miércoles, 15 de febrero de 2017

Buscar casa




Pero todos estamos siempre buscando casa. (Dónde la casa, dónde la lumbre, dónde el rincón en que rendir los ojos, mecidos por el Tiempo de febrero, su cabaña del monte, al atardecer.)

Siempre estamos buscando casa; pero al encontrarla, al habitarla, seguimos aún buscando, la lumbre alerta de los ojos, tratando de descifrar al horizonte la otra casa que custodiarán los niños en la estrella primera del crepúsculo. (Nos traicionamos continuamente, sí, buscando la luz de más allá.)

Hoy se quisiera volver (¿adónde?), pero sé que cuando estuve allí, cuando era entonces, también velaba en la tarde, como ahora, acechando hacia aquel bosque otro candil. Todos buscamos volver a casa. Y en la espiral del Tiempo vuelve el corazón en vilo a habitarlas todas. Vienen comparsas de frío y de aire azul, de máscaras de sueño por la calle primera del invierno; pasan vísperas de sol bendiciendo la fragua primordial de mi Península, donde pudimos ser felices (donde lo fuimos, ¿recuerdas?, muchas veces); y un gato niño llora al otro lado de la pared ésta a mi espalda, llamándome todavía. (...pared, pared que callas, que no nombras, / que no avisas jamás de lo viene / y callas lo que vino y está siendo / a dentelladas sordas, sin que suene.) Se levanta un alud de ámbar en los párpados; se remansa. Y en un fulgor de lágrima puedo habitarme otra vez, a contraluz de una vida que sigue viviendo, ella sola, que no terminará de vivirse nunca, en aquella casa blanca de mejillas verdes y ojo azul y pájaros tutelares del verano. Donde supe del milagro. Donde aprendí a rezar.

Casas, también, en que dormir la culpa, oyendo el terrorífico sonido del mundo (algo había que hacer, había que hacerlo cuanto antes: ¿el qué?). Casas en las que esperaba a que llegaras; casas que no ibas a conocer nunca. Al cabalgar la carretera, entre la luna y el cofre ardiendo hacia poniente, de vuelta otra mil vez a la intemperie, entreveo en la llanura las casas sencillas de la gente que vive aún ese silencio, que supo bendecir su casa, que quizás sigue siendo feliz, todavía, muchas veces. Y quiero parar allí, quiero quedarme en su penumbra, mirar todo ese óleo, que anochezca. Qué es lo que buscamos siempre, buscando siempre tanta casa, siempre más allá, siempre ahí a lo lejos. Qué carnaval, qué fiesta sorda en el pasillo; qué noche deslumbrante de vestido de plata y cabellera de fuego y antifaz, esperando en el balcón que alumbra el río. Qué espejismo que redima; qué sortilegio que nos salve. “Aquí, en esta casa, aquí te amo”; “Yo sé qué luz habrá a esta hora / en cierta calle, en cierta casa, / en cierto jardín de génesis perdido / donde quedaron las ruinas de mi cáliz”; “Porque me habitas, porque tú me habitas, lejana, / y eres la voz, y el ciego fantasma centinela / que vela este secreto y su farsa cotidiana”; “Como sobre las ruinas de una civilización sepultada, / otros vivirán; otros –sin saberlo– habrán llegado, / habitarán ya el lugar de aquella casa”.

“En noches así,
tú eres mi casa”  

Pero no; pero ahora ya lo sabes, viejo nómada del corazón en cueros. Ahora ya no puedes hacerte trampas. Ya sabes que, cuando la encuentras, la casa crece a tu alrededor como un alambrada de hiedra: porque es sólo a ti a quien vas buscando por ese palacio vacío en que lo tienes todo, sin saberlo. Vamos buscándonos a nosotros mismos por los salones y los fantasmas, por las máscaras y los espejos, por el sol y las catacumbas en que todo fue, todo será, / todo hubo siendo / todavía. Pero ya sabes que sólo en ti la casa, el palacio, el fuego que es fuego toda la noche y permanece. Así que olvidar la cama, la falsa lumbre, el rincón en que dormirse y claudicar. (Sólo así se rompe la jaula en luz: habitando los rincones más oscuros porque en la gruta, en la cueva, en el sótano siniestro, alienta el Aleph de todos los delirios. Esperándote, hace milenios, en el palacio de espejos de tu sombra.)

En todas las esquinas del mundo, los mendigos que fui se lavan los ojos de locura. En las cabañas del monte acechan los niños mi porvenir. Las mujeres que fueron mi casa siguen errantes, por el camino que baja y que cruje de mi corazón a pie; pero ya se esperan ellas solas, valientes, a sí mismas, ellas solas, en el trono de lluvia de su cetro encendido.


Porque nada es afuera, todo es adentro,
y hacia adentro el verano invencible. 

domingo, 29 de enero de 2017

Larra: escribir, llorar, tal vez morir



Se escribe en legítima defensa. Pero si escribir en Madrid es llorar, qué clase de defensa queda a quienes sólo saben escribir para defenderse.

Por eso, tantas veces, escribir en Madrid es llorar a latigazos.

Soy periodista, paso la mayor parte del tiempo, como todo escritor público, en escribir lo que no pienso y en hacer creer a los demás lo que no creo. ¡Como sólo se puede escribir alabando! Esto es, que mi vida está reducida a querer decir lo que otros no quieren oír. 

Pero lo dijo; todo lo dijo. Y ese párrafo no es más que otra de las fintas de arlequín de Mariano José de Larra, embozado de nuevo en la ironía desesperada para poder hundir mejor, cuando ya parecía haber huido, la estocada, el escupitajo, el bastón impoluto...



sábado, 31 de diciembre de 2016

Cosas que aprendimos en el fuego


...Tú quieres saber quién eres, qué eres, para qué eres aquí, y quizás la respuesta, que no será nunca una respuesta, resida simplemente en dejar de hacerte preguntas, seguir donde estás, es decir, cayendo desde donde estás, hacia al fondo, hacia abajo, más abajo, más abajo en la desolación, hasta perder toda esperanza, hasta no esperar nada, hasta no esperar ni pretender que venga nadie a rescatarte, a buscarte, a mirarte y taponar tu llanto, tu sangría (hectólitros de lágrimas en sangre), y quizás en ese momento, sólo en ese momento, alcances para siempre y sin perderla esa luz ciega y blanca y brillante que intuyes a veces al otro lado, más allá, sólo más abajo y al final del último traspié en la sima, agarrado a la pared en la oscuridad, gritando al caer, llorando de terror y desolación al caer, hasta que la caída cesa y descubres que no has muerto aún, y que más allá de no morir estás quizás rompiendo, caída tras caída, la cáscara de miedo que te lleva impidiendo crecer desde hace tanto ya que ni te acuerdas. (...) Así que caer, y caer, y caer: hasta agotar todas las lindes del aire, las columnas del fuego azul, la furiosa columna de llanto hasta el final, para comprobar que sólo en ti la fe, niño, sólo para ti. Sólo tú y tú solo, sabiendo que sólo al saber que no eres nadie, que no existe Nadie, que no existe tu drama, tu gruta, tu abril en celo, sabiendo que no es más que un sueño todo eso que te tiene atrapado en la cárcel de la esperanza de tu vida, que sólo al saber en fondo, hacia el fondo, todo esto, podrás liberarte del yugo, de la cadena, de la bola de hierro incandescente haciéndote caer allá al fondo de la soledad interminable.

[abril] 



viernes, 2 de diciembre de 2016

Crónicas parlamentarias (I)

Crónicas de la herencia recibida en CTXT (noviembre):



"Yo soy tu padre, Pablo Iglesias"

Era el primer duelo al amanecer de la legislatura, o sesión de control, a sable o pistola, entre Pablo Iglesias y Mariano Rajoy. Sería de cierto interés saber a qué hora se levantaron, respectivamente, después de la eterna sesión del martes, prolongada hasta más allá de las 10 de la noche; si tenían estudiada más o menos la lección; si a Rajoy todavía le quedan trucos de sus años de opositor para dormir poco y disparar como una metralleta al día siguiente; si Iglesias se levantó con las primeras luces para ver desperezarse el sol sobre Vallecas y limpiar con determinación taciturna su revólver del Alcampo. 


Aquí se queda la clara, la entrañable transparencia

Mientras en un lugar del Caribe llovían flores amarillas por la muerte del Patriarca; mientras a escasos kilómetros de allí bailaban, todos juntos, náufragos y capitanes de yate en torno a un muñeco vudú al son de Gloria Estefan; mientras asistíamos al sepelio último del siglo XX, en fin, una irreductible aldea resistía aún en la Carrera de San Jerónimo. Peleándose, todos sus habitantes, por ser más revolucionarios que el vecino.


Minutos de silencio

El silencio, que es una forma del vacío creador, condensa por ello todo lo que se puede decir, pero sobre todo lo que jamás podrá decirse. Los monjes más arrodillados de la poesía –Rilke, César Vallejo, Alejandra Pizarnik– son aquellos que intuyeron que todo su oficio se reducía a cincelar el silencio, pues es éste el único que habla. Ciertos viajeros han comprobado que el silencio es –de manera consciente o no– un escudo defensivo de algunos indígenas en Latinoamérica ante la injerencia o el incordio del invasor (llámele también turista). Ante la muerte, gigantesco símbolo del todo y de la nada que no llegaremos a nombrar nunca, el único gesto coherente –si fuéramos coherentes en tales situaciones– sería enmudecer, porque cómo corresponder con el lenguaje a lo que no participa del idioma de esta orilla. Quizás olfateando esto último se le ocurrió al soldado australiano del ejército inglés Edward George Honey, según cuenta Wikipedia, el ya antiguo homenaje del minuto de silencio... 


Romper la piñata

"¿Qué hace una persona con 655 euros al mes?", preguntó Aina Vidal desde el atril del Congreso de los Diputados. Y las tribunas enmudecieron, graznó un cuervo desde una barandilla, y un remolino se paseó por entre la bancada del PP, tapándole por un momento la pantalla del móvil a Celia Villalobos. Pudo escucharse hasta el crujir de algunos resortes cerebrales de sus señorías, tratando de recordar en qué cosa invertirán tal cifra (cada mes).


¡Que vienen los reyes!

ecenas de jubilados de la noble Villa de Madrid se agolpaban a las 11.30 de la mañana de hoy [17 de noviembre] en la Carrera de San Jerónimo, cortada al tráfico y al transeúnte, para ver llegar a los Reyes, los de España, como si fueran en realidad los Magos y vinieran a traerles algo. “Niño, ¿te puedes hacer a un lao?”. El niño –el que suscribe– estorbaba a la vista de los privilegiados de la primera fila, mientras trataba de convencer a la Policía Nacional de que le dejara seguir camino hasta el Congreso. Recordaba la cosa a cuando uno era niño de verdad y tenía que negociar con los centinelas de las discotecas; ese pavor a perderse la fiesta. En este caso, los regalos de los Reyes. Pero hasta que no pasara la cabalgata no podríamos movernos de allí. 


Al salir, me esperas

...Nada es suficiente en esta santa casa. Todo es excesivo (menos los enchufes en la tribuna de prensa). Y los simpáticos ujieres velan por que se mantengan las formas allá do sea menester: no se pueden echar fotos si no está uno acreditado como tal profesional; no se puede permanecer de pie en las tribunas; no está permitido asomarse al tendido con el fin de echar un ojo a la bancada contraria, la de la oposición, de mucha mayor afluencia, por cierto, desde el comienzo de la tarde. La educación era el tema estrella de esta tarde, y mirando a sus señorías mirar el móvil, bostezar o cuchichear alegremente mientras se dirimían estas cuestiones, emergía la duda de si no eran más necesarios los ujieres aquí arriba o ahí abajo.