domingo, 30 de marzo de 2014

Háblame

Para qué servirá el dolor. De quién será esa tristeza. “Me pregunto qué gana Dios con que suframos los hombres”, escribió alguien, no recuerdo quién, en alguna parte. “Ni sé para quién es esta amargura”, escribió Vallejo, alguna vez, en no sé qué infierno

Qué nos enseña, qué vendrá a enseñarnos el horror, el terror, el dolor

Algo será. Algo querrá decirnos esa ventisca sucia y gris y pálida, más allá de que la vida se vaya cobrando por su ley de ritmo o correspondencia el saldo obligado de la belleza. “Esta mañana de oro, con qué dolor se paga”, escribió en alguna parte Eloy Sánchez Rosillo. Yo conozco muy bien esas mañanas de oro. Y sé que sí: en muchas ocasiones, se pagan

Qué hacemos aquí, los hombres, los pobres diablos de hombres, decía Pessoa, mirando la espalda cualquiera de un hombre cualquiera en una calle cualquiera de Lisboa, sintiendo desvalidamente, vallejianamente, una piedad universal por todos, por todo: qué está haciendo aquí el pobre diablo de la humanidad. En esa reciente obra maestra llamada True Detective, el samurái mutilado, enfermo, maldito Rusty Cohle, confiesa a su compañero Marty, mientras atraviesan una carretera espectral (pareciera que es siempre la misma carretera del infierno), con expresión glacial y sabor a cenizas en la boca, lo absurda que le parece toda esta máquina de sentir y morir; todos estos pensamientos, emociones, anhelos desgajados de la naturaleza, dice, hiperlúcido, valiente, suicida: deberíamos darnos todos la mano y claudicar, como hermanos y hermanas, hasta la ceremonia nocturna y comunal de la extinción

Equivocado también, sin embargo: porque no es un error tener consciencia, sino pasar por aquí sin saber hasta dónde puede llevarnos, hasta qué últimas consecuencias (...y es el miedo al dolor y no el dolor el que suele hacernos pánicos y crueles: Luis Rosales). Por eso, quizás, es precisamente Cohle quien llega a vislumbrar al final un magma de amor y sueño esperándole bajo la oscuridad absoluta; la que quizá nos devuelva a la placenta preconsciente donde no existe el miedo, donde el amor reside

El miedo, la separación, el dolor. Una bestia moribunda arañando los cristales que sigue muriendo, ay, no deja nunca de morir. Escribí una canción al respecto, hace poco. Decía: álzate, háblame, dolor, di qué tienes que contarme

Porque es la única manera de vencerle. Buenos días, tristeza; cuéntame a qué has venido. No me zarandees como a un muñeco de trapo tirado en la calle un día de carnaval (un día de carnaval que llueve y pasan las carrozas y tú eres ese niño que vuelve sin entender en cada charco por qué están todos tan alegres, cuando hace tanto miedo)

También escribí, una vez de hace un año, que tal vez eso será vivir; pero no la vida

La vida también será descubrir que no es la vida eso, no. Esa terrible desolación al norte en la que eres adulto y llueve. Pues (sigue diciendo don Antonio Machado)

en mi soledad
he visto cosas muy claras
que no son verdad.


Álzate, háblame, dolor:
di qué vienes a enseñarme



2 comentarios:

Alvaro Riesgo dijo...

Creo que todo el desapego hacia lo romántico del detective Cohle proviene de la pérdida de todo lo real y apegable, su hijo.

Miguèlton dijo...

Totalmente, amigo. Y a que se dedica a lo que se dedica