viernes, 26 de octubre de 2012

Los muertos silenciosos de la crisis

Desahucio trágico y secreto
 
Llegó antes la ambulancia que los agentes judiciales. Se llamaba José Miguel Domingo Águila, pero era Domingo, el del kiosco, para todos los habitantes de La Chana: una humilde barriada granadina en la que todo el mundo se conoce y todos, a priori, lo saben todo de todos. O lo intuyen. Sin embargo, no fue hasta las diez de la mañana de ayer, cuando el secretario del juzgado se personó en la calle del Arzobispo Guerrero, cuando se supo que Domingo, de 54 años, iba a ser desalojado del inmueble en el que vivía solo, justo encima del local de su negocio, en el edificio que su familia posee desde hace décadas.
 
Uno de sus hermanos -que regenta una frutería junto al kiosco, en los mismos bajos del inmueble- lo había encontrado ahorcado, a primera hora de la mañana, en el viejo patio de la casa.
 
En realidad nadie lo sabía. Se le veía algo "deprimido", sí; un poco más "triste", quizás; extrañamente "alicaído", en los últimos tiempos, para su carácter naturalmente alegre. Pero lo cierto es que ningún vecino del barrio, en el que era francamente querido, podía imaginar que la desesperación que incubaba Domingo se pareciese más a una bomba de relojería que a la tristeza ambiental, ya casi endémica, que asfixia a este rincón de Granada. Al fin y al cabo, son horas duras para todos. [Reportaje para eldiario.es]

 

martes, 23 de octubre de 2012

El Latifundio

Sucedió en Madrid, en el año 2007. Muchos de ustedes no habían nacido aún, pero servidor apuraba por entonces sus últimos coletazos académicos en la sacrosanta casa complutensis de las ciencias informacionales, o meta-bio-intrínsecas, o como carajo llamen ahora a esa facultad; si es que sigue existiendo y Esperanza-Aguirre-de Arco y Gil de Biedma-enlapérgolayeltenis y sus monaguillos libertarios no han puesto ya orden allí de una puta vez, devolviéndola a su naturaleza franquista originaria: una cárcel para mujeres, según contaba la leyenda (que, si non é vera, é ben trovata). En fin; que nosotros, los de entonces, aún éramos aquéllos, y éste que escribe repartía su jeta entre la lírica y los deportes de riesgo, entre el periódico en el que curraba de becario por las tardes (con gran libertad de maniobra gracias a mi amable jefa, por cierto), los ritos iniciáticos en el Libertad 8 con mi compadre Manuel Cuesta y el bucanero del Valle, los cine-cerves de los miércoles con Ramos & Montero, y mi querida Casa del Sheriff: un lugar mitológico en Chamberí, mitad piso de estudiantes, mitad Aleph borgiano, en el que sucedieron tantas cosas en tres años no seguidos que hasta el cadete Dustin Hoffmann de El graduado hubiera salido de allí hecho un hombre, a las primeras de cambio, sin necesidad de tanto estrés. [El Sheriff, además, era una simpática y nada imprevisible señora que aparecía por allí a primeros de mes, sacaba una automática del bolso y te espetaba, apuntándote, con la cuchara con crispis en la boca aún: “El dinero”].
 
Sé –gracias a mi implacable memoria para ubicar cronológicamente cualquier estupidez– que debió de ser hacia la primavera, en una de esas tardes cada vez más largas en las que uno empezaba a sentir (no pregunten) un remordimiento anticipado por el futuro. Debía de hacer muy buen tiempo ya, lo cual explica el suceso posterior, que tiene que ver con una camiseta: la camiseta negra de manga corta (algodón por más señas) que llevaba aquel día; muy parecida, precisamente, a la que llevo justo ahora, mientras escribo.
 
Aquella tarde-noche, uno de los colegas con los que compartía techo en la mentada Sheriff’s House me invitó a unirme a él y sus compañeros de facultad en un bar de copas. Cerca de Argüelles, si no recuerdo mal. Así que volví del curro, dejé los bártulos y me fui para allá. Dos cosas me llamaron la atención, instantáneamente, al entrar en el garito. Una fue el cálido recibimiento, el espontáneo buen rollo general, atribuible, sin duda, a que todos eran buena gente y a que llevaban ya varias horas allí, dándole al frasco. La otra fue uno de los chavales del grupo, porque era imposible que no llamara la atención: después de saludarme efusivamente, me preguntó a bocajarro qué quería tomar, que allí invitaba él. Encantado de la vida, le dije que un Johnnie, por favor. Con cola. Acto seguido se abalanzó sobre la barra, feliz, sonriente, expansivo, con ademán de propietario, y al poco volvió al corrillo con un cubata para mí y varios para otros amigos más. Este detalle, sin ser corriente en absoluto (allá de donde yo vengo estas invitaciones suelen depender de asuntos de honor: el palo), no fue sin embargo lo que más me extrañó. Tardé un rato en darme cuenta: era su pinta, su aspecto físico, su careto.
 
 
Juro que no es una construcción literaria facilona y a toro pasado: yo sabía que la universidad a la que iba mi compañero de piso (un tipo cojonudo y de lo más normal, por cierto) no era normal en absoluto, porque no salía ni en los mapas (curiosamente, en nuestra casa había un póster con todas las universidades de Madrid; ésta ni siquiera figuraba). Mi amigo había ido a parar allí porque su carrera no se daba en ningún otro lado, o casi; las matrículas valían lo que se estará gastando en váliums Juan Luis Cebrián. Yo sabía todo esto, y ciertas trazas del muchacho pródigo (camisa y pantalón de marca, zapatos carísimos, raya a un lado del pelo y bronceado de serie) no me extrañaron nada. Sin embargo, me encontré pensando, estupefacto, algo que no había pensado nunca antes, porque nunca antes (o casi) había tenido oportunidad. Este tío, me dije –acechando de refilón su cutis perfecto, su perfecto pelo negro, su lugar perfectamente ocupado en el ambiente y en el mundo–, no ha pasado hambre en su vida; como tú, claro, como yo: como casi nadie de los nacidos en España en el segundo tramo del siglo XX. Pero hay algo más, me dije, en una intuición más de piel que de argumentos, más de instinto que de ciencia: su padre tampoco pasó hambre; ni su abuelo; ni su bisabuelo; ni su tatarabuelo. Seguramente –me dije–, era un ancestro suyo el que controlaba el cotarro en las cuevas de Altamira.
 
Repito que esta reflexión o delirio absurdo de clase (yo tampoco me crié en Burundi) era más atribuible al inconsciente que a razones serias, pero –ay, amigos, las razones mentales…– eso fue lo que pensé. Y no sé si era precisamente esto lo que andaba pensando, o ya lo había pensado, cuando, sentado en un taburete, copa en una mano y cigar en la otra, y mientras escuchaba la conversación que por supuesto monopolizaba nuestro hombre, oí de su boca una frase que casi me hizo literalmente atragantarme del impacto: “Es que en mi latifundio…”
 
 
Vale: los colegios y el instituto y la universidad a los que yo había ido sí salían en los mapas (señal inequívoca de su poquísima clase), y (vale) tampoco es que uno fuera nunca un alumno modélico. Sin embargo, a esas alturas de la vida, con 23 tiernos diciembres, uno tenía bastante claro qué era (qué había sido) un latifundio. Al menos en España. Si ustedes buscan ahora el término –como acabo de hacer yo– en el diccionario digital de la RAE, comprobarán que los augustos y ecuánimes académicos lo definen, sucintamente, como Finca rústica de gran extensión. Y tiene su gracia, porque eso fue precisamente lo que yo respondí, más o menos. Quiero decir: el término me pareció tan chocante en ese momento (tampoco fui a clase el día en que dieron algunas imprescindibles pautas sobre la prudencia en sociedad), que al oírlo se me escapó un conato de risilla del estómago; éste, en su llegada a la garganta, colisionó levemente con el trago de J.W., sin más consecuencias; pero las burbujillas que se me subieron a la nariz hicieron un poco más aparatosa mi reacción a la frase. Se me quedaron mirando muy quietos, el latifundista y un apéndice suyo que le había estado riendo las gracias todo el tiempo (supongo que el hijo del guardés del latifundio). Qué pasa, dijo; no sé si con palabras o con gestos. Entonces me aclaré la voz: ¿Un latifundio, tienes?, pregunté. Sí, qué pasa –el otro–. Pues –respondí, más o menos, intentado suavizar con una sonrisa algo que era ya insuavizable– que lo que querrás decir, supongo, es que tienes una finca, ¿no? Una finca (rústica) muy grande (de gran extensión), con mucha gente trabajando y tal; pero un latifundio, colega, como que suena más al siglo diecinueve; principios del veinte… ¿… No?
 
Algo así dije. El muchacho, visiblemente encendido, se lió entonces con cuestiones etimológicas. ¿Es que no sabes latín?, me inquirió –casi escupió–: De ‘latis’, tierra… Ahí confieso que dudé un segundo, porque en mis dos años de latín en el vulgar instituto público de mi ¡tierra! jamás había oído relación alguna entre esos dos términos [en realidad: latifundium: de latos, extenso, amplio; y fundo, propiedad; y la definición y explicaciones que vienen dadas en la Wikipedia le hubieran encantado también, aquí al erudito]. La discusión no duró mucho más; como iba a ser imposible ponerse de acuerdo en algo que en realidad no era ni mucho menos un debate lingüístico, sino moral (porque el lenguaje es inocente pero nunca o casi nunca la manera de usarlo), la conversación se zanjó de cualquier manera, y ahí seguimos, cada uno a lo suyo. El muchacho tenía (su papá más bien) un latifundio en algún lugar entre Andalucía y Extremadura, y yo no tenía ni puta idea de latín. Punto final.
 
Pero no era ningún punto final. Al poco, se me acercó otra vez, sinuoso, el Dúo Dinámico. Yo seguía en mi taburete. Pensaba que me iban a cantar algo (“Quisiera serrrr aurora boreaaalllll…"), pero lo que hizo, en realidad, el Jefe de Todo Aquello, fue preguntarme por qué llevaba esa camiseta. ¿Y esa camiseta, por qué?, me preguntó. Fue más la actitud que la pregunta, por supuesto, lo que me hizo ponerme en guardia: la pregunta me parecía absurda, pero la forma de dirigirse a mí había cambiado por completo. Digamos que el señorito (el de Gracita Morales) ya no tenía por qué seguir fingiendo lo que seguramente desde el principio había estado pensando: simplemente, le había abierto la puerta de la jaula y había salido, igual de exultante que cuando al principio invitaba a cubatas a los parias de la tierra. Esa camiseta, repitió, cuando le dije entre el humo del cigarro que yo no veía en ella ninguna cara de Bélmez, ¿vosotros sí? Entonces intentó explicar, en un extrañísimo discurso que combinaba el cinismo, el dadaísmo y un sentido del humor que quizás entenderían en su latifundio (el que le llevaba la cantimplora y la escopeta de caza se lo estaba pasando en grande), que le parecía extrañísima, aquella camiseta negra. Es que en mi pueblo, dijo, sólo van de negro las viejas, y los que van de luto. No recuerdo qué respondí, porque seguramente no respondí nada, más allá de limitarme a mirarles de arriba abajo, estupefacto, y a mirar alrededor buscando el condensador de fluzo de Regreso al futuro, a ver si me había equivocado de época también o, peor aún, había ido a dar al 2015 alternativo de Hill Valley, con el casino de Biff Tannen y todo el pifostio.
 
 
Lo siguiente, y lo último, que sucedió fue que me levanté del taburete, apuré la copa y me dispuse a despedirme de todo el grupo. Ya saben: palmadita en la espalda o apretón de manos, yo me voy que he quedado, pasadlo bien, etcétera. Por supuesto –cuánto daño (me) ha hecho siempre la ingenuidad combinada con la buena educación–, también quise despedirme gentilmente de los dos figuras de Cine de barrio. Me acerqué al latifundista, le tendí la mano; le dije, sin mirarlo apenas, cualquier frase de rigor. Pero, cuando iba a deshacer –urgentemente– el saludo, el sujeto se me acercó más, sin soltarme la mano, hasta darme con el aliento en el oído. Entonces pude oír, lenta, nítidamente, en algo que intentaba ser un susurro pero con todo el desprecio del que fue capaz:
 
–Que sepas que esa camiseta que llevas es de las que se ponen los que trabajan para mí en mi latifundio.
 
Lo poco que queda de la historia lo recuerdo vagamente; sólo retengo la imagen de mi compañero de piso, invitándome prudentemente a que saliera de allí, porque yo no tenía intención alguna de que aquella íntima, clandestina, romántica relación que se había establecido entre Cayetano-Froilán de Pichuli-Sidonia y servidor, tan potita, se acabara tan abrutamente; un lamentable coitus interruptus (seguro que con su profundo conocimiento del latín lo entenderá mi Señorito mejor que nadie) por el que aún me doy de cabezazos contra el suelo. Que ni con Monica Bellucci, señora.
 
 
A lo mejor se preguntan ustedes a qué venía aquí esta trivial historia de amor y desamor, lances y deshonras, más merecedora de la florida prosa de Antonio Burgos o Alfonso Ussía; cuando, además, bien habría podido yo vendérsela a Anne Igartiburu, o a Peñafiel. Pero es que, no sé. Uno nunca sabe, en el fondo, por qué le obsesionan ciertas historias. Simplemente, me ha regresado muchas veces a la cabeza, en los últimos tiempos, en las últimas semanas, esta historia; el fulano aquel, Altamira, el latifundio; Madrid, año 2007.

El inconsciente es que tiene estas cosas.


[Publicado en FTS C. Magazine]
 
  

 

domingo, 14 de octubre de 2012

“Yo, señor, no soy malo…” (del rencor, la EGB y el insomnio de Carl Ericsson)


“Yo no soy un rencoroso; por eso me voy a apuntar aquí esto que usted me acaba de hacer, para que no se me olvide”. Camilo José Cela, gran erudito en la materia –que no sólo por tremenda prosa llega uno a escribir el Pascual Duarte–, es de los que con más talento lo supo expresar, a la ibérica manera. Y es que si algo nos queda de hidalgos, aparte la candorosa e incorregible costumbre de que nuestro ego extienda cheques que nuestro bolsillo no puede pagar, parafraseando a otro filósofo contemporáneo amigo nuestro, es el genio para cagarnos en los muertos del prójimo de todas las formas y colores. Elegantemente incluso. [Seguir leyendo en POCAVERGÜENZA]




miércoles, 10 de octubre de 2012

A los heraldos negros

Para mi amigo Rubén Martín,
cómplice en la luz

La revolución está dormida
en esta habitación

los soldados del sol
en la siesta de madera
           los pájaros
la esfinge dorada del domingo


la habitación es una iglesia: no podréis entrar aquí


La revolución está dormida
-he dicho dormida-
y vuestra marcha de Atilas en la hierba
le ingresa sueños de murciélago
(sólo la perturba)



Pero sigue este sol
-no os confundáis-,
          sigue cantando en el eclipse
el pájaro que sueña con nosotros
que reza por nosotros


No os confundáis:
esta tarde es una iglesia
hay un templo en los tejados




Nunca detendréis a la belleza
           
          oídme:
                     Jamás se detiene, la belleza



X/'12

jueves, 4 de octubre de 2012

'keeps turning'

“On our aniversary…”
(Tom Waits)


En nuestro aniversario,
cuando ya lo hayas olvidado todo,
cuando ya no recuerdes lo que te dije
la noche que quisimos arriesgar,
hablar claro vendándonos los ojos,


cuando el viento haya barrido esa ciudad
y a tu regreso ya no sepas ni quién fui,
ni por qué,


                  cuando pienses que ya no existo,
que ya lo habré olvidado todo,
tal noche como aquella
                                     yo estaré


aquí,
         apagando toda la casa,
emergiendo las velas del espejo,
vestido de etiqueta en la penumbra
y escribiendo esto
mientras llega, corazón,
mientras lleg