domingo, 12 de marzo de 2017

El cofre aquel


Y de la maleta que dejé bajo tu cama,
de la reliquia atroz que allí dejé
como prueba y talismán de mi regreso;
de la bolsa que abdiqué
allí, bajo los pliegues dulces de tu cama,
y que era la fianza de mi viaje,
el cofre del tesoro que enterré, para volver,
bajo la arena ámbar de tu cama,

qué fue,
qué es lo que habrá sido


La dejé llena de luz,
de folios preñados de la lumbre
que dibujó un invierno el mediodía;
la dejé opulenta, colmada y
caudalosa,
                    terrible de sucesos
mas cansada; cansada
                                  

El polvo la asediaría
lento, a pedazos,
con su plaga silenciosa de abandono
y epidemia goteante hacia la tierra;
la luz sumaria del atardecer
la encendería, la quemaría,
la abrazaría agónica de escombros
en una hoguera negra que olerías sin duda
en los días de fiesta al despertar;
llena de sangre y culpa hasta los bordes,
anegaría de a poco los rincones
cuando no la viera nadie,
cuando sólo tú, tú sola


Te hablaría de madrugada, esa maleta,
ese baúl como un túnel de tiempo
te hablaría, te contaría desde su cráter
bajo tu cama
                       aullidos sordos de muy lejos,
recuerdos de naufragios en vigilia
que te despertarían de súbito,
aterrada,
con su estrépito feroz y penitente,
mojadas de muertos y de agua
las sábanas aquellas de tu cama

(No te dejaría dormir, tantas veces,
aquel cofre,
                       con su soplo funerario desde abajo,
su hálito de cueva en llamas)


Se tornaría pálido y febril,
el hatillo que dejé bajo tu cama,
aquel último equipaje que dejé
sabiendo, quizás
    (de alguna forma oscura, muy lejana),

que se quedaría allí sin más remedio,
sin más destino
que vivir allí como notario,
como prueba clamorosa de aquel crimen,
varada y boqueante esa maleta
hasta hacerse raíz bajo tu cama,
hasta hundirse en pozo en el silencio,
hasta hacerse un sepulcro en la penumbra,
una tumba sin nadie,
                                   una cajita de muertos
tan vacía ya, tan vacía,
que no pesaba nada y no lloraste
                                                          (no llorarías)
la tarde ésa cualquiera en que la abrazaste finalmente
para enterrarla sin dolor en el jardín.


[B., otoño '10. De Memorias del fantasma]



2 comentarios:

Gabriela Garcia Sanchez dijo...

Me has dejado sin aliento y es demasiado o ha sido el cofre...

Miguèlton dijo...

El cofre roba aire también, claro