domingo, 28 de julio de 2013

Vendrá la muerte, seguirá el verano

Pero la muerte ahí a lo lejos. Se la oye segando, hediendo el verano, ahí a lo lejos, en el bosque. No da tregua en esta siesta, en esta tarde a la deriva, esa carroza transparente que hoya la vega con los trece caballos de su ley. Se ha puesto por eso la tarde turbia, como en esos días de playa en que hubiera miedo en las orillas y sólo cupiera ya esperar: a lo que ha de venir, al horizonte. Pero al cabo no llega nada, no llega nadie. Y sin embargo, en alguna parte, algo hay que no dejará nunca de zapar.
Quizás la muerte misma, que nos pasa rozando (rezando) por el filo mismo de la quilla dorsal. Como una tormenta que nos olvidara lentamente, al alejarse; desdeñosa, indiferente, compasiva.
Tarde de bruma a finales de julio, muy lejos ya de todas partes. Pero ahora me apetece recordar las rocas, el crepúsculo añil del espigón. Yo aprendí la capitanía del mar hace quince años. Eran mediodías grises como la tarde ésta, o atardeceres de tesoro escondido, resplandeciendo bajo la bandera verde de esas aguas. Los pescadores meditaban, yo leía en un espejo irrepetible, y ella llegaba con su pelo de incendio y su perro blanco, su aroma pavoroso y su temblor, su milagro inagotable que me miraba a mí. (A mí.) La brisa en la cara, el puñal al cinto, el corazón izado a todas partes. Era yo, sí: aquél, era yo. Antes de cumplir, sin saberlo, cada línea de este mapa a medias. Luego me zambullí en el agua, y al salir ya no había perro, ni rubia, ni siglo veinte, ni fantasma.
Luego salí del agua y muchos hombres, muchas mujeres, muchos viejos habían muerto: se los había llevado la epidemia (también faltaban algunos amigos: bajas memorables del naufragio de crecer). Luego llegó septiembre, y la vida siguió como siguen las cosas que deben cumplir con su sentido; ése que no llegaremos, quizá, a alcanzar nunca. Se fueron sucediendo los veranos; treguas azules de madrugada, o jaulas de infierno, o vampiros colgando bocabajo en el bosque en sombra de la misericordia. Volvemos a reír y a claudicar, cada verano; a respirar y a ser guardianes de la pena. Pues sucede siempre, desde entonces, que al filo de la orilla nos saluda, lejana, aquella nube. Como un cuervo extraviado en el bosque de allí lejos, en la siesta unánime (como la semilla oscura del invierno). Entonces entendemos la señal, nos humillamos. Quedamos, casi siempre, asustados y solos, hasta volver de nuevo a nuestra música, a nuestro menesteroso intento de canción.
Encendemos la pira del último soldado y nos miramos, de nuevo, a los ojos: la muerte seguirá cumpliendo su trabajo. Nosotros debemos seguir cumpliendo el nuestro.


2 comentarios:

malatesta dijo...

Y sin embargo, sin muerte no hay vida, lo mismo que sin luz no hay sombra. Aprovechemos este verano, pues nunca sabremos cual será el último.

Miguèlton dijo...

Ésa es la ley, amigo.
Un abrazo