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sábado, 31 de diciembre de 2016

Cosas que aprendimos en el fuego


...Tú quieres saber quién eres, qué eres, para qué eres aquí, y quizás la respuesta, que no será nunca una respuesta, resida simplemente en dejar de hacerte preguntas, seguir donde estás, es decir, cayendo desde donde estás, hacia al fondo, hacia abajo, más abajo, más abajo en la desolación, hasta perder toda esperanza, hasta no esperar nada, hasta no esperar ni pretender que venga nadie a rescatarte, a buscarte, a mirarte y taponar tu llanto, tu sangría (hectólitros de lágrimas en sangre), y quizás en ese momento, sólo en ese momento, alcances para siempre y sin perderla esa luz ciega y blanca y brillante que intuyes a veces al otro lado, más allá, sólo más abajo y al final del último traspié en la sima, agarrado a la pared en la oscuridad, gritando al caer, llorando de terror y desolación al caer, hasta que la caída cesa y descubres que no has muerto aún, y que más allá de no morir estás quizás rompiendo, caída tras caída, la cáscara de miedo que te lleva impidiendo crecer desde hace tanto ya que ni te acuerdas. (...) Así que caer, y caer, y caer: hasta agotar todas las lindes del aire, las columnas del fuego azul, la furiosa columna de llanto hasta el final, para comprobar que sólo en ti la fe, niño, sólo para ti. Sólo tú y tú solo, sabiendo que sólo al saber que no eres nadie, que no existe Nadie, que no existe tu drama, tu gruta, tu abril en celo, sabiendo que no es más que un sueño todo eso que te tiene atrapado en la cárcel de la esperanza de tu vida, que sólo al saber en fondo, hacia el fondo, todo esto, podrás liberarte del yugo, de la cadena, de la bola de hierro incandescente haciéndote caer allá al fondo de la soledad interminable.

[abril] 



martes, 13 de octubre de 2015

Sólo el que se va




... La belleza, exigiendo el sacrificio que llevó siempre por estigma. Donde hay tanta hermosura debe de haber condenación. Donde uno siente tanto habrá dolor sumergido, palpitando. Donde hay golondrinas enloquecidas y brisa nueva reparando la ciudad vieja de la herida, de la fragua implacable del sol, habrá también una fuente que mane agua perdida toda la noche. El agua que sólo pueden saborear y merecer y bendecir los nómadas. Los que saben que sólo en el dolor pervive la belleza, y sólo el que se va da sentido a lo vivido, a la ciudad, a la época blanca y verde y azul y niebla que fue verdad y fue certeza.



miércoles, 2 de septiembre de 2015

"Crecer / es destrozar"




Porque sé que lo escrito es profecía, voy a escribir que el templo de esta casa seguirá diciendo su oración mucho después de todos los septiembres del mundo, de todos los principios del mundo, de todos los finales. Porque sé que todo lo escrito es una larga carta de encargo al porvenir, a sus senderos que se bifurcan, voy a escribir que lo vivido en el amor y en el dolor es la alcancía inagotable que enriquece a los mendigos del Tiempo, a los nómadas del corazón que viven caminando y saben que la vida sólo responde si se le deja hablar, sólo se abre paso si se rinde uno, humildemente, a otro vacío. Porque sé que nada permanece y todo queda, todo sirve para siempre antes de morir, voy a limpiar los cristales de esta casa abierta de nuevo, para que entre de nuevo la luz hasta su trono, parpadeando el santo y seña del vigía tras las ramas que se mueven del ciprés anciano de estos años.

Porque sé que alguien escucha siempre en alguna parte a los niños del exilio, los que reímos y cantamos y tenemos miedo (porque tenemos miedo), voy a escribir a quien sabe para que pueda ayudarme yo a darme de comer, a ser fuerte con mi llanto, a ser justo con mis juguetes más heridos. Porque sé que me escuchan, voy a pedir que la luna sea siempre el farol que lleve hasta la casa, el sol la bandera que regrese siempre hasta la mía, donde me quieran. Porque sé que todo lo escrito es profecía, voy a escribir que todo lo vivido aquí es sagrado como la misma tarde que se pierde, como la noche que se cierne en cueros llamándome otra vez, al otro lado, con los demonios sagrados de la vela. Y porque sé que vive aún ese animal que perdí, rondando a mi costado mellizo, voy a escribir que toda la luz de los veranos aquí fueron verdad y fueron certeza, más allá de la ceniza, por encima del llanto, a mil besos de profundidad de los errores, de mi error, de sus cuchillos.

Porque sé que todo lo escrito es la carta alucinada al otro lado que quizás lean los muertos para que no les falte de nada, para que podamos seguir necesitándoles, voy a escribir otra vez –como tú me dijiste entonces– que el miedo es sólo una máscara de arlequín haciendo muecas de niebla en la puerta de Todos los Caminos. Que todo lo vivido sucedió desde siempre y para siempre, dando en el mismo acorde la infinita oportunidad repetida a las estirpes condenadas a la soledad de los dormidos. Que los inviernos fueron buenos, que los errores benditos fueron para saber en qué lugar del camino nos atrapaba la nieve. Que si no es a la intemperie, arrojados ya del jardín, no encontraríamos jamás la senda ni el camino.

Porque sé que todo lo escrito es oración si se hace con un ojo en esas luces y el otro en el Otro Lado, voy a repetir que todo será siempre una secreta, jubilosa, infinita y leal correspondencia. Voy a decir que todo será cumplido como la misma profecía de aquel poema de aquel invierno en que te oí. Voy a mecerme y a susurrarme ante el balcón abierto de la época que se derrumba que vivir es el beso que nos da el Tiempo en su latir, creciendo y devorándose a sí mismo de amor y terror. Voy a recordarme que hay algo siempre, respirando a nuestro lado, que nos cuida del terror en la placenta que no se rompe nunca. Voy a escribirme otra vez, pues es rezar arrodillado, sin que nadie me oiga, corazón, que cumpliré conmigo lo acordado, que seré fiel conmigo a lo pendiente, que intentaré ser bueno conmigo en todo

que voy a ser bueno
conmigo

en todo. 


martes, 16 de junio de 2015

Temprano a ésta y tarde a la siguiente


El año 2001 de nuestra era constituyó un momento legendario de la Historia contemporánea, y no por la película de Kubrick, o lo de las Torres Gemelas (la primera gran película de terror colectivo del siglo), sino porque a un servidor le sucedieron tres accidentes, de manera consecutiva, que vistos en perspectiva ríete tú de la cadera del rey. Del ex rey, digo... 

[para el '50 aniversario' del Instituto. Sigue leyendo aquí]


lunes, 25 de mayo de 2015

Obediencia


Ya no me incumben 
las guerras de los hombres,
la guerra del hombre y la mujer,
y ni siquiera –tal vez–
la mujer y el hombre mismos.
Ya sólo busco el agua
que me pueda dar esta noche tu aljibe


Si existe la sed 
debe de existir el agua


Dame de beber, dame de tu agua,
paciente estatua del camino
que guardas en el abismo de tus pechos
la mirada de Dios,

entre las grietas.





lunes, 13 de abril de 2015

Cosas que quise decir (o recordarme)




Estuve, hace unos días, en mi instituto: en el que estudié, en el que pasé de niño a menos niño, en el que padecí ese virus (maravilloso y siniestro) de la adolescencia. El Diego Tortosa de Cieza cumple este año medio siglo de vida, y algunas personas de aquí y de allá (profesores de Lengua que recitaban poemas, profesores que son poetas de la Sierpe y el Laúd, profesores que me compraban libros de poesía y que me concibieron incluso) tuvieron a bien invitarme, con confianza digna de mejor causa, a que me pasara por allí un día, a contarles a esos retratos sin terminar, de 15 ó 16 ó 17 abriles, lo que yo quisiera. Sobre periodismo, sobre poesía, sobre lo que se terciara. Por supuesto, terminé hablando de lo que me salió en ese momento, por más que me escribiese algunas pautas previas. Les recité alguna cosa, les advertí que no se fiaran ni de la madre que los parió cuando leyeran o escucharan una noticia, les dije que leyeran para defenderse del mundo, y les conté alguna leyenda negra propia de cuando yo tenía esa edad y ellos, algunos, aún no habían nacido (y no era broma, pensé, tragando saliva).

Pero, entre las prisas porque tenían clase después y demás, olvidé o no terminé de redondear bien algunas cosas que quería decirles. Cosas que me hubiera gustado dejar en el aire para que luego ellos las leyesen mejor, de manera clandestina, como cuando te pasaban una nota furtiva de uno a otro pupitre.


Quise, quería decirles que no tuvieran miedo, o que tuvieran al menos el miedo justo –como alguien me dijo a mí, hace años–. Que la vida es más larga, más paciente y más sabia que cualquier carrera o crisis o desamor. Que se arrepentirían después de las angustias y sufrimientos gratuitos, cuando fueran conscientes de cómo funciona el Tiempo

Quería decirles que es ahora, cuando van creciendo hasta su edad pero aún les queda algo de niños, cuando tienen que aprovechar su tiempo en vivirlo todo y sufrirlo todo y absorberlo todo con la ferocidad irrepetible de esos años, las cosas que sí merecen la pena sufrirse porque es la alcancía de escalofrío (no de dolor, al cabo) que da de llover fértil al alma durante toda la vida, si uno es valiente y no renuncia a las emociones en carne viva ni a la desvalida y colosal estupefacción del niño. (“Aprovecha que eres joven para sufrir todo lo que puedas, porque estas cosas no duran toda la vida”, aconsejaba su madre a Florentino Ariza en El amor en los tiempos del cólera)

Quería decirles que no dejaran de ser niños porque un niño pregunta constantemente y en esa pregunta insobornable y tenaz (del mejor periodista posible, el niño) se esconde el anhelo único por el que algún día, quizás, nos hacemos la pregunta (reveladora, quebradora de máscaras) que nos salva la vida

Quería decirles que viviesen alerta, muy alerta de sí mismos porque en la vida, en esta vida tal y como está montada, nos vamos construyendo, demasiadas veces, según y cómo queremos que la gente nos vea, o incluso como ellos mismos nos ven (o creemos que ellos nos ven), de modo que corremos el peligro de acabar siendo lo que los otros pretenden que seamos (ese colosal malentendido), poniéndonos una máscara tras otra hasta que no nos reconocemos en el espejo. Que, si son valientes y no dejan de escucharse hacia dentro, su propia voz no dejará de recordarles el sueño invencible de quiénes son, y qué han venido a hacer aquí

Quería decirles que la mayor asignatura de su vida, la más grave y más honda, es llegar a saber quiénes son, porque (esto sí lo dije) “en realidad, siento ser yo quien os lo diga, aún no tenéis ni p. idea de quiénes sois. Ni yo siquiera, todavía”

Quería decirles que las demás asignaturas son importantes o al menos necesarias para lo siguiente a lo que tengan que llegar, pero que no lleguen nunca a creerse que sólo son un número. Les quería decir que no se creyeran nunca que son un número, porque las notas que les ponen son mentira en muchos casos y sobre todo porque el único examen es de conciencia, la vida ya te pondrá las notas correspondientes, y “a la tarde todos seremos examinados de amor”, dijo San Juan de la Cruz, y yo saludo. (A la tarde: cada tarde al mirar al horizonte, como don Antonio Machado; al anochecer a solas con nuestra sombra y su candil cuando llega puntual nuestra conciencia a pedirnos cuentas por nuestro saldo de amor y terror y dolor)

Quería decirles que crezcan, pero que no envejezcan. Que la felicidad sí que existe pero que jamás la encontrarán fuera de ellos mismos en la carrera de cuádrigas a ninguna parte. Que la vida en general no tiene sentido, pero la de cada uno y cada una sí: consiste precisamente en encontrar el sentido, en vivir esa aventura, aprender de qué va su juego


Quisiera haberles dicho también, al fin, que da igual si saben o no estas cosas, porque las aprenderán por sí solos, si quieren y les toca aprenderlas. Y aun así, aun así, en la vida solemos tardar muchos años en aprender a escuchar lo que llevamos oyendo (diciéndonos a nosotros mismos) toda la vida.



[Yo escuchaba esta canción, el corazón en cueros, hace ahora catorce abriles: cuando ya dejaba el instituto y empezaba a saber algunas cosas que no he terminado de aprender aún: 

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Gracias (los dones del camino)


Gracias por el fuego, que sigue siendo fuego toda la noche

Gracias por el riesgo, por el honor, la valentía. Por cumplirse lo que es la vida poco a poco y generosa

Gracias por la belleza, por la palabra, por la canción

Gracias por el dolor en lo perdido; porque testifica que hubo vida, que “mereció la pena vivir y reventar”

Gracias por el dolor de los perdidos. Gracias por la amistad

Gracias por la alquimia que transmuta el rencor en entendimiento, el odio en amor arrodillado, el miedo en la gracia de crecer

Gracias por el perdón, por el niño del recreo queriendo hacer las paces

Gracias por la fuerza, por no abandonar lo que no debe abandonarse; por dejar ir lo que ya tenía que irse

Gracias por la emoción, vislumbre de luciérnagas en el camino del invierno

Gracias por el hogar, por la lumbre, por el fuego

Gracias por el vino en compañía, por el vino en soledad, por el vino que consuela o nos revela

Gracias por la guerra del corazón, por la sabiduría de la derrota, por la victoria que sólo llega al aceptarla

Gracias por el mundo, por los dioses y el infierno, que enseñan que todo es uno y mil en el mural feroz y abigarrado de vivir 

Gracias por el error, porque siempre estará para aprender a ser distinto

Gracias por la música, “misteriosa forma del tiempo”

Gracias por la palabra, misteriosa forma del silencio

Gracias por el amor, sacerdote único. Porque fuimos mendigos de la infancia, y seremos la aristocracia del corazón

Gracias por el padre y por la madre, por la abuela y el abuelo, por el hermano y la hermana, por el hijo y la hija; por los vivos y los muertos, por la noche y el mediodía. Por los amantes desde el camino milenario del primer beso

Gracias por el llanto, gracias por la risa: gracias

Gracias por el fuego, que sigue siendo fuego toda la noche

Gracias por la noche, que sigue siendo niña en la máscara del día

Gracias por el amor, que lo fue y será antes de haber llegado, después de que nos hayamos ido

Por el amor, que es lo único que queda

Por la belleza, que es lo que en el fondo duele

Por la música, misteriosa forma del beso


Por el fuego, que seguirá siendo fuego en otras noches



lunes, 11 de agosto de 2014

La agenda (inmortal) del móvil


Hay lugares en que sigue viviendo sola, la vida, ella sola; agazapada como una bestia mansa en ciertos rincones de la conciencia, de un cajón, de un teléfono. (Cuántas cosas seguirán pasando solas, a cada momento, allá donde no elegimos llegar nunca.) Ya contaba aquí, hace poco, la impresión diabólica de poder volver casi físicamente, gracias a los grandes inventos del hombre, adonde alguna vez fuiste feliz (o no tanto, quizás). Ahora tengo aquí, delante de mí, la agenda del teléfono móvil que utilicé durante al menos cinco años. Por mi natural desastroso –o indiferente, más bien– por los juguetes nuevos de la tecnología, he ido poco a poco dejándome caer hasta perder la batería del móvil esperpéntico que utilizaba últimamente. Así que, con el forzoso cambio, la agenda vacía, he tenido que recurrir de nuevo al viejo teléfono de entonces, que ya no funciona si no lo mantienes enchufado; a su salvífica memoria letal. El teléfono que utilicé desde los 24 o 25 hasta hace poco más de un año. Ahora tengo 30. Demasiadas cosas sucedieron en ese tramo, de manera vertiginosa; el teléfono fue testigo. Y siguió siéndolo, calladamente, centinela mudo encerrado en una caja, hasta que tuve que volver hoy a él, en las luces de un verano muy distinto ya.

En otro verano de antes, mucho antes de todo, escribí aquí, también, sobre lugares costeños en el mapa. Ahora tengo que escribir sobre las islas de esa agenda, maradentro y hacia fuera. Cómo es posible –me pregunto, incrédulo–, cómo es posible tanta historia sepultada, o sobreviviente, o vuelta a reunir después de los destrozos. Hay números en esta agenda de amigos antiquísimos que todavía lo siguen siendo, y de otros que se llevó el naufragio, a dentelladas silenciosas. Hay nombres remotos, irreconocibles ya, como de un idioma antiguo o de una tumba descubierta en un jardín. Hay nombres que duelen, nombres que sonríen, nombres que vienen a matar de entre la niebla; o que no dicen absolutamente nada (nada).

Hay, empezando por la misma inicial, varios teléfonos de nombres que me dieron su caridad puntual en noches hambrientas de ciudades distintas, de mendicidades idénticas y paralelas (los marcaría, estoy seguro, con ansiedad y aventura y en el fondo sin querer). Hay teléfonos, varios, de países extranjeros, de vidas extranjeras, de lugares a los que yo mismo pertenecí, alguna vez.

Hay un teléfono con el nombre rotundo y doble de una ciudad. Así es, simplemente, el nombre: como si al marcar el teléfono pudieras hablar con esa ciudad en sí, con la mujer que seguirá siendo, tal vez, esa ciudad.

Hay nombres legendarios de corazón oscuro, que lo significaron todo, que ya sólo significan su mismo nombre. Hay nombres de cuatro ó cinco variables correspondiendo a los satélites de un mismo universo, que fue el que yo mismo habité, tanto tiempo que ya no existe. Hay números de casas que llevan vacías mucho tiempo, pero que quise conservar, seguramente, como un homenaje sonámbulo y pueril; como si todavía cupiera la posibilidad de llamar en cualquier momento, y que alguien respondiese al otro lado.

Hay un número que ya no podré marcar más, nunca más, porque no hay línea con la muerte todavía.

Hay nombres extravagantes y mal escritos que pertenecerán (pertenecieron) seguramente a camaradas difusos de noches antiguas, de amigos para siempre con los que icé la copa unas horas, que olvidé, que no utilicé nunca. Hay nombres de hostales, de estaciones, de periódicos. Hay nombres en clave, nombres literarios, nombres con los que bauticé a mujeres que apenas recuerdo y que me otorgaron alguna que otra moneda por el número ridículo de mi supervivencia. Hay varios nombres de mujer ­–¿cómo es Posible?– que me quisieron, a las que yo también quise: ninguno de los implicados lo sabemos ya.


Hay nombres que son fantasmas, números que son remordimientos (personas que seguro borraron hace tiempo mi número de entre los suyos).

Hay gente a la que echo mucho de menos, a veces, y a la que nunca llamo –nunca sabré por qué hasta que sea tarde.

Hay un número cuyo nombre es un signo de interrogación (?)

[…Y qué pasaría si uno marcase alguno de esos números, cualquier noche, atracando y haciendo sentir el vértigo que uno mismo sentiría en su lugar]

Hay, también, el nombre de una mujer que durante años se llamó como una de las playas de aquel mapa que decía al principio. Su número sigue siendo el mismo.


Espero que el mío también.

jueves, 16 de enero de 2014

Homenaje

¿Sabes, amor,
sabes cuánta lluvia durante cuántos
años de cuántos
milenios de cuánto
barro por cuánto
sudor con cuánta
sangre de cuántas
lágrimas de cuántos
desterrados y de cuántos
enterrados
costó

que nos podamos amar tú y yo esta tarde,
viendo llover tras los cristales?

viernes, 27 de diciembre de 2013

Un vaso de juventud para Joan Manuel Serrat

Las mayores deudas del corazón suelen ser las más antiguas; ésas que ha ido uno postergando, con paciente alerta, como vigilando desde lejos el momento exacto para hacer justicia. El problema es que la vida suele anteponer lo urgente a lo importante, lo inmediato a lo necesario, y así pasa el tiempo y no llega uno a decir o a hacer, a beber o a besar o a morder lo que debiera, lo que no tendría que sufrir ya más demora (la vida es eso que sucede mientras hacemos planes, que dijo el otro). Al cabo, es justo una urgencia súbita la que hace que termines de abrir a la calle esos balcones íntimos celosamente cerrados hasta el presunto día de fiesta, al darte cuenta de que cualquiera puede ser un gran día para ello; tú pones, cuando quieras, la alfombra roja.

Todo esto para explicar, o explicarme, cómo es posible que no haya escrito yo una sola línea aquí hasta ahora sobre Joan Manuel Serrat, que haya yo cumplido los 30 sin ese saludo y que tenga que cumplir él los 70 hoy, tres semanas después, para sentarme aquí –con urgencia súbita– a desfacer ese entuerto.

Porque no hubiera hecho falta esperar tanto, ciertamente, ni dar tampoco demasiadas vueltas para decir que uno nació en una canción de Serrat. No con, sino en: igual que se habita el líquido amniótico, o la hoguera en el frío, o el idioma en que se consiste y se cuenta el cuento de cada noche, yo nací habitando esa tonada legendaria que parecía anterior a todo, poniendo en guardia erizada al ejército del corazón en las noches azules de invierno. Me pasa desde entonces: oír los primeros compases de Mediterráneo y sentir que me tiembla un pueblo entero en la espina dorsal; o al menos la noche exacta y congelada en la memoria en que miré desde el balcón de una plaza vieja de los años ochenta a los faroles que oscilaban como los ojos de un lobo, anunciando algo que no llegó a materializarse nunca y que llevo buscando recuperar toda la vida: es mi recuerdo más antiguo, o así lo creo yo. Estoy mirando por el balcón de la primera casa de mi pueblo, anochece, es invierno, quizás, o ya abril; tengo uno, dos años, y siento eso que jamás podrá decirse, porque no llega el lenguaje a explicar tanto (tal vez sí el lenguaje mudo de un niño).

Luego vinieron más noches, muchos años después, templadas también por esa canción en la adolescencia en cueros vivos: una canción que es una unción, una investidura de riesgo y sangre y borrachera; no es sólo el ensamblaje perfecto de la letra exacta que efectivamente podría cantar cualquier marinero con alma de tal, no sólo el trabajo magistral que lo enmarca todo (y que tiene más que ver con la artesanía y la arquitectura de estudio): es ese algo más que nadie sabe qué es pero que es lo único que importa, como gusta de repetir al polizón Sabina. Un sortilegio que remite a lo más ancestral, lo más puro de aventura que todavía alienta en lo profundo de una estirpe de nómadas sin perseguidor con fidelidad absoluta, sin embargo, a la patria que dejaron o perdieron (en su sentido más noble, el que nada tiene que ver con la mentira vil de la raza o las banderas): la infancia y su emblema invencible; el vino y la lumbre de la amistad; los viejos que fundaron un mito de calor en la derrota; la muchacha que quedó esperando en la ventana el regreso del proscrito que no volvería jamás, pues su ofrenda debía ser precisamente la huida, el canto y la conquista de llegar a ser quien por ley debía llegar a ser.

Fue en esos meses de los 15, los 16 años soñando con la huida cuando me emborraché sin piedad del disco entero, probablemente el más hermoso, el más incontestable escrito jamás en lengua castellana. Lo recuerdo con el escalofrío de la luna en los patios, el olor de la brisa quieta, la resaca dulce de los primeros tragos, las primeras canciones imitadas en la guitarra y el seísmo de mis Cien años de soledad en la mesilla de noche de la casa que yo más quería. Y sé que es injusto reducir la carrera de un artista de esta dimensión a un solo acontecimiento, que la historia serratiana tuvo antes y después más gloriosos episodios y que ya vale –pensará él mismo, quizás– con la murga del Mediterráneo; pero qué se puede hacer ante tal estado de gracia: esas diez canciones como el centro geométrico de la emoción y también de toda una ética, de una manera de ver y enfrentar y asumir el mundo que a tantos nos hermana a un lado y otro del océano. Porque entendemos íntimamente, sin darnos cuenta quizás, que Serrat dio en ese puñado de canciones (y en toda su obra, pero sobre todo en ese disco) con el único carné de identidad posible de la decencia. Hay una forma de moral que no admite púlpitos, decretos o demagogias, que sólo condesciende a ser dicha y oída a través de la ceremonia humilde y popular del canto: una de las pocas morales que tantos abrazamos como nuestra sin miedo a que ningún oportunista o perverso o impotente de belleza intente usurparla para hacer negocio, sencillamente porque no se puede, porque no se deja, porque no se vende ni se compra.

El término educación sentimental cobra todo el sentido posible al reflejo noble de las canciones de este chamán castizo que sólo aspiraba a escribir sobre su barrio, sobre las vidas de su barrio y las penas e ilusiones de un muchacho de barrio que era él, dándose perfecta cuenta, quizás, de que no hay mejor manera de resultar universal. Educación sentimental es lo que este muchacho que escribe ahora, aún resistiéndose a llamarse adulto, recibió dándole una y otra vez la vuelta a los casetes de sus papás (rebobinando y dándole otra vez: parece que fue Atapuerca), en una comunión y un aprendizaje sin tregua que se hundía sellándose cada vez más con cada escucha, allá donde quedaron titilando las cosas que me salvan cuando pienso que sería mejor claudicar. La mujer que yo quiero ha sido siempre, en el fondo, quizás, la misma; el pueblo blanco es exactamente donde escribo ahora; el tío Alberto es mi familia; alguna vez me dijeron a mí qué va a ser de ti lejos de casa, y alguna otra lo tuve que decir yo; Vagabundear sería mi confesión, si hubiera de darla. Y cuando suena Vencidos se me resquebraja algo a la altura de la garganta que debe de parecerse mucho a una lágrima testaruda de mucho antes de nacer yo.  

Podría escribir muchas más páginas, pero prefiero dejarlo para otra ocasión; recoger los aperos, ahorrar ahora en correspondencias y nostalgias. Ahora que hace diez años que tengo veinte años, y sé que vivir es el único homenaje posible, lo mejor será que acabe esto y salga a la vida y al invierno azul de hace tanto tiempo. Y que en el primer recodo de la noche y del camino levante el vaso de mi juventud a la salud del rey del país del sueño y la quimera. Ése que no me toca nada y es mi hermano, y mi padre, y mi abuelo.

   

martes, 3 de diciembre de 2013

Resaca 3.0

No sé si para otros será lo normal, a estas alturas, pero el hecho de levantarme yo, hace unos meses, con una resaca que me hizo caer de rodillas –literalmente– y llorar, pidiendo a gritos un ibuprofeno o una decapitación… pues como que no. Con lo que uno ha sido (y cree seguir siendo). Por ejemplo: en cierto viaje a Granada con el instituto (marzo de 2001), no recuerdo ya si por el calor, por la impaciencia de que llegara la noche, o por la desesperación de que una que yo me sé no me terminara de prestar la atención debida, el caso es que tuve lo que llamaremos un súbito y varonil Momento Hemingway (elegancia bajo presión), y sin pensarlo mucho me abalancé de un trago sobre un surtidor de La Alhambra que hizo palidecer de golpe a mis colegas, al Francis y a un grupo de rusos de Leningrado que pasaba por allí. También a un jardinero que se me quedó mirando atónito, entre el pánico y la risa, como Jesús Quintero ante el Cuñao, y que exclamó “¡Pero muchacho, QUÉ HAS HECHOOO!”, antes de salir despavorido a llamar, no a una ambulancia, sino a las televisiones. Fue mi greatest hit de aquella época, junto con el baile con Pablo L. B. en el festival de Santo Tomás de Aquino –peluca azul, falda amarilla y medias negras– y la vez (todo esto en el mismo curso y con un margen de pocos meses) que me dejó Leonor encerrado en el instituto un viernes, a las dos y media de la tarde, con la calle más próxima a doscientos metros de la ventana en la que yo, previendo los gloriosos titulares del lunes (Imbécil muere de inanición por pasar el fin de semana en el Diego Tortosa), me había puesto a hacer un rito chamánico en bolas alrededor de una hoguera, creo que en el despacho del Secretario de aquel momento… Finalmente, y sobre las tres y media, vislumbré a lo lejos a una señora, como Cristo en el desierto a Belcebú, que al llegar a mi altura pronunció una frase bíblica a la altura sólo de las Circunstancias y de la Historia: “¿Te traigo un bocadillico, nene?”.
 
Pero estábamos –qué ironía– en Granada. No recuerdo en qué momento comenzó a hacer efecto el célebre Trago; sí que llegamos al albergue con algarabía y vísperas de fiesta, con cuerpo de sábado noche, y que el mío estaba ya más como de día del Juicio Final. Mandando señales inequívocas de lo que a la postre sucedió: que todos se fueron a salir por la ciudad (la única noche que nos iban a dejar sueltos por ahí, al albur de las hormonas) y yo me quedé de penitente en el baño más próximo a mi litera, con la única compañía del frío en los huesos, la poesía completa de Lorca, y una parejita que consiguió la proeza inverosímil de evitar los controles y quedarse en la habitación contigua, celebrando los colchones imposibles de aquella edad, aquella época.
 
Lo de Lorca no es por tirarme el folio; es exactamente el libro que me llevé a aquel viaje, por aquello de la ambientación: el albergue estaba justo en el pueblo de Víznar, y si uno seguía esa misma carretera llegaba al parque que se construyó allí, donde desde su asesinato se le creyó (aún se le cree) enterrado al poeta, entre el asco y los jazmines. Mi amigo Carlos S. L. (Sociedad Limitada) y yo hicimos ese recorrido, la tarde que llegamos. (El otro, Pablo L. B., se había quedado, según recuerdo, negociando con un portero el asalto a otra habitación prohibida). Buscábamos, Carlos y yo, a su fantasma, al de Lorca, que por entonces pertenecía a la misma alucinación narcótica de aquel año, el último del instituto y nuestra vida conocida: esa borrachera de desamparo y furia en que parecía resumirse toda nuestra adolescencia, cada vez más rápido, cada vez más luminoso o más oscuro conforme avanzábamos en un fulgor de tiempo como una profecía negándose y autocumpliéndose cada día; en el instituto, con las conversaciones cómplices sobre lo que habríamos de vivir o escribir algún día, con las novelas de García Márquez en la última fila tras los libros de inglés, con la ilusión idiota suspirando por las que escapaban en la moto de su novio al acabar las clases; por las tardes fatigando los apuntes, fingiendo –el Pablo y yo, no el otro, soplador– que estudiábamos, y llamándonos los tres por teléfono con la excusa del latín para hablar de cualquier otra cosa que no fuera el latín; por las noches de viernes y de sábado en un vórtice repetido que parecía no admitir tregua alguna al desaliento o la desidia por más que nadie nos mirase, por más que ninguna nos mirase, por más que el fin de cada noche fuera demasiado parecido al de cualquier noche cuando enfilábamos la curva de la luna con todos los demás al apagarse el botelleo (que no botellón, aficionados) y llegábamos a la región de los bares que eran cuatro, pero que parecían cuatro mil, donde aún se podía fumar e internarse entre los cuerpos como en el mismo bosque de aquel campo al que íbamos los tres de vez en cuando, a mirar al crepúsculo y comprobar que todo seguía exactamente donde estaba pero todo debía estar a punto siempre de empezar en alguna parte, en algún momento, en algún sitio más lejos siempre de más allá, de la barra o de los cuerpos, de la noche o de la carretera aquella.
 
¿A dónde íbamos? Como aquella tarde, en Víznar, buscando al fantasma imposible de Federico, muchas tardes fuimos los tres subiendo las laderas de más allá de nuestro pueblo, hablando simplemente, celebrando sólo, supongo, el hecho de tener diecisiete años y el puñal al cinto y el antifaz intacto para el balcón siguiente, que siempre sería el primero. Sucedería durante varios años, seguramente, pero en aquellas escapadas cómplices, impensables hoy en día por aquello de andar tanto, en las que subíamos hasta aquel monte sin echar el Johnnie Walker por la boca y bajábamos de atardecida, como en un poema de Machado con borrones de Bukowski [el cabrón del Pablo y su costumbre de avanzar unos pasos y dejarse caer los pantalones], algo, algún tipo de sortilegio del cual éramos íntimamente cómplices nos unía para separarnos, tal vez, al mismo tiempo. Rompía el crepúsculo entre el silencio y las carcajadas porque siempre había (siempre) algo de lo que reírse, generalmente nosotros mismos, y también algo por lo que callar al darse uno cuenta de que las penas de amor o de muerte ajena (qué lejana la muerte entonces, pienso ahora, aun teniéndola tan cerca) no tenían derecho alguno a ganar un milímetro de niebla en aquella fortuna de ser tan jóvenes, tan feroces, tan felizmente inconscientes, cada cual en lo suyo, como con la certeza insobornable de que la vida iba a ser siempre una canción de Sabina a la luz de un farol proscrito al que volver siempre de madrugada, porque podía no haber consuelo pero quién lo iba a necesitar, en el fondo, con lo que a uno le gustaba pensarse un perdedor al que todas en el fondo querrían adoptar, por supuesto, en el secreto de las ventanas donde languidecía un noviazgo sin novedad, sin pasión y –por supuesto– sin follar.
 
Aunque yo a duras penas podía callarme lo que quiera que me corroía cada vez. [“Tengo que irme a Madrid”, recuerdo que dije, solemne, una de esas tardes en la vega con el sol bajo de finales de junio, a las puertas de la Selectividad: porque cómo pensar que la vida no iba a cumplir lo prometido]. Lo pienso ahora y es curioso cómo podíamos enseñar y enmascarar los tres nuestras timideces o descaros múltiples, en un equilibrio que ahora me parece inverosímil para que jamás nos pudiéramos aburrir de tanta cabeza llena de pájaros como las oscuras golondrinas aquellas que tanto le gustaba remedar al uno, o violar verbalmente al otro: imposible dejarse llevar por la emoción eufórica y terrible de aquel tiempo con el uno poniéndote una mano lastimera en el hombro al mirarte con pavor de refilón (“Miguelton, no vayas a llorar ahora…”) y con el otro versionando a Neruda (“Oh, me la chupó tantas veces bajo el cielo infinito…”) literalmente bajo el cielo infinito de la anochecida azul de aquel año que parecía ser abril todo el tiempo.
 
Y era abril, ya, el día 1 concretamente [cumplía Carlos los 18], cuando volvimos de aquel viaje de Granada. Lo recuerdo, con mi memoria de vejestorio (incapaz para recordar lo de ayer pero sí las fechas de hace siglos), quizá por lo que ese mes significó siempre para mí, pero más aún por estar asistiendo, en vivo y en directo y como en un sueño lúcido, al final de toda una época. Lo supe sin saberlo al volver a Cieza (que fue en el coche del ínclito profesor de música, por aquello del pánico general a que me convirtiera yo mismo en un surtidor de la Alhambra en medio del autobús), cuando quise marcar de nuevo el número de la casa de ella, con la contraseña acostumbrada, y sólo oí un sonido maléfico, retorcido, como de fax. [Un par de días antes, la noche antes de la Alhambra, yo había dicho No y había cerrado con llave la puerta de mi habitación del albergue]. Lo fui sabiendo mejor en esos meses cada vez más alucinados hasta el verano y los últimos exámenes (el Pablo llegó verde al instituto, dirían después las crónicas; yo, más blanco que el mismo espectro de Víznar). Y lo constaté, ya, fatalmente, la mañana que sonó el teléfono en la casa de mi abuela y con su risa invencible y su retranca me dijo, aún sin colgar el teléfono con mi padre al otro lado: “Que te da la nota para Madrid: ¡Por cuatro centésimas, sinvergüenza!”.
 
En fin. Yo empecé esto hablando de las resacas, sin saber adónde iba, y al final he terminado hablando de Todo lo demás. Yo empezaba esto, como el que no quiere la cosa, sólo por darme valor por cumplir los 30 en las horas que siguen, y aquí estoy, con un nudo y una corbata que me aprietan el traje de fiesta que no llevo. Si llegan a leer esto, lo más probable es que esos dos de los que he estado hablando me llamen maricón. Pero como sé, porque me lo dijo el uno ayer por teléfono, que ese uno va a ser padre, y que el otro (también me lo dijo el uno) casi se pone a llorar como una nena al contárselo el otro día, en el bar intermitente de estos años feroces, pues, no sé, como que me quedo más tranquilo.
 
 
 
[Por cierto. Carlos me contó una noche, por aquella época, algunos meses después de irnos a la universidad, que el albergue de Víznar ya no existía: según leyó, lo había devorado un incendio; o quizá los años, no estoy seguro. En su momento me pareció una broma macabra, excesivamente poético todo para ser verdad. Ahora sé que no es verdad: desde aquí, desde el balcón éste del Albaicín en el que ahora escribo, aún puedo verlo a lo lejos, algunas noches, y parpadea.]

  
 

domingo, 28 de julio de 2013

Vendrá la muerte, seguirá el verano

Pero la muerte ahí a lo lejos. Se la oye segando, hediendo el verano, ahí a lo lejos, en el bosque. No da tregua en esta siesta, en esta tarde a la deriva, esa carroza transparente que hoya la vega con los trece caballos de su ley. Se ha puesto por eso la tarde turbia, como en esos días de playa en que hubiera miedo en las orillas y sólo cupiera ya esperar: a lo que ha de venir, al horizonte. Pero al cabo no llega nada, no llega nadie. Y sin embargo, en alguna parte, algo hay que no dejará nunca de zapar.
Quizás la muerte misma, que nos pasa rozando (rezando) por el filo mismo de la quilla dorsal. Como una tormenta que nos olvidara lentamente, al alejarse; desdeñosa, indiferente, compasiva.
Tarde de bruma a finales de julio, muy lejos ya de todas partes. Pero ahora me apetece recordar las rocas, el crepúsculo añil del espigón. Yo aprendí la capitanía del mar hace quince años. Eran mediodías grises como la tarde ésta, o atardeceres de tesoro escondido, resplandeciendo bajo la bandera verde de esas aguas. Los pescadores meditaban, yo leía en un espejo irrepetible, y ella llegaba con su pelo de incendio y su perro blanco, su aroma pavoroso y su temblor, su milagro inagotable que me miraba a mí. (A mí.) La brisa en la cara, el puñal al cinto, el corazón izado a todas partes. Era yo, sí: aquél, era yo. Antes de cumplir, sin saberlo, cada línea de este mapa a medias. Luego me zambullí en el agua, y al salir ya no había perro, ni rubia, ni siglo veinte, ni fantasma.
Luego salí del agua y muchos hombres, muchas mujeres, muchos viejos habían muerto: se los había llevado la epidemia (también faltaban algunos amigos: bajas memorables del naufragio de crecer). Luego llegó septiembre, y la vida siguió como siguen las cosas que deben cumplir con su sentido; ése que no llegaremos, quizá, a alcanzar nunca. Se fueron sucediendo los veranos; treguas azules de madrugada, o jaulas de infierno, o vampiros colgando bocabajo en el bosque en sombra de la misericordia. Volvemos a reír y a claudicar, cada verano; a respirar y a ser guardianes de la pena. Pues sucede siempre, desde entonces, que al filo de la orilla nos saluda, lejana, aquella nube. Como un cuervo extraviado en el bosque de allí lejos, en la siesta unánime (como la semilla oscura del invierno). Entonces entendemos la señal, nos humillamos. Quedamos, casi siempre, asustados y solos, hasta volver de nuevo a nuestra música, a nuestro menesteroso intento de canción.
Encendemos la pira del último soldado y nos miramos, de nuevo, a los ojos: la muerte seguirá cumpliendo su trabajo. Nosotros debemos seguir cumpliendo el nuestro.


miércoles, 10 de octubre de 2012

A los heraldos negros


La revolución está dormida
en esta habitación

los soldados del sol
en la siesta de madera
           los pájaros
la esfinge dorada del domingo


la habitación es una iglesia: no podréis entrar aquí


La revolución está dormida
-he dicho dormida-
y vuestra marcha de Atilas en la hierba
le ingresa sueños de murciélago
(sólo la perturba)



Pero sigue este sol
-no os confundáis-,
          sigue cantando en el eclipse
el pájaro que sueña con nosotros
que reza por nosotros


No os confundáis:
esta tarde es una iglesia
hay un templo en los tejados




Nunca detendréis a la belleza
           
          oídme:
                     Jamás se detiene, la belleza




X/'12

jueves, 4 de octubre de 2012

'keeps turning'

“On our aniversary…”
(Tom Waits)


En nuestro aniversario,
cuando ya lo hayas olvidado todo,
cuando ya no recuerdes lo que te dije
la noche que quisimos arriesgar,
hablar claro vendándonos los ojos,


cuando el viento haya barrido esa ciudad
y a tu regreso ya no sepas ni quién fui,
ni por qué,


                  cuando pienses que ya no existo,
que ya lo habré olvidado todo,
tal noche como aquella
                                     yo estaré


aquí,
         apagando toda la casa,
emergiendo las velas del espejo,
vestido de etiqueta en la penumbra
y escribiendo esto
mientras llega, corazón,
mientras lleg  






lunes, 23 de julio de 2012

Ismael Serrano o la cita necesaria


A mi amiga Mariel Bordené/Eloísa Dougherty,
campanilla del Sur,
que nos recupera del susto
con los ángeles del canto
en Ushuaia, Argentina,
diez años después



Una de las grandes lecciones que los profesores del arte y de la vida nos enseñan es que un artista no es sólo su trabajo: también suele serlo –aunque no necesariamente– su conducta. Si es cierto que no conviene confundir vida y obra, a riesgo de caer en pueriles equívocos o en incómodos, desagradables desengaños, también lo es que ciertas formas de estar en el mundo, ciertas maneras, cierta insobornable mirada de un creador sobre los sucesos y las cosas, quizá no hagan mejor el resultado de su esfuerzo, pero sí pueden colorear, alentar, mantener encendida una luz insomne, familiar, antigua, que inviste y hermana a cada pieza de su artesanía como un eslabón más de una misma memoria sentimental latiendo siempre en el escalofrío del seguidor, del cómplice, del cofrade.

Hay autores, por ello (y sospecho que es lo que sucede siempre con los más grandes), cuya proyección, cuya solidez en el imaginario colectivo no se funda exclusivamente sobre el éxito, ese diabólico término cuyas líneas jamás están bien definidas y que, máxime en estos tiempos de cortinas de humo y juguetes de usar y tirar, tampoco conviene confundir nunca con la victoria. Con la tantas veces secreta victoria con que la Fortuna condecora la valentía, la obcecación, la autenticidad de un artista, y que poco o nada tiene que ver con llenar auditorios o gozar de incuestionable prestigio público.

Ismael Serrano aúna legítimamente esas dos lecturas. O, digamos, la legitimidad de la una le llevó a la otra: su éxito, el hecho de que su música llene auditorios, sueños y conversaciones cotidianas a éste y al otro lado del Atlántico, no es ningún equívoco o malentendido precisamente porque la autenticidad le llevó allí; luego, la suerte, el azar, las leyes ocultas que rigen este tipo de cosas sólo han tenido que sentarse a escucharle a lo largo de los últimos quince años, como nosotros, simplemente porque este muchacho jamás bajó la guardia en su pulso con el mundo, su oficio y la vida. Cumpliendo sin descanso su parte del pacto.

Y es que, si no todos los discos de Ismael Serrano son imprescindibles (pero cuántas obras de cuántos artistas lo son?), él sí ha acabado por serlo; él sí se ha hecho necesario a fuerza de recordarnos tenaz, fielmente, cuál es el motivo último por el que se puso a cantar y nosotros a escucharlo, como a un hermano mayor en las barras de bar últimas de la adolescencia. Le descubrimos entonces –otoño del ‘98: yo iba a cumplir quince inverosímiles diciembres– y le abrazamos de inmediato, atónitos, subyugados y felices, perplejos de gratitud ante el acontecimiento súbito de aquel imberbe con voz de humo sin edad ni tiempo que parecía sin embargo haber estado ahí desde siempre, custodiando el mito de la juventud serratiana y el imaginario sentimental de transición de nuestros padres mientras apuraba el cubo de calimocho en el metro de Madrid y se manchaba de hierba los pantalones en el campus de la misma universidad a la que iría yo, años después, quién sabe si para seguir aquellas huellas. Fue escuchar los primeros compases de Últimamente en el Sol Música (se acuerdan?: aún podía oírse de casi todo en la tele), y pensar: “De dónde ha salido este tío, que no me toca nada y es mi hermano???”. Habebamus heredero de Serrat, hijo conocido de Silvio y Aute, vida después de Sabina. Veinticuatro -24- insólitos años contaba apenas la criatura cuando aquello, cuando nos hizo aquel regalo llamado La memoria de los peces. Luego nos enteramos de que tenía otro disco, anterior pero igualmente pasmoso (Atrapados en azul, 1997), y tuvimos ya que arrodillarnos, mitad devoción, mitad susto.  

Ismael Serrano fue, ha sido tantas cosas para quien esto escribe que resulta imposible ser ecuánime al hablar de él, y sólo los acólitos de la hermandad entenderán esto en fondo. Porque por supuesto que hay peros que ponerle (lógicamente, si uno no ha descuidado su honestidad crítica); pero qué relevancia tienen cuando uno se inició en la edad del dolor poniendo a sus lances esa banda sonora. Cantaba Ismael en las desolaciones iniciáticas y en las euforias del alma en cueros, cuando volvía uno de madrugada prometiéndose cumplir punto por punto las profecías de la aventura. Cantaba alentando en las heridas y cantaba en los primeros himnos del despertar político, cuando empezábamos a llamar a las cosas por su nombre y encontrábamos en el trastero de los abuelos los papeles escondidos de la Historia. Cantaba en sincronía absoluta cuando se consumían en sus rincones los abuelos del bando vencido y yo me enamoraba cada día y lo contaba todo y lo escribía todo en cartas desde Cieza que leía mi amigo Jorge en Cartagena oyendo también al otro lado la misma canción. Cantaba, en fin, durante las confesiones ante el fiscal nocturno tras cada desengaño y antes de cada desengaño y durante fines de semana eternos del instituto en que todas las noches llenísimas de escándalo, de vino y rosas, parecían ser –benditas sean– como aquella canción suya, La cita, en la que dos colegas que se corren una juerga memorable prometen, al despedirse, reunirse en el mismo bar pasados exactamente diez años.

Esos diez años, y algunos más, ya han pasado. Ya han pasado esos diez años, y alguno más, desde que salimos del instituto para cumplir todas las promesas del corazón. También han pasado muchas cosas, tantas y tantas cosas, en nuestras vidas y en la suya, en el mundo y en cada habitación. Wendy ya nos traicionó a todos pero no dejamos de beber y de llorar de ron en las noches azules junto al balcón abierto. Ya dejamos de reconocernos unos a otros en los bares de Malasaña, pero las miradas al pie de la barra siguieron siendo las mismas, en La Latina o en el exilio. Vimos princesas cabalgar desnudas al filo de la niebla y también, más pronto que tarde, claudicar ante la ley a las cenicientas más insolentes, más audaces en otra época a la hora de saltarse en marcha de las carrozas el toque de queda. Vimos al mundo rendirse al miedo y entregarse sin complejos a los tahúres que nos han traído estos lodos desde el polvo de los escombros de las Torres Gemelas, y a nuestro país caer al pozo de una infamia política y moral inédita en decenios [tranquilos: siempre podremos seguir cavando, una vez toquemos fondo, hasta alcanzar un día de éstos el núcleo terrestre]. Vimos el horror en Madrid, pero empezamos a asumir la incertidumbre que implica siempre la vida. Hasta empezamos a perder pelo: o se nos caía al hacer la matrícula en septiembre o nos lo tomaba incansable la loca aquella que siempre nos estaba dejando –qué estrés, qué estrés–; luego la vida echaría abajo su puerta, pero también todas las nuestras, las demás, irremediablemente. Fuimos creciendo, en fin; algunos, hasta madurando. Y unos se quedaron y otros se fueron, y algunos empezamos a amar aterrados los aeropuertos y algunas se quedaron a dormir en Barajas, como Penélope, y unos ejercieron sin saberlo de Victor Lazlo y otros tuvimos que aprender a enarcar la ceja como Bogart/Blaine, inevitablemente, por cojones vamos, que tampoco somos tan idiotas: al final siempre dio un poco igual, sin embargo, porque los de esta nuestra estirpe siempre estuvimos dispuestos a pagar las copas de los maridos de las mujeres que amamos tanto, dónde estarás, cuando nobleza obligaba. Estuvimos a punto de ver al abuelito Augusto palmarla en el trullo, pero el estado mundial de cosas se ha ido revelando tan tópicamente exacto a algunos versos del Papá cuéntame otra vez que al final nos estamos doctorando en AscoPena. Las hostias siguen cayendo, sigue en el metro esa mujer que se parece a ti, y demasiados colegas no han acudido a la cita. También se han ido cumpliendo algunos sueños, pero ya sabemos que no sólo por azar, o por suerte, sino por haber tratado, menesterosamente, de ser lo más fieles posible a lo que soñábamos, pautando todavía en la guitarra el Vértigo viejo en la penumbra como en las noches de oráculo de la selectividad. Volvimos, como Sísifo, una y otra vez, a las casas demolidas del amor; resucitamos en el templo de la fruta, los pájaros y la risa. Le pusimos pantalones largos al viejo Peter Pan para sobrevivir con honor al marzo de fiebre, temblor y naufragio de Buenos Aires.

En todo este tiempo, en todos estos años, unas épocas más, otras menos, unas veces con reconocimiento tranquilo y otras con renovados gratitud y entusiasmo, pero siempre, siempre con la profunda sensación de estar tomando el tren a casa, hemos acudido a la cita infalible que Ismael ha seguido estableciendo con nosotros en cada disco, en cada canción, en cada concierto; siempre puntual, fidelísimo y necesario ha cumplido Ismael con el jubiloso compromiso que contrajo hace ya tres lustros con todos nosotros, sus familiares, amigos, desconocidos íntimos, que esperamos sus acordes, su verso de calle y sueño y su declaración de abrazos como decía Miguel Hernández que espera siempre el pueblo a los poetas: “Con la oreja y el alma tendidas al pie de cada siglo”. Sobre todo –ay–, sobre todo en este mezquino siglo en que nos va a tocar a nosotros, con miedo y esperanza, con dolor, resolución y coraje, transitar el derrumbe de aquella infamia del fin de la historia. Como siempre sucedió, en cualquier época, al fin y al cabo.

Mientras tanto, seguiremos acordándonos de vivir todos los días; seguiremos siendo enemigos del ruido y partidarios de vivir con el compromiso sagrado, inaplazable, de ser lo más felices posible mientras dura el viaje; que ésa es, y no otra, la verdadera y más profunda deuda que contrajimos con aquéllos que se dejaron la piel y las uñas y el estómago para que podamos ahora cantar, escribir, besarnos en la calle y tener muy claro que hay ciertos suelos bajo nuestros pies que jamás dejaremos que nos privatice esa turba de miserables, sórdidos castrados para cualquier cosa parecida a la belleza. Es lo que algunos seguiremos intentando a toda costa: es la lección que algunos insustituibles referentes, como Ismael Serrano, nos han enseñado a lo largo de todos estos años, más allá de matices ideológicos o aparentes eslóganes de ocasión. Porque ésa es nuestra parte del pacto, lo menos que podemos hacer para corresponder a esos pedazos de belleza que han puesto temblor y escalofrío a algunos de los momentos más decisivos de nuestras vidas, pomada y gasas a nuestras cotidianas tristezas; que, como las canciones de Ismael Serrano, vienen siempre a ofrecernos una mano y un motivo, una hoguera, un trago y un recuerdo de hogar cuando arrecia la derrota, el insomnio, el desamparo.

Decía el señor George Steiner que la crítica literaria (cualquier tipo de crítica artística, añadiríamos nosotros) debería surgir de una deuda de amor. Servidor pretendía un vistazo sucinto, un homenaje, un saludo riguroso y guerrillero a la trayectoria del más célebre paladín, primum inter pares, de una generación prodigiosa de trovadores, pero ya ven, no ha habido forma; y al final me ha salido un delirio perfectamente denunciable a los de azul [y aún así y con todo se me quedan cosas en el tintero: que alguien me denuncie ya]. Es lo que suele suceder cuando intenta uno saldar humildemente ciertas deudas. Esta deuda es infinita y viene de muy lejos, así que intentar pagarla en estos términos suele resultar inútil. Que continúe Ismael acrecentándola con su voz y sus silencios, con su guitarra alerta y su relámpago en los ojos, y que sigamos todos nosotros escuchándole en un mismo escalofrío, del Cono Sur al Mediterráneo, tratando de saldarla cada día en la insobornable determinación de no dejar jamás de ver más allá del horizonte. Y que todos ustedes lo vean en días más piadosos, más festivos, más felices.



miércoles, 4 de julio de 2012

Félix Grande: el pozo, la lágrima, la victoria

Existen deudas del corazón que uno no terminará de pagar nunca. Existen tutores del corazón a quienes uno no terminará nunca de agradecer su consuelo, su ofrenda, su investidura. Las líneas que siguen son parte de un trabajo más extenso sobre el capitán de la poesía Félix Grande. Fue publicado hace unos meses en la revista República de las Letras, con motivo de su 75 cumpleaños y de la reciente aparición de su nuevo poemario, Libro de familia, tras décadas de relativo silencio poético editorial. Lo que en principio iba a ser un saludo hacia ese acontecimiento literario, aspiró sin embargo, finalmente, a saldar un antiguo asunto de honor con uno de los artistas a los que más debe este humilde plumilla, aprendiz de discípulo de todo. No creo que lo consiguiera; sí me quedó, en cualquier caso, la fiesta de celebrar su obra, la alegría de abrazarle de nuevo en la distancia y el orgullo de haber hecho, honestamente, todo lo que pude.

(Ya sabéis: todo lo bueno
que uno malamente pudo)


***


Hubo un niño, una vez, que antes de aprender a escribir ya había aprendido de memoria, bien aplicado, bien atento y perplejo en la primera fila, el abecedario del terror inscrito en el brocal de un pozo.

Hubo un niño, una vez, que, después de remontar como una liebre los campos amarillos, y de mirar mucho al horizonte con la aventura en los ojos, y de vislumbrar el escalofrío en los ojos de otra niña del pueblo que apartaba la vista y sonreía, salió al patio de su casa, despacito, para aprender de golpe y sin remedio una lección que algunos tardan décadas en aprender, y otros muchos evitan aprender estrictamente, muertos de miedo.

Hubo un niño, una vez, que aprendió muy pronto –¿demasiado pronto?– el sonido del silencio goteando en una víspera, el respirar del lobo tras la puerta cerrada con llave por los adultos, y esos golpes de la vida, tan fuertes, ante los que sólo cabe enmudecer.

Aquel crío se llama Félix Grande Lara, y acaba de cumplir –perdóneseme la indiscreción– setenta y cinco años. Setenta y cinco siglos, setenta y cinco estocadas, setenta y cinco fiestas con candil celebrando esta cosa rarísima de respirar y ser y estar vivo. También tiene planta de seductor irredento, un pasillo infinito lleno de libros, una mujer –Francisca Aguirre– a quien acompaña y le acompaña desde hace medio siglo, una hija –Lupe– que heredó su perfil, una patria en Tomelloso –Ciudad Real– y otra en Santiago de Chuco –Perú–, un heterónimo que se llama Horacio Martín, un billete de vuelta a Atocha, una guitarra que le abandonó por Paco de Lucía, un retrato del pincel de Luis Eduardo Aute, las manos cuarteadas por el amor, la cabeza como una cosecha de nieve, un banquete con Neruda, una deuda con Cortázar, el altísimo honor de que Luis Rosales le ordenase caballero y el nada desdeñable honor de que otro mago verbal la cagase estrepitosamente, por una vez, al endosarle un adjetivo. Cuando habla no habla: saca del fondo de algún río íntimo palabras que son gemas, fruta, música; cuando te mira en silencio, y te escucha, parece venir de muy lejos, como para darte la mano por un camino que él ya transitó mucho tiempo antes que tú. También es, como su propio apellido indica, uno de los más grandes poetas en lengua castellana que haya dado el siglo XX, a pesar de insistir siempre en quiénes son los maestros, los "capitanes del idioma", y sólo consienta denominarse "aprendiz de discípulo" de esos templos; no es falsa modestia: es que este caballero no concibe faltar al respeto a sus mayores, los que le han dado pan, cobijo, apretura, desde que quedase a la intemperie. Pero como yo soy un poco más gamberro, y mi gratitud hacia él es paralela a la suya hacia esos nombres legendarios, no tengo problema en contradecirle, tocarle las narices, ponerle en su sitio, y llamarle Capitán.

Fue hace ya siete inviernos (yo tenía veintiún años, mucha prisa y un cuaderno preñado de tinta azul hasta los bordes) cuando encontré en una librería madrileña, o me encontró a mí, un libro titulado 'Biografía (poesía completa 1958-1984)'. Un libro puede producir muchos estados de ánimo; este libro fue una revelación. Cuando se establecen –o los estableces tú mismo– paralelismos atónitos entre lo que lees y lo que vives; cuando una voz lejanísima parece contarte una historia que tú ya sabías desde dentro, pero que nunca habías dicho en voz alta; cuando unas páginas conspiran para convertirse en un espejo múltiple que refleja tu historia en todas las esquinas, estalla uno de esos milagros que sólo el arte es capaz de urdir: la reunión con todos los seres que han pasado por aquí antes que tú, acercándote la certeza de que no estás solo en mitad del vendaval.

La conmoción fue mayor si cabe ante el hallazgo de ciertos “escabrosos madrigales” firmados por un proscrito, furibundo solitario y forajido sin perseguidores llamado Horacio Martín, dizque “mejor amigo” del tal Félix Grande. Un fulano nebuloso, supuesto biznieto del machadiano Abel Martín, que se me (nos) había adelantado imperdonablemente escribiendo el poemario de amor y rebelión que cualquier pobre, menesteroso aprendiz de furtivo hubiera querido escribir. [De hecho jamás te lo perdonaremos, Horacio, que lo sepas: estés donde no estés.] Me es difícil no caer en personales (fantasmales) disquisiciones sobre qué significó, significa ese libro para mí; me apresuraré a notificar que muy pocas veces se habrá escrito un catecismo tal sobre el deseo, la rabia y la desolación, un manual tan implacable contra los enemigos del placer, un susurro tan escandaloso de hombre sublevado contra el tiempo, el olvido y la ceniza, defendiendo a cuchilladas la belleza

"...Tu piel junto a mi piel, eso es lenguaje.

Todo cuanto pretenda enmudecerlo
maldito sea"

Félix Grande –cómo evitarlo– fue una conmoción, un rayo súbito, porque (él sí) “mete la boca entre los muslos de las sílabas”; las lame, las muerde, las venera; las honra con sudor, con sangre, con lágrimas, con semen, con maldiciones; contempla en su cuerpo las constelaciones, las mareas y el Tiempo y luego la aniquilación de las constelaciones, las mareas y el Tiempo para acabar lanzando un aullido salvaje desde el fondo de la especie: “clamar socorro como el nombre de un dios”. Desde el fondo de la especie: porque no se pude entender su obra, ni este libro ni ninguna línea de las miles que ha escrito durante toda su vida, sin una concepción fraternal de la palabra poética, ésa que nos reúne a todos como hermanos ancestrales para mirarnos a los ojos mientras todo se derrumba y “avanza la carcoma camino de los goznes”. Una concepción que ya traía inoculada desde su infancia (campesina, humilde, de hombres y mujeres humanísimos y de la tierra), y que ese mendigo rotundo, ese príncipe del desamparo llamado César Vallejo le acabaría enseñando a pautar. Difícil encontrar en su obra –no sólo poética, también en prosa– alguna pieza en que la alegría no contenga un algo de descomunal abrazo de muchedumbre, o la pena una limosna de calor para los últimos: si hay homenaje, será para todos; si hay orfandad, será universal.

Es una ética, es una estética: es una moral. El arte literario llevado a las más altas y necesarias consecuencias como implacable arma de inocencia, de protesta, de dolor y de amor (los cuatro puntos cardinales –consanguíneos, anudados, indiscernibles unos de otros– de toda esta poética) al servicio de una belleza subversiva: ésa que nos lleva a todos, finalmente, a reconocernos en un sueño comunal de –otra palabra clave aquí– concordia. La obra de Grande entronca así con la mejor tradición de aquellos que a lo largo del Tiempo, pero sobre todo durante nuestro problemático y febril siglo XX, han tratado de encender en la noche del bosque algún candil que alumbrase para todos el camino; esos “grandes escépticos que supieron dudar de todo sin caer en la misantropía ni en la frialdad de corazón”, en certera definición de Muñoz Molina. Antonio Machado, César Vallejo, Feodor Dostoievsky, Albert Camus, Luis Rosales, Franz Kafka, Octavio Paz… Paladines civiles que han puesto toda su piedad y todo su genio al servicio de ese día en que los habitantes de este desventurado planeta nos veamos “al borde / de una mañana eterna, desayunados todos” (César). Viejos soldados que, saltando por encima de la inercia, del miedo, de lo aborreciblemente testarudo de los hechos (aunque no ignorándolos, sino precisamente desafiándolos), han sabido reunir, con un pie en el desencanto y otro en la esperanza, como "optimistas que parten del desengaño" (Rosales), con toda la humildad y el coraje posibles, esos pedazos de inocencia de hace décadas para aprender a vivir cada día.

De esto, de todo esto viene Félix Grande. Desde su iniciático, prodigioso homenaje a Vallejo en Taranto (1961), desde Las Piedras (1963), hasta la secreta majestad de sus sonetos a Daena (1985); desde el inmenso Sobre el amor y la separación (1996) hasta las monumentales memorias noveladas La balada del abuelo Palancas (2003); desde Música amenazada (1966) o Puedo escribir los versos más tristes esta noche (1969) hasta Blanco Spirituals (1967; en el mejor sentido del término, un libro modernísimo: hoy, y sospecho que por muchos años) o La cabellera de la Shoá (2010), ese insólito, larguísimo, apabullante poema sobre el Holocausto redactado hace apenas dos años sobre el que cabría escribir muchas más páginas, pero que, por resumir, habría hecho enmudecer a Walt Whitman y Alejandra Pizarnik y brindar con bourbon a José Hierro y Blas de Otero (quizás amarillear de envidia a san Pablo Neruda). Llámenlo como quieran; invéntense un nuevo término aquellos que censaron la poesía social y lo anterior y lo subsiguiente; tracen una nueva frontera los amigos de las líneas, los esquemas, las escuelas y las generaciones, ésas en las que (dicen siempre) es tan difícil encuadrar a nuestro poeta de marras. Por mi parte, sugiero humildemente que lo coloquen en ésta: la que seguirá dando calor en varios tomos cuando todos nos hayamos ido.

Félix Grande acerca las manos a la hoguera del idioma para quitarse el frío, sacudirse el desamparo, y escribir a su luz una plegaria que puede ser un canto de escolar o un salmo dolorido de anciana tras la puerta. Llega exhausto, tras remontar senderos de niebla o mediodías llenos de sol con los más suyos, y hace guardia toda la noche en torno al fuego como si cada poema fuese una oración de llanto, rebelión o gratitud que rendir puntual a su familia inmensa de insomnes semejantes, los que tampoco podemos dormir. Escribe como un soldado muy alerta, como un mendigo en su borde exacto, como un padre velando la enfermedad de un hijo que puede ser él mismo o todos nosotros, usted, yo, cualquiera, que desayunamos, pagamos alquileres, buscamos compañía y sabemos que algún día dejaremos de existir. Escribe para conversar con sus fantasmas, para escupir sobre el dolor, para dar un beso a ciegas, para no volverse loco. Escribe como una ofrenda, como una limosna, como un aullido. Escribe para honrar a sus cicatrices y escribe para ponerse una venda de consuelo en la herida irremediable de su pie, como hacía su abuelico: en legítima defensa.

Escribe, esencialmente, irreparablemente, para dar miguitas de inocencia y de calor a aquel niño que ha llevado sobre los hombros toda su vida, y que sólo hace poco aprendió a dormir sin sobresaltos, muy cerca de ese pozo donde las sílabas del terror apenas pueden leerse ya


“Mamá, no te mates”

Setenta años. Setenta siglos. Setenta veces siete estocadas entre el hambre y la dicha, el fervor y la angustia, la guerra y la democracia, el éxito y el miedo, Francisca Aguirre y la huida y Francisca Aguirre y Lupe Grande Aguirre y el océano Atlántico y América en llamas y vuelta de nuevo (siempre, siempre de vuelta de nuevo), ha tardado este muchacho, este implume mayorcito ejemplar, en conjurar una súplica tatuada a hierro candente en su conciencia, pronunciada cuando apenas había aprendido a hablar siquiera:

Mamá: No Te Mates

Mirad ahora, mirad: está hablando con ella. Setenta veces siete MamáNoTeMates después, ahí está, ahora, hablando con ella. ¿Lo oís, lo habéis oído?... Es un niño en un cementerio. Es una conversación bajita, vacilante y valleja; una conversación infantil, libérrima y bajita, de un niño que no ha dejado jamás de preguntar Por Qué, de un niño absorto ante el trono final de la primera novia, de la muerta inmortal del origen. ¿Saben ustedes escuchar? Es un susurro muy quedo, muy bajito, que arde en canas y eriza al mundo y "lo oye todo. Retumba".

Félix Grande ha escrito el poema de su vida. Félix Grande ha tenido que llegar al último recodo de su vida, al antepenúltimo escalón de la escalera de su vida, para escribir el poema de su vida. Se llama El madrigal del odio muerto, y llevaba esperando a ser escrito desde que, siendo él así de alto apenas, comenzase su madre a “enredar” con el brocal del pozo del patio de su casa manchega. [No llegó a matarse, no llegó; secretamente enloquecida por el miedo vivido en la guerra civil española, y que le atenazó hasta la muerte.] Es un poema que resume y sella su vida, incluido en un libro que ha esperado setenta inviernos a ser escrito, y que se llama (no había otra) Libro de familia.
Reconocerá usted al autor, si se fija bien en la foto, desde el principio [Grupo Escolar]:

Fila dos, desde abajo.
El sexto, de derecha a izquierda.
En tus ojos dos clavos de silencio,
garrapatas de sino. Cuánto miedo,
cuánto dos ojos, hijo mío, pariente
absoluto y menesteroso

Pues si oyen, si hacen oído, también verán a ese mismo niño hablando con ese mismo niño,  hijopaterno de sí mismo, setenta veces siete vendavales después. Óiganlo: es el consuelo. Es el niño en canas setenta años después, abrigando, revolviéndole el pelo, dando caramelitos de miel y de reposo a al niño que fue, abuelo-padre-hijo al mismo acorde, setenta años antes-después de todo:

Yérguete. Desapénate:
disfruta ya del desagravio:
esta cazuela de sosiego
que ambos nos hemos merecido:
yo aquí en tu infancia y tú allá en mi posguerra…
(…)
Atiende, hijopaterno de mí:
no van a fusilar a papá:
el maestro don Ramón es buena gente y no va a denunciarlo.
Merienda en paz: mamá no va a tirarse al pozo,
ni se va a ahorcar en el árbol del patio,
oh llanto seco en su jaula de susto,
pobre mamá, pobre mujer tu madre mía,
perdónala en mis canas, hijo…
(…)
No creas todo lo que deambula
por tu cabeza hereditaria. Te lo digo
en secreto: hoy es siempre todavía. Sss…

Hoy es siempre todavía… Sucede también que, gracias a muchas cosas, incluido ese verso del abuelo Machado, dos muchachos ancianos, compañeros de medio siglo en espiral, han alcanzado la meta; lo han conseguido. No están: son juntos [Péndulo santo]:

Yo era consciente de que hacías milagros.

Respirabas junto al brocal
de las heridas de mi niñez agarrotada

Por entre el lujo incógnito de medio siglo de vivir
ha ido llegando a casa la multitud indescifrable:
canas, arrugas, dietas, achaques: la vejez,
el tragaluz por donde nos es dado
contemplar el hermoso abismo de la vida

…Pero, si sigue usted leyendo, subiendo y bajando esa escalera bamboleante de medio siglo perfumada de mundo, olorosa a "la humedad insurgente de dos criaturas finitas", quizás se quede muy quieto en su sitio, mudo y muda; quizás se quede, te quedes literalmente sin aliento: porque Félix Grande acaba de decirle  a su bastón, a su mástil, al suelo bajo sus pies… o sea, a su mujer, Francisca Aguirre [Esta vejez]:

Vamos, yérguete de la silla, ponte guapa:
estamos convidados
a envejecer del todo, y a morir


Qué clase de suprema calma, me pregunto, de totalitaria lucidez, de valentía o paz o revelación o perdón o locura inversa o clarividencia suprema; qué clase de milagro pudo fraguarse para que el eterno insomne, abrochado en llagas (ése que escribiera que “somos los lentos forajidos que inventamos los mitos, las religiones y la historia, el lenguaje y las drogas y el amor, únicamente porque sabemos que vamos a morir”), para que este hombre de angustia legendaria pronunciara al fin tamaño descomunal alarido final de   
Triunfo?!!?

No tardaremos en morir, señora.

¿Cuántos versos han leído ustedes, habéis leído en vuestra vida, amigos míos, más transgresores que éstos? Reflexionad un momento sobre el significado profundo de la palabra transgresión, de la palabra subversión, de la hermosísima palabra desobediencia; y ahora pensad también en cuál es el mayor desafío, la mayor y más terrorífica condena de la vida de cualquier miembro de ésta nuestra especie de monos gramáticos, como nos denominara el bautista Octavio Paz.
“No tardaremos en morir, señora”; más aún: en “morir sonriendo”.
¿Qué es lo que ha sido; qué es Esto? Los que nos sentamos extasiados, acongojados de emoción, a ese banquete verbal de La balada del abuelo Palancas, supimos ya que este hombre en llamas andaba muy cerca de transmutarse en una hoguera tranquila, en una lenta brasa de sabiduría impávida ya ante el precipicio: “Ahí pude ya sin darme cuenta hablar de la guerra, de la posguerra, del hambre, del miedo, del dolor…, con naturalidad, y hasta con encanto" -me confiaría él mismo tiempo después-. "Yo nunca había escrito un libro tan afectuoso, ni un libro sobre temas terribles con tanta serenidad, y paz, y buen humor. Pude ya desprenderme de todos esos piojos emocionales que me tenían contraído, incapaz de perdonar a nadie, ni a mí… Bueno; de pronto llega una edad en la que no necesitas odiar, ni puedes odiarte más a ti mismo”. Y es que llegó el abuelo, su abuelo, Félix Grande Martínez (apodado Palancas por sus paisanos debido a cierta hercúlea proeza que emplazo al lector a descubrir por sí mismo), cincuenta años después de dejar de fumar, para tomar de la mano a su nieto y enseñarle a entrar en la vejez como entonces le enseñase a entrar en la adolescencia: mirando al miedo a la cara. “Mi abuelo no era ningún genio y cuando llegó la hora de morir no tuvo miedo. Mi padre tampoco; tal y como lo he contado sucedió: no era un ser particularmente excepcional, pero al final de su vida miró a la muerte con descaro; más aún: con descaro personal y con piedad para los suyos: no consintió que el deterioro depravase una vida poderosa. Por eso, el camino que nos toca hacer a los demás es conseguir que el miedo no nos enloquezca, que no nos convierta en seres perversos el espanto de dejar de ser, de desaparecer, de no haber sido”.
Es cierto, debe de ser consoladoramente cierto que, llegados a ciertas edades (lo aseguró otro angustiado victorioso que vive en un traje llamado Leonard Cohen), nuestras neuronas del pánico comienzan a bajar la guardia, encogiéndose de hombros con alguna insondable resignación; quizá con… alegría?! [Se me viene a las mientes ahora otra anciana legendaria, que dejó este mundo cuando a ella le dio la gana –a los 97 tacos–, y que advertía siempre a sus biznietos estar esperando ansiosa la visita de "la hermana Muerte".] También debe de tener una musculatura genética de primer orden quien es heredero directo de tal estirpe de gigantes morales: jornaleros del vino y de los montes y de las cabras que enarcaban la ceja impasibles lo mismo cuando se acercaba el nublao que cuando les iban a buscar de noche los señoritos con pistola; caballeros de la tierra con un pie en la alegría y otro en la fatalidad, con un pie en la llanura manchega y otro en la Casa del Pueblo y la Institución Libre de Enseñanza (ya ven: ese “intratable pueblo de cabreros” que tan alegremente escribiera alguien, aunque por otras causas, entre la pérgola y el tenis).
Todo esto debe de ser cierto, y vale en parte para explicarnos qué ha sucedido durante los últimos años en las últimas habitaciones de la sangre de este niño, nacido en Mérida en 1937 entre –no es metáfora– la calle Concordia y la calle Calvario. Debe de ser cierto, debe de explicarlo en parte, pero sólo en parte: no todo. “Sólo el misterio nos hace vivir, sólo el misterio” (Lorca): quizás, seguramente, es sólo el Misterio también quien nos puede premiar (si merecemos tal honor) con ese grandioso galardón de "envejecer despacito y morir sonriendo".

No tardaremos en morir, señora.

...¿Pero habéis leído bien ese verso? Chirría, escuece; provoca un ruido callado y estruendoso en las grutas últimas de la conciencia. Por varios motivos. Primero, porque pone negro sobre blanco una certeza pavorosa. Segundo, porque precisamente (paradójicamente) en los días en que vivimos es cada vez más difícil, más raro, más infrecuente, hablar del dolor: simplemente hablar del dolor –y mucho, muchísimo menos en estos términos definitivos. Este verso, ese poema, este libro definitivo del maestro Félix Grande chirría, escuece, provoca un terremoto sordo más allá de las cortinas del engaño, porque es como ese secreto a voces que nadie se atreve nunca a pronunciar, no ya en un poema, sino en la intimidad, entre las cuatro paredes de la conciencia donde solemos pensarnos en voz alta con la honestidad más brutal y a bocajarro…
…Perdone, ¿qué ha dicho…? ¿Impudor? Pues sí, claro que sí, señora, caballero; por supuesto: es que se lo ha ganado. Es que puede. No es una distracción; es una conquista. No es ya una cuestión de llegar a viejo: es una cuestión de entender del todo lo único que importa decirse. "Unas pocas palabras verdaderas" es otro eco machadiano que F.G. ha escuchado siempre, a lo lejos, a la hora de enfrentar una página: es una moral, ya lo dije más arriba. Es una estética exquisita al servicio siempre, fatalmente, de una ética ineludible que busca sin descanso la verdad. No la Verdad, por supuesto, con esa grotesca, irrisoria mayúscula, sino la verdad secreta, pequeñita e insobornable que no deja de protestar, de pedir que la vistamos con un poco de belleza para poder decirnos aquí estoy, así me llamo. “Soy tu propio dolor, déjame amarte” [déjame hablarte].
Todo arte verdadero es protesta, porque todo arte que aspira a la honestidad es un fiel homenaje a la inocencia, es decir, a la verdad; todo arte verdadero es protesta porque es, también, una infinita deuda de amor. Y el amor es siempre subversivo. El amor es el pilar más esencial de esta mesa poética de la que hablamos –junto a la inocencia, la protesta y el dolor– y sobre la cual celebramos este banquete mendicante y colmadísimo que es la poesía, la obra entera de Félix Grande. Hay quienes se dedican a este raro y noble oficio de aunar palabras que no han entendido esto, o que (profilaxis literaria también) simplemente no pueden llegar a esto por falta de abundancia vital o de lujuria expresiva (quedan en un aurea mediocritas poética porque no pueden o no quieren o no saben entender que la poesía es un acto sensual, o no es en absoluto). Lo que F.G. también nos enseña es que es sólo a pecho descubierto, en cueros si se quiere, en cueros vivos, como debe uno enfrentarse en una página a los enigmas, los miedos y las conmociones de la propia vida. (Y sí, esto es sólo una opinión; pero es que yo no soy objetivo: valga la redundancia).
En lo referente a este libro que nos ocupa, el lector también podría sentir algún comprensible desconcierto al encontrar, en un mismo poema, exclamaciones como “hijo de puta el miedo, / tus muertos, miedo, atrévete a volver, miedo de mierda!”… y exclamaciones como “¡Qué parto de tristeza, qué aborto interminable de dolor…!”; palabros manchegos tales como custión o mandanga aliñados con relámpagos endecasílabos como “tu atareada costumbre de morir”. Es una custión de gustos, claro, y para gustos los colores; pero esta voz libérrima, esta manera cuasi terrorista de mezclar en un mismo compuesto la taberna y la Academia, el diccionario y la canalla, la rima con el párrafo y el soneto con Johann Sebastian Bach, "el desollado altivo", y salir airoso del quite, lo consiente, por supuesto, un dominio de los resortes poéticos de primer orden, pero también otra cosa, o sea, lo otro. [No es casual recordar ahora que el autor se haya proclamado siempre un irreparable "guitarrista flamenco frustrado"; y qué inmensa deuda, por cierto, qué inmenso débito antiguo sigue acrecentando y enriqueciendo a ese arte milenario (Criatura de dolor) la pasión de este septuagenario tan niño y pacodelucía.] 
No se trata de gratuito funambulismo verbal, pasar de la historia del flamenco a la de las propias llagas, de la cantaora Tía Anica la Periñaca a Jorge Manrique, de su médico de insomnios y niño de Varsovia Jaime Szpilka a Juan de Mairena y los delfines: esto es maestría, sí, pero también la feroz, furibunda, insobornable autenticidad, verdad de la poesía de F.G.; que como tal verdad se escribe ya fuera de las normas y de los límites y del Tiempo porque la poesía ya es, debe ser, el Tiempo mismo que existe y que no existe a la vez al mismo arpegio en una larguísima y jubilosa conversación consigo mismo y con toda su historia, con todo su tiempo, con todo su amor, con toda su escalera junta. La poesía de este flamenco frustrado (¿?) no es ninguna estatua, ningún fuego fatuo, sino un hermosísimo animal de carne y canto y luces al que siempre se le ven (Lorca de nuevo) "los huesos y la sangre": por eso no hay distancia alguna entre Tomelloso y Santiago de Chuco; por eso los cadáveres de Mérida son los mismos de Austwitzch; por eso un conmovedor, irrepetible bramido vallejiano (“¡Amadas sean las orejas Sánchez!”) puede reconocerse hermano y consanguíneo fatal de otro seísmo pronunciado por una humildísima viejecilla, llamada Ana Ruiz, camino de la muerte y del exilio y del último verso de su hijo Antonio Machado: “¿Llegaremos pronto a Sevilla?”
El Lenguaje, inevitablemente, rompe a llorar.


No tardaremos en morir, señora.

Ese verso, tantos versos de este Libro de familia, en fin (como ya sucediese cuarenta años antes en las Rubáiyátas; como un saludo a las Rubáiyátas, incluso, al otro lado ya del amanecer temido), pueden resultar incómodos, abrasivos, porque son una herejía, una pura e implacable transgresión demasiado violenta para nuestro cobarde, anestesiado tiempo, para nuestra pobre y frágil y cobarde condición.
Y un prodigio mayor si cabe, un sortilegio, un inapelable milagro –sigo sin encontrar mejor término–, para quien hasta hace apenas cuatro días rogaba a ese mismo Misterio (a la Hermana Muerte) que le llevase antes que a su compañera de toda la vida. No es ningún secreto, él mismo lo ha dicho varias veces: había rogado puntualmente a todos los dioses paganos que le consintieran el último favor de no tener que seguir respirando sin la mano irreemplazable de su rima, su amiga íntima, la poeta Francisca Aguirre. “No podría soportar vivir en un mundo en el que ella no existiese”, me dijo una vez –él ni se acordará–, mucho antes de casi todo. Pero poco después lo pensó mejor, rectificó: concluyó que la verdadera prueba de amor consistiría precisamente en lo contrario, en dejar a ella irse primero; que no fuese ella quien sufriese la amputación. De nuevo un círculo, un péndulo santo irresoluble: virando, del insomnio del agua negra de la ausencia de su mujer, al agua negra que su propia mujer contemplaría en su ausencia [Esta vejez]: “¿Puedo / puedes podemos calcular el tamaño del pasmo, el grosor / del desconsuelo del primero que se derrame de la vida / sabiendo que al que se queda Aquí, al sentenciado, / le espera la orfandad desenfrenada, la inundación / de un mar de soledad prelógica? / ¡Quién deja al otro aquí? ¡Con qué energía / sobrevivir? ¿Con qué egoísmo ir el primero / al delito del abandono?...”
Pero tampoco olvida, cómo iba a olvidarla, a su hija, a la hija de ambos, Guadalupe: “es ella, es nuestra hija, la intrépida dulzura / que habrá de dirimir la potestad de su destino / entre el silencio de una tumba amada / y el estruendo de un alma en pena… […] Pero, amor nuestro, cuando llegue el día / recuerda que en tus lágrimas mamá te está pariendo, / y recuerda en tus lágrimas que nueve meses antes / mamá y papá lanzaron su placer al cuenco de tu nombre…

Y sin embargo, ah, sin embargo
(…) un poder misterioso mueve sus herramientas
desde las más insignes sapiencias de la tribu
y le arranca a esta veta de la catástrofe,
a este vómito de tiniebla, a este impavidez cósmica,
la convulsión de la felicidad

¿Oyes? He pronunciado al fin esa palabra inconcebible:
Felicidad, señora.

[Sí, Félix; también nosotros la oímos]:

… ahora tenemos junta a toda nuestra vida:
gorjean en La mayor todos los pájaros de antaño.

¡Éste era el premio! Éste era: (…)
esta señorial resistencia a las acometidas
del dolor y el dolor…


Éste era: éste era el premio. “Nuestra vida reunida, cauterizada, entera: mírala”. Éste era el blasón, el galardón último y final. Ésta era la victoria. El bisabuelo Palancas atravesando las brumas del Tiempo para venir a dar a Lupe las naranjas de la inocencia. El abuelo Rosales remontando tiempoarriba la calle Libreros de Granada para ir a dar clase por la noche y nunca ya de día, sin saber ya nunca de aquel colegio y aquel verdugo y aquel sombrero atroz. Horacio Martín rindiendo pleitesía al crepúsculo, a Ítaca y a Doina para “aceptar el fin sin dañar ni dañarse”. Miguel Hernández compartiendo su tabaco con Perico el Postinero. Julio Cortázar jugándose el tabaco con Juan Carlos Onetti. Félix Grande Ortega y María Lara Pradillos recién casados sin saber ya nunca qué sería eso que llamasen los viejos Guerra Civil. Una prenda de hoguera y tiempo tejiéndose y trenzándose imparable para Félix y los cuatro hermanos de Félix y toda la familia de Félix y la familia toda de Paca Aguirre y para todos los vivos y todos los muertos de una misma familia, mientras allá en un rincón César Vallejo y Antonio Machado beben de la vida, y ríen más acá Fernando Quiñones y Eladio Cabañero, y llueve Charlie Parker y llueve Piaf y llueve Caracol y el pintor Lorenzo Aguirre pinta sonriendo la escena toda: esto, todo esto era el premio: este tiempo que “ya es incendio en calma, / eco de norias, procesión de nudos, tertulia / de ausencias apretadas como los juramentos, / coro de espigas en el viento dormido, / templo en donde el silencio, con su elocuencia exacta, / litúrgica, nacida en la semilla de la música, / dice: Bendito sea cuanto aquí sucedió”.
Y un sueño, también era un sueño el premio, esta victoria: setenta inviernos, setenta veces siete MamáNoTeMates después (lo oyen, amigos, podéis oírlo???), éste era el premio...:

Madre: he tenido un sueño.
He visto la bisagra de la vida y la muerte.
He visto jadear al origen del mundo
en el átomo del Deseo.
He visto a las galaxias, sonrientes
ante tu pelo negro derramado en la almohada

Mamá: he tenido un sueño.
He visto la bisagra de la vida y la muerte
y al verla, allí, infantil, dormido, importantísimo
como el susurro de la Inauguración,
escuché el formidable estruendo de alegría
que se abre en el Espacio para parir los astros

¿Lo oís, podéis oírlo? Es un niño en un cementerio. Es una conversación bajita, vacilante y valleja; una conversación infantil, libérrima y bajita, de un niño anciano con un pañuelo apretado contra la boca, invocando a la lágrima más antigua del mundo desde el brocal de un pozo que ya no existe. Porque Félix Grande ha escrito el poema de su vida. Félix Grande ha hecho las paces consigo mismo, con su infancia, con su madre, con su terror, con “la soga, el árbol, la puta rama, el patio”, con su niño mismo. Para qué sirve la poesía, suele preguntarse a menudo. Pues para esto: para Esto. Por ejemplo, para urdir el sortilegio de que un anciano que durmió toda su vida en la cueva del miedo, atenazado, perseguido por el terror que le amamantó desde el origen (en los pechos de una mujer enloquecida por los terrores de la guerra civil), pueda ahora regresar, erguirse ante esa tumba, y 
depositar una limosna quíntuple
en la mendicidad exacta de tu muerte

Porque estos versos, este poema, este libro entero de Félix Grande es un sueño tenaz, un enigma sonámbulo, un territorio de niebla donde las palabras ya no son palabras, ese milenario y afectuoso nombre que les damos a las criaturas que nos dicen; esto ya no es hablar: esto es morder la tierra. Esto no es poesía; es una gota de escalofrío recorriendo lenta, implacable, la espina dorsal del Otro Lado. Quizás exagere ya, a estas alturas, pero es que calificar a todo esto con el común término de estilo es algo que rayaría en la ordinariez. Pues cómo describir –ya me voy rindiendo–, cómo esbozar aquí la conversación definitiva de un viejo y una muerta en asamblea en torno a la lágrima que responde a todas las preguntas

Acomódate, madre, en tu mecedora de tierra
(…)
La paz está llegando, madre
(…)
Todo va  a ser mejor que nunca:
ni tú verás mi miedo, ni viviré tu miedo,
ya no habrá miedo, ya no hay miedo…
(…)
…Luisita Grande Lara no volverá a morir
(...)
mirándote con pena purulenta…
quieta de pronto para siempre ante tus alaridos
y el sollozo de piedras de papá…
(…)
… Y ya no voy a verter la tacita de aceite. Ya no me voy a hacer otro siete en la camisa. …Ya no voy a derramar la taza del aceite con el maldito codo, y no vas a pegarme, coloradita por la congestión, loca de horror ante el aceite, tu mano, la alpargata, tu hijo… Espantada de tu violencia, furiosa por tu espanto, máquina de sufrir y de romperte y de romperme…

[Vallejo: …“Y ya no habrá reproches en tus ojos benditos, / ni volveré a ofenderte, y en una sepultura / los dos nos dormiremos, como dos hermanitos”.]


¿Me oyes, María? Desde tu mecedora de tierra ¿puedes oírme? … Desde tu atareada costumbre de morir ¿puedes, durante un instante inaudito, demorar ese afán, volver la espalda a esa sequía, y recibir en medio de la cara, en medio de tu sed resurrecta, el diluvio apacible de esta lágrima que te ofrezco como un ramo de siemprevivas? ¿Puedes oírme, María? … ¿Te besan con su broche de lágrima todas estas palabras de alegría? ¿Aceptas la mano empalabrada de tu hijo, de este viejo que habla solo, con un pañuelo apretado contra la boca?
con la luz ya sin susto de sus ojos … de repente me sonríe: me perdona: me quiere.  

…Vuelve. Casi tres cuartos de siglo después de todo, vuelve. Vuelve el implume mayor del coraje y la inocencia para postrarse ante el trono de cuna del primer llanto: condecorar con una lágrima el feroz, jadeante y ya victorioso argumento de su vida. Vuelve para entonar, como un abuelo de sí mismo y padre ya de la madre niña, en estruendosa voz muy baja, uno de los finales más escalofriantes, emocionantes, vallejos, que hayamos podido oír jamás (pues es el final compartido, milenario, de toda esta especie aterida; de todos):

Adiós, María. Descansa.
La tierra, el tiempo y yo somos tu cuna.

Duérmete, ea.

A la nana nanita del cementerio
una muerta y un viejo en asamblea.
Por fin lo que fue estrépito es ya misterio.
Duerme, mi niña, ea.
Pronto vendrá la luna
para lamer mi lágrima, para mecer tu cuna.

Ea, ea…

Por fin lo que fuera estrépito es ya misterio; por fin lo que fue llaga es ya una lágrima: una secreta, jubilosa, infinita y leal correspondencia. Lo más parecido a la eternidad.
Si tal cosa existe, Félix, mago, Capitán, esta gratitud innumerable, este escalofrío en los huesos del alma me asegura, susurrándome aquí cerca, que serás bienvenido.


Granada, febrero de 2012