jueves, 24 de julio de 2014

Mes de julio en el POCAVERGÜENZA


LA GUERRA



Hay una sola guerra, una sola, desde hace milenios sólo existe una sola y purulenta e interminable guerra: la de usted contra los que no quieren que usted sea quien es; empezando por usted mismo... [Sigue leyendo]



FANÁTICOS


Para un fanático, lo de menos es la causa: la cuestión es ser fanático de algo. En un fanático, en realidad, el color de la bandera es algo accidental devenido de las circunstancias en que fue a caer al nacer, al crecer, al constituirse como individuo. Por eso son todos intercambiables... [Sigue leyendo]


MÁS DE UN MILLÓN DE CADÁVERES 


Algún día, más antes que después, ir por ahí con la cara pegada a una pantalla dejará de ser la última urgencia posmoderna para convertirse en la más imperdonable vulgaridad: no sé si de pobres, pero desde luego de horteras... [Sigue leyendo]


DEMOCRACIA


Puedo soportar perfectamente a un malvado, siempre y cuando tenga educación. Puedo mantener una conversación e incluso una relación cordial con alguien con principios éticos bastante dudosos (siempre bajo mi dudoso y subjetivo punto de vista), a condición de que sepa exponerlos con sutileza, sin escupirme en la camisa, escuchando los míos y tratando de llegar a algún punto en que podamos reconocernos, honestamente, si no como iguales, sí al menos como dos idiotas semejantes tanteando a ciegas el vacío... [Sigue leyendo]

domingo, 29 de junio de 2014

POCAVERGÜENZA (nueva web/blog)




Era hora de recapitular. De hacer inventario, desempolvar viejas armas; abrir nuevas troneras desde las que disparar, sin señores ni amos ni más estandarte que el de siempre. 

Fundo nuevo sitio, POCAVERGÜENZA, para definir y ampliar el territorio, para mirar más hacia fuera y no callar. Pero -por supuesto- no clausuro éste: sólo queda como lo que siempre fue; un refugio íntimo, clandestino y delincuente en que seguir contándome y contando la vida secreta. La más verdadera. La que se va escribiendo sola, en voz muy baja, mientras cumplimos la ley de cada día.

Bienvenidos a esa otra casa. Gracias por seguir ahí (sé que estáis, en algún sitio). Nos vemos allí; nos seguiremos viendo aquí. 


Salud y aventura  

domingo, 15 de junio de 2014

Citas

El Darro a su paso por Granada. D. Roberts (1834)

Hay momentos, a veces, en ciertos días, en ciertos atardeceres al sur, en que puede verse la vida. No sólo mirarse. No sólo pasear los ojos por fuera, más allá de las catacumbas o los templos de uno mismo. Se la ve, a la vida. Como se ve a esa muchacha que sale a la calle vencido ya el crepúsculo, la luz dorada y añil y azul; recién lavada, como si acabase de salir del mismo río junto a la piedra y llegase puntual, con tiempo para andar despacio, a alguna cita de otro mundo que tú no verás nunca. (Alguien la espera en algún sitio: ¿quiénes? ¿Quién).

Se transparenta la vida, algunas veces, algunas tardes como ésta que hablo, como el mismo vestido negro de la mujer que no sabemos adónde va, adónde irá, con quién.

Se ve muy claro, aquí, cuando declina la luz de esta forma y pareciera que todo se llena de río, de cántaros azules y verdes como lámparas colgando de una a otra golondrina. Y al bajar la vista y mirar alrededor puede verse también a la gente, no sólo mirarla. Hay tres parejas en esta terraza en que estoy solo, bebiendo algo, fumando algo, ojeando de vez en cuando el libro. Extranjeros, hombre y mujer en los tres casos, mayores que yo. Se sientan en las mesas junto a la baranda de piedra que da al río, muy cerca ya del puente. Unos, los de la izquierda, hablan en francés, pero apenas hablan en realidad porque se miran mucho y apenas murmuran en voz muy baja. Más informales, fuman tabaco de liar, y tendrán cuarenta años. Los de la derecha del retablo son más mayores y podrían ser jubilados, no viejos aún, del norte de Europa; no hablan nada porque están absortos ambos en la luz y el aire, cada vez más fresco conforme se desvanece el calor. Los del centro son italianos; cincuenta años largos; elegantes sin estridencias; se sientan en una mesa alta con taburetes y comentan cosas, uno frente al otro, de vez en cuando. Contemplándolos, a los seis, me sorprende (y agradezco) el silencio, que parece gotear, a pesar de la multitud que se mueve allá en la otra orilla. Pienso entonces que me engaña la calma que desprenden; será sólo el efecto, casi alucinógeno, de la belleza que gobierna aquí. Pero observándolos bien cambio de opinión: no es el ambiente; son ellos. Están bien, se encuentran bien juntos, relajados en los tres casos, absortos al mismo tiempo y sin conflicto en la belleza de fuera y la de dentro y la que tienen enfrente, como en una misma placenta oscureciendo. 

De qué hablan, quiénes son; cómo han llegado hasta allí. No hasta aquí sino hasta allí, a esa conversación callada y múltiple que te parece –lo pienso bien: es eso– una especie de silenciosa y rotunda victoria, enhebrada durante siglos. Al menos por esta tarde. Al menos por este momento en que todo parece estar en su sitio, y tanto ellos como yo parecemos ver tan claro la tarde que os rodea. (Pero no os rodea; trampas de la percepción: somos de la tarde, somos la tarde misma).

Qué les habrá traído hasta esta tarde, a verlos esta tarde; qué tuvieron que hacer hasta llegar aquí, a esta ceremonia triple de un testigo solo. Para hacer que me pregunte, también, cuántas citas se están dando en este momento, cuántas se darán, cuántas podrían darse y no llegarán a ser nunca. No es el Tiempo el que transcurre: transcurrimos nosotros; quizás en espiral. Y vivir es elegir a qué citas quiere acudir uno, mientras las torres y los alminares de la ciudad vieja contemplan impasibles esa gloria, o aquel fracaso.

Se puede ver la vida, en tardes como ésta, verla bien, y saludar íntimamente a lo que corresponda. Pareciera que me ha oído pensar, el camarero árabe de este rincón, porque no va a cobrarme el licor de hierbas; ni los pensamientos. Arrecia la primera brisa, y otra muchacha, muy joven, sale del portal de enfrente, la espera una amiga, y bajan juntas por el puente de piedra hasta la multitud. Otra sube a su vez el puente, sigue subiendo la cuesta (¿a dónde?), existiendo un momento, transcurriendo aún hasta desaparecer de golpe entre las ruinas del atardecer.   

lunes, 19 de mayo de 2014

Mapas

No sólo se están aboliendo las fronteras del espacio; también las del tiempo. No sólo está la tecnología acercándonos (o dándonos la ilusión de acercamiento) hacia una misma latitud física; también a otras que pertenecen estrictamente a la región del sueño. De una manera mucho más estremecedora, a veces, que desenterrar sin querer una foto del fondo de un cajón, unas bragas insólitas quizás, un vestigio cualquiera de otra época. Como el testimonio de otra civilización: insignificante entonces, sagrado ahora por el paso del tiempo y el desconocimiento y la ceniza, y la vida inverosímil que aún conserva, como el remoto ADN de la felicidad, o del remordimiento.

Pero ya no es precisa la imaginación para invertir la línea temporal de algunas cosas. No es sólo que pueda volverse a los objetos o las personas o los lugares viejos a través de una imagen; es que puede uno jugar a la máquina del tiempo, y acabar temblando. Se puede comprobar fácilmente, por ejemplo, con el calendario del ordenador. Como todo calendario, señala la hora, el día, el mes del año en que te encuentras. Pero si pinchas ahí con el ratón, y lo despliegas, resulta que puedes también avanzar o retroceder a tu antojo: saber en qué día caerá el 3 de diciembre de 2033, por ejemplo, y mejor aún (mejor), en qué día cayó el 3 de diciembre de 1993. Puede uno reconstruirse a sí mismo, otra vez, como releyendo los relieves de la historia. Como las ruinas de una ciudad sepultada que ahora pudieran volver a ponerse en pie e iluminarse con los datos perdidos de los siglos. Fue sábado aquel día, claro: porque el viernes anterior hubo tal cosa. Y el domingo, entonces –todo cuadra–, estabas en aquel sitio.

Ahora puedes volver, también, a aquel sitio, sin moverte de este sofá, de este balcón. Puedes teclear el nombre del sitio, y no sólo verlo en un mapa, sino situarte virtualmente en él como en una alucinación, con el mecanismo de los sueños por el cual todo está congelado hasta que tú te mueves, y al moverte todo se mueve contigo en un vórtice de bruma, mitad voluntad, mitad atrezzo de escena. Y ahí aparece esa calle. Hace sol (pero casi nunca hacía sol allí). Ahí está esa tienda, allí la panadería. Ahí, más adelante, debería estar la casa. Y avanzas, avanzas por la calle (la pantalla), el recuerdo (el presente inmóvil), el terror y la emoción de estar ahí otra vez. Pero no estás ahí, evidentemente; son sólo imágenes captadas por satélite, reconstruyendo como en un parque de atracciones el decorado indiferente de tu ruina. Pero entonces, entonces, miras la fecha de esa reconstrucción, y constatas que las imágenes, o lo que diablos sea lo que tienes delante, donde estás ahora mirando, es abril de 2009. Lo que estás viendo (¿es posible?) es un día soleado en esa calle del mes de abril de 2009. No es la calle de ahora; es la de entonces... Y entonces (¿ahora?) esa casa que ves delante de ti estaba habitada por alguien que conociste muy bien, mucho después, pero que entonces, en el abril de 2009, en el ahora soleado que tienes delante en la pantalla, todavía no te conoce a ti. Estás viendo, entonces, a día de hoy, el día perfecto y azul y de primavera abriéndose en ese abril de hace cinco años: tú estabas en esa ciudad; ella vivía en ese edificio, sin conocerte aún. Estás mirando esa calle. Estás viendo ese día. La frutería en su sitio, los coches que pasan, el temblor cotidiano de la gente. Como todo a punto de empezar aún, todavía, entonces; como para siempre empezando todavía.


La casa gris, M. Chagall

domingo, 11 de mayo de 2014

Nacho Vegas o la revuelta de la honestidad

“Todo lo que he escrito me ha sucedido o me sucederá”: es una frase de la escritora norteamericana Carson McCullers muy cara, desde hace tiempo, al escritor español de canciones Ignacio González Vegas (Gijón, 1974); Nacho Vegas para ese público que viene aumentando, desde hace ya más de una década, sigilosa pero imparablemente, una variopinta cofradía en torno a la belleza cruel de sus canciones (canciones de cuna que acaban dando miedo). Canciones que son profecías, también, a veces; que hablan de cosas que han sucedido o que sucederán, acabarán sucediendo, en alguna parte, con una siniestra e incontestable lógica... [Entrevista para eldiario.es]

domingo, 27 de abril de 2014

Salud, capitanes de la belleza




Da miedo decirlo, pero está ocurriendo. Daba miedo presentirlo también, hace tiempo, antes de llegar hasta aquí. Está sucediendo, y qué bien sabíamos que debía suceder: estaba escrito. 

Se nos están yendo los que no se iban a ir nunca –pensábamos, candorosos, como diciéndonos que algo así era posible: nunca. Pero sabíamos que no sería así. En realidad –me doy cuenta– podría estar hablando ahora de muchas cosas a la vez, a pesar de que sólo pensaba conscientemente en los druidas mayores, los más viejos y nobles soldados de esta guerra en que nos metieron, nos metimos, al nacer. Pero están todos en lo mismo. Uno siempre busca las voces que le ayuden, le enseñen a transitar el camino. Son los que, primero, nos dan el pan necesario de la infancia, cuando entendemos poco; y son los que nos dan después el pan eufórico y siniestro de la adolescencia, cuando entendemos todavía menos. Y así. En este proceso de demolición que es la vida, como gustaba decir al mediano y más feroz de los hermanos Panero, memorando a Artaud; en este tránsito de lo oscuro a lo oscuro –que decía Andreiev, y gustaba recordar a Félix Grande–, en esta fiesta sorda en el pasillo, desde el comedor luminoso hasta las últimas habitaciones que nos daban miedo, los candiles más imprescindibles para no perdernos nos los dan los mayores de la tribu propia en que nacemos. Pero existen otros, más sigilosos, más lejanos y secretos, que nos dan luego la cerilla humilde para poder iluminar los rincones negros de nuestro pasillo interior, los huecos más en sombra de nuestra escalera niña: para poder entendernos, para poder conocernos y saber cuál es nuestro destino (quizás), o al menos cómo debemos buscarlo, enfrentarlo, y enfrentarnos al final a nosotros mismos. Los primeros candiles nos los podía dar la abuela, por ejemplo; la cerilla nos la podía otorgar cualquier noche de oráculo y luz de bruma, por ejemplo, Gabriel García Márquez.

Una viene para darnos la lección de la alegría, que es una bandera clandestina en un mundo que la persigue a todas horas para hacerla enmudecer. El otro viene para darnos –lo entiendo ahora– la lección de dar cobijo a esa alegría para siempre, allá dentro, mientras afuera atruenan y se pierden con estrépito funerario los treinta y dos levantamientos armados del corazón y la infancia. Una viene para darte la infancia; el otro, para ayudarte a velarla para siempre, y transcurrir en guardia todas las noches de la peste del insomnio o del olvido, y seguir soñando con todos aquellos que ya viven en la región del sueño. Para que nos manden puntuales su carta de niebla hasta esta orilla. Para que sigamos, también, soñando con ellos, a pesar de la estafa, del atraco infame, de la broma macabra como de niños crueles en el recreo cuando en el mismo sueño hablamos otra vez con los muertos, y al despertar un viento bíblico nos siembra en nuestro sitio comprendiendo de golpe, sabiendo de golpe irreparablemente que todo estaba escrito y que los que aún quedamos de esa estirpe no tendremos otra oportunidad sobre la tierra –sobre esta tierra al menos– de conjurar con ellos la soledad.

Se nos están yendo; se nos fueron yendo otros, hace tiempo, en cualquier caso. Pero no importa: si aprendimos bien la lección, si la recordamos aún tantos años después, frente a la ventana ésta del crepúsculo, no importa. Porque entonces ya tu abuela es Úrsula Iguarán, y García Márquez es tu abuelo. Y tu abuelo es el coronel, y tu infancia es ya Macondo. Y las guerras civiles son la de siempre, y los espectros de este lado y del otro siguen conversando impasibles a la luz del atardecer del mundo; a la luz del candil en que sigue tu adolescencia leyendo silenciosa, de madrugada, en la casa de la abuela, los pergaminos de todo lo que aquí sucedió, y todo lo que está por suceder, en el misterio inaudito de estar escribiendo esto ahora, aquí, en el centro mismo del misterio inaudito de estar vivo.

Al fin y al cabo, todo será un truco. Sólo un truco.

domingo, 20 de abril de 2014

La envidia de los dioses


Así como el pueblo encumbra al mito
para odiarlo después, vilipendiarlo,
apedrearlo a ciegas por las calles
y cobrarse su ofrenda sangrienta,
y así como se rumia el universo
alumbrándose y dándose por muerto,
y devora Saturno a sus hijos
y se adora en la plaza a un dios de luto
hasta quebrarlo,
          así hiciste conmigo,
así te hice, dulcísima caída, 
vestal sagrada de mi juventud


Ahora nos miramos en las ruinas
de otro tiempo,
         buscando los pedazos,
decrépitos, perdidos prematuros

comprendiendo tarde ya, ya muy tarde,
que siempre es pronto aún
para la gloria.


© Cristóbal Terrer Mota: http://www.atravesdemiespejo.com

domingo, 30 de marzo de 2014

Háblame

Para qué servirá el dolor. De quién será esa tristeza. “Me pregunto qué gana Dios con que suframos los hombres”, escribió alguien, no recuerdo quién, en alguna parte. “Ni sé para quién es esta amargura”, escribió Vallejo, alguna vez, en no sé qué infierno

Qué nos enseña, qué vendrá a enseñarnos el horror, el terror, el dolor

Algo será. Algo querrá decirnos esa ventisca sucia y gris y pálida, más allá de que la vida se vaya cobrando por su ley de ritmo o correspondencia el saldo obligado de la belleza. “Esta mañana de oro, con qué dolor se paga”, escribió en alguna parte Eloy Sánchez Rosillo. Yo conozco muy bien esas mañanas de oro. Y sé que sí: en muchas ocasiones, se pagan

Qué hacemos aquí, los hombres, los pobres diablos de hombres, decía Pessoa, mirando la espalda cualquiera de un hombre cualquiera en una calle cualquiera de Lisboa, sintiendo desvalidamente, vallejianamente, una piedad universal por todos, por todo: qué está haciendo aquí el pobre diablo de la humanidad. En esa reciente obra maestra llamada True Detective, el samurái mutilado, enfermo, maldito Rusty Cohle, confiesa a su compañero Marty, mientras atraviesan una carretera espectral (pareciera que es siempre la misma carretera del infierno), con expresión glacial y sabor a cenizas en la boca, lo absurda que le parece toda esta máquina de sentir y morir; todos estos pensamientos, emociones, anhelos desgajados de la naturaleza, dice, hiperlúcido, valiente, suicida: deberíamos darnos todos la mano y claudicar, como hermanos y hermanas, hasta la ceremonia nocturna y comunal de la extinción

Equivocado también, sin embargo: porque no es un error tener consciencia, sino pasar por aquí sin saber hasta dónde puede llevarnos, hasta qué últimas consecuencias (...y es el miedo al dolor y no el dolor el que suele hacernos pánicos y crueles: Luis Rosales). Por eso, quizás, es precisamente Cohle quien llega a vislumbrar al final un magma de amor y sueño esperándole bajo la oscuridad absoluta; la que quizá nos devuelva a la placenta preconsciente donde no existe el miedo, donde el amor reside

El miedo, la separación, el dolor. Una bestia moribunda arañando los cristales que sigue muriendo, ay, no deja nunca de morir. Escribí una canción al respecto, hace poco. Decía: álzate, háblame, dolor, di qué tienes que contarme

Porque es la única manera de vencerle. Buenos días, tristeza; cuéntame a qué has venido. No me zarandees como a un muñeco de trapo tirado en la calle un día de carnaval (un día de carnaval que llueve y pasan las carrozas y tú eres ese niño que vuelve sin entender en cada charco por qué están todos tan alegres, cuando hace tanto miedo)

También escribí, una vez de hace un año, que tal vez eso será vivir; pero no la vida

La vida también será descubrir que no es la vida eso, no. Esa terrible desolación al norte en la que eres adulto y llueve. Pues (sigue diciendo don Antonio Machado)

en mi soledad
he visto cosas muy claras
que no son verdad.


Álzate, háblame, dolor:
di qué vienes a enseñarme