jueves, 2 de diciembre de 2010

'Siempre en domingo'


Alguien que conozco, excelso arqueólogo del alma humana y cachondo profesional (o profesional cachondo, que también) a quien guardo infinita gratitud por cosas que ahora no vienen al caso, me dijo una vez que la suerte a secas no existe, pero la mala suerte sí. No recuerdo haber protestado al oírle, pero recordando ahora la frase no he podido evitar pensar lo que muchos habrían pensado en ese momento: si existe la mala suerte, existe la buena suerte. Igual que si existe el arriba, existe el abajo; si existe el yin, existe el yan, y si Cruela Devil Aguirre vuelve a ganar las municipales de 2011 en Madrid, pues en algún lugar del orbe habrá un samaritano a lo Vicente Ferrer abriendo hospitales públicos para los parias de la tierra. El mal por el bien, el bien por el mal; lo que resta en alguna parte suma en alguna otra y lo que muere en un lugar resucita en otro bajo la implacable geometría del Caos, que es un viejo borracho jugando al billar con una puntería inexplicable.

No podría atinar ahora a recordar el por qué de la aseveración de mi colega (seguro que sus argumentos tendría; ya le preguntaré alguna vez), pero al darle vueltas al tema he caído inevitablemente en otra casilla igual de obvia con la que tampoco descubro ninguna Atlántida: la mala suerte existe, sencillamente, porque reparamos en ella; la buena suerte no porque, sencillamente, y salvo en ocasiones extraordinarias, uno no se para a analizar por qué le van bien las cosas: le van bien y punto, y ahí no caben metafísicas ni darse de cabeza contra el suelo, sino Carpe Diem y a tomar por culo la bicicleta y que siga la fiesta hasta mañana, que ya habrá tiempo de acordarse de Santa Bárbara cuando truene. Sin embargo, y llegado a este punto, también he pensado algo más retorcido, más macabro, más inquietante si cabe que la sentencia de mi colega: si aceptamos -y creo que el común de los mortales estamos de acuerdo en esto- que los momentos de charanga y pandereta y ponme otra, jefe, que paga Rita, son los menos comunes; si aceptamos que lo corriente no es tirar cohetes sino que truene, y si estamos de acuerdo en que lo normal es que haya cinco días de curro y dos de fiesta, y no a la inversa, pues tendremos que acordar exactamente lo contrario de lo que dijo el chamán de mi amigo: que la suerte a secas no existe, pero la buena suerte sí, porque lo accidental es que te pasen cosas buenas (o muy buenas), y no que te pasen cosas regulares (o mediocres, o directamente malas). O sea: la buena suerte sí existe porque es el verdadero fenómeno accidental, a pesar de que no reparemos mucho en ello, mientras que la suerte a secas (o la mala suerte de la que nos quejamos a diario) es sencillamente el mediocre y anodino estado de la mayoría de días (laborables) de la vida.

Me temo que me he hecho la picha un lío y que no he resuelto absolutamente nada. Lo peor, además, es que aún no he conseguido rebatir con garantías el aforismo de mi amigo: no sabría negar por qué puede existir la mala suerte pero no la buena, y tampoco explicar por qué puede existir la buena suerte pero no la mala. Lo cierto y verdá es que no dejo de sospechar que mi colega tiene razón, porque cada vez veo más gente (o a lo mejor reparo más en ellos últimamente) que parece vivir en una orgía de depravada felicidad estólida, mezcla de libro de Paulo Cohelo y Los Serrano, y me pregunto si algunos no habrán hecho un pacto diabólico con el Caos, vendiendo su alma a cambio de barra libre ad infinitum y viajes a la Patagonia por el puente de la Almudena: supongo que, de manera miserable y vil, a uno siempre le parece que son los más tontos los que más suerte tienen, como si la tontería diera puntos para el particular. Supongo, también, que, como me escribió otro gran amigo hace unos días, las procesiones van por dentro, y vete tú a saber qué sotas de bastos llevan clavadas bajo la camisa ésos (y ésas) que parecen vivir como si todos los días fueran fiesta.

Como si siempre fuera fiesta, como si siempre fuera domingo. Recuerdo que, en cierta época, mi padre tiró de su (también excelso) registro satírico aderezado con el espíritu de Cuéntame cómo pasó para ilustrar mi aparente dispersión de aquellos días: ¿Tú sabes que había hace años un programa de televisión que se llamaba ‘Siempre en domingo’…? Pues así es tu vida, Miguelito, hijo: siempre en domingo”. Siempre en domingo, decía. Lo único (malo) es que yo no parecía darme cuenta. Y me pregunto si es que hice sin enterarme algún pacto diabólico con el Caos. Y me pregunto cuántos pensarían al mirarme que todos los tontos tienen suerte. Mañana cumplo veintisiete palos de almanaque y, sinceramente, no sabría decir cuántos días han sido hasta ahora laborables, y cuántos festivos.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

'Cárnivale'

Ahí enfrente, en uno de los apartamentos visibles desde la ventana ésta en la que ahora vivo, habita un anciano que me ha estado inquietando durante semanas; casi desde el primer momento en que reparé en él.

Aunque no soy exactamente preciso: en realidad no es él lo que me llamaba tanto la atención. Porque en realidad se trata de un viejo como cualquier otro, supongo. Desde aquí, con una calle de por medio, de ventana a ventana en mirada oblicua y desde mi cuarto piso a su tercero, apenas pueden distinguirse sus rasgos. Quizás tirando a moreno, aunque con el pelo ya de nieve, se podría intuir que fue apuesto, hace años, y que tal vez lo sigue siendo. No puedo saber si es alto o bajo porque jamás le he visto de pie, sino sentado tras un escritorio, y fumando, siempre fumando, como un carretero. Precisamente por este ritual llegué a fijarme en él: acercándome a fumar a la ventana y buscando cualquier sitio en que poner los ojos, en estos días inciertos y sin rumbo en los que uno se pregunta adónde emigró la suerte. Al principio de manera accidental, luego con creciente interés, empecé a mirar hacia allí: generalmente a media tarde, o entrada ya la mañana, ahí estaba, fumando siempre, el viejo, un cigarro detrás de otro; siempre tras la mesa del escritorio y siempre hablando con alguien sentado frente a él, absortos en una conversación indescifrable. Será alguien que va a hacerle compañía, pensé al principio. O será el notario, y lo está dejando todo atado y bien atado. Puede que le esté dictando sus memorias a algún plumilla voluntarioso, o que le esté cantando a su hijo las cuarenta -día sí y día también-, o yo qué sé. Tampoco presté al asunto demasiada atención. Mi interés duraba lo que duraban las caladas (las mías). Hasta que me di cuenta, un día, de que quien se sentaba frente a él era siempre alguien distinto.

Será que tiene mucha familia, pensé entonces. Pero qué clase de patriarca atiende a su prole así, uno detrás de otro y detrás de una mesa, como si en vez de hablar de la próstata estuvieran buscando la coartada para el asesinato del primo Ludovico. Lo mismo es el Padrino del barrio, pensé entonces; pero el aspecto de su despacho (desnudo, sin más muebles que la mesa y las dos sillas), amén del hecho de tener siempre las cortinas abiertas, en franco descubierto, me hicieron descartar la idea. Me fijé además en que nunca hay luz por la noche, de modo que tendría que ser su lugar de trabajo. Será médico, aventuré, y estará pasando consulta; pero a ver qué clase de médico se fuma un cartón de Ducados -o de lo que fumen los viejos de aquí- mientras (ahora sí) diserta sobre próstatas, pleuras o politraumatismos genitales (‘House’ es una serie, Miguelico, ‘House’ no es real, ‘House’ es ficción, me tuve que repetir en voz baja, varias veces). Vale, vale, está bien: entonces será picapleitos, asesor fiscal, abogado matrimonialista, no sé, algo así… Pero tampoco, porque digo yo que entonces tendría la sala atestada de tochos romanos y la mesa llena de papeles, y sin embargo lo único que sostiene la mesa es algo que no puedo llegar a vislumbrar desde aquí, algo pequeño que el viejo apenas toca de vez en cuando aprovechando sus infinitos viajes al cenicero. Ya está, pensé, ya lo tengo: cómo es posible que no cayera antes en la cuenta. Pensé, casi como una revelación: es psicólogo. El viejo es un psicólogo huraño, heterodoxo y bucanero que pasa consulta en ese piso destartalado porque los alquileres no están para bromas, y que fuma mientras pasa consulta porque le sale de los huevos, que para eso es suya, y… Iba a seguir, pero la euforia se desvaneció al preguntarme qué clase de terapia es ésa, en la que es el loquero el que no para de hablar y el paciente (pobre incomunicado, al cabo: pobre enfermo de incomunicación) el que escucha. (‘En terapia’ es otra serie, Miguelico, otra serie…).  

Fue, ya digo, mi misterio cotidiano durante semanas. Semanas de incertidumbre, por lo demás, para qué repetirlo. Semanas éstas de encallar en la misma playa gris del mismo día, esperando alguna vela amiga en el horizonte, algún color distinto, luces de rescate, algo que cambie el viento, algo…: nada. Nada. A veces la ventana de cualquier ciudad no es más que el punto más alto que uno busca en su isla para otear lo que viene desde allí lejos, o no viene. Y entonces se pone uno a fumar allí, a mirar por allí, como si por mucho mirar se invocase a la suerte, como si la clave, el enigma, el conjuro que rompa la maldición fuera a emerger antes por mirar tanto hacia allí lejos. No sucede; pero a veces, afortunadamente, se dan treguas que hacen la espera más soportable. Algún baile de ron y risas en torno a la hoguera; algún mensaje en una botella encontrado en la orilla; alguna piel de sol que detiene el tiempo hasta el día siguiente.

…Y algún día más claro de lo normal en todas las ventanas. A pesar de la desidia, la desesperanza, el abandono, a veces hay días que amanecen más claros, que perfilan mejor los contornos y hacen el mundo más nítido. Y uno se siente raramente dispuesto otra vez a tener fe, a palparse el amuleto, a habitar los ojos y dejar de auscultarse las catacumbas de la conciencia. Como el otro día. Estaba de nuevo en la ventana, fumando. Ya era noviembre, pero este Norte de ceniza se permitió esa mañana algunos azules del Sur, cierto aire de cristal que yo me sé. Miré al edificio de enfrente, como siempre, esperando encontrar al viejo en su conversación con alguien nuevo, tomando parte de un rito del que ya me sentía extrañamente partícipe, cómplice atento y sordo. La luz nueva y el frío más generoso habían permitido al anciano tener esta vez la ventana abierta. Por eso pudo esta vez girarse un momento desde su mesa, fugaz, en mitad de su monólogo, y cederme una mirada insondable por entre el humo de los dos que yo interpreté de viejo conocido.

Por eso, también, pude ver al fin lo que reposaba en su mesa: cartas. (Me froté los ojos). Cartas de baraja. (Se me cayó el cigarro de la boca). Cartas de feria y de destino colocadas bocabajo, que el viejo iba descubriendo poco a poco, muy despacio, una tras otra, tras otra. Tras otra. 

Lucha entre el Carnaval y la Cuaresma
(Bruegel el Viejo) 

miércoles, 20 de octubre de 2010

Levántate

Y vivir se parece mucho en esta época a algún remordimiento, a tener resaca cada día sin haber probado gota alguna la noche anterior. Días que alientan con cierzo de clausura, días secos que amanecen sin embargo con puñales húmedos en la almohada; la angustia certera de haber hecho algo mal, irreparable, en algún momento de ayer noche. Pero cómo, el qué, a quién, si no saliste, no salimos

Lo están consiguiendo, corazón: están a punto de convencernos de que es culpa nuestra este escándalo, este atraco, esta estafa moral

Y te levantas cada día pensando qué es lo que falla, en qué te equivocaste, en qué momento del camino se te cayó la brújula sin darte cuenta. Ríes poco en las fiestas, o no vas (qué lujo, ya, regar la risa); te avergüenza cuando te preguntan y cambias de conversación; te da miedo hasta salir a la calle por si viene alguien a cobrarte alguna deuda que olvidaste, que no sabías ni que existiera. Te cobran por vivir. Y quieren que juegues con ellos, que te arrodilles y les pidas un contrato para bailar con sus serpientes o para correr despavorida por el bosque mientras te persigue su jauría. Tranquila: no te comerán: te necesitan viva y en guardia y llena de terror para seguir manteniendo su circo y dar de comer a sus cachorros. Saben muy bien que tu miedo a quedar fuera es al final mucho mayor que tu desprecio y tu odio a su juego putrefacto de chacales. Y no queda otro remedio, al parecer, que bajar la cabeza ante las fauces, humillarse, o seguir pidiendo audiencia ante el decimoquinto leguleyo de su horda: humillarse

Si estás dentro, tendrás que apretar los dientes y maldecir en voz muy baja; si les dices que No cuando debe ser que No, estarás fuera. Y si estás fuera, no sabrás dónde poner los ojos ni a quién pedir ayuda ni encontrar la manera de aliarte con los tuyos para rasgar banderas y asaltar a sangre y fuego el rascacielos del ultraje inaudito de este siglo

Como tú ahora, corazón; y como yo. Por eso sé que te despiertas cada día con flamear de velas negras en la ventana, con callar de cuervo en cada mástil, encallando en la playa gris desierta que es el día; que son estos días tuyos, lo sé, como son los míos

Sé que te comen las migas de pan que fuiste dejando en el camino, que hace frío y miedo, miedo y frío afuera y dentro de la calle. Que temes, como yo, que nos confisquen cualquier día el aire. Que eres pequeña, pequeña, muy pequeña

Pero aguanta. Óyeme: aguanta, no te me rindas. No puedo decirte cómo acabará, cómo se podrá reescribir esta historia, pero no flaquees, no les consientas, que no te vean así; escúpeles, regálales muy fija tu desprecio, recuerda a los tuyos: levántate. Muchas veces, amiga, muchas veces el viento cambia de aire. Y flamearán velas azules de nuevo, ya verás, algún día

Mientras tanto escúchame, allá donde estés, y desnúdate. Deshoja pétalos de escombros en el suelo del cuarto, enciende velas de candor. Créeme

Abrázame mientras impera la amargura, mientras el mundo nos desahucia y nos embarga las paredes de la vida que soñamos.


martes, 21 de septiembre de 2010

Pero Qué

Pero qué se hace ahora, en lo último, con las cosas que siguieron purgando en el cajón, que se extraviaron u olvidaron, que escondimos o enterramos bajo cien jerseys y siete estaciones de olvido, y que ahora vuelven, reaparecen, implacables, para cobrarse su deuda antigua, su cuota puntual de remordimiento

Qué se hace con estos restos, esta ofrenda. Qué se hace con la ceniza

Son las postales del extranjero que nunca respondí; son cartas en blanco desde otro tiempo que velan en silencio, murmurando. Allá al fondo del cajón. Pero qué hacer, qué hacer con ellas. Debiste despedirlas en la hoguera en su momento, pero no pudiste. Debiste tirarlas por la borda del balcón; pero cómo: en qué misa negra, en qué herejía. Quemaban en las manos; queman. Hubiera ardido la basura, el balcón, la calle entera. Mejor allá al fondo, donde no temblasen para nadie. Pero ahora vuelven, regresan de muy lejos, acuchillan por la espalda mirándote despacio: quieren rezar contigo

Qué hacer con ellas, si es sagrado. No pueden quedarse aquí; no pueden ir contigo. Telas sagradas, trapos sagrados; y dos niños jugando para nunca en el envés de una plegaria que dejaste de atender, criminal

(“Arrodíllate de nuevo, mendigo: Humíllate”)

Y te quedas ahí, de bruces, en el frío humeante de la casa vacía, antes de cerrar la maleta y huir, y seguir preguntándote qué hacer con estas cosas, con esos días y esas cenizas; con la vida que seguirá viviendo, no sé dónde, en otra parte; los calcetines del frío, la foto asesina, las bragas que olvidaste en el armario.
 

martes, 14 de septiembre de 2010

El Aleph de cada casa

El tiempo es un enigma, pero también lo es el espacio. Cierto que uno va construyendo su mitología propia de cada sitio, la biografía íntima de cada lugar, en función de lo que allí vive; pero existen parcelas de luz o sombra que parecen respirar con aliento propio; pasillos que reverberan con vislumbres de futuro; habitaciones cuyos rincones parecieran venir de otro lugar, o pertenecer a un tiempo que no ha llegado todavía.

Están vivos. Hay sitios que están vivos. Yo he llegado por primera vez a cierta casa, a ciertas puertas abiertas a un balcón nocturno, y he tenido la sensación física de haber estado antes allí, pero no en el pasado, sino varios años más tarde, en un sortilegio de futuro entrevisto, ése que luego se cumplió punto por punto. He llegado a lugares como si me estuviera recordando llegar a ellos en ese mismo instante, pero también he recalado en otros en los que maldito lo que se me había perdido en un principio, y que luego han abierto portales súbitos en cualquier silla, en la superficie neta de una mesa, para contar una historia nueva que yo aún no había sabido o podido ver. Ha habido un zulo con luz de cárcel en el que me ahogaba tanto que al final, apretando los dientes y la memoria, se rompió en un boquete de tiempo hasta el monte en llamas de un jinete azul. Ha habido un cuarto con un invierno de seis meses iluminado cada noche por un farol lleno de hiedra, y esa luz blanca proyectaba puntual en cada folio el tiempo de las velas que vendrían (azotaba afuera el vendaval). Hubo un sitio en el que no pude hacer nada (Nada), pero también hubo otro en el que se ponía el sol exactamente con el mismo paso lento, arcádico, que en otro ventanal de muchos siglos antes.

Qué dirán las cosas que siguen susurrando a tientas, en voz tan baja, cuando ya no las escucha nadie. Llegué a esta casa hace dos diciembres, arrastrando una guerra civil, un cruce de caminos y un sortilegio que apenas me dejaban ser consciente de que cambiaba de vida, y de ciudad, y de país. Llegué, y era el invierno más afilado, más oscuro, más estupefacto de todos. Poco me importó esta indigencia, los tres muebles y medio, el grifo con grietas, la soledad absoluta, perfecta, goteando puntual en su hora en punto. Y es que no estaba exactamente solo: había un fantasma, aquí, esperándome. Durante mucho tiempo estuve seguro de su nombre, al encontrarla en el umbral de niebla del portal, en la nieve del balcón, en el rincón que más helaba de mi cama. Pero ahora no estoy tan seguro. Quizás era alguien que quedó aquí, atrapada, hace siglos o dentro de diez años; alguien que existió o que no existirá jamás, y que esperó aquí con el destino absurdo de llevarme de la mano, cruel, invisible y necesaria, para ayudarme a  transitar el invierno en que cambié de vida, para enseñarme a vivir de nuevo. Estaba totalmente solo, nunca lo estuve tanto, pero a la vez fui siniestramente feliz cada noche, al llegar a la alfombra, a esas dos lámparas, a quitarme el frío en torno a una lumbre de tinta azul mientras afuera caía la glaciación del diablo y un cuervo solo graznaba para nadie, porque en el resto del mundo no había nadie. Mientras tanto, el fantasma me vigilaba muy quieta, indescifrable, desde el rincón aquel de la penumbra.

Qué dirán las cosas que siguen hablando así, en voz baja, cuando ya nos hemos ido. Va a ser la octava vez que me mudo y la sexta casa de provisión que dejo en los últimos nueve años, desde que cambié el nido por la torre de babel de ninguna parte. Y me pregunto si los que llegaron y llegan después a habitarlas se darán de bruces con los mismos senderos abiertos, con el mismo Aleph en el que caben todas las épocas de todos los hombres. Me pregunto si es todo una farsa, si esos lugares existen sólo en los laberintos de la conciencia de cada cual. Me pregunto quién se sentará aquí cuando me haya ido, quién mirará esa farola. Y si ese alguien percibirá olor a lumbre, de manera absurda, alguna noche; si se dará de bruces con la furia o la ilusión en el espejo del baño; si sospechará que le mira desde algún rincón un fantasma sobre el que yo escribí catorce sonetos más tres en el hechizo de un invierno salvaje. Aunque no tenga ni idea de quién soy yo, ni de qué sucedió entre estas paredes, ni de que éstas son las últimas líneas que yo escribo aquí, en la madrugada en silencio de esta casa que ya es de nadie; que ya es leyenda. 

miércoles, 14 de julio de 2010

Cerrar la boca

Este no tener nada que decir es peligroso: puede ser un conducto obstruido del desagüe interno, un tapón de quietud de árboles que no dejan ver el bosque, o bien, sencillamente, el fiel reflejo de una época sobre la que muy poco cabe decir; escupir, como mucho, en todo caso. Aunque quizá la palabra peligroso sea excesiva. Digamos que es incómodo. Como saber que tienes que mear pero no acordarte, o no poder. El maestro José Hierro nos regaló, por supuesto sin pretenderlo, una sentencia que debería estar pegada en los espejos y en el mueble-bar de cualquier aprendiz de plumilla: “Cuando no tengo nada que decir, no lo digo”, aseveró; y añadió luego: “Pero cuando tengo algo que decir y no sé cómo decirlo, tampoco lo digo”.

Saber cómo decirlo, después de saber qué decir. Mis a veces precipitados impulsos adolescentes me llevarían a una larga digresión, a colmillo goteante, sobre cómo ciertos (o cientos) profesionales del ser y la nada son capaces de llenar páginas y páginas de inanidades, en verso y prosa, saltándose a la torera dicho consejo, ocultando con ello lo poco o nada que tienen que decir. Pero no iré por ahí. Simplemente, estoy de acuerdo en que más vale enmudecer cuando toca (que debería ser las más de las veces), y sobre todo cuando no sabe uno definir lo que le está tocando.

Cómo definir una tarde cualquiera de verano en que mi generación sigue languideciendo, ay, sigue muriendo, entre la desidia de lo que no se mueve y un futuro que no llega, entre los latigazos de un capataz invisible, la perplejidad necia de los que no sabían -no querían saber- lo que hacían, y la inercia de lo que no nos enseñaron a tiempo; por ejemplo, a fabricar cócteles molotov. Cómo acentuar el pensamiento y la certeza de ser una bestia agotando en círculos una jaula, hasta dejar de ser bestia, hasta ser la jaula misma, hasta ser el límite de uno mismo. De qué manera maldecir, escupir, conjurar esta infamia, este juego de tahúres del que somos juez y parte, y para el que nos vienen sutilmente preparando, palmadita en la espalda mientras te susurran al oído: o aprendes a jugar, chaval, o serás una ficha toda tu puta vida; en el mejor de los casos, convidado de piedra con propina que compre tu silencio.

Quiero pensar que existe una salida para todo esto, una puerta más allá del espejo que rompiera al abrirse todas las barajas, y que nos llevase a un tiempo fundacional en el que todo fuera posible. Pero tampoco para eso tengo respuestas. Mientras espero que la mariposa del Caos bata de mi lado, como todos, me limito a soñar, como todos, con una carretera hacia el sur que no se detiene, mientras arden a la espalda el tráfico y las oficinas. Sueño con no consentir que nadie me diga nunca lo que tengo que hacer, y con que me crezcan hojas de hierba en el bolsillo con las que pudiera pagar la amistad, el alquiler y la penúltima. Sueño con salir corriendo. Sueño con una plaza, un aljibe, una siesta a media voz y un cuerpo como un mapa que indicase todos los caminos. Pero también para eso me falta definición, me falta temperatura; y afuera es verano, y es norte, y llueve.

Por eso, por no saber cómo decirlo, hubiera sido mejor aplicarme el cuento. No escribir una sola línea, seguir fumando en la ventana, y cerrar la boca. 



lunes, 31 de mayo de 2010

El ejemplo se llama Luis*


Porque la muerte no interrumpe nada: aquí está todavía, aquí sigue, aquí alumbra aún su casa encendida.

Hoy hace cien años exactos que vio la luz de Granada uno de los hombres más esenciales, más puros en lo puro, más buenos en el único sentido de la palabra bueno, que la ingrata España haya dado nunca. Se llamaba, y le seguimos llamando a este lado de la vida, Luis Rosales. Es uno de los ejemplos más diáfanos de cómo una conducta moral puede abrirse paso por entre la sangre, los escombros, las infamias y los errores de su siglo, para seguir reuniendo las pocas migajas posibles de inocencia, para poder sobrevivir con dignidad en medio de la nada más atroz. Es uno de los ejemplos más pavorosos de cómo un crío de veintiséis años puede ver derrumbarse los cimientos de su vida, ver caer asesinada su inocencia, ver caer asesinados a sus dos mejores amigos, ver caer a su país hasta convertirse en una gigantesca orgía de caínes y fanáticos, y a pesar de ello seguir creyendo en el hombre, por más que el desengaño fuera ya su sombra tutelar: por todo esto, entre otras cosas, es también el autor de una de las poéticas más humanas, más auténticas, más insobornablemente nobles de toda la tradición de la lengua castellana.

Luis Rosales es el ejemplo vivísimo de cómo la fe del hombre en los hombres puede y debe devastar con un golpe de ola a lo más miserable de la política, y de la sociedad, y de la condición humana, para seguir braceando hasta alcanzar en un abrazo a todos los otros náufragos, los que tampoco nos equivocamos nunca en nada, sino en aquello que más queríamos: pero es también el ejemplo tangible, orgánico, inacabable, de que un artista puede y debe levantar un obelisco fraterno y lleno de sol que nos recuerde que allá lejos, después de las tinieblas, nos espera el faro.

Luis Rosales -lo sabe todo aquel que quiera saber- dio cobijo en su casa granadina, en aquel verano de 1936, a su amigo Federico García Lorca. Cuando un miserable indocumentado con ganas de figurar, siguiendo órdenes de otros miserables carniceros, se llevó a su amigo de aquella casa, Luis Rosales -falangista, sí: casi un adolescente que no sabía lo que suponía o iba a suponer ser falangista- se jugó su vida para salvar la de su amigo. Pero no pudo. Desde entonces, y hasta su muerte, Luis Rosales hubo de vivir con el fantasma de aquel crimen para siempre, de aquel acontecimiento que difuminaría su alegría para siempre, y también con la calumnia de quienes (por motivos tan insondables como los de las serpientes) le injuriarían para siempre, culpándole de la muerte de su compañero de vino y versos. Hasta prácticamente antes de ayer.

Pero no pudieron, no pudieron con él. No pudieron con el hombre, y tampoco con el escritor. Aquella angustia estupefacta de 1936, cuando también fue asesinado su compadre Joaquín Amigo -éste en manos contrarias-, y todo lo que vino luego, se quedaría agazapado en sus entrañas y en su conciencia como los perros que ladran puntuales en las pesadillas, pero Luis Rosales supo esperar. Siempre supo. Machadiano como era, sabio como era, siempre supo esperar: para escribir sus libros, para mirar despacio a los seres que amaba, para conversar con la vida sin levantar jamás la voz. No pudieron con él, entonces, antes de ayer, y no pueden hoy tampoco. No pudieron con su fe más profunda en la vida, y no pudieron evitar que se abrazara, metódico, al último rescoldo de inocencia que pudo salvar del feroz incendio, y erigiera con él una de las obras más emocionantes que hoy podamos disfrutar los nietos más en guardia de esta democracia amnésica, tan llena de grietas, tan falta de sobremesa tranquila y conversación.

No pudieron con él, y aquí sigue, encendiéndonos la casa -a oscuras tantas veces- del corazón. Aquí sigue la casa fraterna de su poesía: para seguir alumbrándonos la conciencia, para decirnos que no tengamos prisa, para hacer enrojecer de vergüenza a las hienas con corbata del telediario y quizás -por pedir que no quede- para que algunos versificadores modernísimos dejen de descubrir el mediterráneo todos los días, y se enteren, antes de nada, de que lo vivo era lo junto. Lo escribió este chaval del que hablo. Se llama Luis Rosales, hoy cumple cien años, y todos los aprendices de poeta, y de ser humano, deberíamos llamarle maestro.


*: Texto incluido en el número 119 de la revista 'República de las Letras' de la Asociación Colegial de Escritores de España, 'Centenario de Luis Rosales'


viernes, 14 de mayo de 2010

Ese entrañable viejecito

Es tu vecino, o el compañero de tute de tu abuelo, o el averiado y entrañable desconocido al que cedes amablemente el asiento en el metro. Es ese señor mayor al que tu bienintencionada madre te ha enseñado a respetar, a no quitar el bastón cuando se descuida, a no sacarle la lengua, zumbón, cuando se le cae la dentadura en la sala de espera del médico. Es ese viejo conocido de tu familia, o el ancianito al que siempre has visto dar de comer a las palomas en el parque, o el amadísimo párroco de tu barrio. Lo mismo, hasta es de tu propia sangre, y se comporta como un sólido y cariñoso patriarca cuando os juntáis todos en su casa del barrio de Salamanca, y saca a bailar a su mujer -qué gracioso, el abuelo-, y os da generosas propinas para que salgáis solventes con vuestras amiguitas los sábados por la tarde. Es el venerable caballero, ya retirado de la judicatura; es el educado señor que siempre dice buenas tardes y pregunta por la familia; es el viejo cumplidor que compra el pan y lleva al nieto al colegio, cómo vamos, don Fulano, pues tirando, hija, tirando. Es tan amable, tan cortés, tan inofensivo bajo sus cataratas y sus ciáticas y sus próstatas, es tan vulnerable el hombre que hasta te entran ganas de darle tú el caramelo y revolverle el pelo, así, como si fuera un crío. Es tan recto dentro de su curvatura, tan tierno en su decadencia, tan transparentemente noble en su domingo de canas, bastón gastado y ABC, que no queda menos que atribuirle un pasado heroico, austero, de ciudadano honorable que jamás ha molestado a una hormiga. Es tan así, tan humano, tan de aquí, tan de nuestro, que quién le negaría una ayuda para cruzar la calle, una reverencia cuando te lo cruzas, una mirada amiga, íntima, solidaria, cuando se hace la picha un lío con las bolsas, o blasfema en voz baja en el bar con su cigarrito, o te mira perplejo cuando estás con tus amigos en la barra haciendo el gamberro, hay que ver, los jóvenes de ahora, cómo sois. Es tan clásico, tan fiel a la norma, tan coherente con el paisaje, que te cabreas cuando alguien le falta al respeto, o le bajan la pensión, o le dicen quítese de en medio, vejestorio. Es tan cándido que hasta da lástima, a veces, tan dócil que produce pudor, tan elemental que inspira justicia.

Lo has visto durante toda tu vida, en muchos sitios, en muchos rostros, en muchos bares, en muchas boinas de fiestas de guardar y de coñac. Es un anciano de España como dios manda, un viejo español de esta España mía, esta España nuestra de toda la vida. Es él, lo conoces perfectamente: ese viejecito entrañable. Tú y yo no sabemos que, a lo mejor, mandó fusilar o fusiló él mismo a unas cuantas decenas de seres humanos contra la tapia de un cementerio. Tú y yo no sabemos, porque no lo pone en su DNI, que, a lo mejor, depredó durante décadas a cientos de infantes bajo la impunidad de la sotana. Tú y yo no sabemos, no podemos saber que, a lo mejor, quién sabe, es un criminal, porque jamás nadie le pidió cuentas, ni le juzgaron, ni por supuesto a nadie se le pasó nunca tal idea por la cabeza. Está tan convencido de ser buena gente, de haber cumplido con su deber, de ser sólo un pobreviejitopordiós, que por eso a ti y a mí nos parece tan recto, tan honesto, tan profundamente honorable.

Ese entrañable viejecito del que hablo es quizá, y seguirá siendo hasta que muera en la cama, rodeado de su prole, una inequívoca y soberana bestia. Pero como tú y yo no lo sabemos, no podemos saberlo -ay, el pobre viejito-, le cedemos el asiento en el metro, le tratamos con piedad y misericordia, y le llamamos (por respeto) de usted.



lunes, 19 de abril de 2010

Sobre héroes y tumbas

Abril en el balcón, con mi café solo y mi tabaco. Hoy quería decir que ayer, 18 de abril, estuve en el cementerio parisino de Montparnasse. Buscando la tumba de ese crío que murió de pena tres días antes de hace setenta y dos años, en París con aguacero y cuando el mundo entero lloraba sangre de rodillas. Pero este fin de semana París no era lluvia, ni humo, ni polvo, sino una fiesta de guitarras y niñas en minifalda en el Pont des Arts, y el cementerio una ciudad de soles, un templo limpio y soleado custodiado por los pájaros del mediodía. Iba con la determinación de abrazar, de llevar tabaco, de conversar un rato sobre la piedra con el fantasma del arcángel tutelar de la poesía, con el hermanito mendigo César Vallejo. Preguntarle cómo pasan los días, ahí en la Muerte. Preguntarle si consiguió finalmente volver a España entre la tierra.

El caso es que, de manera perversa, mi tontuna intrínseca y la ambigüedad del plano de la entrada (un panel en el que puede uno consultar dónde viven ahora muchos personajes ilustres, de Sartre a Cortázar) se aliaron para casi provocarme una úlcera. Quiero decir que me equivoqué (o me equivocaron) de ‘avenida’ y de ‘distrito’, y estuve buscando a César durante más de media hora, entre mil casas muy alejadas de la suya. Dónde estás, me decía, dónde paras. De un mausoleo a otro. De un nombre a muchos juntos. Saltando con la vista alternativamente de lápidas historiadas a piedras humildes en las que apenas podía leerse ya nombre alguno. Andando por calles de muertos y sin que ninguno me diese referencia alguna, por más que les preguntase. La niña (treintañera y libertaria) que me esperaba en un banco al sol, leyendo El País, levantaba de vez en cuando la cabeza, con retranca, como diciendo qué he hecho yo para merecer esto. Y yo, maldiciendo entre dientes, andaba a escasos minutos de asesinar a alguien (un muerto más, pensaba, qué más dará). Pero no me consentí rendirme a la frustración. Como salga de aquí sin encontrarlo, me decía, me tiro al Sena con una piedra atada al pie. Así que volví a la entrada, consulté de nuevo el plano, regresé, y constaté que la ‘avenida’ donde figuraba el lugar no era tal, sino un camino de tierra que uno pasa de largo si no está bien atento.

Avancé por el camino. Ya por mero impulso, por instinto (el mapa seguía tocándome las narices), avancé más por donde el camino se interrumpía y sólo se podía andar entre tumbas muy pegadas unas a otras. Supe que había llegado cuando, apenas unos metros más allá, vislumbré un inmenso ramo de rosas rojas en un jarrón que parecía presidirlo todo, rodeado éste de folios impresos sujetos con pequeñas piedras. Las ofrendas no dejaban ver el nombre, pero en la parte inferior derecha, al pie de la lápida, podía leerse, como escrito ayer: 1892 – 1938.


No quiso decirme mucho. Andaba cavilante, con su mirada de bronce inca mirando a no sé dónde, pero aun así alegre: Mire -me dijo, señalando el inmenso ramo de rosas, como una hoguera-, es un regalo de mis hermanos del Perú. Se quedó en silencio un momento. Luego añadió: Y también me trajeron versos, ya casi me olvidaba… (“… Los mendigos pelean por España, / mendigando en París, en Roma, en Praga / y mendigando así, con mano gótica, rogante… )… Como el otro día fue jueves…

Pregunté a César entonces por la Muerte, alargándole un cigarro. Cómo va? Uno hace lo que puede, respondió. A veces, dijo, tengo hambre. Y frío. Pero no mucho más que al otro lado, señor, no se crea, añadió, con media sonrisa, con pudor, expulsando el humo. Le pregunté por el amor allá en la Muerte, y me dijo que lo de Quevedo era verdad, pero quizás, yo no sé, exageró un poquito. Le pregunté, contrariado, por la inscripción de su lápida, escrita en francés (“Aquí yace César Vallejo, quien deseó reposar en este cementerio”), y me dijo, con la mirada baja, algo cómplice, bueno, ya sabe usted, estos franceses. Restallaba el sol en su perfil, esbozándole amable los rasgos. Aniñándolo, como sentado con su hermano en el poyo de su casa en Santiago. Nos quedamos un rato en silencio, fumando sólo, escrutándonos los ojos de vez en cuando.

Quise saber entonces si por casualidad se había cruzado en la Muerte con alguno de mis familiares. Se los describí, le di algunas señas. Lo siento, señor, me dijo, con una dignidad en la voz que no pudo esconder sin embargo la tristeza filtrándose por entre las grietas. Ya sabe que yo no pude volver a España. Avergonzado, quise cambiar de tema, pero me sonrió, muy tranquilo; me dijo: no se preocupe. Y al instante quiso saber él de España. Cómo estaba la madre España que él tanto quería. Amigos cercanos le habían contado que se perdió la guerra, pero que en el piadoso Tiempo de la vida -mucho más llevadero que el de la Muerte- el dictador llevaba ya décadas muerto (en el infierno, por más señas, y según Neruda con “un agonizante río / de ojos cortados / mirándole sin término”), que había democracia, que todos los niños podían ir a la escuela y que muy pocos lloraban ya de hambre, desvelados. Me miraba en fondo, casi con ilusión, con un destello lejanísimo en sus ojos de piedra. Le dije claro, Capitán. Asentí varias veces, dando caladas nerviosas al cigarro. Claro que sí, repetí, cabizbajo. Le dije, a cada venia: todo está bien, todo está muy bien...

Nos despedimos, fugazmente (ya nos veremos, amigo), y le dejé otro cigarro más, por si luego quería. Volví al camino de tierra, pero seguí maldiciendo hasta la salida, lleno de rabia, como antes por no encontrarle. No pude decirle lo que venía ayer en el periódico. No quise contarle ninguna historia sobre fascistas, memoria, jueces y democracia. No quise estropearle aquella mañana de sol en Montparnasse. Me avergonzaba demasiado decirle a César Vallejo que, en abril de 2010, setenta años después del Aguacero, España sigue siendo un inmenso cementerio en que los lobos no dejan a los niños encontrar las tumbas de sus abuelos. Que la madre España cayó -y no es un decir- y los niños del mundo la seguimos buscando.

martes, 23 de marzo de 2010

Los acordes de la tribu

Yo tendría dos, tres años. Y un balcón azul hacia una plaza con farolas al anochecer. Y una atmósfera que no se me ha ido de la piel desde entonces, y una voz que parecía venir desde más allá de los tejados de mi pueblo, susurrando que han vertido en ti cien pueblos, / de Algeciras a Estambul, / para que pintes de azul / tus largas noches de invierno. Yo tendría dos, tres años, y estoy seguro de que el recuerdo no es una invención o una treta dulce de la memoria, un recuerdo inventado. Yo sé que es real: el recuerdo más antiguo que guardo. Y de aquellos polvos, estos lodos.

También tengo plena conciencia de otro, algo más tardío pero exactamente igual de nítido: el salón de otra casa del mismo pueblo, sólo un par de años más tarde. Entonces tendría cinco, seis años, y desde el recién comprado equipo de música otra voz cantaba la canción más triste que yo había oído jamás, arañando la espina dorsal de una emoción que no se iría nunca: Y cuando en la pizarra / pasa lista el profe de latín, / lágrimas de desamor / ruedan por la página de un bloc, / y en él escribe: / ¿Quién me ha robado el mes de abril? / ¿Cómo pudo sucederme a mí?... Y de aquellos lodos, este barro.

La canción de autor es un destino. Quiero decir: en mi caso, tuve la grandísima suerte de tener uno de esos padres canónicos, cultos y rojos como dios manda, que oían a Paco Ibáñez en los años de miedo y futuro de la Transición española y que se enamoraban adolescentes con pantalones de pana gritando a galopar, a galopar. Hasta enterrarlos en el mar. Yo tuve esa suerte, como tantos hermanos de mi quinta. Pero repito: la canción de autor es un destino; algo fatal, en el sentido clásico del término. Porque todos aquellos que sienten fervor por la poesía del idioma (y no me refiero sólo, desde luego, a los lectores de poesía, sino a los que aman o tientan la poesía, simplemente) acaban tarde o temprano cayendo en el hechizo de la poesía cantada, que es, en mi modesta opinión, el arte mayor al que pueden aspirar las tribulaciones, los sueños y las penas de la especie humana. Y antes de que cualquier vertiginoso me tache de fliperas, de elitista o de estar pasándome cinco pueblos, le invito a echar un ojo a la antropología o a la historia de la lírica, y a comprobar cómo todos los pueblos de la tierra, desde sus orígenes, han compuesto espontáneamente cantos con los que dar cobijo a sus pasiones, aquellas que nos acompañan desde la caverna. (El nicaragüense Ernesto Cardenal tiene sobre el tema un libro bellísimo: Antología de la poesía primitiva, reeditado hace poco por Alianza).

Es a esto, precisamente, a lo que me refiero: nuestros ancestros se reunían en torno al fuego, en las noches lentas del verano o en las noches de frío en que acechaban las bestias, y en torno a ese fuego los más viejos contaban los mitos que cifraban la reunión, y en torno a los miedos, los anhelos, los pesares y las esperanzas de todos ellos (el amor y la muerte, siempre el amor y la muerte) acababa abriéndose paso una voz que componía, quizás sin darse cuenta, una oración que acababa siendo poema: un poema que, misteriosamente, acababa cobrando ritmo para acabar siendo una canción. Y, así, las palabras de la tribu desembocaron en lo que venimos disfrutando, desde los juglares hasta ahora: los acordes de la tribu.

Pero no me quiero poner académico; entre otras cosas, porque ni estoy a la altura, ni era lo que pretendía al escribir estas líneas (ni, por supuesto, hacer creer que reduzco la historia de la música popular a Cohen, Aznavour y Sabina). Sólo quería, como siempre, ajustar cuentas. Decir unas cuantas cosas que hacía mucho tiempo que quería decir, aunque aquí no caben. Soltar un par de monedas a cuenta de esa deuda infinita que guardo desde que tengo uso de razón con una manera de decir las cosas, con unos cuantos nombres y unos centenares de canciones -cada vez más- que me han venido abrigando y embriagando, depende de las circunstancias, cuando me ha sido preciso reír o llorar, fumar en silencio en el rincón aquel o desenvainar la copa del delirio y la aventura.

Aquí no caben, y además me he pasado ya más de un folio. De modo que dejaremos para la siguiente entrada todas esas cosas que llevo tiempo queriendo decir sobre la tristeza que es adrenalina y la alegría melancohólica, sobre los cojones de Serrat y el furor latinoamericano, sobre las dictaduras que prenden mechas y sobre las dictaduras de quienes ostentan el poder de Lo que hay que oír, sobre los hombres de traje gris y las niñas en minifalda, sobre el Libertad 8, la Bombonera, la esquina de enfrente, la cofradía (secta dentro de la tribu) que ama a algunos desconocidos íntimos (Ismael Serrano, Carlos Chaouen, Quique González, el colega Manuel Cuesta…) y la cuarta cuerda de mi Alhambra 3C que se me ha vuelto a joder, joder Miguel, qué te pasa, no estudias, no trabajas…




lunes, 8 de marzo de 2010

Lo que sea

Oír a Cohen en la oficina mientras se dice que sí que sí que sí pero se dice que No que No que No ceder el paso a las más feas llamar listas a las guapas tender la ropa del revés lavar la ropa en acuarela echar las cortinas si es de día abrir el balcón cuando es de noche estornudar en la misa cantar mientras se duerme mirar mirar mirar bien todo el día y toda la noche estudiar el vuelo de la mosca olvidar el dos por tres y el yo mi me si no es contigo colgar un cuadro en plena calle hablar de Vallejo con los perros contar un chiste con los ojos driblar a las señoras en la cola sacar la lengua a las corbatas decirle algo en el semáforo dile algo joder que se va dile algo qué más da hacer el pino en los desfiles llorar a chorros en la feria carnaval leer a Cortázar mientras hablan y hablan y hablan tiburones sacar la lengua al que te odia dar un abrazo al que te odia un beso de tornillo al que te odia dar tabaco a los mendigos pintar versos al mear llamar al camarero por su nombre reír beber reír robar mandarinas de la finca y coronas del jardín y salir pitando y partiéndote de risa beber reír beber follar en el confesionario hacer el amor en el baño del tren follar como lobos en la playa a pleno día qué le parece señora besar besar besar contarle un secreto al desconocido del ascensor que no te mira silbar cuando te dicen oigaustéaquíahora trepar a la ventana en antifaz esperar toda la noche si es preciso trepar por la escalera tirar el antifaz correr como un cabrón correr correr correr no te detengas saltar regar las plantas con vino verde apurar el vino verde tirar al mar atardecer ámbar en un castillo añil del sur caliente el vino verde con mensaje en la botella y un adiós huir coger trenes y regresar coger aviones pero no volver regresar regresar orar cabizbajo cuando los demás no saben saludar emocionado lo que no ven saber sin saber lo que se sabe que hay en la sombra que no se sabe pero está sentir cabalgar anochecer reír sentir reír cabalgar invitar a la fiesta a los viejos hablar a Lorca con los niños afinar la guitarra otra vez ponernos cuerdas otra vez templar la vida otra vez besar correr lamer saltar el antifaz la botella la ventana el jazmín besar reír besar beber fumar morder saltar huir quemar doler beber besar llorar lo que sea lo que sea loquesea con tal

de no ser como ellos


(Ilustración: 'Bufón', de Michelle Jones)

jueves, 25 de febrero de 2010

Estupidez

Si la inteligencia es adaptación al medio, por qué a algunos, que no somos del todo idiotas, nos cuesta tanto tantas veces adaptarnos? Si la gente lo hace a diario, toda esa gente que a algunos (los que tampoco escapamos a veces de la soberbia) nos puede parecer elemental, por qué no nosotros, los que creemos haber leído tantos libros? Es como para pensárselo. Para pensárselo mucho. Si la supervivencia, al cabo, no es más que eso, la capacidad de resolver los problemas inevitables que más pronto que tarde se te echan encima, sortear las piedras del camino (y siempre, siempre hay piedras en el camino); si esto es cierto, los más listos deben ser aquellos más dotados para apartar a manotazos la angustia, la desidia, el terror, como si fueran moscas; aquellos que ven oportunidades donde los demás vemos sombras, y que son capaces de sentarse, trazar a tiempo una hoja de ruta, gramática o galimatías, y señalar un punto exacto del bosque: por allí. (A los demás, supongo, los árboles no nos dejaban ver el bosque).

Esa lucidez tendrá muchas maneras. Por ejemplo, la de esos héroes insobornables que saben componer una mueca socarrona cuando allá a lo lejos se acerca el nublao (Heroísmo: elegancia bajo presión, que dijo alguien). En mi caso, todo esto es más sangrante si cabe cuando precisamente crecí observando a verdaderos virtuosos en el arte de sonreír ante los lobos; gente que, por cierto, no tuvo tiempo de leer muchos libros. Por eso, entre otras cosas, me ando preguntando en qué fallamos algunos, qué es lo que somos incapaces de aprender, en qué me equivoqué, cuándo. Sabe todo el mundo (o casi todo) que puede llegar la ventisca desde cualquier punto cardinal, en cualquier momento. Pero existen los que no se detienen un instante, los que saben evitar la emboscada, los que siempre saben -qué suerte- lo que tienen que hacer; y también los que tantas veces nos abismamos en el borde del camino, absortos en el canto miserable de ese pájaro de mal agüero que parece presidirlo todo. Te dicen, con buena fe, te preguntan: cómo puedes darle a eso tantas vueltas? Parecen a punto de añadir, o añaden directamente: qué sentido tiene? Y uno sólo alcanza a encogerse de hombros (no hay mucho que explicar, y muchas veces no hay nada que explicar) y a mirar a los ojos. Qui potest capere, capiat. Quien pueda entender, que entienda.

Lo peor es que cuando hablo de lobos, de emboscadas, de problemas, puedo referirme a muchas cosas. Sé perfectamente lo que es un problema de verdad, lo he visto. Y sin embargo hay cosas que ni remotamente se acercan a eso y que consiguen que a algunos se nos pare el reloj interno, aunque sean cinco minutos, un instante, o un día entero. Es el precio a pagar por ser tan consciente del hueco en sombra de la escalera, me respondo íntimamente, para justificarlo; es una pérdida de tiempo, me responden ésos que tienen muy claro lo que merece un segundo de atención y lo que no. Y probablemente tengan razón. Si la inteligencia es adaptación al medio, supongo que el mayor estadio es ser feliz en ese medio. Casos de encefalograma plano aparte, puede que los felices sean aquéllos que consiguen exprimir la vida hasta lo último, no dejar ni gota: no perder el tiempo, en fin. Estamos algunos muy tentados a pensar que la felicidad no es el destino de los inteligentes (“la tristeza siempre ha gozado / de un raro y comunal prestigio”), y a lo mejor es exactamente lo contrario. A lo mejor somos los tontos los que nos dejamos acuchillar por un remordimiento, una palabra con espinas, un espejo, una tarde muy a solas. Tontos y pueriles y señoritos y maleducados: pues cómo somos capaces de consentirlo, con la que está cayendo en el resto del planeta.

Si es así, ruego que alguien me explique cómo evitarlo. A lo mejor debería avergonzarme de todas las cosas tristes que he escrito durante años, por ser la prueba testifical de mi estupidez. A lo mejor soy gilipollas y nadie me lo ha querido decir nunca en serio: por pudor, por vergüenza, por lástima.


miércoles, 10 de febrero de 2010

Vanitas vanitatis...

Y todo es vanidad, señora. Aunque en este caso no, no todo: en este caso todo, o casi todo, es gratitud. Casi todo fue un saludo muy de lejos, el saldo de una deuda muy vieja, y sentirme en casa con desconocidos íntimos que ahora son amigos. (Quizás otro día explique aquí el significado real de la palabra premio). Todo fue emoción y mediodía. Y como sé que también pasáis por aquí, de vez en cuando, algunos desconocidos íntimos, aquí os dejo un resumen que me pidieron a vuelapluma esos otros amigos u colegas periodistos (lo que dije en voz alta se olvidó, cosa que la pierna que me temblaba y yo agradecemos infinitamente)

Todo es vanidad; pero cabe preguntarse si no será otra de las mil formas de arrebujarnos en torno a la vieja hoguera, quitarnos el frío, y arrancar a la vida otra brizna de inocencia con aquellos que nos hacen más amable el viaje, y lo justifican

Barcarola es un territorio, una bandera, “una niña de treinta años” -señor Bravo dixit- y un poema de Neruda en el que algún fantasma redobla azules con ecos de naufragio. Barcarola es una familia, y ‘La edad del mediodía’ es otra familia, la mía. Que la familia y los fantasmas que habitan en mi poemario pasen a formar parte de la herencia de este premio, de su revista necesaria, de su casa, ha sido un orgullo y un blasón para este adultescente que escribió mucho a solas, muchas tardes, soñando con acercar un poco de calor a sus fantasmas. Ni en el delirium tremens más insensato hubiera osado imaginar tan alto honor, cuando hace dos inviernos me sentaba ante aquella ventana, a la luz de otro siglo, a levantar mi bandera y limpiar de sombras el territorio de mi infancia; ésta que dura toda la vida, capitán Félix Grande. Cualquier gratitud es poca para honrar que lectores tales hayan escuchado con ternura esta historia de soles y alfileres, esta leyenda humilde de niños ya tan viejos. Por eso me gusta aún más esta familia Barcarola, esta niña treintañera y libertaria que me ha guiñado el ojo izquierdo. Me gusta mucho esta niña. Estoy muy orgulloso, muy feliz, de que mis fantasmas se queden a habitar, también, su casa.

sábado, 16 de enero de 2010

Vergüenza de lo posible

Hay días en los que uno se siente un absoluto miserable: el único mecanismo, sospecho, para no sentir vergüenza. Propia y ajena. La propia tiene que ver con permitirte estar triste mientras el mundo, en alguna parte, y literalmente, se derrumba. Con permitirte siquiera un resquicio de amargura al contemplar un día blanco en la ventana, o un fantasma en el plato a la hora de comer, o una foto que creías perdida y que te abrasa de repente en la cara como metralla. Ah, qué chocante, mira, precisamente a eso me refiero: a permitirse uno utilizar en una metáfora infame, cursi incluso, la palabra ‘metralla’. Y yo qué coño sé lo que será tener la cara real y crudamente llena de metralla. Qué coño sé.

La otra, la vergüenza ajena, tiene que ver con cosas más o menos defendibles, unas más comprensibles que otras. Por ejemplo, que la peña diga que estamos en el Siglo Veintiuno, así, con muchas mayúsculas. Y que además se lo crean. O que diariamente se muevan y se hable de miles de millones de dólares, o de euros, o de doblones del tío Gilito, sin que ninguno sepamos y muy pocos se pregunten Cómo Cojones Es Posible que todo parezca un inmenso y asqueroso Monopoly a escala planetaria sobre el cual la escandalosa mayoría no tengamos nada que decir. O que ciertos reverendísimos cabrones que juegan con el tablero mundial igual que mis colegas y yo jugábamos al Risk te digan, mirándote a los ojos en la tele, no sé si con más estupidez que cinismo o con menos ignorancia que impudor, que se está haciendo “todo lo posible”. Todo lo posible, dicen. Repetiré las tres palabras, por si se ha leído a la ligera: todo-lo-posible.

Ah, pero lo mismo tienen razón. Sólo que no lo dicen en el mismo sentido en que yo lo entiendo. Hacen todo lo posible, sí, porque en este mundo de telerealidad, de plasma de hiperdefinición para no perder un solo brillo de sangre y mierda, de imbéciles por doquier, de analfabetos arriba y analfabetos abajo, esto es, aun a día de hoy, “todo lo posible” que se puede hacer. Dicen que estamos en el siglo XXI, pero es mentira: sólo sacamos medio palmo al mono y cuatro pasos a la caverna. Llamadme iluso, fliperas, idealista -ese insulto posmoderno- o ignorante; preguntadme cómo carajo me pregunto estas cosas trabajando como trabajo cada día bien cerca de la escoria con corbata. Pero es que, sinceramente, no entiendo nada. Y sé cada vez más de cada vez menos. Sé, por ejemplo, que si aprieto ese botón es posible que se encienda la luz; donde no se ve un pijo, tachán, se puede ver todo clarinete. Sé, por ejemplo, que los griegos inventaron la democracia hace tres mil años para poder sentarnos y conversar en la plaza pública sin degollarnos al grito de “es que en mi casa jugamos así”: y es posible, ha sido posible, muchas veces. Sé, así, a botepronto, que si aprieto esa tecla hablaré con gente a dos mil kilómetros, que si quiero una ducha viene a mí el agua, que si quiero fuego hay cerillas. También sé que nieva y vive gente en la calle, que el pan vale dinero, que a cada minuto muere un crío, que el dinero vale dinero, que yo cojo aviones, que el dinero vale mucho dinero, que Dick Cheney y Donald Rumsfeld y Simio Bush Junior jamás pisarán una cárcel, y que a Lorca lo asesinaron, a Víctor Jara le cortaron las manos, mi bisabuelo pisó varias cárceles por hablar mucho y Cesitar Vallejo respondió en París, cuando un gendarme le levantó del banco en que dormía para preguntarle de dónde es usted, escoria: “De Santiago de Chuco, señor”.

Como veis, no es mucho lo que sé, y me faltan datos y talento para explicar exactamente lo que quiero decir. En fin. Que estamos en el Siglo Veintiuno, y dentro de este anuncio de Axe en el que todos follamos tanto y todas las tías están tan buenas hay veces, fíjate, que la Naturaleza -esta mayúscula no es sarcasmo- dice a tomar por culo la bicicleta, y con un soplo subterráneo te hunde los cimientos de todo un país. Es lo normal, son las reglas (consultar al
capitán Reverte), por mucho que no lo asumamos y estemos convencidísimos de ser Dorian Gray. Es lo normal, sucede. Lo que no es tan normal ya, lo que ya no es lógico siquiera, lo que no puedo creer que sea posible, es que, tres días después del terremoto más salvaje que se recuerda en siglos en Haití, toda esa gente aún ande preguntándose Cuándo vamos a ir a ayudarles. Ya hay enterradas más de 40.000 personas: más o menos el mismo número de vecinos que tiene mi pueblo natal: como si ya nadie de mi pueblo existiera (échale huevos e imagínatelo). Las estimaciones apuntan a que los muertos totales puede llegar a ser 200.000: la ciudad de Sabadell o la de Elche, enteras.

Han pasado más o menos 72 horas desde que el Caos, viejo conocido en uno de los países más desafortunados del mundo, azotado por el hambre y la desesperación y la violencia -que ésa es otra-, batió sus alas otra puta vez en el mismo sitio. Allí aún andan preguntándose Dónde estamos (nosotros: yo, tú, él) mientras buscan entre los escombros a los fantasmas que queden vivos. Yo, desde mi sofá y mi lámpara, desde mi ordenador y mi sueño en el mismo planeta, y a la vez en otra galaxia muy distinta, me pregunto en qué siglo estoy; garabateo correcciones, miro el reloj -debería dormir ya-, y me pregunto otra vez, antes de apagar la calefacción, Cómo Cojones es Posible. También termino de escribir esto: el único mecanismo, sospecho, para no sentir tanta vergüenza.

Quise haber sido mucho más escueto, ahorrarme esta sarta de despropósitos y remitirme, simplemente, a las estremecedoras y perfectas crónicas de
don Pablo Ordaz desde el lugar de autos: cuenta mucho mejor lo que yo quisiera contar, y desde el sitio donde hay que contarlo.

Me temo que hay días en los que sí es necesario pedir disculpas por vivir.

viernes, 1 de enero de 2010

(pero

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no olvido. Porque no soy un asesino: no olvido. Porque siempre, siempre habrá una vela encendida. Con calma, con la pena justa, con gratitud; porque todo lo que tú sabes: yo
no olvido