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martes, 7 de marzo de 2017

El animal


Mirando por encima de los hombros
de los que no nos dejan salir –ciegos
centinelas de amor, en cuyos rostros
encerramos nosotros al sosiego–,

¿qué es lo que gritas, qué es lo que yo niego
al apartar la vista a los escombros
de la llama furtiva que al fin riego
y que tú entierras: el feroz asombro?

Tras la lenta mudez de esta alambrada
Les amants bleus - Marc Chagall
un animal se vuelve como un ruego
mientras lame la mano de su dueña;

mientras al otro lado, en su morada,
calla otra bestia, guarda para luego
los despojos de un párpado que sueña.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Buscar casa




Pero todos estamos siempre buscando casa. (Dónde la casa, dónde la lumbre, dónde el rincón en que rendir los ojos, mecidos por el Tiempo de febrero, su cabaña del monte, al atardecer.)

Siempre estamos buscando casa; pero al encontrarla, al habitarla, seguimos aún buscando, la lumbre alerta de los ojos, tratando de descifrar al horizonte la otra casa que custodiarán los niños en la estrella primera del crepúsculo. (Nos traicionamos continuamente, sí, buscando la luz de más allá.)

Hoy se quisiera volver (¿adónde?), pero sé que cuando estuve allí, cuando era entonces, también velaba en la tarde, como ahora, acechando hacia aquel bosque otro candil. Todos buscamos volver a casa. Y en la espiral del Tiempo vuelve el corazón en vilo a habitarlas todas. Vienen comparsas de frío y de aire azul, de máscaras de sueño por la calle primera del invierno; pasan vísperas de sol bendiciendo la fragua primordial de mi Península, donde pudimos ser felices (donde lo fuimos, ¿recuerdas?, muchas veces); y un gato niño llora al otro lado de la pared ésta a mi espalda, llamándome todavía. (...pared, pared que callas, que no nombras, / que no avisas jamás de lo viene / y callas lo que vino y está siendo / a dentelladas sordas, sin que suene.) Se levanta un alud de ámbar en los párpados; se remansa. Y en un fulgor de lágrima puedo habitarme otra vez, a contraluz de una vida que sigue viviendo, ella sola, que no terminará de vivirse nunca, en aquella casa blanca de mejillas verdes y ojo azul y pájaros tutelares del verano. Donde supe del milagro. Donde aprendí a rezar.

Casas, también, en que dormir la culpa, oyendo el terrorífico sonido del mundo (algo había que hacer, había que hacerlo cuanto antes: ¿el qué?). Casas en las que esperaba a que llegaras; casas que no ibas a conocer nunca. Al cabalgar la carretera, entre la luna y el cofre ardiendo hacia poniente, de vuelta otra mil vez a la intemperie, entreveo en la llanura las casas sencillas de la gente que vive aún ese silencio, que supo bendecir su casa, que quizás sigue siendo feliz, todavía, muchas veces. Y quiero parar allí, quiero quedarme en su penumbra, mirar todo ese óleo, que anochezca. Qué es lo que buscamos siempre, buscando siempre tanta casa, siempre más allá, siempre ahí a lo lejos. Qué carnaval, qué fiesta sorda en el pasillo; qué noche deslumbrante de vestido de plata y cabellera de fuego y antifaz, esperando en el balcón que alumbra el río. Qué espejismo que redima; qué sortilegio que nos salve. “Aquí, en esta casa, aquí te amo”; “Yo sé qué luz habrá a esta hora / en cierta calle, en cierta casa, / en cierto jardín de génesis perdido / donde quedaron las ruinas de mi cáliz”; “Porque me habitas, porque tú me habitas, lejana, / y eres la voz, y el ciego fantasma centinela / que vela este secreto y su farsa cotidiana”; “Como sobre las ruinas de una civilización sepultada, / otros vivirán; otros –sin saberlo– habrán llegado, / habitarán ya el lugar de aquella casa”.

“En noches así,
tú eres mi casa”  

Pero no; pero ahora ya lo sabes, viejo nómada del corazón en cueros. Ahora ya no puedes hacerte trampas. Ya sabes que, cuando la encuentras, la casa crece a tu alrededor como un alambrada de hiedra: porque es sólo a ti a quien vas buscando por ese palacio vacío en que lo tienes todo, sin saberlo. Vamos buscándonos a nosotros mismos por los salones y los fantasmas, por las máscaras y los espejos, por el sol y las catacumbas en que todo fue, todo será, / todo hubo siendo / todavía. Pero ya sabes que sólo en ti la casa, el palacio, el fuego que es fuego toda la noche y permanece. Así que olvidar la cama, la falsa lumbre, el rincón en que dormirse y claudicar. (Sólo así se rompe la jaula en luz: habitando los rincones más oscuros porque en la gruta, en la cueva, en el sótano siniestro, alienta el Aleph de todos los delirios. Esperándote, hace milenios, en el palacio de espejos de tu sombra.)

En todas las esquinas del mundo, los mendigos que fui se lavan los ojos de locura. En las cabañas del monte acechan los niños mi porvenir. Las mujeres que fueron mi casa siguen errantes, por el camino que baja y que cruje de mi corazón a pie; pero ya se esperan ellas solas, valientes, a sí mismas, ellas solas, en el trono de lluvia de su cetro encendido.


Porque nada es afuera, todo es adentro,
y hacia adentro el verano invencible. 

martes, 20 de septiembre de 2016

El Rostro




Cayendo como un grito de tu torre de Babel,
                                   yaciendo entre la sangre
                       levantándote
reptando los escalones del palacio de arena
como un monje vencido;
subiendo a la cámara del trono
empuñando el sol como una lanza
              y la luna en tu muñeca izquierda
como una esposa de diamante,
llegando al fin hasta el balcón
donde espera de nuevo la caída,

ponte tu máscara de llanto, impostor,
destrózala de nuevo contra el suelo

ponte tu máscara de amor
y siéntela agrietarse entre los ojos


Ponte la máscara otra vez,
una vez diez mil
destrózala de nuevo en la plegaria;
abraza el suelo de su llanto



Algún día llegarás al Rostro


domingo, 3 de abril de 2016

Abril, la esperanza, el espejismo



No confíes en abril, niño, no le creas. No le esperes. No te fíes de ese ladrón azul, ni de la sombra de su sombra. No le busques (pero qué buscas, qué buscas, qué buscas siempre: “si siempre buscas, siempre buscas”, te dijeron hace tanto; y sólo al encontrarte lo recuerdas. Al encontrarte a ti solo). No mires al horizonte y su acuarela acuchillada, su óleo de crepúsculo y cuchillo verde. Irás mirando y caerás, caerás en ese verde, en ese azul, en ese añil como el crimen de un ángel acuchillando a otro hacia poniente. Sabes que no llegarás nunca a ese poniente: ya estás en él. Pero no lo ves, y entonces buscas, y entonces esperas, y entonces confías en que va a llegar a por ti, va a llegar abril a por ti en una cabalgata malva de ninfas y coronas, o en una comparsa de títeres y niños que te abrigue en ese banco en que te rindes, esperando. Pero no puedes esperar, niño: no le creas. No te fíes de abril, del camino pálido y a pie, ni de la sombra de su sombra. No te fíes de la bruma del velo del sueño mendicante de la noche de abril (no te fíes de nadie en abril). No recuerdes el otro abril, aquel, pues sólo existió, como éste, en la bruma del sueño en que te meces. No te fíes del recuerdo del balcón, del recuerdo de la plaza, del recuerdo del recuerdo. No vendrá esa carroza dulce del silencio a llevarte a parte alguna: porque ya estás en ella. No creas que hay salvación al otro lado, que han de verte cómo avanzas por el camino que baja y el camino que cruje y el camino que (si hay algo quebrado en esa tarde, serás tú). No esperes que te vean, niño, si no te miras tú. No esperes que te busquen, si no te encuentras. No escapes: de ti no hay lugar donde escapar. Y no pidas. No mendigues a abril que te devuelva las migajas del pájaro que huyó, de la golondrina funeral. No te fíes de abril, no te fíes nunca en abril, no te fíes de nadie en abril, niño, errante, perdido. No le esperes con flores en la esquina más azul, no trates de burlar a la guardia del rey, no duermas sin dormir toda la noche en la cornisa negra donde vela la luna su insomnio haciendo lunas toda la noche: no va a venir; ya vino sin que tú supieras, sin que tú pudieras saberlo, aunque no tienes nada que saber, no hay nada que saber, no hay nada que puedas saber de abril, en abril. No hay nada que esperar (la esperanza es una cárcel; recuérdalo tú y recuérdalo a otros, a todos los que esperan también que alguien les saque de ahí, de esa cárcel con vistas a la tronera del bosque de abril). No te fíes de nadie, niño. No te fíes de la sombra de la sombra del ladrón, de la sombra de la sombra del balcón. Pero sobre todo no te fíes de abril, de su túnel amarillo hacia poniente: abril es el mes más cruel, sí. Porque promete luces, pero siempre acaba acuchillando, ahí hacia poniente; tu poniente, tu ramo de cuchillos, tu mendigo verde. Océanos de soledad en sangre.  


domingo, 7 de febrero de 2016

Cuchillos




Y los cuchillos bajo la almohada. Y los potros furiosos del alcohol. Y el perfume de traición de cada noche, el ataque furtivo
como un asalto como una razzia
como un golpe de estado sangriento en el castillo helado del corazón
(…como un caballo de Troya en el pecho; como el pájaro azul enjaulado en el pecho, destruyendo ejércitos de sombra en la gran garganta oscura, sobre el corcel maligno del alcohol)

Y el robo de traición de cada noche, el ladrón de niebla de la noche, la emboscada perversa, y el (t)error

Y el antifaz y el delirio y los espejos. Y el miedo y la máscara y la sed. Y fumar con tu sombra en el balcón
mientras esperáis a la muerte,
la anfitriona

(Por la senda oscura y pálida) y la emboscada infame al despertar

Y los potros furiosos del alcohol


Y los cuchillos violentos en la almohada. 



lunes, 19 de enero de 2015

Sus mendigos


Se forja cada hombre al vendaval. Escombros, papeles jóvenes, madera o piedra, se forja cada mujer a la intemperie. Solos.

Desgarraduras, arañazos, dentelladas del dolor que nos van haciendo; como la pared aquella silenciosa y blanca de la tarde quieta. El Tiempo es nuestro druida, el alfarero. El Tiempo nos macera y nos escancia; nos madura hermosos para la guerra del Tiempo, para matarnos. Nos va azotando, a tientas, de aquél a este rincón. Algunos no se reparan nunca de algún golpe, de la ventisca asesina. Somos muñecos de trapo en alguna calle que arrasó el carnaval, que enfría ahora la madrugada. Ese viento es nuestro padre, nuestro tutor, el criminal. Vamos chocando despavoridos por el aire y el suelo y el invierno, por la ceniza y el candor y la piedad, por el verano implacable que no da sombra. Vamos empujados por el viento, sus mendigos: porque huimos de ese viento. Porque nos da miedo el dictador. Abismados a ciegas en el vértigo, en el baile macabro en soledad.


No sabemos que la calma espera, agazapada, en el ojo del huracán de esa ventisca.



domingo, 21 de diciembre de 2014

Rendirse

Algo tiene la derrota, cuando la creemos total, es decir, cuando llega a devastar todos los diques de la esperanza, parecido a la fiebre dulce de los niños, a la calma luminosa de cierta victoria íntima: y es que ya ha sucedido (lo terrible ya sucedió). Ya nada puede derrotarte: porque ya estás derrotado, ya no vas a levantarte otra vez, al menos por hoy, a pelear otra vez con la tormenta. Así que sólo puedes pasear tranquilamente por la orilla, respirar la brisa lenta del desastre, tantearte las cicatrices. Y comprobar estupefacto, en la inmensa mayoría de los casos, que sigues vivo. Que te han vencido, que todo está roto, pero tú no, porque sigues vivo. (Estupefacto).

¿Por qué? Porque es mentira, supongo. Porque casi nunca (y pongamos en el casi la distancia entre dos abismos), casi nunca es total, irreparable y para siempre la derrota que creemos sentir definitiva. Porque la vida se abre camino de una manera portentosa, sin hacer ningún caso (gracias a dios) a lo que nosotros opinemos sobre ella. A la vida le da igual. A tu vida le da exactamente igual, en el fondo, ese triunfo que no llegó, esa herida que crees inmensa, esas doce campanadas implacables que creías no ibas a oír nunca más, y que crees (sólo crees) que señalan el toque de queda de todo tu Tiempo hasta aquí. Te quedas, sí, como un adolescente avergonzado, como un monstruo perplejo en una celda. La vida es así también; ahí nos pone constantemente, castigados contra la pared, llorando contra la pared, implorando volver a casa. Porque esta especie es la única sobre la faz de la Tierra que siempre se siente arrojada, a la intemperie, a las afueras de dios; sin darnos cuenta de que, sea lo que sea esto, somos parte de ello hasta las raíces. (Como si los peces creyeran que el océano es una farsa; como si los pájaros añoraran todo el tiempo la rama en que nacieron, y lo demás les pareciera hostil desde entonces).

Rilke tiene un verso misterioso, indescifrable: “El tiempo es la recaída de una larga dolencia”. Quizás es a esto a lo que se refería. A que este caerse y volverse a levantar, caerse y volverse a levantar, intentar y fracasar y volver a intentarlo, este velatorio en carnaval, este andar de puntillas por el pasillo por no despertar a alguien que vela su enfermedad en una cama, es sencillamente el síntoma de esta larga dolencia que es la vida. Que nosotros llamamos dolencia porque nos resistimos todo el tiempo a que suceda como tiene que suceder; porque nos rebelamos a lo que no nos sale como queríamos; porque no tenemos la humildad, la inteligencia, la valentía suficientes para decir: Me rindo. Eres más antigua, más sabia, infinitamente mayor que yo. Cuéntame cómo se vive. Dame una moral para vivir con la herida, y yo la honraré. Enséñame cómo vivirte, y lo haré de corazón y sin protestas el Tiempo que dure y que me dures.

Algo tiene la derrota, cuando la sentimos absoluta (pero hay que dejarse sentirla de verdad, hasta los últimos sótanos de la conciencia), parecido a la recaída de fiebre de un niño en una cama: oyendo a lo lejos a los lobos, que ya huyen, pero también la voz que le cuenta un cuento en la penumbra del invierno. No es resignarse, no es cruzarse de brazos o dejarse morir: es aceptar; es comprender que no comprendemos ni controlamos nada; es mandar todo a la mierda, por esta noche, y perdonarse a uno mismo de ese fracaso que –ya lo estás viendo– a la vida le da absolutamente igual para seguir. Es rendirte hoy para hundirte en la verdadera obra maestra: la de comprender que éstas son las leyes, y que quizás (quizás) eso que llamamos derrota en realidad se llama vivir. …Y vivir, sí, acaba matando antes o después.  

(Dame una señal para vivir con la herida
y prometo escribir el resto
seré un okupa
en la torre de la canción
seré un polizón
agarrado a una guitarra
en el naufragio de esta era
)



Feliz navidad.



jueves, 12 de diciembre de 2013

Hotel


Si el corazón tiene más habitaciones que una casa de putas, como decía García Márquez, supongo que también habrá hoteles, hostales, tugurios de pensión o carretera; antros sórdidos, en fin, o torres de cinco estrellas donde moren proscritos o aristócratas, crímenes de carmín en los espejos o fiestas privadas en las que siempre se huela a mujer y siempre parezca ser agosto. Desde aquí, desde la carretera negra en la que escribo, se vislumbra uno de estos últimos.

Pero hay de todo, en este hotel del corazón en que todo el mundo está herido pero del que nadie quiere irse. En el vestíbulo se cruzan sin mirarse, conspirando con silencios, las mujeres de otros hombres y esos hombres mismos; como en el pasillo de un hospital en el que esperasen la noticia de otro hijo, o de otro muerto. En la cocina, alguien afila los cuchillos para la cena con velitas para dos de cada noche que jamás llega a celebrarse: es una mesa flotante, espectral, entre la niebla y el crepúsculo, al que llegará siempre el segundo comensal justo cuando el primero se haya ido, harto de esperar, el vino a solas, la carne fría. Por los ventanales se divisa un enjambre de luces como soles que no terminan de ponerse nunca, hacia el este; al oeste verás el Calvario y más abajo Babilonia. Al sur, la noche de Venecia, y al norte el fulgor de Buenos Aires (o viceversa). La climatización se hizo mal desde el principio y varía entre un calor del infierno, en las plantas nobles, y un frío del demonio conforme se baja a oscuras en el ascensor hasta el sótano. Es por lo que no suele dormirse bien; por la temperatura diabólica y por el estruendo toda la noche desde la Torre de la Canción, unas calles más arriba, a mil pisos de profundidad (desde donde se oye toser, de vez en cuando, al desasosiego de etiqueta).

También aquí hay fiesta de vez en cuando, en este hotel, al emborracharse el mendigo de la suite nupcial: llama a todo el edificio e invita hasta al amanecer al brebaje verde de cada invierno. El problema es que siempre hay algún muerto. Anoche llegó la policía, rayando el alba, y encontró a una virgen en la bañera, pálida de sobredosis. Ya no había a quién detener, así que se llevaron al pianista, esposado a su botella y cantando As time goes by.  



domingo, 1 de septiembre de 2013

Espectro de septiembre

Algo hay emboscado en el aire, como un fantasma compasivo, cavilando entre el sí y el no, la claudicación y la promesa. Es él (o ella) otra vez. De dónde nace, de qué cripta verde derramada de siesta llegará siempre, puntual, por esta época, este espectro. Hay un cabalgar, de golpe; algo que quiere irse pero quedarse, algo que zarpa (no dejará nunca de zarpar) y algo como de miedo de niño que no sabe cómo será el invierno.
 
Se presiente un tiempo de hogueras en el monte, de crepúsculos, que en realidad nunca llegan a ser, o quizá fueron hace demasiado tiempo. Se quisiera una fiesta antigua, severa, como invocando al demonio de los septiembres en el bosque (fascinación de aquella foto de anochecer azul en que se recorta la silueta de un arlequín en algún campo improbable del Norte...).
 
...El Norte. También, siempre, inevitable, una nostalgia de algo que sólo fue alguna vez en los altos salones de la lluvia de aquí dentro de uno mismo, encontrado sólo afuera en un rapto de alcohol y noche y luz y máscaras.
 
Septiembre se parece siempre a las ganas de enamorarse.
 
O a fundar una ciudad que sólo existió también en un vislumbre de alucinación: avenida entrevista de mañana primordial que algunos días adiviné en Bruselas, en la calle de la Ley, y tiempo después en Buenos Aires, en un septiembre inverso y con la luz que entra ahora por la tronera ésta del cuarto de baño.
 
Algo, algo agazapado siempre en el aire, con la inquietud sombría de ir saliendo de la placenta del verano, con la expectación y el temor y la fe en que el otoño cumpla uno a uno todos los vislumbres que fuimos sembrando.
 
Hay que elegir entre el miedo y la alegría. Hay que recordar que nunca hizo tanto frío en realidad. Hay que saber de nuevo de aquellas manchas de sol en la pared, como un liquen amarillo, que se van demorando conforme se hunde uno en la atardecida, en las ceremonias de interior que traerán las crónicas –como esta misma– del otro lado.
 
Nostalgia de una casa en el monte con los que ya no son. Estampas de cuando salía feroz y turbulento y disponible a la vanguardia de la noche. Negativos de ron, cicatrices de miel, y aquella ansiedad vieja de que ya no quieran jugar contigo, o de que sea el invierno, otra vez, una larga playa gris en que atraque el día.
 
Pero hay que elegir, se puede elegir muchas veces entre el miedo y la alegría. Como al salir del cine de verano te sacudes la tristeza viral de una historia que no es la tuya; o, al menos, no lo es ya, no. Los besos que vendrán, las risas que vendrán aunque vuelva el frío. Y las canciones, los poemas, las historias por escribir si es que llega uno a merecerlas. Saber que lleva uno dentro todos los espectros, todos los salones de carnaval y lluvia, todas las cabañas en el bosque que protegen del lobo, todas las luces de septiembre por donde vaga tu sombra en la ciudad del invierno.
 
Saber que uno es el lugar, y que la felicidad consistirá en que la vida no te reproche una cita en otra parte.  

domingo, 10 de febrero de 2013

Poniente y carnaval

Todos los fuegos el fuego; todos los ríos el río; todos los atardeceres distintos y el mismo a la vez. El Aleph de cada casa, de cada estación, de cada domingo. Es febrero, es carnaval, pero no he visto por estas calles ningún bandido, ninguna bruja. Será que también los niños están hartos de verlos cada día en la televisión, y han preferido vestirse de sí mismos, de lo que cada uno quiere ser realmente, en esta ciudad a poniente que tanto se parece a tantas, sin ser ninguna a la vez, siendo todas a un tiempo. El óleo de este atardecer es exacto a otro que yo me sé, otra vez, en alguna parte. Este mismo atardecer inaudito en azul y añil, en rosa y malva. Y como en un sortilegio de espejos de tiempo puedo sentir a mi espalda a otros hombres, a otros niños, a otros niños que yo era mirando en exacta dirección de otras épocas al mismo tiempo, al mismo exacto atardecer de ahora mismo: el Tiempo es sólo un instante, éste de aquí, girando en espiral y sin moverse mientras nos disolvemos como polvo en el aire. Pero la luz permanece. Y toda tragedia lleva implícita su redención; cada caída su bandera; cada llanto su cauce alumbrando el camino, como una lámpara de agua, para recordarnos lo que fue verdad y fue certeza, para enseñarnos que la vida paga en dolor el galardón de su propia gloria. No se detiene la belleza, es cierto. Jamás detendrán a la belleza. En estas horas oscuras del mundo, cuando no hay donde poner los ojos, también conspira la estrella primera del alba tras la boda negra del adiós; en otro hemisferio, quizás, en otra estación de otra vida de otra época, ya lo irán sabiendo, ya sabrán que todo vuelve a empezar de nuevo, siempre. Pues la muerte no interrumpe nada: es sólo el estipendio necesario para que continúe el viaje. Para no soltarnos la mano en este viaje. Yo sé que tras esta oscuridad conspira la brisa, que una vela encendida custodia el verano. Yo siento allá en el Norte, dentro de hace mucho tiempo, un temblor de avenida oceánica de abril temblando en el hielo de los tejados. Yo lo veo, yo lo veía: una avenida de banderas de sol que palpitaban, abriéndose ya por debajo de la nieve, del dolor, del aguacero. Tras la capa y la máscara de cada invierno, de cada carnaval, hierve la verdad que atronará las plazas en abril, cuando ya nada importe tanto. En cada torre que cae se oye el estrépito de la campana futura; en cada ciudad que duerme sin soñar espera su hora un caballo de Troya. El Atila siniestro muerto de miedo, sembrador de miedo, que no quiere dejarnos dormir ni dejar crecer la hierba, acabará cayendo en el acantilado más profundo de su propia oscuridad: porque es su ley, porque está escrito. Todo ese ruido acabará cayendo, acabada su misión de despertarnos: pues también tiene el mal sus razones, su quehacer, su argumento necesario. Volverán la inocencia, la belleza y la vida como volvieron siempre: limpiando del templo de sol cualquier escombro. Morirán los dioses caducos; sus secuaces del miedo no tendrán dónde esconderse. No saben que no se detiene, la belleza. Jamás. No saben que es preciso que todo caiga para poder levantarse de nuevo, quizás mejor, quizás más limpio, quizás más fieramente. En la calle los niños ya sólo juegan a ser niños. En la guitarra la canción nacerá por su propia ley. En el tejado de ahí enfrente, en secreto, inaudita, ha ido creciendo una hoguera de flores anunciando que nada puede con la vida. Que todo está siempre comenzando. Que nada se termina.        

jueves, 17 de enero de 2013

Humildad

Qué frágiles somos todos. Qué fatal, desvalidamente frágiles. Qué fácil tropezar otra vez en alguna piedra del recreo y dejarnos la piel de las manos y de las rodillas en un vértigo que apenas llegamos a comprender; y al levantarnos sólo queda una vergüenza. Qué fácil, por cierto, qué horriblemente fácil para tantos sentir vergüenza en estos días. Yo llevo un tiempo no muy largo pero intolerable tanteando a ciegas esta casa, los rincones y el balcón y sus tejados, por ciertas palabras del alma que no llegan: como cuando se inquieta uno en la tardanza de quien más quiere. Esa ausencia, esa tardanza, esa esterilidad sangrante y entre paréntesis vino a hacer causa común en esta guerra junto a otras esterilidades que tantos podrán entender: son legión los que se sentirán a día de hoy como el coronel de García Márquez, sin nadie que les escriba a vuelta de correo de la esperanza. De ahí a la desolación, un paso: el de cualquier piedra que te ponga la vida por delante.
 
La esperanza: esa trampa luminosa. Cómo envidio a ésos que parecen tener siempre muy claro lo que hay que hacer, sin remordimiento previo ni proyecciones (estériles) de incertidumbre, y que lo llevan a cabo como un plan inagotable y definido que no admitiese fisuras. ¿Saben éstos de los que hablo qué sonido de tambor lúgubre tiene una tarde como ésta? ¿Se les pararía el corazón si pudieran pensarse un segundo en cierto centro de gravedad? Ganas de ser uno de esos pájaros que gobiernan este barrio blanco y antiquísimo: trenzan al atardecer, en bandadas ligeras, una correspondencia indescifrable y puntual de ciprés a ciprés, de sombra a cúpula. Como si hilvanasen un secreto, o conspirasen contra la huida del sol. Todos saben lo que hay que hacer y cuándo, con sincronía absoluta, precisamente porque no lo piensan: sólo hacen lo que tienen que hacer. También cantarán cuando tengan que cantar, por razones que sólo a ellos compete, y ninguno dejará de cantar, abatido, al medirse con otro, pues no es ningún juicio el cantar, sino ya un veredicto en sí. No se pregunta el pájaro para qué canta; simplemente debe hacerlo, cumplir con una ley que se justifica por sí misma y que lo justifica a él al cantar, sin reclamos o dádivas de nadie.
 
Pero esta tarde no han cantado, y se ha puesto a llover de manera mansa, funcionarial, como lloviera en un café del Norte a las siete de la tarde sin nadie a quien esperar, la noche cruzándose de brazos. En dónde reside la iluminación que hace arder todo; de dónde viene esa plenitud súbita que da sentido a todo de manera misteriosa, sin que importe nada el exterior, lo que uno espera o lo que se espera de uno, el aplauso, el miedo, el futuro, la absurda utilidad que algún psicópata se empeñó en buscarle a todo. Decídmelo, y yo prometo honrar a esa fortuna.
 
Quizás el ruido de los otros no me deje oír la melodía. Quizás las luces de allí lejos (la estéril, asesina esperanza) no me dejen ver más claro. Intuyendo esto, tal vez, me he recogido así, como entonces, en un templo invernal; he cerrado cada puerta, he encendido un farol sólo, y he recuperado el folio de papel y la tinta que deja sangre azul al escribir. Quizás me faltaba abnegación; quizás la humildad faltaba, para no olvidar que el canto viene cuando ha de venir si lo merece uno, y que cualquier distracción, traición a la autenticidad, es castigada con el silencio; y la vergüenza de caer en la misma piedra del que no se tomó suficientemente en serio el juego.
 
¿Será la muerte otro cansancio?, venía ya escrito en este folio, no sé cuándo, no sé por qué. Y también: Las velas del ocaso que ya anuncian / un cortejo de pájaros hacia el otro día.
 
También la belleza hay que merecerla; también la plenitud se gana a pulso cada día. Como el amor y esas tres flores que se riegan (deben regarse) a diario.  

jueves, 4 de octubre de 2012

'keeps turning'

“On our aniversary…”
(Tom Waits)


En nuestro aniversario,
cuando ya lo hayas olvidado todo,
cuando ya no recuerdes lo que te dije
la noche que quisimos arriesgar,
hablar claro vendándonos los ojos,


cuando el viento haya barrido esa ciudad
y a tu regreso ya no sepas ni quién fui,
ni por qué,


                  cuando pienses que ya no existo,
que ya lo habré olvidado todo,
tal noche como aquella
                                     yo estaré


aquí,
         apagando toda la casa,
emergiendo las velas del espejo,
vestido de etiqueta en la penumbra
y escribiendo esto
mientras llega, corazón,
mientras lleg  






lunes, 13 de febrero de 2012

Sálvate





Del flamear en la ventana velas negras,
del callar de cuervo en cada mástil,
del despertar en nadie, de bruces, y encallar
en la playa gris en que atraca el día

del mirarte lento, auscultarte y avanzar
en la vieja ceremonia del enfermo
a palos de ciego en el pasillo

del mal,
de lo que ya estaba despierto,
antes, y respira,
                           huye, corre: húyete


Búscate tu manta, tu rincón: cúbrete;
sé un niño rezando en su cabaña;
sé un loco que tirita en su candil
mientras ruge en la calle el escuadrón

Debes respirar en el humo de la noche
la niebla de leyenda del talud;
debes correr sin moverte del rincón
a la fragua boreal de los delirios

Bebe, grita,
pero huye;
reza, rómpelo, pide perdón
o socorro,
               pero huye, corre:
                                          húyete


del mañana que atenta de ceniza,

del redoble, del desfile, del error,
del saber que el mundo está vacío

del flamear en la ventana velas negras,
del callar de cuervo en cada mástil, de encallar
en la playa de ceniza que es el día,

huye, corre: sálvate


BXL, 17-18/IX/’10


sábado, 31 de diciembre de 2011

Así

Como el espejo nuevo que, después del amor, nos reconoce más hermosos,
como la noche lenta de candela en que todo está cumplido,
como la expectación, tímida,
que crece en un vislumbre y rompe en ese faro
ante el milagro de un encuentro presentido;
como la niebla, que rinde blanca pleitesía
hasta mi paso, hasta abrirse franca y generosa
hasta tu umbral:
como ese umbral, centinela de luz en el pasillo
que otorga siempre su promesa,
su dádiva de azul y de descanso;
como el vencido, ebrio,
como el borracho que regresa a ciegas
y encontrará siempre su camino,
como la llave que no pierde ese perdido
y besará tan fiel su cerradura;
como todo lo que llora pues palpita,
como el vaso irrevocable hasta la boca,
como el folio que sostiene al folio en el que escribo,
con ternura,
como el farol que cobija al beso
en la noche durmiente del verano;
como el azogue viejo que, después del amor, nos reconoce más humanos,
como la noche lenta de candela en que todo fue cumplido,
como la poesía, amor, como el poema,
que así sean siempre nuestras vidas:
una secreta, jubilosa,
infinita y leal correspondencia

martes, 18 de octubre de 2011

"Como si hubiera un dios"

(...)
 
Eso es todo,
ya lo sabes
 
 
Oigo ruido en la escalera,
he de dejarte; será que vuelve
...
 
 
Sinceramente, mi oscura:
sinceramente
:)
 
 

jueves, 10 de febrero de 2011

Poética

Ahora que se agolpan en mi cama
todos los errores de mi vida

, puede pensar uno, cualquier noche, cualquier madrugada cruel de no poder dormir. Y es cierto, así es: hay noches así. Puede suceder en cualquier momento del día, pero es ahí, en la rueca sombría de esas horas, cuando suelen volver para asediarte esos fantasmas. Todos juntos, haciendo guardia, formando cola. Un ejército de remordimientos que te miran siniestros, uno a uno, en cada esquina de los ojos cerrados

Y te hablan, te interrogan; te devuelven una vergüenza irreparable y te aseguran que fuiste

peor que todos,
peor que tú,
de alguna forma incomprensible
peor que nadie sin dudarlo

Intentas dar razón a lo que no tiene ya remedio; intentas confesar a alguien (a quién) que no fue tu intención, que algo salió mal, que no estuviste alerta; que querías sólo (como siempre) un abrigo, una limosna, un pedazo de pan. Pero no te dejan: alguien te regresa. Da cuerda alguien

hacia atrás, y no me escucha,
y no me dejan explicarme,
pedir perdón, arrodillarme o sonreír

Siente uno ganas de pedir auxilio. Despertar a quien ya duerme, agarrar el teléfono, entregarse, algo, algo. Pero sabes que es inútil; que nadie tiene ese conjuro, y que además ni siquiera puedes decir nada, porque no hay nada que decir

Y sigue la rueca, siguen los círculos. Vienen de todas partes juguetes rotos, deudas muy viejas, portazos. Vuelven los que no se fueron nunca. Y quieres, quisieras sentarte a conversar con los que te hicieron daño; decirles que no, que no hay tiempo, no lo veis? Aquí no hay tiempo para eso. Ponerles una copa de sol y que sonrían. Quisieras llamar a los que hiciste daño tú, llamar a tu víctima, llamar a su asesino: que vengan, los dos, a llorar contigo

Pero no hay forma, no hay remedio

Y entonces haces lo único que puede salvarte: incorporarte, encender una luz, humillarte de bruces contra el papel. Escribir, como una ofrenda, una plegaria o una carta para nadie, que

ahora que vienen a juzgarme
todos los errores de mi vida,
y sé que no hay remedio,
y que a nadie importa ya,
                                         yo,
honestamente, quiero decir
que hice lo que pude


Todo lo bueno
que uno malamente pudo.


miércoles, 20 de octubre de 2010

Levántate

Y vivir se parece mucho en esta época a algún remordimiento, a tener resaca cada día sin haber probado gota alguna la noche anterior. Días que alientan con cierzo de clausura, días secos que amanecen sin embargo con puñales húmedos en la almohada; la angustia certera de haber hecho algo mal, irreparable, en algún momento de ayer noche. Pero cómo, el qué, a quién, si no saliste, no salimos

Lo están consiguiendo, corazón: están a punto de convencernos de que es culpa nuestra este escándalo, este atraco, esta estafa moral

Y te levantas cada día pensando qué es lo que falla, en qué te equivocaste, en qué momento del camino se te cayó la brújula sin darte cuenta. Ríes poco en las fiestas, o no vas (qué lujo, ya, regar la risa); te avergüenza cuando te preguntan y cambias de conversación; te da miedo hasta salir a la calle por si viene alguien a cobrarte alguna deuda que olvidaste, que no sabías ni que existiera. Te cobran por vivir. Y quieren que juegues con ellos, que te arrodilles y les pidas un contrato para bailar con sus serpientes o para correr despavorida por el bosque mientras te persigue su jauría. Tranquila: no te comerán: te necesitan viva y en guardia y llena de terror para seguir manteniendo su circo y dar de comer a sus cachorros. Saben muy bien que tu miedo a quedar fuera es al final mucho mayor que tu desprecio y tu odio a su juego putrefacto de chacales. Y no queda otro remedio, al parecer, que bajar la cabeza ante las fauces, humillarse, o seguir pidiendo audiencia ante el decimoquinto leguleyo de su horda: humillarse

Si estás dentro, tendrás que apretar los dientes y maldecir en voz muy baja; si les dices que No cuando debe ser que No, estarás fuera. Y si estás fuera, no sabrás dónde poner los ojos ni a quién pedir ayuda ni encontrar la manera de aliarte con los tuyos para rasgar banderas y asaltar a sangre y fuego el rascacielos del ultraje inaudito de este siglo

Como tú ahora, corazón; y como yo. Por eso sé que te despiertas cada día con flamear de velas negras en la ventana, con callar de cuervo en cada mástil, encallando en la playa gris desierta que es el día; que son estos días tuyos, lo sé, como son los míos

Sé que te comen las migas de pan que fuiste dejando en el camino, que hace frío y miedo, miedo y frío afuera y dentro de la calle. Que temes, como yo, que nos confisquen cualquier día el aire. Que eres pequeña, pequeña, muy pequeña

Pero aguanta. Óyeme: aguanta, no te me rindas. No puedo decirte cómo acabará, cómo se podrá reescribir esta historia, pero no flaquees, no les consientas, que no te vean así; escúpeles, regálales muy fija tu desprecio, recuerda a los tuyos: levántate. Muchas veces, amiga, muchas veces el viento cambia de aire. Y flamearán velas azules de nuevo, ya verás, algún día

Mientras tanto escúchame, allá donde estés, y desnúdate. Deshoja pétalos de escombros en el suelo del cuarto, enciende velas de candor. Créeme

Abrázame mientras impera la amargura, mientras el mundo nos desahucia y nos embarga las paredes de la vida que soñamos.


jueves, 3 de septiembre de 2009

Otoño

Me pregunto cómo lo hicieron tantos, tantos, antes que yo, que tú, para no morirse de miedo, para no salir corriendo, para no correr como las aves migratorias en busca de otro hemisferio cuando llega esta ruina, esta clausura, esta estafa. No me hagas mucho caso: así ando últimamente. No me hagas mucho caso. Todo el mundo sobrevive al otoño; no es una guerra, no es una epidemia, no es… Y sin embargo las raíces que arrastramos de la tierra no pueden evitar este aliento sombrío como de fin de fiesta cuando empieza a ocurrir, cuando empieza a cernirse, implacable, puntual, esta deserción de la luz. Da igual si has tenido un verano efímero que ya no se parece en nada a aquéllos, los adolescentes, los decisorios. Da igual si ni siquiera tuviste verano, tal y como debería serlo. Da igual: tu memoria genética vuelve a saludar a tus ancestros milenarios, los implumes mayorcitos de la cueva, que asistían atónitos a los soles fugaces, al golpe de estado del general del frío. Atónitos, aterrados, como ante un eclipse. No hemos cambiado tanto, no. Los ojos grises, el desagüe en el costado. Y seguimos llegando tarde al colegio / con los viejos calcetines mojados. Pero, afortunadamente, la congoja dura poco. Lo que tarda el cuerpo en acostumbrarse a la nueva época, en recordar que la vida es esto, y no otra cosa. Además, uno puede vivir las cuatro estaciones en un solo día y da lo mismo el calendario: es sólo cuestión de tener capacidad suficiente como para despertar con el invierno en la almohada, tragarse un llanto de abril a media tarde y partirse de risa al anochecer como si fuera aquel verano todavía. Aunque tampoco estaría nada mal conquistar algo de calma un día de éstos, y que todos fuesen, no sé, un atardecer de noviembre de allí abajo, con ese aire transparente y azulísimo que no espera nada, pero tampoco lo pierde. (Qué iluso me vuelvo, hay que ver, a estas horas de la noche). En fin. Todo esto es irrelevante. En mi país todavía andan con madrugadas a toda vela en las terrazas. Los escolares aún no están precavidos, y a mil años luz de aquí todavía se amarán algunos entre el agua, la arena y el sudor. En Latinoamérica, allá donde se fugan los sueños, palpitará ya la primavera. Nada que ver con este otoño definitivo de aquí arriba. Pero todo esto es irrelevante. Las estaciones, ya lo he dicho, van por dentro. Por dentro. Puede uno estar sincronizado con las de fuera o no. Puede uno tener el corazón en punto a la hora de la nieve, o maldecir porque arrecia el vendaval en pleno julio. Puede uno sentirse en feria en octubre, o arder con la fiebre en cueros de diciembre. Pero, si efectivamente sigues el compás, en esta época del año lo tienes jodido. Te va a sobresaltar aún más el despertador –hijo de puta- del lunes gris por la mañana, como un bombardeo. Te acuchillará más hondo la nostalgia de huida hacia alguna lumbre donde suene una canción de Extremoduro con sabor a monte, tragedia y amistad. Y echarás de nuevo cuentas de las asignaturas que llevas arrastrando toda tu vida para el examen de conciencia de estas fechas. Te van a dar duro con un palo y duro también con una soga las cosas en que te equivocaste, que eran las cosas que tú más querías. Y ni siquiera reirás, siniestro, volviendo solo, cuando entiendas que vas repitiendo fielmente en otros folios los mismos errores con los que otros suspendieron antes en el tuyo. Sabes que vendrán otros días, que otras lámparas iluminarán distinto esta habitación, que otras fiestas te salvarán, que otras velas conjurarán esta lluvia. Y sin embargo un rato cada día, siempre, puntual, repica Septiembre en la ventana para pedirte explicaciones sobre algo que fue o algo que no llega, sobre algo que grita de lejos o que dejaste debiendo, no sabes cuándo, cómo pudo, allá lejos, en alguna parte.


martes, 30 de junio de 2009

La ciudad del viento


El mal, no los errores, perdura,
lo perdonable está perdonado hace tiempo,
los cortes de navaja
se han curado también, sólo el corte que produce el mal,
ése no se cura, se reabre en la noche, cada noche
(I. Bachmann)



Aquí, en la ciudad del viento, donde a veces no canta nadie y donde pensaba que jamás llegaría el verano (para los lugareños es un mito), aquí también es posible, sin embargo, dejar el balcón abierto en estas noches; oír de madrugada a alguien que silba, el rumor lejano de las avenidas, unos tacones que se pierden a deshora: Aquí, donde el invierno más largo, más salvaje, más incomprensible de todos los tiempos. Aquí: donde la carta de nieve antes de ayer. Es inaudito. Es un misterio. Y también un consuelo para los sentidos mediterráneos y la obsesión congénita por la luz, las estaciones, las horas del día, que deben marcar el punto exacto de la piel en cada época. Ah, pero nada más. El calor de la siesta, la brisa de ahora y el rectángulo nuevo de sol en esa pared a media tarde no son más que otro espejismo: el verano miente a raudales en esta tierra. Pues sigue siendo la ciudad del viento. La gente que llena las terrazas y los parques apenas lo nota, pero esta brisa que parece traer aires del Sur es sólo un vendaval amainado que continúa barriendo la memoria de todo aquello que dejaste atrás; son legión los extranjeros que llegaron aquí huyendo de algo, o empujando al corazón para empezar de nuevo, acuchillando a jirones la nostalgia. También tiene esta ciudad el raro sortilegio de proporcionar una coartada para no pensar en aquello que sucedió en otra parte, pero que sigue sucediendo cada día, cada noche, que quizás sucedió para siempre. Llega el viajero malherido al aeropuerto, y al tomar el tren que ha de llevarle a su hogar provisorio empieza a notar que se aleja de sí mismo, o de esa parte de sí mismo que sólo mira de soslayo en los espejos. La vida puede ser entonces un folio en blanco, una copa de vino y un libro en un bar sin pasado ni futuro, una guitarra imitando acordes de canciones nuevas. Sólo tú y ahí fuera. Habitando sólo los sentidos, y no las catacumbas de la conciencia, llenas de serpientes y agua sucia. Sin embargo, es ésta una dádiva que la ciudad del viento ofrece a diario sólo a los más fuertes, “los que saben vengarse, los que saben defenderse”. En estas noches de verano, de viento dócil travestido en brisa, el único remedio eficaz es un licor de amnesia que sólo toleran los hígados más racionales, los más fríos, los más hechos a la intemperie. Apuran impávidos el vaso, acechando desolados el viento que no llega, y con los ojos vidriosos pero sin pestañear piden otra en la barra. Otra de olvido, pordiós. Algunos de ellos aguantan hasta al amanecer, y consiguen dormir en paz. Otros, con menos suerte, acaban vomitando en la esquina un charco descomunal, como una lágrima, lleno de fotos viejas que ni siquiera ellos mismos recordaban ya. Pero todos éstos pertenecen a la estirpe de los fuertes: los que saben vengarse, los que saben defenderse. Existen, en la ciudad del viento, otros seres más oscuros, desclasados, marginales. También viven en las barras, pero no consienten una sola gota de amnésico en la copa. En invierno desafían al vendaval y se calan una boina que les mantiene la memoria en llamas. En las noches de verano, cuando regresan por la calle desierta, respiran desobedientes el silencio. Y echan a correr despavoridos, sin vacilar, en cuanto un soplo de brisa amenaza con quitarles lo que duele.