domingo, 23 de marzo de 2014

Héroes

Cuando era niño, uno soñaba con ser Indiana Jones. No arqueólogo (que también), ni Harrison Ford (que más todavía), sino Indiana Jones. Yo lo que quería era hacer de la vida un misterio y una aventura, que me pasara todo un mismo día y que ninguno fuera igual, pero sobre todo –lo entiendo bien ahora– lo que quería era salvar, así, a secas. Salvarme a mí en el último segundo del precipicio después de haber desafiado al diablo, y salvar a un pueblo entero de la injusticia, y salvar a la rubia del templo maldito en el que fueran a sacrificarla o a casarse –lo mismo da–, antes de componer esa mueca delincuente en la puerta y decirle, como si no fuera conmigo la cosa: “Si me necesitas, ya sabes dónde estoy…”

Yo quería salvar, como un héroe ingenuo y temerario: salvar a toda la gente que yo quería de cualquier injuria, de cualquier herida, de la muerte que fuese. A veces, en según qué circunstancias, puedo sentir otra vez, calentándome el costado izquierdo, ese escalofrío de concordia, como de querer (vuelve Vallejo para ayudarme) ayudar a reír al que sonríe, / ponerle un pajarillo al malvado en plena nuca… Reunir los pedazos, supongo. ¿Qué es un héroe? Un héroe –por ejemplo– es el que queda velando sus pedazos toda la noche, bajo una manta y un candil a la intemperie, con la esperanza remota y niña de volver a juntarlos, de llamar a todos los que uno quiere para que vengan y le ayuden a reunirlos, mientras se monta una fiesta y se ríe porque nada, nunca, será tan grave. Reunir los pedazos, supongo, equivaldría entonces, en un mismo fulgor de la espina dorsal, a cruzar una mirada furtiva con aquella niña y sentir que se te abrían las tripas; a hacer las paces con un amigo; a salir corriendo hacia la vida absolutamente disponible para batirte en duelo con toda la alegría, sin miedo alguno, contra el enemigo cualquiera de cada día.

Por entonces era más fácil, porque el enemigo estaba, o parecía estar, mucho más claro; ahora está en todas partes y en ninguna a la vez: generalmente, dentro de uno mismo. ¿Qué es un héroe? El que no se engaña –por ejemplo–, el que no se esconde de sí mismo, el que no tiene miedo a ser quien realmente es. Pero en la coacción que nos impone esta vida diariamente para que nos olvidemos de nosotros mismos (astutamente: haciéndonos confundir nuestros egos con nuestra verdad), vamos poco a poco perdiendo esos milímetros de instinto salvaje que nos harían correr en la dirección contraria y saltar por encima del terror con toda la furia y toda la euforia posibles. (Cuántas cosas se harán en la vida más por miedo que por amor; menos por deseo que por remordimientos).

¿Qué es un héroe? El que aprieta los dientes, por ejemplo; el que ensancha los límites de lo prohibido, o lo prohibido en uno mismo, en soledad feroz y sin tregua, jugándose la vida en esa guerra contra sí y contra el mundo sabiendo que el saldo será siempre negativo, que rara vez le entenderán, que por cada pírrica victoria íntima habrá mil derrotas semanales ante los cretinos que no sabrán entenderle (y me acuerdo de Alejandra Pizarnik: Ellos son todos y yo soy yo). El que no traga, a riesgo de quedarse sin comer; el que no juega al mismo juego aunque se sepa solo y marginado y proscrito, el que no comulga con ruedas de molino ni ríe las gracias ni sonríe viscosamente síclaroporsupuesto a los leguleyos de cualquier Corte, calculando la recompensa o la palmadita en la espalda de los que pretenden que el rey no va desnudo, porque viven precisamente de eso: les paga el capataz de la mentira ambiente.

El que levanta una maltrecha, insobornable torre contra el ruido, la estupidez y la miseria de los que siempre nos querrán, muertos de miedo, con tanto miedo como ellos a cumplir la verdadera ley.

Eso será un héroe. Aunque todos los días te usurpen el látigo, te cuestionen el grial, te chuleen el sombrero. 



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