lunes, 26 de junio de 2017

Chris y Anne: el "privilegio" de encontrar tu sitio




En la Alpujarra anochece ya a las diez de la tarde. Pero un reloj en la Alpujarra tiene la única utilidad de contarnos qué hora será más allá, ahí en el mundo, no aquí; qué es lo que el mundo llamado real estará haciendo a estas horas, al otro lado del anochecer, del atardecer, del crepúsculo de la Alpujarra como una alcancía de oro derramándose, la tierra estremeciéndose en silencio.

En la Alpujarra granadina el tiempo empieza a ser otro conforme avanza el coche por la carretera, bordeando barrancos de árboles frutales, y tumbas anónimas de una guerra que parece no terminar nunca, y curvas temerarias sobre riscos; conforme se interna el coche por infinitos caminos de tierra, hasta llegar a los confines donde ya sólo se puede seguir a pie, cruzando el puente secreto sobre un río sin nombre.

En la Alpujarra hay un valle, y en el valle un camino, y en el camino un cortijo, y en el cortijo una pareja de jovencísimos sesentañeros ingleses que hace ya casi tres décadas descubrieron aquí la tierra prometida. Un paraíso al alcance de cualquiera, siempre que cualquiera estuviera dispuesto a llegar hasta aquí, y a quedarse...


miércoles, 24 de mayo de 2017

Medio siglo contando el cuento en que sucede todo



Entonces entraron al cuarto de José Arcadio Buendía, lo sacudieron con todas sus fuerzas, le gritaron al oído, le pusieron un espejo frente a las fosas nasales, pero no pudieron despertarlo. Poco después, cuando el carpintero le tomaba las medidas para el ataúd, vieron a través de la ventana que estaba cayendo una llovizna de minúsculas flores amarillas. Cayeron toda la noche sobre el pueblo en una tormenta silenciosa, y cubrieron los techos y atascaron las puertas, y sofocaron a los animales que durmieron a la intemperie. Tantas flores cayeron del cielo que las calles amanecieron tapizadas de una colcha compacta, y tuvieron que despejarlas con palas y rastrillos para que pudiera pasar el entierro. 

(No hay, adrede, comillas o cursivas en esa voz que habla más arriba: la mejor lectora de ese delirio, según el autor de ese delirio, fue una señora rusa que lo transcribió de principio a fin, de su puño y letra, palabra por palabra, con el fin de averiguar “quién es el loco, si él o yo”.) 

[Lectura-homenaje de Cien años de soledad 
en el 50 aniversario de su publicación, 


martes, 25 de abril de 2017

La canción de cuna de José Hierro



En la derrota hay silencio, cristales rotos, telas rotas, y vergüenza. En la derrota hay silencio de relojes rotos, muy parados, rachas de viento que no cesan –no van a callarse en toda la noche–, y vergüenza: ciertas ganas niñas, cabizbajas, de pedir perdón. No por haber perdido, sino por haber contribuido a ahondar esa brecha indigna –el verdadero crimen– que enaltece o rebaja a los hombres, separándolos.

(Porque, a pesar de todo,

“aquel que anduvo por los campos
solitario, pisando odios,
era un hombre de carne y hueso
como nosotros”.)

domingo, 12 de marzo de 2017

El cofre aquel


Y de la maleta que dejé bajo tu cama,
de la reliquia atroz que allí dejé
como prueba y talismán de mi regreso;
de la bolsa que abdiqué
allí, bajo los pliegues dulces de tu cama,
y que era la fianza de mi viaje,
el cofre del tesoro que enterré, para volver,
bajo la arena ámbar de tu cama,

qué fue,
qué es lo que habrá sido


La dejé llena de luz,
de folios preñados de la lumbre
que dibujó un invierno el mediodía;
la dejé opulenta, colmada y
caudalosa,
                    terrible de sucesos
mas cansada; cansada
                                  

El polvo la asediaría
lento, a pedazos,
con su plaga silenciosa de abandono
y epidemia goteante hacia la tierra;
la luz sumaria del atardecer
la encendería, la quemaría,
la abrazaría agónica de escombros
en una hoguera negra que olerías sin duda
en los días de fiesta al despertar;
llena de sangre y culpa hasta los bordes,
anegaría de a poco los rincones
cuando no la viera nadie,
cuando sólo tú, tú sola


Te hablaría de madrugada, esa maleta,
ese baúl como un túnel de tiempo
te hablaría, te contaría desde su cráter
bajo tu cama
                       aullidos sordos de muy lejos,
recuerdos de naufragios en vigilia
que te despertarían de súbito,
aterrada,
con su estrépito feroz y penitente,
mojadas de muertos y de agua
las sábanas aquellas de tu cama

(No te dejaría dormir, tantas veces,
aquel cofre,
                       con su soplo funerario desde abajo,
su hálito de cueva en llamas)


Se tornaría pálido y febril,
el hatillo que dejé bajo tu cama,
aquel último equipaje que dejé
sabiendo, quizás
    (de alguna forma oscura, muy lejana),

que se quedaría allí sin más remedio,
sin más destino
que vivir allí como notario,
como prueba clamorosa de aquel crimen,
varada y boqueante esa maleta
hasta hacerse raíz bajo tu cama,
hasta hundirse en pozo en el silencio,
hasta hacerse un sepulcro en la penumbra,
una tumba sin nadie,
                                   una cajita de muertos
tan vacía ya, tan vacía,
que no pesaba nada y no lloraste
                                                          (no llorarías)
la tarde ésa cualquiera en que la abrazaste finalmente
para enterrarla sin dolor en el jardín.


[B., otoño '10. De Memorias del fantasma]