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domingo, 17 de mayo de 2020

El lago




En qué lugar me habrías esperado.
Cómo habría sido aquello.

Por qué callejas nos hubiéramos perdido,
uniéndonos en silencio al caminar.

En los faroles de ese sueño
duermen los demonios que encienden la fe,
y murmuran ancianas en los postigos
que todo será cumplido, “algún día”.

(Luego fuimos a mirarnos mucho tiempo
en los balcones de la luna,
y tu bahía lo anegó todo)


[abril]

martes, 3 de marzo de 2020

-Marzo-




Marzo no supo nunca a qué jugar
allí solo, en la plaza tan vacía.
No vino nadie: acaba de llegar.
Y no llegará nadie todavía

¿Pero quién, quién habría de llegar?
Llegó solo: llegó cuando debía.
Pero sabe que no hay con quién jugar.
(No puede llorar: él ya lo sabía)

Regresó, sin embargo; a pesar
de conocer tan bien la profecía
de la plaza del Tiempo y su girar

Descuido del invierno, lumbre fría
de abril: quién sabe quién puede llegar

Piensa: quién sabe si hoy será Tu día


[de Sonetos del Sol; '19]

domingo, 28 de julio de 2019

*



Puedo ofrecerte una lágrima: esta lágrima. No es mucho, pero si quieres puedes ponértela, usarla como pendiente o bestia de cristal, y cantarle en el crepúsculo hasta que duerma. 

Puedo darte mis harapos, los jirones de luz y sombra que me quedan; no podrás vestirlos, pero sí prenderlos en la hoguera: quizás su fuego azul invoque a alguien en el bosque. 

Puedo ofrecerte mi sombra, más cansada ya de mí, no de esta vida; y mi tristeza, que aún ríe cuando llora. 

Puedo ofrecerte las brasas hambrientas, no vencidas, de mi corazón a pie. 

Puedo ofrecerte mi fe: la que, a pesar de tanto como ya perdió, 
aún va a tientas, en la penumbra del pasillo,
como un niño ciego,
anhelándote 


[R. M. Ashram, Tirv., India; 31/VII/'18]

domingo, 30 de junio de 2019

De tu mano


De tu mano: volviendo ahora al camino
de las migas de pan que yo perdí,
que no olvidé jamás; que no comí
nunca por recordar siempre el camino

del hambre que llevaba siempre a ti.
De tu mano regreso ahora al camino
y entiendo que el recuerdo es el destino,
que el futuro también regresa a ti.

Sé que el Tiempo es un surco de adivino
que traza en su espiral lo que viví,
partiendo desde el centro del destino.

De tu mano, una voz oigo decir:
“Recordad el camino, el camino.
Recordad el camino por venir”.



domingo, 24 de marzo de 2019

(sucedió)




De la vida que no viví contigo,
recuerdo tu llegada: esperarte
en la plaza del secreto, vislumbrarte;
verte llegar temblando hasta mi abrigo. 

Recuerdo el cimbrear de tu cintura,
tu escándalo, tu cántaro de trigo;
cómo dabas tu pan a este mendigo
con sólo contemplar tu levadura. 

Recuerdo tu callar ahí en la piedra,
quemándose tu llanto en la ternura,
la tarde en la que el dios nos separó. 

El crepitar de luto de tu hiedra
al decir: "Pudo no pasarnos nunca. 

Al menos todo esto sucedió".


[VIII/III] 

miércoles, 13 de febrero de 2019

El espejo; el espejismo




No quiero mirar más el espejismo
que llama al otro lado del deseo.
No quiero seguir siendo ya este reo
velando en una cárcel el abismo.

No quiero velar más el mausoleo;
no quiero ver el sueño de mí mismo
buscando en un espejo el espejismo
del agua que no sacia lo que veo.

No quiero ser ya más este mendigo.
No quiero más del cáliz de la muerte.
No quiero ser ya esclavo de tu anhelo.

No quiero ser ya más ese testigo
que sólo esperará volver a verte.

(Te espero en el altar detrás del velo)


[T. M., IX/II]

jueves, 31 de enero de 2019

Alucinación -¿última?-




En la habitación a oscuras,
los niños muertos de miedo: en la habitación que es un pasillo que es el laberinto
del que cayeron volando y les dejaron solos

entonces lloran, lloran y se abrazan,
la niña y el niño,
de tanto miedo y tanto amor entre lo oscuro


Pasaron nueve mil años


se fueron de allí, del uno al otro, andando andando los dos niños, separándose en lo oscuro


Pasaron diecinueve mil años


entonces clamó el sol
en la campana en punto del colegio
–la vega acababa de nacer–


Se encontraron
Se miraron en la lágrima
Se rindieron el regalo


Habían pasado cien mil años


y andando andando en su pasillo oscuro,
donde debieron separarse,
volvieron a abrazarse:
vuelven a llorar por separarse



Habían pasado veinticinco siglos en la Estrella



“ –¿Sabes dónde está tu casa? 
¿Vas a llevarme de la mano?


[M., 20/I/'19]


martes, 1 de enero de 2019

Aquí lejos




En la luna habrá fiesta hoy desde el crepúsculo:
se preparan antorchas y máscaras y niños;
hermosas madres con candil les llevarán al laberinto,
espantarán al monstruo que vive en la espesura
y luego le invitarán también, le dirán que no se asuste;
jugarán con el viento y las hespérides
riendo de candor en las hogueras
que no apagará el alba,
que ahuyentan el terror de lo perdido

Bailaréis allí,
jugaréis ebrias de luz toda la noche,
mis mendigas;
seréis felices ya en la eterna sombra azul
donde nadie puede haceros daño

Desde aquí os veré,
velaré vuestra alegría;
seré siempre el centinela que os proteja
de todo lo que ya no duele

Levantaré la copa
y cantaré toda la noche esta canción
hasta dormiros,
hasta que no quede un demonio ya despierto
en esta noche que os bendice

[I. M., XXIV/VIII/MMXVIII]



lunes, 3 de diciembre de 2018

'Descalzos'


Olvidad las promesas,
olvidad los juramentos.
Olvidad la carrera de cuádrigas
que corre insomne al precipicio.
Olvidad el propósito,
olvidad el traje,
el murmullo de fiebre toda la noche
que roe el corazón de cáncer del que espera

no esperéis nada,
no crujáis,
pues es la urgencia de la máquina sonámbula,
la risa de niebla de la mentira del bufón

recordad el árbol
recordad el águila

Olvidad el blasón de la soledad,
el diamante de heroína de la soledad,
el príncipe de las soledades absolutas

Olvidad el palacio de mármol
que la hiena adula en el desierto

recordad el árbol
recordad el árbol

Olvidad la investidura de humo
que el miedo impuso en cada fila;
olvidad la clase, olvidad el número,
recordad el llanto


Recordad el pájaro que canta
porque así lo sueña el árbol

Recordad el camino Recordad el camino
                                                                                                   Recordad el camino.


[El Albaicín, '13]



lunes, 1 de octubre de 2018

...-II-




en las calles del otoño primero,
el frío primero y su presagio de miedo en la ventana,
hacia las calles desvanecidas que cierran los postigos,
desertando el verano como un ladrón por las esquinas
que hubiera robado a los niños,
en el anochecer como un lamento quieto
de fulgor de cripta cerniéndose al balcón,
                 de algo que ya no será posible


(mientras reza por nosotros la vela compasiva
que aún protege todo)


domingo, 23 de septiembre de 2018

Alucinación (XXII)


(un cortejo
en el que yo fuera el féretro
y vosotras la bandada

en el que yo fuera el pájaro
y vosotras el crepúsculo


una ceremonia dulce en la que
me enterrarais
en el país del olvido)


[C. M., 8 'VII]



jueves, 13 de septiembre de 2018

...




Por ti
canta en el camino la que implora,
la viuda del viento,
la que vela el horizonte


pidiendo por ti,
rogando por nosotros

un milagro
que regrese



sábado, 23 de junio de 2018

Sortilegio de San Juan (Alucinación - XIII)


Quién eres, preguntaba, quién eres, hija del fuego que emergió en lo oscuro, en la hoguera verde de una danza. Quién eres en el rito pintado de panteras; por qué tu sombra ardiendo; de dónde tu mirar de profecía. Te he estado buscando y ahora quiero saberte, y que siga tu muerte bailando en torno a mí como la noche de este bosque en que me atas. Te he estado acechando y ahora tu bestia me rodea, trenzándome en el ojo verde de una máscara. 
En la danza de una llama que responde

Si nos debemos encontrar nos encontraremos

enroscándose y muriendo 
en el frío vencido del puñal



lunes, 9 de abril de 2018

Oráculo #2


“…Y llegarás de la batalla
hasta este bosque de Poniente,
hasta el cortejo de cipreses
del crepúsculo vencido;
donde aguardan las vestales
ofrendarte en una pira:
tú solo el oficiante y el ungido;
el sacerdote, el elegido, la ceremonia.”


[2011]

domingo, 17 de diciembre de 2017

'Memorias del fantasma': nuevo poemario



"Demasiadas veces he dicho ya que vivimos de fantasmas; que quizá no seamos más que espectros buscando en otros espectros el conjuro prometido que nos salve.
            A falta de aquello que tal vez, en alguna noche compasiva, nos haga despertar, toda nuestra vida (quiero decir: nuestro sueño) suele reducirse a este baile diabólico, este velatorio en carnaval; esta guerra, íntima y sonámbula, entre lo que perdimos y lo que esperamos: casi siempre entre un desgarro y un anhelo, un abandono y una huida, una esperanza y una desesperación. (Muy rara vez aquí, casi nunca en el ahora.) “Se canta lo que se pierde”, decía Machado: para honrarlo, para pedir perdón y besar de adiós su tumba ya sagrada; se canta, también, lo que se anhela, lo que no se tuvo nunca: para invocarlo. Quizá los dos rostros de un mismo paraíso perdido. 

            Los primeros balbuceos de lo que acabaría siendo este volumen –hace ahora siete otoños, en cierta ciudad al norte del Norte en que viví, donde ya había sabido del fantasma– sólo trataban de ser un divertimento; un ajuste de cuentas, mitad reverencia, mitad beso envenenado, del currículum sentimental de mi primera juventud: otro canto a lo perdido. Saqueando el botín de la memoria, me propuse rescatar los episodios más oscuros, y más luminosos –suelen generalmente coincidir–, virando de la culpa a la venganza, del guiño gamberro al homenaje. Para dar un lugar a sus espectros, reconocerlos y reconocerme en ellos, y mostrar a sus emisarias mi gratitud. ...Pero también, al mismo tiempo, en folios paralelos, traté de reconocer y descifrar un rostro mucho más esquivo, más antiguo e improbable. Ése que, ya en la infancia, había susurrado un escalofrío dorsal desde todos los recodos de la noche, prometiendo algo; algo que esperaba en algún sitio para investirme con su ley, así como sentía de niño que la tarde me ordenaba caballero con las últimas luces rojizas del monte aquel... 

El fantasma: ese remordimiento tenaz de aquello que sucedió (o no llegó a suceder jamás) y que sigue mirándonos, silencioso, con sus ojos de lluvia desde el rincón, esperando el conjuro que lo absuelva; pero también ese conjuro alucinado, ese sortilegio, que nos usurpa los ojos y la respiración y la voz para hacernos vislumbrar el otro lado; para llevarnos de la mano, sonámbulos, a la otra orilla: allá donde habita aquello que buscamos desde siempre, que intuíamos sólo con la conciencia de la sangre, que sólo puede adivinarse con los ojos del sueño. Donde el amor reside.

Poesía: palabra que puede hacer audible, en esta orilla, esas voces del otro lado..."


[Ya disponible en La Fea Burguesía Ediciones]  

domingo, 26 de noviembre de 2017

El milagro



“Haber visto crecer a Buenos Aires, crecer y declinar...”. Declina el sol allí a lo lejos, pero crece su luz de faro, color carmín, salpicándonos en la cara y en los ojos a quienes miramos al altar desde el costado, de pie, esperando a que empiece todo en el crepúsculo. Crecer sería esto, pensábamos, decíamos (¿te acuerdas?); nos contamos así el cuento. (A la salida del colegio subíamos contigo, calle arriba, todos juntos, y era como si te lleváramos todos al altar, que era la ventana alta de la casa de tu abuela desde donde te asomabas, risueña, bellísima, para comprobar que el cortejo seguía allí, en el mediodía aquel interminable.) Esperando el milagro, el milagro; waiting for the miracle to come, comandante Cohen. Y qué curioso que nadie crea en Dios, pero todos vivamos esperando un milagro. Ya llega el (báquico) cortejo, la música exquisita, la novia en su vestido blanco y sus ojos de estar viviendo un milagro, el milagro por llegar. Al tratar de verla bien, mientras avanza, me ciega el sol con su lumbre tenaz, y en el rubio de ella recuerdo el otro rubio, el otro verde, los otros ojos de los trece años, aquella lumbre (“¿Recuerdas aquella noche en la cabaña del Turmo (¿o era el Kuasy?), / las risas que nos hacíamos antes todos juntos...?”). La descarga eléctrica del beso fundacional, en el sillón en penumbra donde podíamos caber los dos, qué disparate. Pudo ser en abril, quizás el veinte.

Ah, el rubio y el verde, el verde y el rubio –avanza la novia, casi llega adonde espera él, adonde lleva esperándola desde hace siglos–. Tú nunca me respondiste a aquella carta, la de la lluvia en soledad de septiembre, de vuelta del verano más largo de todos los tiempos (pero fui yo el que dejó de contestar, verdad?, algunos años después, cuando yo ya no era yo, ni esa playa era mi casa). El cura tampoco es un cura aquí, sino uno de los nuestros, quiera eso decir lo que quiera decir. “...La vida es bella, ya verás / cómo, a pesar de los pesares, / tendrás amigos, tendrás amor, / tendrás amigos...”, creo que ha dicho, pero puede que sólo suene en mi cabeza. Tendrás amigos, tendrás amor, tendrás amigos. Algunos de ellos –de entonces, de ¿ahora?– están aquí al lado, más allá, y pienso al mirarlos que crecer debía ser eso también: esas corbatas de padre, esas canas clandestinas aún, la silueta hermosa, como otro sol de perfil, que espera a que otra niña igual de hermosa llegue para seguir escuchando el cuento. Yo te contaba cuentos en la cama, recuerdas, loca?, en el invierno en que temía que me dejaras otra vez (te contaba mis mil y una noches para que volvieras a la noche siguiente), junto a las velas y la hiedra de diciembre. Varios diciembres después me fui yo de allí, de la ciudad, del país, y dejé un cofre lleno de culpa bajo tu cama. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa, nos hacían salmodiar de niños en la misa –asesinos–. Con mi gran culpa miro ahora a la pareja de perfil, en el altar, al amigo que oficia, y algo se desmorona aquí dentro, declina, mientras otra luz crece del incendio hundiéndose a lo lejos, en el monte: yo escribiendo otros cuentos clandestinos, en una ciudad al norte del Norte, y esa carta que ya olvidé, o perdí, donde decías que no podrías hacerlo sin mí, que me necesitabas para el siguiente cuento. Pero yo ya no era yo –sólo después pude saberlo–, ni mi casa era ya la casa amarilla del sofá verde en la ciudad gris.

Haber visto crecer a Buenos Aires: crecer y declinar. (“Por favor, no te vayas”, “Me muero”, “Lo siento”; / “Que seas feliz”, “Escríbeme”, “Vete”, “Adiós”. / Tanto temblor y furia que se llevó el viento, / que tal vez aún exista en el sueño de un dios.) Ahora habla un hombre mayor que estimo mucho, un sauce viejo, y lo que dice, o cómo lo dice, o el verlo allí, simplemente, en la reverberación del sol último rindiéndose, me hace pensar que no debería aborrecer las bodas como suelo: suponen, en fin, una de las rarísimas ocasiones en que la gente se esfuerza por decir la verdad; unas pocas palabras verdaderas, como quería Machado en las tardes machadianas como ésta. Decir la verdad. (Siempre perseguí la verdad; hay que mentir antes mucho hasta empezar a vislumbrarla.) Cuántas veces te mentí, ¿verdad, mi amiga, mi interminable?, hasta entenderlo, hasta entenderme, cuando ya al templo del sur que levantamos juntos, la capital de mi fe, habrán llegado otros; otros que se odiarán, que se darán de comer, que follarán como dos lobos en la Luna azul del torreón.   

¿Era esto crecer, mi amiga, mi sonámbula?: ¿La rueda de las canas y los embarazos? ¿Un crepúsculo de etiqueta? ¿Un hombre que se emociona hablándole a su hijo? ¿Un ejército de centinelas (“...ya no queda casi nadie de los de antes...”) como testigos de un milagro que será eterno mientras dure?

Ya ha declinado el sol del todo; crecen las luces nuevas de la noche del bosque. Me tanteo los bolsillos (vacíos) del traje, suspiro; tomo a solas el vino primero, y brindo con nadie, para nadie, con los versos últimos del salto de fe aquel que me llevó hasta ti, antes de perder de nuevo: 

Tú solo el oficiante y el ungido;
el sacerdote, el elegido, la ceremonia. 


[Publicado en CTXT]


domingo, 30 de julio de 2017

Donde yo debía


...Y un frío de matadero me recuerda tu distancia...
(M.)


Ahora que me han dejado solo,
que soy esa guitarra que percute a oscuras
en el rincón azul cuando ya no la oye nadie

ahora que la casa es epitafio
y una brisa notaria resume en cada alcoba
capítulos de sueño y llanto adulto
y lámparas de sombra y la certeza
de la llamada aquella que no he de recibir nunca

ahora que soy sombra, y abdicación, y solo,

quisiera recordar

que observé fiel mis votos de pobreza,
que recé con la luna en la tronera del baño;
que procuré no oír la aldaba de esta celda
mientras duró la noche, duró el llanto,
duró la ingobernable libertad aquella
de ser otra vez solo.



Ayer/Hoy

domingo, 12 de marzo de 2017

El cofre aquel


Y de la maleta que dejé bajo tu cama,
de la reliquia atroz que allí dejé
como prueba y talismán de mi regreso;
de la bolsa que abdiqué
allí, bajo los pliegues dulces de tu cama,
y que era la fianza de mi viaje,
el cofre del tesoro que enterré, para volver,
bajo la arena ámbar de tu cama,

qué fue,
qué es lo que habrá sido


La dejé llena de luz,
de folios preñados de la lumbre
que dibujó un invierno el mediodía;
la dejé opulenta, colmada y
caudalosa,
                    terrible de sucesos
mas cansada; cansada
                                  

El polvo la asediaría
lento, a pedazos,
con su plaga silenciosa de abandono
y epidemia goteante hacia la tierra;
la luz sumaria del atardecer
la encendería, la quemaría,
la abrazaría agónica de escombros
en una hoguera negra que olerías sin duda
en los días de fiesta al despertar;
llena de sangre y culpa hasta los bordes,
anegaría de a poco los rincones
cuando no la viera nadie,
cuando sólo tú, tú sola


Te hablaría de madrugada, esa maleta,
ese baúl como un túnel de tiempo
te hablaría, te contaría desde su cráter
bajo tu cama
                       aullidos sordos de muy lejos,
recuerdos de naufragios en vigilia
que te despertarían de súbito,
aterrada,
con su estrépito feroz y penitente,
mojadas de muertos y de agua
las sábanas aquellas de tu cama

(No te dejaría dormir, tantas veces,
aquel cofre,
                       con su soplo funerario desde abajo,
su hálito de cueva en llamas)


Se tornaría pálido y febril,
el hatillo que dejé bajo tu cama,
aquel último equipaje que dejé
sabiendo, quizás
    (de alguna forma oscura, muy lejana),

que se quedaría allí sin más remedio,
sin más destino
que vivir allí como notario,
como prueba clamorosa de aquel crimen,
varada y boqueante esa maleta
hasta hacerse raíz bajo tu cama,
hasta hundirse en pozo en el silencio,
hasta hacerse un sepulcro en la penumbra,
una tumba sin nadie,
                                   una cajita de muertos
tan vacía ya, tan vacía,
que no pesaba nada y no lloraste
                                                          (no llorarías)
la tarde ésa cualquiera en que la abrazaste finalmente
para enterrarla sin dolor en el jardín.


[B., otoño '10. De Memorias del fantasma]