lunes, 23 de julio de 2012

Ismael Serrano o la cita necesaria


A mi amiga Mariel Bordené/Eloísa Dougherty,
campanilla del Sur,
que nos recupera del susto
con los ángeles del canto
en Ushuaia, Argentina,
diez años después



Una de las grandes lecciones que los profesores del arte y de la vida nos enseñan es que un artista no es sólo su trabajo: también suele serlo –aunque no necesariamente– su conducta. Si es cierto que no conviene confundir vida y obra, a riesgo de caer en pueriles equívocos o en incómodos, desagradables desengaños, también lo es que ciertas formas de estar en el mundo, ciertas maneras, cierta insobornable mirada de un creador sobre los sucesos y las cosas, quizá no hagan mejor el resultado de su esfuerzo, pero sí pueden colorear, alentar, mantener encendida una luz insomne, familiar, antigua, que inviste y hermana a cada pieza de su artesanía como un eslabón más de una misma memoria sentimental latiendo siempre en el escalofrío del seguidor, del cómplice, del cofrade.

Hay autores, por ello (y sospecho que es lo que sucede siempre con los más grandes), cuya proyección, cuya solidez en el imaginario colectivo no se funda exclusivamente sobre el éxito, ese diabólico término cuyas líneas jamás están bien definidas y que, máxime en estos tiempos de cortinas de humo y juguetes de usar y tirar, tampoco conviene confundir nunca con la victoria. Con la tantas veces secreta victoria con que la Fortuna condecora la valentía, la obcecación, la autenticidad de un artista, y que poco o nada tiene que ver con llenar auditorios o gozar de incuestionable prestigio público.

Ismael Serrano aúna legítimamente esas dos lecturas. O, digamos, la legitimidad de la una le llevó a la otra: su éxito, el hecho de que su música llene auditorios, sueños y conversaciones cotidianas a éste y al otro lado del Atlántico, no es ningún equívoco o malentendido precisamente porque la autenticidad le llevó allí; luego, la suerte, el azar, las leyes ocultas que rigen este tipo de cosas sólo han tenido que sentarse a escucharle a lo largo de los últimos quince años, como nosotros, simplemente porque este muchacho jamás bajó la guardia en su pulso con el mundo, su oficio y la vida. Cumpliendo sin descanso su parte del pacto.

Y es que, si no todos los discos de Ismael Serrano son imprescindibles (pero cuántas obras de cuántos artistas lo son?), él sí ha acabado por serlo; él sí se ha hecho necesario a fuerza de recordarnos tenaz, fielmente, cuál es el motivo último por el que se puso a cantar y nosotros a escucharlo, como a un hermano mayor en las barras de bar últimas de la adolescencia. Le descubrimos entonces –otoño del ‘98: yo iba a cumplir quince inverosímiles diciembres– y le abrazamos de inmediato, atónitos, subyugados y felices, perplejos de gratitud ante el acontecimiento súbito de aquel imberbe con voz de humo sin edad ni tiempo que parecía sin embargo haber estado ahí desde siempre, custodiando el mito de la juventud serratiana y el imaginario sentimental de transición de nuestros padres mientras apuraba el cubo de calimocho en el metro de Madrid y se manchaba de hierba los pantalones en el campus de la misma universidad a la que iría yo, años después, quién sabe si para seguir aquellas huellas. Fue escuchar los primeros compases de Últimamente en el Sol Música (se acuerdan?: aún podía oírse de casi todo en la tele), y pensar: “De dónde ha salido este tío, que no me toca nada y es mi hermano???”. Habebamus heredero de Serrat, hijo conocido de Silvio y Aute, vida después de Sabina. Veinticuatro -24- insólitos años contaba apenas la criatura cuando aquello, cuando nos hizo aquel regalo llamado La memoria de los peces. Luego nos enteramos de que tenía otro disco, anterior pero igualmente pasmoso (Atrapados en azul, 1997), y tuvimos ya que arrodillarnos, mitad devoción, mitad susto.  

Ismael Serrano fue, ha sido tantas cosas para quien esto escribe que resulta imposible ser ecuánime al hablar de él, y sólo los acólitos de la hermandad entenderán esto en fondo. Porque por supuesto que hay peros que ponerle (lógicamente, si uno no ha descuidado su honestidad crítica); pero qué relevancia tienen cuando uno se inició en la edad del dolor poniendo a sus lances esa banda sonora. Cantaba Ismael en las desolaciones iniciáticas y en las euforias del alma en cueros, cuando volvía uno de madrugada prometiéndose cumplir punto por punto las profecías de la aventura. Cantaba alentando en las heridas y cantaba en los primeros himnos del despertar político, cuando empezábamos a llamar a las cosas por su nombre y encontrábamos en el trastero de los abuelos los papeles escondidos de la Historia. Cantaba en sincronía absoluta cuando se consumían en sus rincones los abuelos del bando vencido y yo me enamoraba cada día y lo contaba todo y lo escribía todo en cartas desde Cieza que leía mi amigo Jorge en Cartagena oyendo también al otro lado la misma canción. Cantaba, en fin, durante las confesiones ante el fiscal nocturno tras cada desengaño y antes de cada desengaño y durante fines de semana eternos del instituto en que todas las noches llenísimas de escándalo, de vino y rosas, parecían ser –benditas sean– como aquella canción suya, La cita, en la que dos colegas que se corren una juerga memorable prometen, al despedirse, reunirse en el mismo bar pasados exactamente diez años.

Esos diez años, y algunos más, ya han pasado. Ya han pasado esos diez años, y alguno más, desde que salimos del instituto para cumplir todas las promesas del corazón. También han pasado muchas cosas, tantas y tantas cosas, en nuestras vidas y en la suya, en el mundo y en cada habitación. Wendy ya nos traicionó a todos pero no dejamos de beber y de llorar de ron en las noches azules junto al balcón abierto. Ya dejamos de reconocernos unos a otros en los bares de Malasaña, pero las miradas al pie de la barra siguieron siendo las mismas, en La Latina o en el exilio. Vimos princesas cabalgar desnudas al filo de la niebla y también, más pronto que tarde, claudicar ante la ley a las cenicientas más insolentes, más audaces en otra época a la hora de saltarse en marcha de las carrozas el toque de queda. Vimos al mundo rendirse al miedo y entregarse sin complejos a los tahúres que nos han traído estos lodos desde el polvo de los escombros de las Torres Gemelas, y a nuestro país caer al pozo de una infamia política y moral inédita en decenios [tranquilos: siempre podremos seguir cavando, una vez toquemos fondo, hasta alcanzar un día de éstos el núcleo terrestre]. Vimos el horror en Madrid, pero empezamos a asumir la incertidumbre que implica siempre la vida. Hasta empezamos a perder pelo: o se nos caía al hacer la matrícula en septiembre o nos lo tomaba incansable la loca aquella que siempre nos estaba dejando –qué estrés, qué estrés–; luego la vida echaría abajo su puerta, pero también todas las nuestras, las demás, irremediablemente. Fuimos creciendo, en fin; algunos, hasta madurando. Y unos se quedaron y otros se fueron, y algunos empezamos a amar aterrados los aeropuertos y algunas se quedaron a dormir en Barajas, como Penélope, y unos ejercieron sin saberlo de Victor Lazlo y otros tuvimos que aprender a enarcar la ceja como Bogart/Blaine, inevitablemente, por cojones vamos, que tampoco somos tan idiotas: al final siempre dio un poco igual, sin embargo, porque los de esta nuestra estirpe siempre estuvimos dispuestos a pagar las copas de los maridos de las mujeres que amamos tanto, dónde estarás, cuando nobleza obligaba. Estuvimos a punto de ver al abuelito Augusto palmarla en el trullo, pero el estado mundial de cosas se ha ido revelando tan tópicamente exacto a algunos versos del Papá cuéntame otra vez que al final nos estamos doctorando en AscoPena. Las hostias siguen cayendo, sigue en el metro esa mujer que se parece a ti, y demasiados colegas no han acudido a la cita. También se han ido cumpliendo algunos sueños, pero ya sabemos que no sólo por azar, o por suerte, sino por haber tratado, menesterosamente, de ser lo más fieles posible a lo que soñábamos, pautando todavía en la guitarra el Vértigo viejo en la penumbra como en las noches de oráculo de la selectividad. Volvimos, como Sísifo, una y otra vez, a las casas demolidas del amor; resucitamos en el templo de la fruta, los pájaros y la risa. Le pusimos pantalones largos al viejo Peter Pan para sobrevivir con honor al marzo de fiebre, temblor y naufragio de Buenos Aires.

En todo este tiempo, en todos estos años, unas épocas más, otras menos, unas veces con reconocimiento tranquilo y otras con renovados gratitud y entusiasmo, pero siempre, siempre con la profunda sensación de estar tomando el tren a casa, hemos acudido a la cita infalible que Ismael ha seguido estableciendo con nosotros en cada disco, en cada canción, en cada concierto; siempre puntual, fidelísimo y necesario ha cumplido Ismael con el jubiloso compromiso que contrajo hace ya tres lustros con todos nosotros, sus familiares, amigos, desconocidos íntimos, que esperamos sus acordes, su verso de calle y sueño y su declaración de abrazos como decía Miguel Hernández que espera siempre el pueblo a los poetas: “Con la oreja y el alma tendidas al pie de cada siglo”. Sobre todo –ay–, sobre todo en este mezquino siglo en que nos va a tocar a nosotros, con miedo y esperanza, con dolor, resolución y coraje, transitar el derrumbe de aquella infamia del fin de la historia. Como siempre sucedió, en cualquier época, al fin y al cabo.

Mientras tanto, seguiremos acordándonos de vivir todos los días; seguiremos siendo enemigos del ruido y partidarios de vivir con el compromiso sagrado, inaplazable, de ser lo más felices posible mientras dura el viaje; que ésa es, y no otra, la verdadera y más profunda deuda que contrajimos con aquéllos que se dejaron la piel y las uñas y el estómago para que podamos ahora cantar, escribir, besarnos en la calle y tener muy claro que hay ciertos suelos bajo nuestros pies que jamás dejaremos que nos privatice esa turba de miserables, sórdidos castrados para cualquier cosa parecida a la belleza. Es lo que algunos seguiremos intentando a toda costa: es la lección que algunos insustituibles referentes, como Ismael Serrano, nos han enseñado a lo largo de todos estos años, más allá de matices ideológicos o aparentes eslóganes de ocasión. Porque ésa es nuestra parte del pacto, lo menos que podemos hacer para corresponder a esos pedazos de belleza que han puesto temblor y escalofrío a algunos de los momentos más decisivos de nuestras vidas, pomada y gasas a nuestras cotidianas tristezas; que, como las canciones de Ismael Serrano, vienen siempre a ofrecernos una mano y un motivo, una hoguera, un trago y un recuerdo de hogar cuando arrecia la derrota, el insomnio, el desamparo.

Decía el señor George Steiner que la crítica literaria (cualquier tipo de crítica artística, añadiríamos nosotros) debería surgir de una deuda de amor. Servidor pretendía un vistazo sucinto, un homenaje, un saludo riguroso y guerrillero a la trayectoria del más célebre paladín, primum inter pares, de una generación prodigiosa de trovadores, pero ya ven, no ha habido forma; y al final me ha salido un delirio perfectamente denunciable a los de azul [y aún así y con todo se me quedan cosas en el tintero: que alguien me denuncie ya]. Es lo que suele suceder cuando intenta uno saldar humildemente ciertas deudas. Esta deuda es infinita y viene de muy lejos, así que intentar pagarla en estos términos suele resultar inútil. Que continúe Ismael acrecentándola con su voz y sus silencios, con su guitarra alerta y su relámpago en los ojos, y que sigamos todos nosotros escuchándole en un mismo escalofrío, del Cono Sur al Mediterráneo, tratando de saldarla cada día en la insobornable determinación de no dejar jamás de ver más allá del horizonte. Y que todos ustedes lo vean en días más piadosos, más festivos, más felices.



viernes, 13 de julio de 2012

"Cosas muy claras / que no son verdad"

Durante bastante tiempo he vivido sin televisión. En países distintos, en épocas alternas. En realidad nunca supuso ningún trauma, pues ya desde los tiempos de la facultad en Madrid empecé a pasar bastante del rollo, por voluntad o por fuerza, entre las escasas cosas que me interesaba ver y los rigurosos consejos de guerra que en los pisos de estudiantes se suelen celebrar a cuenta de la posesión del mando a distancia (El Mando), terroríficamente parecidos, demasiadas veces, a las juntas de vecinos de Aquí no hay quien viva. Algunos tenemos esa suerte, la de encontrar en ciertas pantallas mentales, de papel, tinta o humo de sueño, historias tanto o más adictivas que las que ofrece ese aparato (incluso más peligrosas, si cabe); más necesarias aún cuando, además, no siempre ha dispuesto uno de conexión a internet: o sea, a la HBO –que ésa es otra

De modo que no la eché de menos en absoluto cuando, en cierto diciembre de exilio y fantasma, de velas y mudez, me fui a vivir solo a una casita en el desierto de nieve del centro de Europa. Mi palacio de papel. Había otras televisiones, allí. Una era un cuaderno azul a rayas; otra, un ventanal que miraba hacia la calle, la noche y los cuervos de los tejados; la tercera consistía en mi alucinación constante y cotidiana. (Y juro que puede uno volverse mucho más loco que haciéndose un maratón catódico entre Intereconomía y Telemadrid hasta arriba de anfetas)

Así estuve casi dos años –sin tele, digo, que la vida de ermitaño duró poco, a dios gracias–, y, tras el paréntesis de otro año, más o menos, regresé finalmente a ese silencio monacal que puede revelar dragones en el salón, y que también provee de impagable calidad de vida. De salud, que es lo principal, como decían las viejas de mi pueblo

He dicho salud, y no ha sido a la ligera. Porque de manera lenta, casi imperceptible, he ido abrazando como un dogma las infinitas propiedades benéficas de vivir sin ese trasto; cosa que, por cierto, el ser humano soportó perfectamente durante varios millones de años, hasta los 50 del siglo XX o así. Puede uno pasar de esta forma noches enteras de vino y penumbra conversando con quien más quiere, por ejemplo, llegando hasta lo más profundo de uno mismo y del laberinto. Puede escuchar mucho más durante el día el sonido del silencio, que es algo a lo que la mayor parte de mis congéneres ha ido renunciando con urgencia en las últimas décadas, acojonados por si alguna vocecilla interior les pide ciertas incómodas explicaciones. Puede ahorrarse basura ambiental y ganar en claridad de ideas [demasiada información es des-información en la mayoría de los casos]… Puede, en fin, aprovechar muchísimo más el tiempo, sobre todo si uno es propenso, como servidor, a embobarse con el vuelo de la mosca

Y sin embargo todo esto ha quedado lamentablemente relegado a un segundo plano en los últimos tiempos. Estas ventajas, quiero decir; estas menesterosas conquistas. Porque, a lo largo del último curso, lo de vivir sin televisión se ha convertido también en una cuestión de supervivencia moral. No insinúo ni remotamente que para conservar la decencia haya que tirar la tele por el balcón: simplemente, que esta desolación, la terrorífica, escandalosa, implacable desolación con que nos están azotando diariamente los amos del universo todos estos meses, ha provocado que el hecho de tener o no la televisión encendida pueda suponer la diferencia entre la esperanza y la depresión, entre la alucinación y la tranquilidad necesaria para ponderar la realidad en su justa medida


En mi soledad
he visto cosas muy claras
que no son verdad

, escribió una vez, desde dios sabe qué abismo, don Antonio Machado. Que era un sabio muy consciente de que demasiadas veces las cosas que vemos en los sótanos de la conciencia, como pájaros de luto, son sólo sombras, escombros de marionetas bailando al son de la música siniestra del miedo. En el caso que nos ocupa, del miedo que a los psicópatas que mueven nuestros hilos les conviene tanto que sintamos

Porque yo no sé ya, a estas alturas, cuánto del miedo que sentimos es real y cuánto es el imperativo, el clima o la necesidad de ese miedo. He vivido todo este tiempo sin televisión, pero por supuesto no desconectado del mundo. En los últimos meses sí que conservé la costumbre de echar cada mañana un vistazo a las portadas de todos los periódicos al pasar junto al kiosco. También dejé de hacerlo. Que nos vayamos todos ya a la mierda, pensaba al reanudar el paso, al confirmar cada día que hasta el periódico de referencia también era ya inútil. Que todo se hunda ya de una puta vez si es que tiene que hundirse, pero que no nos sigan llenando de miedo y asco todos los días con leyendas y conceptos de ciencia ficción (prima de riesgo, rescate, recapitalización) que prácticamente ninguno entendemos de facto porque no les interesa que lo entendamos. Que se joda todo ya, si es que se tiene que joder, pensaba, pero que se acabe ya esta puta incertidumbre y así al menos podamos volver a empezar


El otro día me mudé. Por décimo-no sé cuánta vez ya. A una casa blanca, amplia, barata, recién pintada, con vistas a los sueños lorquianos que tenía uno de adolescente, cuando mucho antes de casi todo (sí, lo siento: yo también soy feliz, a veces, en medio de la desgracia de los hombres). De entre las cosas que los anteriores inquilinos dejaron allí, una tele. Un monitor. Hasta me alegré un poco al enchufarlo, pensando que al menos en el calor de la siesta y en algunas noches podría pillar algo que merezca la pena. Era la hora de comer, así que puse –viejas inercias– el telediario. Salieron los psicópatas retorciendo por enésima vez el tornillo del garrote vil. Duré poco. Ya con la comida acabada la volví a encender. La Sexta 3. Ponían una película bellísima de José Luis Cuerda basada en un relato tanto o más hermoso y terrible de Manuel Rivas, La lengua de las mariposas. Hacía años (mucho antes de casi todo) que no había vuelto a verlos, ni la película ni el libro de relatos de Rivas (Qué me quieres, amor). La pillé, precisamente, en ese momento en que en la escuela homenajean al maestro, interpretado de manera subyugante, tremenda, conmovedora, por el inmenso Fernando Fernán Gómez

Pillé esa película justo en el momento en que el director del colegio le dice al profesor gracias, muchas gracias, en nombre de todo el pueblo, y los padres de los niños aplauden, y los niños aplauden, y el cura y el militar se miran de soslayo diciéndoselo todo sin decir nada, y un padre malencarado, rufián, se lleva a su hijo de la clase como una exhalación, borracho de ira, justo cuando, con los ojos húmedos y el corazón en la garganta, el maestro Fernán Gómez dice para todos los que le oyen (cito de memoria): “Si conseguimos que al menos una generación, una sola generación, crezca libre en España, ya nadie podrá quitarles la libertad”


Y, como otro maestro -José Hierro- en una situación parecida,

no le he dicho a nadie
que estuve a punto de llorar



miércoles, 4 de julio de 2012

Félix Grande: el pozo, la lágrima, la victoria

Existen deudas del corazón que uno no terminará de pagar nunca. Existen tutores del corazón a quienes uno no terminará nunca de agradecer su consuelo, su ofrenda, su investidura. Las líneas que siguen son parte de un trabajo más extenso sobre el capitán de la poesía Félix Grande. Fue publicado hace unos meses en la revista República de las Letras, con motivo de su 75 cumpleaños y de la reciente aparición de su nuevo poemario, Libro de familia, tras décadas de relativo silencio poético editorial. Lo que en principio iba a ser un saludo hacia ese acontecimiento literario, aspiró sin embargo, finalmente, a saldar un antiguo asunto de honor con uno de los artistas a los que más debe este humilde plumilla, aprendiz de discípulo de todo. No creo que lo consiguiera; sí me quedó, en cualquier caso, la fiesta de celebrar su obra, la alegría de abrazarle de nuevo en la distancia y el orgullo de haber hecho, honestamente, todo lo que pude.

(Ya sabéis: todo lo bueno
que uno malamente pudo)


***


Hubo un niño, una vez, que antes de aprender a escribir ya había aprendido de memoria, bien aplicado, bien atento y perplejo en la primera fila, el abecedario del terror inscrito en el brocal de un pozo.

Hubo un niño, una vez, que, después de remontar como una liebre los campos amarillos, y de mirar mucho al horizonte con la aventura en los ojos, y de vislumbrar el escalofrío en los ojos de otra niña del pueblo que apartaba la vista y sonreía, salió al patio de su casa, despacito, para aprender de golpe y sin remedio una lección que algunos tardan décadas en aprender, y otros muchos evitan aprender estrictamente, muertos de miedo.

Hubo un niño, una vez, que aprendió muy pronto –¿demasiado pronto?– el sonido del silencio goteando en una víspera, el respirar del lobo tras la puerta cerrada con llave por los adultos, y esos golpes de la vida, tan fuertes, ante los que sólo cabe enmudecer.

Aquel crío se llama Félix Grande Lara, y acaba de cumplir –perdóneseme la indiscreción– setenta y cinco años. Setenta y cinco siglos, setenta y cinco estocadas, setenta y cinco fiestas con candil celebrando esta cosa rarísima de respirar y ser y estar vivo. También tiene planta de seductor irredento, un pasillo infinito lleno de libros, una mujer –Francisca Aguirre– a quien acompaña y le acompaña desde hace medio siglo, una hija –Lupe– que heredó su perfil, una patria en Tomelloso –Ciudad Real– y otra en Santiago de Chuco –Perú–, un heterónimo que se llama Horacio Martín, un billete de vuelta a Atocha, una guitarra que le abandonó por Paco de Lucía, un retrato del pincel de Luis Eduardo Aute, las manos cuarteadas por el amor, la cabeza como una cosecha de nieve, un banquete con Neruda, una deuda con Cortázar, el altísimo honor de que Luis Rosales le ordenase caballero y el nada desdeñable honor de que otro mago verbal la cagase estrepitosamente, por una vez, al endosarle un adjetivo. Cuando habla no habla: saca del fondo de algún río íntimo palabras que son gemas, fruta, música; cuando te mira en silencio, y te escucha, parece venir de muy lejos, como para darte la mano por un camino que él ya transitó mucho tiempo antes que tú. También es, como su propio apellido indica, uno de los más grandes poetas en lengua castellana que haya dado el siglo XX, a pesar de insistir siempre en quiénes son los maestros, los "capitanes del idioma", y sólo consienta denominarse "aprendiz de discípulo" de esos templos; no es falsa modestia: es que este caballero no concibe faltar al respeto a sus mayores, los que le han dado pan, cobijo, apretura, desde que quedase a la intemperie. Pero como yo soy un poco más gamberro, y mi gratitud hacia él es paralela a la suya hacia esos nombres legendarios, no tengo problema en contradecirle, tocarle las narices, ponerle en su sitio, y llamarle Capitán.

Fue hace ya siete inviernos (yo tenía veintiún años, mucha prisa y un cuaderno preñado de tinta azul hasta los bordes) cuando encontré en una librería madrileña, o me encontró a mí, un libro titulado 'Biografía (poesía completa 1958-1984)'. Un libro puede producir muchos estados de ánimo; este libro fue una revelación. Cuando se establecen –o los estableces tú mismo– paralelismos atónitos entre lo que lees y lo que vives; cuando una voz lejanísima parece contarte una historia que tú ya sabías desde dentro, pero que nunca habías dicho en voz alta; cuando unas páginas conspiran para convertirse en un espejo múltiple que refleja tu historia en todas las esquinas, estalla uno de esos milagros que sólo el arte es capaz de urdir: la reunión con todos los seres que han pasado por aquí antes que tú, acercándote la certeza de que no estás solo en mitad del vendaval.

La conmoción fue mayor si cabe ante el hallazgo de ciertos “escabrosos madrigales” firmados por un proscrito, furibundo solitario y forajido sin perseguidores llamado Horacio Martín, dizque “mejor amigo” del tal Félix Grande. Un fulano nebuloso, supuesto biznieto del machadiano Abel Martín, que se me (nos) había adelantado imperdonablemente escribiendo el poemario de amor y rebelión que cualquier pobre, menesteroso aprendiz de furtivo hubiera querido escribir. [De hecho jamás te lo perdonaremos, Horacio, que lo sepas: estés donde no estés.] Me es difícil no caer en personales (fantasmales) disquisiciones sobre qué significó, significa ese libro para mí; me apresuraré a notificar que muy pocas veces se habrá escrito un catecismo tal sobre el deseo, la rabia y la desolación, un manual tan implacable contra los enemigos del placer, un susurro tan escandaloso de hombre sublevado contra el tiempo, el olvido y la ceniza, defendiendo a cuchilladas la belleza

"...Tu piel junto a mi piel, eso es lenguaje.

Todo cuanto pretenda enmudecerlo
maldito sea"

Félix Grande –cómo evitarlo– fue una conmoción, un rayo súbito, porque (él sí) “mete la boca entre los muslos de las sílabas”; las lame, las muerde, las venera; las honra con sudor, con sangre, con lágrimas, con semen, con maldiciones; contempla en su cuerpo las constelaciones, las mareas y el Tiempo y luego la aniquilación de las constelaciones, las mareas y el Tiempo para acabar lanzando un aullido salvaje desde el fondo de la especie: “clamar socorro como el nombre de un dios”. Desde el fondo de la especie: porque no se pude entender su obra, ni este libro ni ninguna línea de las miles que ha escrito durante toda su vida, sin una concepción fraternal de la palabra poética, ésa que nos reúne a todos como hermanos ancestrales para mirarnos a los ojos mientras todo se derrumba y “avanza la carcoma camino de los goznes”. Una concepción que ya traía inoculada desde su infancia (campesina, humilde, de hombres y mujeres humanísimos y de la tierra), y que ese mendigo rotundo, ese príncipe del desamparo llamado César Vallejo le acabaría enseñando a pautar. Difícil encontrar en su obra –no sólo poética, también en prosa– alguna pieza en que la alegría no contenga un algo de descomunal abrazo de muchedumbre, o la pena una limosna de calor para los últimos: si hay homenaje, será para todos; si hay orfandad, será universal.

Es una ética, es una estética: es una moral. El arte literario llevado a las más altas y necesarias consecuencias como implacable arma de inocencia, de protesta, de dolor y de amor (los cuatro puntos cardinales –consanguíneos, anudados, indiscernibles unos de otros– de toda esta poética) al servicio de una belleza subversiva: ésa que nos lleva a todos, finalmente, a reconocernos en un sueño comunal de –otra palabra clave aquí– concordia. La obra de Grande entronca así con la mejor tradición de aquellos que a lo largo del Tiempo, pero sobre todo durante nuestro problemático y febril siglo XX, han tratado de encender en la noche del bosque algún candil que alumbrase para todos el camino; esos “grandes escépticos que supieron dudar de todo sin caer en la misantropía ni en la frialdad de corazón”, en certera definición de Muñoz Molina. Antonio Machado, César Vallejo, Feodor Dostoievsky, Albert Camus, Luis Rosales, Franz Kafka, Octavio Paz… Paladines civiles que han puesto toda su piedad y todo su genio al servicio de ese día en que los habitantes de este desventurado planeta nos veamos “al borde / de una mañana eterna, desayunados todos” (César). Viejos soldados que, saltando por encima de la inercia, del miedo, de lo aborreciblemente testarudo de los hechos (aunque no ignorándolos, sino precisamente desafiándolos), han sabido reunir, con un pie en el desencanto y otro en la esperanza, como "optimistas que parten del desengaño" (Rosales), con toda la humildad y el coraje posibles, esos pedazos de inocencia de hace décadas para aprender a vivir cada día.

De esto, de todo esto viene Félix Grande. Desde su iniciático, prodigioso homenaje a Vallejo en Taranto (1961), desde Las Piedras (1963), hasta la secreta majestad de sus sonetos a Daena (1985); desde el inmenso Sobre el amor y la separación (1996) hasta las monumentales memorias noveladas La balada del abuelo Palancas (2003); desde Música amenazada (1966) o Puedo escribir los versos más tristes esta noche (1969) hasta Blanco Spirituals (1967; en el mejor sentido del término, un libro modernísimo: hoy, y sospecho que por muchos años) o La cabellera de la Shoá (2010), ese insólito, larguísimo, apabullante poema sobre el Holocausto redactado hace apenas dos años sobre el que cabría escribir muchas más páginas, pero que, por resumir, habría hecho enmudecer a Walt Whitman y Alejandra Pizarnik y brindar con bourbon a José Hierro y Blas de Otero (quizás amarillear de envidia a san Pablo Neruda). Llámenlo como quieran; invéntense un nuevo término aquellos que censaron la poesía social y lo anterior y lo subsiguiente; tracen una nueva frontera los amigos de las líneas, los esquemas, las escuelas y las generaciones, ésas en las que (dicen siempre) es tan difícil encuadrar a nuestro poeta de marras. Por mi parte, sugiero humildemente que lo coloquen en ésta: la que seguirá dando calor en varios tomos cuando todos nos hayamos ido.

Félix Grande acerca las manos a la hoguera del idioma para quitarse el frío, sacudirse el desamparo, y escribir a su luz una plegaria que puede ser un canto de escolar o un salmo dolorido de anciana tras la puerta. Llega exhausto, tras remontar senderos de niebla o mediodías llenos de sol con los más suyos, y hace guardia toda la noche en torno al fuego como si cada poema fuese una oración de llanto, rebelión o gratitud que rendir puntual a su familia inmensa de insomnes semejantes, los que tampoco podemos dormir. Escribe como un soldado muy alerta, como un mendigo en su borde exacto, como un padre velando la enfermedad de un hijo que puede ser él mismo o todos nosotros, usted, yo, cualquiera, que desayunamos, pagamos alquileres, buscamos compañía y sabemos que algún día dejaremos de existir. Escribe para conversar con sus fantasmas, para escupir sobre el dolor, para dar un beso a ciegas, para no volverse loco. Escribe como una ofrenda, como una limosna, como un aullido. Escribe para honrar a sus cicatrices y escribe para ponerse una venda de consuelo en la herida irremediable de su pie, como hacía su abuelico: en legítima defensa.

Escribe, esencialmente, irreparablemente, para dar miguitas de inocencia y de calor a aquel niño que ha llevado sobre los hombros toda su vida, y que sólo hace poco aprendió a dormir sin sobresaltos, muy cerca de ese pozo donde las sílabas del terror apenas pueden leerse ya


“Mamá, no te mates”

Setenta años. Setenta siglos. Setenta veces siete estocadas entre el hambre y la dicha, el fervor y la angustia, la guerra y la democracia, el éxito y el miedo, Francisca Aguirre y la huida y Francisca Aguirre y Lupe Grande Aguirre y el océano Atlántico y América en llamas y vuelta de nuevo (siempre, siempre de vuelta de nuevo), ha tardado este muchacho, este implume mayorcito ejemplar, en conjurar una súplica tatuada a hierro candente en su conciencia, pronunciada cuando apenas había aprendido a hablar siquiera:

Mamá: No Te Mates

Mirad ahora, mirad: está hablando con ella. Setenta veces siete MamáNoTeMates después, ahí está, ahora, hablando con ella. ¿Lo oís, lo habéis oído?... Es un niño en un cementerio. Es una conversación bajita, vacilante y valleja; una conversación infantil, libérrima y bajita, de un niño que no ha dejado jamás de preguntar Por Qué, de un niño absorto ante el trono final de la primera novia, de la muerta inmortal del origen. ¿Saben ustedes escuchar? Es un susurro muy quedo, muy bajito, que arde en canas y eriza al mundo y "lo oye todo. Retumba".

Félix Grande ha escrito el poema de su vida. Félix Grande ha tenido que llegar al último recodo de su vida, al antepenúltimo escalón de la escalera de su vida, para escribir el poema de su vida. Se llama El madrigal del odio muerto, y llevaba esperando a ser escrito desde que, siendo él así de alto apenas, comenzase su madre a “enredar” con el brocal del pozo del patio de su casa manchega. [No llegó a matarse, no llegó; secretamente enloquecida por el miedo vivido en la guerra civil española, y que le atenazó hasta la muerte.] Es un poema que resume y sella su vida, incluido en un libro que ha esperado setenta inviernos a ser escrito, y que se llama (no había otra) Libro de familia.
Reconocerá usted al autor, si se fija bien en la foto, desde el principio [Grupo Escolar]:

Fila dos, desde abajo.
El sexto, de derecha a izquierda.
En tus ojos dos clavos de silencio,
garrapatas de sino. Cuánto miedo,
cuánto dos ojos, hijo mío, pariente
absoluto y menesteroso

Pues si oyen, si hacen oído, también verán a ese mismo niño hablando con ese mismo niño,  hijopaterno de sí mismo, setenta veces siete vendavales después. Óiganlo: es el consuelo. Es el niño en canas setenta años después, abrigando, revolviéndole el pelo, dando caramelitos de miel y de reposo a al niño que fue, abuelo-padre-hijo al mismo acorde, setenta años antes-después de todo:

Yérguete. Desapénate:
disfruta ya del desagravio:
esta cazuela de sosiego
que ambos nos hemos merecido:
yo aquí en tu infancia y tú allá en mi posguerra…
(…)
Atiende, hijopaterno de mí:
no van a fusilar a papá:
el maestro don Ramón es buena gente y no va a denunciarlo.
Merienda en paz: mamá no va a tirarse al pozo,
ni se va a ahorcar en el árbol del patio,
oh llanto seco en su jaula de susto,
pobre mamá, pobre mujer tu madre mía,
perdónala en mis canas, hijo…
(…)
No creas todo lo que deambula
por tu cabeza hereditaria. Te lo digo
en secreto: hoy es siempre todavía. Sss…

Hoy es siempre todavía… Sucede también que, gracias a muchas cosas, incluido ese verso del abuelo Machado, dos muchachos ancianos, compañeros de medio siglo en espiral, han alcanzado la meta; lo han conseguido. No están: son juntos [Péndulo santo]:

Yo era consciente de que hacías milagros.

Respirabas junto al brocal
de las heridas de mi niñez agarrotada

Por entre el lujo incógnito de medio siglo de vivir
ha ido llegando a casa la multitud indescifrable:
canas, arrugas, dietas, achaques: la vejez,
el tragaluz por donde nos es dado
contemplar el hermoso abismo de la vida

…Pero, si sigue usted leyendo, subiendo y bajando esa escalera bamboleante de medio siglo perfumada de mundo, olorosa a "la humedad insurgente de dos criaturas finitas", quizás se quede muy quieto en su sitio, mudo y muda; quizás se quede, te quedes literalmente sin aliento: porque Félix Grande acaba de decirle  a su bastón, a su mástil, al suelo bajo sus pies… o sea, a su mujer, Francisca Aguirre [Esta vejez]:

Vamos, yérguete de la silla, ponte guapa:
estamos convidados
a envejecer del todo, y a morir


Qué clase de suprema calma, me pregunto, de totalitaria lucidez, de valentía o paz o revelación o perdón o locura inversa o clarividencia suprema; qué clase de milagro pudo fraguarse para que el eterno insomne, abrochado en llagas (ése que escribiera que “somos los lentos forajidos que inventamos los mitos, las religiones y la historia, el lenguaje y las drogas y el amor, únicamente porque sabemos que vamos a morir”), para que este hombre de angustia legendaria pronunciara al fin tamaño descomunal alarido final de   
Triunfo?!!?

No tardaremos en morir, señora.

¿Cuántos versos han leído ustedes, habéis leído en vuestra vida, amigos míos, más transgresores que éstos? Reflexionad un momento sobre el significado profundo de la palabra transgresión, de la palabra subversión, de la hermosísima palabra desobediencia; y ahora pensad también en cuál es el mayor desafío, la mayor y más terrorífica condena de la vida de cualquier miembro de ésta nuestra especie de monos gramáticos, como nos denominara el bautista Octavio Paz.
“No tardaremos en morir, señora”; más aún: en “morir sonriendo”.
¿Qué es lo que ha sido; qué es Esto? Los que nos sentamos extasiados, acongojados de emoción, a ese banquete verbal de La balada del abuelo Palancas, supimos ya que este hombre en llamas andaba muy cerca de transmutarse en una hoguera tranquila, en una lenta brasa de sabiduría impávida ya ante el precipicio: “Ahí pude ya sin darme cuenta hablar de la guerra, de la posguerra, del hambre, del miedo, del dolor…, con naturalidad, y hasta con encanto" -me confiaría él mismo tiempo después-. "Yo nunca había escrito un libro tan afectuoso, ni un libro sobre temas terribles con tanta serenidad, y paz, y buen humor. Pude ya desprenderme de todos esos piojos emocionales que me tenían contraído, incapaz de perdonar a nadie, ni a mí… Bueno; de pronto llega una edad en la que no necesitas odiar, ni puedes odiarte más a ti mismo”. Y es que llegó el abuelo, su abuelo, Félix Grande Martínez (apodado Palancas por sus paisanos debido a cierta hercúlea proeza que emplazo al lector a descubrir por sí mismo), cincuenta años después de dejar de fumar, para tomar de la mano a su nieto y enseñarle a entrar en la vejez como entonces le enseñase a entrar en la adolescencia: mirando al miedo a la cara. “Mi abuelo no era ningún genio y cuando llegó la hora de morir no tuvo miedo. Mi padre tampoco; tal y como lo he contado sucedió: no era un ser particularmente excepcional, pero al final de su vida miró a la muerte con descaro; más aún: con descaro personal y con piedad para los suyos: no consintió que el deterioro depravase una vida poderosa. Por eso, el camino que nos toca hacer a los demás es conseguir que el miedo no nos enloquezca, que no nos convierta en seres perversos el espanto de dejar de ser, de desaparecer, de no haber sido”.
Es cierto, debe de ser consoladoramente cierto que, llegados a ciertas edades (lo aseguró otro angustiado victorioso que vive en un traje llamado Leonard Cohen), nuestras neuronas del pánico comienzan a bajar la guardia, encogiéndose de hombros con alguna insondable resignación; quizá con… alegría?! [Se me viene a las mientes ahora otra anciana legendaria, que dejó este mundo cuando a ella le dio la gana –a los 97 tacos–, y que advertía siempre a sus biznietos estar esperando ansiosa la visita de "la hermana Muerte".] También debe de tener una musculatura genética de primer orden quien es heredero directo de tal estirpe de gigantes morales: jornaleros del vino y de los montes y de las cabras que enarcaban la ceja impasibles lo mismo cuando se acercaba el nublao que cuando les iban a buscar de noche los señoritos con pistola; caballeros de la tierra con un pie en la alegría y otro en la fatalidad, con un pie en la llanura manchega y otro en la Casa del Pueblo y la Institución Libre de Enseñanza (ya ven: ese “intratable pueblo de cabreros” que tan alegremente escribiera alguien, aunque por otras causas, entre la pérgola y el tenis).
Todo esto debe de ser cierto, y vale en parte para explicarnos qué ha sucedido durante los últimos años en las últimas habitaciones de la sangre de este niño, nacido en Mérida en 1937 entre –no es metáfora– la calle Concordia y la calle Calvario. Debe de ser cierto, debe de explicarlo en parte, pero sólo en parte: no todo. “Sólo el misterio nos hace vivir, sólo el misterio” (Lorca): quizás, seguramente, es sólo el Misterio también quien nos puede premiar (si merecemos tal honor) con ese grandioso galardón de "envejecer despacito y morir sonriendo".

No tardaremos en morir, señora.

...¿Pero habéis leído bien ese verso? Chirría, escuece; provoca un ruido callado y estruendoso en las grutas últimas de la conciencia. Por varios motivos. Primero, porque pone negro sobre blanco una certeza pavorosa. Segundo, porque precisamente (paradójicamente) en los días en que vivimos es cada vez más difícil, más raro, más infrecuente, hablar del dolor: simplemente hablar del dolor –y mucho, muchísimo menos en estos términos definitivos. Este verso, ese poema, este libro definitivo del maestro Félix Grande chirría, escuece, provoca un terremoto sordo más allá de las cortinas del engaño, porque es como ese secreto a voces que nadie se atreve nunca a pronunciar, no ya en un poema, sino en la intimidad, entre las cuatro paredes de la conciencia donde solemos pensarnos en voz alta con la honestidad más brutal y a bocajarro…
…Perdone, ¿qué ha dicho…? ¿Impudor? Pues sí, claro que sí, señora, caballero; por supuesto: es que se lo ha ganado. Es que puede. No es una distracción; es una conquista. No es ya una cuestión de llegar a viejo: es una cuestión de entender del todo lo único que importa decirse. "Unas pocas palabras verdaderas" es otro eco machadiano que F.G. ha escuchado siempre, a lo lejos, a la hora de enfrentar una página: es una moral, ya lo dije más arriba. Es una estética exquisita al servicio siempre, fatalmente, de una ética ineludible que busca sin descanso la verdad. No la Verdad, por supuesto, con esa grotesca, irrisoria mayúscula, sino la verdad secreta, pequeñita e insobornable que no deja de protestar, de pedir que la vistamos con un poco de belleza para poder decirnos aquí estoy, así me llamo. “Soy tu propio dolor, déjame amarte” [déjame hablarte].
Todo arte verdadero es protesta, porque todo arte que aspira a la honestidad es un fiel homenaje a la inocencia, es decir, a la verdad; todo arte verdadero es protesta porque es, también, una infinita deuda de amor. Y el amor es siempre subversivo. El amor es el pilar más esencial de esta mesa poética de la que hablamos –junto a la inocencia, la protesta y el dolor– y sobre la cual celebramos este banquete mendicante y colmadísimo que es la poesía, la obra entera de Félix Grande. Hay quienes se dedican a este raro y noble oficio de aunar palabras que no han entendido esto, o que (profilaxis literaria también) simplemente no pueden llegar a esto por falta de abundancia vital o de lujuria expresiva (quedan en un aurea mediocritas poética porque no pueden o no quieren o no saben entender que la poesía es un acto sensual, o no es en absoluto). Lo que F.G. también nos enseña es que es sólo a pecho descubierto, en cueros si se quiere, en cueros vivos, como debe uno enfrentarse en una página a los enigmas, los miedos y las conmociones de la propia vida. (Y sí, esto es sólo una opinión; pero es que yo no soy objetivo: valga la redundancia).
En lo referente a este libro que nos ocupa, el lector también podría sentir algún comprensible desconcierto al encontrar, en un mismo poema, exclamaciones como “hijo de puta el miedo, / tus muertos, miedo, atrévete a volver, miedo de mierda!”… y exclamaciones como “¡Qué parto de tristeza, qué aborto interminable de dolor…!”; palabros manchegos tales como custión o mandanga aliñados con relámpagos endecasílabos como “tu atareada costumbre de morir”. Es una custión de gustos, claro, y para gustos los colores; pero esta voz libérrima, esta manera cuasi terrorista de mezclar en un mismo compuesto la taberna y la Academia, el diccionario y la canalla, la rima con el párrafo y el soneto con Johann Sebastian Bach, "el desollado altivo", y salir airoso del quite, lo consiente, por supuesto, un dominio de los resortes poéticos de primer orden, pero también otra cosa, o sea, lo otro. [No es casual recordar ahora que el autor se haya proclamado siempre un irreparable "guitarrista flamenco frustrado"; y qué inmensa deuda, por cierto, qué inmenso débito antiguo sigue acrecentando y enriqueciendo a ese arte milenario (Criatura de dolor) la pasión de este septuagenario tan niño y pacodelucía.] 
No se trata de gratuito funambulismo verbal, pasar de la historia del flamenco a la de las propias llagas, de la cantaora Tía Anica la Periñaca a Jorge Manrique, de su médico de insomnios y niño de Varsovia Jaime Szpilka a Juan de Mairena y los delfines: esto es maestría, sí, pero también la feroz, furibunda, insobornable autenticidad, verdad de la poesía de F.G.; que como tal verdad se escribe ya fuera de las normas y de los límites y del Tiempo porque la poesía ya es, debe ser, el Tiempo mismo que existe y que no existe a la vez al mismo arpegio en una larguísima y jubilosa conversación consigo mismo y con toda su historia, con todo su tiempo, con todo su amor, con toda su escalera junta. La poesía de este flamenco frustrado (¿?) no es ninguna estatua, ningún fuego fatuo, sino un hermosísimo animal de carne y canto y luces al que siempre se le ven (Lorca de nuevo) "los huesos y la sangre": por eso no hay distancia alguna entre Tomelloso y Santiago de Chuco; por eso los cadáveres de Mérida son los mismos de Austwitzch; por eso un conmovedor, irrepetible bramido vallejiano (“¡Amadas sean las orejas Sánchez!”) puede reconocerse hermano y consanguíneo fatal de otro seísmo pronunciado por una humildísima viejecilla, llamada Ana Ruiz, camino de la muerte y del exilio y del último verso de su hijo Antonio Machado: “¿Llegaremos pronto a Sevilla?”
El Lenguaje, inevitablemente, rompe a llorar.


No tardaremos en morir, señora.

Ese verso, tantos versos de este Libro de familia, en fin (como ya sucediese cuarenta años antes en las Rubáiyátas; como un saludo a las Rubáiyátas, incluso, al otro lado ya del amanecer temido), pueden resultar incómodos, abrasivos, porque son una herejía, una pura e implacable transgresión demasiado violenta para nuestro cobarde, anestesiado tiempo, para nuestra pobre y frágil y cobarde condición.
Y un prodigio mayor si cabe, un sortilegio, un inapelable milagro –sigo sin encontrar mejor término–, para quien hasta hace apenas cuatro días rogaba a ese mismo Misterio (a la Hermana Muerte) que le llevase antes que a su compañera de toda la vida. No es ningún secreto, él mismo lo ha dicho varias veces: había rogado puntualmente a todos los dioses paganos que le consintieran el último favor de no tener que seguir respirando sin la mano irreemplazable de su rima, su amiga íntima, la poeta Francisca Aguirre. “No podría soportar vivir en un mundo en el que ella no existiese”, me dijo una vez –él ni se acordará–, mucho antes de casi todo. Pero poco después lo pensó mejor, rectificó: concluyó que la verdadera prueba de amor consistiría precisamente en lo contrario, en dejar a ella irse primero; que no fuese ella quien sufriese la amputación. De nuevo un círculo, un péndulo santo irresoluble: virando, del insomnio del agua negra de la ausencia de su mujer, al agua negra que su propia mujer contemplaría en su ausencia [Esta vejez]: “¿Puedo / puedes podemos calcular el tamaño del pasmo, el grosor / del desconsuelo del primero que se derrame de la vida / sabiendo que al que se queda Aquí, al sentenciado, / le espera la orfandad desenfrenada, la inundación / de un mar de soledad prelógica? / ¡Quién deja al otro aquí? ¡Con qué energía / sobrevivir? ¿Con qué egoísmo ir el primero / al delito del abandono?...”
Pero tampoco olvida, cómo iba a olvidarla, a su hija, a la hija de ambos, Guadalupe: “es ella, es nuestra hija, la intrépida dulzura / que habrá de dirimir la potestad de su destino / entre el silencio de una tumba amada / y el estruendo de un alma en pena… […] Pero, amor nuestro, cuando llegue el día / recuerda que en tus lágrimas mamá te está pariendo, / y recuerda en tus lágrimas que nueve meses antes / mamá y papá lanzaron su placer al cuenco de tu nombre…

Y sin embargo, ah, sin embargo
(…) un poder misterioso mueve sus herramientas
desde las más insignes sapiencias de la tribu
y le arranca a esta veta de la catástrofe,
a este vómito de tiniebla, a este impavidez cósmica,
la convulsión de la felicidad

¿Oyes? He pronunciado al fin esa palabra inconcebible:
Felicidad, señora.

[Sí, Félix; también nosotros la oímos]:

… ahora tenemos junta a toda nuestra vida:
gorjean en La mayor todos los pájaros de antaño.

¡Éste era el premio! Éste era: (…)
esta señorial resistencia a las acometidas
del dolor y el dolor…


Éste era: éste era el premio. “Nuestra vida reunida, cauterizada, entera: mírala”. Éste era el blasón, el galardón último y final. Ésta era la victoria. El bisabuelo Palancas atravesando las brumas del Tiempo para venir a dar a Lupe las naranjas de la inocencia. El abuelo Rosales remontando tiempoarriba la calle Libreros de Granada para ir a dar clase por la noche y nunca ya de día, sin saber ya nunca de aquel colegio y aquel verdugo y aquel sombrero atroz. Horacio Martín rindiendo pleitesía al crepúsculo, a Ítaca y a Doina para “aceptar el fin sin dañar ni dañarse”. Miguel Hernández compartiendo su tabaco con Perico el Postinero. Julio Cortázar jugándose el tabaco con Juan Carlos Onetti. Félix Grande Ortega y María Lara Pradillos recién casados sin saber ya nunca qué sería eso que llamasen los viejos Guerra Civil. Una prenda de hoguera y tiempo tejiéndose y trenzándose imparable para Félix y los cuatro hermanos de Félix y toda la familia de Félix y la familia toda de Paca Aguirre y para todos los vivos y todos los muertos de una misma familia, mientras allá en un rincón César Vallejo y Antonio Machado beben de la vida, y ríen más acá Fernando Quiñones y Eladio Cabañero, y llueve Charlie Parker y llueve Piaf y llueve Caracol y el pintor Lorenzo Aguirre pinta sonriendo la escena toda: esto, todo esto era el premio: este tiempo que “ya es incendio en calma, / eco de norias, procesión de nudos, tertulia / de ausencias apretadas como los juramentos, / coro de espigas en el viento dormido, / templo en donde el silencio, con su elocuencia exacta, / litúrgica, nacida en la semilla de la música, / dice: Bendito sea cuanto aquí sucedió”.
Y un sueño, también era un sueño el premio, esta victoria: setenta inviernos, setenta veces siete MamáNoTeMates después (lo oyen, amigos, podéis oírlo???), éste era el premio...:

Madre: he tenido un sueño.
He visto la bisagra de la vida y la muerte.
He visto jadear al origen del mundo
en el átomo del Deseo.
He visto a las galaxias, sonrientes
ante tu pelo negro derramado en la almohada

Mamá: he tenido un sueño.
He visto la bisagra de la vida y la muerte
y al verla, allí, infantil, dormido, importantísimo
como el susurro de la Inauguración,
escuché el formidable estruendo de alegría
que se abre en el Espacio para parir los astros

¿Lo oís, podéis oírlo? Es un niño en un cementerio. Es una conversación bajita, vacilante y valleja; una conversación infantil, libérrima y bajita, de un niño anciano con un pañuelo apretado contra la boca, invocando a la lágrima más antigua del mundo desde el brocal de un pozo que ya no existe. Porque Félix Grande ha escrito el poema de su vida. Félix Grande ha hecho las paces consigo mismo, con su infancia, con su madre, con su terror, con “la soga, el árbol, la puta rama, el patio”, con su niño mismo. Para qué sirve la poesía, suele preguntarse a menudo. Pues para esto: para Esto. Por ejemplo, para urdir el sortilegio de que un anciano que durmió toda su vida en la cueva del miedo, atenazado, perseguido por el terror que le amamantó desde el origen (en los pechos de una mujer enloquecida por los terrores de la guerra civil), pueda ahora regresar, erguirse ante esa tumba, y 
depositar una limosna quíntuple
en la mendicidad exacta de tu muerte

Porque estos versos, este poema, este libro entero de Félix Grande es un sueño tenaz, un enigma sonámbulo, un territorio de niebla donde las palabras ya no son palabras, ese milenario y afectuoso nombre que les damos a las criaturas que nos dicen; esto ya no es hablar: esto es morder la tierra. Esto no es poesía; es una gota de escalofrío recorriendo lenta, implacable, la espina dorsal del Otro Lado. Quizás exagere ya, a estas alturas, pero es que calificar a todo esto con el común término de estilo es algo que rayaría en la ordinariez. Pues cómo describir –ya me voy rindiendo–, cómo esbozar aquí la conversación definitiva de un viejo y una muerta en asamblea en torno a la lágrima que responde a todas las preguntas

Acomódate, madre, en tu mecedora de tierra
(…)
La paz está llegando, madre
(…)
Todo va  a ser mejor que nunca:
ni tú verás mi miedo, ni viviré tu miedo,
ya no habrá miedo, ya no hay miedo…
(…)
…Luisita Grande Lara no volverá a morir
(...)
mirándote con pena purulenta…
quieta de pronto para siempre ante tus alaridos
y el sollozo de piedras de papá…
(…)
… Y ya no voy a verter la tacita de aceite. Ya no me voy a hacer otro siete en la camisa. …Ya no voy a derramar la taza del aceite con el maldito codo, y no vas a pegarme, coloradita por la congestión, loca de horror ante el aceite, tu mano, la alpargata, tu hijo… Espantada de tu violencia, furiosa por tu espanto, máquina de sufrir y de romperte y de romperme…

[Vallejo: …“Y ya no habrá reproches en tus ojos benditos, / ni volveré a ofenderte, y en una sepultura / los dos nos dormiremos, como dos hermanitos”.]


¿Me oyes, María? Desde tu mecedora de tierra ¿puedes oírme? … Desde tu atareada costumbre de morir ¿puedes, durante un instante inaudito, demorar ese afán, volver la espalda a esa sequía, y recibir en medio de la cara, en medio de tu sed resurrecta, el diluvio apacible de esta lágrima que te ofrezco como un ramo de siemprevivas? ¿Puedes oírme, María? … ¿Te besan con su broche de lágrima todas estas palabras de alegría? ¿Aceptas la mano empalabrada de tu hijo, de este viejo que habla solo, con un pañuelo apretado contra la boca?
con la luz ya sin susto de sus ojos … de repente me sonríe: me perdona: me quiere.  

…Vuelve. Casi tres cuartos de siglo después de todo, vuelve. Vuelve el implume mayor del coraje y la inocencia para postrarse ante el trono de cuna del primer llanto: condecorar con una lágrima el feroz, jadeante y ya victorioso argumento de su vida. Vuelve para entonar, como un abuelo de sí mismo y padre ya de la madre niña, en estruendosa voz muy baja, uno de los finales más escalofriantes, emocionantes, vallejos, que hayamos podido oír jamás (pues es el final compartido, milenario, de toda esta especie aterida; de todos):

Adiós, María. Descansa.
La tierra, el tiempo y yo somos tu cuna.

Duérmete, ea.

A la nana nanita del cementerio
una muerta y un viejo en asamblea.
Por fin lo que fue estrépito es ya misterio.
Duerme, mi niña, ea.
Pronto vendrá la luna
para lamer mi lágrima, para mecer tu cuna.

Ea, ea…

Por fin lo que fuera estrépito es ya misterio; por fin lo que fue llaga es ya una lágrima: una secreta, jubilosa, infinita y leal correspondencia. Lo más parecido a la eternidad.
Si tal cosa existe, Félix, mago, Capitán, esta gratitud innumerable, este escalofrío en los huesos del alma me asegura, susurrándome aquí cerca, que serás bienvenido.


Granada, febrero de 2012