miércoles, 24 de noviembre de 2010

'Cárnivale'

Ahí enfrente, en uno de los apartamentos visibles desde la ventana ésta en la que ahora vivo, habita un anciano que me ha estado inquietando durante semanas; casi desde el primer momento en que reparé en él.

Aunque no soy exactamente preciso: en realidad no es él lo que me llamaba tanto la atención. Porque en realidad se trata de un viejo como cualquier otro, supongo. Desde aquí, con una calle de por medio, de ventana a ventana en mirada oblicua y desde mi cuarto piso a su tercero, apenas pueden distinguirse sus rasgos. Quizás tirando a moreno, aunque con el pelo ya de nieve, se podría intuir que fue apuesto, hace años, y que tal vez lo sigue siendo. No puedo saber si es alto o bajo porque jamás le he visto de pie, sino sentado tras un escritorio, y fumando, siempre fumando, como un carretero. Precisamente por este ritual llegué a fijarme en él: acercándome a fumar a la ventana y buscando cualquier sitio en que poner los ojos, en estos días inciertos y sin rumbo en los que uno se pregunta adónde emigró la suerte. Al principio de manera accidental, luego con creciente interés, empecé a mirar hacia allí: generalmente a media tarde, o entrada ya la mañana, ahí estaba, fumando siempre, el viejo, un cigarro detrás de otro; siempre tras la mesa del escritorio y siempre hablando con alguien sentado frente a él, absortos en una conversación indescifrable. Será alguien que va a hacerle compañía, pensé al principio. O será el notario, y lo está dejando todo atado y bien atado. Puede que le esté dictando sus memorias a algún plumilla voluntarioso, o que le esté cantando a su hijo las cuarenta -día sí y día también-, o yo qué sé. Tampoco presté al asunto demasiada atención. Mi interés duraba lo que duraban las caladas (las mías). Hasta que me di cuenta, un día, de que quien se sentaba frente a él era siempre alguien distinto.

Será que tiene mucha familia, pensé entonces. Pero qué clase de patriarca atiende a su prole así, uno detrás de otro y detrás de una mesa, como si en vez de hablar de la próstata estuvieran buscando la coartada para el asesinato del primo Ludovico. Lo mismo es el Padrino del barrio, pensé entonces; pero el aspecto de su despacho (desnudo, sin más muebles que la mesa y las dos sillas), amén del hecho de tener siempre las cortinas abiertas, en franco descubierto, me hicieron descartar la idea. Me fijé además en que nunca hay luz por la noche, de modo que tendría que ser su lugar de trabajo. Será médico, aventuré, y estará pasando consulta; pero a ver qué clase de médico se fuma un cartón de Ducados -o de lo que fumen los viejos de aquí- mientras (ahora sí) diserta sobre próstatas, pleuras o politraumatismos genitales (‘House’ es una serie, Miguelico, ‘House’ no es real, ‘House’ es ficción, me tuve que repetir en voz baja, varias veces). Vale, vale, está bien: entonces será picapleitos, asesor fiscal, abogado matrimonialista, no sé, algo así… Pero tampoco, porque digo yo que entonces tendría la sala atestada de tochos romanos y la mesa llena de papeles, y sin embargo lo único que sostiene la mesa es algo que no puedo llegar a vislumbrar desde aquí, algo pequeño que el viejo apenas toca de vez en cuando aprovechando sus infinitos viajes al cenicero. Ya está, pensé, ya lo tengo: cómo es posible que no cayera antes en la cuenta. Pensé, casi como una revelación: es psicólogo. El viejo es un psicólogo huraño, heterodoxo y bucanero que pasa consulta en ese piso destartalado porque los alquileres no están para bromas, y que fuma mientras pasa consulta porque le sale de los huevos, que para eso es suya, y… Iba a seguir, pero la euforia se desvaneció al preguntarme qué clase de terapia es ésa, en la que es el loquero el que no para de hablar y el paciente (pobre incomunicado, al cabo: pobre enfermo de incomunicación) el que escucha. (‘En terapia’ es otra serie, Miguelico, otra serie…).  

Fue, ya digo, mi misterio cotidiano durante semanas. Semanas de incertidumbre, por lo demás, para qué repetirlo. Semanas éstas de encallar en la misma playa gris del mismo día, esperando alguna vela amiga en el horizonte, algún color distinto, luces de rescate, algo que cambie el viento, algo…: nada. Nada. A veces la ventana de cualquier ciudad no es más que el punto más alto que uno busca en su isla para otear lo que viene desde allí lejos, o no viene. Y entonces se pone uno a fumar allí, a mirar por allí, como si por mucho mirar se invocase a la suerte, como si la clave, el enigma, el conjuro que rompa la maldición fuera a emerger antes por mirar tanto hacia allí lejos. No sucede; pero a veces, afortunadamente, se dan treguas que hacen la espera más soportable. Algún baile de ron y risas en torno a la hoguera; algún mensaje en una botella encontrado en la orilla; alguna piel de sol que detiene el tiempo hasta el día siguiente.

…Y algún día más claro de lo normal en todas las ventanas. A pesar de la desidia, la desesperanza, el abandono, a veces hay días que amanecen más claros, que perfilan mejor los contornos y hacen el mundo más nítido. Y uno se siente raramente dispuesto otra vez a tener fe, a palparse el amuleto, a habitar los ojos y dejar de auscultarse las catacumbas de la conciencia. Como el otro día. Estaba de nuevo en la ventana, fumando. Ya era noviembre, pero este Norte de ceniza se permitió esa mañana algunos azules del Sur, cierto aire de cristal que yo me sé. Miré al edificio de enfrente, como siempre, esperando encontrar al viejo en su conversación con alguien nuevo, tomando parte de un rito del que ya me sentía extrañamente partícipe, cómplice atento y sordo. La luz nueva y el frío más generoso habían permitido al anciano tener esta vez la ventana abierta. Por eso pudo esta vez girarse un momento desde su mesa, fugaz, en mitad de su monólogo, y cederme una mirada insondable por entre el humo de los dos que yo interpreté de viejo conocido.

Por eso, también, pude ver al fin lo que reposaba en su mesa: cartas. (Me froté los ojos). Cartas de baraja. (Se me cayó el cigarro de la boca). Cartas de feria y de destino colocadas bocabajo, que el viejo iba descubriendo poco a poco, muy despacio, una tras otra, tras otra. Tras otra. 

Lucha entre el Carnaval y la Cuaresma
(Bruegel el Viejo) 

4 comentarios:

malatesta dijo...

Excelente texto, Miguelton, me has tenido en vilo hasta el final, ja, ja.
Con la perra crisis no me extraña que el viejo tenga muchos clientes...

Bluma dijo...

Me has hecho recordar...


"-¿El Viejo de la Montaña Errante? -repitió subrayando cada palabra-. ¿Quieres decir que existe?

-¿Lo dudabas?

-Los ancianos de nuestros campamentos hablan de él a los niños muy pequeños cuando éstos son desobedientes o malos. Dicen que escribe en su libro todo lo que se hace y lo que no se hace, incluso lo que se piensa y se siente, y que entonces queda allí escrito para siempre como una historia hermosa o fea, según. Cuando yo era pequeño, también creía en eso, pero luego pensé que era sólo un cuento de viejas para asustar a los niños.

-¿Quién sabe -dijo ella sonriendo- si no tiene que ver con los cuentos de viejas?

-Entonces, ¿lo conoces? -quiso averiguar Atreyu-. ¿Lo has visto?

Ella negó con la cabeza.

-Si lo veo, será la primera vez que nos encontremos.

-Nuestros ancianos cuentan también -siguió diciendo Atreyu- que nunca puede saberse dónde se encuentra la montaña del Viejo, que éste aparece siempre inesperadamente, unas veces aquí y otras allá, y que sólo por casualidad o por un capricho del Destino se le puede encontrar.

-Sí -respondió la Emperatriz Infantil-. Al Viejo de la Montaña Errante no se le puede buscar. Sólo se le encuentra.

-¿También tú? -preguntó Atreyu.

-También yo -dijo ella.

-¿Y si no lo encuentras?

-Si existe, lo encontraré -repuso ella con una sonrisa enigmática- y si lo encuentro, existirá."

Miguelton dijo...

:)))

Anónimo dijo...

Suerte, virgen mujer que a veces te vas con cualquiera...

Sigue haciendo lo que haces. Continúa con este camino. Hay algo bueno que va a llegar a tus pies.

Acuérdate de ello siempre que decaiga el ánimo.

Trilce.