Algo hay emboscado en el
aire, como un fantasma compasivo, cavilando entre el sí y el no, la
claudicación y la promesa. Es él (o ella) otra vez. De dónde nace, de qué
cripta verde derramada de siesta llegará siempre, puntual, por esta época, este
espectro. Hay un cabalgar, de golpe; algo que quiere irse pero quedarse, algo
que zarpa (no dejará nunca de zarpar) y algo como de miedo de niño que no sabe
cómo será el invierno.
Se presiente un tiempo de
hogueras en el monte, de crepúsculos, que en realidad nunca llegan a ser, o
quizá fueron hace demasiado tiempo. Se quisiera una fiesta antigua, severa,
como invocando al demonio de los septiembres en el bosque (fascinación de
aquella foto de anochecer azul en que se recorta la silueta de un arlequín en
algún campo improbable del Norte...).
...El Norte. También, siempre,
inevitable, una nostalgia de algo que sólo fue alguna vez en los altos salones
de la lluvia de aquí dentro de uno mismo, encontrado sólo afuera en un rapto de
alcohol y noche y luz y máscaras.
Septiembre se parece siempre
a las ganas de enamorarse.
O a fundar una ciudad que
sólo existió también en un vislumbre de alucinación: avenida entrevista de
mañana primordial que algunos días adiviné en Bruselas, en la calle de la Ley,
y tiempo después en Buenos Aires, en un septiembre inverso y con la luz que entra
ahora por la tronera ésta del cuarto de baño.
Hay que elegir entre el
miedo y la alegría. Hay que recordar que nunca hizo tanto frío en realidad. Hay
que saber de nuevo de aquellas manchas de sol en la pared, como un liquen
amarillo, que se van demorando conforme se hunde uno en la atardecida, en las ceremonias de interior que traerán las
crónicas –como esta misma– del otro lado.
Nostalgia de una casa en el
monte con los que ya no son. Estampas de cuando salía feroz y turbulento y
disponible a la vanguardia de la noche. Negativos de ron, cicatrices de miel, y
aquella ansiedad vieja de que ya no quieran jugar contigo, o de que sea el
invierno, otra vez, una larga playa gris en que atraque el día.
Pero hay que elegir, se
puede elegir muchas veces entre el miedo y la alegría. Como al salir del cine
de verano te sacudes la tristeza viral de una historia que no es la tuya; o, al
menos, no lo es ya, no. Los besos que vendrán, las
risas que vendrán aunque vuelva el frío. Y las canciones, los poemas, las
historias por escribir si es que llega uno a merecerlas. Saber que lleva uno
dentro todos los espectros, todos los salones de carnaval y lluvia, todas las
cabañas en el bosque que protegen del lobo, todas las luces de septiembre por
donde vaga tu sombra en la ciudad del invierno.
Saber que uno es el lugar, y que la felicidad consistirá en que
la vida no te reproche una cita en otra parte.
2 comentarios:
Hacía tiempo que algo de lo que leo no me cosquilleaba tan adentro y tan de verdad; por lo común soy quisquillosa y criticona... Descubrirte ha sido un poco como volver a casa. Todo un regalo, compa, y también una inspiración! Seguimos en el viaje, por la vida y las palabras. ;) Un abrazo.
Mil gracias, amiga (sobre todo viniendo de alguien tan crítico como uno mismo con su misma mismidá)
Para esto, para esto sirve
Seguimos ;) Un abrazo
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