“Todo lo que he escrito me ha sucedido o me
sucederá”: es una frase de la escritora
norteamericana Carson McCullers muy cara, desde hace tiempo, al escritor
español de canciones Ignacio González Vegas (Gijón, 1974); Nacho Vegas para ese
público que viene aumentando, desde hace ya más de una década, sigilosa pero
imparablemente, una variopinta cofradía en torno a la belleza cruel de sus
canciones (canciones de cuna que acaban dando miedo). Canciones que son profecías, también, a veces; que hablan de cosas que han sucedido o que sucederán, acabarán sucediendo, en alguna parte, con una siniestra e incontestable lógica... [Entrevista para eldiario.es]
domingo, 11 de mayo de 2014
domingo, 27 de abril de 2014
Salud, capitanes de la belleza
Da miedo decirlo, pero está
ocurriendo. Daba miedo presentirlo también, hace tiempo, antes de llegar hasta aquí. Está sucediendo, y qué bien
sabíamos que debía suceder: estaba escrito.
Se nos están yendo los que no se
iban a ir nunca –pensábamos, candorosos, como diciéndonos que algo así era
posible: nunca. Pero sabíamos que no
sería así. En realidad –me doy cuenta– podría estar hablando ahora de muchas
cosas a la vez, a pesar de que sólo pensaba conscientemente en los druidas
mayores, los más viejos y nobles soldados de esta guerra en que nos metieron,
nos metimos, al nacer. Pero están todos en lo mismo. Uno siempre busca las
voces que le ayuden, le enseñen a transitar el camino. Son los que, primero,
nos dan el pan necesario de la infancia, cuando entendemos poco; y son los que
nos dan después el pan eufórico y siniestro de la adolescencia, cuando
entendemos todavía menos. Y así. En este proceso de demolición que es la vida,
como gustaba decir al mediano y más feroz de los hermanos Panero, memorando a
Artaud; en este tránsito de lo oscuro a
lo oscuro –que decía Andreiev, y gustaba recordar a Félix Grande–, en esta
fiesta sorda en el pasillo, desde el comedor luminoso hasta las últimas
habitaciones que nos daban miedo, los candiles más imprescindibles para no
perdernos nos los dan los mayores de la tribu propia en que nacemos. Pero
existen otros, más sigilosos, más lejanos y secretos, que nos dan luego la
cerilla humilde para poder iluminar los rincones negros de nuestro pasillo
interior, los huecos más en sombra de nuestra escalera niña: para poder
entendernos, para poder conocernos y saber cuál es nuestro destino (quizás), o
al menos cómo debemos buscarlo, enfrentarlo, y enfrentarnos al final a nosotros
mismos. Los primeros candiles nos los podía dar la abuela, por ejemplo; la
cerilla nos la podía otorgar cualquier noche de oráculo y luz de bruma, por
ejemplo, Gabriel García Márquez.
Una viene para darnos la lección
de la alegría, que es una bandera clandestina en un mundo que la persigue a
todas horas para hacerla enmudecer. El otro viene para darnos –lo entiendo
ahora– la lección de dar cobijo a esa alegría para siempre, allá dentro,
mientras afuera atruenan y se pierden con estrépito funerario los treinta y dos
levantamientos armados del corazón y la infancia. Una viene para darte la
infancia; el otro, para ayudarte a velarla para siempre, y transcurrir en
guardia todas las noches de la peste del insomnio o del olvido, y seguir
soñando con todos aquellos que ya viven en la región del sueño. Para que nos
manden puntuales su carta de niebla hasta esta orilla. Para que sigamos,
también, soñando con ellos, a pesar de la estafa, del atraco infame, de la
broma macabra como de niños crueles en el recreo cuando en el mismo sueño hablamos
otra vez con los muertos, y al despertar un viento bíblico nos siembra en
nuestro sitio comprendiendo de golpe, sabiendo de golpe irreparablemente que
todo estaba escrito y que los que aún quedamos de esa estirpe no tendremos otra
oportunidad sobre la tierra –sobre esta tierra al menos– de conjurar con ellos la
soledad.
Se nos están yendo; se nos fueron
yendo otros, hace tiempo, en cualquier caso. Pero no importa: si aprendimos
bien la lección, si la recordamos aún tantos años después, frente a la ventana
ésta del crepúsculo, no importa. Porque entonces ya tu abuela es Úrsula
Iguarán, y García Márquez es tu abuelo. Y tu abuelo es el coronel, y tu
infancia es ya Macondo. Y las guerras civiles son la de siempre, y los
espectros de este lado y del otro siguen conversando impasibles a la luz del
atardecer del mundo; a la luz del candil en que sigue tu adolescencia leyendo
silenciosa, de madrugada, en la casa de la abuela, los pergaminos de todo lo
que aquí sucedió, y todo lo que está por suceder, en el misterio inaudito de
estar escribiendo esto ahora, aquí, en el centro mismo del misterio inaudito de
estar vivo.
Al fin y al cabo, todo será un truco. Sólo un truco.
Al fin y al cabo, todo será un truco. Sólo un truco.
domingo, 20 de abril de 2014
La envidia de los dioses
Así como el pueblo encumbra al mito
para odiarlo después, vilipendiarlo,
apedrearlo a ciegas por las calles
y cobrarse su ofrenda sangrienta,
y así como se rumia el universo
alumbrándose y dándose por muerto,
y devora Saturno a sus hijos
y se adora en la plaza a un dios de luto
hasta quebrarlo,
así hiciste conmigo,
así te hice, dulcísima caída,
vestal sagrada de mi juventud
Ahora nos miramos en las ruinas
de otro tiempo,
buscando los pedazos,
decrépitos, perdidos prematuros
comprendiendo tarde ya, ya muy tarde,
que siempre es pronto aún
para la gloria.
para odiarlo después, vilipendiarlo,
apedrearlo a ciegas por las calles
y cobrarse su ofrenda sangrienta,
y así como se rumia el universo
alumbrándose y dándose por muerto,
y devora Saturno a sus hijos
y se adora en la plaza a un dios de luto
hasta quebrarlo,
así hiciste conmigo,
así te hice, dulcísima caída,
vestal sagrada de mi juventud
Ahora nos miramos en las ruinas
de otro tiempo,
buscando los pedazos,
decrépitos, perdidos prematuros
comprendiendo tarde ya, ya muy tarde,
que siempre es pronto aún
para la gloria.
![]() |
| © Cristóbal Terrer Mota: http://www.atravesdemiespejo.com |
domingo, 30 de marzo de 2014
Háblame
Para qué servirá el dolor. De
quién será esa tristeza. “Me pregunto qué
gana Dios con que suframos los hombres”, escribió alguien, no recuerdo
quién, en alguna parte. “Ni sé para quién
es esta amargura”, escribió Vallejo, alguna vez, en no sé qué infierno
Qué nos enseña, qué vendrá a
enseñarnos el horror, el terror, el dolor
Algo será. Algo querrá decirnos
esa ventisca sucia y gris y pálida, más allá de que la vida se vaya cobrando
por su ley de ritmo o correspondencia el saldo obligado de la belleza. “Esta mañana de oro, con qué dolor se paga”,
escribió en alguna parte Eloy Sánchez Rosillo. Yo conozco muy bien esas mañanas
de oro. Y sé que sí: en muchas ocasiones, se pagan
Qué hacemos aquí, los hombres, los pobres diablos de hombres, decía
Pessoa, mirando la espalda cualquiera
de un hombre cualquiera en una calle cualquiera de Lisboa, sintiendo desvalidamente, vallejianamente, una piedad
universal por todos, por todo: qué está
haciendo aquí el pobre diablo de la humanidad. En esa reciente obra maestra
llamada True Detective, el samurái
mutilado, enfermo, maldito Rusty Cohle, confiesa a su compañero Marty, mientras
atraviesan una carretera espectral (pareciera que es siempre la misma carretera
del infierno), con expresión glacial y sabor a cenizas en la boca, lo absurda
que le parece toda esta máquina de sentir y morir; todos estos pensamientos,
emociones, anhelos desgajados de la naturaleza, dice, hiperlúcido, valiente,
suicida: deberíamos darnos todos la mano y claudicar, como hermanos y hermanas, hasta la ceremonia nocturna y comunal de
la extinción
Equivocado también, sin embargo: porque no es
un error tener consciencia, sino pasar por aquí sin saber hasta dónde puede
llevarnos, hasta qué últimas consecuencias (...y es el miedo al dolor y no el dolor el que suele hacernos pánicos y
crueles: Luis Rosales). Por eso, quizás, es precisamente Cohle quien llega
a vislumbrar al final un magma de amor y sueño esperándole bajo la oscuridad
absoluta; la que quizá nos devuelva a la placenta preconsciente donde no existe
el miedo, donde el amor reside
El miedo, la separación, el
dolor. Una bestia moribunda arañando los cristales que sigue muriendo, ay, no
deja nunca de morir. Escribí una canción al respecto, hace poco. Decía: álzate,
háblame, dolor, di qué tienes que contarme
Porque es la única manera de
vencerle. Buenos días, tristeza; cuéntame
a qué has venido. No me zarandees como a un muñeco de trapo tirado en la calle
un día de carnaval (un día de carnaval que llueve y pasan las carrozas y tú
eres ese niño que vuelve sin entender en cada charco por qué están todos tan
alegres, cuando hace tanto miedo)
También escribí, una vez de hace
un año, que tal vez eso será vivir; pero no la vida
La vida también será descubrir
que no es la vida eso, no. Esa terrible desolación al norte en la que eres
adulto y llueve. Pues (sigue diciendo don Antonio Machado)
en mi soledad
he visto cosas muy claras
que no son verdad.
Álzate, háblame, dolor:
di qué vienes a enseñarme
domingo, 23 de marzo de 2014
Héroes
Cuando era niño, uno soñaba con ser Indiana Jones. No arqueólogo
(que también), ni Harrison Ford (que más todavía), sino Indiana Jones. Yo lo
que quería era hacer de la vida un misterio y una aventura, que me pasara todo
un mismo día y que ninguno fuera igual, pero sobre todo –lo entiendo bien ahora–
lo que quería era salvar, así, a
secas. Salvarme a mí en el último segundo del precipicio después de haber desafiado
al diablo, y salvar a un pueblo entero de la injusticia, y salvar a la rubia
del templo maldito en el que fueran a sacrificarla o a casarse –lo mismo da–,
antes de componer esa mueca delincuente en la puerta y decirle, como si no
fuera conmigo la cosa: “Si me necesitas,
ya sabes dónde estoy…”
Yo quería salvar, como un héroe ingenuo y temerario: salvar a toda
la gente que yo quería de cualquier injuria, de cualquier herida, de la muerte
que fuese. A veces, en según qué circunstancias, puedo sentir otra vez,
calentándome el costado izquierdo, ese escalofrío de concordia, como de querer (vuelve
Vallejo para ayudarme) ayudar a reír al que
sonríe, / ponerle un pajarillo al malvado en plena nuca… Reunir los
pedazos, supongo. ¿Qué es un héroe? Un héroe –por ejemplo– es el que queda
velando sus pedazos toda la noche, bajo una manta y un candil a la intemperie,
con la esperanza remota y niña de volver a juntarlos, de llamar a todos los que
uno quiere para que vengan y le ayuden a reunirlos, mientras se monta una
fiesta y se ríe porque nada, nunca, será tan grave. Reunir los pedazos,
supongo, equivaldría entonces, en un mismo fulgor de la espina dorsal, a cruzar
una mirada furtiva con aquella niña y sentir que se te abrían las tripas; a
hacer las paces con un amigo; a salir corriendo hacia la vida absolutamente
disponible para batirte en duelo con toda la alegría, sin miedo alguno, contra
el enemigo cualquiera de cada día.
Por entonces era más fácil, porque el enemigo estaba, o parecía
estar, mucho más claro; ahora está en todas partes y en ninguna a la vez:
generalmente, dentro de uno mismo. ¿Qué es un héroe? El que no se engaña –por
ejemplo–, el que no se esconde de sí mismo, el que no tiene miedo a ser quien
realmente es. Pero en la coacción que
nos impone esta vida diariamente para que nos olvidemos de nosotros mismos (astutamente:
haciéndonos confundir nuestros egos con nuestra verdad), vamos poco a poco
perdiendo esos milímetros de instinto salvaje que nos harían correr en la
dirección contraria y saltar por encima del terror con toda la furia y toda la euforia
posibles. (Cuántas cosas se harán en la vida más por miedo que por amor; menos
por deseo que por remordimientos).
¿Qué es un héroe? El que aprieta los dientes, por ejemplo; el que
ensancha los límites de lo prohibido, o lo prohibido en uno mismo, en soledad
feroz y sin tregua, jugándose la vida en esa guerra contra sí y contra el mundo
sabiendo que el saldo será siempre negativo, que rara vez le entenderán, que
por cada pírrica victoria íntima habrá mil derrotas semanales ante los cretinos
que no sabrán entenderle (y me acuerdo de Alejandra Pizarnik: Ellos son todos y yo soy yo). El que no
traga, a riesgo de quedarse sin comer; el que no juega al mismo juego aunque se
sepa solo y marginado y proscrito, el que no comulga con ruedas de molino ni
ríe las gracias ni sonríe viscosamente síclaroporsupuesto a los leguleyos de
cualquier Corte, calculando la recompensa o la palmadita en la espalda de los
que pretenden que el rey no va desnudo, porque viven precisamente de eso: les
paga el capataz de la mentira ambiente.
El que levanta una maltrecha, insobornable torre contra el ruido,
la estupidez y la miseria de los que siempre nos querrán, muertos de miedo, con
tanto miedo como ellos a cumplir la verdadera ley.
Eso será un héroe. Aunque todos los días te usurpen el látigo, te
cuestionen el grial, te chuleen el sombrero.
domingo, 16 de marzo de 2014
Mayor Zaragoza: esperanzado y esperanzador
No es un optimista, dice, sino un esperanzado. Ha sido Catedrático en Bioquímica, cofundador del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa (con quien trabajó), consejero de Adolfo Suárez en tiempos difíciles, consejero de Mijaíl Gorvachov en momentos críticos; director general de la UNESCO durante doce años; miembro del Club de Roma, de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, de la Academia Rusa de Ciencias… (por resumir). Actualmente, y desde el año 2000, preside la Fundación Cultura de Paz –su principal afán cotidiano–, pero también la Comisión Internacional contra la Pena de Muerte. Diplomático más que político, ensayista, poeta, vitalista, el prestigio y la estatura de Federico Mayor Zaragoza son sólo proporcionales a la pasión con que ríe, trabaja, sueña y habla: cuando se conversa con él apenas hacen falta preguntas, porque parece haberlas rumiado todas... [Entrevista para eldiario.es]
martes, 11 de marzo de 2014
'Día X, mes Y'
“Hay golpes en la vida, tan fuertes…”
(C. Vallejo)
Hay
fechas en el calendario
por
las que debiera la vida quedarse quieta,
atónita,
y llorar de vergüenza en el espejo
y
entrar y salir dando gritos por la gruta
hay
fechas
del corazón
por
las que debiera el mundo arrebujarse,
aterrado,
en cualquier rincón del bosque,
y
abrazadas las rodillas sentir
el
aire irreparable sentir
el
miedo por la espalda
sentir
el
pánico
de
la bestia
acercándose
acercándose
hay
fechas, hay días marcados
a
fuego, en el calendario,
como un lobo
negro en la estepa nevada
como el
mendigo evitado de reojo
como el
cuarto cerrado a cal y canto
en el que –te
decían los adultos- no había
“Nadie”, “Nada”
hay
días
hay
fechas
de plomo grave
de cuervo quieto
de ventisca sucia y gris
y pálida,
en
el calendario,
que
siempre vuelven, puntuales,
a
la ventana sin nadie de la lluvia,
que
doblan cojitrancas
la esquina del año
y
tocan a muerto la puerta miserable
que
se quedan ahí todo el día
por
las que debiera venir alguien
a
pedir perdón, alguien
ante
las que sólo cabe ahogar la puerta
ante
las que
sólo
cabe
enmudecer.
[de La edad del mediodía -Nausícaä, 2011-]
sábado, 22 de febrero de 2014
Don Antonio Machado: la lección inagotable
“¿Llegaremos pronto a Sevilla?”
El lenguaje rompió a llorar
Estos versos abren un largo poema del Libro de familia (2011) de Félix Grande: su último poemario dado a la imprenta. El segundo verso es suyo; el primero no: el primero fue, es, la pregunta que una anciana, una niña de ochenta y cinco años, pronunció hace ahora tres cuartos de siglo, irreparablemente lejos de Sevilla, a demasiados kilómetros de cansancio. El poema se llama Antonio Machado escribe el último poema de su vida; y sigue así, un poco más adelante:
El Lenguaje (…)
…oye cómo doña Ana Ruiz
con entusiasmo pavoroso
pregunta a Antonio: “¿Llegaremos
pronto a Sevilla?”… y el Lenguaje
limpia la nieve al calendario,
le ve a enero el día veintiocho,
le ve a España en la sien el año
mil novecientos treinta y nueve…
…no puede resistirlo, y rompe
a llorar como un niño…
El 28 de enero de 1939, Félix Grande es apenas un niño a punto de cumplir dos años de edad, allá en el pueblo manchego de Tomelloso; y doña Ana Ruiz, junto con sus hijos Antonio y José Machado y la mujer de este último, Matea, llegan al pequeño pueblo marítimo de Collioure, en el sur de Francia... [Sigue leyendo en eldiario.es]
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