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jueves, 26 de octubre de 2017

España, camisa blanca de mi venganza



–¿No crees, Federico, que la patria no es nada, que las fronteras están llamadas a desaparecer? ¿Por qué un español malo tiene que ser más hermano nuestro que un chino bueno? 

–Yo soy español integral, y me sería imposible vivir fuera de mis límites geográficos; odio al que es español por ser español nada más. Yo soy hermano de todos y execro del hombre que se sacrifica por una idea nacionalista abstracta por el solo hecho de que ama a su patria con una venda en los ojos. El chino bueno está más cerca de mí que el español malo. Canto a España y la siento hasta la médula; pero antes que esto soy hombre de mundo y hermano de todos. Desde luego, no creo en la frontera política. 

Federico era, claro, Federico García Lorca; quien le preguntaba era el periodista Luis Bagaría; la conversación, célebre ya por la determinación de las respuestas y lo lúcido de las preguntas de uno y de otro, fue publicada en el diario El Sol en junio de 1936: apenas un mes antes de que cierta idea nacionalista abstracta ondeara como estandarte de quienes dieron el golpe de Estado que desembocaría en nuestra última guerra civil.


viernes, 2 de diciembre de 2016

Crónicas parlamentarias (I)

Crónicas de la herencia recibida en CTXT (noviembre):



"Yo soy tu padre, Pablo Iglesias"

Era el primer duelo al amanecer de la legislatura, o sesión de control, a sable o pistola, entre Pablo Iglesias y Mariano Rajoy. Sería de cierto interés saber a qué hora se levantaron, respectivamente, después de la eterna sesión del martes, prolongada hasta más allá de las 10 de la noche; si tenían estudiada más o menos la lección; si a Rajoy todavía le quedan trucos de sus años de opositor para dormir poco y disparar como una metralleta al día siguiente; si Iglesias se levantó con las primeras luces para ver desperezarse el sol sobre Vallecas y limpiar con determinación taciturna su revólver del Alcampo. 


Aquí se queda la clara, la entrañable transparencia

Mientras en un lugar del Caribe llovían flores amarillas por la muerte del Patriarca; mientras a escasos kilómetros de allí bailaban, todos juntos, náufragos y capitanes de yate en torno a un muñeco vudú al son de Gloria Estefan; mientras asistíamos al sepelio último del siglo XX, en fin, una irreductible aldea resistía aún en la Carrera de San Jerónimo. Peleándose, todos sus habitantes, por ser más revolucionarios que el vecino.


Minutos de silencio

El silencio, que es una forma del vacío creador, condensa por ello todo lo que se puede decir, pero sobre todo lo que jamás podrá decirse. Los monjes más arrodillados de la poesía –Rilke, César Vallejo, Alejandra Pizarnik– son aquellos que intuyeron que todo su oficio se reducía a cincelar el silencio, pues es éste el único que habla. Ciertos viajeros han comprobado que el silencio es –de manera consciente o no– un escudo defensivo de algunos indígenas en Latinoamérica ante la injerencia o el incordio del invasor (llámele también turista). Ante la muerte, gigantesco símbolo del todo y de la nada que no llegaremos a nombrar nunca, el único gesto coherente –si fuéramos coherentes en tales situaciones– sería enmudecer, porque cómo corresponder con el lenguaje a lo que no participa del idioma de esta orilla. Quizás olfateando esto último se le ocurrió al soldado australiano del ejército inglés Edward George Honey, según cuenta Wikipedia, el ya antiguo homenaje del minuto de silencio... 


Romper la piñata

"¿Qué hace una persona con 655 euros al mes?", preguntó Aina Vidal desde el atril del Congreso de los Diputados. Y las tribunas enmudecieron, graznó un cuervo desde una barandilla, y un remolino se paseó por entre la bancada del PP, tapándole por un momento la pantalla del móvil a Celia Villalobos. Pudo escucharse hasta el crujir de algunos resortes cerebrales de sus señorías, tratando de recordar en qué cosa invertirán tal cifra (cada mes).


¡Que vienen los reyes!

ecenas de jubilados de la noble Villa de Madrid se agolpaban a las 11.30 de la mañana de hoy [17 de noviembre] en la Carrera de San Jerónimo, cortada al tráfico y al transeúnte, para ver llegar a los Reyes, los de España, como si fueran en realidad los Magos y vinieran a traerles algo. “Niño, ¿te puedes hacer a un lao?”. El niño –el que suscribe– estorbaba a la vista de los privilegiados de la primera fila, mientras trataba de convencer a la Policía Nacional de que le dejara seguir camino hasta el Congreso. Recordaba la cosa a cuando uno era niño de verdad y tenía que negociar con los centinelas de las discotecas; ese pavor a perderse la fiesta. En este caso, los regalos de los Reyes. Pero hasta que no pasara la cabalgata no podríamos movernos de allí. 


Al salir, me esperas

...Nada es suficiente en esta santa casa. Todo es excesivo (menos los enchufes en la tribuna de prensa). Y los simpáticos ujieres velan por que se mantengan las formas allá do sea menester: no se pueden echar fotos si no está uno acreditado como tal profesional; no se puede permanecer de pie en las tribunas; no está permitido asomarse al tendido con el fin de echar un ojo a la bancada contraria, la de la oposición, de mucha mayor afluencia, por cierto, desde el comienzo de la tarde. La educación era el tema estrella de esta tarde, y mirando a sus señorías mirar el móvil, bostezar o cuchichear alegremente mientras se dirimían estas cuestiones, emergía la duda de si no eran más necesarios los ujieres aquí arriba o ahí abajo. 

jueves, 21 de abril de 2016

El Albaicín o el espejismo en ruinas de la belleza



“Somos hijos de nuestro paisaje”, escribía Lawrence Durrell, a cuenta de Alejandría; “nos dicta nuestra conducta e incluso nuestros pensamientos en la medida en que armonizamos con él”.

Es cierto. Toda ciudad es un mundo, todo lugar acaba conformando un enjambre de intimidades en continuo diálogo con su hábitat. Y algunos lugares, algunos sitios concretos, ejercen un influjo aún más poderoso, haciendo respirar a sus habitantes al ritmo que contagia su aire. Como una fiebre dulce imponiendo una sola temperatura.

El milenario barrio del Albaicín, en Granada, es uno de ellos. Alzado sobre una pendiente enfrentada a la colina de la Alhambra y sobre el río Darro, este poblado blanco de cipreses altísimos y calles laberínticas, donde se oye meditar al agua y donde la belleza se siente casi de manera física, como un fantasma atrapado en la reverberación de las paredes, es uno de los lugares más visitados del mundo, más fotografiados del mundo; pero también de los más equívocos, de los menos conocidos, en realidad.

Detrás de su belleza hipnótica, sus habitantes; y detrás de su espejismo (blanco, verde, azul), el reflejo de una lógica contemporánea que combina, de manera fatal, desidia, especulación, picaresca y estupidez. (Y detrás, detrás está la gente, cantaba Serrat.)    


miércoles, 11 de marzo de 2015

Religión




El término religión, como muchos saben, procede del latín religare: re-ligar; reunir. Pero reunir, ¿el qué?: los pedazos. Los pedazos rotos del corazón humano, cuya primera fractura es salir a respirar en este mundo... [Sigue leyendo]

domingo, 16 de noviembre de 2014

Despedida


Sé valiente, le decía, tú
sé valiente


te querrán con miedo
para poder hacerte esclavo,
te querrán esclavo para hacerte libre
y así poder comprarte

te pegarán sin motivo
harán que sufras sin motivo
para que su odio no esté solo

encenderán antorchas
besarán sus ídolos
irán a buscarte a medianoche


te necesitarán traidor y hereje
para dar de beber a su horca



Sé valiente,
le decía –ya muy lejos–, tú
sé valiente



(Las golondrinas hilaban un trono de siglos)



viernes, 7 de noviembre de 2014

Antonio Gala: la infinita correspondencia




Vivir compromete siempre; vivir a fondo, manchándose las manos y los ojos y la voluntad, compromete absolutamente, “hasta las últimas habitaciones de la sangre”. Para esa rara estirpe de los verdaderos artistas, aquellos que conciben su oficio como un veredicto, no una ocupación, como un destino y no una posibilidad, como devoción y no como excusa para desfilar en los escaparates de lo fatuo, tal cosa es una fatalidad: tal compromiso no es algo buscado ni deseado ni mucho menos autoimpuesto; se da con aire inevitable en su obra igual que el corte hace sangre, como comparecen a su hora el llanto o la risa. No porque tengan que comprometerse, no porque alguien lo haya decretado o toque agitar la banderita de este mes, sino porque el verdadero artista vive y crea absolutamente, y jamás puede quedar fuera de ese absoluto el centro mismo de su vida y el de todos los que la comparten con él, fatalmente, menesterosamente; para bien y para mal. [Sigue leyendo en FronteraD]

domingo, 23 de marzo de 2014

Héroes

Cuando era niño, uno soñaba con ser Indiana Jones. No arqueólogo (que también), ni Harrison Ford (que más todavía), sino Indiana Jones. Yo lo que quería era hacer de la vida un misterio y una aventura, que me pasara todo un mismo día y que ninguno fuera igual, pero sobre todo –lo entiendo bien ahora– lo que quería era salvar, así, a secas. Salvarme a mí en el último segundo del precipicio después de haber desafiado al diablo, y salvar a un pueblo entero de la injusticia, y salvar a la rubia del templo maldito en el que fueran a sacrificarla o a casarse –lo mismo da–, antes de componer esa mueca delincuente en la puerta y decirle, como si no fuera conmigo la cosa: “Si me necesitas, ya sabes dónde estoy…”

Yo quería salvar, como un héroe ingenuo y temerario: salvar a toda la gente que yo quería de cualquier injuria, de cualquier herida, de la muerte que fuese. A veces, en según qué circunstancias, puedo sentir otra vez, calentándome el costado izquierdo, ese escalofrío de concordia, como de querer (vuelve Vallejo para ayudarme) ayudar a reír al que sonríe, / ponerle un pajarillo al malvado en plena nuca… Reunir los pedazos, supongo. ¿Qué es un héroe? Un héroe –por ejemplo– es el que queda velando sus pedazos toda la noche, bajo una manta y un candil a la intemperie, con la esperanza remota y niña de volver a juntarlos, de llamar a todos los que uno quiere para que vengan y le ayuden a reunirlos, mientras se monta una fiesta y se ríe porque nada, nunca, será tan grave. Reunir los pedazos, supongo, equivaldría entonces, en un mismo fulgor de la espina dorsal, a cruzar una mirada furtiva con aquella niña y sentir que se te abrían las tripas; a hacer las paces con un amigo; a salir corriendo hacia la vida absolutamente disponible para batirte en duelo con toda la alegría, sin miedo alguno, contra el enemigo cualquiera de cada día.

Por entonces era más fácil, porque el enemigo estaba, o parecía estar, mucho más claro; ahora está en todas partes y en ninguna a la vez: generalmente, dentro de uno mismo. ¿Qué es un héroe? El que no se engaña –por ejemplo–, el que no se esconde de sí mismo, el que no tiene miedo a ser quien realmente es. Pero en la coacción que nos impone esta vida diariamente para que nos olvidemos de nosotros mismos (astutamente: haciéndonos confundir nuestros egos con nuestra verdad), vamos poco a poco perdiendo esos milímetros de instinto salvaje que nos harían correr en la dirección contraria y saltar por encima del terror con toda la furia y toda la euforia posibles. (Cuántas cosas se harán en la vida más por miedo que por amor; menos por deseo que por remordimientos).

¿Qué es un héroe? El que aprieta los dientes, por ejemplo; el que ensancha los límites de lo prohibido, o lo prohibido en uno mismo, en soledad feroz y sin tregua, jugándose la vida en esa guerra contra sí y contra el mundo sabiendo que el saldo será siempre negativo, que rara vez le entenderán, que por cada pírrica victoria íntima habrá mil derrotas semanales ante los cretinos que no sabrán entenderle (y me acuerdo de Alejandra Pizarnik: Ellos son todos y yo soy yo). El que no traga, a riesgo de quedarse sin comer; el que no juega al mismo juego aunque se sepa solo y marginado y proscrito, el que no comulga con ruedas de molino ni ríe las gracias ni sonríe viscosamente síclaroporsupuesto a los leguleyos de cualquier Corte, calculando la recompensa o la palmadita en la espalda de los que pretenden que el rey no va desnudo, porque viven precisamente de eso: les paga el capataz de la mentira ambiente.

El que levanta una maltrecha, insobornable torre contra el ruido, la estupidez y la miseria de los que siempre nos querrán, muertos de miedo, con tanto miedo como ellos a cumplir la verdadera ley.

Eso será un héroe. Aunque todos los días te usurpen el látigo, te cuestionen el grial, te chuleen el sombrero. 


domingo, 16 de marzo de 2014

Mayor Zaragoza: esperanzado y esperanzador

No es un optimista, dice, sino un esperanzado. Ha sido Catedrático en Bioquímica, cofundador del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa (con quien trabajó), consejero de Adolfo Suárez en tiempos difíciles, consejero de Mijaíl Gorvachov en momentos críticos; director general de la UNESCO durante doce años; miembro del Club de Roma, de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, de la Academia Rusa de Ciencias… (por resumir). Actualmente, y desde el año 2000, preside la Fundación Cultura de Paz –su principal afán cotidiano–, pero también la Comisión Internacional contra la Pena de Muerte. Diplomático más que político, ensayista, poeta, vitalista, el prestigio y la estatura de Federico Mayor Zaragoza son sólo proporcionales a la pasión con que ríe, trabaja, sueña y habla: cuando se conversa con él apenas hacen falta preguntas, porque parece haberlas rumiado todas... [Entrevista para eldiario.es]

lunes, 28 de octubre de 2013

Un suicidio, un desahucio, una casa que ya no habita nadie

El viaje en soledad de Domingo, el del kiosko

"Igual, esto está igual", dice Pepe, detrás del mostrador de su tienda de golosinas. Y lo cierto es que para cualquiera que volviese, un año exacto después, a la calle Arzobispo Guerrero del granadino barrio de la Chana, sería un diagnóstico extrañamente certero. Nada parece haber cambiado en estas calles, entre la gente que va y viene de sus asuntos en el trasiego laborioso del mediodía; en los vecinos que se paran a conversar, al encontrarse, o en el rumor de niños volviendo del colegio. Ni siquiera en la vieja fachada del número 15 de esta calle: Librería Papelería Domingo – Prensa/Revistas. Ahí sigue el letrero, sobre una persiana verde, y en los bajos de una vivienda igualmente clausurada. Sólo un detalle, casi imperceptible, ha variado: el año anterior había velas encendidas a los pies del kiosco; esta vez son ramos de rosas... [Reportaje para eldiario.es]

sábado, 21 de septiembre de 2013

Conversación (o entrevista herética) con Luis Eduardo Aute

Acaba de cumplir 70 años. Setenta veranos de búsqueda, de preguntas, de inquirir al misterio en todos los mapas del terror o la carne, la barbarie o la belleza. Porque lo cierto es que Luis Eduardo Aute (Manila, Filipinas, 1943) no se considera más que eso, alguien que se hace preguntas: un tenaz interrogador empeñado en esclarecer de qué va exactamente el juego de vivir. Por más que las reglas que le han impuesto siempre sus semejantes no le hayan convencido jamás; y hoy menos que nunca. Sin embargo, dice encontrarse en pleno proceso de "pacificación consigo mismo" este artesano renacentista que presentó su primera exposición pictórica a los 16 años y su primer cortometraje –en Súper-8– a los 17; que desnudó a Marilyn –con una foto de revista, lápiz y pasta de dientes– a los 10, y que desde su irrupción en la canción popular, a finales de los 60, no ha hecho sino cultivar un territorio en el que las intimidades compartidas de varias generaciones fueron encontrando un refugio común contra el frío. Ésas que viraron del miedo a la ilusión, y del desencanto al encantamiento suicida, antes de despertar súbitamente de "la estafa". En su horizonte más próximo, una gira por América y la posibilidad (en voz muy baja aún) de repetir aquel legendario concierto con Silvio Rodríguez, Mano a mano, veinte años después. Pero, en cualquier caso, con la prioridad –ganada a pulso–  de hacer esencialmente lo que le dé "la real gana".
-Quería preguntarle si usted, como artista, ha…
-…Un matiz: artistas somos todos.
-¿…?
[... La entrevista completa, en eldiario.es]

jueves, 8 de agosto de 2013

Un mar de más de 20.000 cadáveres

 
'Más de 20.000 cadáveres invisibles bajo las aguas del Mediterráneo'

Llega la policía apenas clavada la última cruz. Una cruz de caña, de sólo dos ejes trabados con una cuerda. Una cruz como todas las demás (todas similares; ninguna igual que otra) que conforman el improvisado cementerio, como mástiles de barcos asomando desde el fondo de la arena. Y en el centro, en el vértice de cada una de ellas, una estampa en blanco y negro con rostros oscuros de ojos grandes, miradas de cansancio, o miedo, o nada... [Reportaje para eldiario.es]

domingo, 30 de junio de 2013

Del verano, el enemigo y la vergüenza

Pienso en el verano, pienso en las largas siestas del verano; el sol varado en el balcón, la lejanía en silencio, el vislumbre amarillo de las cinco. Y pienso en cómo es posible que algunos análogos de mi especie puedan trabajar en su contra. Pues anda quedando tan diáfano como estas tardes que existe (siempre ha existido), igual que una cofradía de la belleza, una pútrida secta de enemigos de la vida. Es decir: de enemigos nuestros; de los que trabajamos para la vida y no en su contra, de los que respetamos la muerte pero no mercadeamos con ella, ni negociamos a su costa, ni la hacemos bandera de ninguna sucia aprensión no resuelta. Es cierto, claro, lo que nos contaba hace poco el maestro Félix Grande: los habrá que crean que por ganar 100 veces más que sus esclavos, vivirán 100 veces más. Claro que los hay; aunque no lo sepan conscientemente, quizás, están ahí, existen. Pero, en última instancia, qué carajo nos importarán a nosotros, y justificarán, sus enternecedoras razones, sus complejos edípicos con papá o con mamá. Miren cómo lloro porque les zurraban en el recreo, porque eran los más idiotas (e idiotos) del instituto, porque el rey Melchor no les trajo un poni por navidad, porque querían [Hitler, sin ir más lejos] pintar o tocar el piano, pero como no había talento ni gracia que rascar nos han acabado tocando y rascando a todos los demás los cojones. Miren cómo me estremezco, qué sobrecogedora penita me dan sus frustraciones. Que levanten la mano los que estén leyendo esto y no hayan tenido también razones múltiples, a lo largo de su vida, para convertirse en Jack el Destripador. (Y, cuando las bajen, por favor, que sea asimismo en la colleja de algún cretino de los que hablo).
Pienso en el verano y pienso en lo que quiero, en la gente que quiero, en quienes deseo volver a ver; hasta pienso en mi gato, de tres meses de flagrante vida, que cayó aquí sin buscarlo y como si hubiera estado escrito en alguna parte –el delincuente–, y me pregunto, mirándole dormir como un bendito, qué insondable relación puede haber entre todo esto y los sociópatas que intentan jodernos la vida e imponer una dictadura en cada alcoba, sea verano, invierno o glaciación al Norte del Muro (que también allí lo intentan: yo lo he visto). Pienso en todo esto y se me viene a la pantalla la palabra vergüenza. ¿Qué es lo que ha pasado?, le preguntaba hace poco Jesús Quintero a don Antonio Gala –un Gala ya sin tiempo ni ganas de circunloquios–. Y Gala –que amará las luces de estos atardeceres del Sur más que yo aún– respondió: “Pues ha pasado la Vergüenza. Toda la vergüenza que había ha pasado de largo”. Y que los padres se suicidan por los hijos y los hijos porque no pueden pagar la casa y etcétera, dijo. Negociando con la muerte, decíamos más arriba. Y el pensamiento inmediato que se me viene a la pantalla es el mismo que al cordobés: ya podían ir suicidándose otros, por ir probando. Porque resulta que se viene suicidando por vergüenza (también yo lo he visto aquí abajo, literalmente) la gente acosada, la gente desesperada, la gente que no puede soportar vivir creyéndose vencida a ojos de sus amigos, de sus familias, de la gente que les quiere; y resulta que los que no tienen vergüenza ninguna, ésos a quienes la vergüenza debería ahogar cada vez que salen a la puerta de la calle y se suben al coche (oficial o no) y van a trabajar en contra del resto de la gente: ésos, éstos, esta gentuza, estos cómplices de la indecencia siguen viviendo perfectamente, comiendo escandalosamente, durmiendo con menos remordimientos aún que el gato. Félix también apuntó, en un poema memorable, hace ya años, la pregunta que ahora me ronda: “¿Cómo pueden vivir / sabiendo que nadie los quiere?”. La respuesta era sencilla, a la postre: porque les importa una mierda; o tienen más miedo aún que falta de pudor, y lo único que les queda ya en su espiral de mierda es seguir huyendo hacia delante (ojalá contra alguna ventana, un día de éstos).
Pienso en el verano. Pienso en la gente del verano, la que vela todo el año y lucha por un verano comunal y sin término para todos (para todos), y me pregunto cómo hemos podido equivocarnos tanto; cómo hemos llegado a que tales cosas dependan, en tan alta medida, de esa turba de simios sin escrúpulos a los que –encima– tenemos que ver sonreír todos los días en la televisión. Demostrando casi todos, día sí y día también, que no están ahí para lo único que se les supone, que es el bien común, sino por el más común y zafio de los bienes, que es el dinero, la fama, la foto, el pesebre que garantice y perpetúe su miseria moral a un flanco y otro del Hemiciclo, a un lado y otro del anfiteatro de la farsa. Vienen ahora, además, a hablar de educación quienes no tienen ninguna, porque también nosotros les hemos consentido creer durante siglos que la educación depende de la cartera, la posecita y los humos del señorito, y no de la conducta que distingue a los hombres de los perfectos mierdas sin honor. En Japón, por ejemplo, aún se distingue a los caballeros porque se hacen dignamente el harakiri cuando ven su honor en deuda. Aquí, los que tienen honor y deudas se cuelgan de una soga en el patio, y los que no hacen más que acumular deudas de honor nos dan lecciones todos los días de en qué consiste la más estudiada y erudita hijoputez.
Yo pienso en la educación del mediodía, en la conducta de ciertos hombres y mujeres, muertos ya o gozosamente jóvenes y vivos; en sobremesas largas de siesta y en conversaciones de madrugada en la terraza, como un vislumbre de oleaje. Recuerdo el verdadero significado de la palabra educación, de la palabra vergüenza, de la palabra vida. Recuerdo a quienes han querido siempre, simple, humildemente, lo mejor para todos y no molestar nunca a nadie. Y tengo cada vez más claro que los enemigos de todos, y de todo esto, son también los míos. Que o se está con la gente o se está contra la gente, y no cabe término medio ni medias tintas. Que vivir comprometió siempre (hoy más que nunca). Y que, por mi parte, y sintiéndolo mucho, al enemigo ni agua. Así venga el verano, la ola de calor o el desierto del Gobi y nos entierre a todos de una puñetera vez.

sábado, 22 de junio de 2013

La 'maravillosa furia' de Félix Grande (entrevista)

"Sueñan con devolvernos al siglo XIX, pero no lo van a conseguir"


El poeta, ensayista, novelista, flamencólogo y soldado civil Félix Grande, Premio Nacional de las Letras Españolas 2004, no se rinde, no está cansado. Y no se calla. Tras más de medio siglo de escritura (Galaxia Gutemberg publicó recientemente su Biografía poética corregida y aumentada), en que la emoción y la opulencia verbales han estado siempre al servicio de la concordia, de la fraternidad social, este manchego nacido en Mérida en plena Guerra Civil (1937), pastor de cabras en su infancia y alto discípulo de Luis Rosales, de Julio Cortázar, de Juan Carlos Onetti, anda tan escandalizado con la coyuntura actual como un chaval de veinte años... [Entrevista para eldiario.es]

[Quizá te interese también: Félix Grande: el pozo, la lágrima, la victoria]

domingo, 16 de junio de 2013

Cambiar la vida

No se puede salir de la jaula desde dentro de la jaula. No puede uno (digamos) pretender romper una relación y seguir cayendo en la misma cama para darse fuerzas para romper la relación. No se puede pretender que cambie lo de arriba si no cambia uno, menesterosamente, lo de abajo. Soñamos todos con salir de nuestras jaulas, íntimas o comunales, pero no nos damos cuenta de que la naturaleza de la jaula, espacio, atmósfera y color de los barrotes, es el puro reflejo de nuestra naturaleza misma. Estudiamos a la jaula, no al pájaro. Error. Porque es éste el que tiene la llave última, la clave para atravesar sin miedo las rendijas o estallar de luz y fuego y fin y se acabó el pájaro, y la jaula, y los círculos.
 
Changer la vie: cambiar la vida. La vida, que es la raíz y el sustento de todo lo demás (de absolutamente todo). Nosotros, los altivos disconformes, los que venimos alzando, con voz casi inaudible entre el ruido, la palabra No ante el alud de ignominia que nos anega; los que intentamos, con nuestros insignificantes oficios o discursos o banderas, desde nuestros balcones remotos, servir a la vida y enfrentar a sus enemigos; los que en conversaciones o canciones o poemas, o en barricadas o plazas o comentarios estériles de solipsismo y red social (que sólo ayudan a quemar tensión, en el mejor de los casos: nada más) tratamos de equilibrar humildemente el saldo cotidiano del horror con algunas migajas (muy pocas, siempre maltrechas e insuficientes) de humor o crítica o belleza; nosotros, en fin, y quien debe entender ya me ha entendido, ¿cómo pretendemos que la vida de ahí fuera nos corresponda como queremos si no somos capaces de salir de nuestras propias jaulas, nuestras pueriles idioteces, nuestros círculos? Pendientes todo el tiempo de lo de arriba, de las políticas, los decretos, los crímenes silentes de esa turba de psicópatas, sí (y es necesario); pero sin reparar en que es la gente la que cambia a la gente y se cambia a sí misma; una ley sólo crea un hábito, mejor o peor, pero el hábito no hace al monje: sólo lo alinea y lo aliena sin penetrar en lo esencial.
 
Y es que vestimos todos el traje nuevo del emperador, encantadísimos de habernos conocido. Eso que llamamos de manera tan etérea el sistema nos tiene perfectamente cogidos de aquí abajo no porque los que manejan los hilos sean mucho más listos (quizá más retorcidos sí), sino porque no dejamos de jugar a su juego, porque nos ponen sus reglas, porque nos gusta el queso de la trampa (porque somos el sistema, su pájaro y su jaula). No es sólo que el sistema fagocite a la crítica: es que la crítica acaba por legitimar al sistema, en este juego de ping-pong en el que al final del día no ha cambiado absolutamente nada y los dueños del tablero lo siguen administrando como siempre lo hicieron y harán hasta el Apocalipsis. Y es que, amigo mío, la cosa puede estar muy mal pero qué bonita queda la foto que el mismo sistema te echa, o te haces tú mismo, con esa pose tope guay de moderno hasta el almuerzo y después todo el día: tu reino por veinte me gustas y un retuit del maestro Armero. Y es el ego, al fin y como siempre. El puro y apestoso ego. “En la vida hay dos tipos de personas: tú y todos los demás”, sentencia, crudo y socarrón, el mayor de los Fisher a su primogénito en A dos metros bajo tierra. Lacerantemente cierto. Y no está bien o mal que así sea: es algo que es, simplemente: así somos –casi todos–. Y debería ser perfectamente legítimo admitir de forma honesta que uno aspira a ciertas cosas; el problema es que en este teatro no hemos encontrado aún (yo menos que nadie, subrayo) la fórmula de la humildad o la sabiduría o la madurez humana para no ponernos las mismas máscaras que atacamos constantemente, de manera cínica: porque también nosotros queremos que nos inviten a la fiesta, al carnaval, que nos nombren la reina del baile o el más gracioso de la clase. Y luego, ya, oiga, que clausuren la fiesta o arda Troya.
 
Orgullosísimos de lo transgresores que somos, o que nos creemos, no alcanzamos a vislumbrar que lo verdaderamente conservador es el miedo, siempre. El miedo que petrifica, que esteriliza, que no deja ver el bosque. Para empezar, el miedo a no mirarse uno al espejo o a mirar su mierda debajo de la cama, o a abrir el armario y reconocer a sus cadáveres. O a preguntarse para qué hace uno sinceramente lo que hace. ¿Para que le llamen guapo? ¿Para que le quieran más? ¿Para saltar un centímetro más que ayer, o que el vecino? Bien, está bien, somos así y mejor será asumirlo cuanto antes. Pero quizás no nos hacemos la pregunta adecuada. Cuando servidor entró en primero de Bachillerato (año 99 después de Cristo), alguien preguntó dadaístamente al recién estrenado profesor de Latín y Griego (Jesús Alemán era su nombre: Salve) para qué servía aquello. Para qué servía el latín, se entiende. Y don Jesús, en vez de preguntarle a la interfecta qué carajo hacía allí, en todo caso, se limitó a contestar con una lección que yo –ya ven– aún no he olvidado: “La cuestión no es ‘para qué’ sirve, sino ‘para quién’ sirve”.
 
Para quién sirve uno, o lo que uno hace. Y es que si todos nuestros egos no montan una hermosa fiesta, una gran reunión fraterna en la que cada cual ponga lo mejor suyo encima de la mesa por el bien común (pero primero el bien común, y luego ya, si acaso, los epítetos), entonces, sí, para qué toda esta vaina. Para qué toda esta farsa, este mascarada de cretinos, este sainete de trajes nuevos (viejísimos y decrépitos en realidad) de emperadores de cartón-piedra. De mentiras, en suma; de mentira. Pues todo es mentira menos aquello que se hace de manera cordial, para ensanchar el horizonte común de la vida (o de la jaula, si no hay más remedio). Pero para eso, me temo, es preciso vivir en primera línea. Enfrentar el miedo a la vanguardia de cada quien y de cada cual. Que cante el pájaro porque sea su ley, y no por desafiar al de la otra rama. Hacer de la vida un arte, y no del arte una forma de vida. Y que el espejo-espejito mágico que todos llevamos a cuestas sirva al menos para dar más luz y reflejar los recodos últimos del camino. De lo contrario, me temo, nos podemos ir metiendo por donde buenamente nos quepa tanta posecita, tanto tuiteo, tanta entradita en el blog nuestro de nuestra misma mismidad.
 
 

miércoles, 29 de mayo de 2013

El (interminable) show de Truman

No es tanto lo que uno pueda descubrir cuanto lo que esté dispuesto a reconocer que ve. Ya lo dijimos en otro sitio: todo el mundo busca la verdad, pero quién quiere saberla. Según ciertas corrientes sincréticas es mucho más sencillo de lo que parece, pues los mayores y más profundos misterios del Cosmos suelen parpadear delante de nuestras narices, casi que en letreritos de neón. Pero cómo te vas a creer lo que ves por ti mismo, habiendo el Divinity. Nos pasa a todos, constantemente; y por esa ancestral estafa nos seguirán llevando al huerto los de siempre, así llueva fuego y hasta el día del Juicio Final: no tienen que hacer muchos esfuerzos porque, además de meretrices, ya les ponemos nosotros la cama [ ... en FTS C. Magazine ]

miércoles, 8 de mayo de 2013

La Deuda

No le debes nada a nadie, salvo a ti mismo. Sé que lo están logrando, que poco a poco consuman su crimen último, el más perverso, que es hacerte responsable secreto de la miseria; aunque tú no lo sepas, aunque ni tú mismo te des cuenta, aunque ni tú misma lo adviertas. Pero quizás ya lo han conseguido: entonces habrán ganado, sólo entonces. No les des esa alegría, no se lo pongas tan fácil a los mastines del terror. Sé que estás cansado, que andas huérfana, que el mundo parece no tener orillas. Que el día es a veces un laberinto macabro. Pero no es culpa tuya, créeme. No le debes nada a nadie, aunque el peso que te va curvando la espalda te vaya susurrando al oído, como un bufón fantasma, que debes pagar gota a gota el delito de todas las esquinas. Es lo que ellos quieren hacernos creer, para así poder seguir haciendo su negocio de horror y sangre: lo único que saben hacer en realidad –pobres desgraciados en el fondo– para mitigar su miedo a vivir y a morir de frente. Pero ése es su problema, su tragedia; no es justo que tu miedo ayude a esa guardería de bestias a creer que ganarán algún día: sólo corren despavoridos hasta la cima de la Nada. Quieren arrasar con todo en su carrera, porque al no ser felices (en el fondo de su pútrida alma lo sabrán), al no tolerarse a sí mismos la paz, no tolerarán que los demás sí sepamos serlo. Pueden vivir (dios mío), pueden vivir sabiendo que nadie los quiere, cobardes, necios, castrados del corazón, incapaces en su coraza empapelada en verde de querer a nadie en realidad: porque el amor exige el coraje de asumir que puede uno perder lo que más quiere, lo único con valor real, y no fiduciario. Por eso acumulan esas ridículas cordilleras de dinero: creen estos miserables que podrán sobornar al diablo cuando venga puntualmente a buscarlos. Pero da igual; no es tu drama, afortunadamente, no es tu negocio. Aunque sólo sea por eso, hazte el favor de no contraer ese virus de culpa que hiede cada día, y que ya ha conseguido colgar sogas en los patios y arrojar ángeles por la ventana. Te lo debes a ti, se lo debes a los tuyos, se lo debes a la vida. Es lo único que debes, tu única deuda: vivir.
 
Sé que cuando no se encuentran culpables a mano, cuando se tiene dignidad y se es buena persona y se sufre como si Dios estuviera enfermo, grave, cuando no puede ni sabe uno salir a prender fuego a todo, lo más sencillo, lo más recurrente, lo más sigilosamente cercano que uno tiene para odiar y echar la culpa es la propia imagen del espejo. Pero no te pases, no te rindas, no te consientas esa soberbia inversa de odiarte y despreciarte por estar perdiendo –o eso crees– este asalto de hoy: no eres el Atlas que deba sostener al mundo (el mundo, además, seguirá girando, seguirá ignorando y pariendo y matando); y los que te rodean –piénsalo– no son en realidad los jueces implacables que crees: están tan ocupados como tú creyendo que el resto de la gente –o sea, tú mismo– piensa de ellos que no valen nada por no estar ganando su propio asalto. Ya ves: un círculo absurdo de espejos deformes que sólo proyectan sufrimiento, y que en realidad no existen, porque son mentira. Aquellos que te quieren y saben lo que vales no piensan que seas un fracaso; aquellos que te quieren no esperan tanto de ti como tú misma, porque te quieren por lo que eres y no por lo que conseguirás o no, por lo que ganaste o perdiste (y si te han hecho creer lo contrario tenles piedad: es su frustración la que habla). Aquellos que te quieren –créeme– no son ese espectro sádico que te exige cada mañana una explicación que no está en tu mano dar, que no necesitas dar: porque la única deuda, si es que existe, es contigo.
 
Auscúltate, escúchate hacia adentro. Olvídate del juicio final y de los caballos de Atila, desoye el ruido. Adéntrate en ti, cuelga bocabajo en el honor. Pregúntate cuánta de esa angustia sube desde tu propio pozo, y cuánta que no te corresponde se desborda de la pantalla, de la calle, de los otros: quítate ésta de encima, achícala. Y en cuanto a la primera, a la que de manera legítima te atenaza por no estar cumpliéndote, por haberte perdido o no estar siendo quien eres, pregúntate si ya has hecho todo lo posible, si ya has quemado todos los cartuchos (todos) antes de rendirte, porque esa angustia es sólo el agua estancada clamando por cumplir su misión, por salir a fecundar lo que en su propia ley le corresponde (lo que le corresponde: no lo que crees que otros creen que le corresponde); si la respuesta es no, esa energía que te vampiriza la tristeza merece un lugar más útil; si es que sí, si crees que ya no merece la pena intentarlo, cambia de estrategia, pero no de plan, no de horizonte o sueño o brújula: a veces, simplemente, no existe conspiración ajena alguna, y es sólo que no estás enfocando la partida de la forma adecuada. (Si no quieres siempre el mismo resultado, no hagas siempre lo mismo, dijo alguien que sabía bastante de todo esto).
 
Sé consciente, sé humilde, sé valiente. No te rindas, no les dejes ganar, que no te puedan. Asume tu responsabilidad, la que honestamente te corresponda, pero no les dejes convencerte, a los lobos de dentro y de fuera, de que esa deuda es tuya: porque los de dentro son los aliados que habrán de escoltarte, una vez vencidos, y los de fuera son sólo unos lamentables infelices que jamás han olisqueado, ni en sueños, lo que significa la palabra victoria: mira que hasta ignoran que su dinero no existe en realidad, porque es sólo un delirio metafísico, deuda de la deuda de una estafa de papel, mientras que tú guardas allá al fondo, en la memoria y el futuro del corazón, los momentos de oro que te han de recordar siempre en qué consiste el valor de cada cosa, y también su verdadero precio.
 
 

domingo, 14 de abril de 2013

Ahora es demasiado tarde, princesa

Yo coincidí en cierta ocasión con Letizia Ortiz, en uno de los rincones más románticos del poniente madrileño: la cafetería de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense (lugar verdaderamente histórico por otros motivos que no vienen al caso). [Sigue leyendo en POCAVERGÜENZA]





domingo, 24 de febrero de 2013

Transición

Toda la vida es transición, todo está siempre en movimiento, por la sencilla razón de que lo que no se mueve está muerto; y ni siquiera. No hay en la vida final alguno, conclusión, pues todo lo que vive es mutación constante y sin tregua: ésa es la ley; ése es nuestro drama: pero también, precisamente, lo que hace todo posible. Autoengañados por el espejismo de nuestras supersticiones, por la letal combinación última de riqueza (ficticia) y miedo (tramposo, infantil) a la propia vida; narcotizados en la estúpida autocomplacencia de eternidad de anuncio y plaza fija, hemos ido olvidando de manera suicida que todos somos nómadas: como el mundo, como nuestros ancestros, como la vida misma. Perseguimos, natural, lógicamente, el progreso material, el bienestar, la redención después de milenios de sudor, lágrimas y sangre, pero olvidamos demasiado rápido, con urgencia de niños ante los juguetes nuevos, que el mundo siempre fue así, y siempre será así: una continua, imparable transición.
 
La caída de Troya (Johann Georg Trautmann)
Aquella falacia del fin de la Historia, pergeñada justo por los que querían (quieren) que todo cambie para que todo siga igual, no era sólo un intento de secuestro de la salud cívica y moral de las comunidades: también un ataque soterrado contra la propia ley biológica por la cual un organismo estanco en su propio légamo, inmutable, está condenado a la destrucción. Hoy más que nunca tenemos miedo a la destrucción de tantas formas, de tanta forma conocida de vida; pero puede ser precisamente la resistencia al cambio lo que nos acabe condenando si no terminamos de entender que un virus, una enfermedad, no tiene por qué suponer la muerte, sino precisamente la voz de alarma que nos da la vida para que la muerte (el cambio) cumpla su ciclo, purifique sin destruirlo al entorno: o sea, a nuestra vida, a nosotros mismos. Ironía: son justo los enemigos del cambio quienes nos están abocando a la cada vez más urgente, escandalosa necesidad de cambiar: nos han roto ya todos los guiones, toda esa ingenuidad de tantos que creyeron (creímos) que la vida iba a ser un plácido paseo desde el pupitre al jardincito con barbacoa de los domingos, ese camelo (atroz en el fondo) por el cual la felicidad en la Tierra es posible (y, lo más grave: consiste) pagando su tributo de tiempo, alienación y locura ante esa deificada bestia del dinero, más insaciable de absurdo cuanto más se le da de comer.
 
Ahora hasta ese guión se ha roto, hasta ese traje nuevo del emperador es claramente inexistente para cualquiera con el coraje necesario de mirar ya sin ningún velo. Qué es lo que ha de venir, no lo sé; no tengo respuestas siquiera para mí mismo. Pero sí sé, creo saber algo: allá adonde tengamos que llegar no llegaremos nunca con ese fardo de miedo, con ese reflejo de animal asustadizo dispuesto a dejarse matar antes de abandonar la jaula a la que tanto tiempo le acostumbraron. Sabemos que da miedo la intemperie, que hace mucho frío ahí fuera, pero eso es lo que somos, lo que hemos sido siempre: nómadas. Suicida, lentamente suicida y asesino de su propia voluntad quien no despide a un amor antes de que se le pudra entre las manos; quien no desafía al toque de queda impuesto; quien se queda siempre acobardado en la periferia de las posibilidades y las emociones más hondas de su propia vida. También aquella comunidad de seres humanos aterrada por cruzar el bosque sin saber siquiera qué hay al otro lado, cuando ya los mismos mastines del infierno te vienen dócilmente señalando la salida. Aquí no hay techos para siempre; aquí no hay brindis al sol sin riesgo previo; aquí nunca, jamás nadie conquistó nada sin jugarse la vida.
 
Pues toda la vida es transición, y lo único quieto es lo que está muerto; y ni siquiera: también los ángeles negros cumplen su necesaria aunque dolorosa función aquí para renovar, para exigir la emergencia de lo que deba emerger, y destruir justo aquello que hacía a la vida más triste, más sombría, más rehén del infecundo, tramposo, fantasmagórico miedo.
 

viernes, 1 de febrero de 2013

Carta (abierta) de amor y dolor a Lolita de Cospedal

“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta…”. Eras Lo, sencillamente Lo, por maitines: metro setenta de mármol griego con tacones. Eras Lola con traje de Prada ante el micrófono, gloriosa institutriz del mediodía. Eras Mariloli en Albacete. Eras Dolores –ay!– al castigarme. Pero en mis sueños eras siempre, serás siempre Lolita... [Sigue leyendo en POCAVERGÜENZA].