, la misma universidad en que su venerado Lorca había recalado apenas tres décadas atrás (parecerían siglos), asistiendo aterrado, estupefacto, a los humanos daños colaterales del crack del ’29 y su profética visión de la ficción capitalista. [Sigue leyendo en POCAVERGÜENZA]

jueves, 2 de octubre de 2014

"Sin signos externos de violencia"


El señor Denzel Washington, de visita hace poco en el Festival de Cine de San Sebastián, resumió la cosa con atroz exactitud: “En la vida se puede ser Alguien o se puede ser Nadie” (las mayúsculas las pongo yo). Creo recordar haberlo leído así mismo en El País, y recuerdo también que el redactor no se molestó en explicarnos cuánto de sinceridad, o de cinismo, o de pesadumbre, alentaban la sentencia de la estrella americana. Porque de la intencionalidad de la frase, del según y cómo y en qué contexto la pronunciase, depende la imagen que nos podamos hacer del actor: o sea, o bien la de un cretino con carné (víctima de esa sociedad-enfermizamente-obsesionada-con-el-éxito, en famoso mantra de Javier Cercas), o bien la de un tipo lúcido echando mano del sarcasmo para ilustrar cómo funciona el mundo, o la visión que él tiene del mundo (su mundo) y alrededores... [Sigue leyendo]

domingo, 28 de septiembre de 2014

Leonard Cohen o el estigma fatal de la belleza (I)




“Cuando quiero oír cantantes, voy a la ópera”, le dijo su abogado, en cierta ocasión, a bordo de uno de esos aviones en los que el nuevo recluta de la canción popular, desasosiego vestido de etiqueta, experimentaba la inevitable sensación de estar yendo en la dirección equivocada... [Sigue leyendo en el rebautizado lugar POCAVERGÜENZA]

domingo, 7 de septiembre de 2014

Esta luz


Que sepan los hombres
que amé esta luz de septiembre,
la luz incalculable en los umbrales
del espectro centinela del día.
Que sepan la columna derrumbándose
en el corazón de dios y sus contornos.
Que sepa alguno de los hombres
lo que yo no supe descifrar
en la alcancía inagotable de la tarde

Cuando es el mayor don querer vivir
habiendo oscurecido tanto. 


                                                                        






domingo, 24 de agosto de 2014

Amigos


“Tengo a mis amigos / en mi soledad, / cuando estoy con ellos, / que lejos están”. …Cómo acertó –para no variar– don Antonio Machado, con su vislumbre en cuatro versos de ese pequeño drama silencioso. Es cierto; es así. Tú lo sabes también: cómo, cuando estás solo, lejos ya del ruido, la bruma, el artificio de lo real, se te presenta intacto, en su exacta medida humana, justo ése, ésa que te está faltando. Por ejemplo ahora, en esta misma terraza del bar en el que estás. La amistad, como otras relaciones vecinas del amor (¿como todas, quizá?), se fragua en realidad, aun paradójicamente, en el silencio adentro de cada uno. No vemos bien a la gente cuando estamos con ella (suele haber ahí tanta neblina en los ojos, tanto argumento huidizo, tanto blaaa-blaaa-blaaaa; tantos velos). Se rumia a los otros en soledad, como se rumia este vino en el atardecer de la costa, el agua detenida como una bandera de cristal, ahí enfrente, en silencio; solo, de nuevo, para estar en realidad mejor acompañado. Y puede que la amistad sea eso: saber que uno podría no estar solo, si quisiera.

Pero es que es aquí, en esta mesa, por ejemplo, y entre la música azul cobalto de la tarde derrumbándose, donde se revela con pureza qué espera uno de cada quién; qué agradece, qué necesita, qué festeja de los otros. Es macabra, lo sé, esta forma a solas y sin nadie. El problema es que vivimos de fantasmas, se alimenta de ellos la memoria: yo veo ahora, aquí, a los que quiero y me quieren como son exactamente; no como suelen ser delante de mí. La amistad es esto: acordarte de alguien a quien llevas tiempo sin ver, sabiendo de pronto que aquí estaría su lugar, que la hospitalidad del momento le reclama por su nombre. Y vienen todos de repente. Vienen todos (avanza el vino) con cada confesión que quisieras hacerte. Con cada chiste idiota, cómplice o antiguo. Con cada pregunta. Por ejemplo: ¿por qué tan lejos; a cuento de qué; por qué criminal, estúpida, prescindible contingencia cotidiana?

Y sin embargo es aquí lejos, sí, donde mejor se revela todo. La realidad nos pone sus máscaras, sus personajes (personas del drama), y luego es la memoria del corazón la que reúne las piezas del puzle, del verdadero rostro. (Y la que pule los destrozos, también; pues sólo lo que sobrevive a los destrozos es algo que merece conservarse). Hay algunos amigos, unos pocos amigos, demasiados, para mí, con los que no me encuentro últimamente, ni en la dimensión física ni en la otra. Pero no importa. Esta tarde (ya es casi de noche) están aquí, siendo otra vez quienes verdaderamente son, cumpliendo cada uno su papel ineludible, bebiendo con mi sombra. Aunque ellos no lo sepan, aunque ellas piensen que olvidé. Como no sé yo, a mi vez, si estarán ellos ahora, en este mismo instante, acordándose de mí en sus respectivas soledades a lo lejos.


lunes, 11 de agosto de 2014

La agenda (inmortal) del móvil


Hay lugares en que sigue viviendo sola, la vida, ella sola; agazapada como una bestia mansa en ciertos rincones de la conciencia, de un cajón, de un teléfono. (Cuántas cosas seguirán pasando solas, a cada momento, allá donde no elegimos llegar nunca.) Ya contaba aquí, hace poco, la impresión diabólica de poder volver casi físicamente, gracias a los grandes inventos del hombre, adonde alguna vez fuiste feliz (o no tanto, quizás). Ahora tengo aquí, delante de mí, la agenda del teléfono móvil que utilicé durante al menos cinco años. Por mi natural desastroso –o indiferente, más bien– por los juguetes nuevos de la tecnología, he ido poco a poco dejándome caer hasta perder la batería del móvil esperpéntico que utilizaba últimamente. Así que, con el forzoso cambio, la agenda vacía, he tenido que recurrir de nuevo al viejo teléfono de entonces, que ya no funciona si no lo mantienes enchufado; a su salvífica memoria letal. El teléfono que utilicé desde los 24 o 25 hasta hace poco más de un año. Ahora tengo 30. Demasiadas cosas sucedieron en ese tramo, de manera vertiginosa; el teléfono fue testigo. Y siguió siéndolo, calladamente, centinela mudo encerrado en una caja, hasta que tuve que volver hoy a él, en las luces de un verano muy distinto ya.

En otro verano de antes, mucho antes de todo, escribí aquí, también, sobre lugares costeños en el mapa. Ahora tengo que escribir sobre las islas de esa agenda, maradentro y hacia fuera. Cómo es posible –me pregunto, incrédulo–, cómo es posible tanta historia sepultada, o sobreviviente, o vuelta a reunir después de los destrozos. Hay números en esta agenda de amigos antiquísimos que todavía lo siguen siendo, y de otros que se llevó el naufragio, a dentelladas silenciosas. Hay nombres remotos, irreconocibles ya, como de un idioma antiguo o de una tumba descubierta en un jardín. Hay nombres que duelen, nombres que sonríen, nombres que vienen a matar de entre la niebla; o que no dicen absolutamente nada (nada).

Hay, empezando por la misma inicial, varios teléfonos de nombres que me dieron su caridad puntual en noches hambrientas de ciudades distintas, de mendicidades idénticas y paralelas (los marcaría, estoy seguro, con ansiedad y aventura y en el fondo sin querer). Hay teléfonos, varios, de países extranjeros, de vidas extranjeras, de lugares a los que yo mismo pertenecí, alguna vez.

Hay un teléfono con el nombre rotundo y doble de una ciudad. Así es, simplemente, el nombre: como si al marcar el teléfono pudieras hablar con esa ciudad en sí, con la mujer que seguirá siendo, tal vez, esa ciudad.

Hay nombres legendarios de corazón oscuro, que lo significaron todo, que ya sólo significan su mismo nombre. Hay nombres de cuatro ó cinco variables correspondiendo a los satélites de un mismo universo, que fue el que yo mismo habité, tanto tiempo que ya no existe. Hay números de casas que llevan vacías mucho tiempo, pero que quise conservar, seguramente, como un homenaje sonámbulo y pueril; como si todavía cupiera la posibilidad de llamar en cualquier momento, y que alguien respondiese al otro lado.

Hay un número que ya no podré marcar más, nunca más, porque no hay línea con la muerte todavía.

Hay nombres extravagantes y mal escritos que pertenecerán (pertenecieron) seguramente a camaradas difusos de noches antiguas, de amigos para siempre con los que icé la copa unas horas, que olvidé, que no utilicé nunca. Hay nombres de hostales, de estaciones, de periódicos. Hay nombres en clave, nombres literarios, nombres con los que bauticé a mujeres que apenas recuerdo y que me otorgaron alguna que otra moneda por el número ridículo de mi supervivencia. Hay varios nombres de mujer ­–¿cómo es Posible?– que me quisieron, a las que yo también quise: ninguno de los implicados lo sabemos ya.


Hay nombres que son fantasmas, números que son remordimientos (personas que seguro borraron hace tiempo mi número de entre los suyos).

Hay gente a la que echo mucho de menos, a veces, y a la que nunca llamo –nunca sabré por qué hasta que sea tarde.

Hay un número cuyo nombre es un signo de interrogación (?)

[…Y qué pasaría si uno marcase alguno de esos números, cualquier noche, atracando y haciendo sentir el vértigo que uno mismo sentiría en su lugar]

Hay, también, el nombre de una mujer que durante años se llamó como una de las playas de aquel mapa que decía al principio. Su número sigue siendo el mismo.


Espero que el mío también.

domingo, 3 de agosto de 2014

'Monólogo con ron (Cuento de verano)'




No te va a mirar nunca. Pero eso ya lo sabes. A pesar de haber llegado hasta aquí, haber llegado estúpidamente solo a la barra, como quien se interna a tientas en el bosque buscando un diamante de aventura (quién carajo va a buscarte, pobre, maldito imbécil: quién va a encontrarte luego si te pierdes?)... [En LABOLSAOLAVIDA]

jueves, 24 de julio de 2014

Mes de julio en el POCAVERGÜENZA


LA GUERRA



Hay una sola guerra, una sola, desde hace milenios sólo existe una sola y purulenta e interminable guerra: la de usted contra los que no quieren que usted sea quien es; empezando por usted mismo... [Sigue leyendo]



FANÁTICOS


Para un fanático, lo de menos es la causa: la cuestión es ser fanático de algo. En un fanático, en realidad, el color de la bandera es algo accidental devenido de las circunstancias en que fue a caer al nacer, al crecer, al constituirse como individuo. Por eso son todos intercambiables... [Sigue leyendo]


MÁS DE UN MILLÓN DE CADÁVERES 


Algún día, más antes que después, ir por ahí con la cara pegada a una pantalla dejará de ser la última urgencia posmoderna para convertirse en la más imperdonable vulgaridad: no sé si de pobres, pero desde luego de horteras... [Sigue leyendo]


DEMOCRACIA


Puedo soportar perfectamente a un malvado, siempre y cuando tenga educación. Puedo mantener una conversación e incluso una relación cordial con alguien con principios éticos bastante dudosos (siempre bajo mi dudoso y subjetivo punto de vista), a condición de que sepa exponerlos con sutileza, sin escupirme en la camisa, escuchando los míos y tratando de llegar a algún punto en que podamos reconocernos, honestamente, si no como iguales, sí al menos como dos idiotas semejantes tanteando a ciegas el vacío... [Sigue leyendo]

domingo, 29 de junio de 2014

POCAVERGÜENZA (nueva web/blog)




Era hora de recapitular. De hacer inventario, desempolvar viejas armas; abrir nuevas troneras desde las que disparar, sin señores ni amos ni más estandarte que el de siempre. 

Fundo nuevo sitio, POCAVERGÜENZA, para definir y ampliar el territorio, para mirar más hacia fuera y no callar. Pero -por supuesto- no clausuro éste: sólo queda como lo que siempre fue; un refugio íntimo, clandestino y delincuente en que seguir contándome y contando la vida secreta. La más verdadera. La que se va escribiendo sola, en voz muy baja, mientras cumplimos la ley de cada día.

Bienvenidos a esa otra casa. Gracias por seguir ahí (sé que estáis, en algún sitio). Nos vemos allí; nos seguiremos viendo aquí. 


Salud y aventura  

domingo, 15 de junio de 2014

Citas

El Darro a su paso por Granada. D. Roberts (1834)

Hay momentos, a veces, en ciertos días, en ciertos atardeceres al sur, en que puede verse la vida. No sólo mirarse. No sólo pasear los ojos por fuera, más allá de las catacumbas o los templos de uno mismo. Se la ve, a la vida. Como se ve a esa muchacha que sale a la calle vencido ya el crepúsculo, la luz dorada y añil y azul; recién lavada, como si acabase de salir del mismo río junto a la piedra y llegase puntual, con tiempo para andar despacio, a alguna cita de otro mundo que tú no verás nunca. (Alguien la espera en algún sitio: ¿quiénes? ¿Quién).

Se transparenta la vida, algunas veces, algunas tardes como ésta que hablo, como el mismo vestido negro de la mujer que no sabemos adónde va, adónde irá, con quién.

Se ve muy claro, aquí, cuando declina la luz de esta forma y pareciera que todo se llena de río, de cántaros azules y verdes como lámparas colgando de una a otra golondrina. Y al bajar la vista y mirar alrededor puede verse también a la gente, no sólo mirarla. Hay tres parejas en esta terraza en que estás solo, bebiendo algo, fumando algo, ojeando de vez en cuando el libro. Extranjeros, hombre y mujer en los tres casos, mayores que tú. Se sientan en las mesas junto a la baranda de piedra que da al río, muy cerca ya del puente. Unos, los de la izquierda, hablan en francés, pero apenas hablan en realidad porque se miran mucho y apenas murmuran en voz muy baja. Más informales, fuman tabaco de liar, y tendrán cuarenta años. Los de la derecha del retablo son más mayores y podrían ser jubilados, no viejos aún, del norte de Europa; no hablan nada porque están absortos ambos en la luz y el aire, cada vez más fresco conforme se desvanece el calor. Los del centro son italianos; cincuenta años largos; elegantes sin estridencias; se sientan en una mesa alta con taburetes y comentan cosas, uno frente al otro, de vez en cuando. Contemplándolos, a los seis, te sorprende (y agradeces) el silencio, que parece gotear, a pesar de la multitud de gente que se mueve allá en la otra orilla. Piensas entonces que te engaña la calma que desprenden; será sólo el efecto, casi alucinógeno, de la belleza que gobierna aquí. Pero observándolos bien cambias de opinión: no es el ambiente; son ellos. Están bien, se encuentran bien juntos, relajados en los tres casos, absortos al mismo tiempo y sin conflicto en la belleza de fuera y la de dentro y la que tienen enfrente, como en una misma placenta oscureciendo. 

De qué hablan, quiénes son; cómo han llegado hasta allí. No hasta aquí sino hasta allí, a esa conversación callada y múltiple que te parece –lo piensas bien: es eso– una especie de silenciosa y rotunda victoria, enhebrada durante siglos. Al menos por esta tarde. Al menos por este momento en que todo parece estar en su sitio, y tanto ellos como tú parecéis ver tan claro la tarde que os rodea. (Pero no os rodea; trampas de la percepción: sois de la tarde, sois la tarde misma).

Qué les habrá traído hasta esta tarde, a verlos esta tarde; qué tuvieron que hacer hasta llegar aquí, a esta ceremonia triple de un testigo solo. Para hacer que te preguntes, también, cuántas citas se están dando en este momento, cuántas se darán, cuántas podrían darse y no llegarán a ser nunca. No es el Tiempo el que transcurre: transcurrimos nosotros; quizás en espiral. Y vivir es elegir a qué citas quiere acudir uno, mientras las torres y los alminares de la ciudad vieja contemplan impasibles esa gloria, o aquel fracaso.

Se puede ver la vida, en tardes como ésta, verla bien, y saludar íntimamente a lo que corresponda. Pareciera que te ha oído pensar, el camarero árabe de este rincón, porque no va a cobrarte el licor de hierbas; ni los pensamientos. Arrecia la primera brisa, y otra muchacha, muy joven, sale del portal de enfrente, la espera una amiga, y bajan juntas por el puente de piedras hasta la multitud. Otra sube a su vez el puente, sigue subiendo la cuesta (¿a dónde?), existiendo un momento, transcurriendo aún hasta desaparecer de golpe entre las ruinas del atardecer.   

lunes, 19 de mayo de 2014

Mapas

No sólo se están aboliendo las fronteras del espacio; también las del tiempo. No sólo está la tecnología acercándonos (o dándonos la ilusión de acercamiento) hacia una misma latitud física; también a otras que pertenecen estrictamente a la región del sueño. De una manera mucho más estremecedora, a veces, que desenterrar sin querer una foto del fondo de un cajón, unas bragas insólitas quizás, un vestigio cualquiera de otra época. Como el testimonio de otra civilización: insignificante entonces, sagrado ahora por el paso del tiempo y el desconocimiento y la ceniza, y la vida inverosímil que aún conserva, como el remoto ADN de la felicidad, o del remordimiento.

Pero ya no es precisa la imaginación para invertir la línea temporal de algunas cosas. No es sólo que pueda volverse a los objetos o las personas o los lugares viejos a través de una imagen; es que puede uno jugar a la máquina del tiempo, y acabar temblando. Se puede comprobar fácilmente, por ejemplo, con el calendario del ordenador. Como todo calendario, señala la hora, el día, el mes del año en que te encuentras. Pero si pinchas ahí con el ratón, y lo despliegas, resulta que puedes también avanzar o retroceder a tu antojo: saber en qué día caerá el 3 de diciembre de 2033, por ejemplo, y mejor aún (mejor), en qué día cayó el 3 de diciembre de 1993. Puede uno reconstruirse a sí mismo, otra vez, como releyendo los relieves de la historia. Como las ruinas de una ciudad sepultada que ahora pudieran volver a ponerse en pie e iluminarse con los datos perdidos de los siglos. Fue sábado aquel día, claro: porque el viernes anterior hubo tal cosa. Y el domingo, entonces –todo cuadra–, estabas en aquel sitio.

Ahora puedes volver, también, a aquel sitio, sin moverte de este sofá, de este balcón. Puedes teclear el nombre del sitio, y no sólo verlo en un mapa, sino situarte virtualmente en él como en una alucinación, con el mecanismo de los sueños por el cual todo está congelado hasta que tú te mueves, y al moverte todo se mueve contigo en un vórtice de bruma, mitad voluntad, mitad atrezzo de escena. Y ahí aparece esa calle. Hace sol (pero casi nunca hacía sol allí). Ahí está esa tienda, allí la panadería. Ahí, más adelante, debería estar la casa. Y avanzas, avanzas por la calle (la pantalla), el recuerdo (el presente inmóvil), el terror y la emoción de estar ahí otra vez. Pero no estás ahí, evidentemente; son sólo imágenes captadas por satélite, reconstruyendo como en un parque de atracciones el decorado indiferente de tu ruina. Pero entonces, entonces, miras la fecha de esa reconstrucción, y constatas que las imágenes, o lo que diablos sea lo que tienes delante, donde estás ahora mirando, es abril de 2009. Lo que estás viendo (¿es posible?) es un día soleado en esa calle del mes de abril de 2009. No es la calle de ahora; es la de entonces... Y entonces (¿ahora?) esa casa que ves delante de ti estaba habitada por alguien que conociste muy bien, mucho después, pero que entonces, en el abril de 2009, en el ahora soleado que tienes delante en la pantalla, todavía no te conoce a ti. Estás viendo, entonces, a día de hoy, el día perfecto y azul y de primavera abriéndose en ese abril de hace cinco años: tú estabas en esa ciudad; ella vivía en ese edificio, sin conocerte aún. Estás mirando esa calle. Estás viendo ese día. La frutería en su sitio, los coches que pasan, el temblor cotidiano de la gente. Como todo a punto de empezar aún, todavía, entonces; como para siempre empezando todavía.


La casa gris, M. Chagall

domingo, 11 de mayo de 2014

Nacho Vegas o la revuelta de la honestidad

“Todo lo que he escrito me ha sucedido o me sucederá”: es una frase de la escritora norteamericana Carson McCullers muy cara, desde hace tiempo, al escritor español de canciones Ignacio González Vegas (Gijón, 1974); Nacho Vegas para ese público que viene aumentando, desde hace ya más de una década, sigilosa pero imparablemente, una variopinta cofradía en torno a la belleza cruel de sus canciones (canciones de cuna que acaban dando miedo). Canciones que son profecías, también, a veces; que hablan de cosas que han sucedido o que sucederán, acabarán sucediendo, en alguna parte, con una siniestra e incontestable lógica... [Entrevista para eldiario.es]

domingo, 27 de abril de 2014

Salud, capitanes de la belleza




Da miedo decirlo, pero está ocurriendo. Daba miedo presentirlo también, hace tiempo, antes de llegar hasta aquí. Está sucediendo, y qué bien sabíamos que debía suceder: estaba escrito. 

Se nos están yendo los que no se iban a ir nunca –pensábamos, candorosos, como diciéndonos que algo así era posible: nunca. Pero sabíamos que no sería así. En realidad –me doy cuenta– podría estar hablando ahora de muchas cosas a la vez, a pesar de que sólo pensaba conscientemente en los druidas mayores, los más viejos y nobles soldados de esta guerra en que nos metieron, nos metimos, al nacer. Pero están todos en lo mismo. Uno siempre busca las voces que le ayuden, le enseñen a transitar el camino. Son los que, primero, nos dan el pan necesario de la infancia, cuando entendemos poco; y son los que nos dan después el pan eufórico y siniestro de la adolescencia, cuando entendemos todavía menos. Y así. En este proceso de demolición que es la vida, como gustaba decir al mediano y más feroz de los hermanos Panero, memorando a Artaud; en este tránsito de lo oscuro a lo oscuro –que decía Andreiev, y gustaba recordar a Félix Grande–, en esta fiesta sorda en el pasillo, desde el comedor luminoso hasta las últimas habitaciones que nos daban miedo, los candiles más imprescindibles para no perdernos nos los dan los mayores de la tribu propia en que nacemos. Pero existen otros, más sigilosos, más lejanos y secretos, que nos dan luego la cerilla humilde para poder iluminar los rincones negros de nuestro pasillo interior, los huecos más en sombra de nuestra escalera niña: para poder entendernos, para poder conocernos y saber cuál es nuestro destino (quizás), o al menos cómo debemos buscarlo, enfrentarlo, y enfrentarnos al final a nosotros mismos. Los primeros candiles nos los podía dar la abuela, por ejemplo; la cerilla nos la podía otorgar cualquier noche de oráculo y luz de bruma, por ejemplo, Gabriel García Márquez.

Una viene para darnos la lección de la alegría, que es una bandera clandestina en un mundo que la persigue a todas horas para hacerla enmudecer. El otro viene para darnos –lo entiendo ahora– la lección de dar cobijo a esa alegría para siempre, allá dentro, mientras afuera atruenan y se pierden con estrépito funerario los treinta y dos levantamientos armados del corazón y la infancia. Una viene para darte la infancia; el otro, para ayudarte a velarla para siempre, y transcurrir en guardia todas las noches de la peste del insomnio o del olvido, y seguir soñando con todos aquellos que ya viven en la región del sueño. Para que nos manden puntuales su carta de niebla hasta esta orilla. Para que sigamos, también, soñando con ellos, a pesar de la estafa, del atraco infame, de la broma macabra como de niños crueles en el recreo cuando en el mismo sueño hablamos otra vez con los muertos, y al despertar un viento bíblico nos siembra en nuestro sitio comprendiendo de golpe, sabiendo de golpe irreparablemente que todo estaba escrito y que los que aún quedamos de esa estirpe no tendremos otra oportunidad sobre la tierra –sobre esta tierra al menos– de conjurar con ellos la soledad.

Se nos están yendo; se nos fueron yendo otros, hace tiempo, en cualquier caso. Pero no importa: si aprendimos bien la lección, si la recordamos aún tantos años después, frente a la ventana ésta del crepúsculo, no importa. Porque entonces ya tu abuela es Úrsula Iguarán, y García Márquez es tu abuelo. Y tu abuelo es el coronel, y tu infancia es ya Macondo. Y las guerras civiles son la de siempre, y los espectros de este lado y del otro siguen conversando impasibles a la luz del atardecer del mundo; a la luz del candil en que sigue tu adolescencia leyendo silenciosa, de madrugada, en la casa de la abuela, los pergaminos de todo lo que aquí sucedió, y todo lo que está por suceder, en el misterio inaudito de estar escribiendo esto ahora, aquí, en el centro mismo del misterio inaudito de estar vivo.

Al fin y al cabo, todo será un truco. Sólo un truco.

domingo, 20 de abril de 2014

La envidia de los dioses


Así como el pueblo encumbra al mito
para odiarlo después, vilipendiarlo,
apedrearlo a ciegas por las calles
y cobrarse su ofrenda sangrienta,
y así como se rumia el universo
alumbrándose y dándose por muerto,
y devora Saturno a sus hijos
y se adora en la plaza a un dios de luto
hasta quebrarlo,
          así hiciste conmigo,
así te hice, dulcísima caída, 
vestal sagrada de mi juventud


Ahora nos miramos en las ruinas
de otro tiempo,
         buscando los pedazos,
decrépitos, perdidos prematuros

comprendiendo tarde ya, ya muy tarde,
que siempre es pronto aún
para la gloria.


© Cristóbal Terrer Mota: http://www.atravesdemiespejo.com

domingo, 30 de marzo de 2014

Háblame

Para qué servirá el dolor. De quién será esa tristeza. “Me pregunto qué gana Dios con que suframos los hombres”, escribió alguien, no recuerdo quién, en alguna parte. “Ni sé para quién es esta amargura”, escribió Vallejo, alguna vez, en no sé qué infierno

Qué nos enseña, qué vendrá a enseñarnos el horror, el terror, el dolor

Algo será. Algo querrá decirnos esa ventisca sucia y gris y pálida, más allá de que la vida se vaya cobrando por su ley de ritmo o correspondencia el saldo obligado de la belleza. “Esta mañana de oro, con qué dolor se paga”, escribió en alguna parte Eloy Sánchez Rosillo. Yo conozco muy bien esas mañanas de oro. Y sé que sí: en muchas ocasiones, se pagan

Qué hacemos aquí, los hombres, los pobres diablos de hombres, decía Pessoa, mirando la espalda cualquiera de un hombre cualquiera en una calle cualquiera de Lisboa, sintiendo desvalidamente, vallejianamente, una piedad universal por todos, por todo: qué está haciendo aquí el pobre diablo de la humanidad. En esa reciente obra maestra llamada True Detective, el samurái mutilado, enfermo, maldito Rusty Cohle, confiesa a su compañero Marty, mientras atraviesan una carretera espectral (pareciera que es siempre la misma carretera del infierno), con expresión glacial y sabor a cenizas en la boca, lo absurda que le parece toda esta máquina de sentir y morir; todos estos pensamientos, emociones, anhelos desgajados de la naturaleza, dice, hiperlúcido, valiente, suicida: deberíamos darnos todos la mano y claudicar, como hermanos y hermanas, hasta la ceremonia nocturna y comunal de la extinción

Equivocado también, sin embargo: porque no es un error tener consciencia, sino pasar por aquí sin saber hasta dónde puede llevarnos, hasta qué últimas consecuencias (...y es el miedo al dolor y no el dolor el que suele hacernos pánicos y crueles: Luis Rosales). Por eso, quizás, es precisamente Cohle quien llega a vislumbrar al final un magma de amor y sueño esperándole bajo la oscuridad absoluta; la que quizá nos devuelva a la placenta preconsciente donde no existe el miedo, donde el amor reside

El miedo, la separación, el dolor. Una bestia moribunda arañando los cristales que sigue muriendo, ay, no deja nunca de morir. Escribí una canción al respecto, hace poco. Decía: álzate, háblame, dolor, di qué tienes que contarme

Porque es la única manera de vencerle. Buenos días, tristeza; cuéntame a qué has venido. No me zarandees como a un muñeco de trapo tirado en la calle un día de carnaval (un día de carnaval que llueve y pasan las carrozas y tú eres ese niño que vuelve sin entender en cada charco por qué están todos tan alegres, cuando hace tanto miedo)

También escribí, una vez de hace un año, que tal vez eso será vivir; pero no la vida

La vida también será descubrir que no es la vida eso, no. Esa terrible desolación al norte en la que eres adulto y llueve. Pues (sigue diciendo don Antonio Machado)

en mi soledad
he visto cosas muy claras
que no son verdad.


Álzate, háblame, dolor:
di qué vienes a enseñarme



domingo, 23 de marzo de 2014

Héroes

Cuando era niño, uno soñaba con ser Indiana Jones. No arqueólogo (que también), ni Harrison Ford (que más todavía), sino Indiana Jones. Yo lo que quería era hacer de la vida un misterio y una aventura, que me pasara todo un mismo día y que ninguno fuera igual, pero sobre todo –lo entiendo bien ahora– lo que quería era salvar, así, a secas. Salvarme a mí en el último segundo del precipicio después de haber desafiado al diablo, y salvar a un pueblo entero de la injusticia, y salvar a la rubia del templo maldito en el que fueran a sacrificarla o a casarse –lo mismo da–, antes de componer esa mueca delincuente en la puerta y decirle, como si no fuera conmigo la cosa: “Si me necesitas, ya sabes dónde estoy…”

Yo quería salvar, como un héroe ingenuo y temerario: salvar a toda la gente que yo quería de cualquier injuria, de cualquier herida, de la muerte que fuese. A veces, en según qué circunstancias, puedo sentir otra vez, calentándome el costado izquierdo, ese escalofrío de concordia, como de querer (vuelve Vallejo para ayudarme) ayudar a reír al que sonríe, / ponerle un pajarillo al malvado en plena nuca… Reunir los pedazos, supongo. ¿Qué es un héroe? Un héroe –por ejemplo– es el que queda velando sus pedazos toda la noche, bajo una manta y un candil a la intemperie, con la esperanza remota y niña de volver a juntarlos, de llamar a todos los que uno quiere para que vengan y le ayuden a reunirlos, mientras se monta una fiesta y se ríe porque nada, nunca, será tan grave. Reunir los pedazos, supongo, equivaldría entonces, en un mismo fulgor de la espina dorsal, a cruzar una mirada furtiva con aquella niña y sentir que se te abrían las tripas; a hacer las paces con un amigo; a salir corriendo hacia la vida absolutamente disponible para batirte en duelo con toda la alegría, sin miedo alguno, contra el enemigo cualquiera de cada día.

Por entonces era más fácil, porque el enemigo estaba, o parecía estar, mucho más claro; ahora está en todas partes y en ninguna a la vez: generalmente, dentro de uno mismo. ¿Qué es un héroe? El que no se engaña –por ejemplo–, el que no se esconde de sí mismo, el que no tiene miedo a ser quien realmente es. Pero en la coacción que nos impone esta vida diariamente para que nos olvidemos de nosotros mismos (astutamente: haciéndonos confundir nuestros egos con nuestra verdad), vamos poco a poco perdiendo esos milímetros de instinto salvaje que nos harían correr en la dirección contraria y saltar por encima del terror con toda la furia y toda la euforia posibles. (Cuántas cosas se harán en la vida más por miedo que por amor; menos por deseo que por remordimientos).

¿Qué es un héroe? El que aprieta los dientes, por ejemplo; el que ensancha los límites de lo prohibido, o lo prohibido en uno mismo, en soledad feroz y sin tregua, jugándose la vida en esa guerra contra sí y contra el mundo sabiendo que el saldo será siempre negativo, que rara vez le entenderán, que por cada pírrica victoria íntima habrá mil derrotas semanales ante los cretinos que no sabrán entenderle (y me acuerdo de Alejandra Pizarnik: Ellos son todos y yo soy yo). El que no traga, a riesgo de quedarse sin comer; el que no juega al mismo juego aunque se sepa solo y marginado y proscrito, el que no comulga con ruedas de molino ni ríe las gracias ni sonríe viscosamente síclaroporsupuesto a los leguleyos de cualquier Corte, calculando la recompensa o la palmadita en la espalda de los que pretenden que el rey no va desnudo, porque viven precisamente de eso: les paga el capataz de la mentira ambiente.

El que levanta una maltrecha, insobornable torre contra el ruido, la estupidez y la miseria de los que siempre nos querrán, muertos de miedo, con tanto miedo como ellos a cumplir la verdadera ley.

Eso será un héroe. Aunque todos los días te usurpen el látigo, te cuestionen el grial, te chuleen el sombrero.