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domingo, 26 de abril de 2020

El bosque y el castillo (canción)


Qué es lo que acaba.
Qué es lo que empieza.
Quién es que te acaba;
quién es que me empieza


               Quién es el que cava,
                 quién es el que reza;
                  por la muerte que acaba,
                   por la muerte que empieza


La aurora que acaba, 
qué es lo que empieza;
la luna que cava,
qué es lo que reza


Quién es el que acaba;
    quién es el que empieza.
            Tu diosa se apaga;
               mi llama se quiebra


                                                                                                              Qué aurora te cava;
                                                                                                           qué luna te reza.
                                                                                                       Tu diosa se apaga;
                                                                                                    mi llama comienza


De 'Dixit'

[C. A., diciembre '19]

miércoles, 13 de febrero de 2019

El espejo; el espejismo




No quiero mirar más el espejismo
que llama al otro lado del deseo.
No quiero seguir siendo ya este reo
velando en una cárcel el abismo.

No quiero velar más el mausoleo;
no quiero ver el sueño de mí mismo
buscando en un espejo el espejismo
del agua que no sacia lo que veo.

No quiero ser ya más este mendigo.
No quiero más del cáliz de la muerte.
No quiero ser ya esclavo de tu anhelo.

No quiero ser ya más ese testigo
que sólo esperará volver a verte.

(Te espero en el altar detrás del velo)


[T. M., IX/II]

lunes, 9 de abril de 2018

Oráculo #2


“…Y llegarás de la batalla
hasta este bosque de Poniente,
hasta el cortejo de cipreses
del crepúsculo vencido;
donde aguardan las vestales
ofrendarte en una pira:
tú solo el oficiante y el ungido;
el sacerdote, el elegido, la ceremonia.”


[2011]

domingo, 17 de diciembre de 2017

'Memorias del fantasma': nuevo poemario



"Demasiadas veces he dicho ya que vivimos de fantasmas; que quizá no seamos más que espectros buscando en otros espectros el conjuro prometido que nos salve.
            A falta de aquello que tal vez, en alguna noche compasiva, nos haga despertar, toda nuestra vida (quiero decir: nuestro sueño) suele reducirse a este baile diabólico, este velatorio en carnaval; esta guerra, íntima y sonámbula, entre lo que perdimos y lo que esperamos: casi siempre entre un desgarro y un anhelo, un abandono y una huida, una esperanza y una desesperación. (Muy rara vez aquí, casi nunca en el ahora.) “Se canta lo que se pierde”, decía Machado: para honrarlo, para pedir perdón y besar de adiós su tumba ya sagrada; se canta, también, lo que se anhela, lo que no se tuvo nunca: para invocarlo. Quizá los dos rostros de un mismo paraíso perdido. 

            Los primeros balbuceos de lo que acabaría siendo este volumen –hace ahora siete otoños, en cierta ciudad al norte del Norte en que viví, donde ya había sabido del fantasma– sólo trataban de ser un divertimento; un ajuste de cuentas, mitad reverencia, mitad beso envenenado, del currículum sentimental de mi primera juventud: otro canto a lo perdido. Saqueando el botín de la memoria, me propuse rescatar los episodios más oscuros, y más luminosos –suelen generalmente coincidir–, virando de la culpa a la venganza, del guiño gamberro al homenaje. Para dar un lugar a sus espectros, reconocerlos y reconocerme en ellos, y mostrar a sus emisarias mi gratitud. ...Pero también, al mismo tiempo, en folios paralelos, traté de reconocer y descifrar un rostro mucho más esquivo, más antiguo e improbable. Ése que, ya en la infancia, había susurrado un escalofrío dorsal desde todos los recodos de la noche, prometiendo algo; algo que esperaba en algún sitio para investirme con su ley, así como sentía de niño que la tarde me ordenaba caballero con las últimas luces rojizas del monte aquel... 

El fantasma: ese remordimiento tenaz de aquello que sucedió (o no llegó a suceder jamás) y que sigue mirándonos, silencioso, con sus ojos de lluvia desde el rincón, esperando el conjuro que lo absuelva; pero también ese conjuro alucinado, ese sortilegio, que nos usurpa los ojos y la respiración y la voz para hacernos vislumbrar el otro lado; para llevarnos de la mano, sonámbulos, a la otra orilla: allá donde habita aquello que buscamos desde siempre, que intuíamos sólo con la conciencia de la sangre, que sólo puede adivinarse con los ojos del sueño. Donde el amor reside.

Poesía: palabra que puede hacer audible, en esta orilla, esas voces del otro lado..."


[Ya disponible en La Fea Burguesía Ediciones]  

domingo, 30 de julio de 2017

Donde yo debía


...Y un frío de matadero me recuerda tu distancia...
(M.)


Ahora que me han dejado solo,
que soy esa guitarra que percute a oscuras
en el rincón azul cuando ya no la oye nadie

ahora que la casa es epitafio
y una brisa notaria resume en cada alcoba
capítulos de sueño y llanto adulto
y lámparas de sombra y la certeza
de la llamada aquella que no he de recibir nunca

ahora que soy sombra, y abdicación, y solo,

quisiera recordar

que observé fiel mis votos de pobreza,
que recé con la luna en la tronera del baño;
que procuré no oír la aldaba de esta celda
mientras duró la noche, duró el llanto,
duró la ingobernable libertad aquella
de ser otra vez solo.



Ayer/Hoy

domingo, 12 de marzo de 2017

El cofre aquel


Y de la maleta que dejé bajo tu cama,
de la reliquia atroz que allí dejé
como prueba y talismán de mi regreso;
de la bolsa que abdiqué
allí, bajo los pliegues dulces de tu cama,
y que era la fianza de mi viaje,
el cofre del tesoro que enterré, para volver,
bajo la arena ámbar de tu cama,

qué fue,
qué es lo que habrá sido


La dejé llena de luz,
de folios preñados de la lumbre
que dibujó un invierno el mediodía;
la dejé opulenta, colmada y
caudalosa,
                    terrible de sucesos
mas cansada; cansada
                                  

El polvo la asediaría
lento, a pedazos,
con su plaga silenciosa de abandono
y epidemia goteante hacia la tierra;
la luz sumaria del atardecer
la encendería, la quemaría,
la abrazaría agónica de escombros
en una hoguera negra que olerías sin duda
en los días de fiesta al despertar;
llena de sangre y culpa hasta los bordes,
anegaría de a poco los rincones
cuando no la viera nadie,
cuando sólo tú, tú sola


Te hablaría de madrugada, esa maleta,
ese baúl como un túnel de tiempo
te hablaría, te contaría desde su cráter
bajo tu cama
                       aullidos sordos de muy lejos,
recuerdos de naufragios en vigilia
que te despertarían de súbito,
aterrada,
con su estrépito feroz y penitente,
mojadas de muertos y de agua
las sábanas aquellas de tu cama

(No te dejaría dormir, tantas veces,
aquel cofre,
                       con su soplo funerario desde abajo,
su hálito de cueva en llamas)


Se tornaría pálido y febril,
el hatillo que dejé bajo tu cama,
aquel último equipaje que dejé
sabiendo, quizás
    (de alguna forma oscura, muy lejana),

que se quedaría allí sin más remedio,
sin más destino
que vivir allí como notario,
como prueba clamorosa de aquel crimen,
varada y boqueante esa maleta
hasta hacerse raíz bajo tu cama,
hasta hundirse en pozo en el silencio,
hasta hacerse un sepulcro en la penumbra,
una tumba sin nadie,
                                   una cajita de muertos
tan vacía ya, tan vacía,
que no pesaba nada y no lloraste
                                                          (no llorarías)
la tarde ésa cualquiera en que la abrazaste finalmente
para enterrarla sin dolor en el jardín.


[B., otoño '10. De Memorias del fantasma]



jueves, 20 de octubre de 2016

La canción del otoño




Y el otoño es ese claroscuro, esa penumbra ocre, ese tren que cabalgaba hacia el norte, o de vuelta al sur, entre la luna y el crepúsculo. (Era otra alucinación: en la ventanilla del flanco poniente se hundía la gran alcancía de oro; en la de oriente ya el cielo era oscuro, ya se limaba las uñas la luna creciente. “Márchate si ha llegado la hora”. Y alguien lloraba en un andén donde rompía el acordeón del mar.)

El otoño fue siempre esa canción vislumbrada en una hoguera, esa leyenda que ocurría a lo lejos, a lo lejos siempre y siempre sin nosotros: en algún lugar del monte un crío escuchaba a un anciano con voz de sauce la historia repetida de los siglos; en un pueblo más cercano un crío algo mayor escribía a la luz de un flexo y se manchaba de azul con la verdad más honda de su vida, la lluvia cayendo en soledad.

Y el vislumbre niño de escolar: Vístete de atardecer,
de camino rojo con pétalos de septiembre,
y vente a la fiesta
del furtivo otoño en su casa junto al río
 ...
aprenderemos, como cada año,  
el tiempo del ocaso permanente,
la tristeza tranquila de la lumbre
de cuando todo a punto,
todo a punto de empezar: 19 años; en esta misma ciudad, en aquel balcón con vistas a todos los otoños del mundo, con todo siempre a punto de empezar

(...“ahora que todos los cuentos
parecen el cuento de nunca empezar”: el perfume, la cota de malla de cuero, el puñal al cinto, el antifaz: siempre buscando una ventana, siempre).

Y siempre una lámpara, una lámpara encendida toda la tarde, toda la noche. Siempre una luz amarilla como ésta, compasiva como ésta, del oro polvoriento de una antigua fotografía, alumbrando el camino desde cualquier rincón de todos los otoños del mundo. Algo que estuviera siempre a punto de empezar, de la ciudad a los senderos negros, del monte al violín de avenida oceánica por donde vaga tu sombra (vagó: vagará) en la ciudad del invierno. ... Siempre una luz y una ventana, una pared dormitando dentro y quizá niños en la calle, carruajes que pasan, pasos que avanzan sobre los adoquines bajo un solo farol que existe sólo (aunque exista realmente) en un rapto de sueño que alguien tiene en alguna parte, soñándome a mí mientras lo sueño; una alcoba en penumbra que no hay. Y también, siempre, un fantasma de perfume asesino que yo invocaba, escondiendo plegarias de deseo bajo los apuntes del instituto. En la calle estarás, en algún lugar del anochecer de este otoño, estarás –pensaba en esas tardes; escribí luego, años después, en otras muy distintas.
  
Acechando, buscando, esperando: qué gema de viento dulce; en cuál esquina. (A ton étoile, tocaba Yann Tiersen; canta aquí en el balcón en cueros de la columna: A ton étoile). Donde marzo era un octubre equivocado; donde octubre fue la nueva ceremonia en que quisimos arriesgar vendándonos los ojos, brindar a contraluz mientras Europa se derrumbaba afuera (mientras corría despavorido otro tren, antes de que se cerniese definitivamente el frío).

Y esas noches en que regresé, regresaba; anocheceres que no han terminado todavía, que no terminarán nunca, regresando aún por esas calles encharcadas de farolas mientras yo mismo me esperaba, escribiendo todo esto, antes de escuchar al fin tus pasos en la escalera final que subía desde el castillo gris al refugio del vino y la hoguera y el cuento tuyo.


(Tengo 25 años y una mujer me mira leer, con la esperanza anticipada de un desastre –that night that you planned to go clear–; tengo 23 y cobijo a una niña mientras duerme, otra vez, otra vez mil so pass me by, I’ll be fine, just give me time; tengo 27 y un cuervo me trae el mensaje del rey –En noches así, tú eres mi casa–. Tengo todos los otoños del mundo y me despierta esa canción, aquélla, la de aquellas mañanas de sol y bondad con que la vida me acariciaba los ojos soñolientos. La canción de todo lo que volvió siempre otra vez mil a empezar.


domingo, 24 de julio de 2016

'Mi corazón a pie'




"Son dos caminos blancos, curvos..."
(C. Vallejo)


Algo tendrá que ver conmigo esta tarde primordial,
este crepúsculo de voces indolentes,
este remanso,
esta playa límpida de adioses
y velas blancas que retornan sin dolor
pues no hay dolor en esta tarde,
(dicen voces que) no puede no debe
no quiere haber dolor en esta tarde


Algo habrá que sea mío en esta ofrenda,
en la hoguera sumergiéndose a poniente,
en la hora azul cobalto del verano
entre el agua y su bandera detenida
y gaviotas que redoblan a silencio
cuando se vacía la playa y se está solo,
dulcemente solo en lo caído


Algo, algo tiene de mí esta tarde
que se queda, que no quiere ir ya
a ninguna parte,
que se anuda al folio que moja la copa
y al azul de la tinta de los ojos del mar.
Algo se amarra en esta hora



Y algo crepita, lejos, en otra parte;
algo se quiebra y se separa.
Algo de mí que zarpa solo de otra parte,
que se sigue quebrando de otra orilla;
que cruje sordo del costado
y que ya zarpa, se va alejando:
hacia alguna parte en que es invierno,
a toda vela en el origen,
no dejará nunca de zarpar.


                                                                 [2011]


lunes, 11 de abril de 2016

Epitafio


Tú que eres mi locura y mi argumento,
tú que has sido mi cárcel elegida,
mi honor y mi condena, y el intento
más a ciegas de hallar una salida,

un pañuelo más digno al sufrimiento,
una fe, una luz allá encendida;
tú que has sido mi víctima y mi aliento,
mi culpa, mi plegaria atendida,

el único blasón que izó mi viento:
tú, compañera múltiple y sagrada,
rostro plural del dios que ungió mi vida,

tú más que nadie sabes que no miento,
que me hundo cada noche en tu emboscada,

que nunca di tu causa por perdida.


[2011 - ]




domingo, 30 de noviembre de 2014

La plaza, el misterio, la belleza


Llorando, pues mi llanto es mi homenaje;
mi llanto es un blasón y es un regreso.
Este llanto mendigo es un mal beso
que te envío al partir el largo viaje.


Llorando, pues combato así el ultraje
del olvido, con tu recuerdo impreso
a fuego en cada lágrima, ileso,
sellándome en la cara mi equipaje.


Con este llanto voy, con él te vienes;
con él venero la memoria viva
de lo que fue verdad y fue certeza:


el temblor de tu voz en dos andenes;
mi corazón en cueros, noche arriba;
la plaza, el misterio, la belleza.

B., diciembre '08



domingo, 15 de junio de 2014

Citas

El Darro a su paso por Granada. D. Roberts (1834)

Hay momentos, a veces, en ciertos días, en ciertos atardeceres al sur, en que puede verse la vida. No sólo mirarse. No sólo pasear los ojos por fuera, más allá de las catacumbas o los templos de uno mismo. Se la ve, a la vida. Como se ve a esa muchacha que sale a la calle vencido ya el crepúsculo, la luz dorada y añil y azul; recién lavada, como si acabase de salir del mismo río junto a la piedra y llegase puntual, con tiempo para andar despacio, a alguna cita de otro mundo que tú no verás nunca. (Alguien la espera en algún sitio: ¿quiénes? ¿Quién).

Se transparenta la vida, algunas veces, algunas tardes como ésta que hablo, como el mismo vestido negro de la mujer que no sabemos adónde va, adónde irá, con quién.

Se ve muy claro, aquí, cuando declina la luz de esta forma y pareciera que todo se llena de río, de cántaros azules y verdes como lámparas colgando de una a otra golondrina. Y al bajar la vista y mirar alrededor puede verse también a la gente, no sólo mirarla. Hay tres parejas en esta terraza en que estoy solo, bebiendo algo, fumando algo, ojeando de vez en cuando el libro. Extranjeros, hombre y mujer en los tres casos, mayores que yo. Se sientan en las mesas junto a la baranda de piedra que da al río, muy cerca ya del puente. Unos, los de la izquierda, hablan en francés, pero apenas hablan en realidad porque se miran mucho y apenas murmuran en voz muy baja. Más informales, fuman tabaco de liar, y tendrán cuarenta años. Los de la derecha del retablo son más mayores y podrían ser jubilados, no viejos aún, del norte de Europa; no hablan nada porque están absortos ambos en la luz y el aire, cada vez más fresco conforme se desvanece el calor. Los del centro son italianos; cincuenta años largos; elegantes sin estridencias; se sientan en una mesa alta con taburetes y comentan cosas, uno frente al otro, de vez en cuando. Contemplándolos, a los seis, me sorprende (y agradezco) el silencio, que parece gotear, a pesar de la multitud que se mueve allá en la otra orilla. Pienso entonces que me engaña la calma que desprenden; será sólo el efecto, casi alucinógeno, de la belleza que gobierna aquí. Pero observándolos bien cambio de opinión: no es el ambiente; son ellos. Están bien, se encuentran bien juntos, relajados en los tres casos, absortos al mismo tiempo y sin conflicto en la belleza de fuera y la de dentro y la que tienen enfrente, como en una misma placenta oscureciendo. 

De qué hablan, quiénes son; cómo han llegado hasta allí. No hasta aquí sino hasta allí, a esa conversación callada y múltiple que te parece –lo pienso bien: es eso– una especie de silenciosa y rotunda victoria, enhebrada durante siglos. Al menos por esta tarde. Al menos por este momento en que todo parece estar en su sitio, y tanto ellos como yo parecemos ver tan claro la tarde que os rodea. (Pero no os rodea; trampas de la percepción: somos de la tarde, somos la tarde misma).

Qué les habrá traído hasta esta tarde, a verlos esta tarde; qué tuvieron que hacer hasta llegar aquí, a esta ceremonia triple de un testigo solo. Para hacer que me pregunte, también, cuántas citas se están dando en este momento, cuántas se darán, cuántas podrían darse y no llegarán a ser nunca. No es el Tiempo el que transcurre: transcurrimos nosotros; quizás en espiral. Y vivir es elegir a qué citas quiere acudir uno, mientras las torres y los alminares de la ciudad vieja contemplan impasibles esa gloria, o aquel fracaso.

Se puede ver la vida, en tardes como ésta, verla bien, y saludar íntimamente a lo que corresponda. Pareciera que me ha oído pensar, el camarero árabe de este rincón, porque no va a cobrarme el licor de hierbas; ni los pensamientos. Arrecia la primera brisa, y otra muchacha, muy joven, sale del portal de enfrente, la espera una amiga, y bajan juntas por el puente de piedra hasta la multitud. Otra sube a su vez el puente, sigue subiendo la cuesta (¿a dónde?), existiendo un momento, transcurriendo aún hasta desaparecer de golpe entre las ruinas del atardecer.   

domingo, 20 de abril de 2014

La envidia de los dioses


Así como el pueblo encumbra al mito
para odiarlo después, vilipendiarlo,
apedrearlo a ciegas por las calles
y cobrarse su ofrenda sangrienta,
y así como se rumia el universo
alumbrándose y dándose por muerto,
y devora Saturno a sus hijos
y se adora en la plaza a un dios de luto
hasta quebrarlo,
          así hiciste conmigo,
así te hice, dulcísima caída, 
vestal sagrada de mi juventud


Ahora nos miramos en las ruinas
de otro tiempo,
         buscando los pedazos,
decrépitos, perdidos prematuros

comprendiendo tarde ya, ya muy tarde,
que siempre es pronto aún
para la gloria.


© Cristóbal Terrer Mota: http://www.atravesdemiespejo.com

domingo, 1 de septiembre de 2013

Espectro de septiembre

Algo hay emboscado en el aire, como un fantasma compasivo, cavilando entre el sí y el no, la claudicación y la promesa. Es él (o ella) otra vez. De dónde nace, de qué cripta verde derramada de siesta llegará siempre, puntual, por esta época, este espectro. Hay un cabalgar, de golpe; algo que quiere irse pero quedarse, algo que zarpa (no dejará nunca de zarpar) y algo como de miedo de niño que no sabe cómo será el invierno.
 
Se presiente un tiempo de hogueras en el monte, de crepúsculos, que en realidad nunca llegan a ser, o quizá fueron hace demasiado tiempo. Se quisiera una fiesta antigua, severa, como invocando al demonio de los septiembres en el bosque (fascinación de aquella foto de anochecer azul en que se recorta la silueta de un arlequín en algún campo improbable del Norte...).
 
...El Norte. También, siempre, inevitable, una nostalgia de algo que sólo fue alguna vez en los altos salones de la lluvia de aquí dentro de uno mismo, encontrado sólo afuera en un rapto de alcohol y noche y luz y máscaras.
 
Septiembre se parece siempre a las ganas de enamorarse.
 
O a fundar una ciudad que sólo existió también en un vislumbre de alucinación: avenida entrevista de mañana primordial que algunos días adiviné en Bruselas, en la calle de la Ley, y tiempo después en Buenos Aires, en un septiembre inverso y con la luz que entra ahora por la tronera ésta del cuarto de baño.
 
Algo, algo agazapado siempre en el aire, con la inquietud sombría de ir saliendo de la placenta del verano, con la expectación y el temor y la fe en que el otoño cumpla uno a uno todos los vislumbres que fuimos sembrando.
 
Hay que elegir entre el miedo y la alegría. Hay que recordar que nunca hizo tanto frío en realidad. Hay que saber de nuevo de aquellas manchas de sol en la pared, como un liquen amarillo, que se van demorando conforme se hunde uno en la atardecida, en las ceremonias de interior que traerán las crónicas –como esta misma– del otro lado.
 
Nostalgia de una casa en el monte con los que ya no son. Estampas de cuando salía feroz y turbulento y disponible a la vanguardia de la noche. Negativos de ron, cicatrices de miel, y aquella ansiedad vieja de que ya no quieran jugar contigo, o de que sea el invierno, otra vez, una larga playa gris en que atraque el día.
 
Pero hay que elegir, se puede elegir muchas veces entre el miedo y la alegría. Como al salir del cine de verano te sacudes la tristeza viral de una historia que no es la tuya; o, al menos, no lo es ya, no. Los besos que vendrán, las risas que vendrán aunque vuelva el frío. Y las canciones, los poemas, las historias por escribir si es que llega uno a merecerlas. Saber que lleva uno dentro todos los espectros, todos los salones de carnaval y lluvia, todas las cabañas en el bosque que protegen del lobo, todas las luces de septiembre por donde vaga tu sombra en la ciudad del invierno.
 
Saber que uno es el lugar, y que la felicidad consistirá en que la vida no te reproche una cita en otra parte.  

domingo, 17 de marzo de 2013

Rueca del deshielo

Yo recuerdo un deshielo al Norte,
cuando tuve mil años

esperaba en el callejón al ángel
y el ángel se derritió en luz,
y comprendí


recuerdo el callejón del ángel


Yo recuerdo el callejón a solas
de la noche nevando de Venecia,
cuando tuve máscara

y una gitana me enseñó a hablar
y un ladrón quebró la bruma


yo recuerdo aquella máscara



Y recuerdo la bruma al atracar
en el puerto de una cruz

un ladrón rezándole a una cuna

y la máscara quebrándose en un ángel



jueves, 7 de marzo de 2013

L'Hermite


Yo sólo quiero una lámpara,

una luz detenida toda la noche

Sólo quiero una lámpara alumbrando el temblor,
cobijando el camino,
alentando el candor aterido del monte
por donde vaga tu sombra en la ciudad del invierno

Yo sólo quiero el farol del ermitaño,
reloj despierto de todo lo que existe



En la aldea rezándole a una cuna,
en el viento embozado del cristal
de los lobos hambrientos de la ofrenda,

yo sólo quiero una luz que custodie
mi gruta boreal de estrella al norte
mi llama de farol convaleciente


el jadeo de lobo perseguido toda la noche
por la propia noche de su sangre.





jueves, 21 de febrero de 2013

Después del atardecer

Quizás sea el amor, con sus fríos y sus posadas, sus encrucijadas y sus luces a lo lejos, la más alta prueba de la valentía de los hombres. De todos los hombres. (Y no sé si hace falta añadir: de todas las mujeres). Quizás no tengamos, junto con la muerte –pero ésta va siempre implícita–, más claro vislumbre del camino que nos vamos trazando de manera cotidiana, del camino que elegimos para nosotros mismos en la vida, con los cadáveres mojados que dejamos en la cuneta y los cadáveres que de uno mismo van quedando bajo la lluvia, irreparablemente. Con los caminos paralelos que se pierden en la bruma, como un fantasma, y con el fantasma de aquella luz que vacila a lo lejos, señalando el final prometido (pero el final, ¿de qué…?)... [Sigue leyendo en POCAVERGÜENZA]



domingo, 27 de enero de 2013

La vela, el farol, el aguacero

Quizá todas las tardes de lluvia sean la misma; quizá sea todo el mismo anochecer que llueve. Hace años, hace más inviernos de los que mi cabeza parece estar dispuesta a asumir, yo habitaba una mesa parecida a ésta, madera sobre caballetes, ante una ventana abalconada muy parecida. Vertical, antigua, con contraventanas blancas y vistas a ningún sitio, o a todos a la vez. Testando con tinta azul el carnaval. Es cierto que en aquélla no se veía tan claro; había más miedo, menos certezas, bastante más frío –los pies siempre fríos, la mirada en llamas–. Pero los faroles de enfrente son semejantes. También la lluvia, esta lluvia, que no sé si cae ahí fuera o aquí dentro. Tenía un cuaderno preñado de luces. Tenía velas que olían a templos aún remotos. Tenía veintiún salvajes, turbulentos, benditos años. Y al poco un lecho en el que poder cobijarme de todos los siglos de la lluvia, a este lado del cristal.

Cuatro inviernos después (mucho después pero también antes, mucho antes de todo), me fui a vivir a un templo en mitad de un desierto helado en el que llovía sin parar. No me conocía nadie, pero tenía un corazón legendario. Por la calle de mi ley vagué alucinado durante setenta noches, como un pájaro suicida, contra una lluvia que alguien parecía purgar como un remordimiento, en alguna parte. Mi gabardina tenía un desgarrón en la espalda, a la altura del hombro izquierdo, por alguna cuchillada que alguien debió de escribirme, sin darme cuenta. Frente a mi ventana a solas, el salón a oscuras, palpitaba un farol que venía a reflejarse en la pared de la vela en una película de lluvia, como una marioneta muda que llorase.
(Aquel invierno no paraba de llover).

Quizá todo suceda de nuevo con la lluvia. Quizá venga a contar siempre la misma historia repetida. Yo he escrito tantas veces con la lluvia que quizás, no sé, tal vez lo que siempre esperaba era contestar a alguien, en alguna parte, o que la lluvia me respondiese a mí, me otorgase a mí su carta. O un soneto aterrado que testase al fin el cuchillo fatal de la belleza.

Otros cuatro años después, otros cuatro inviernos después de casi todo, o de tanto todo desde entonces, un farol alumbra ahí enfrente un mismo secreto de agua. Tiembla la vela y ya no sé ni dónde estoy, cuándo estoy. Ni quién habrá ahora allí, donde yo entonces, escuchando esto sin saberlo

Y supongo que con eso basta, verdad?, que hay cosas que es mejor callar, o no saber nunca.

Quizás cuenta siempre la lluvia la misma historia. Quizás murmura para nadie idéntico secreto, mismo mudo cuento repetido. Insondable sortilegio que todo lo nombra, quizá sea la lluvia como esto que se escribe; una larga carta que nadie podrá entender nunca, como una plegaria o una súplica ante una espalda que se volviera calle abajo, esperanza abajo, aguacero abajo, y que tampoco llegará a responder nunca

te entiendo, o
no, no te entiendo


Y toda aquella alucinación.


viernes, 21 de diciembre de 2012

Noche de gloria

(...)
Escucha la luz,
observa el estruendo;
penetra en mi puñal
y arrodíllate a mi sombra;
que no vendrán los lobos,
pero cuando vengan
seremos ya esta luz,
seremos ya este escalofrío



Escúchame, fantasma; abrázame fuerte
Convoca a los caídos del milagro

Acúname bien mientras ardemos borrachos
en la fiesta gloriosa del juicio final