Puedo ofrecerte una lágrima: esta lágrima. No es mucho, pero si quieres puedes ponértela, usarla como pendiente o bestia de cristal, y cantarle en el crepúsculo hasta que duerma.
Puedo darte mis harapos, los jirones de luz y sombra que me quedan; no podrás vestirlos, pero sí prenderlos en la hoguera: quizás su fuego azul invoque a alguien en el bosque.
Puedo ofrecerte mi sombra, más cansada ya de mí, no de esta vida; y mi tristeza, que aún ríe cuando llora.
Puedo ofrecerte las brasas hambrientas, no vencidas, de mi corazón a pie.
Puedo ofrecerte mi fe: la que, a pesar de tanto como ya perdió,
En la habitación a oscuras,
los niños muertos de miedo: en la habitación que es un pasillo que es el laberinto
del que cayeron volando y les dejaron solos
entonces lloran, lloran y se abrazan,
la niña y el niño,
de tanto miedo y tanto amor entre lo oscuro
Pasaron nueve mil años
se fueron de allí, del uno al otro, andando andando los dos niños, separándose en lo oscuro
Pasaron diecinueve mil años
entonces clamó el sol
en la campana en punto del colegio
–la vega acababa de nacer–
Se encontraron Se miraron en la lágrima Se rindieron el regalo
Habían pasado cien mil años
y andando andando en su pasillo oscuro,
donde debieron separarse, volvieron a abrazarse:
vuelven a llorar por separarse
En la luna habrá fiesta hoy desde el crepúsculo:
se preparan antorchas y máscaras y niños;
hermosas madres con candil les llevarán al laberinto,
espantarán al monstruo que vive en la espesura
y luego le invitarán también, le dirán que no se asuste;
jugarán con el viento y las hespérides
riendo de candor en las hogueras
que no apagará el alba,
que ahuyentan el terror de lo perdido
Bailaréis allí,
jugaréis ebrias de luz toda la noche,
mis mendigas;
seréis felices ya en la eterna sombra azul
donde nadie puede haceros daño
Desde aquí os veré,
velaré vuestra alegría;
seré siempre el centinela que os proteja
de todo lo que ya no duele
Levantaré la copa
y cantaré toda la noche esta canción
hasta dormiros,
hasta que no quede un demonio ya despierto
en esta noche que os bendice
Olvidad las promesas,
olvidad los juramentos.
Olvidad la carrera de cuádrigas
que corre insomne al precipicio.
Olvidad el propósito,
olvidad el traje,
el murmullo de fiebre toda la noche
que roe el corazón de cáncer del que espera
no esperéis nada,
no crujáis,
pues es la urgencia de la máquina sonámbula,
la risa de niebla de la mentira del bufón
recordad el árbol recordad el águila
Olvidad el blasón de la soledad,
el diamante de heroína de la soledad,
el príncipe de las soledades absolutas
Olvidad el palacio de mármol
que la hiena adula en el desierto
recordad el árbol recordad el árbol
Olvidad la investidura de humo
que el miedo impuso en cada fila;
olvidad la clase, olvidad el número,
recordad el llanto
Recordad el pájaro que canta
porque así lo sueña el árbol
Recordad el caminoRecordad el camino
Recordad el camino.
en las calles del otoño primero,
el frío primero y su presagio de miedo en la ventana,
hacia las calles desvanecidas que cierran los postigos,
desertando el verano como un ladrón por las esquinas
que hubiera robado a los niños,
en el anochecer como un lamento quieto
de fulgor de cripta cerniéndose al balcón,
de algo que ya no será posible
(mientras reza por nosotros la vela compasiva
que aún protege todo)
Quién eres, preguntaba, quién eres, hija del fuego que emergió en lo oscuro, en la hoguera verde de una danza. Quién eres en el rito pintado de panteras; por qué tu sombra ardiendo; de dónde tu mirar de profecía. Te he estado buscando y ahora quiero saberte, y que siga tu muerte bailando en torno a mí como la noche de este bosque en que me atas. Te he estado acechando y ahora tu bestia me rodea, trenzándome en el ojo verde de una máscara.
"Demasiadas veces
he dicho ya que vivimos de fantasmas; que quizá no seamos más que espectros buscando
en otros espectros el conjuro prometido que nos salve.
A falta de aquello que tal vez, en
alguna noche compasiva, nos haga despertar, toda nuestra vida (quiero decir:
nuestro sueño) suele reducirse a este baile diabólico, este velatorio en
carnaval; esta guerra, íntima y sonámbula, entre lo que perdimos y lo que
esperamos: casi siempre entre un desgarro y un anhelo, un abandono y una huida,
una esperanza y una desesperación. (Muy rara vez aquí, casi nunca en el ahora.)
“Se canta lo que se pierde”, decía Machado: para honrarlo, para pedir perdón y
besar de adiós su tumba ya sagrada; se canta, también, lo que se anhela, lo que
no se tuvo nunca: para invocarlo. Quizá los dos rostros de un mismo paraíso
perdido.
Los primeros balbuceos de lo que
acabaría siendo este volumen –hace ahora siete otoños, en cierta ciudad al
norte del Norte en que viví, donde ya había sabido del fantasma– sólo trataban
de ser un divertimento; un ajuste de cuentas, mitad reverencia, mitad beso
envenenado, del currículum sentimental de mi primera juventud: otro canto a lo
perdido. Saqueando el botín de la memoria, me propuse rescatar los episodios
más oscuros, y más luminosos –suelen generalmente coincidir–, virando de la
culpa a la venganza, del guiño gamberro al homenaje. Para dar un lugar a sus
espectros, reconocerlos y reconocerme en ellos, y mostrar a sus emisarias mi
gratitud. ...Pero también, al mismo tiempo, en folios paralelos, traté de
reconocer y descifrar un rostro mucho más esquivo, más antiguo e improbable. Ése
que, ya en la infancia, había susurrado un escalofrío dorsal desde todos los
recodos de la noche, prometiendo algo; algo que esperaba en algún sitio para
investirme con su ley, así como sentía de niño que la tarde me ordenaba
caballero con las últimas luces rojizas del monte aquel...
El fantasma: ese remordimiento tenaz de aquello que sucedió (o no llegó a
suceder jamás) y que sigue mirándonos, silencioso, con sus ojos de lluvia desde
el rincón, esperando el conjuro que lo absuelva; pero también ese conjuro
alucinado, ese sortilegio, que nos usurpa los ojos y la respiración y la voz
para hacernos vislumbrar el otro lado;
para llevarnos de la mano, sonámbulos, a la otra orilla: allá donde habita
aquello que buscamos desde siempre, que intuíamos sólo con la conciencia de la
sangre, que sólo puede adivinarse con los ojos del sueño. Donde el amor reside.
Poesía: palabra que puede hacer audible, en esta orilla, esas voces del
otro lado..."
“Haber visto crecer a Buenos Aires, crecer y declinar...”. Declina el sol allí a lo lejos, pero crece su luz de faro, color carmín, salpicándonos en la cara y en los ojos a quienes miramos al altar desde el costado, de pie, esperando a que empiece todo en el crepúsculo. Crecer sería esto, pensábamos, decíamos (¿te acuerdas?); nos contamos así el cuento. (A la salida del colegio subíamos contigo, calle arriba, todos juntos, y era como si te lleváramos todos al altar, que era la ventana alta de la casa de tu abuela desde donde te asomabas, risueña, bellísima, para comprobar que el cortejo seguía allí, en el mediodía aquel interminable.) Esperando el milagro, el milagro; waiting for the miracle to come, comandante Cohen. Y qué curioso que nadie crea en Dios, pero todos vivamos esperando un milagro. Ya llega el (báquico) cortejo, la música exquisita, la novia en su vestido blanco y sus ojos de estar viviendo un milagro, el milagro por llegar. Al tratar de verla bien, mientras avanza, me ciega el sol con su lumbre tenaz, y en el rubio de ella recuerdo el otro rubio, el otro verde, los otros ojos de los trece años, aquella lumbre (“¿Recuerdas aquella noche en la cabaña del Turmo (¿o era el Kuasy?), / las risas que nos hacíamos antes todos juntos...?”). La descarga eléctrica del beso fundacional, en el sillón en penumbra donde podíamos caber los dos, qué disparate. Pudo ser en abril, quizás el veinte.
Ah, el rubio y el verde, el verde y el rubio –avanza la novia, casi llega adonde espera él, adonde lleva esperándola desde hace siglos–. Tú nunca me respondiste a aquella carta, la de la lluvia en soledad de septiembre, de vuelta del verano más largo de todos los tiempos (pero fui yo el que dejó de contestar, verdad?, algunos años después, cuando yo ya no era yo, ni esa playa era mi casa). El cura tampoco es un cura aquí, sino uno de los nuestros, quiera eso decir lo que quiera decir. “...La vida es bella, ya verás / cómo, a pesar de los pesares, / tendrás amigos, tendrás amor, / tendrás amigos...”, creo que ha dicho, pero puede que sólo suene en mi cabeza. Tendrás amigos, tendrás amor, tendrás amigos. Algunos de ellos –de entonces, de ¿ahora?– están aquí al lado, más allá, y pienso al mirarlos que crecer debía ser eso también: esas corbatas de padre, esas canas clandestinas aún, la silueta hermosa, como otro sol de perfil, que espera a que otra niña igual de hermosa llegue para seguir escuchando el cuento. Yo te contaba cuentos en la cama, recuerdas, loca?, en el invierno en que temía que me dejaras otra vez (te contaba mis mil y una noches para que volvieras a la noche siguiente), junto a las velas y la hiedra de diciembre. Varios diciembres después me fui yo de allí, de la ciudad, del país, y dejé un cofre lleno de culpa bajo tu cama. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa, nos hacían salmodiar de niños en la misa –asesinos–. Con mi gran culpa miro ahora a la pareja de perfil, en el altar, al amigo que oficia, y algo se desmorona aquí dentro, declina, mientras otra luz crece del incendio hundiéndose a lo lejos, en el monte: yo escribiendo otros cuentos clandestinos, en una ciudad al norte del Norte, y esa carta que ya olvidé, o perdí, donde decías que no podrías hacerlo sin mí, que me necesitabas para el siguiente cuento. Pero yo ya no era yo –sólo después pude saberlo–, ni mi casa era ya la casa amarilla del sofá verde en la ciudad gris.
Haber visto crecer a Buenos Aires: crecer y declinar. (“Por favor, no te vayas”, “Me muero”, “Lo siento”; / “Que seas feliz”, “Escríbeme”, “Vete”, “Adiós”. / Tanto temblor y furia que se llevó el viento, / que tal vez aún exista en el sueño de un dios.) Ahora habla un hombre mayor que estimo mucho, un sauce viejo, y lo que dice, o cómo lo dice, o el verlo allí, simplemente, en la reverberación del sol último rindiéndose, me hace pensar que no debería aborrecer las bodas como suelo: suponen, en fin, una de las rarísimas ocasiones en que la gente se esfuerza por decir la verdad; unas pocas palabras verdaderas, como quería Machado en las tardes machadianas como ésta. Decir la verdad. (Siempre perseguí la verdad; hay que mentir antes mucho hasta empezar a vislumbrarla.) Cuántas veces te mentí, ¿verdad, mi amiga, mi interminable?, hasta entenderlo, hasta entenderme, cuando ya al templo del sur que levantamos juntos, la capital de mi fe, habrán llegado otros; otros que se odiarán, que se darán de comer, que follarán como dos lobos en la Luna azul del torreón.
¿Era esto crecer, mi amiga, mi sonámbula?: ¿La rueda de las canas y los embarazos? ¿Un crepúsculo de etiqueta? ¿Un hombre que se emociona hablándole a su hijo? ¿Un ejército de centinelas (“...ya no queda casi nadie de los de antes...”) como testigos de un milagro que será eterno mientras dure?
Ya ha declinado el sol del todo; crecen las luces nuevas de la noche del bosque. Me tanteo los bolsillos (vacíos) del traje, suspiro; tomo a solas el vino primero, y brindo con nadie, para nadie, con los versos últimos del salto de fe aquel que me llevó hasta ti, antes de perder de nuevo:
...Y un frío de matadero me recuerda tu distancia...
(M.)
Ahora que me han dejado solo,
que soy esa guitarra que percute a oscuras
en el rincón azul cuando ya no la oye nadie
ahora que la casa es epitafio
y una brisa notaria resume en cada alcoba
capítulos de sueño y llanto adulto
y lámparas de sombra y la certeza
de la llamada aquella que no he de recibir nunca
ahora que soy sombra, y abdicación, y solo,
quisiera recordar
que observé fiel mis votos de pobreza,
que recé con la luna en la tronera del baño;
que procuré no oír la aldaba de esta celda
mientras duró la noche, duró el llanto,
duró la ingobernable libertad aquella
de ser otra vez solo.