domingo, 30 de noviembre de 2008
martes, 4 de noviembre de 2008
Monólogo de nadie
De quién serás ahora. De quién serás presa, cautiva o lumbre, en estos anocheceres de bruma. De quién serás hija; qué apellido tendrás. De quién serás en estas tardes ilegítimas del frío, de golpe de estado del general invierno. Para quién: en quién serás. Es la hora en la ciudad de todos los noviembres: amanece otoño, atardece invierno, y es como el crepúsculo de una isla a la deriva en un planeta boreal. De quién serás ahora, de quién ya nunca; de alguna cama o de las calles, de la luz ceniza al mediodía o del azul de lobo oscuro de ahora mismo. De quién serás, de cuándo. Pero no hay lumbres por aquí, no hay hogueras por aquí de ancianas enlutadas en las últimas esquinas. Serás de alguna sombra, te custodiará alguna sombra mientras atisbas desde el cristal una luz de farol que vacila allá a lo lejos: que viene ya de otra época. De qué serás ahora. De dónde. Me lo pregunto a veces, al despertar, al divisar el espectro gris de la ventana. Me lo pregunto siempre, al caer la tarde, cuando se divisa en la ventana el frenético fracaso de avenida a ningún sitio. Hacia dónde serás tú, hacia dónde. Con la vida y sus costumbres, con las calles y sus coches, con los cafés y sus oscuros en su café y su tabaco. Quizás no nos hizo la vida para esto. Quizás no somos de la vida para esto. Quizás sólo para el carnaval nocturno en el palacio clandestino, allá donde no importa quién eres, de cuándo eres; de quién. Más allá de las casas encendidas, de los aviones en bandada, de los cielos sin nadie, estarás. Pero de qué, de dónde. A este lado del cristal, en los fantasmas del humo de este atardecer a oscuras, sólo el frío. No sé de quién hablo, no sé ni quién eres. Pero de quién. De quién serás ahora.jueves, 9 de octubre de 2008
La mariposa, el huracán y Rita la Cantaora
Tenemos miedo. Hace miedo en la calle. Mientras la televisión y los periódicos y los sumos pontífices de la pirotecnia verbal escupen un ruido ininteligible de sumas y restas y deudas al cubo y gilipolleces por ciento, ahí fuera tirita un otoño que ya se filtra por las costuras y acuchilla la almohada con dientes de insomnio, con ruido de insomnio, con dientes de miedo. Intentan explicarnos, algunos con buena fe, el mecanismo de la telaraña económica mundial, el comportamiento arbitrario de un ente al parecer etéreo e inaprensible que según de qué humor se despierte puede reventar un barrio en Hong Kong o levantar un rascacielos en Berlín, y a uno, que tampoco es el fulano de Una mente maravillosa, se le queda el careto del más imbécil todavía, preguntándose si es que es más imbécil aún de lo que pensaba. O sea, que la pizpireta y casquivana mariposa bursátil bate sus alas al amanecer, y al mediodía un huracán de proporciones bíblicas nos manda a todos a tomar por saco. ¿A todos? ¿A todos, todos? En ese caso no habría de qué preocuparse: se trataría de un insecto extremadamente democrático, de puro imprevisible. Por eso, permítaseme consultar a Rita la Cantaora y al Maestro Armero, antes de tragarme que los reptiles de la ciénaga capitalista la iban a dejar a su libre albedrío, a la mariposa de los huevos (de oro). Leo por algún sitio que esto es el final de una era, que tiemblan los cimientos de un sistema caduco, que esto ya se veía venir, señora; y a mí, oh pobre profano en lides económicas, fíjate, me entra una risa atravesada que deriva en mueca amarga cuando pienso ojalá, nenes, ojalá. Ojalá fuera cierto que a los señoritos de la finca les ha salido el tiro por la culata en la cacería del domingo, y han agujereado de un perdigonazo el trasero de su suegra. Pero no, señora: no. No caerá esa breva. Porque a mí me comentan Rita la Cantaora, y el Maestro Armero, y hasta Pirri, que pasaba por aquí, que sólo hace falta echarle un vistazo a la Historia para saber que lo tienen todo atado y bien atado. No hacen falta aspavientos, ni sofocos ultraizquierdistas, ni teorías conspirativas, para saber que esto, como se dice en mi pueblo, es más viejo que el cagar. Un buen perro jamás muerde la mano de su amo, y el capitalismo es un mastín de conducta férrea, que muerde cuando le mandan morder y se pone manso junto a la chimenea cuando su dueño le trae un buen pellizco, sea de acciones o de puestos de trabajo medievales que permitan multiplicar el botín. Así que no me cuenten boleros: hace miedo en la calle. Los que ni sueñan con entender ni una mísera parte de cómo funciona el sistema andan temblando, andan sin sueño, preguntándose qué será de ellos si les echan, qué será de los suyos si no pueden llegar a fin de mes. Algunos veinteañeros que yo me sé seguirán aceptando sin rechistar su destino fatal de esclavos institucionalizados del siglo veintiuno y dando gracias, bwana, por explotarme; algunos otros, ni siquiera eso. Del resto del mundo, de las millones de almas para las que la palabra crisis sonaría a sarcasmo, mejor ni hablar. Puede seguir el telediario escupiendo cifras; pueden seguir las lumbreras patrias con su alquimia numérica, explicando de dónde venimos y hacia dónde vamos. A mi humilde parecer, es el señor José María Izquierdo quien más claramente lo ha explicado hasta la fecha, en un artículo en El País: esto se trata, sencillamente, de que cuatro tahúres se ponen a jugar al póker en Nebraska y el marido de mi prima se queda sin curro en Vallecas. Ni más ni menos. El tema es que son los cuatro hijos de puta de siempre, que, pierdan las partidas que pierdan, siempre saldrán ganando: tienen a la mariposa (¿o era un perro?) demasiado bien amaestrada como para que el huracán les pueda alcanzar a ellos. Si algo cambia, señora, será para que todo siga igual.
Éste es el único Caos que yo entiendo:
miércoles, 27 de agosto de 2008
Luz de olvido
martes, 5 de agosto de 2008
Verano
¿Y el verano? Ahí fuera, ahí está, ahí respira en la siesta de las cinco. No va a venir nadie a la ciudad, a preguntarle qué se hace, tan lejos de casa, tan lejos. Ahí fuera anda el verano. Anda algo perdido en la canícula; gatea por los tejados y busca sin encontrar algún zaguán de buena sombra, algún patio fresco con plantas hacia el sur. Está más viejo este año pero no se le nota en la cara. Llama a la ventana del salón con estrépito de otro tiempo y yo no sé si abrirle. Me pondría perdido de sol y humo de kilómetros. Y no sabría señalarle exactamente el camino. Por allí a la casa donde no amanece nunca, por allí a Neruda esperando en una barca, por allí a las palmeras de hace ya diez años. Y además no sé conducir. Si pudiera le llevaría sin rumbo fijo, o a visitar a los que siguen donde yo no puedo. Si pudiera me lo llevaba a La Manga, donde lo conocí. Pero tampoco sé si querría volver. Se le nota que ya agotó todos los bares y las playas donde yacen sin saberlo sus amantes. Se le nota hastiado de parejas que no llegarán vivas a septiembre y de cadáveres en la cuneta que no llegarán ya a saber de esto. Se le nota, se le ve en la cara, que anda lejos de su casa, sea cual sea, no lo sé. Pero qué andará buscando y qué hará aquí ahora, el verano. Vagará, seguramente, calle abajo, falda abajo, tarde abajo. Demasiado temprano para que ande despierto un nómada. Demasiado tarde ya para comprar los periódicos que arden ya en las aceras, desahuciados, porque poco importa ahora a tanta gente que no cierre el horror por vacaciones. Sigue llamando a la ventana, y yo dudando. Quizás le debo algo. Quizás trae noticias de alguien, de algo. Pero dudo. Si abro, querrá quedarse, no se está tan mal aquí dentro. Pero esta tarde es demasiado pequeña para los dos. Dejará de llamar, cuando caiga el sol. Y si resisto la tentación de abrirle hasta entonces, es probable que decida seguir camino, entender que poco tiene que hacer aquí. Seguirá andando ciudad abajo, noche abajo, cuando abran ya los primeros bares y llegue la primera brisa. No quiero abrirle. Ojalá encuentre una quinceañera que le mire como entonces, que le lleve a casa. Ojalá se suba al coche de esos vividores que viajan al verano como si fuera el último. No puedo abrirle. Ojalá llegue a salvo y le reconozcan. No abriré. Ojalá llegue pronto a casa.
miércoles, 11 de junio de 2008
Fe
Atardecía en Malasaña. Una de estas tardes últimas de cielo plomizo, brisa incierta, sol tímido. A la canción de Sabina le faltaría decir que Madrí elige a su capricho las estaciones; cualquier madrugada de abril en un balcón podría ser de verano, las luces del horizonte como de bares de fiesta o faros del Mediterráneo; cualquier tarde de junio puede parecerse a otra de septiembre, como si el verano hubiera sido ya un malentendido y no una profecía que habrá de cumplirse sílaba a sílaba: como ésta, como esta tarde. Acababa de salir del estanco de la plaza del 2 de Mayo, de comprar pilas para el mp3, tras haber certificado que los garitos de sobremesa casi vacíos no combinan en absoluto con libros y tabaco y folios y café cuando la música es demasiado festivalera. Cosas que tiene uno. Que es que ya no te dejan ni estar en paz tranquilamente con tu bajonazo. En fin. Acababa de salir del estanco. Poca gente en las terrazas. Algunos leyendo en los bancos de la plaza o jugando con su perro. Parejas absurdas (absurdas) de camino a dios sabe dónde. Me senté en un bordillo junto a una de las escaleras, trasteando con los cables y las pilas y toda la historia. Buscando alguna canción que sí se me amoldase a las costuras de esta vid
a última que llevo, esta vida que llevamos algunos con los sueños supurando en la mochila y ardiendo en cada libro y enfriándose cada vez que consultas la brújula y constatas que no señala a ningún sitio. Y las estrellas (la Polar) se olvidan de salir. Estaba en ésas, cuando giré casualmente la cabeza, y le vi. Y él se paró en mitad de la escalera, mirándome.
Un hombre. Un viejo. O un hombre de edad indefinible pero que parecía viejo debido al pelo larguísimo y blanco y a la barba poblada y blanquísima y a su ropa vieja y raída. Le calculé cincuenta y muchos, así, a ojo. La viva estampa de un ermitaño, en todo caso. Un fulano que no hubiera desentonado en absoluto en un cuento de Dickens o en cualquier película de piratas. Los ojos azulísimos; la mirada limpia, noble. Porque ésa fue la impresión: nobleza; lo que me hizo quedarme ahí sentado, tranquilamente, cuando se paró en los escalones, y lo que hizo que no le pusiera cara de terminator cuando pasó lo siguiente. Lo siguiente que pasó fue que el hombre, sonriendo, señaló el cacharro que yo trajinaba, y luego se apuntó hacia los oídos, repitiendo el gesto, señalando alternativamente a sus orejas y al (mi) mp3. Tardé un momento en comprender. Está jodío, jefe -le dije, mentí. No se oye nada. Pero entonces, el tipo, sin dejar de sonreír, blandió un folleto publicitario (llevaba varios iguales), una cartulina que anunciaba en inglés nosequé conferencias sobre comercio justo en África y Asia; me lo alargó, señalando con el dedo la fecha. Cinco de junio de dos mil ocho, dije. El tipo percutía con el dedo, señalando al suelo. Sí, dije. Hoy. Entonces sacó un bolígrafo del bolsillo de su camisa y se inclinó, con una pierna adelantada en un escalón, para apoyar el folleto en la rodilla mientras escribía sobre él.
“A quién sirves”, leí, cuando el tipo me alargó el papel. No pude evitar soltar una carcajada. Virgen santa, pensé. Las cosas que me pasan. Me encanta esta puñetera ciudad, pensé. Y respondí, mirando en torno, hacia las terrazas: Y yo qué sé. Pero la risa se me fue trocando en una mueca siniestra, pensando que no, que servir, lo que se dice servir, últimamente no sirvo de mucho, pensando en el café, en el tabaco, en César Vallejo, en el trabajo que no tengo. “A veces –añadí-, ni yo mismo me sirvo”. El hombre enarcó una ceja, sin dejar de sonreír, y tras abrir los brazos y mirar a lo lejos volvió a mirarme; me tendió la mano, preguntando con los ojos. Miguel, le dije, al estrechársela. Se inclinó, escribiendo de nuevo; volvió a mostrarme el papel, mientras se señalaba a sí mismo. “Al lector Miguel”, ponía. Ah, tú me sirves a mí, razoné, zumbón. El hombre asintió. Clavándome los ojos. Sin decir una sola palabra. Entonces comprendí que el tipo no tenía la más mínima intención de abrir la boca. Es mudo, pensé. Pero al momento me corregí: no, no es mudo; está loco. Luego me dije no, no está loco: está más cuerdo que tú y que yo y que el fulano del estanco. Todo esto es lo que pensaba mientras el ermitaño se metía una mano en el bolsillo y sacaba un tallo con dos cerezas. Me lo alargó, ofreciéndome el extremo del que pendía una de ellas, mientras él arrancaba la otra y se la echaba a la boca. Gracias, dije, haciendo lo mismo, como si todo aquello formase parte de un guión, de un espectáculo, de un teatro del absurdo, de un sueño extrañísimo. Entonces volvió a inclinarse sobre la pierna, volvió a escribir: “Compartiendo la fruta del árbol de la sabiduría divinatural”.
Recordé a Shakespeare, o a nosequién: hijo mío, hay más cosas entre el cielo y la tierra de las que no tienes ni pajolera idea. O algo así. El hombre escribía apurando los pocos espacios que dejaban libres las líneas del folleto. Escribía y me miraba, como para ratificar que entendía punto por punto lo que escribía, y a partir de ese momento me hizo entender que debía leer en voz alta todo lo que escribiese. Yo miraba alrededor de vez en cuando, esperando encontrarme a alguien en la plaza o las terrazas partiéndose de risa con la estampa. Pero no. Nadie miraba. Nadie parecía vernos, de hecho. Y yo me sentía absurdamente bien, en medio de aquel disparate. Entonces añadió: “Y esta (aquí el dibujo de una hoja) del mismo árbol es tu contrato de trabajo sin superiore$”.
Ahora era yo el que estaba mudo. Le miré en el fondo de los ojos. Qué. Cómo. Qué. Carajo. A lo mejor soy yo el que está loco, pensé. A lo mejor.
“Y ahora tú empiezas a servir”, leí de nuevo, palabra por palabra, poco a poco, mientras él garabateaba la cartulina con esa letra tortuosa, como de escolar, perjudicada además por la incómoda posición de la mano. Ojalá, dije. Ojalá. “No ojalá sino verbocalizando (sic) estas líneas no tan rectas” (aquí, las palabras líneas y rectas deliberadamente torcidas). Volví a reírme. No me digas. El hombre asintió. Y escribió de nuevo, en uno de los pocos huecos que quedaban ya: “A favor del dios presente, con toda responsabilidad, sin disculpas”. Acabáramos. ¿Dios?, pregunté. Sí, asintió el ermitaño, sin dejar de sonreír, moviendo la cabeza de arriba abajo. Pues yo no le veo por aquí, la verdá. Entonces el hombre se giró un poco, abarcando la plaza con el brazo, señalando a los que leían en los bancos, los que paseaban a los perros, los que tomaban algo en las terrazas del 2 de Mayo. Se inclinó otra vez sobre su rodilla. Escribió:
“Todos somos invisibles”
Volvió a mirarme. Entendí. Asentí. Sí, dije. Sí. Entonces –añadí-, será por eso que Dios es invisible también. Pero el ermitaño negó con la cabeza. Sonrió de nuevo, señalándose otra vez con el pulgar. Tú, dije. El hombre asentía. Tú, repetí. Asintió otra vez. Ah –comprendí, no sé por qué-. Ya entiendo. Tú eres Dios.
Y el hombre, sin dejar de mirarme, sin dejar de sonreír, asintió de nuevo, lentamente. Rasgó la parte del folleto donde había estado escribiendo, ésta que tengo aquí ahora; me lo dio. El contrato. Me lo dio y luego me dio la mano y me miró por última vez, con una inclinación de cabeza, sonriente, antes de echar a andar y perderse por una esquina, mientras yo le miraba alejarse con el trozo de papel en la mano, mirándole alejarse, estúpidamente feliz, mirándole alejarse y sin saber –lo juro-, sin saber qué pensar. Ni en qué se supone que consiste exactamente mi nuevo trabajo.
(Ilustraciones de El Loco y el Ermitaño)
a última que llevo, esta vida que llevamos algunos con los sueños supurando en la mochila y ardiendo en cada libro y enfriándose cada vez que consultas la brújula y constatas que no señala a ningún sitio. Y las estrellas (la Polar) se olvidan de salir. Estaba en ésas, cuando giré casualmente la cabeza, y le vi. Y él se paró en mitad de la escalera, mirándome.Un hombre. Un viejo. O un hombre de edad indefinible pero que parecía viejo debido al pelo larguísimo y blanco y a la barba poblada y blanquísima y a su ropa vieja y raída. Le calculé cincuenta y muchos, así, a ojo. La viva estampa de un ermitaño, en todo caso. Un fulano que no hubiera desentonado en absoluto en un cuento de Dickens o en cualquier película de piratas. Los ojos azulísimos; la mirada limpia, noble. Porque ésa fue la impresión: nobleza; lo que me hizo quedarme ahí sentado, tranquilamente, cuando se paró en los escalones, y lo que hizo que no le pusiera cara de terminator cuando pasó lo siguiente. Lo siguiente que pasó fue que el hombre, sonriendo, señaló el cacharro que yo trajinaba, y luego se apuntó hacia los oídos, repitiendo el gesto, señalando alternativamente a sus orejas y al (mi) mp3. Tardé un momento en comprender. Está jodío, jefe -le dije, mentí. No se oye nada. Pero entonces, el tipo, sin dejar de sonreír, blandió un folleto publicitario (llevaba varios iguales), una cartulina que anunciaba en inglés nosequé conferencias sobre comercio justo en África y Asia; me lo alargó, señalando con el dedo la fecha. Cinco de junio de dos mil ocho, dije. El tipo percutía con el dedo, señalando al suelo. Sí, dije. Hoy. Entonces sacó un bolígrafo del bolsillo de su camisa y se inclinó, con una pierna adelantada en un escalón, para apoyar el folleto en la rodilla mientras escribía sobre él.
“A quién sirves”, leí, cuando el tipo me alargó el papel. No pude evitar soltar una carcajada. Virgen santa, pensé. Las cosas que me pasan. Me encanta esta puñetera ciudad, pensé. Y respondí, mirando en torno, hacia las terrazas: Y yo qué sé. Pero la risa se me fue trocando en una mueca siniestra, pensando que no, que servir, lo que se dice servir, últimamente no sirvo de mucho, pensando en el café, en el tabaco, en César Vallejo, en el trabajo que no tengo. “A veces –añadí-, ni yo mismo me sirvo”. El hombre enarcó una ceja, sin dejar de sonreír, y tras abrir los brazos y mirar a lo lejos volvió a mirarme; me tendió la mano, preguntando con los ojos. Miguel, le dije, al estrechársela. Se inclinó, escribiendo de nuevo; volvió a mostrarme el papel, mientras se señalaba a sí mismo. “Al lector Miguel”, ponía. Ah, tú me sirves a mí, razoné, zumbón. El hombre asintió. Clavándome los ojos. Sin decir una sola palabra. Entonces comprendí que el tipo no tenía la más mínima intención de abrir la boca. Es mudo, pensé. Pero al momento me corregí: no, no es mudo; está loco. Luego me dije no, no está loco: está más cuerdo que tú y que yo y que el fulano del estanco. Todo esto es lo que pensaba mientras el ermitaño se metía una mano en el bolsillo y sacaba un tallo con dos cerezas. Me lo alargó, ofreciéndome el extremo del que pendía una de ellas, mientras él arrancaba la otra y se la echaba a la boca. Gracias, dije, haciendo lo mismo, como si todo aquello formase parte de un guión, de un espectáculo, de un teatro del absurdo, de un sueño extrañísimo. Entonces volvió a inclinarse sobre la pierna, volvió a escribir: “Compartiendo la fruta del árbol de la sabiduría divinatural”.
Recordé a Shakespeare, o a nosequién: hijo mío, hay más cosas entre el cielo y la tierra de las que no tienes ni pajolera idea. O algo así. El hombre escribía apurando los pocos espacios que dejaban libres las líneas del folleto. Escribía y me miraba, como para ratificar que entendía punto por punto lo que escribía, y a partir de ese momento me hizo entender que debía leer en voz alta todo lo que escribiese. Yo miraba alrededor de vez en cuando, esperando encontrarme a alguien en la plaza o las terrazas partiéndose de risa con la estampa. Pero no. Nadie miraba. Nadie parecía vernos, de hecho. Y yo me sentía absurdamente bien, en medio de aquel disparate. Entonces añadió: “Y esta (aquí el dibujo de una hoja) del mismo árbol es tu contrato de trabajo sin superiore$”.
Ahora era yo el que estaba mudo. Le miré en el fondo de los ojos. Qué. Cómo. Qué. Carajo. A lo mejor soy yo el que está loco, pensé. A lo mejor.
“Y ahora tú empiezas a servir”, leí de nuevo, palabra por palabra, poco a poco, mientras él garabateaba la cartulina con esa letra tortuosa, como de escolar, perjudicada además por la incómoda posición de la mano. Ojalá, dije. Ojalá. “No ojalá sino verbocalizando (sic) estas líneas no tan rectas” (aquí, las palabras líneas y rectas deliberadamente torcidas). Volví a reírme. No me digas. El hombre asintió. Y escribió de nuevo, en uno de los pocos huecos que quedaban ya: “A favor del dios presente, con toda responsabilidad, sin disculpas”. Acabáramos. ¿Dios?, pregunté. Sí, asintió el ermitaño, sin dejar de sonreír, moviendo la cabeza de arriba abajo. Pues yo no le veo por aquí, la verdá. Entonces el hombre se giró un poco, abarcando la plaza con el brazo, señalando a los que leían en los bancos, los que paseaban a los perros, los que tomaban algo en las terrazas del 2 de Mayo. Se inclinó otra vez sobre su rodilla. Escribió:“Todos somos invisibles”
Volvió a mirarme. Entendí. Asentí. Sí, dije. Sí. Entonces –añadí-, será por eso que Dios es invisible también. Pero el ermitaño negó con la cabeza. Sonrió de nuevo, señalándose otra vez con el pulgar. Tú, dije. El hombre asentía. Tú, repetí. Asintió otra vez. Ah –comprendí, no sé por qué-. Ya entiendo. Tú eres Dios.
Y el hombre, sin dejar de mirarme, sin dejar de sonreír, asintió de nuevo, lentamente. Rasgó la parte del folleto donde había estado escribiendo, ésta que tengo aquí ahora; me lo dio. El contrato. Me lo dio y luego me dio la mano y me miró por última vez, con una inclinación de cabeza, sonriente, antes de echar a andar y perderse por una esquina, mientras yo le miraba alejarse con el trozo de papel en la mano, mirándole alejarse, estúpidamente feliz, mirándole alejarse y sin saber –lo juro-, sin saber qué pensar. Ni en qué se supone que consiste exactamente mi nuevo trabajo.
(Ilustraciones de El Loco y el Ermitaño)
jueves, 29 de mayo de 2008
"Crecer"
Ya sé que no hay más remedio, pero cansa.
Ya sé, ya lo sé, no hace falta que me lo recordéis. Que esto va en serio, que nadie nos dijo que fuera a ser fácil; que ya dejaron de contarnos todos los cuentos hace mucho tiempo y hace mucho tiempo ya que crían polvo en los últimos baúles de la sangre, el caballo cojo, el dragón muy viudo; el castillo de la niebla desahuciado, solo de siglos, en silencio. Ya sé, ya lo sé: pero cansa. Me diréis que ya han pasado diez inviernos y diez más. Me diréis que ya hemos jugado mucho y hemos sangrado mucho en las rodillas. Me diréis que ya volvimos muchas veces, muy pequeños, siguiendo las miguitas del sol a ningún sitio; quizás César abrazándome, abrazándome César me diga que
ya nos hemos sentado
mucho a la mesa, con la amargura de un niño
que a medianoche, llora de hambre, desvelado
Y bien: “hasta cuándo estaremos esperando lo que no se nos debe”. Hasta cuándo “este ventisquero de óxido”. Hasta cuándo esta pizarra de tan lejos y este cuaderno lleno de lobos y este pasar de curso repitiendo sin embargo repitiendo siempre la misma asignatura. Me tratan de loco los adultos. Me ignoran de viejo los más niños. Me decís vosotros: esto iba en serio, no iba a ser fácil, ya dejaron de contarnos todos los cuentos.
Y me cansa.
Porque tengo diez inviernos y diez más y cuatro más. Porque ya me contaron todos los cuentos. Pero yo apenas he empezado a contar los míos.
Ya sé, ya lo sé, no hace falta que me lo recordéis. Que esto va en serio, que nadie nos dijo que fuera a ser fácil; que ya dejaron de contarnos todos los cuentos hace mucho tiempo y hace mucho tiempo ya que crían polvo en los últimos baúles de la sangre, el caballo cojo, el dragón muy viudo; el castillo de la niebla desahuciado, solo de siglos, en silencio. Ya sé, ya lo sé: pero cansa. Me diréis que ya han pasado diez inviernos y diez más. Me diréis que ya hemos jugado mucho y hemos sangrado mucho en las rodillas. Me diréis que ya volvimos muchas veces, muy pequeños, siguiendo las miguitas del sol a ningún sitio; quizás César abrazándome, abrazándome César me diga que
ya nos hemos sentado
mucho a la mesa, con la amargura de un niño
que a medianoche, llora de hambre, desvelado
Y bien: “hasta cuándo estaremos esperando lo que no se nos debe”. Hasta cuándo “este ventisquero de óxido”. Hasta cuándo esta pizarra de tan lejos y este cuaderno lleno de lobos y este pasar de curso repitiendo sin embargo repitiendo siempre la misma asignatura. Me tratan de loco los adultos. Me ignoran de viejo los más niños. Me decís vosotros: esto iba en serio, no iba a ser fácil, ya dejaron de contarnos todos los cuentos.
Y me cansa.
Porque tengo diez inviernos y diez más y cuatro más. Porque ya me contaron todos los cuentos. Pero yo apenas he empezado a contar los míos.
miércoles, 7 de mayo de 2008
Siglos, minutos
Se están mirando por encima de los hombros de sus opuestos, de los que van bailando con ellos en una espiral suicida de humo y sudor y vapor de sexo y luces de neón. Se están mirando lentamente, largamente, en los dos segundos y medio que pueden mirarse al girar sobre su eje, como dos planetas encontrados en el tiempo. Se están mirando sin que nadie sepa nada mientras bailan con otros dos que también ignoran el seísmo sordo, subterráneo, de los ojos que se andan mirando lentamente clandestinos junto al rompeolas de la noche mediterránea. Se están vigilando en conmoción, desde dentro, y a cada vuelta indagan en sí mismos la razón oscurísima del misterio y el enigma irresoluble de haberse encontrado sin encontrarse, de llamarse a gritos sin saber sus nombres, de lamerse los ojos y la boca y el cuerpo entero sin tocarse. Él le taladra implacable la mirada cuando puede, cuando no baja la cabeza para oír un susurro o susurrar él mismo o besar con urgencia o misericordia. Ella le escruta perpleja el fondo de los ojos cuando quiere, cuando hace como que mira distraída en derredor o se apoya en el pecho próximo o sabe con certeza que él estará mirando, y que ella no va a ruborizarse. Se están presintiendo por la espalda y reconociéndose de frente en varios minutos que son siglos hasta que acaba la balada tristísima, lejana, y dejan de bailar y se pierden de vista entre la gente, y comienza una tonada canalla que habla de emboscadas y balcones furtivos y espejos rotos como puzzles. Él no lo sabe, pero Ella le ha dicho a su acompañante quieres algo de beber?, yo tengo sed. Ella no lo sabe, pero Él le ha dicho a quien le acompaña vale, ve al baño, estaré en la barra. Y ninguno de los dos sabe, sabiéndolo en fondo, que al acodarse en los lados opuestos volverán a encontrarse de bruces como a babor y estribor de dos barcos paralelos; entre ellos, un mar de luces y sombras y ron. El estómago del revés, el corazón en cueros; la sangre al galope: suicida. Vámonos de aquí, le grita él con los ojos, kamikaze. Vámonos de aquí, le grita ella, sin decir nada, desde dentro. Serán sólo, esta vez, cinco minutos como cinco siglos mirándose lentamente, largamente, precipitándose los dos, corazón, sin miedo, hasta el abismo. Entonces llega el acompañante de Ella, y la abraza por la espalda, le da la vuelta, la besa. Entonces llega la acompañante de Él, se acoda a su lado, le susurra algo al oído. Ella vuelve a girarse un momento, irreparable, antes de salir del bar de la mano del otro. Él finge llamar al camarero con un gesto mientras la sigue contemplando, la sigue adivinando entre la multitud, la pierde de vista para siempre.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)