domingo, 28 de diciembre de 2008

Moradas

Sí, corazón: es, otra vez, el tiempo de lo perdido. Abrígate. Consuélate. Sonríete. Abrígate. Es el tiempo, otra vez, de lo perdido. Pero no tengas prisa, no te precipites, corazón: todo sucede. Y lo terrible –Maestro-, lo terrible ya sucedió. Lo terrible ya sucedió y sucede y viene sucediendo cada vez mil cada día: es irreparable: no te culpes. No acuchilles más almohadas al despertar, no escupas más en los espejos, no me llores. La vida y su precio son irreparables. No te atormentes, corazón: no llores. Óyeme. Y oye la noche boreal de la belleza. Escucha las campanas últimas de la madrugada y el sueño tranquilo y remoto de quienes te quieren, el silencio sapientísimo y discreto de quienes no te preguntan –no les hace falta: no hace falta- quién eres, quién vienes siendo, quién eres, Qué Pasa. Recuerda a los amigos, recuérdalos. Recuerda esta noche y todas en las que algo pequeño, casual, irrepetible, te salva. Todo puede salvar, corazón: recuérdalo. Todo puede ser en el instante más insensato una luz, un acorde, un beso, una vela, o esta cama. No te abismes, corazón: la vida es. Entiéndelo. Recuérdalo. Acurrúcate en tus rincones de sol y deja que todo sea, aunque no sea. Aunque tú no lo sepas. Quizá llegues algún día a merecer el nuevo sol. Quizá llegues alguna noche a acariciar el oráculo azul de la vida en cueros. Todo pasa, corazón, y todo se va. Como nosotros –como nosotros: Capitán-. Quizá, seguro –lo sabes, en el fondo-, todo será y volverá a ser mil veces, para dejar de ser. Y en ese tránsito de lo oscuro a lo oscuro temblarás de eternidad, de nuevo. Acaríciate. Ovíllate. Abrázate a ti mismo cuanto puedas, corazón, en esta noche tristísima de voces a lo lejos, de plazas a lo lejos, de fuentes a lo lejos en su agua verde de ojos lejanísimos. Cálmate. Escríbete, si es preciso. Escríbete. Ora cuanto puedas y sufre cuanto necesitas y despierta mañana, corazón, tranquilo. Sabiendo como sabes –no has de engañarte: ya la conoces- que la vida es más grande, es más larga, es más poderosa que tú, mendigo. Sé humilde, corazón: sé valiente. Condesciende a la tristeza de esta noche para resucitar al mediodía. Ríndete esta noche antiquísima para la noche limpísima de los astros del monte sur. En el fondo de un vaso o en las caderas de la guitarra; en el espejo del folio o en el vislumbre del atardecer y la leyenda: cualquier camino es el camino, corazón, para abrazarte, consolarte, perdonar a lo que no tiene culpable ni remedio ni explicación, y arrodillarte a la gratitud de saberte vivo, corazón, delante de todos los caminos por los que vas despacio, a tientas, muy pequeño y muy mendigo, pero con la mirada alta, limpia, del corazón furtivo en sombra y del corazón tendido al sol. Cálmate. Del corazón por el camino a pie, corazón. Duérmete. Del corazón tuyo, ajado, irreductible: de tu viejo corazón a pie, el tuyo, el tuyo, el tuyo: el de siempre.



jueves, 4 de diciembre de 2008

Aquí




Se puede. Se pueden tener todas las canciones del mundo en la cabeza. Se pueden pisar a la vez todos los charcos del mundo que custodian las luces de invierno de todas las ciudades del mundo donde siempre estuviste sin saberlo, donde sigues buscando la sombra más vieja de la niebla íntima. Se pueden tener todas las canciones del mundo en la cabeza. Se puede perseguir por todas las esquinas inéditas el fantasma de todos los amigos idos, de toda la mujer perdida viviendo en los ojos acuáticos de un mendigo universal, Cesitar, qué viejo todo, corazón. Se puede. Se pueden tener en la cabeza y en el costado y en el corazón de la garganta todas las canciones que cuentan a la vez la misma historia, la que no se puede contar, la que todo el mundo cuenta, la que nadie ha escrito jamás. Se puede: se puede estar en todas las canciones del mundo a la vez, en todas las épocas del tiempo a la vez, en todos los escalofríos en acorde y duende en vena, a la vez. Se puede seguir viviendo en cada bosque y seguir durmiendo en todas las escaleras y en toda, toda tu escalera, a la vez. Se puede saber en fondo pero sin poder traducir jamás el idioma boreal, originario, del corazón oscuro. Se puede hablar desde los ojos el lenguaje profundo anterior a la especie, sin saberlo. Se puede, se pueden habitar todas las canciones del mundo, a la vez, y llevar un ejército de soles y de rostros y de madrugadas en el oído alerta y en el corazón en cueros y en la garganta del corazón, temblando. Se puede temblar sin edad ni tiempo ni lugar en todas las canciones del mundo: se puede. Se puede vivir con todas las canciones del mundo en un acorde. Se puede vivir en todas las ciudades del mundo en un adiós. Se puede temblar en todas las canciones del tiempo con el corazón en cueros y en mitad de la calle y vislumbrando a lo lejos el temblor de todas las canciones del mundo, en la garganta.



Se puede.

martes, 4 de noviembre de 2008

Monólogo de nadie


De quién serás ahora. De quién serás presa, cautiva o lumbre, en estos anocheceres de bruma. De quién serás hija; qué apellido tendrás. De quién serás en estas tardes ilegítimas del frío, de golpe de estado del general invierno. Para quién: en quién serás. Es la hora en la ciudad de todos los noviembres: amanece otoño, atardece invierno, y es como el crepúsculo de una isla a la deriva en un planeta boreal. De quién serás ahora, de quién ya nunca; de alguna cama o de las calles, de la luz ceniza al mediodía o del azul de lobo oscuro de ahora mismo. De quién serás, de cuándo. Pero no hay lumbres por aquí, no hay hogueras por aquí de ancianas enlutadas en las últimas esquinas. Serás de alguna sombra, te custodiará alguna sombra mientras atisbas desde el cristal una luz de farol que vacila allá a lo lejos: que viene ya de otra época. De qué serás ahora. De dónde. Me lo pregunto a veces, al despertar, al divisar el espectro gris de la ventana. Me lo pregunto siempre, al caer la tarde, cuando se divisa en la ventana el frenético fracaso de avenida a ningún sitio. Hacia dónde serás tú, hacia dónde. Con la vida y sus costumbres, con las calles y sus coches, con los cafés y sus oscuros en su café y su tabaco. Quizás no nos hizo la vida para esto. Quizás no somos de la vida para esto. Quizás sólo para el carnaval nocturno en el palacio clandestino, allá donde no importa quién eres, de cuándo eres; de quién. Más allá de las casas encendidas, de los aviones en bandada, de los cielos sin nadie, estarás. Pero de qué, de dónde. A este lado del cristal, en los fantasmas del humo de este atardecer a oscuras, sólo el frío. No sé de quién hablo, no sé ni quién eres. Pero de quién. De quién serás ahora.



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jueves, 9 de octubre de 2008

La mariposa, el huracán y Rita la Cantaora

Tenemos miedo. Hace miedo en la calle. Mientras la televisión y los periódicos y los sumos pontífices de la pirotecnia verbal escupen un ruido ininteligible de sumas y restas y deudas al cubo y gilipolleces por ciento, ahí fuera tirita un otoño que ya se filtra por las costuras y acuchilla la almohada con dientes de insomnio, con ruido de insomnio, con dientes de miedo. Intentan explicarnos, algunos con buena fe, el mecanismo de la telaraña económica mundial, el comportamiento arbitrario de un ente al parecer etéreo e inaprensible que según de qué humor se despierte puede reventar un barrio en Hong Kong o levantar un rascacielos en Berlín, y a uno, que tampoco es el fulano de Una mente maravillosa, se le queda el careto del más imbécil todavía, preguntándose si es que es más imbécil aún de lo que pensaba. O sea, que la pizpireta y casquivana mariposa bursátil bate sus alas al amanecer, y al mediodía un huracán de proporciones bíblicas nos manda a todos a tomar por saco. ¿A todos? ¿A todos, todos? En ese caso no habría de qué preocuparse: se trataría de un insecto extremadamente democrático, de puro imprevisible. Por eso, permítaseme consultar a Rita la Cantaora y al Maestro Armero, antes de tragarme que los reptiles de la ciénaga capitalista la iban a dejar a su libre albedrío, a la mariposa de los huevos (de oro). Leo por algún sitio que esto es el final de una era, que tiemblan los cimientos de un sistema caduco, que esto ya se veía venir, señora; y a mí, oh pobre profano en lides económicas, fíjate, me entra una risa atravesada que deriva en mueca amarga cuando pienso ojalá, nenes, ojalá. Ojalá fuera cierto que a los señoritos de la finca les ha salido el tiro por la culata en la cacería del domingo, y han agujereado de un perdigonazo el trasero de su suegra. Pero no, señora: no. No caerá esa breva. Porque a mí me comentan Rita la Cantaora, y el Maestro Armero, y hasta Pirri, que pasaba por aquí, que sólo hace falta echarle un vistazo a la Historia para saber que lo tienen todo atado y bien atado. No hacen falta aspavientos, ni sofocos ultraizquierdistas, ni teorías conspirativas, para saber que esto, como se dice en mi pueblo, es más viejo que el cagar. Un buen perro jamás muerde la mano de su amo, y el capitalismo es un mastín de conducta férrea, que muerde cuando le mandan morder y se pone manso junto a la chimenea cuando su dueño le trae un buen pellizco, sea de acciones o de puestos de trabajo medievales que permitan multiplicar el botín. Así que no me cuenten boleros: hace miedo en la calle. Los que ni sueñan con entender ni una mísera parte de cómo funciona el sistema andan temblando, andan sin sueño, preguntándose qué será de ellos si les echan, qué será de los suyos si no pueden llegar a fin de mes. Algunos veinteañeros que yo me sé seguirán aceptando sin rechistar su destino fatal de esclavos institucionalizados del siglo veintiuno y dando gracias, bwana, por explotarme; algunos otros, ni siquiera eso. Del resto del mundo, de las millones de almas para las que la palabra crisis sonaría a sarcasmo, mejor ni hablar. Puede seguir el telediario escupiendo cifras; pueden seguir las lumbreras patrias con su alquimia numérica, explicando de dónde venimos y hacia dónde vamos. A mi humilde parecer, es el señor José María Izquierdo quien más claramente lo ha explicado hasta la fecha, en un artículo en El País: esto se trata, sencillamente, de que cuatro tahúres se ponen a jugar al póker en Nebraska y el marido de mi prima se queda sin curro en Vallecas. Ni más ni menos. El tema es que son los cuatro hijos de puta de siempre, que, pierdan las partidas que pierdan, siempre saldrán ganando: tienen a la mariposa (¿o era un perro?) demasiado bien amaestrada como para que el huracán les pueda alcanzar a ellos. Si algo cambia, señora, será para que todo siga igual.

Éste es el único Caos que yo entiendo:

miércoles, 27 de agosto de 2008

Luz de olvido

Esta tarde, a la hora del café, he encontrado una luz nueva reverberando en la puerta del salón: sólo un momento, furtiva; al poco, todo ha vuelto a ser verano otra vez. Pero yo sé qué ha sido. Quién. Yo sé que Septiembre merodea ya bien cerca, y que pronto ya no necesitará esconderse. Se quedará, con su decreto de otoño, y todo volverá a empezar otra vez para ser distinto. Se supone que un año acaba en diciembre y termina en enero, pero algunos adultescentes aún hacemos muescas en el calendario con ese mes que marca el inicio del curso escolar. Ése que olía a libros nuevos y a brisa nueva en las aceras. Ése al que uno se encomendaba para hacer realidad todas las conquistas y todos los fracasos, primero mirando a las estrellas del cine de verano, luego al fondo de un vaso de ron en las últimas fiestas de agosto. Si el galopar del tiempo es casi siempre implacable, la resaca del verano sólo dura el suspiro del tren de vuelta, lo que tardan los campos en amarillear para que miremos la vida al contraluz de otras tardes. Las siestas eternas bajo las palmeras, las risas sin miedo al lunes y el amor al amanecer junto a un Mediterráneo malva serán entonces un recuerdo remoto. También las carreteras olvidarán pronto las almas rotas por la velocidad suicida, y las casas donde tantos ancianos han vuelto a morir solos, sin que nadie escuchase su soledad entre la canícula, dejarán las ventanas abiertas para que el primer vendaval de otoño limpie la vergüenza de las habitaciones. Este verano también atrapó a un criminal de guerra serbio, pero quién sabe si Septiembre se encargará a su vez de ventilar las celdas y hacer humo las proclamas de quienes se sintieron vengados el pasado mes de julio. Si has tenido muchas amantes este verano te felicito, y fumo a tu salud para que el bronceado de la piel de todas ellas no borre, al difuminarse, la memoria de los besos que les diste en esas noches clandestinas. Ya lo sabes: Septiembre borra al llegar todos los mapas. Por eso, entre otras cosas, deberías ir pensando en trazar ya la carta náutica que impida que quedes a la deriva en las próximas semanas. Septiembre es implacable en el olvido. La teoría del caos se cobró más de ciento cincuenta seres humanos en uno de esos regresos en avión hacia la memoria (por poco no salió mi número en esa lotería, por cierto): todo apunta a que la proximidad del mes de inicio se resiste a que los forenses hagan bien su trabajo, para que la amnesia no borre también la identidad de esos rostros que ya no volverán a reír en ningún otro verano de este mundo. Nadie debería morir nunca en verano. Lamentablemente, también eso está fuera de su alcance: también él morirá pronto, y muchos tendremos de nuevo la incertidumbre de la edad adulta –ya no adultescente- filtrándose por la almohada. Tiende uno a mitificar aquellos años del acné en que no se comía un rosco, pero hay algo incuestionable: sabías exactamente lo que tenías que hacer cuando llegaba Septiembre. Comerte el tarro igual que ahora, pero con un plan establecido. Ahora ya ni sabes qué asignaturas te quedaron pendientes. Un inmigrante nigeriano que vendía clínex en una calle de Sevilla a cincuenta grados a la sombra se encontró hace un par de semanas una cartera con dos mil setecientos euros, y sin pensarlo dos veces lo llevó a la policía, sin abrirla: “No tengo la necesidad de mirar nada que no sea mío”, declaró; el otro día me crucé en un pasillo del metro semivacío con una pareja de ancianos eslavos: él tocaba el violín como los dioses, y ella le iba pasando, atenta, cada página de la partitura. Septiembre tampoco tendrá piedad a la hora de olvidar el heroísmo. Y sin embargo este mes también traerá una amplísima acuarela de ocres, y cuando regreses a la ciudad quizás el miedo por el final de la tregua cambie de color al encontrarte en un parque fortuito con aquél que creíste no volverías a ver jamás. Con suerte, Septiembre te devolverá también al pueblo, a una noche de romería en torno a una hoguera vieja de siglos: a ella encomendarás de nuevo tus deseos, y en ella velarás, fielmente, lo que de piel y ron te sobreviva aún en la memoria del verano.

martes, 5 de agosto de 2008

Verano

¿Y el verano? Ahí fuera, ahí está, ahí respira en la siesta de las cinco. No va a venir nadie a la ciudad, a preguntarle qué se hace, tan lejos de casa, tan lejos. Ahí fuera anda el verano. Anda algo perdido en la canícula; gatea por los tejados y busca sin encontrar algún zaguán de buena sombra, algún patio fresco con plantas hacia el sur. Está más viejo este año pero no se le nota en la cara. Llama a la ventana del salón con estrépito de otro tiempo y yo no sé si abrirle. Me pondría perdido de sol y humo de kilómetros. Y no sabría señalarle exactamente el camino. Por allí a la casa donde no amanece nunca, por allí a Neruda esperando en una barca, por allí a las palmeras de hace ya diez años. Y además no sé conducir. Si pudiera le llevaría sin rumbo fijo, o a visitar a los que siguen donde yo no puedo. Si pudiera me lo llevaba a La Manga, donde lo conocí. Pero tampoco sé si querría volver. Se le nota que ya agotó todos los bares y las playas donde yacen sin saberlo sus amantes. Se le nota hastiado de parejas que no llegarán vivas a septiembre y de cadáveres en la cuneta que no llegarán ya a saber de esto. Se le nota, se le ve en la cara, que anda lejos de su casa, sea cual sea, no lo sé. Pero qué andará buscando y qué hará aquí ahora, el verano. Vagará, seguramente, calle abajo, falda abajo, tarde abajo. Demasiado temprano para que ande despierto un nómada. Demasiado tarde ya para comprar los periódicos que arden ya en las aceras, desahuciados, porque poco importa ahora a tanta gente que no cierre el horror por vacaciones. Sigue llamando a la ventana, y yo dudando. Quizás le debo algo. Quizás trae noticias de alguien, de algo. Pero dudo. Si abro, querrá quedarse, no se está tan mal aquí dentro. Pero esta tarde es demasiado pequeña para los dos. Dejará de llamar, cuando caiga el sol. Y si resisto la tentación de abrirle hasta entonces, es probable que decida seguir camino, entender que poco tiene que hacer aquí. Seguirá andando ciudad abajo, noche abajo, cuando abran ya los primeros bares y llegue la primera brisa. No quiero abrirle. Ojalá encuentre una quinceañera que le mire como entonces, que le lleve a casa. Ojalá se suba al coche de esos vividores que viajan al verano como si fuera el último. No puedo abrirle. Ojalá llegue a salvo y le reconozcan. No abriré. Ojalá llegue pronto a casa.

 

miércoles, 11 de junio de 2008

Fe

Atardecía en Malasaña. Una de estas tardes últimas de cielo plomizo, brisa incierta, sol tímido. A la canción de Sabina le faltaría decir que Madrí elige a su capricho las estaciones; cualquier madrugada de abril en un balcón podría ser de verano, las luces del horizonte como de bares de fiesta o faros del Mediterráneo; cualquier tarde de junio puede parecerse a otra de septiembre, como si el verano hubiera sido ya un malentendido y no una profecía que habrá de cumplirse sílaba a sílaba: como ésta, como esta tarde. Acababa de salir del estanco de la plaza del 2 de Mayo, de comprar pilas para el mp3, tras haber certificado que los garitos de sobremesa casi vacíos no combinan en absoluto con libros y tabaco y folios y café cuando la música es demasiado festivalera. Cosas que tiene uno. Que es que ya no te dejan ni estar en paz tranquilamente con tu bajonazo. En fin. Acababa de salir del estanco. Poca gente en las terrazas. Algunos leyendo en los bancos de la plaza o jugando con su perro. Parejas absurdas (absurdas) de camino a dios sabe dónde. Me senté en un bordillo junto a una de las escaleras, trasteando con los cables y las pilas y toda la historia. Buscando alguna canción que sí se me amoldase a las costuras de esta vida última que llevo, esta vida que llevamos algunos con los sueños supurando en la mochila y ardiendo en cada libro y enfriándose cada vez que consultas la brújula y constatas que no señala a ningún sitio. Y las estrellas (la Polar) se olvidan de salir. Estaba en ésas, cuando giré casualmente la cabeza, y le vi. Y él se paró en mitad de la escalera, mirándome.

Un hombre. Un viejo. O un hombre de edad indefinible pero que parecía viejo debido al pelo larguísimo y blanco y a la barba poblada y blanquísima y a su ropa vieja y raída. Le calculé cincuenta y muchos, así, a ojo. La viva estampa de un ermitaño, en todo caso. Un fulano que no hubiera desentonado en absoluto en un cuento de Dickens o en cualquier película de piratas. Los ojos azulísimos; la mirada limpia, noble. Porque ésa fue la impresión: nobleza; lo que me hizo quedarme ahí sentado, tranquilamente, cuando se paró en los escalones, y lo que hizo que no le pusiera cara de terminator cuando pasó lo siguiente. Lo siguiente que pasó fue que el hombre, sonriendo, señaló el cacharro que yo trajinaba, y luego se apuntó hacia los oídos, repitiendo el gesto, señalando alternativamente a sus orejas y al (mi) mp3. Tardé un momento en comprender. Está jodío, jefe -le dije, mentí. No se oye nada. Pero entonces, el tipo, sin dejar de sonreír, blandió un folleto publicitario (llevaba varios iguales), una cartulina que anunciaba en inglés nosequé conferencias sobre comercio justo en África y Asia; me lo alargó, señalando con el dedo la fecha. Cinco de junio de dos mil ocho, dije. El tipo percutía con el dedo, señalando al suelo. Sí, dije. Hoy. Entonces sacó un bolígrafo del bolsillo de su camisa y se inclinó, con una pierna adelantada en un escalón, para apoyar el folleto en la rodilla mientras escribía sobre él.

“A quién sirves”, leí, cuando el tipo me alargó el papel. No pude evitar soltar una carcajada. Virgen santa, pensé. Las cosas que me pasan. Me encanta esta puñetera ciudad, pensé. Y respondí, mirando en torno, hacia las terrazas: Y yo qué sé. Pero la risa se me fue trocando en una mueca siniestra, pensando que no, que servir, lo que se dice servir, últimamente no sirvo de mucho, pensando en el café, en el tabaco, en César Vallejo, en el trabajo que no tengo. “A veces –añadí-, ni yo mismo me sirvo”. El hombre enarcó una ceja, sin dejar de sonreír, y tras abrir los brazos y mirar a lo lejos volvió a mirarme; me tendió la mano, preguntando con los ojos. Miguel, le dije, al estrechársela. Se inclinó, escribiendo de nuevo; volvió a mostrarme el papel, mientras se señalaba a sí mismo. “Al lector Miguel”, ponía. Ah, tú me sirves a mí, razoné, zumbón. El hombre asintió. Clavándome los ojos. Sin decir una sola palabra. Entonces comprendí que el tipo no tenía la más mínima intención de abrir la boca. Es mudo, pensé. Pero al momento me corregí: no, no es mudo; está loco. Luego me dije no, no está loco: está más cuerdo que tú y que yo y que el fulano del estanco. Todo esto es lo que pensaba mientras el ermitaño se metía una mano en el bolsillo y sacaba un tallo con dos cerezas. Me lo alargó, ofreciéndome el extremo del que pendía una de ellas, mientras él arrancaba la otra y se la echaba a la boca. Gracias, dije, haciendo lo mismo, como si todo aquello formase parte de un guión, de un espectáculo, de un teatro del absurdo, de un sueño extrañísimo. Entonces volvió a inclinarse sobre la pierna, volvió a escribir: “Compartiendo la fruta del árbol de la sabiduría divinatural”.

Recordé a Shakespeare, o a nosequién: hijo mío, hay más cosas entre el cielo y la tierra de las que no tienes ni pajolera idea. O algo así. El hombre escribía apurando los pocos espacios que dejaban libres las líneas del folleto. Escribía y me miraba, como para ratificar que entendía punto por punto lo que escribía, y a partir de ese momento me hizo entender que debía leer en voz alta todo lo que escribiese. Yo miraba alrededor de vez en cuando, esperando encontrarme a alguien en la plaza o las terrazas partiéndose de risa con la estampa. Pero no. Nadie miraba. Nadie parecía vernos, de hecho. Y yo me sentía absurdamente bien, en medio de aquel disparate. Entonces añadió: “Y esta (aquí el dibujo de una hoja) del mismo árbol es tu contrato de trabajo sin superiore$”.

Ahora era yo el que estaba mudo. Le miré en el fondo de los ojos. Qué. Cómo. Qué. Carajo. A lo mejor soy yo el que está loco, pensé. A lo mejor.


“Y ahora tú empiezas a servir”, leí de nuevo, palabra por palabra, poco a poco, mientras él garabateaba la cartulina con esa letra tortuosa, como de escolar, perjudicada además por la incómoda posición de la mano. Ojalá, dije. Ojalá. “No ojalá sino verbocalizando (sic) estas líneas no tan rectas” (aquí, las palabras líneas y rectas deliberadamente torcidas). Volví a reírme. No me digas. El hombre asintió. Y escribió de nuevo, en uno de los pocos huecos que quedaban ya: “A favor del dios presente, con toda responsabilidad, sin disculpas”. Acabáramos. ¿Dios?, pregunté. Sí, asintió el ermitaño, sin dejar de sonreír, moviendo la cabeza de arriba abajo. Pues yo no le veo por aquí, la verdá. Entonces el hombre se giró un poco, abarcando la plaza con el brazo, señalando a los que leían en los bancos, los que paseaban a los perros, los que tomaban algo en las terrazas del 2 de Mayo. Se inclinó otra vez sobre su rodilla. Escribió:

“Todos somos invisibles”

Volvió a mirarme. Entendí. Asentí. Sí, dije. Sí. Entonces –añadí-, será por eso que Dios es invisible también. Pero el ermitaño negó con la cabeza. Sonrió de nuevo, señalándose otra vez con el pulgar. Tú, dije. El hombre asentía. Tú, repetí. Asintió otra vez. Ah –comprendí, no sé por qué-. Ya entiendo. Tú eres Dios.

Y el hombre, sin dejar de mirarme, sin dejar de sonreír, asintió de nuevo, lentamente. Rasgó la parte del folleto donde había estado escribiendo, ésta que tengo aquí ahora; me lo dio. El contrato. Me lo dio y luego me dio la mano y me miró por última vez, con una inclinación de cabeza, sonriente, antes de echar a andar y perderse por una esquina, mientras yo le miraba alejarse con el trozo de papel en la mano, mirándole alejarse, estúpidamente feliz, mirándole alejarse y sin saber –lo juro-, sin saber qué pensar. Ni en qué se supone que consiste exactamente mi nuevo trabajo.


(Ilustraciones de El Loco y el Ermitaño)

jueves, 29 de mayo de 2008

"Crecer"

Ya sé que no hay más remedio, pero cansa.

Ya sé, ya lo sé, no hace falta que me lo recordéis. Que esto va en serio, que nadie nos dijo que fuera a ser fácil; que ya dejaron de contarnos todos los cuentos hace mucho tiempo y hace mucho tiempo ya que crían polvo en los últimos baúles de la sangre, el caballo cojo, el dragón muy viudo; el castillo de la niebla desahuciado, solo de siglos, en silencio. Ya sé, ya lo sé: pero cansa. Me diréis que ya han pasado diez inviernos y diez más. Me diréis que ya hemos jugado mucho y hemos sangrado mucho en las rodillas. Me diréis que ya volvimos muchas veces, muy pequeños, siguiendo las miguitas del sol a ningún sitio; quizás César abrazándome, abrazándome César me diga que

ya nos hemos sentado
mucho a la mesa, con la amargura de un niño
que a medianoche, llora de hambre, desvelado

Y bien: “hasta cuándo estaremos esperando lo que no se nos debe”. Hasta cuándo “este ventisquero de óxido”. Hasta cuándo esta pizarra de tan lejos y este cuaderno lleno de lobos y este pasar de curso repitiendo sin embargo repitiendo siempre la misma asignatura. Me tratan de loco los adultos. Me ignoran de viejo los más niños. Me decís vosotros: esto iba en serio, no iba a ser fácil, ya dejaron de contarnos todos los cuentos.

Y me cansa.

Porque tengo diez inviernos y diez más y cuatro más. Porque ya me contaron todos los cuentos. Pero yo apenas he empezado a contar los míos.


miércoles, 7 de mayo de 2008

Siglos, minutos

Se están mirando por encima de los hombros de sus opuestos, de los que van bailando con ellos en una espiral suicida de humo y sudor y vapor de sexo y luces de neón. Se están mirando lentamente, largamente, en los dos segundos y medio que pueden mirarse al girar sobre su eje, como dos planetas encontrados en el tiempo. Se están mirando sin que nadie sepa nada mientras bailan con otros dos que también ignoran el seísmo sordo, subterráneo, de los ojos que se andan mirando lentamente clandestinos junto al rompeolas de la noche mediterránea. Se están vigilando en conmoción, desde dentro, y a cada vuelta indagan en sí mismos la razón oscurísima del misterio y el enigma irresoluble de haberse encontrado sin encontrarse, de llamarse a gritos sin saber sus nombres, de lamerse los ojos y la boca y el cuerpo entero sin tocarse. Él le taladra implacable la mirada cuando puede, cuando no baja la cabeza para oír un susurro o susurrar él mismo o besar con urgencia o misericordia. Ella le escruta perpleja el fondo de los ojos cuando quiere, cuando hace como que mira distraída en derredor o se apoya en el pecho próximo o sabe con certeza que él estará mirando, y que ella no va a ruborizarse. Se están presintiendo por la espalda y reconociéndose de frente en varios minutos que son siglos hasta que acaba la balada tristísima, lejana, y dejan de bailar y se pierden de vista entre la gente, y comienza una tonada canalla que habla de emboscadas y balcones furtivos y espejos rotos como puzzles. Él no lo sabe, pero Ella le ha dicho a su acompañante quieres algo de beber?, yo tengo sed. Ella no lo sabe, pero Él le ha dicho a quien le acompaña vale, ve al baño, estaré en la barra. Y ninguno de los dos sabe, sabiéndolo en fondo, que al acodarse en los lados opuestos volverán a encontrarse de bruces como a babor y estribor de dos barcos paralelos; entre ellos, un mar de luces y sombras y ron. El estómago del revés, el corazón en cueros; la sangre al galope: suicida. Vámonos de aquí, le grita él con los ojos, kamikaze. Vámonos de aquí, le grita ella, sin decir nada, desde dentro. Serán sólo, esta vez, cinco minutos como cinco siglos mirándose lentamente, largamente, precipitándose los dos, corazón, sin miedo, hasta el abismo. Entonces llega el acompañante de Ella, y la abraza por la espalda, le da la vuelta, la besa. Entonces llega la acompañante de Él, se acoda a su lado, le susurra algo al oído. Ella vuelve a girarse un momento, irreparable, antes de salir del bar de la mano del otro. Él finge llamar al camarero con un gesto mientras la sigue contemplando, la sigue adivinando entre la multitud, la pierde de vista para siempre.

jueves, 17 de abril de 2008

La soledad, la lluvia, los caminos



Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París, y no me corro,
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.


Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.


César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro


también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos...


(Ayer morirá otra vez -y van setenta-, César, Cesitar Vallejo: semejante mendigo. "¡A España, quiero ir a España!", dicen que murmuraba ya al final, mientras España, ay, también seguía muriendo. Pero no es cierto y tú lo sabes, César Vallejo. Mendigo semejante. Semejante niño. Hoy que también es jueves, y llueve.)

miércoles, 12 de marzo de 2008

Así

Así debería ser siempre la vida. Como un gran búcaro de música. Como el sol de escándalo en la ventana de abril. Como el cosquilleo en el estómago y la brisa en la espina dorsal y el corazón al galope cuando ella se giraba en clase, y sonreía. Como un día de fiesta y una tarde de fiesta y una noche de fiesta sabiendo que también será fiesta al día siguiente. Como una fiesta y unos amigos y una certeza a su trasluz y pasos de baile en una nube de carmín al regresar. Como el beso originario. Como la risa originaria. Como el regreso a la estación. Como los días felices y todos juntos y el sol camino de la mesa, anunciando dicha y mediodía. Como el día que aprendiste a montar en bici. Como el día que se hizo de noche azul en el recreo. Como la noche de la hoguera del invierno. Como la tarde del amor del agua en el verano. Como el sueño en que te adentras sonriendo. Así debería ser siempre la vida. Como un gran búcaro de música. Como las campanas del corazón a punto y todo a punto de empezar. Como la brisa en un tiempo de banderas. Como la sombra de la tarde. Como el vino de la tarde. Como la madrugada de par en par en el balcón. Como el tabaco que fumaba tu abuelo. Como el olor de tu casa al entrar. Como la canción que más ames cantada a pulmón y la guitarra a solas y la euforia. Como el cigarro que medita a solas, como el vislumbre de leyenda, como la niebla en la calleja a oscuras del silencio. Así. Así debería ser siempre la vida. Como un gran búcaro de música. Como un cabalgar y un abrazo y una vela. Como una plaza y un vestido y un candil. Como un llanto pequeño, tranquilo, pequeño, como un llanto niño y dócil y dulcísimo, un llanto que te acaricia y que te ríe y que te abraza lleno de emoción, y dicha, y gratitud.


(Exactamente la misma foto que hace un año, de anónimo y afortunado autor.)

miércoles, 5 de marzo de 2008

El PP y la niña de 'El exorcista'

“Más vale que no tengas que elegir / entre el olvido y la memoria”. Estos dos versos, esta advertencia sabiniana que encierra (como pasa frecuentemente en la magistral obra de su autor) una verdad pavorosa tras su aparente simplicidad, es asimismo un dilema que la vida nos plantea de vez en cuando, poniéndonos en la eterna encrucijada de lo que merece la pena ser recordado y lo que no: nuestro pasado puede ser ese patrimonio vital en que consistimos, que nos da respaldo y apretura, pero también un lastre, un fantasma cejijunto y desquiciado que no nos deja conciliar el sueño, que nos baja la tapa del váter al mear y que llama al timbre en el momento más inoportuno. Una putada, en suma. Los que guarden en su rincón más íntimo sucesos que le definan como ser humano y a la vez le produzcan un sentimiento parecido a la desolación, el remordimiento o las ganas de salir pitando, sabrán de qué hablo. Esas conversaciones que se evitan estrictamente. Esa traición de la que es mejor no acordarse. Eso que hiciste hace tiempo, y que, legítimamente o no, te sigue exigiendo responsabilidades muchos años después.

Todo esto de lo que vengo divagando es un problema que nuestra clase política, entre otras especies, resolvió, le resolvieron tranquilamente, en los últimos tiempos, gracias a la sacrosanta televisión. ¿Cómorrr? Que sí, señora. La televisión. Simplificando mucho, claro. Lo que quiero decir es que es tal la cantidad de información, vía televisiva, radiofónica, en prensa escrita, virtual, publicitaria, radiopática, por generación espontánea o chamánica (de chamán: esos directores de periódicos, o moderadoras de tertulias, o de homilías mañaneras, que se comen tres o cuatro setas para desayunar y confunden la información con las alucinaciones visionarias de su colocón), es tanto el ruido, digo, y funciona tan deprisa la maquinaria, que lo que hoy es noticia primordial mañana mismo es un garabato de Atapuerca. Y así sucesivamente. Lo cual viene de perlas cuando la has cagado bien, cuando has metido la gamba hasta el fondo. Cualquier politicucho de los que abrevan ahora mismo por el Parlamento lo sabe a los tres días: si esta mañana dices cualquier gilipollez, o cualquier barbaridá sin pies ni cabeza, o cualquier disparate franquista, o sabinoaranista, o castrista, tododiós lo sabrá a los dos minutos no sólo aquí, sino en la última aldea de Nicosia; serás la comidilla de la jornada, los informativos darán buena cuenta de tu memez, por la noche Buenafuente o Eva Hache –esa reina, esa diva del Chascarrillo- le sacarán toda la punta que puedan; quizás mañana algún periódico te tirará de las orejas en su editorial; pero luego, oyes, tranquilo majete en tu sillón: tacháaan: el silencio. Y la amnesia. ¿Qué yo dije qué, mandéeee? No señor, yo no dije eso. A otra cosa mariposa. Pinto pinto gorgorito y a tomar por culo la bicicleta.

La peña, claro (ellos, claro), contentísima. Ejemplo ilustrativo: ¿se acuerda alguien del ridículo de Rajoy y el alpargatazo de la vomitiva (lo siento, no me sale decir señora) Aguirre con el malogrado Gallardón? Sí, claro que sí. Pero, ¿no parece que fue hace siglos? Pues fue hace dos meses, creo recordar, tirando por lo alto. Dos meses: en términos informativos (en términos cotidianos) parece sin embargo que el episodio data del pleistoceno: últimamente no se habla ya del tema, no ha salido apenas en la campaña: ergo, no ha existido. Se podrían poner ejemplos de aquí a mañana (de cualquier partido político, ojosss), pero no quería ir a eso. Quería ir a otra cosa. Porque, sentado esto; sentado que tú y yo (y hasta los partidos políticos, en el fondo) sabemos que en el pasado cometimos ciertos errores sobre los que sería mejor no volver, no mirar atrás (no elegir la memoria); teniendo en cuenta que hay sucesos íntimos como fantasmas furibundos que no nos dejan vivir en paz, que nos tiran de las sábanas, pero que en el caso de los partidos políticos se esfuman en el tercer telediario (les sirven el olvido en bandeja, a ellos y a nosotros)… Sentado todo esto, no tengo manera de explicarme (o a lo mejor sí), no hay manera de que entienda, no hay manera de concebir… quiénes y por qué han sido los gilipollas que han dirigido la estrategia política del PP en los últimos cuatro años.

El señor Elorriaga, que es secretario de comunicación, o de organización –ahora mismo no sé- del citado partido, dio en el clavo el otro día, cuando vino a declarar al diario Financial Times, al parecer en plan entre tú y yo, colega, que no se entere nadie (jajajaja), que la clave para que éstos ganen las elecciones radica en neutralizar el voto socialista, o izquierdista, o tocagüevista: que se quede en su casa cuanta más peña mejor, porque como se movilicen pueden darse por jodidos (otra perla olvidada: ¿alguien se acuerda de esa ministra que, tras el 14-M, se indignó en público porque había votado una parte del electorado tradicionalmente abstencionista…?: qué escándalo, eh: gente votando en democracia, habráse visto…) . De puta madre. De modo que, por seguir la astuta treta, y en un alarde de maquiavelismo, supongo, es por lo que esta gente ha estado durante cuatro escandalosos años haciendo exactamente lo que hizo para que los mentados tocagüevistas votásemos en su contra por entonces: mentir sin ninguna vergüenza, tratar (hasta conseguirlo en parte) de intoxicar a la opinión pública poniendo a los jueces –oh paradoja-, a las fuerzas de seguridad y al sistema mismo en tela de juicio, a la democracia a los pies de los caballos y a unos cuantos mafiosos de extrema derecha como seudo portavoces de un proyecto basado simple y llanamente en el descrédito, el todo vale y el mamporreo más ordinario… Y en éstas que llega Rajoy, el otro día, y como hermoso y sutil corolario de toda una legislatura en la oposición haciendo encaje de bolillos, portándose bien, los nenes, para no cabrearnos –por lo visto-, va y le suelta a Zapatero, mediado el segundo debate y ante millones de españoles patidifusos: “Usted es presidente por Irak y por el 11-M”.

Ciertamente, el PP encontró una tercera vía que no pasa por elegir entre el olvido y la memoria: radica en sostener el error desde el principio, e intentar convencer y convencerse de que no fue tal; agarrar por el cuello al fantasma (supongo que la soporífera niña de Rajoy, versión posesa de El exorcista), en vez de ignorarlo, o dejarlo ir, y darle de hostias para que entienda de una vez que la culpa es suya y no tuya (en este caso, no de Rajoy, aunque fue quien metió a la niña en un colegio del Opus, y ahora está hecha un lío porque no sabe si hacerse monja o meretriz). Decirle al fantasma, con el puro en la boca y la gomina bien fijada en el pelo: usté no sabe con quién está hablando. Y así, de esta manera tan hábil que te cagas, el Partido Popular ha conseguido lo que probablemente los partidos de izquierda no hubieran conseguido ellos solos: que tengamos todos bien presente, a la hora de ir a votar, qué clase de personajes pueden volver a gobernar, si les dejamos. Hay que joderse con la ironía: el mayor motivo para votar contra ellos, que fue el de las mentiras consecutivas tras la mayor masacre de la historia de España, nos lo han venido sirviendo ellos mismos, todos los días, puntuales, a cucharadas, ésta por mamá Acebes, ésta por papá Aznar, con esa riada de despropósitos desde el Parlamento, la prensa, el Golum de la COPE y la Santa Inquisición Episcopal. Ellos mismos han conseguido, y dale perico al torno, que todos los cabreados de por entonces volvamos a votar en tromba a su fantasma. Y van a perder otra vez –y con mayor estrépito- las elecciones.

Con lo fácil que hubiera sido cerrar la boca, y dejar que la televisión hiciera el resto.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Hoy

Has de tener en cuenta que hoy ha sido, o está siendo, el mejor día de la vida de alguien, y también el peor en la vida de otro. Hoy, quizás un día anodino para ti, han sucedido simultáneamente un milagro y una tragedia, una detonación de luz y un cataclismo; probablemente mucho más cerca de lo que imaginas. El problema es que nadie (o casi nadie) lleva un cartel por la calle en el que figure su estado de ánimo actual. Pero sería interesantísimo que así fuera, al menos por unas horas. Así, podría uno felicitar calurosamente a quien llevase un letrero colgado al cuello, bajo la pertinente sonrisa bobalicona, que rezase: Enamorado recientemente correspondido; o bien: Empleada al borde del colapso, recién enterada de la trágica y repentina muerte de su jefe. Como en una viñeta de Forges. Se propagaría mucho más la alegría de este modo, se harían muchos más amigos (bien es sabido que todo el mundo le cae a uno repentinamente bien cuando las cosas le funcionan). De igual manera, el espontáneo brindis lleno de sol por una fortuna podría ser un calladísimo, emocionante y anónimo velatorio si nos topásemos, al doblar la esquina, con alguien que llevase pintada en la cara una de esas desgracias aterradoras ante las que sólo cabe enmudecer, y sobre las que no pondré ejemplos porque no me da esta noche la gana. Imagínate. Doblas la esquina, con prisa o paseando, hojeando el periódico o silbando una canción (por qué carajo nadie silba por la calle, en esta ciudá?), y de pronto te topas de frente con la Desolación, que se aproxima con cara de niño o vieja derruida. Se para el estruendo del tráfico, se para la mujer del kiosco, te paras tú en la acera, se para la vida en mitad de la calle. Y todos juntos, como en ese tiernísimo poema de Cesitar Vallejo, le decís, le susurráis casi: “No te mueras: te amo tanto”. Y aunque la persona desolada, ay, siga muriendo, al menos el mundo le presenta sus respetos. Seguramente el hijo de puta de su casero no se atreva a molestarla, con ese mensaje pintado en la cara como una acusación, o una disculpa.

Tú no puedes saberlo, pero a lo mejor ha sido hoy cuando tu hermano el pequeño ha perdido la virginidad, y por eso anda un poco más pavo que de costumbre, que parece que flota dos palmos por encima del suelo y pasa mucho de las amenazas de tu madre con darlo en adopción si no baja la música: por él, como si le destierran a Siberia. Tampoco puedes saberlo, pero esta misma tarde han llamado por teléfono a tu compañero de la facultad, o del trabajo, ése con el que hablas sólo lo justo, de vez en cuando, y acto seguido se ha encerrado en el lavabo para poder vomitar tranquilo la comida y el llanto; se ha quedado allí el tiempo que ha considerado preciso para poder calmarse y continuar, y que casi nadie repare en la devastación de los ojos y en el pálido de la cara, y luego ha salido al pasillo y se ha cruzado contigo: tú no lo sabes, no puedes saberlo, pero el no saludarte no se ha debido a que es un borde, sino a que prefiere que no se fijen mucho en su rostro. En el cartel de su cara.

Has de tener en cuenta que hoy ha sido, o está siendo, el mejor día de la vida de alguien, y también el peor en la vida de otro. Si el tuyo ha sido, o está siendo, uno de esos días mediocres, pintados de gris en tu calendario, felicítate y tómate algo, porque todo es susceptible de empeorar. Si se trata del mejor día de tu vida, te felicito, y hazme el favor de estirarte e invitarme a un whisky, que ando escaso y tampoco tendremos muchas más oportunidades. Si se trata del peor, hazte el favor de no callarte, de pintártelo en la cara si hace falta, de venir corriendo a contárnoslo. Te prometo que tendrás el homenaje del silencio, y también una copa que te recuerde a su trasluz que todo pasa. Nosotros invitamos.

sábado, 26 de enero de 2008

Saber (o no)

Todos buscamos la verdad, pero quién quiere saberla. Cuando eras niño, probablemente, existía en tu casa una habitación, la habitación, cerrada a cal y canto, a la que jamás te dejaban entrar. Pero qué hay ahí, abuela? "Nada". Y sin embargo tu instinto, la velocidad asustadiza a la que echaban la llave, como quien cierra tras de sí una puerta acechada por los lobos, te decía que no podía ser nada aquello que con tanto celo te ocultaban los adultos. Un día, por supuesto, y sin saber nadie cómo, conseguiste colarte dentro, porque la curiosidad infantil es siempre más lista que cualquier cerradura. Si la abuela hubiese dejado la puerta abierta con toda naturalidad, probablemente no hubieras encontrado nada, salvo una vieja máquina de coser, algunos libros viejos, polvo de hace siglos. Pero sabiendo que lo que la habitación ocultaba era nada, según ellos, es seguro que nada más entrar te hubiese atacado un mastín de ojos inyectados en sangre, o que el fantasma de una muchacha bellísima te hubiera arrebatado la inocencia en la oscuridad.

Esa misma habitación prohibida, peligrosa por lo desconocido pero por lo mismo irresistiblemente atractiva, se va repitiendo en la vida como una catástrofe cuyo precio es la lucidez. Hay quien prefiere no saber, o quien intuye pero hace como que no, o quien directamente pasa por la vida sin saber de dónde le viene el aire: son los necios, pero son felices; o son inteligentes porque saben ser felices. Yo qué sé. Claro que nadie puede esconder la cabeza bajo tierra para siempre en esta perra vida. La habitación de más arriba es ahora la consulta de un médico. La mujer tiene el corazón en la garganta. Aparece el cirujano, y ese instante es eterno, como al entreabrir la puerta de niña, furtivamente, porque tiene un 50% de posibilidades de que el médico le diga que le van a dejar lista para irse el mes que viene a Praga, o a Marina D’or, pero también otro 50% de que le queden dos semanas. El cirujano se planta delante de ella y, con el gesto grave de tu abuela, parece a punto de responder nada cuando ella le pregunta con los ojos. Pero entonces, aun así, ella dirá, preguntará con toda el alma, aunque aterrada: está bien, todo está bien, verdá? Al mismo tiempo, en otro punto de la ciudad, un hombre va a hacer a su mujer la pregunta que le viene abrasando el estómago desde hace meses. Preferiría no saberlo, pero lo sabe. No tiene pruebas consistentes, pero lo sabe. Porque esta tarde, por tercera vez, ella ha respondido nada cuando él le ha preguntado qué ha hecho después del trabajo, que llega tan tarde. Nada, por ahí, ha dicho; con las compañeras de la oficina. La voz era firme, pero sus gestos, su mirada huidiza, eran un temor y una advertencia: no abras esa puerta. Pero él no ha podido aguantar más. Has estado con él, a que sí? Lleváis viéndoos durante semanas. Ella se ha quedado quieta, absorta, sin saber qué decir. Y sin embargo él le está suplicando con los ojos, al mismo tiempo que le acusa, que le diga que no; que se indigne, que lo niegue todo, que sean imaginaciones suyas aunque no lo sean. Que no sea verdad, aunque lo sea. Exactamente igual que cuando, de niño pero no tan niño ya, intuías que algo no cuadraba con la visita anual de los Reyes Magos. Has visto en la cabalgata, la noche antes, que el rey Baltasar se parecía un huevo a uno de tu pueblo con la cara pintarrajeada de negro. Has visto en la televisión que El Corte Inglés invita a todo cristo a ir allí a hacer las compras de Navidad, y le has preguntado ingenuamente a tu madre por qué carajo va a querer comprar nadie nada, si ya lo traen los de Oriente. Gratis además. Y tu madre te ha dicho aaanda, hijo, qué bobo eres, eso es que pasan por allí Sus Majestades, para surtirse, por si les falta algo. Pero la extraña forma de responder de tu madre no parece tan sincera como la pintada que hizo uno el otro día, en el patio del colegio: tonto sois - lo relles son lo padres. Todo apunta a lo inevitable. Se masca la tragedia. Pero llega la noche de autos, y el misterio y la emoción y la inercia de tus siete años (y el bendito mecanismo que todos tenemos para intentar creernos todos los cuentos que nos contaron de niños) te hacen imaginar a tres sombras clandestinas entrando de madrugada por la ventana de la habitación prohibida. Esa noche podrías quedarte en la cama, encogido, con los ojos abiertos, presintiendo como siempre el milagro, pero en vez de eso te levantas a tientas, sin hacer ruido, y tanteas agazapado el pasillo a oscuras ante esa puerta que los adultos tratan por todos los medios que no abras antes de tiempo. Estás ante esa puerta. Y ahora tienes una encrucijada. Puedes quedarte quieto, e imaginar que los ruidos al otro lado los producen esos tres espectros bíblicos al depositar en el suelo tu caballo de cartón. Intuir pero no saber. No saber y ser feliz. Pero también puedes… También puedes respirar hondo, mirar a tu alrededor, chsst, despacio, que no te oigan; y girar el pomo, abrir la puerta, dar un paso. Y otro. Caer, al entrar en la habitación, en un abismo oscurísimo. Mirar a los ojos del lobo bajo la cama. Contemplar la carcoma destruyendo las paredes, y con ellas tu inocencia.

Dime tú qué opción es la mejor, porque yo, a estas alturas, aún no tengo ni puñetera idea.