domingo, 5 de marzo de 2017

La memoria en llamas de Angelina Gatell



Alguien –quizás otro grande poeta–, en algún atardecer de posguerra de un campo manchego, escuchó a un viejo pastor decir que “las guerras civiles duran cien años”. (Un anciano probablemente analfabeto pero que sabría leer de carrerilla el abecedario de la desventura humana.) ¿Dura ya entonces ochenta años la guerra civil española? ¿Durará cien? No estamos haciendo literatura: ese viejo sabía muy bien lo que decía. De igual manera que dudamos, muchas veces, sobre si cabe escribir en mayúsculas ese nombre y ese apellido tan antiguos, como de una bisabuela remota: Guerra Civil. [“¿Qué guerra civil?”, nos preguntamos ya, en otro episodio de la misma: “la única; la del año 36, o la que empezó hace siglos”.]

No; ya acabó la guerra civil, la abuela Guerra Civil española: el 1 de abril de 1939. Ya terminó aquel capítulo ilustre de la historia universal de la infamia. Pero es cierto que algunas cosas parecen no terminar jamás. Pareciera que ciertos sucesos no dejan de supurar, como el reguero que deja la culpa. Quizás porque –decía la poeta austríaca Ingeborg Bachmann– el mal, no los errores, perdura, /lo perdonable está perdurado hace tiempo, los cortes de navaja / se han curado también, sólo el corte que produce el mal, / ése no se cura, se reabre en la noche, cada noche.

Así, también, algunos seres

Atravesados por el miedo, 
indefensos, perdidos 
en la ciudad que se llamó posguerra
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