domingo, 4 de febrero de 2007

Domingo

"...Tú quizás mientras busques en horarios perdidos
la letra de una canción que yo te he escrito..."
(I. S.)

Ah, pero tú tampoco sabrás qué hacer en las tardes como ésta. Tardes viejas muertas de domingo en que no haya quien te espere, ni quien te escriba mentira alguna en el vaho de los cristales. Tú también mirarás la tarde que hierve entre la furia y el fracaso, acodada en el balcón, fumando ansiosa a la espera de una noticia que no va a llegar. Si estás en el pueblo, mirarás las luminarias amarillas de los faroles como al contraluz de un vaso que aún conserva el carmín vencido de aquel beso a escondidas, el que quizás diste a algún muchacho casual que ya habías olvidado. Si estás en la ciudad, te enfadarás de nuevo con las sombras de tus pasillos, te preguntarás qué hacen las putas los domingos por la tarde sin clientes ni tabaco, maldecirás o compadecerás a las parejas que abarrotan los cines en busca de una historia que no les recuerde a la suya. Tú tampoco sabrás qué hacer en esta tarde en la que quedan tan lejos los crepúsculos sangrientos de la sierra, los pactos delincuentes por las calles del casco viejo, cuando cada banco era una posada, cada esquina una tregua, cada despedida una promesa de noche azul y manos frías en las mejillas. Ya se escribieron todas las cartas del invierno que merecieron ser escritas a la luz de un candil y leídas a la orilla de la chimenea. Ya se vivieron todas las noches antes del lunes de instituto pensando en ti, en qué estarías haciendo en esas tardes tan parecidas a ésta; si mirarías como yo por la ventana oscura o deambularías por tu calle buscando un encuentro casual o gemirías de celo y perplejidad en el coche furtivo de alguien mucho mayor que tú y que yo. Quizás la mujer que fuma ahora en el balcón recuerde con misericordia a aquella adolescente que creía tener en su mano todos los billetes del mundo a todas partes. Por eso entre otras cosas quizás no sepas qué hacer en esta tarde de domingo en que escuchas cercano el rugir del tráfico en la calle, o el ladrido de un perro nómada, allí a lo lejos junto al río. Ya te aburren los versos que leíste emocionada hace años. Ya te saben a estafa las películas viejas de infancia de sobremesa, las canciones con las que bailabas a solas cuando volvías de madrugada, sorteando sombras sobre los adoquines mojados. Ya te parecen más tristes los parques donde descubren el sexo los niños urgentes y los bares cerrados de ayer noche, hervidero vergonzante de derrotas. No. Tú tampoco sabrás qué hacer con esta tarde violenta de domingo en que tal vez te acuchilles a ciegas con tu conciencia, escribas implacable tu desidia entre los apuntes de la facultad o tires al vacío todos los libros que ya no te entienden. Tú tampoco sabrás qué hacer. Tú tampoco entenderás la luz añil brevísima en los patios. Tú tampoco cogerás el teléfono. Tú tampoco sabrás desnudar el balcón de nuevo. Tú tampoco mirarás el teléfono.

viernes, 26 de enero de 2007

Nieve

Son las tres y cincuenta y tres minutos de la mañana. Decía Neruda que no entendía por qué carajo se dice eso de la mañana cuando es de noche. O sea, que en realidá son las tres y cincuenta y tres minutos de la noche. Y yo estoy chucísmo. Sí, es jueves de madrugada, y yo ando más ciego que el maestro de Kung-Fu, ése que preguntaba, con los ojos en blanco –memento Martes y Trece- dónde-está-el-pequeño-saltamontes.

Sí. Así vamos un jueves de madrugada de un mes, de un año cualquiera, cosa que a nadie a estas alturas puede llegar a escandalizar. Al fin y al cabo, dirá alguno, la peña se lleva cociendo ya siglos, y nadie tiene ya en cuenta si es un jueves, un sábado de vino y rosas o una fiesta de guardar; si es el bautizo de un sobrino lejano o el entierro de un cabrón notorio al cual uno asiste sólo por certificar que efectivamente el individuo está muerto y bien muerto, y no hay resurrección posible. (En qué infierno andará, a todo esto, el abuelito Augusto…).

A nadie, ya lo sé, a nadie puede ya extrañar que un fulano de veintipocos tacos pueda regresar en estas condiciones un jueves, a las cuatro casi de la mañana, con el panorama que tenemos. Quiero decir que ya se acabó lo del pan negro y la cartilla de racionamiento, ya acabaron las deudas con el tendero que te hacía enrojecer –a ellos, no a ti- porque hace semanas que no pagas la cuenta vergonzante de la Posguerra. Ya acabó todo, tío. Tía: estamos todos ya de puta madre. Mira a tu alrededor. No se puede pedir más. Fíjate que tienes hambre pero te basta con un gesto para abrir la nevera y que el siguiente pensamiento sea sobre el examen de dentro una semana, sobre el capullo (o capulla) de segundo que te mira de reojo y te pone a cien, quieras que no, cuando te mira o no te mira. Fíjate que tienes frío y piensas joder, qué puto frío hace, pero te basta un solo gesto, abrir el armario o subir la calefacción, para que lo único que te preocupe sea si lo que ponen a las diez es Operación Hermano o el último testimonio con el primo segundo gemelo del ovario adoptado de la Obregón. El mundo es maravilloso, colega. Te lo digo yo. Y no hagas ni puto caso a quien te diga lo contrario. Estás aquí, en este primer mundo cojonudo que Dios –en su infinita misericordia, porque tú lo vales, cual usuario de Loreal- te dio. Estás aquí y que nadie te quite lo bailao y que nadie, por favor, te vaya a amargar la vida.

No hagas caso, te lo digo yo. No hagas ni puto caso a quien te diga que la cosa va mal, que la vida no tiene equilibrio, que no hace el mismo frío para todo el mundo. Fíjate en tu vida, joder. O es que no tienes problemas? O es que no te toca los güevos la pérfida existencia todos los días? Es que no es cruel contigo la mísera intrahistoria que te ha tocado vivir? Que sí, que en el telediario salen todos los días los negritos, o los libaneses, o los iraquíes hechos polvo que no tienen culpa de nada y sin embargo les caen bombas día sí y día también, pobrecicos, qué culpa tendrán ellos. Pero tú tambíen tienes tu sufrimiento. O qué. Tú también tienes tus motivos para mirar al vacío o quedarte en silencio o para llegar de madrugada y mirarte al espejo muy despacio preguntándote a dónde, a dónde coño vas. Que tú también tienes lo tuyo, y a ver quién es el listo que lo pone en duda. Que aquí a todos nos dan por saco por hache o por bé, y no hay cristo que pueda cuestionarlo.

Y sin embargo vas trompa, hoy, ahora, un jueves cualquiera, a las tantas de la mañana de un año cualquiera que se llevará el tiempo como se llevó la brisa, el ruido, la furia de tantos. Estás en una cama escribiendo esta afrenta, en una noche en calma de un año de paz de tu tierra próspera, escribiendo porque sabes cómo hacerlo, escribiendo libre porque hubo hombres y mujeres que se dejaron la piel y la vida y la sangre por que hoy puedas respirar, emborracharte, escribir libremente en este lamentable estado en un día cualquiera de un invierno cualquiera de tu vida que eres libre, que puedes comer cuando quieras, que puedes dormir cuando quieras, que puedes dejar el mundo en suspenso hasta el mediodía, incluso antes de que el examen de cada día te suspenda a ti.

Que estás aquí, y puedes contarlo y hasta te escuchan.

Son las cuatro y cuarenta y cinco minutos de la noche. Voy tajao, ya lo he dicho. Muerde el viento en el patio, ahí fuera. Sólo quería decir que es jueves, que es ya viernes, veintiséis de enero de dos mil siete. Que he respirado hasta mi casa las calles azules de la sacrosanta Democracia. Y que por el camino venía discutiendo con mi tristeza veinteañera, y me he dado de bruces con el mendigo de mi calle y su cama de cartón.

Nevaba a cántaros.

Y me he puesto a escribir esto, sólo por no morirme de vergüenza.

miércoles, 24 de enero de 2007

Causalidá



Me contaron que estabas enamorada de otro

Entonces me fui mi cuarto
y escribí aquel artículo contra el gobierno

por el que estoy preso.

(Ernesto Cardenal)

viernes, 12 de enero de 2007

Lady in red

Al verano de La Manga.
A mis amigos.


Era la mujer más hermosa del Mediterráneo. Y, mira tú por dónde, había ido a parar precisamente a esta costa, a esta noche, a este bar. Era, debía de ser la mujer más hermosa jamás avistada en cualquier latitud de esa noche azul de plata entre la media luna de Estambul y el sortilegio de ron de Cabo de Palos, y sin embargo ahí estaba, en esta misma costa, en este mismo bar del mismo puerto, apenas unos pasos más allá de la trinchera de la barra donde él bebía con sus amigos y no dejaba de repetirse que era, debía ser, era la mujer más hermosa del Mediterráneo.

Debía serlo, porque nada más entrar al bar y a pesar de la penumbra, a pesar de la música a toda leche en éste y en los demás bares contiguos y del rumor adolescente a pie de dársena, a pesar del alcohol, el delirio y las partidas de ajedrez en las miradas, a pesar de todo eso y nada más entrar al bar se abrió un claro entre la gente como una explosión o como un escándalo que hizo que todos se girasen y todos la mirasen y enmudecieran, y entrase un vendaval de brisa y se santiguaran con la izquierda los borrachos y hasta el dj, que no dejaba de dar por saco con el ave maría, cuándo serás mía, cambiase el tema de golpe por aquello de y morirme contigo si te matas, y matarme contigo si te mueres, porque el amor, cuando no muere mata, porque amores que matan nunca mueren. O quizás nada de esto sucedió y lo que pasó en realidá fue que entre el décimo séptimo trago y el impacto de la visión inicial como una cuchillada en el estómago creyó ver y oír cosas que no terminaban de pasar, que nunca se sabe en estas circunstancias. Pero bueno. El caso es que la Mujer más Hermosa del Mediterráneo entró al mismo bar que él, se inclinó un momento sobre la misma barra en la que él estaba acodado más allá, en la esquina, y le pidió algo al camarero que él no pudo oír pero que creyó leer en sus labios: “vengo buscando un corazón”.

Lo mismo podía haber dicho ponme un vodka con limón, o esta música mola del copón, pero no: él sabía perfectamente lo que acababa de oír. Vengo buscando un corazón. Fuera así o no, lo cierto es que al poco rato de que le sirvieran, y estando en pleno éxtasis hilarante con sus amigas –que también tenían su punto, quieras que no-, se le acercó un rufián directamente salido de Los vigilantes de la playa, que se había abierto camino a codazos entre la gente y se había colocado justo a su lado, soez. Estudias o trabajas, nosequé. Verdes las vas a segar, imbécil, pensó él, dándole un trago al Negrita. Ella, efectivamente, cruzó dos frases con el imbécil, distante, y el otro se fue por donde vino. Qué te diría, pensó él. Qué te diría yo si pudiera, si la cuchillada en el estómago me dejase acercarme a ti, olerte muy de cerca, mirarte a los ojos muy despacio. Vente, quizás, te diría. Pero qué haces aquí, vente conmigo, qué tienes que perder...

-Acho, qué pasa, qué pijo miras? –uno de sus amigos se le acerca, le pregunta que qué pasa, que qué pijo mira, y se le queda mirando por encima de las gafas.

-Eeeeeh, ná, ná, no pasa ná.

-Pffffffff…

Pero le acaba de mirar. Ella a él. Ha sido sólo un instante, fugaz, pero con la intensidad de un taladro a la altura del estómago. Tienes que acercarte, se dice. Tienes que ir allí, disimuladamente –algo más disimuladamente que el capullo de Los vigilantes de la playa-, y tienes que decirle algo. O hacer lo que sea para llamar su atención. Hacer el payaso, subirte a la barra, robarle el bolso y salir pitando y que ella te siga, y que al salir la acorrales y le digas quieta ahí, los labios o la vida. Tienes que acercarte, antes de que sea tarde, y hacerle saber que existes y que la has visto y que antes de que amaneciera debías decirle al menos que es la mujer más hermosa del Mediterráneo, o improvisar algo, aunque sea robado, he surcado océanos de tiempo para encontrarte, quiero hacer contigo lo que hace la primavera con los cerezos, báilame hasta el final del amor, y si te pregunta que por qué pues le respondes eso que tanto repite el otro capullo solemne, el Miguelton: porque es de noche, porque somos adolescentes, porque estamos borrachos…

-Acho, yo voy a por otro, tú quieres? –otro de sus amigos se acerca a la barra, junto a él, en busca de la siguiente copa.

-Va a ser, va a ser...

-Y a ti qué capullos te pasa, si se puede saber?

-Ná, tío. La insoportable levedá del ser.

-Ahhh –el colega pone cara de hastío infinito-… A mí déjame, que sólo quiero bebeeer…

Y mientras piden otra ronda y no la piden, y acaba una canción y empieza otra, él no deja de calcular estrategias, caminos, probabilidades de éxito o de fracaso o porcentajes variables de relevancia del fracaso cuando se tienen diecisiete años y es verano, y es de noche, y se está borracho. Y mientras él hace sus cábalas y mira o no mira de reojo e intenta por todos los medios ponerse vendas de osadía en la hemorragia del estómago, la Mujer más Hermosa del Mediterráneo le ignora de manera notoria –él ya duda sobre si la mirada anterior fue real o un espejismo-, baila y resplandece como una vela en la penumbra de una alcoba, bebe, ríe, lidia magistralmente con los sucesivos moscardones, polillas alrededor de un mismo farol -mis semejantes al fin y al cabo, piensa él ahora: mis hermanos-, y se deja llevar por el compás salvaje de una música que parece poseerla o parece hechizarla o al revés, como si fuera ella quien marcase los acordes como un imperativo supremo de sus caderas de vértigo bajo el vestido rojo... Ya se le andaba acabando el vaso y sentía cada vez más cerca el momento fatal: ahora o nunca. (Maldita seas, le diría, esta vez sí. Maldita seas que duele mirarte. Maldita seas si ahora mismo no te vienes a bailar conmigo con el acordeón del rompeolas. Maldita seas si no amaneces hoy conmigo de arena hasta los dientes. Conmigo…

-Me parece que nos vamos a ir ya, eh…

Se va a girar, para decirle a su amigo que no, pordios, que espere, cinco minutos, al menos cinco minutos más. Pero no puede. En ese momento ni siquiera acierta a decir nada, ni a girar la cabeza, porque lo que acaba de ver le ha vuelto a abrir a bocajarro la herida del estómago, esta vez con una sangría de sudor frío que le recuerda vagamente a cuando, hace no tantos años, el profesor le llamaba para salir a hacer una ecuación a la pizarra:

La Mujer más Hermosa del Mediterráneo, ahí enfrente, en la penumbra, dejándose lamer la boca y sobar las caderas por el capullo de Los vigilantes de la playa.

-Bueno qué, nos piramos?

-Sí –responde él, regresando lentamente, poniéndole una mano en el hombro a su amigo-. Vámonos.

Y, tras apurar el ron y asegurarse de que todos habían salido ya, estrelló el vaso, tranquilamente, contra el suelo del bar.




Amanecía.



domingo, 31 de diciembre de 2006

Pasatiempo



Hay tardes
tan hermosas

Hay tardes tan hermosas que no se echa de menos nada apenas nada
Tardes en que entra el sol en el metro,
se huele a hoguera en la avenida,
respiran los acordes quince años

Son tardes extrañas tardes viejas tardes furtivas cómo decirlo
tardes como de algo oculto en el monte como de violín entristado
revelando no sé qué, no sé dónde

son tardes como de mirarlas por la ventana todo de oro,
como de sábado por la tarde en el balcón de la bisabuela mientras
ríen, hablan todos, allá dentro
-ya no mira ella; ya yo solo-
tardes tan hermosas por lo hermoso que pudo ser que es

todo en esta tarde en que se tienta
-corazón en cueros-
la emoción


Son extrañas dulcísimas mías, mías para mí estas tardes en que
cabe guiñar un desengaño a cualquier niño
o recordar a alguna anciana que yo también la quise, hace siglos
tardes ámbar u ocres o azulísimas en que urge ir silbando por la calle
y escuchando esta canción,
la piel de gallina la sonrisa a medias la lágrima a punto,
a punto de tarde de esta tarde

de una tarde dulcísima extraña viejísima en que
no hace falta imaginar
el otoño delirando por la Vega
padre y madre con café
pablito volando solo él solo

tarde bendita, tranquila tarde en que no es preciso recordar siquiera
un sauce de instituto un naranjo de colegio una plaza tres hermosas
dos amigos

tarde madre, tarde abuela, tarde novia que parece bordar
pavesas rubias de adioses mientras se demora mi regreso

tardes tan de miel y tan de azul que se abre un tragaluz
en los bolsillos


Hay tardes,
como ésta,
tan hermosas

que hasta es dichoso ir recordando ausentes por la calle,
vislumbrar emocionado allí a lo lejos
a todas las mujeres que me dieron cobijo

y recibir una limosna en la mirada
el mendigo aquel que se parece a mí


tardes –lo juro- tan hermosas
que rindo oscura pleitesía a mis fantasmas
y me dejo llevar tranquilo de la mano
de la niña verde del dolor 



Hay tardes
-perdón por la tristeza-
hay tardes
tan hermosas

que no se puede no se debe no se debería

echar de menos nada apenas
nada,


           nada…


M., 25/X/06

domingo, 24 de diciembre de 2006

Nochebuena

En mi calle vive un hombre que una vez, hace tiempo, tuvo otra vida.

Y no es que él me lo haya confesado nunca, porque en realidad apenas hablamos. En realidad no hemos hablado nunca, y por tanto nunca ha podido contarme que una vez, hace años, él era otro hombre. Pero yo lo sé. Yo sé sin saberlo que el hombre de edad indefinible y mirada azul que vive en la escalera del supermercado de mi calle, entre cajas de cartón y pasos urgentes, tuvo una vez una casa, un trabajo, una familia; también un nombre con que le llamaban la atención en clase, con que firmaba los recibos de la luz. Que quizás susurraba junto a su oído, en las noches de sudor, una mujer que amaba su mirada abisal y su apostura de sauce triste.

Pero todo esto, ya digo, él no me lo ha contado jamás, si bien es cierto que apenas le da tiempo a decir nada en el escaso instante que nos cruzamos, cuando yo entro o salgo de la tienda. Suele estar sentado en uno de los escalones, bien apartado para no molestar a las señoras que pasan cargadas de bolsas; a veces fuma, a veces no. Lo que nunca cambia es la expresión de su rostro, de absoluta abstracción o de absoluta indiferencia, como uno de esos viejos pescadores que se sientan al atardecer en el espigón del puerto con su caña enhiesta, pero que en el fondo les importa un carajo si cae algo o no: es sólo una excusa para mirar al horizonte, y pensar tranquilamente, o no pensar en nada en absoluto.

Quizás por ello no hay una sola variación en sus facciones cuando algunas veces salgo y, si llevo algo suelto en el bolsillo, lo dejo caer suavemente junto a los cartones que le sirven de colchón. El tipo no sonríe, no se mueve, no cambia de expresión y –me parece- ni siquiera de pensamiento. Tan sólo se me queda mirando, diáfano e impasible como un espejo. Y yo me pregunto mientras sigo camino de dónde viene, cómo se llama, en qué diablos piensa o en qué tiempos perdidos de pan o mediodía se refugia con la mirada clavada en el asfalto de García de Paredes. Luego subo hasta mi casa con la compra y me olvido de él, hasta la próxima vez.

A veces, cuando voy al trabajo con los cascos puestos y el mp3 a toda leche, aún caigo en la cuenta, y me giro a la altura del supermercado, a ver si está. Otras, incluso, me lo cruzo cuando vuelve a su guarida con un tupper-ware del autoservicio que hay junto a mi casa, y si me reconoce se me queda mirando con sus ojos pétreos, azulísimos, de estatua cansada, y yo también le miro y le digo sin que me oiga buen provecho, jefe, le siente a usté bien.

El otro día, sin embargo, sucedió algo fuera de lo común. Yo bajaba la calle, con maleta a cuestas y también a toda leche, pero esta vez porque se me escapaba el tren de regreso a mi pueblo. Y al pasar junto al supermercado ahí estaba él, con su pinta de pescador milenario. Pero esta vez su expresión era distinta. Se quedó mirando mi maleta, mi cara de fugitivo, mis prisas. Y juraría que en los pocos segundos que llegué a mirarle, compuso un gesto extraño: una media sonrisa amarga junto a una mirada nueva, con algún destello de ironía pero sin dejar de ser triste: como mirándome desde mucho tiempo atrás.

De nuevo, a los pocos segundos, le olvidé. Finalmente conseguí coger el tren, llegar a mi pueblo, dormir en mi casa. Y esta tarde, no sé por qué, antes de la cena y de salir esta noche, me he acordado de él, mi desconocido íntimo, inquilino del portal del supermercado de mi calle de Madrid. Y me he puesto a escribir esto.

No dejo de preguntarme qué hará él, mi viejo amigo, en una noche como ésta.


Feliz Navidad a todos.

miércoles, 20 de diciembre de 2006

Del poder y los cabrones

(O de cómo un aeropuerto francés puede derivar en aduana turca)


Suele decir el amigo Reverte que no hay nada más peligroso que un imbécil con poder. Y lo cierto es que no le falta razón, al Duke of Corso. Arguye el cartagenero ilustre que con un malo, retorcido o hideputa común, pero con ideas claras, al menos te puedes conjeturar por dónde te pueden llover las hostias; pero con un imbécil no. El imbécil, en su natural imbecilidá, es absoluta e implacablemente impredecible. Como un mono con una navaja de afeitar, como un simio en la Casa Blanca –cosa que ya ocurre, de facto-, o como Ágatha Ruiz de la Prada en cualquier sarao con fotógrafos de por medio: aterradoramente arbitrario e inexorable.

Pero bueno, al tema. Que Reverte sostiene no hallar peor combinación de las perversiones o desgracias humanas que el poder aliado con la estupidez. Yo, hasta hace muy poco, estaba más o menos de acuerdo con ello. Hasta hace muy poco.

Ese “hace muy poco” se refiere concretamente al pasado domingo por la mañana, en el aeropuerto franchute de Beauvois, o Boveauise, o Bovuá, o como carajo se escriba/diga. Llegamos allí, después de tres días de maratón por todo el Paguí de la Fgans, hechos polvo pero a nuestra hora –las siete menos algo de la mañana, o por ahí; el vuelo salía a las ocho: ver foto-. Un servidor, concretamente, con una pinta de refugiado albano-kosovar que tiraba patrás –gorro de esquí, barba de cuatro días y mirada de Jack el Destripador: es que me apasiona madrugar-. Después de guardar la pertinente cola, me llega el turno para –¡yupiii!- jugar un ratico a los médicos con los tipos del control anti-terroristas alcohólicos del Valle de Ricote. La cazadora, el cinturón, el móvil, el mp3 y hasta mis calzones de acero XXL –por supuesto-: todo a la bandejica. Luego pase usté por los infrarrojos y pare, estése quieto y ponga los brazos en cruz, Guantanamero (mmmm, picarona, le susurré al fulano, mientras me sobaba la entrepierna buscando –comprensiblemente, por otra parte- algún arma de destrucción masiva). Cuando el tipo se convenció de que no era viable el tema de elaborar en pleno vuelo un explosivo, a lo McGyver, entre el mechero Bic, el colgante de la Plaza Bohemia y el vigoroso Johnnie Walker de mi hígado, me dejó acercarme a la cinta eléctrica para dar cuenta a otro intrépido Sherlock Holmes de los diabólicos fines que mi natural pérfido escondía al llevar en la mochila un libro de un tal Migggel Delibés –El camino: subversión antisistema pura y dura-, cinco camisetas/jerseys de Zara, y una lámina del Museo D’Orsay, reproducción del cuadro de un fulano impresionista: una pareja de agricultores, marido y mujer, rezando de gratitud hacia la tierra por las cuatro escasas piezas que habían conseguido arrancarle aquel día. El señor Holmes me miró de reojo, con retranca, como diciendo habrá maricón. Y yo me lo quedé mirando tranquilamente, como diciendo porque tú no quieres, tonta.

Hasta aquí todo “normal”. Porque la cosa se puso interesante de verdá acto seguido, cuando, a petición de Torrente, abrí un bolsillo lateral de la mochila para enseñarle mis artilugios bélicos de aseo, entre los que se contaban un inquietante frasco de perfume al que le faltaban tres gotas para morir, un siniestro minifrasco transparente con líquido de lentillas, y un par de recipientes de plástico con sus correspondientes y demoníacas lentillas de repuesto. Y aquí ya se armó la marimorena.

Más de uno estará pensando a estas alturas que como estoy en Babia, y además tengo muchas leyes, estas cosas me pasan sencillamente porque soy gilipollas. En ese caso, yo diría tranquilamente: vale, mea culpa. Fragélome yo pispo. Pero no. Porque aquí el que suscribe llegaba con los deberes hechos a la aduana de El expreso de medianoche. Habiendo leído el mail que los gentilhombres de Ryanair me enviaron (“Solo le está permitido llevar en su equipaje de mano pequeñas cantidades de líquidos. Estos líquidos tienen que ir en pequeños contenedores con una capacidad individual máxima de 100 ml. Cada pasajero tiene que empaquetar estos contenedores en una bolsa transparente de plástico con autocierre de no más de un litro de capacidad máxima (bolsa de aproximadamente 20 x 20 cm.), para facilitar la inspección de estos productos en los controles de seguridad.”), me aseguré de llevar el líquido para las lentillas -5.50 y 5.0 dioptrías de miopía a diestra y siniestra: cegato total- en un minifrasco, como he dicho, de 50 ml. El tarro del perfume era de tamaño similar, transparente, y además estaba ya casi vacío. Y sobre los recipientes con las lentillas de repuesto, pues son considerablemente más pequeños que los anteriores –como no suelo tener a mano una pipeta de laboratorio, pues no puedo especificar el volumen exacto-. Todo en orden, vamos. Sólo me faltaba la puñetera bolsa transparente de plástico con autocierre de aproximadamente 20 x 20 cm., pero ese flanco también estaba, teóricamente, cubierto, porque, tal y como me habían comentado previamente y pude comprobar yo mismo luego, en el control de al lado las estaban dando los Sherlock Holmes mismos.

Y aquí es donde entra el dilema metafísico del poder y los imbéciles, o del poder y los hijos de puta. Abro el bolsillo lateral de la mochila, le enseño al fulano, ilustrándolo con mi pulcro inglés de la CEAN, todo lo que llevo en estado líquido, mire, don Fransuá, esto para los ojos, ojés, lo ve?, esto por si se me joden las lentillés que llevo, esto otro porque a las nenas les pone el Massimo Dutti, aunque sean dos gotas. El tipo los examina, en apenas dos segundos concluye que no se trata de Goma 2, ni de ácido bórico –yo miraba a mi alrededor, suspicaz, por si aparecía por allí de repente Pedrojota y me confundía con Dejuana Chaos-, y acto seguido se los pasa a su compañero de al lado, que se ve que en la jerarquía de los Torrentes era el Torrente mayor, para el veredicto final: un fulano regordete, rubicundo, trajeao pero con cara de buey, como de piñón fijo. El Torrente Mayor agarra el perfume –dos gotas-, el frasco de líquido lentillero -50 ml.- y las dos lentillas de repuesto, las tira en la bandeja, y me dice en un francés de la aldea de Astérix que o las meto en una bolsa transparente de plástico con autocierre de aproximadamente 20 x 20 cm., o crudo lo llevo. Yo le respondo tranquilamente que vale, que me dé una, tal y como hacen sus compas del control de al lado, pero el tipo dice que nanai, que tengo que volver a salir al vestíbulo y buscar allí una tienda –supongo que regentada por su puta madre y su prima la menor- donde comprar la dichosa bolsa. Le replico que eso está muy bien, pero que entre lo que tardo en salir, comprar la bolsica y volver a entrar, mi avión ya puede estar en Cancún. Me repite, en plan Terminator cuando se le va la olla y se le queda colgao el sistema, que encuentre cagando leches una bolsa transparente de plástico con autocierre de aproximadamente 20 x 20 cm.

Y entonces yo caigo en la cuenta. DIng-dong. Ya sé a quién carajo me recuerda, el tipo. Es clavadito, aunque sólo sea en las formas, a los matones del recreo que te partían la cara porque les apetecía, porque te sacaban un par de años, porque ellos lo valían, simplemente. Clavadito al jefe que te toca el culo cuando se cruza contigo por el pasillo, y tú a callar, porque o tragas o a la puta calle. Clavadito, en fin, a toda esa jauría de hijos de puta con o sin uniforme que desde siempre, desde la más tierna infancia, sólo sueñan con compensar sus complejos –en el fondo saben, los pobres, que sólo son unos mierdas- con unas migajas de poder, de autoridad sobre el prójimo, y escupirte cada dos por tres las palabras mágicas que siempre quisieron pronunciar: usté no sabe con quién está hablando.

Quizá por eso no me sorprendió del todo lo que pasó acto seguido, cuando, explicándole por segunda vez al Terminator lo del problema de volver a salir a comprar la puta bolsa, el tipo dejó de escucharme y, sin mediar palabra, tiró a una papelera que había a su espalda el perfume, el líquido de lentillas y las lentillas mismas sin estrenar. En ese punto, y habiéndome cerciorado de que Terminator sólo entendía, a parte del francés, el inglés hablado muy despacito, procedí a cagarme en sus muertos con acentazo básico del Fatego –que yo tengo mucho nervio, eh, que yo tengo mucho nerviooo-, a exigirle que me devolviera al menos las lentillas, que valen, literalmente, un ojo de la cara, o que al menos me esperase, que iba a pedir una puta bolsa al control de al lado, donde una tipa con pinta de Amélie las repartía a diestro y siniestro con una sonrisa de oreja a oreja, buenos días, buen viaje, caballero. Pero ni por ésas. Porque el Terminator ya había conseguido lo que quería, que era joderle el día a alguien, a quien fuera –en este caso yo: el otro cabrón de Murphy-. Y después de balbucir nosequé en francés que no entendí, me miró con profunda furia de garrulo profesional, y me espetó: “Do you want to go away?”. Y ahí ya entendí que no había más cera que la que ardía. Que me había quedado sin lentillas, y que si seguía poniéndome farruco podía acabar, perfectamente, y por voluntad del insigne hijo de puta, quedándome en tierra (lamentablemente, imposible lo de fabricar un arma de destrucción masiva in situ, con el mechero Bic, el colgante de la Plaza Bohemia y mis calzones)

Y entonces, yo solico y sin mediar palabra, abandoné el control y seguí camino, todo digno, y me fui a pedir cuentas a Pirri, al Maestro Armero y a Rita la Cantaora. Que son los que suelen estar de guardia en estos casos.

martes, 5 de diciembre de 2006

Mi General

El hijo menor de Augusto Pinochet, Marco Antonio, ha confirmado que los médicos han tenido que practicar un 'bypass' a su padre que "le ha traído de vuelta de la muerte". "Su estado es bastante grave... Estamos en manos de Dios y de los doctores", ha relatado a los periodistas apostados a las puertas del Hospital Militar de Santiago, tras visitar a su padre...
(elmundo.es, 3/XII/06)

En el fondo pobrecito mi General...
(Roque Dalton, «La segura mano de Dios»)


Pobrecito, sí, en fondo pobrecito mi general. Mírenlo, ahí, quién le ha visto y quién le ve. Le echa uno un vistazo a aquellas fotos, a aquellos hermosos, inolvidables vídeos de principios de los 70, cuando andaba el tierno abuelito en la flor de la vida, y se le caen a uno los lagrimones. Los pelos como escarpias, lo juro. Porque, se ponga la peña como se ponga, ya no quedan héroes así. Ese porte de milico austero, servidor incorrupto de una causa mucho más noble que sus humildes menesteres. Ese bigotito de recto caballero (a quién carajo me recordará?) que cedía, solícito, el paso a las distinguidas señoritas de la alta sociedad chilena, en las fiestas de los elegidos sanos y guapos por la gracia de Dios. Esa vocación innata de salvapatrias. Ese talento capital para combatir a las fuerzas del Mal (rojos, librepensadores, intelectuales, ateos y demás escoria). Ese modelo de hombre medieval, valiente en la justa batalla de exterminar a los herejes (siempre, ojo, siempre con honor: sacándolos de la cama a las tres de la mañana, fusilándolos como Dios manda, tirándolos vivos y amordazados al océano desde un avión), aunque tierno siempre con sus cachorros y su hembra al llegar al hogar, dulce hogar. (Hasta las ratas se aparean -pensó Alatriste una vez sobre Gualterio Malatesta-, y tienen sentimientos).

Y ahora mírenlo ahí, maldita sea, postrado, acabado, derrotado por la ingrata, perversa enfermedad de la Historia que no respeta ni lo más sagrado, verdá señora, ni lo más puro respeta ya. Oh Tiempo que a nadie reconoces. Oh Muerte que a todos nos igualas. Oh Caronte, cuán presto zarpamos. Tempus fugit, jodidus totus in hoc lacrimarum valle. Nuestras vidas son los ríos, y así.

Porque no me digan ustedes, no me digan que no produce ternura el pobre abuelito, el criminalito agonizante rodeado de su bien amada familia, la santa esposa que tan amorosamente le controla el oxígeno, sus hijitos que con tal devoción le dan a diario su papillita de muertos y le limpian la baba disidente al ancianito padre don Augusto, que se emocionan, los pobres, al oírle recordar en voz alta al viejito las calaveradas, las graciosas anésdontas de niño jugando a la guerra, su precoz y adolescente vocación asesina, su admirable, encandilante, carismática madurez de dictador con esmoquin de exiliados y zapatos de genocidio. De modo que no ha lugar, pordios, no se puede entender esa masa enfervorizada que grita ahí fuera, mi general, desconsiderados, ingratos, maleantes de mierda, gritando ahí fuera todas esas palabrotas (¡justicia!, ¡justicia!, ¡justicia!), perturbando la litúrgica agonía de nuestro abuelito, nuestro salvador joder, nuestro enviado divino mi general; miserable es acusar ya a quien no puede defenderse, rojos del diablo, no tienen educación ni la conocen, reabriendo viejas, banales heridas, pordios serán rencorosos, por qué remueven el peligroso memorial de los agravios, recordar la Historia, si ya la escribimos nosotros, señora mía, caballeros, dejen en paz a mi general, no se metan con nuestro pobre viejito.

Porque la verdá es que no se entiende. ¿Qué es lo que grita esa turba de indeseables? Cuánto tiempo más tendrá que pasar para que el jodido Chile de indios de mierda y media América Latina y toda la puta Europa reconozcan la labor gigantesca, encomiable, de mi general? Maldita sea. Nos salvó de la amenaza comunista de ese ladrón de Salvador Allende, ese cobarde cabrón que resistió solo y a tiros en La Moneda hasta que se pegó un balazo, él mismo, antes de metérselo mi general por el culo. Ordenó –o dejó ejecutar- esa sublime, ejemplar tortura al cantamañanas subversivo de Víctor Jara, que ya no pudo tocar más, el maricón, porque la policía militar le cortó las manos con un machete o así y lo dejó desangrándose, toca ahora, rojo de mierda, toca ahora. Y qué decir del grandísimo criminal de Pablo Neruda, ese agente soviético, ese inmoral y sátiro cagatintas, Premio Nobel de Literatura para vergüenza de nuestra nación, al que, de no ser porque ya estaba terminal aquel septiembre, bien le hubieran tirado a bombazos la casa de putas ésa que tenía en Isla Negra. Y la Caravana de la Muerte (75 ejecutados por opositores políticos al santo régimen). Y los 3.000 “desaparecidos”. Y los 28.000 torturados. Y la “desaparición” de otros 119 detenidos. Y su bien ganada fortuna de 26 millones de dólares que trincó del erario público chileno, porque él lo valía. ¿Todo eso qué? ¿Nadie va a agradecérselo, virgensanta? Y no contentos con eso, dando por saco ya luego con la memoria de los cojones y con las investigaciones y con las “víctimas” que dicen ellos -¡que se lo buscaron, coño!-, y los comunistas de Garzón y Guzmán y Carlos Cerda amenazando con meterlo en la trena a mi general, ¡a mi viejito, carajo, con 91 primaveras australes! ¿Pero es que nadie se ha enterado de que esto es el mundo real, y aquí los dictadores la palman en la cama como Dios manda? ¿Es que nadie va a agradecerle nada a mi general, maldita sea? ¿Es que nadie tiene compasión por el abuelito Augustomigeneral?

Ah, pero yo sí le entiendo, mi general. Yo sí que estoy con usté. Venga, tranquilícese. Nada ni nadie dura para siempre, ¿sabe? Hasta las estatuas erigidas en su honor: un día de éstos, enterradas bajo los escombros de una civilización olvidada. Ah, pero la vida sigue, mi general. Sin usté, también seguirá la vida. Como siempre. Sí, ya sé que es triste, es muy injusto, don Augusto. Pero, aun así, yo brindo esta noche, mi general: yo brindo por usté y digo: ¡viva la Vida! Y también muera la Muerte. Es puta la Muerte, ¿se ha dado usté cuenta ya, verdá, mi general? Por eso, por eso brinde usté, y grite conmigo: ¡muera la Muerte!

Y hágame un último, inmenso favor: ya de paso, muérase usted bien muerto con Ella. Mi General.