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lunes, 3 de diciembre de 2018

'Descalzos'


Olvidad las promesas,
olvidad los juramentos.
Olvidad la carrera de cuádrigas
que corre insomne al precipicio.
Olvidad el propósito,
olvidad el traje,
el murmullo de fiebre toda la noche
que roe el corazón de cáncer del que espera

no esperéis nada,
no crujáis,
pues es la urgencia de la máquina sonámbula,
la risa de niebla de la mentira del bufón

recordad el árbol
recordad el águila

Olvidad el blasón de la soledad,
el diamante de heroína de la soledad,
el príncipe de las soledades absolutas

Olvidad el palacio de mármol
que la hiena adula en el desierto

recordad el árbol
recordad el árbol

Olvidad la investidura de humo
que el miedo impuso en cada fila;
olvidad la clase, olvidad el número,
recordad el llanto


Recordad el pájaro que canta
porque así lo sueña el árbol

Recordad el camino Recordad el camino
                                                                                                   Recordad el camino.


[El Albaicín, '13]



miércoles, 27 de diciembre de 2017

Elogio de la tristeza (navideña)




Corremos, no dejamos de correr, despavoridos. Mientras tanto, un niño, una cría, allá adentro, corre en paralelo por el pasillo de nuestra propia sombra. 

¿De qué huimos? Si ya nos pasamos la vida cotidiana corriendo (huyendo) de un sitio a otro, por estas fechas hierven las calles de nuestra civilización como la víspera de una catástrofe. Se supone que se avecina una fiesta, pero si detiene usted la mirada, por un momento, si hace oído por entre el fragor imposible de esas calles del demonio; si se queda quieto entre la gente y le quita el sonido a la farsa, y congela la imagen, verá quizás un macabro cuadro de Goya (en Madrid, por ejemplo) en que la Romería de San Isidro es una suerte de romería de la calle Preciados: los mismos rostros contemplando el horror, pero en este caso maquillados por la sonrisa de arlequín de las lucecitas, sepultados bajo bolsas de la compra como piedras de Sísifo; los ojos hurtando la mirada a todo lo que no sea la orgía del ruido propio. 

Por debajo, sin embargo, la tristeza clandestina de los vampiros:

“Creo que casi todas nuestras tristezas son momentos de tensión”, escribía en una carta Rainer M. Rilke, “que percibimos como paralización porque no oímos ya vivir nuestro sentir enajenado. Porque estamos solos con ese extraño que ha entrado en nosotros; porque se nos ha quitado por un momento todo lo familiar y habitual; porque estamos en medio de un tránsito donde no podemos quedarnos quietos”. 

La tristeza nos usurpa la farsa continua, los juegos malabares que hacemos ante nuestro propio espejo para fingir que todo está siempre bien, muy bien, qué guay, cómo mola, tía. Cercena con un golpe de sangre “nuestro sentir enajenado”: nuestro vivir ajenos a nosotros mismos, empeñados en ignorar todo aquello que nos duele. “No podemos quedarnos quietos” ante esa tensión entre la mentira exterior y la verdad que trata de emerger por dentro: entonces, lo que hacemos es correr más rápido por fuera. Huyendo de ese tránsito interior (el niño corriendo por la gruta, la niña gritando despavorida), seguimos corriendo, calles preciados arriba, hasta la cima de la nada. 

Porque tenemos miedo de la sima interior, corremos sin tregua hasta una cima que no existe. Porque nos aterran esas voces que tratan de decirnos algo distinto, la voz de “ese extraño que ha entrado en nosotros”, procuramos con un esfuerzo fanático llenarnos de todas las vocecitas y todos los ruidos posibles –si es en manada, o en piara, mucho mejor–, de modo que casi todo el mundo conocido va convirtiéndose en una colosal jaula-discoteca en que no puede filtrarse la más mínima brizna de silencio. Y si usted sale a la calle, se pondrá unos cascos o pegará la cara al móvil o transitará por la acera con más afluencia posible, como las cabras; y si vuelve a su casa encenderá corriendo la televisión, el portátil, escribirá al cretino que peor le cae de su agenda: lo que sea por no escuchar ese silencio que alienta desde todos los rincones, como si acechara un asesino.    

Se supone que va a estallar una fiesta, pero es como si un gigante cósmico hubiera pisado el hormiguero, o estuviera al borde de pisarlo: no parece la prisa alegre de los que van a celebrar la vida, sino la desesperación de los que huyen de una ciudad a punto de ser sitiada. No se celebra la navidad: se instaura como una dictadura de la alegría por cojones; la seguridad de la alegría para mantener más allá del muro el caos revolucionario que quiere rebelarse (y revelarse) desde la propia sombra interior. 

Quizá por eso, y no sólo por el delirio mercantilista –el negocio sólo hace negocio con el miedo anterior a él–, será por lo que la adelantan cada vez más, hasta que un día sea Nochebuena en septiembre: divorciados, peleados, ignorantes cada vez más de cualquier horizonte espiritual (del verdaderamente espiritual, no de las múltiples estafas que llevan ese nombre), necesitamos en consecuencia prorrogar y multiplicar las fiestas con cualquier excusa imbécil, con tal de no estar solos con nosotros mismos. La ironía radica en que no hay manera, en nuestra cultura, de frivolizar por dentro con las navidades. Sea uno o no cristiano, católico, religioso o jugador de la lotería, las implicaciones emocionales son demasiado profundas, antiguas: los niños sueñan con lo que sueñan los niños; los padres recuerdan lo que soñaban de niños, y tratan de recuperar en ello alguna limosna de infancia; casi todos lloran a los que perdieron (a los padres que perdieron, a los abuelos que perdieron, a las parejas que perdieron), porque hace mucho que dejaron de ser niños. Y también todos –absolutamente todos, me atrevería a decir– sienten que una suerte de anhelo, como una brisa del norte, les roza la cara y les siembra un escalofrío en la espina dorsal; algo que susurrase que todavía, todavía se puede tener esperanza. 

No tiene nada que ver con la religión: estas fechas, lo quiera uno o no, levantan un santuario en el inconsciente colectivo en que todo parece querer hablar distinto, hacernos mirar a través de la luz azul del frío benigno de diciembre. 

Pero huimos de él: huimos de nosotros mismos, de ese santuario en que quiere hablar nuestra sombra. Del templo hacia el que quieren llegar el niño, la niña que corren despavoridos por la gruta del pasillo de la casa de la abuela que perdiste. Y sin embargo (el gigantesco Rilke otra vez): 

“No tenemos ninguna razón para desconfiar de nuestro mundo”, nuestro mundo interior de supuesta oscuridad, “pues no está contra nosotros. Si tiene espantos, son nuestros espantos; si tiene abismos, esos abismos nos pertenecen; si hay peligros, debemos intentar amarlos... ¿Cómo habríamos de olvidar esos antiguos mitos que están en el comienzo de todos los pueblos, los mitos de los dragones que, en el momento supremo, se transforman en princesas? Quizá todos los dragones de nuestra vida son princesas que esperan sólo eso, vernos una vez hermosos y valientes. Quizá todo lo espantoso, en su más profunda base, es lo inerme, lo que quiere auxilio de nosotros”. 

Lo que más le aterre en estas fechas, querido lector, es quizás lo que quiere contarle el cuento más hermoso de su vida. Lo que más tristeza pueda provocarle es lo que lleva demasiado tiempo queriendo darle un abrazo. Y quizás esas cenas y comidas navideñas a las que tanta aversión íntima tiene (por más que finja lo felicísimo y maravillosísimo que es todo) sean justo la oportunidad para montar una fiesta verdadera, la más real, la más definitiva: todas las tristezas, de usted y de los suyos, bien puestas encima de la mesa, sin miedo alguno a decir duele, sin pudor alguno a decir lo siento, sin terrores infantiles por la lágrima que trata continuamente de salir; sin miedo a decir: Sí, estoy rota, estoy roto, no puedo más. Pero brindo por el dolor que me recuerda quién soy, cómo llegué hasta aquí.   

Son nuestros abismos, nuestros espantos: no hay razón, en el fondo, para tenerles miedo. Para no dar la mano al niño que corre por el pasillo, y ayudarle a enfrentar al dragón, a la sombra gigantesca y negra que nos espera al final de la gruta: hasta darle un abrazo, y que romper los dos en ángel: “todo lo espantoso es lo que quiere auxilio de nosotros”. 

“Un monstruo me persigue, yo huyo”, escribió la aterrada Alejandra Pizarnik: “Pero es él quien tiene miedo, es él quien me persigue para pedirme ayuda”. 

Date la vuelta, mírale a los ojos, y escucha de una vez el cuento que lleva tanto tiempo queriendo contarte. 


domingo, 26 de noviembre de 2017

El milagro



“Haber visto crecer a Buenos Aires, crecer y declinar...”. Declina el sol allí a lo lejos, pero crece su luz de faro, color carmín, salpicándonos en la cara y en los ojos a quienes miramos al altar desde el costado, de pie, esperando a que empiece todo en el crepúsculo. Crecer sería esto, pensábamos, decíamos (¿te acuerdas?); nos contamos así el cuento. (A la salida del colegio subíamos contigo, calle arriba, todos juntos, y era como si te lleváramos todos al altar, que era la ventana alta de la casa de tu abuela desde donde te asomabas, risueña, bellísima, para comprobar que el cortejo seguía allí, en el mediodía aquel interminable.) Esperando el milagro, el milagro; waiting for the miracle to come, comandante Cohen. Y qué curioso que nadie crea en Dios, pero todos vivamos esperando un milagro. Ya llega el (báquico) cortejo, la música exquisita, la novia en su vestido blanco y sus ojos de estar viviendo un milagro, el milagro por llegar. Al tratar de verla bien, mientras avanza, me ciega el sol con su lumbre tenaz, y en el rubio de ella recuerdo el otro rubio, el otro verde, los otros ojos de los trece años, aquella lumbre (“¿Recuerdas aquella noche en la cabaña del Turmo (¿o era el Kuasy?), / las risas que nos hacíamos antes todos juntos...?”). La descarga eléctrica del beso fundacional, en el sillón en penumbra donde podíamos caber los dos, qué disparate. Pudo ser en abril, quizás el veinte.

Ah, el rubio y el verde, el verde y el rubio –avanza la novia, casi llega adonde espera él, adonde lleva esperándola desde hace siglos–. Tú nunca me respondiste a aquella carta, la de la lluvia en soledad de septiembre, de vuelta del verano más largo de todos los tiempos (pero fui yo el que dejó de contestar, verdad?, algunos años después, cuando yo ya no era yo, ni esa playa era mi casa). El cura tampoco es un cura aquí, sino uno de los nuestros, quiera eso decir lo que quiera decir. “...La vida es bella, ya verás / cómo, a pesar de los pesares, / tendrás amigos, tendrás amor, / tendrás amigos...”, creo que ha dicho, pero puede que sólo suene en mi cabeza. Tendrás amigos, tendrás amor, tendrás amigos. Algunos de ellos –de entonces, de ¿ahora?– están aquí al lado, más allá, y pienso al mirarlos que crecer debía ser eso también: esas corbatas de padre, esas canas clandestinas aún, la silueta hermosa, como otro sol de perfil, que espera a que otra niña igual de hermosa llegue para seguir escuchando el cuento. Yo te contaba cuentos en la cama, recuerdas, loca?, en el invierno en que temía que me dejaras otra vez (te contaba mis mil y una noches para que volvieras a la noche siguiente), junto a las velas y la hiedra de diciembre. Varios diciembres después me fui yo de allí, de la ciudad, del país, y dejé un cofre lleno de culpa bajo tu cama. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa, nos hacían salmodiar de niños en la misa –asesinos–. Con mi gran culpa miro ahora a la pareja de perfil, en el altar, al amigo que oficia, y algo se desmorona aquí dentro, declina, mientras otra luz crece del incendio hundiéndose a lo lejos, en el monte: yo escribiendo otros cuentos clandestinos, en una ciudad al norte del Norte, y esa carta que ya olvidé, o perdí, donde decías que no podrías hacerlo sin mí, que me necesitabas para el siguiente cuento. Pero yo ya no era yo –sólo después pude saberlo–, ni mi casa era ya la casa amarilla del sofá verde en la ciudad gris.

Haber visto crecer a Buenos Aires: crecer y declinar. (“Por favor, no te vayas”, “Me muero”, “Lo siento”; / “Que seas feliz”, “Escríbeme”, “Vete”, “Adiós”. / Tanto temblor y furia que se llevó el viento, / que tal vez aún exista en el sueño de un dios.) Ahora habla un hombre mayor que estimo mucho, un sauce viejo, y lo que dice, o cómo lo dice, o el verlo allí, simplemente, en la reverberación del sol último rindiéndose, me hace pensar que no debería aborrecer las bodas como suelo: suponen, en fin, una de las rarísimas ocasiones en que la gente se esfuerza por decir la verdad; unas pocas palabras verdaderas, como quería Machado en las tardes machadianas como ésta. Decir la verdad. (Siempre perseguí la verdad; hay que mentir antes mucho hasta empezar a vislumbrarla.) Cuántas veces te mentí, ¿verdad, mi amiga, mi interminable?, hasta entenderlo, hasta entenderme, cuando ya al templo del sur que levantamos juntos, la capital de mi fe, habrán llegado otros; otros que se odiarán, que se darán de comer, que follarán como dos lobos en la Luna azul del torreón.   

¿Era esto crecer, mi amiga, mi sonámbula?: ¿La rueda de las canas y los embarazos? ¿Un crepúsculo de etiqueta? ¿Un hombre que se emociona hablándole a su hijo? ¿Un ejército de centinelas (“...ya no queda casi nadie de los de antes...”) como testigos de un milagro que será eterno mientras dure?

Ya ha declinado el sol del todo; crecen las luces nuevas de la noche del bosque. Me tanteo los bolsillos (vacíos) del traje, suspiro; tomo a solas el vino primero, y brindo con nadie, para nadie, con los versos últimos del salto de fe aquel que me llevó hasta ti, antes de perder de nuevo: 

Tú solo el oficiante y el ungido;
el sacerdote, el elegido, la ceremonia. 


[Publicado en CTXT]


jueves, 24 de diciembre de 2015

Versiones de ti mismo (en el cajón)



Las gafas adolescentes de finales de los 90, metidas en su carcasa ajada, con las que soñé ser alguna vez Lucas Corso. Las fotos de una fiesta sorpresa de cumpleaños, casi recién llegado a Madrid, diciembre de 2001, perpetrada por cuatro franceses, una chilena y un norteamericano que apenas me conocían; que me hicieron sentir como un crío de 8 años, no de 18. Las fotos de los años del instituto y de los años de la universidad, absurdamente vividas antes de ayer, y su reguero de muertos. Una agenda súbita del año 2005, que alguien me regalaría otro cumpleaños, por la que puedo ahora rastrear las huellas (escritas en clave) de un invierno en que resucité, en que vendí de nuevo el alma a cambio de un rincón, de una vela, de una cama que no helase con vistas a aquel frío; una agenda en la que fui consignando las señales de episodios que olvidé, que ya apenas adivino (1 de febrero: ‘Tarde y luz de ocaso en la facultad: Recuérdalo’). Cartas de un solo folio, escritas a mano por una post-adolescente, que yo “no me merecía”, pero que me acabó escribiendo, al cabo. Dibujos de esa aprendiz de mujer, y de alguna otra. Las notas finales de 1º de Bachillerato, junio de 2000, Letras puras (del 5 al 10, lo que usted quiera). Más fotos; fotos de aprendices y maestras, “retratos de novias que nos olvidaron”; fotos que un día sepultaste / y que ahora vuelven, / te escupen con su pánico al salir, / emergen intactas de su escándalo. Postales de felicitación de cumpleaños, postales de felicitación de navidad, postales de pésame, postales del extranjero. Fichas de clase de la facultad que no entregué nunca, con una foto que era en realidad de 1º de Bachillero, o 2º. Invitaciones flamantes al fallo de un premio de poesía que nunca me dieron, diciembre de 2008 (todo, todo parece haberme sucedido en diciembre). Fotos de otro que sí me dieron; mis padres, mi hermano, mi maestro, mi mejor amigo, diciembre de 2009. Una bolsa con monedas totalmente desvaídas, borrados y pulidos los grabados como piedras de río, que podrían ser lo mismo de la guerra civil que de la Isla del Tesoro. La harmónica Star que saqueé de algún cajón de la casa de la abuela, o que alguien me regaló de niño, y que quisiera saber tocar. Un paquete de LM vacío, recuerdo quizás de una noche memorable con alguien que fumó siempre de esa marca, y ya no fuma más en este mundo. Las acreditaciones de prensa de cuando fui corresponsal en Norteña, con caras de niño asustado, de niño que quiere dejar de ser niño, de niño cansado que sabe aún le queda mucho para dejar de ser niño. Un pasaporte olvidado de alguien que no soy yo, que ya no viajó más conmigo. Las fotos que me echaste al llegar aquel verano a nuestra casa blanca del barrio morisco, hasta guapo esta vez. Un frasco vacío del perfume (de traición) que compré para ti en la ciudad del Aleph, que yo me llevé del cajón vacío de la casa blanca, y que ahora huele a culpa, a remordimiento, a urgencia
por algo que te pide explicaciones,
por algo que te purga dulcemente
el daño que tú hiciste o que te hicieron.

Y todo lo demás que creo mi historia, los avatares de mi vida, las versiones de mí mismo. Todo eso que quiere convencerme de que es yo, siendo apenas el dudoso testimonio de mil sombras sucesivas.  

lunes, 13 de abril de 2015

Cosas que quise decir (o recordarme)




Estuve, hace unos días, en mi instituto: en el que estudié, en el que pasé de niño a menos niño, en el que padecí ese virus (maravilloso y siniestro) de la adolescencia. El Diego Tortosa de Cieza cumple este año medio siglo de vida, y algunas personas de aquí y de allá (profesores de Lengua que recitaban poemas, profesores que son poetas de la Sierpe y el Laúd, profesores que me compraban libros de poesía y que me concibieron incluso) tuvieron a bien invitarme, con confianza digna de mejor causa, a que me pasara por allí un día, a contarles a esos retratos sin terminar, de 15 ó 16 ó 17 abriles, lo que yo quisiera. Sobre periodismo, sobre poesía, sobre lo que se terciara. Por supuesto, terminé hablando de lo que me salió en ese momento, por más que me escribiese algunas pautas previas. Les recité alguna cosa, les advertí que no se fiaran ni de la madre que los parió cuando leyeran o escucharan una noticia, les dije que leyeran para defenderse del mundo, y les conté alguna leyenda negra propia de cuando yo tenía esa edad y ellos, algunos, aún no habían nacido (y no era broma, pensé, tragando saliva).

Pero, entre las prisas porque tenían clase después y demás, olvidé o no terminé de redondear bien algunas cosas que quería decirles. Cosas que me hubiera gustado dejar en el aire para que luego ellos las leyesen mejor, de manera clandestina, como cuando te pasaban una nota furtiva de uno a otro pupitre.


Quise, quería decirles que no tuvieran miedo, o que tuvieran al menos el miedo justo –como alguien me dijo a mí, hace años–. Que la vida es más larga, más paciente y más sabia que cualquier carrera o crisis o desamor. Que se arrepentirían después de las angustias y sufrimientos gratuitos, cuando fueran conscientes de cómo funciona el Tiempo

Quería decirles que es ahora, cuando van creciendo hasta su edad pero aún les queda algo de niños, cuando tienen que aprovechar su tiempo en vivirlo todo y sufrirlo todo y absorberlo todo con la ferocidad irrepetible de esos años, las cosas que sí merecen la pena sufrirse porque es la alcancía de escalofrío (no de dolor, al cabo) que da de llover fértil al alma durante toda la vida, si uno es valiente y no renuncia a las emociones en carne viva ni a la desvalida y colosal estupefacción del niño. (“Aprovecha que eres joven para sufrir todo lo que puedas, porque estas cosas no duran toda la vida”, aconsejaba su madre a Florentino Ariza en El amor en los tiempos del cólera)

Quería decirles que no dejaran de ser niños porque un niño pregunta constantemente y en esa pregunta insobornable y tenaz (del mejor periodista posible, el niño) se esconde el anhelo único por el que algún día, quizás, nos hacemos la pregunta (reveladora, quebradora de máscaras) que nos salva la vida

Quería decirles que viviesen alerta, muy alerta de sí mismos porque en la vida, en esta vida tal y como está montada, nos vamos construyendo, demasiadas veces, según y cómo queremos que la gente nos vea, o incluso como ellos mismos nos ven (o creemos que ellos nos ven), de modo que corremos el peligro de acabar siendo lo que los otros pretenden que seamos (ese colosal malentendido), poniéndonos una máscara tras otra hasta que no nos reconocemos en el espejo. Que, si son valientes y no dejan de escucharse hacia dentro, su propia voz no dejará de recordarles el sueño invencible de quiénes son, y qué han venido a hacer aquí

Quería decirles que la mayor asignatura de su vida, la más grave y más honda, es llegar a saber quiénes son, porque (esto sí lo dije) “en realidad, siento ser yo quien os lo diga, aún no tenéis ni p. idea de quiénes sois. Ni yo siquiera, todavía”

Quería decirles que las demás asignaturas son importantes o al menos necesarias para lo siguiente a lo que tengan que llegar, pero que no lleguen nunca a creerse que sólo son un número. Les quería decir que no se creyeran nunca que son un número, porque las notas que les ponen son mentira en muchos casos y sobre todo porque el único examen es de conciencia, la vida ya te pondrá las notas correspondientes, y “a la tarde todos seremos examinados de amor”, dijo San Juan de la Cruz, y yo saludo. (A la tarde: cada tarde al mirar al horizonte, como don Antonio Machado; al anochecer a solas con nuestra sombra y su candil cuando llega puntual nuestra conciencia a pedirnos cuentas por nuestro saldo de amor y terror y dolor)

Quería decirles que crezcan, pero que no envejezcan. Que la felicidad sí que existe pero que jamás la encontrarán fuera de ellos mismos en la carrera de cuádrigas a ninguna parte. Que la vida en general no tiene sentido, pero la de cada uno y cada una sí: consiste precisamente en encontrar el sentido, en vivir esa aventura, aprender de qué va su juego


Quisiera haberles dicho también, al fin, que da igual si saben o no estas cosas, porque las aprenderán por sí solos, si quieren y les toca aprenderlas. Y aun así, aun así, en la vida solemos tardar muchos años en aprender a escuchar lo que llevamos oyendo (diciéndonos a nosotros mismos) toda la vida.



[Yo escuchaba esta canción, el corazón en cueros, hace ahora catorce abriles: cuando ya dejaba el instituto y empezaba a saber algunas cosas que no he terminado de aprender aún: 

domingo, 21 de diciembre de 2014

Rendirse

Algo tiene la derrota, cuando la creemos total, es decir, cuando llega a devastar todos los diques de la esperanza, parecido a la fiebre dulce de los niños, a la calma luminosa de cierta victoria íntima: y es que ya ha sucedido (lo terrible ya sucedió). Ya nada puede derrotarte: porque ya estás derrotado, ya no vas a levantarte otra vez, al menos por hoy, a pelear otra vez con la tormenta. Así que sólo puedes pasear tranquilamente por la orilla, respirar la brisa lenta del desastre, tantearte las cicatrices. Y comprobar estupefacto, en la inmensa mayoría de los casos, que sigues vivo. Que te han vencido, que todo está roto, pero tú no, porque sigues vivo. (Estupefacto).

¿Por qué? Porque es mentira, supongo. Porque casi nunca (y pongamos en el casi la distancia entre dos abismos), casi nunca es total, irreparable y para siempre la derrota que creemos sentir definitiva. Porque la vida se abre camino de una manera portentosa, sin hacer ningún caso (gracias a dios) a lo que nosotros opinemos sobre ella. A la vida le da igual. A tu vida le da exactamente igual, en el fondo, ese triunfo que no llegó, esa herida que crees inmensa, esas doce campanadas implacables que creías no ibas a oír nunca más, y que crees (sólo crees) que señalan el toque de queda de todo tu Tiempo hasta aquí. Te quedas, sí, como un adolescente avergonzado, como un monstruo perplejo en una celda. La vida es así también; ahí nos pone constantemente, castigados contra la pared, llorando contra la pared, implorando volver a casa. Porque esta especie es la única sobre la faz de la Tierra que siempre se siente arrojada, a la intemperie, a las afueras de dios; sin darnos cuenta de que, sea lo que sea esto, somos parte de ello hasta las raíces. (Como si los peces creyeran que el océano es una farsa; como si los pájaros añoraran todo el tiempo la rama en que nacieron, y lo demás les pareciera hostil desde entonces).

Rilke tiene un verso misterioso, indescifrable: “El tiempo es la recaída de una larga dolencia”. Quizás es a esto a lo que se refería. A que este caerse y volverse a levantar, caerse y volverse a levantar, intentar y fracasar y volver a intentarlo, este velatorio en carnaval, este andar de puntillas por el pasillo por no despertar a alguien que vela su enfermedad en una cama, es sencillamente el síntoma de esta larga dolencia que es la vida. Que nosotros llamamos dolencia porque nos resistimos todo el tiempo a que suceda como tiene que suceder; porque nos rebelamos a lo que no nos sale como queríamos; porque no tenemos la humildad, la inteligencia, la valentía suficientes para decir: Me rindo. Eres más antigua, más sabia, infinitamente mayor que yo. Cuéntame cómo se vive. Dame una moral para vivir con la herida, y yo la honraré. Enséñame cómo vivirte, y lo haré de corazón y sin protestas el Tiempo que dure y que me dures.

Algo tiene la derrota, cuando la sentimos absoluta (pero hay que dejarse sentirla de verdad, hasta los últimos sótanos de la conciencia), parecido a la recaída de fiebre de un niño en una cama: oyendo a lo lejos a los lobos, que ya huyen, pero también la voz que le cuenta un cuento en la penumbra del invierno. No es resignarse, no es cruzarse de brazos o dejarse morir: es aceptar; es comprender que no comprendemos ni controlamos nada; es mandar todo a la mierda, por esta noche, y perdonarse a uno mismo de ese fracaso que –ya lo estás viendo– a la vida le da absolutamente igual para seguir. Es rendirte hoy para hundirte en la verdadera obra maestra: la de comprender que éstas son las leyes, y que quizás (quizás) eso que llamamos derrota en realidad se llama vivir. …Y vivir, sí, acaba matando antes o después.  

(Dame una señal para vivir con la herida
y prometo escribir el resto
seré un okupa
en la torre de la canción
seré un polizón
agarrado a una guitarra
en el naufragio de esta era
)



Feliz navidad.



domingo, 24 de agosto de 2014

Amigos


“Tengo a mis amigos / en mi soledad, / cuando estoy con ellos, / que lejos están”. …Cómo acertó –para no variar– don Antonio Machado, con su vislumbre en cuatro versos de ese pequeño drama silencioso. Es cierto; es así. Tú lo sabes también: cómo, cuando estás solo, lejos ya del ruido, la bruma, el artificio de lo real, se te presenta intacto, en su exacta medida humana, justo ése, ésa que te está faltando. Por ejemplo ahora, en esta misma terraza del bar en el que estás. La amistad, como otras relaciones vecinas del amor (¿como todas, quizá?), se fragua en realidad, aun paradójicamente, en el silencio adentro de cada uno. No vemos bien a la gente cuando estamos con ella (suele haber ahí tanta neblina en los ojos, tanto argumento huidizo, tanto blaaa-blaaa-blaaaa; tantos velos). Se rumia a los otros en soledad, como se rumia este vino en el atardecer de la costa, el agua detenida como una bandera de cristal, ahí enfrente, en silencio; solo, de nuevo, para estar en realidad mejor acompañado. Y puede que la amistad sea eso: saber que uno podría no estar solo, si quisiera.

Pero es que es aquí, en esta mesa, por ejemplo, y entre la música azul cobalto de la tarde derrumbándose, donde se revela con pureza qué espera uno de cada quién; qué agradece, qué necesita, qué festeja de los otros. Es macabra, lo sé, esta forma a solas y sin nadie. El problema es que vivimos de fantasmas, se alimenta de ellos la memoria: yo veo ahora, aquí, a los que quiero y me quieren como son exactamente; no como suelen ser delante de mí. La amistad es esto: acordarte de alguien a quien llevas tiempo sin ver, sabiendo de pronto que aquí estaría su lugar, que la hospitalidad del momento le reclama por su nombre. Y vienen todos de repente. Vienen todos (avanza el vino) con cada confesión que quisieras hacerte. Con cada chiste idiota, cómplice o antiguo. Con cada pregunta. Por ejemplo: ¿por qué tan lejos; a cuento de qué; por qué criminal, estúpida, prescindible contingencia cotidiana?

Y sin embargo es aquí lejos, sí, donde mejor se revela todo. La realidad nos pone sus máscaras, sus personajes (personas del drama), y luego es la memoria del corazón la que reúne las piezas del puzle, del verdadero rostro. (Y la que pule los destrozos, también; pues sólo lo que sobrevive a los destrozos es algo que merece conservarse). Hay algunos amigos, unos pocos amigos, demasiados, para mí, con los que no me encuentro últimamente, ni en la dimensión física ni en la otra. Pero no importa. Esta tarde (ya es casi de noche) están aquí, siendo otra vez quienes verdaderamente son, cumpliendo cada uno su papel ineludible, bebiendo con mi sombra. Aunque ellos no lo sepan, aunque ellas piensen que olvidé. Como no sé yo, a mi vez, si estarán ellos ahora, en este mismo instante, acordándose de mí en sus respectivas soledades a lo lejos.


lunes, 11 de agosto de 2014

La agenda (inmortal) del móvil


Hay lugares en que sigue viviendo sola, la vida, ella sola; agazapada como una bestia mansa en ciertos rincones de la conciencia, de un cajón, de un teléfono. (Cuántas cosas seguirán pasando solas, a cada momento, allá donde no elegimos llegar nunca.) Ya contaba aquí, hace poco, la impresión diabólica de poder volver casi físicamente, gracias a los grandes inventos del hombre, adonde alguna vez fuiste feliz (o no tanto, quizás). Ahora tengo aquí, delante de mí, la agenda del teléfono móvil que utilicé durante al menos cinco años. Por mi natural desastroso –o indiferente, más bien– por los juguetes nuevos de la tecnología, he ido poco a poco dejándome caer hasta perder la batería del móvil esperpéntico que utilizaba últimamente. Así que, con el forzoso cambio, la agenda vacía, he tenido que recurrir de nuevo al viejo teléfono de entonces, que ya no funciona si no lo mantienes enchufado; a su salvífica memoria letal. El teléfono que utilicé desde los 24 o 25 hasta hace poco más de un año. Ahora tengo 30. Demasiadas cosas sucedieron en ese tramo, de manera vertiginosa; el teléfono fue testigo. Y siguió siéndolo, calladamente, centinela mudo encerrado en una caja, hasta que tuve que volver hoy a él, en las luces de un verano muy distinto ya.

En otro verano de antes, mucho antes de todo, escribí aquí, también, sobre lugares costeños en el mapa. Ahora tengo que escribir sobre las islas de esa agenda, maradentro y hacia fuera. Cómo es posible –me pregunto, incrédulo–, cómo es posible tanta historia sepultada, o sobreviviente, o vuelta a reunir después de los destrozos. Hay números en esta agenda de amigos antiquísimos que todavía lo siguen siendo, y de otros que se llevó el naufragio, a dentelladas silenciosas. Hay nombres remotos, irreconocibles ya, como de un idioma antiguo o de una tumba descubierta en un jardín. Hay nombres que duelen, nombres que sonríen, nombres que vienen a matar de entre la niebla; o que no dicen absolutamente nada (nada).

Hay, empezando por la misma inicial, varios teléfonos de nombres que me dieron su caridad puntual en noches hambrientas de ciudades distintas, de mendicidades idénticas y paralelas (los marcaría, estoy seguro, con ansiedad y aventura y en el fondo sin querer). Hay teléfonos, varios, de países extranjeros, de vidas extranjeras, de lugares a los que yo mismo pertenecí, alguna vez.

Hay un teléfono con el nombre rotundo y doble de una ciudad. Así es, simplemente, el nombre: como si al marcar el teléfono pudieras hablar con esa ciudad en sí, con la mujer que seguirá siendo, tal vez, esa ciudad.

Hay nombres legendarios de corazón oscuro, que lo significaron todo, que ya sólo significan su mismo nombre. Hay nombres de cuatro ó cinco variables correspondiendo a los satélites de un mismo universo, que fue el que yo mismo habité, tanto tiempo que ya no existe. Hay números de casas que llevan vacías mucho tiempo, pero que quise conservar, seguramente, como un homenaje sonámbulo y pueril; como si todavía cupiera la posibilidad de llamar en cualquier momento, y que alguien respondiese al otro lado.

Hay un número que ya no podré marcar más, nunca más, porque no hay línea con la muerte todavía.

Hay nombres extravagantes y mal escritos que pertenecerán (pertenecieron) seguramente a camaradas difusos de noches antiguas, de amigos para siempre con los que icé la copa unas horas, que olvidé, que no utilicé nunca. Hay nombres de hostales, de estaciones, de periódicos. Hay nombres en clave, nombres literarios, nombres con los que bauticé a mujeres que apenas recuerdo y que me otorgaron alguna que otra moneda por el número ridículo de mi supervivencia. Hay varios nombres de mujer ­–¿cómo es Posible?– que me quisieron, a las que yo también quise: ninguno de los implicados lo sabemos ya.


Hay nombres que son fantasmas, números que son remordimientos (personas que seguro borraron hace tiempo mi número de entre los suyos).

Hay gente a la que echo mucho de menos, a veces, y a la que nunca llamo –nunca sabré por qué hasta que sea tarde.

Hay un número cuyo nombre es un signo de interrogación (?)

[…Y qué pasaría si uno marcase alguno de esos números, cualquier noche, atracando y haciendo sentir el vértigo que uno mismo sentiría en su lugar]

Hay, también, el nombre de una mujer que durante años se llamó como una de las playas de aquel mapa que decía al principio. Su número sigue siendo el mismo.


Espero que el mío también.

lunes, 19 de mayo de 2014

Mapas

No sólo se están aboliendo las fronteras del espacio; también las del tiempo. No sólo está la tecnología acercándonos (o dándonos la ilusión de acercamiento) hacia una misma latitud física; también a otras que pertenecen estrictamente a la región del sueño. De una manera mucho más estremecedora, a veces, que desenterrar sin querer una foto del fondo de un cajón, unas bragas insólitas quizás, un vestigio cualquiera de otra época. Como el testimonio de otra civilización: insignificante entonces, sagrado ahora por el paso del tiempo y el desconocimiento y la ceniza, y la vida inverosímil que aún conserva, como el remoto ADN de la felicidad, o del remordimiento.

Pero ya no es precisa la imaginación para invertir la línea temporal de algunas cosas. No es sólo que pueda volverse a los objetos o las personas o los lugares viejos a través de una imagen; es que puede uno jugar a la máquina del tiempo, y acabar temblando. Se puede comprobar fácilmente, por ejemplo, con el calendario del ordenador. Como todo calendario, señala la hora, el día, el mes del año en que te encuentras. Pero si pinchas ahí con el ratón, y lo despliegas, resulta que puedes también avanzar o retroceder a tu antojo: saber en qué día caerá el 3 de diciembre de 2033, por ejemplo, y mejor aún (mejor), en qué día cayó el 3 de diciembre de 1993. Puede uno reconstruirse a sí mismo, otra vez, como releyendo los relieves de la historia. Como las ruinas de una ciudad sepultada que ahora pudieran volver a ponerse en pie e iluminarse con los datos perdidos de los siglos. Fue sábado aquel día, claro: porque el viernes anterior hubo tal cosa. Y el domingo, entonces –todo cuadra–, estabas en aquel sitio.

Ahora puedes volver, también, a aquel sitio, sin moverte de este sofá, de este balcón. Puedes teclear el nombre del sitio, y no sólo verlo en un mapa, sino situarte virtualmente en él como en una alucinación, con el mecanismo de los sueños por el cual todo está congelado hasta que tú te mueves, y al moverte todo se mueve contigo en un vórtice de bruma, mitad voluntad, mitad atrezzo de escena. Y ahí aparece esa calle. Hace sol (pero casi nunca hacía sol allí). Ahí está esa tienda, allí la panadería. Ahí, más adelante, debería estar la casa. Y avanzas, avanzas por la calle (la pantalla), el recuerdo (el presente inmóvil), el terror y la emoción de estar ahí otra vez. Pero no estás ahí, evidentemente; son sólo imágenes captadas por satélite, reconstruyendo como en un parque de atracciones el decorado indiferente de tu ruina. Pero entonces, entonces, miras la fecha de esa reconstrucción, y constatas que las imágenes, o lo que diablos sea lo que tienes delante, donde estás ahora mirando, es abril de 2009. Lo que estás viendo (¿es posible?) es un día soleado en esa calle del mes de abril de 2009. No es la calle de ahora; es la de entonces... Y entonces (¿ahora?) esa casa que ves delante de ti estaba habitada por alguien que conociste muy bien, mucho después, pero que entonces, en el abril de 2009, en el ahora soleado que tienes delante en la pantalla, todavía no te conoce a ti. Estás viendo, entonces, a día de hoy, el día perfecto y azul y de primavera abriéndose en ese abril de hace cinco años: tú estabas en esa ciudad; ella vivía en ese edificio, sin conocerte aún. Estás mirando esa calle. Estás viendo ese día. La frutería en su sitio, los coches que pasan, el temblor cotidiano de la gente. Como todo a punto de empezar aún, todavía, entonces; como para siempre empezando todavía.


La casa gris, M. Chagall

domingo, 30 de marzo de 2014

Háblame

Para qué servirá el dolor. De quién será esa tristeza. “Me pregunto qué gana Dios con que suframos los hombres”, escribió alguien, no recuerdo quién, en alguna parte. “Ni sé para quién es esta amargura”, escribió Vallejo, alguna vez, en no sé qué infierno

Qué nos enseña, qué vendrá a enseñarnos el horror, el terror, el dolor

Algo será. Algo querrá decirnos esa ventisca sucia y gris y pálida, más allá de que la vida se vaya cobrando por su ley de ritmo o correspondencia el saldo obligado de la belleza. “Esta mañana de oro, con qué dolor se paga”, escribió en alguna parte Eloy Sánchez Rosillo. Yo conozco muy bien esas mañanas de oro. Y sé que sí: en muchas ocasiones, se pagan

Qué hacemos aquí, los hombres, los pobres diablos de hombres, decía Pessoa, mirando la espalda cualquiera de un hombre cualquiera en una calle cualquiera de Lisboa, sintiendo desvalidamente, vallejianamente, una piedad universal por todos, por todo: qué está haciendo aquí el pobre diablo de la humanidad. En esa reciente obra maestra llamada True Detective, el samurái mutilado, enfermo, maldito Rusty Cohle, confiesa a su compañero Marty, mientras atraviesan una carretera espectral (pareciera que es siempre la misma carretera del infierno), con expresión glacial y sabor a cenizas en la boca, lo absurda que le parece toda esta máquina de sentir y morir; todos estos pensamientos, emociones, anhelos desgajados de la naturaleza, dice, hiperlúcido, valiente, suicida: deberíamos darnos todos la mano y claudicar, como hermanos y hermanas, hasta la ceremonia nocturna y comunal de la extinción

Equivocado también, sin embargo: porque no es un error tener consciencia, sino pasar por aquí sin saber hasta dónde puede llevarnos, hasta qué últimas consecuencias (...y es el miedo al dolor y no el dolor el que suele hacernos pánicos y crueles: Luis Rosales). Por eso, quizás, es precisamente Cohle quien llega a vislumbrar al final un magma de amor y sueño esperándole bajo la oscuridad absoluta; la que quizá nos devuelva a la placenta preconsciente donde no existe el miedo, donde el amor reside

El miedo, la separación, el dolor. Una bestia moribunda arañando los cristales que sigue muriendo, ay, no deja nunca de morir. Escribí una canción al respecto, hace poco. Decía: álzate, háblame, dolor, di qué tienes que contarme

Porque es la única manera de vencerle. Buenos días, tristeza; cuéntame a qué has venido. No me zarandees como a un muñeco de trapo tirado en la calle un día de carnaval (un día de carnaval que llueve y pasan las carrozas y tú eres ese niño que vuelve sin entender en cada charco por qué están todos tan alegres, cuando hace tanto miedo)

También escribí, una vez de hace un año, que tal vez eso será vivir; pero no la vida

La vida también será descubrir que no es la vida eso, no. Esa terrible desolación al norte en la que eres adulto y llueve. Pues (sigue diciendo don Antonio Machado)

en mi soledad
he visto cosas muy claras
que no son verdad.


Álzate, háblame, dolor:
di qué vienes a enseñarme



domingo, 23 de marzo de 2014

Héroes

Cuando era niño, uno soñaba con ser Indiana Jones. No arqueólogo (que también), ni Harrison Ford (que más todavía), sino Indiana Jones. Yo lo que quería era hacer de la vida un misterio y una aventura, que me pasara todo un mismo día y que ninguno fuera igual, pero sobre todo –lo entiendo bien ahora– lo que quería era salvar, así, a secas. Salvarme a mí en el último segundo del precipicio después de haber desafiado al diablo, y salvar a un pueblo entero de la injusticia, y salvar a la rubia del templo maldito en el que fueran a sacrificarla o a casarse –lo mismo da–, antes de componer esa mueca delincuente en la puerta y decirle, como si no fuera conmigo la cosa: “Si me necesitas, ya sabes dónde estoy…”

Yo quería salvar, como un héroe ingenuo y temerario: salvar a toda la gente que yo quería de cualquier injuria, de cualquier herida, de la muerte que fuese. A veces, en según qué circunstancias, puedo sentir otra vez, calentándome el costado izquierdo, ese escalofrío de concordia, como de querer (vuelve Vallejo para ayudarme) ayudar a reír al que sonríe, / ponerle un pajarillo al malvado en plena nuca… Reunir los pedazos, supongo. ¿Qué es un héroe? Un héroe –por ejemplo– es el que queda velando sus pedazos toda la noche, bajo una manta y un candil a la intemperie, con la esperanza remota y niña de volver a juntarlos, de llamar a todos los que uno quiere para que vengan y le ayuden a reunirlos, mientras se monta una fiesta y se ríe porque nada, nunca, será tan grave. Reunir los pedazos, supongo, equivaldría entonces, en un mismo fulgor de la espina dorsal, a cruzar una mirada furtiva con aquella niña y sentir que se te abrían las tripas; a hacer las paces con un amigo; a salir corriendo hacia la vida absolutamente disponible para batirte en duelo con toda la alegría, sin miedo alguno, contra el enemigo cualquiera de cada día.

Por entonces era más fácil, porque el enemigo estaba, o parecía estar, mucho más claro; ahora está en todas partes y en ninguna a la vez: generalmente, dentro de uno mismo. ¿Qué es un héroe? El que no se engaña –por ejemplo–, el que no se esconde de sí mismo, el que no tiene miedo a ser quien realmente es. Pero en la coacción que nos impone esta vida diariamente para que nos olvidemos de nosotros mismos (astutamente: haciéndonos confundir nuestros egos con nuestra verdad), vamos poco a poco perdiendo esos milímetros de instinto salvaje que nos harían correr en la dirección contraria y saltar por encima del terror con toda la furia y toda la euforia posibles. (Cuántas cosas se harán en la vida más por miedo que por amor; menos por deseo que por remordimientos).

¿Qué es un héroe? El que aprieta los dientes, por ejemplo; el que ensancha los límites de lo prohibido, o lo prohibido en uno mismo, en soledad feroz y sin tregua, jugándose la vida en esa guerra contra sí y contra el mundo sabiendo que el saldo será siempre negativo, que rara vez le entenderán, que por cada pírrica victoria íntima habrá mil derrotas semanales ante los cretinos que no sabrán entenderle (y me acuerdo de Alejandra Pizarnik: Ellos son todos y yo soy yo). El que no traga, a riesgo de quedarse sin comer; el que no juega al mismo juego aunque se sepa solo y marginado y proscrito, el que no comulga con ruedas de molino ni ríe las gracias ni sonríe viscosamente síclaroporsupuesto a los leguleyos de cualquier Corte, calculando la recompensa o la palmadita en la espalda de los que pretenden que el rey no va desnudo, porque viven precisamente de eso: les paga el capataz de la mentira ambiente.

El que levanta una maltrecha, insobornable torre contra el ruido, la estupidez y la miseria de los que siempre nos querrán, muertos de miedo, con tanto miedo como ellos a cumplir la verdadera ley.

Eso será un héroe. Aunque todos los días te usurpen el látigo, te cuestionen el grial, te chuleen el sombrero. 


sábado, 8 de febrero de 2014

La inevitable, la puntual, la puñetera esperanza

Qué tenaz es la vida, qué olvidadiza para lo que conviene a su transcurso. Qué inocente, siempre, finalmente: como un niño que se cae y se vuelve a levantar, se cae y se vuelve a levantar… Da igual lo que te haya ocurrido, las veces que te hayas quedado huérfano, indefenso, olvidado, como recién atracado y solo en alguna esquina de la intemperie del mundo, o de dentro de ti mismo (a las afueras de Dios en cualquier caso): te acabarás levantando, a la postre; reanudarás el paso. Acabarás tentándote los bolsillos en busca de alguna señal, algún trocito de papel, alguna dirección que te recuerde el camino de vuelta a casa.

No he pensado todo esto, esta tarde de lluvia en el balcón, de luz mojada de febrero, por ningún acontecimiento primordial –aunque lo haya tenido, ciertamente, hace tan poco: me quedé huérfano de abuelo por tercera vez–. Simplemente me he sentado aquí, frente al balcón y la acuarela gris del sábado, a ver llover en silencio sobre los tejados, los cipreses, los pájaros que van y vienen de sus asuntos: sin tristeza, y con una calma como de resaca suave (sin metafísica, que decía el otro). Pero al poco me he sorprendido pensando en el futuro próximo; la primavera, la semana santa, yo qué sé. El suave fulgor de la vida cuando ya se pueda escribir de noche con el balcón abierto, por ejemplo, y un hilo azul de euforia inminente, nocturna, por las fiestas y las copas a la intemperie que hayan de venir. He pensado, como siempre que puedo intuir, aun remotamente, esas fechas, he pensado en la semana santa de mi pueblo [santa es un simpático eufemismo en este caso], y he caído en la cuenta de la cantidad de años que hace que ya no es esa fiesta como alguna vez fue, como siempre la sueño sin embargo en la distancia y el deshielo con una expectativa nueva pero idéntica cada vez. Porque el vislumbre, la esperanza, digamos, de lo que voy a vivir en esas fechas es siempre similar, año tras año: pero cada año se encarga fielmente de ir demoliendo más esa idealización, de revocarla. Como una especie de futuro repetido que no llega a cumplirse nunca, pero que la conciencia se empeña en proyectar puntualmente, año tras año, olvidándose del desmentido del año anterior: como ese niño, cayéndose y volviéndose a levantar, irreductible; como la piedra demoníaca y puñetera de Sísifo.

Así vivimos. En esta tarde lenta de candela, anocheciendo, contemplando la ventana como una película que no fuera conmigo –pero yendo absolutamente, en realidad–, yo no presto atención a la limosna plural de la lluvia, como de monedas de estaño, sino que me proyecto hacia una más que improbable posibilidad de dentro de un par de meses, confiando sin darme cuenta en que todo será mejor (pero mejor ¿que qué?): mañana, mañana, siempre mañana… cuando ni siquiera tengo hoy, concretamente, nada de lo que huir. El trampantojo de la esperanza; la puñetera, ineludible esperanza…: ¿Y por qué no tener esperanza –pienso ahora– sobre ahora mismo, sobre las posibilidades de este mismo instante? “Te llaman porvenir porque no vienes nunca”, escribió Ángel González, creo recordar; y es cierto. John Lennon observó también que la vida es aquello que sucede mientras hacemos planes. Y así, mientras tanto, se nos va yendo la vida, se nos van yendo de la vida ésos a los que debimos llamar mientras estaban aquí, mientras eran ahora, mientras podíamos todavía compartir con ellos la alegría de una tarde de luz mojada por la saliva de los milenios, tomar un tren, un autobús a tiempo, correr hacia su casa, llevarles un libro, tocarles la cara, darles un abrazo innumerable de Tiempo, de reunión, de vida junta, de presente incontestable y para siempre. 

Ahora entiendo que es un remordimiento lo que llueve esta tarde: el de no salir a buscar la vida, quizás, como tantas veces, con la pobre excusa de que llueve; mientras lloverá en París su aguacero de setenta y seis años de longitud, mientras llueven también sobre el febrero ya solito de Tomelloso, atracado en una esquina del mundo y sin comprender, los setenta y seis años de sol y lluvia de la vida portentosa de mi capitán. Mientras llueve, lloverá también, sobre el panteón de mi memoria, allá en Cieza.

Hay que vivir, amigo, amiga. Hay que derramarse en la vida con lo que haya, con lo que sea, con lo que tengas más cerca en el ahora, porque no hay otro lugar en realidad: el pasado sólo se construye, el futuro apenas se recuerda, y ambas cosas ya sucedieron y sucederán en este preciso instante en que una voz muy vieja sigue susurrando que
todo fue, todo será,
todo hubo siendo
todavía.  

Susurrando que “hoy es siempre todavía”. Que el remordimiento es no vivir; que el homenaje es seguir viviendo. Que la esperanza puede esperar: la vida no.



martes, 3 de diciembre de 2013

Resaca 3.0

No sé si para otros será lo normal, a estas alturas, pero el hecho de levantarme yo, hace unos meses, con una resaca que me hizo caer de rodillas –literalmente– y llorar, pidiendo a gritos un ibuprofeno o una decapitación… pues como que no. Con lo que uno ha sido (y cree seguir siendo). Por ejemplo: en cierto viaje a Granada con el instituto (marzo de 2001), no recuerdo ya si por el calor, por la impaciencia de que llegara la noche, o por la desesperación de que una que yo me sé no me terminara de prestar la atención debida, el caso es que tuve lo que llamaremos un súbito y varonil Momento Hemingway (elegancia bajo presión), y sin pensarlo mucho me abalancé de un trago sobre un surtidor de La Alhambra que hizo palidecer de golpe a mis colegas, al Francis y a un grupo de rusos de Leningrado que pasaba por allí. También a un jardinero que se me quedó mirando atónito, entre el pánico y la risa, como Jesús Quintero ante el Cuñao, y que exclamó “¡Pero muchacho, QUÉ HAS HECHOOO!”, antes de salir despavorido a llamar, no a una ambulancia, sino a las televisiones. Fue mi greatest hit de aquella época, junto con el baile con Pablo L. B. en el festival de Santo Tomás de Aquino –peluca azul, falda amarilla y medias negras– y la vez (todo esto en el mismo curso y con un margen de pocos meses) que me dejó Leonor encerrado en el instituto un viernes, a las dos y media de la tarde, con la calle más próxima a doscientos metros de la ventana en la que yo, previendo los gloriosos titulares del lunes (Imbécil muere de inanición por pasar el fin de semana en el Diego Tortosa), me había puesto a hacer un rito chamánico en bolas alrededor de una hoguera, creo que en el despacho del Secretario de aquel momento… Finalmente, y sobre las tres y media, vislumbré a lo lejos a una señora, como Cristo en el desierto a Belcebú, que al llegar a mi altura pronunció una frase bíblica a la altura sólo de las Circunstancias y de la Historia: “¿Te traigo un bocadillico, nene?”.
 
Pero estábamos –qué ironía– en Granada. No recuerdo en qué momento comenzó a hacer efecto el célebre Trago; sí que llegamos al albergue con algarabía y vísperas de fiesta, con cuerpo de sábado noche, y que el mío estaba ya más como de día del Juicio Final. Mandando señales inequívocas de lo que a la postre sucedió: que todos se fueron a salir por la ciudad (la única noche que nos iban a dejar sueltos por ahí, al albur de las hormonas) y yo me quedé de penitente en el baño más próximo a mi litera, con la única compañía del frío en los huesos, la poesía completa de Lorca, y una parejita que consiguió la proeza inverosímil de evitar los controles y quedarse en la habitación contigua, celebrando los colchones imposibles de aquella edad, aquella época.
 
Lo de Lorca no es por tirarme el folio; es exactamente el libro que me llevé a aquel viaje, por aquello de la ambientación: el albergue estaba justo en el pueblo de Víznar, y si uno seguía esa misma carretera llegaba al parque que se construyó allí, donde desde su asesinato se le creyó (aún se le cree) enterrado al poeta, entre el asco y los jazmines. Mi amigo Carlos S. L. (Sociedad Limitada) y yo hicimos ese recorrido, la tarde que llegamos. (El otro, Pablo L. B., se había quedado, según recuerdo, negociando con un portero el asalto a otra habitación prohibida). Buscábamos, Carlos y yo, a su fantasma, al de Lorca, que por entonces pertenecía a la misma alucinación narcótica de aquel año, el último del instituto y nuestra vida conocida: esa borrachera de desamparo y furia en que parecía resumirse toda nuestra adolescencia, cada vez más rápido, cada vez más luminoso o más oscuro conforme avanzábamos en un fulgor de tiempo como una profecía negándose y autocumpliéndose cada día; en el instituto, con las conversaciones cómplices sobre lo que habríamos de vivir o escribir algún día, con las novelas de García Márquez en la última fila tras los libros de inglés, con la ilusión idiota suspirando por las que escapaban en la moto de su novio al acabar las clases; por las tardes fatigando los apuntes, fingiendo –el Pablo y yo, no el otro, soplador– que estudiábamos, y llamándonos los tres por teléfono con la excusa del latín para hablar de cualquier otra cosa que no fuera el latín; por las noches de viernes y de sábado en un vórtice repetido que parecía no admitir tregua alguna al desaliento o la desidia por más que nadie nos mirase, por más que ninguna nos mirase, por más que el fin de cada noche fuera demasiado parecido al de cualquier noche cuando enfilábamos la curva de la luna con todos los demás al apagarse el botelleo (que no botellón, aficionados) y llegábamos a la región de los bares que eran cuatro, pero que parecían cuatro mil, donde aún se podía fumar e internarse entre los cuerpos como en el mismo bosque de aquel campo al que íbamos los tres de vez en cuando, a mirar al crepúsculo y comprobar que todo seguía exactamente donde estaba pero todo debía estar a punto siempre de empezar en alguna parte, en algún momento, en algún sitio más lejos siempre de más allá, de la barra o de los cuerpos, de la noche o de la carretera aquella.
 
¿A dónde íbamos? Como aquella tarde, en Víznar, buscando al fantasma imposible de Federico, muchas tardes fuimos los tres subiendo las laderas de más allá de nuestro pueblo, hablando simplemente, celebrando sólo, supongo, el hecho de tener diecisiete años y el puñal al cinto y el antifaz intacto para el balcón siguiente, que siempre sería el primero. Sucedería durante varios años, seguramente, pero en aquellas escapadas cómplices, impensables hoy en día por aquello de andar tanto, en las que subíamos hasta aquel monte sin echar el Johnnie Walker por la boca y bajábamos de atardecida, como en un poema de Machado con borrones de Bukowski [el cabrón del Pablo y su costumbre de avanzar unos pasos y dejarse caer los pantalones], algo, algún tipo de sortilegio del cual éramos íntimamente cómplices nos unía para separarnos, tal vez, al mismo tiempo. Rompía el crepúsculo entre el silencio y las carcajadas porque siempre había (siempre) algo de lo que reírse, generalmente nosotros mismos, y también algo por lo que callar al darse uno cuenta de que las penas de amor o de muerte ajena (qué lejana la muerte entonces, pienso ahora, aun teniéndola tan cerca) no tenían derecho alguno a ganar un milímetro de niebla en aquella fortuna de ser tan jóvenes, tan feroces, tan felizmente inconscientes, cada cual en lo suyo, como con la certeza insobornable de que la vida iba a ser siempre una canción de Sabina a la luz de un farol proscrito al que volver siempre de madrugada, porque podía no haber consuelo pero quién lo iba a necesitar, en el fondo, con lo que a uno le gustaba pensarse un perdedor al que todas en el fondo querrían adoptar, por supuesto, en el secreto de las ventanas donde languidecía un noviazgo sin novedad, sin pasión y –por supuesto– sin follar.
 
Aunque yo a duras penas podía callarme lo que quiera que me corroía cada vez. [“Tengo que irme a Madrid”, recuerdo que dije, solemne, una de esas tardes en la vega con el sol bajo de finales de junio, a las puertas de la Selectividad: porque cómo pensar que la vida no iba a cumplir lo prometido]. Lo pienso ahora y es curioso cómo podíamos enseñar y enmascarar los tres nuestras timideces o descaros múltiples, en un equilibrio que ahora me parece inverosímil para que jamás nos pudiéramos aburrir de tanta cabeza llena de pájaros como las oscuras golondrinas aquellas que tanto le gustaba remedar al uno, o violar verbalmente al otro: imposible dejarse llevar por la emoción eufórica y terrible de aquel tiempo con el uno poniéndote una mano lastimera en el hombro al mirarte con pavor de refilón (“Miguelton, no vayas a llorar ahora…”) y con el otro versionando a Neruda (“Oh, me la chupó tantas veces bajo el cielo infinito…”) literalmente bajo el cielo infinito de la anochecida azul de aquel año que parecía ser abril todo el tiempo.
 
Y era abril, ya, el día 1 concretamente [cumplía Carlos los 18], cuando volvimos de aquel viaje de Granada. Lo recuerdo, con mi memoria de vejestorio (incapaz para recordar lo de ayer pero sí las fechas de hace siglos), quizá por lo que ese mes significó siempre para mí, pero más aún por estar asistiendo, en vivo y en directo y como en un sueño lúcido, al final de toda una época. Lo supe sin saberlo al volver a Cieza (que fue en el coche del ínclito profesor de música, por aquello del pánico general a que me convirtiera yo mismo en un surtidor de la Alhambra en medio del autobús), cuando quise marcar de nuevo el número de la casa de ella, con la contraseña acostumbrada, y sólo oí un sonido maléfico, retorcido, como de fax. [Un par de días antes, la noche antes de la Alhambra, yo había dicho No y había cerrado con llave la puerta de mi habitación del albergue]. Lo fui sabiendo mejor en esos meses cada vez más alucinados hasta el verano y los últimos exámenes (el Pablo llegó verde al instituto, dirían después las crónicas; yo, más blanco que el mismo espectro de Víznar). Y lo constaté, ya, fatalmente, la mañana que sonó el teléfono en la casa de mi abuela y con su risa invencible y su retranca me dijo, aún sin colgar el teléfono con mi padre al otro lado: “Que te da la nota para Madrid: ¡Por cuatro centésimas, sinvergüenza!”.
 
En fin. Yo empecé esto hablando de las resacas, sin saber adónde iba, y al final he terminado hablando de Todo lo demás. Yo empezaba esto, como el que no quiere la cosa, sólo por darme valor por cumplir los 30 en las horas que siguen, y aquí estoy, con un nudo y una corbata que me aprietan el traje de fiesta que no llevo. Si llegan a leer esto, lo más probable es que esos dos de los que he estado hablando me llamen maricón. Pero como sé, porque me lo dijo el uno ayer por teléfono, que ese uno va a ser padre, y que el otro (también me lo dijo el uno) casi se pone a llorar como una nena al contárselo el otro día, en el bar intermitente de estos años feroces, pues, no sé, como que me quedo más tranquilo.
 
 
 
[Por cierto. Carlos me contó una noche, por aquella época, algunos meses después de irnos a la universidad, que el albergue de Víznar ya no existía: según leyó, lo había devorado un incendio; o quizá los años, no estoy seguro. En su momento me pareció una broma macabra, excesivamente poético todo para ser verdad. Ahora sé que no es verdad: desde aquí, desde el balcón éste del Albaicín en el que ahora escribo, aún puedo verlo a lo lejos, algunas noches, y parpadea.]

  
 

miércoles, 16 de octubre de 2013

Este colosal malentendido

Hay un velo, hay un velo en todos, en todo. Un velo que se va espesando con la edad, se va oscureciendo; y al tiempo te das cuenta de que ya no puedes mirar a los ojos, o de que mirar sólo equivale a mirar otro velo, como se mirarían dos animales de carga, o dos mujeres enjauladas en un burka.

La vida es un colosal malentendido: yo no sé lo que tú piensas, lo que en verdad sientes, pero me lo imagino (me imagino lo que me conviene, generalmente); aquél no sabe qué eres, quién eres tú en realidad, pero prefiere formarse su perfecta imagen mental plana, sin aristas, antes que acercarse a ti a comprobarlo (las aristas difieren, cortan, cuestionan; lo plano es más cómodo). Yo me hago una idea de ti –proyección tantas veces de mí mismo–, y actúo en consecuencia: no mirándote a los ojos, sino a través de ese velo que nos ha ido poniendo, imponiendo la vida poco a poco; una telaraña de miedo, una cortina de pudor porque somos en tanto en cuanto nos miran, pero esa mirada es una trampa. Así, uno se acaba comportando no como realmente es, sino según el guión del personaje que los otros le han ido imputando, autocumpliéndose tantas veces la profecía, confirmando tú mismo el equívoco, haciendo exactamente lo que busca corroborar esa mirada como con el jarrón aquel de Dostoievski en una esquina de la habitación (“No te acerques al jarrón de porcelana de la mesa del rincón”, te dicen, o te dices a ti mismo: y al final te vas acercando poco a poco, fatalmente, como tirado de un hilo macabro hasta tirarlo al suelo y romperlo precisamente porque estabas pendiente de no tirar el dichoso jarrón del desprecio, de la incomprensión, de la vergüenza).

En vez de arrancarme el velo para que me veas tal cual soy (claro que cómo es uno en realidad, sino en tanto en cuanto otros le miran y le construyen y le ponen a uno sus máscaras para el baile cotidiano), yo acato bovinamente, con remota ansiedad a que no me quieras, no me aceptes, esa imagen que es la que se espera de mí. Pero cuántas versiones de nosotros mismos podrían aflorar si tan sólo fuéramos capaces de olvidar a quien nos mira, como cuando llegamos a una ciudad nueva y nos sentimos absolutamente disponibles para presentar al mundo el traje que nosotros queremos, y no el que la mezquina realidad (el colosal equívoco) irá poco a poco arrojando sobre nosotros hasta ser de nuevo –fatalmente– la imagen que los otros han construido de nosotros, pero no nosotros mismos. En vez de mirarte a los ojos, atravesar tu velo o arrancártelo, yo me quedo bebiendo del jarrón en esta esquina del bar, esperando –¿deseando, en el fondo?– que vengas y lo tires para decirte, desde la presunción absurda de mi miedo, mi complejo o mi miopía: Te lo dije.

Hay un velo, hay un viscoso y mentiroso velo entre todos nosotros, como el que evita de reojo al mendigo de la esquina: un velo entre mi mirada y tu verdad y mi verdad y tu mirada; entre tú y tu familia y entre tu familia y sus vecinos del tercero; entre tus amigos mismos y tú mismo, que conversáis a veces como los vecinos de un edificio que se llevan saludando veinte años: muy correctamente, cordialmente incluso, pero sin miraros jamás a los ojos, sin preguntaros lo único que cabría preguntar: Cómo estás, qué ha sido de ti todo este tiempo, cuéntame quién eres ahora, con qué cojones sueñas; que es a ti al que quiero conocer, y no al que se supone que eras hace tanto tiempo que ya ni existe.    

Marc Chagall, El carnaval nocturno

domingo, 28 de julio de 2013

Vendrá la muerte, seguirá el verano

Pero la muerte ahí a lo lejos. Se la oye segando, hediendo el verano, ahí a lo lejos, en el bosque. No da tregua en esta siesta, en esta tarde a la deriva, esa carroza transparente que hoya la vega con los trece caballos de su ley. Se ha puesto por eso la tarde turbia, como en esos días de playa en que hubiera miedo en las orillas y sólo cupiera ya esperar: a lo que ha de venir, al horizonte. Pero al cabo no llega nada, no llega nadie. Y sin embargo, en alguna parte, algo hay que no dejará nunca de zapar.
Quizás la muerte misma, que nos pasa rozando (rezando) por el filo mismo de la quilla dorsal. Como una tormenta que nos olvidara lentamente, al alejarse; desdeñosa, indiferente, compasiva.
Tarde de bruma a finales de julio, muy lejos ya de todas partes. Pero ahora me apetece recordar las rocas, el crepúsculo añil del espigón. Yo aprendí la capitanía del mar hace quince años. Eran mediodías grises como la tarde ésta, o atardeceres de tesoro escondido, resplandeciendo bajo la bandera verde de esas aguas. Los pescadores meditaban, yo leía en un espejo irrepetible, y ella llegaba con su pelo de incendio y su perro blanco, su aroma pavoroso y su temblor, su milagro inagotable que me miraba a mí. (A mí.) La brisa en la cara, el puñal al cinto, el corazón izado a todas partes. Era yo, sí: aquél, era yo. Antes de cumplir, sin saberlo, cada línea de este mapa a medias. Luego me zambullí en el agua, y al salir ya no había perro, ni rubia, ni siglo veinte, ni fantasma.
Luego salí del agua y muchos hombres, muchas mujeres, muchos viejos habían muerto: se los había llevado la epidemia (también faltaban algunos amigos: bajas memorables del naufragio de crecer). Luego llegó septiembre, y la vida siguió como siguen las cosas que deben cumplir con su sentido; ése que no llegaremos, quizá, a alcanzar nunca. Se fueron sucediendo los veranos; treguas azules de madrugada, o jaulas de infierno, o vampiros colgando bocabajo en el bosque en sombra de la misericordia. Volvemos a reír y a claudicar, cada verano; a respirar y a ser guardianes de la pena. Pues sucede siempre, desde entonces, que al filo de la orilla nos saluda, lejana, aquella nube. Como un cuervo extraviado en el bosque de allí lejos, en la siesta unánime (como la semilla oscura del invierno). Entonces entendemos la señal, nos humillamos. Quedamos, casi siempre, asustados y solos, hasta volver de nuevo a nuestra música, a nuestro menesteroso intento de canción.
Encendemos la pira del último soldado y nos miramos, de nuevo, a los ojos: la muerte seguirá cumpliendo su trabajo. Nosotros debemos seguir cumpliendo el nuestro.