Mostrando entradas con la etiqueta pifostio ibérico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta pifostio ibérico. Mostrar todas las entradas

viernes, 2 de diciembre de 2016

Crónicas parlamentarias (I)

Crónicas de la herencia recibida en CTXT (noviembre):



"Yo soy tu padre, Pablo Iglesias"

Era el primer duelo al amanecer de la legislatura, o sesión de control, a sable o pistola, entre Pablo Iglesias y Mariano Rajoy. Sería de cierto interés saber a qué hora se levantaron, respectivamente, después de la eterna sesión del martes, prolongada hasta más allá de las 10 de la noche; si tenían estudiada más o menos la lección; si a Rajoy todavía le quedan trucos de sus años de opositor para dormir poco y disparar como una metralleta al día siguiente; si Iglesias se levantó con las primeras luces para ver desperezarse el sol sobre Vallecas y limpiar con determinación taciturna su revólver del Alcampo. 


Aquí se queda la clara, la entrañable transparencia

Mientras en un lugar del Caribe llovían flores amarillas por la muerte del Patriarca; mientras a escasos kilómetros de allí bailaban, todos juntos, náufragos y capitanes de yate en torno a un muñeco vudú al son de Gloria Estefan; mientras asistíamos al sepelio último del siglo XX, en fin, una irreductible aldea resistía aún en la Carrera de San Jerónimo. Peleándose, todos sus habitantes, por ser más revolucionarios que el vecino.


Minutos de silencio

El silencio, que es una forma del vacío creador, condensa por ello todo lo que se puede decir, pero sobre todo lo que jamás podrá decirse. Los monjes más arrodillados de la poesía –Rilke, César Vallejo, Alejandra Pizarnik– son aquellos que intuyeron que todo su oficio se reducía a cincelar el silencio, pues es éste el único que habla. Ciertos viajeros han comprobado que el silencio es –de manera consciente o no– un escudo defensivo de algunos indígenas en Latinoamérica ante la injerencia o el incordio del invasor (llámele también turista). Ante la muerte, gigantesco símbolo del todo y de la nada que no llegaremos a nombrar nunca, el único gesto coherente –si fuéramos coherentes en tales situaciones– sería enmudecer, porque cómo corresponder con el lenguaje a lo que no participa del idioma de esta orilla. Quizás olfateando esto último se le ocurrió al soldado australiano del ejército inglés Edward George Honey, según cuenta Wikipedia, el ya antiguo homenaje del minuto de silencio... 


Romper la piñata

"¿Qué hace una persona con 655 euros al mes?", preguntó Aina Vidal desde el atril del Congreso de los Diputados. Y las tribunas enmudecieron, graznó un cuervo desde una barandilla, y un remolino se paseó por entre la bancada del PP, tapándole por un momento la pantalla del móvil a Celia Villalobos. Pudo escucharse hasta el crujir de algunos resortes cerebrales de sus señorías, tratando de recordar en qué cosa invertirán tal cifra (cada mes).


¡Que vienen los reyes!

ecenas de jubilados de la noble Villa de Madrid se agolpaban a las 11.30 de la mañana de hoy [17 de noviembre] en la Carrera de San Jerónimo, cortada al tráfico y al transeúnte, para ver llegar a los Reyes, los de España, como si fueran en realidad los Magos y vinieran a traerles algo. “Niño, ¿te puedes hacer a un lao?”. El niño –el que suscribe– estorbaba a la vista de los privilegiados de la primera fila, mientras trataba de convencer a la Policía Nacional de que le dejara seguir camino hasta el Congreso. Recordaba la cosa a cuando uno era niño de verdad y tenía que negociar con los centinelas de las discotecas; ese pavor a perderse la fiesta. En este caso, los regalos de los Reyes. Pero hasta que no pasara la cabalgata no podríamos movernos de allí. 


Al salir, me esperas

...Nada es suficiente en esta santa casa. Todo es excesivo (menos los enchufes en la tribuna de prensa). Y los simpáticos ujieres velan por que se mantengan las formas allá do sea menester: no se pueden echar fotos si no está uno acreditado como tal profesional; no se puede permanecer de pie en las tribunas; no está permitido asomarse al tendido con el fin de echar un ojo a la bancada contraria, la de la oposición, de mucha mayor afluencia, por cierto, desde el comienzo de la tarde. La educación era el tema estrella de esta tarde, y mirando a sus señorías mirar el móvil, bostezar o cuchichear alegremente mientras se dirimían estas cuestiones, emergía la duda de si no eran más necesarios los ujieres aquí arriba o ahí abajo. 

martes, 11 de octubre de 2016

Sierra Sur: el suicidio como muerte natural



Se escribe para tratar de dar una respuesta: en la mayoría de los casos, tal ambición queda reducida a la esperanza, mucho más humilde, de alumbrar nuevas preguntas. Se escribe para tratar de penetrar un misterio, pero hay que resignarse, las más de las veces, a tantear a ciegas la pared, o a encender alguna antorcha compasiva que ilumine un ángulo inédito de la pared. De la mole negra tras la que, creemos, se oculta amurallada la respuesta. 

Se suele escribir, aun así, con la determinación de llegar a alguna parte. Pero hay ocasiones en que uno sabe, antes incluso de rascar la piedra, que todo será un caminar en círculos en torno al muro... 


domingo, 25 de septiembre de 2016

F. G. Lorca: Drama rural en mil enigmas y un asesinato



Hay muertos que no terminan de morirse nunca; que siguen jugando al escondite, con los vivos y con los muertos. Hay otros muertos, también (quizá fantasmas de papel y tinta), que no quieren que se encuentre a esos muertos; y también hay vivos que buscan, y otros vivos que prefieren que los muertos se queden donde están –donde quiera que sigan, jugando al escondite.

Hay, por supuesto, también, mil leyendas en torno a esos muertos y esos vivos. “Yo conozco a gente con una imaginación tremenda. Que te encajan las piezas a martillazos, pero que te hacen el puzle. Y dices: es que es creíble esto que cuenta, ¡incluso muy creíble!; ¿por qué no va a ser verdad? Pero no es verdad, ni más ni menos. Esto es todo un mundo, una madeja dificilísima”...


jueves, 21 de abril de 2016

El Albaicín o el espejismo en ruinas de la belleza



“Somos hijos de nuestro paisaje”, escribía Lawrence Durrell, a cuenta de Alejandría; “nos dicta nuestra conducta e incluso nuestros pensamientos en la medida en que armonizamos con él”.

Es cierto. Toda ciudad es un mundo, todo lugar acaba conformando un enjambre de intimidades en continuo diálogo con su hábitat. Y algunos lugares, algunos sitios concretos, ejercen un influjo aún más poderoso, haciendo respirar a sus habitantes al ritmo que contagia su aire. Como una fiebre dulce imponiendo una sola temperatura.

El milenario barrio del Albaicín, en Granada, es uno de ellos. Alzado sobre una pendiente enfrentada a la colina de la Alhambra y sobre el río Darro, este poblado blanco de cipreses altísimos y calles laberínticas, donde se oye meditar al agua y donde la belleza se siente casi de manera física, como un fantasma atrapado en la reverberación de las paredes, es uno de los lugares más visitados del mundo, más fotografiados del mundo; pero también de los más equívocos, de los menos conocidos, en realidad.

Detrás de su belleza hipnótica, sus habitantes; y detrás de su espejismo (blanco, verde, azul), el reflejo de una lógica contemporánea que combina, de manera fatal, desidia, especulación, picaresca y estupidez. (Y detrás, detrás está la gente, cantaba Serrat.)    


viernes, 15 de mayo de 2015

"Calor humano"




He visto ya dos veces la entrevista de Jordi Évole con el ex etarra Iñaki Rekarte (sospecho que uno de los trabajos periodísticos más necesarios hechos aquí en las últimas décadas). La vi, o la viví más bien, con idéntica atmósfera; la que consigue desplegar ese silencio húmedo de bosque del norte en que se desarrolla la primera parte de la conversación, y se sigue intuyendo en la segunda... [Sigue leyendo] 

viernes, 1 de mayo de 2015

La buena educación




Hay una España que no es un Estado, sino un estado de ánimo. Hay un lugar que se llama así, de manera íntima, y que no es un lugar físico siquiera, ni una abstracción patriótica y folclórica (refugio de canallas), ni una historia de hambre y sed y cuchillos, sino la memoria tenaz de un sueño que hubiéramos ido compartiendo, algunos, en “las últimas habitaciones de la sangre” (Lorca), y que no puede llegar a explicarse con el idioma del diccionario, sino con el de las intuiciones más antiguas. Como una madrugada de verano en que vivimos algo irrepetible ante el balcón abierto, y que al día siguiente es apenas una bruma dulce en los ojos y en la piel de la resaca: un estigma interior sin forma ni dueño, palpitante de luz, que habla. [Sigue leyendo]

lunes, 2 de febrero de 2015

A. Muñoz Molina o la "necesidad de ver"




A sus veintitantos, treinta años, cuando trabajaba como funcionario de cultura en el Ayuntamiento de Granada (época de su vida que retrata ferozmente en Como la sombra que se va: casi como una expiación), Antonio Muñoz Molina se daba cuenta de que “era visible de manera intermitente: la gente sólo me veía cuando le interesaba algo de mi trabajo. Era el hombre invisible intermitente”... [Entrevista para eldiario.es]

viernes, 7 de noviembre de 2014

Antonio Gala: la infinita correspondencia




Vivir compromete siempre; vivir a fondo, manchándose las manos y los ojos y la voluntad, compromete absolutamente, “hasta las últimas habitaciones de la sangre”. Para esa rara estirpe de los verdaderos artistas, aquellos que conciben su oficio como un veredicto, no una ocupación, como un destino y no una posibilidad, como devoción y no como excusa para desfilar en los escaparates de lo fatuo, tal cosa es una fatalidad: tal compromiso no es algo buscado ni deseado ni mucho menos autoimpuesto; se da con aire inevitable en su obra igual que el corte hace sangre, como comparecen a su hora el llanto o la risa. No porque tengan que comprometerse, no porque alguien lo haya decretado o toque agitar la banderita de este mes, sino porque el verdadero artista vive y crea absolutamente, y jamás puede quedar fuera de ese absoluto el centro mismo de su vida y el de todos los que la comparten con él, fatalmente, menesterosamente; para bien y para mal. [Sigue leyendo en FronteraD]

domingo, 30 de junio de 2013

Del verano, el enemigo y la vergüenza

Pienso en el verano, pienso en las largas siestas del verano; el sol varado en el balcón, la lejanía en silencio, el vislumbre amarillo de las cinco. Y pienso en cómo es posible que algunos análogos de mi especie puedan trabajar en su contra. Pues anda quedando tan diáfano como estas tardes que existe (siempre ha existido), igual que una cofradía de la belleza, una pútrida secta de enemigos de la vida. Es decir: de enemigos nuestros; de los que trabajamos para la vida y no en su contra, de los que respetamos la muerte pero no mercadeamos con ella, ni negociamos a su costa, ni la hacemos bandera de ninguna sucia aprensión no resuelta. Es cierto, claro, lo que nos contaba hace poco el maestro Félix Grande: los habrá que crean que por ganar 100 veces más que sus esclavos, vivirán 100 veces más. Claro que los hay; aunque no lo sepan conscientemente, quizás, están ahí, existen. Pero, en última instancia, qué carajo nos importarán a nosotros, y justificarán, sus enternecedoras razones, sus complejos edípicos con papá o con mamá. Miren cómo lloro porque les zurraban en el recreo, porque eran los más idiotas (e idiotos) del instituto, porque el rey Melchor no les trajo un poni por navidad, porque querían [Hitler, sin ir más lejos] pintar o tocar el piano, pero como no había talento ni gracia que rascar nos han acabado tocando y rascando a todos los demás los cojones. Miren cómo me estremezco, qué sobrecogedora penita me dan sus frustraciones. Que levanten la mano los que estén leyendo esto y no hayan tenido también razones múltiples, a lo largo de su vida, para convertirse en Jack el Destripador. (Y, cuando las bajen, por favor, que sea asimismo en la colleja de algún cretino de los que hablo).
Pienso en el verano y pienso en lo que quiero, en la gente que quiero, en quienes deseo volver a ver; hasta pienso en mi gato, de tres meses de flagrante vida, que cayó aquí sin buscarlo y como si hubiera estado escrito en alguna parte –el delincuente–, y me pregunto, mirándole dormir como un bendito, qué insondable relación puede haber entre todo esto y los sociópatas que intentan jodernos la vida e imponer una dictadura en cada alcoba, sea verano, invierno o glaciación al Norte del Muro (que también allí lo intentan: yo lo he visto). Pienso en todo esto y se me viene a la pantalla la palabra vergüenza. ¿Qué es lo que ha pasado?, le preguntaba hace poco Jesús Quintero a don Antonio Gala –un Gala ya sin tiempo ni ganas de circunloquios–. Y Gala –que amará las luces de estos atardeceres del Sur más que yo aún– respondió: “Pues ha pasado la Vergüenza. Toda la vergüenza que había ha pasado de largo”. Y que los padres se suicidan por los hijos y los hijos porque no pueden pagar la casa y etcétera, dijo. Negociando con la muerte, decíamos más arriba. Y el pensamiento inmediato que se me viene a la pantalla es el mismo que al cordobés: ya podían ir suicidándose otros, por ir probando. Porque resulta que se viene suicidando por vergüenza (también yo lo he visto aquí abajo, literalmente) la gente acosada, la gente desesperada, la gente que no puede soportar vivir creyéndose vencida a ojos de sus amigos, de sus familias, de la gente que les quiere; y resulta que los que no tienen vergüenza ninguna, ésos a quienes la vergüenza debería ahogar cada vez que salen a la puerta de la calle y se suben al coche (oficial o no) y van a trabajar en contra del resto de la gente: ésos, éstos, esta gentuza, estos cómplices de la indecencia siguen viviendo perfectamente, comiendo escandalosamente, durmiendo con menos remordimientos aún que el gato. Félix también apuntó, en un poema memorable, hace ya años, la pregunta que ahora me ronda: “¿Cómo pueden vivir / sabiendo que nadie los quiere?”. La respuesta era sencilla, a la postre: porque les importa una mierda; o tienen más miedo aún que falta de pudor, y lo único que les queda ya en su espiral de mierda es seguir huyendo hacia delante (ojalá contra alguna ventana, un día de éstos).
Pienso en el verano. Pienso en la gente del verano, la que vela todo el año y lucha por un verano comunal y sin término para todos (para todos), y me pregunto cómo hemos podido equivocarnos tanto; cómo hemos llegado a que tales cosas dependan, en tan alta medida, de esa turba de simios sin escrúpulos a los que –encima– tenemos que ver sonreír todos los días en la televisión. Demostrando casi todos, día sí y día también, que no están ahí para lo único que se les supone, que es el bien común, sino por el más común y zafio de los bienes, que es el dinero, la fama, la foto, el pesebre que garantice y perpetúe su miseria moral a un flanco y otro del Hemiciclo, a un lado y otro del anfiteatro de la farsa. Vienen ahora, además, a hablar de educación quienes no tienen ninguna, porque también nosotros les hemos consentido creer durante siglos que la educación depende de la cartera, la posecita y los humos del señorito, y no de la conducta que distingue a los hombres de los perfectos mierdas sin honor. En Japón, por ejemplo, aún se distingue a los caballeros porque se hacen dignamente el harakiri cuando ven su honor en deuda. Aquí, los que tienen honor y deudas se cuelgan de una soga en el patio, y los que no hacen más que acumular deudas de honor nos dan lecciones todos los días de en qué consiste la más estudiada y erudita hijoputez.
Yo pienso en la educación del mediodía, en la conducta de ciertos hombres y mujeres, muertos ya o gozosamente jóvenes y vivos; en sobremesas largas de siesta y en conversaciones de madrugada en la terraza, como un vislumbre de oleaje. Recuerdo el verdadero significado de la palabra educación, de la palabra vergüenza, de la palabra vida. Recuerdo a quienes han querido siempre, simple, humildemente, lo mejor para todos y no molestar nunca a nadie. Y tengo cada vez más claro que los enemigos de todos, y de todo esto, son también los míos. Que o se está con la gente o se está contra la gente, y no cabe término medio ni medias tintas. Que vivir comprometió siempre (hoy más que nunca). Y que, por mi parte, y sintiéndolo mucho, al enemigo ni agua. Así venga el verano, la ola de calor o el desierto del Gobi y nos entierre a todos de una puñetera vez.

sábado, 22 de junio de 2013

La 'maravillosa furia' de Félix Grande (entrevista)

"Sueñan con devolvernos al siglo XIX, pero no lo van a conseguir"


El poeta, ensayista, novelista, flamencólogo y soldado civil Félix Grande, Premio Nacional de las Letras Españolas 2004, no se rinde, no está cansado. Y no se calla. Tras más de medio siglo de escritura (Galaxia Gutemberg publicó recientemente su Biografía poética corregida y aumentada), en que la emoción y la opulencia verbales han estado siempre al servicio de la concordia, de la fraternidad social, este manchego nacido en Mérida en plena Guerra Civil (1937), pastor de cabras en su infancia y alto discípulo de Luis Rosales, de Julio Cortázar, de Juan Carlos Onetti, anda tan escandalizado con la coyuntura actual como un chaval de veinte años... [Entrevista para eldiario.es]

[Quizá te interese también: Félix Grande: el pozo, la lágrima, la victoria]

miércoles, 29 de mayo de 2013

El (interminable) show de Truman

No es tanto lo que uno pueda descubrir cuanto lo que esté dispuesto a reconocer que ve. Ya lo dijimos en otro sitio: todo el mundo busca la verdad, pero quién quiere saberla. Según ciertas corrientes sincréticas es mucho más sencillo de lo que parece, pues los mayores y más profundos misterios del Cosmos suelen parpadear delante de nuestras narices, casi que en letreritos de neón. Pero cómo te vas a creer lo que ves por ti mismo, habiendo el Divinity. Nos pasa a todos, constantemente; y por esa ancestral estafa nos seguirán llevando al huerto los de siempre, así llueva fuego y hasta el día del Juicio Final: no tienen que hacer muchos esfuerzos porque, además de meretrices, ya les ponemos nosotros la cama [ ... en FTS C. Magazine ]

domingo, 14 de abril de 2013

Ahora es demasiado tarde, princesa

Yo coincidí en cierta ocasión con Letizia Ortiz, en uno de los rincones más románticos del poniente madrileño: la cafetería de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense (lugar verdaderamente histórico por otros motivos que no vienen al caso). [Sigue leyendo en POCAVERGÜENZA]





viernes, 1 de febrero de 2013

Carta (abierta) de amor y dolor a Lolita de Cospedal

“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta…”. Eras Lo, sencillamente Lo, por maitines: metro setenta de mármol griego con tacones. Eras Lola con traje de Prada ante el micrófono, gloriosa institutriz del mediodía. Eras Mariloli en Albacete. Eras Dolores –ay!– al castigarme. Pero en mis sueños eras siempre, serás siempre Lolita... [Sigue leyendo en POCAVERGÜENZA]. 

viernes, 25 de enero de 2013

De curas que no ponen la otra mejilla

Joaquín Sánchez, el cura que ha parado 202 desahucios
"Lo que es un milagro es que la calle no haya estallado todavía. Y es que hemos descubierto que somos muy dóciles. Está costando mucho derrumbar tanta sumisión".
Quien así habla, meditando en su taza de café, sentado al atardecer en un bar de la localidad murciana de Cieza, no es, en estricto sentido, un revolucionario. Tampoco un sociólogo, o un analista; siempre ha preferido este hombre los rostros a los números. Su aspecto no se distinguiría del de cualquier trabajador de cualquier barrio de España, pero lo cierto es que Joaquín Sánchez Sánchez, nacido en Bullas hace 51 años, diplomado en Educación Social y amante del cine y la lectura, es sacerdote. Aunque gaste bufanda en vez de alzacuellos. [Reportaje para eldiario.es]

domingo, 20 de enero de 2013

'Aguantar la vela'

Dentro de lo que cabe –quién dijo miedo–, lo cierto es que también puede uno descojonarse de vez en cuando con las noticias. O al menos hacer amago de la risilla del perro Patán entre trago y trago. Qué feliz ironía: uno, que hace ya un tiempo se impuso encender la tele sólo lo justo y necesario, por aquello de no echar la pota en las horas de comer, también puede pasárselo bomba sin necesidad de poner Los Simpson. Y yo con estos pelos. Pues resulta –ha resultado casi al unísono– que en el Pepé había o sigue habiendo un ser ¡¡muymalo-muymalo-muymaloooo!! que ha estado trincando dinero a espuertas (a ex-puertas de cualquier despacho de su partido, dios les libre), y que en Estados Unidos andan las banderas a media asta, las chaquetas con crespones negros, las cheer-leaders llorando como viudas sicilianas y los niños en estado de shock, como confirmando que los Reyes son los padres (Froilancitos todos), al escuchar, ¡¡oh my godnessss!!, que el señor Lance Armstrong, o Brazofuerte, se estuvo atiborrando a chuches mientras coleccionaba Tours de Francia como estampitas de la virgen. Qué intolerable estafa. [Seguir leyendo en FTS C. Magazine]

lunes, 14 de enero de 2013

'Cortarse las venas'

Con qué velocidad del diablo está sucediendo todo (todo); y cómo, a nuestro parescer, cualquiera tiempo pasado está más claro. Ya lo dijimos aquí, a cuenta de otra cosa: la historia universal de la infamia a la que venimos asistiendo tan conscientemente, tan en vivo y en directo, también está teniendo sus contrapartidas en positivo: por ejemplo, en lo referente a definir esas hasta ahora difusas fronteras que separaban el trigo de la cizaña. “Era poeta y odiaba lo impreciso”, escribió Rilke una vez. Algunos, a pesar de no acercarnos ni remotamente a las faldas de esa cordillera de lucidez que era el maestro alemán, andamos ahora fascinados con la clarificación, la concreción, la comparecencia sin máscara de algunas intuiciones con las que fuimos creciendo en las últimas décadas. Como esa melodía lejana que te inquieta al principio, te obsesiona incluso por no saber cuál es, de qué balcón procede, hasta que te acercas un poco más y ahí está, ya la oyes bien, ya puedes reconocer la canción.

Y puede que la canción no te guste en absoluto. Esto mismo, fíjense, es lo que me ha pasado a mí desde la más tierna adolescencia hasta ahora mismo, con escasas variaciones, cada vez que he entrado a un bar, o he estado en una fiesta (no digamos cuando algún eslabón perdido de la familia canorro-erectus ha pasado en coche por delante de mi balcón, atronando con una simpática melodía de moda): que no me gustaba la canción. Es verdad que uno ha sido siempre muy especialito; es verdad que para gustos, colores; es verdad, es comprensible que cuando son las dos de la mañana en una dicharachera reunión de veinteañeros, bien regada con agua de fuego, tampoco viene muy a cuento secuestrar el portátil y ahuyentar a la peña pistola en mano, echando espumarajos por la boca (“miiii tesoroooo…”), porque tienes antojo de oír a Aute. Bien, está bien, lo entiendo. Sin embargo, lo que no llegué a entender nunca es por qué esa aversión, esa tirria, esa virulencia atmosférica casi que en cualquier lugar, momento o entorno hacia lo que aquí los colegas han llamado siempre “música de cortarse las venas”.

Mi generación (nacidos en los ’80, criados en la feliz Arcadia de los ’90), amigos, no ha sido mucho nunca de cortarse las venas, en general y quinceemes aparte. Ni con la música ni con nada. Porque lo de cortarse las venas también valía para muchas otras cosas. Probara usted mismo, hace apenas un cuarto de hora, a hablar de política en algunas conversaciones, y la expresión podía estar bien traída; se pasaba entonces, como después de un susto, a hablar de hipotecas (las de entonces), de trabajos (ejem), de los plazos del coche (los de entonces), y los que ya podíamos ir al baño, a afilar la cuchilla, éramos nosotros, los descarriados del Orden Vital. “No te rayes” (con la cuchilla), te decían; “me estás rayando”, dicen o siguen pensando algunos Inmunes al Desastre en cuanto el tema se pone un pelín complejo, profundo, serio. Porque para ésta nuestra generación, amigos, lo serio también ha sido siempre sinónimo de aburrido: como todo el mundo sabe, Cien años de soledad viene a ser un flagrante peñazo comparado con el Gran Hermano.   
Y es que si uno se corta las venas, aun metafóricamente, corre un peligro: que se sepa que tiene sangre en vez de horchata; y a ver qué hacemos luego con la alfombra nueva del Ikea de la colega Maripili. A ver qué hacemos si se abre uno en canal y se le acaban viendo los huesos y la sangre, como decía Lorca que tenían que vérsele a los personajes del teatro. Bueno: esa sangre ha estado bien proscrita, oculta de manera vergonzante bajo setenta jerseys del Zara, desde que aquí se estableció que no había más tela que cortar. Cosa que a los de arriba les ha venido de perlas los últimos treinta años, y a los de abajo, en general, les ha parecido muy cómodo, por acción u omisión.
El “mayor depresor no-químico del mundo”,
perpetrando su impúdico vicio ante
600.000 víctimas en el Festival de la Isla de Wight, 1970
.

La sangre: la verdad, la emoción, el dolor en cueros de cada uno. Por seguir con el hilo musical, resulta a todas luces inexplicable cómo, hasta hace históricamente cuatro días, no se registró ni un solo suicidio, individual o en masa, en ningún concierto de Paco Ibáñez en el Olympia de París, de Jacques Brel en el ídem, de La mandrágora en La Mandrágora, de Leonard Cohen (no, en los de éste tampoco) en Berlín, de Tom Waits en Los Ángeles, de Serrat en el Gran Rex, de Franco Battiato en Roma, de Silvio Rodríguez en Chile, de Bob Dylan en cualquier parte, con la cantidad de bisturíes que debía de haber por metro cuadrado. Como es también jugosamente sospechoso cómo algunos de los nombres mencionados (anglosajones) sí han entrado en lo que los modernos y el mainstream han etiquetado como guay, recomendable para nuestros hispánicos y paletos oídos, y otros no: los que cantan en castellano, fundamentalmente, y se hacen llamar cantautores y no songwriters, o chiripitifláutiquers, al haber nacido en Cuenca [recomiendo con fervor, sobre este particular, el libro de Carlos Prieto Cajas de música difíciles de parar o el desencanto de Nacho Vegas, esperando con igual fervor la respuesta del personal al que en él se alude].

Ismael Serrano, otro peligroso gurú de la Secta del Harakiri (madrileño y no de Tennessee, para mayor escarnio), declaró en alguna entrevista, hace un tiempo: “Una de las cosas que provocó la movida madrileña fue la estigmatización de la canción de autor hasta tal punto que aún perdura. Lo que digo es totalmente cierto. Es un hecho. Podemos reivindicar sin nostalgia a los grupos de los años 70, o a las canciones de los autores de los 70. Y se considera toda una modernidad reivindicar los valores de la movida. Esto es una trampa que no hace justicia ni a la movida ni al género de la canción de autor. Que conste que yo he crecido con Nacha Pop, Golpes Bajos… con multitud de grupos que me encantaban; pero cabe reconocer que sus letras eran superficiales y que respondían al momento que les tocó vivir. Coincidí con el director Pedro Almodóvar en un acto de apoyo a Garzón y me explicó que lo que él quería entonces hacer con McNamara era inventar una realidad diferente, romper con todo aquello que le parecía terrible. Y yo lo entiendo. Pero también quiero subrayar que supuso condenar al ostracismo cosas que eran cojonudas”.

Desde luego, que Almodóvar y Fabio McNamara inventaron una realidad diferente es un hecho incontestable para cualquiera. Y ahora, con esta súbita perspectiva histórica que la destrucción masiva neoliberal nos anda brindando, ale-hop (gracias, Mariano), resulta que también es incontestable el resto de la reflexión. Y subo una: qué bien traído eso de inventar una realidad diferente.

Porque –y en esto no tienen ya responsabilidad alguna Almodóvar, McNamara, los Pegamoides y el coño de la Bernarda, que sólo hacían lo que tenían que hacer y no tienen de qué disculparse– inventar una realidad diferente es exactamente a lo que nuestra querida sociedad española se ha aplicado con irreductible furor en las últimas décadas: esa superficialidad de las letras de las canciones de la movida no respondía a conspiración alguna, a oscura estratagema en la sombra para que los niños babearan mirando los globos de la feria mientras aquel viejo marchoso instaba a todo sobrio hereje que no estuviera colocado a que se colocase. No; simplemente, esas canciones recogían el espíritu festivo de una España que se había tirado cuarenta años de clausura, y al salir monta una hoguera con los hábitos y una orgía a su alrededor. Absolutamente nada que objetar. El problema es que, entre charanga y pandereta, existía el riesgo de que se la llevaran al huerto los mismos que la llevaron al convento. Y de aquellos polvos en la inopia, estos hijos en el limbo.

Más grave, más escandalosa, más virulenta que todas las burbujas que en este país han sido en los últimos tiempos, me parece esa burbuja que tanta gente se impuso sobre la piel como una autosatisfecha armadura de humo frente a su entorno, como el traje nuevo del emperador; la música y el resto de manifestaciones sociales o culturales sólo han sido su reflejo –desde las crestas de colores a Culotorcido Shore, desde las tetas de Telecinco al delirio del cemento, desde el primer cretino del ya no hay izquierdas ni derechas a la última tromba de votos a un alcalde corrupto–. Ha sucedido en el arte, ha sucedido en la televisión, ha sucedido en la política, ha sucedido con la entronización del puto fútbol y de la carroña del corazón como analgésico de todos los males en un país genéticamente predispuesto para la pereza intelectual y la fatalidad: si llueve no es cosa nuestra, y ya saldrá el sol mañana. Que la antigua, nobilísima, entrañable palabra corazón se empezara a usar para definir lo que ahora mismo define, ilustra perfectamente en qué hemos ido cayendo: frivolización del sentimiento de cara al exterior para que luego nos dé vergüenza hablar desde el fondo del estómago con el que tienes al lado, no vayan a llamarte cursi, porque los miedos, los sueños y los terremotos del alma de cada uno deben quedarse pudorosamente en casa: tú echa otro trago y no me rayes. Frivolidad para esconder en el trastero lo que a todos nos corroe; anestesia general para no mirar al dolor a la cara (aquí nunca se va a morir nadie, ni te van a dejar nunca por otro); productos culturales de mucho envoltorio sin nada dentro para una audiencia alérgica a comerse el tarro; ataraxia masiva de centro comercial y aurea mediocritas para no enfrentarnos a la realidad ni a la vida verdadera, que está ahí y puede ser maravillosa, como decía el otro, pero que también puede ser y es una implacable perra hedionda, purulenta, que hay que combatir con toda la sangre y todo el fervor antes de que acabe matándote a pequeñas dentelladas (“Son las pequeñas tragedias de todos los días, y no las grandes, las que hacen enloquecer”, decía Bukowski). Mucha risa de arlequín, y mucha fiesta de cartón piedra, y mucha cancioncita vacua popy-guay (“novedosos que apedrean a los originales”) y mucho juguete nuevo 3G y mucha gilipollez para al final rascar un poco y darte cuenta de lo de siempre: que la gente está muerta de miedo, que siguen, seguimos siendo niños (jamás dejaremos de serlo), y que ni siquiera tenemos el coraje de los niños para decir en voz alta: Tengo miedo, ven conmigo, ayúdame a vivir.
 
El corazón: la cosa cordial; lo que a todos nos acaba hermanando para mirarnos a los ojos y “espantar a la fiera a pedradas”. Una de las manifestaciones de la fiera, ahora mismo, está arrasando con todo. Y hay quien sigue más pendiente de la pantalla del móvil que de lo que pasa en su edificio, mientras algún vecino se corta las venas, literalmente ya, por no gritar socorro. Muy bien: tal vez era necesario el despertar de esa bestia, de esta descomunal estafa, para que muchos vuelvan a mirarse al espejo y a mirar a los ojos a su alrededor, antes de que aquélla les eche la puerta abajo. La ironía es que algunos, los que llevamos toda la vida practicando con la cuchilla, ras, ras, entre canciones, películas y libros sobre el tema, quizá tengamos la piel más curtida para sobrevivir. Porque (amigos míos): si no estamos tocando el fondo, debemos de andar ya bastante cerca.
  

[Publicado en FTS C. Magazine]

sábado, 24 de noviembre de 2012

Estadística (o 'meterse en política')

Un día, el escriba que Winston Churchill llevaba siempre detrás (porque es sabido que los ingleses ilustres siempre han tenido uno de ésos, como Oscar Wilde, para que la Historia no se perdiera ni una sola gema de lucidez) transcribió un exabrupto que desde entonces no ha perdido vigencia: “Un muerto es una tragedia; muchos miles es estadística”. Y no me digan que no es verdad. Si está usted, pongamos por caso, viendo el telediario de las tres, con el puchero, y le informan de que están en vías de palmarla siete mil personas en la India debido a un escape de gas tóxico en una planta que una multinacional norteamericana tiene allí, haciendo turismo, seguramente la voz de Ana Blanco –que a este paso acabará dando las campanas del Juicio Final– no alterará lo más mínimo su deglución. Cosas que pasan, al fin y al cabo; no somos nadie, etcétera. Ahora: si en vez de esa nebulosa, remota historia, a usted le cuentan con pelos y señales el caso concreto del señor Khan, que ha perdido la vista, a sus tres hijos y al perro, y que ya no podrá volver a trabajar en su vida, quizás el potaje se le venga atragantando un poco. Quizás hasta cambie a Saber y ganar, donde lo más inquietante que puede ocurrir es que algún concursante no sepa de qué color eran las bragas de Nefertiti.
 
Lo que hemos sabido ahora es que en España se están produciendo unos 500 desahucios al día, con 119 suicidios directamente relacionados con ese dato en lo que va de año. También, que hay ya casi dos millones (1.737.900 exactamente, dicen, por no perder la afinación numérica) de hogares en los que no entra un solo duro. Todo esto quiere decir que podemos estar ya tranquilos, pues dejamos atrás señorialmente el zafio terreno de la tragedia para entrar en el de la distinguida estadística británica, la de salón, copa y puro. Aunque quizás en nuestro caso sería más atinado decir casino: un término más acorde, al fin y al cabo, con esa nobiliaria tradición de próceres locales de provincias que siempre nos han arreglado el mundo (o sea la finca) entre el humo y los bostezos del domingo. Pues tal es el entorno exacto del que proviene nuestro actual prócer, señor Rajoy Brey. En su caso fueron los geniales escribas de Las noticias del guiñol –la más trágica pérdida televisiva de las últimas décadas, por cierto– quienes le atribuyeron esta impagable gema de lucidez, hace ya unos años, cuando era apenas ministro del Interior de Aznar, o así: llegaba algún otro amiguete suyo del Gobierno, a hacerle una consulta, y Rajoy, que para donManuel Fraga Iribarne-que-en-gloria-esté siempre fue la viva estampa del Churchill gallego, respondía, altivo y socarrón, entre las sempiternas volutas de humo de su puro: “A mí no me pregunteshhh, yo no me meto en política”.
Rajoy consolando a su guiñol -o viceversa- (Foto: Gorka Lejarcegi)
 
Yo no me meto en política. Hay que ser un genio, o poseer directamente dotes telepáticas, para clavar de tal forma, y por aquel entonces, la psique de nuestro registrador de la propiedad. Porque ése fue, ahora que caigo, el primer trabajo del señor Rajoy, registrar propiedades: ya ven que el que avisa no es traidor. Claro que aquello era demasiada política para alguien cuya verdadera vocación era estudiar doce horas diarias en bata mientras su madre le hacía los colacaos. Por eso tardó tan poco en dejar aquel curro tan estresante, y por eso acabó entrando en política: precisamente para no tener que meterse nunca en política. Todo esto, dicho así, quizás suene un pelín abstruso, pero recuerden que la cosa va de salones y de casinos, y no de ordinarieces como la lógica o la realidad, ésa que al parecer acabó truncando tan inoportunamente el programa electoral de nuestro hombre.   
 
De modo que, según esta aplastante I-lógica (Lógica 3.0), el panorama nos cuadra perfectamente: Rajoy ha estado todo este año en su despacho de guiñol de La Moncloa, repantigado en el otrora sillón de Zeus-Aznar y soltando circulitos de humo cual Churchill gallego viendo al ejército de la crisis invadir Polonia (o sea la finca), en una resolución de cuadro edípico como para que ande brindando Fraga, allá donde esté, con Arias Navarro. Esperando, todo este tiempo, de puro en puro, a que la tragedia derivara en estadística. Supongo que cuando los españoles caídos (por la ventana) hagan un grueso suficiente en las aceras, el prócer tomará cartas en el asunto. Churchill, entre frase y frase, acabó declarándole la guerra a Alemania; lo de Rajoy sería aún más heroico, porque tendría que acabar enfrentándose con los dueños del casino y a ver qué haría entonces el hombre por las tardes sin su tertulia. Además, y en contra de lo que pueda parecer, debe de andar muy ocupado, devanándose los sesos en busca de alguna frase para la Historia que mejore la de su guiñol. No sabemos cuál de esas dos misiones es más improbable. 
 
[Publicado en FTS C. Magazine]
 

martes, 20 de noviembre de 2012

Aquellos 'mediocres' tiempos

Tiempos mediocres. Lo fui recordando puntualmente, misteriosamente, durante los últimos años; algo que escribió Manuel Vicent a cuenta del estado (aparente) de cosas en los primeros compases del siglo XXI. De cuando este estruendo macabro que hoy escuchamos hasta en sueños era apenas un murmullo, y la mayoría de las hoy víctimas directas del seísmo no oían nada, o preferían no oír –ingenuidad o terror profético– subiendo el volumen del mp3 en el metro, en la facultad, en las soleadas mañanas del Madrid viejo en que todavía podía uno leer El País y sentirse a salvo, en el mundo y la conciencia (o leer El País, a secas): España y todo el orbe seguían siendo un avispero en permanente estado larvario, pero nada llegaba (llegaría) nunca a ser tan grave; al menos, para los nacidos a este lado de la alambrada –lo que no deja de ser llamativo, visto ahora, teniendo en cuenta que ya había sucedido lo de Atocha con su consecuente cum laude en el horror–. De modo que se indignaba uno lo pertinente, se afianzaba hasta la complacencia en su convicción de saber por dónde iban –y vendrían después– los tiros, y con ese cóctel moral e intelectual agitado y mezclado con tinta fresca, César Vallejo y vino verde, pasaba uno a discurrir, solo o con Fulanita, sobre lo que más le importaba en el fondo: o sea, uno mismo.

No lo recuerdo literalmente, pero venía a decir Vicent que vivíamos tiempos de indiscutible perfil bajo, sin esas grandes hazañas y momentos dramáticos (entendidos como estados de ánimo y no como hechos puntuales: ya hemos dicho que de dramas de éstos siempre hemos estado lamentablemente surtidos) que amalgaman y coronan la Historia con mayúsculas, y por tanto sin esos personajes que la propia Historia vomita necesariamente como héroes, por vocación o por fuerza. Mediocridad en todos y en todo, vamos; mediocridad en los bares y en el Congreso, en los círculos literarios y en los saraos de copetín, en la Universidad y en la televisión, en el hampa y en las finanzas –arriba y abajo–, en la prensa y en la música, en el arte y hasta en las guerras en las que cuatro paletos visionarios se empeñaron en meternos sin llegar a meternos de verdad, como si fuera un Risk televisado –aunque los muertos y mutilados eran rigurosamente reales–. Tiene su sentido, visto ahora también, que durante aquellos cándidos días y los lustros anteriores la única fascinación épica posible la encontrase la peña en el deporte: como si las Nike ungidas en barro de Rafa Nadal –por ejemplo– nos redimieran algo a todos de la vergonzosa homogeneidad de nuestras zapatillas de andar por casa.

Tiempos mediocres aquellos, en fin, en los que todo era o parecía ser escandalosamente plano, y ni siquiera andaban ya los Azcona y compañía, por ejemplo, para contar el absurdo como dios manda. Ni Manuelas Malasaña tirando macetas desde el balcón ni Larras pegándose tiros en la sien, aunque fuera por mera protesta ante el aburrimiento. De Che Guevaras, Nerudas o Aurelianos Buendía, por supuesto, ni hablemos; y lo mismo –aparentemente– en el extremo opuesto. De vez en cuando, es verdad, a Zapatero se le olvidaba –pero para bien: era cuando aún molaba, recuerden– qué país gobernaba, y se le ocurría casar a los homosexuales, o dejar que TVE fuera un ente público y no púbico, o abrir fosas comunes, o pactar con los nazis etarras para que dejaran de matar de una puta vez, y entonces volvíamos a tener marchuqui hispánica de la buena, aunque fuera un rato, y Jiménez Losantos alcanzaba la resonancia que nunca logró en el patio del instituto soltando calculada basura ideológica por maitines, y los señoritos de la finca insinuaban sin complejos que el 11-M había sido cosa de Rubalcaba, ayudado por dos moros de Lavapiés “y un camellito sin dientes sobrino de un primo hermano de algún pariente asturiano” de la kale borroka –con explosivos de Paracuellos–, y Rouco Varela, mi querido, venerado, idolatrado Rouco, montaba raves católicas de tiernos castrati en la plaza de Colón, con respetables señoras-pitbull de pelo cardado que te atizaban con el paraguas a poco que no les convenciera tu indumentaria o la pegatina del medio de comunicación de tu micrófono.

Pero nada, oigan: fuegos fatuos, pobres pirotecnias; pueriles escaramuzas de chichinabo, lo de aquellos mediocres y ahora furiosamente añorados tiempos. Porque, si algo hemos ganado con la que está cayendo, si algo podemos sacar en claro de estos extraordinariamente infames días, es al menos dónde está realmente cada uno. Antes, hace un lustro apenas, todo era anodinamente difuso, obtuso y confuso; todo flotaba en un mismo y grisáceo magma de mediocridad en el que era difícil, a priori, ubicar las cosas. ¿Recuerdan aquel Contra Franco vivíamos mejor de los irreductibles y canosos analistas? ¿Recuerdan –qué risa, señora, visto ahora– aquella sibilina y conciliadora salmodia del “ya no hay izquierdas ni derechas” que te espetaban en la barra, sin variación, los inequívocamente más escorados a estribor de la nave? Bien: pues la demolición, al menos, también está acabando ya con esas mediocres ambigüedades.   

Hay una frase de aquel artículo de Vicent que sí puedo recordar casi literalmente ahora, porque es el motivo real de que haya recordado siempre esa pieza; una frase que siempre me titiló y que ahora me retumba de manera inquietante: “Benditos tiempos mediocres éstos –concluía, más o menos– en los que puede uno darle la mano en un cóctel a alguien que en otra situación no hubiera dudado en hacerte fusilar”.

Ya terminaron los tiempos mediocres, a mayor gloria de la claridad y muy a pesar nuestro. Ya no es difícil ubicar al peligro, a los enemigos, porque están donde siempre estuvieron: en realidad no se fueron nunca. Ahora lo que necesitamos saber es dónde están los héroes.  


[Publicado en FTS C. Magazine]

martes, 13 de noviembre de 2012

No habrá paz para los malvados

Hace ya algún tiempo (parece que fue nunca), en una entrevista de trabajo con cierto medio de comunicación, el señor de marras quiso saber de qué palo iba uno. Algo así como aquel “Quién es tu maestro, ¿nene?” que te espetaban las viejas del pueblo al salir del colegio, cuando te pillaban llamando a los telefonillos de los portales para salir pitando acto seguido... [Sigue leyendo]


 

viernes, 26 de octubre de 2012

Los muertos silenciosos de la crisis

Desahucio trágico y secreto
 
Llegó antes la ambulancia que los agentes judiciales. Se llamaba José Miguel Domingo Águila, pero era Domingo, el del kiosco, para todos los habitantes de La Chana: una humilde barriada granadina en la que todo el mundo se conoce y todos, a priori, lo saben todo de todos. O lo intuyen. Sin embargo, no fue hasta las diez de la mañana de ayer, cuando el secretario del juzgado se personó en la calle del Arzobispo Guerrero, cuando se supo que Domingo, de 54 años, iba a ser desalojado del inmueble en el que vivía solo, justo encima del local de su negocio, en el edificio que su familia posee desde hace décadas.
 
Uno de sus hermanos -que regenta una frutería junto al kiosco, en los mismos bajos del inmueble- lo había encontrado ahorcado, a primera hora de la mañana, en el viejo patio de la casa.
 
En realidad nadie lo sabía. Se le veía algo "deprimido", sí; un poco más "triste", quizás; extrañamente "alicaído", en los últimos tiempos, para su carácter naturalmente alegre. Pero lo cierto es que ningún vecino del barrio, en el que era francamente querido, podía imaginar que la desesperación que incubaba Domingo se pareciese más a una bomba de relojería que a la tristeza ambiental, ya casi endémica, que asfixia a este rincón de Granada. Al fin y al cabo, son horas duras para todos. [Reportaje para eldiario.es]