sábado, 24 de noviembre de 2012

Estadística (o 'meterse en política')

Un día, el escriba que Winston Churchill llevaba siempre detrás (porque es sabido que los ingleses ilustres siempre han tenido uno de ésos, como Oscar Wilde, para que la Historia no se perdiera ni una sola gema de lucidez) transcribió un exabrupto que desde entonces no ha perdido vigencia: “Un muerto es una tragedia; muchos miles es estadística”. Y no me digan que no es verdad. Si está usted, pongamos por caso, viendo el telediario de las tres, con el puchero, y le informan de que están en vías de palmarla siete mil personas en la India debido a un escape de gas tóxico en una planta que una multinacional norteamericana tiene allí, haciendo turismo, seguramente la voz de Ana Blanco –que a este paso acabará dando las campanas del Juicio Final– no alterará lo más mínimo su deglución. Cosas que pasan, al fin y al cabo; no somos nadie, etcétera. Ahora: si en vez de esa nebulosa, remota historia, a usted le cuentan con pelos y señales el caso concreto del señor Khan, que ha perdido la vista, a sus tres hijos y al perro, y que ya no podrá volver a trabajar en su vida, quizás el potaje se le venga atragantando un poco. Quizás hasta cambie a Saber y ganar, donde lo más inquietante que puede ocurrir es que algún concursante no sepa de qué color eran las bragas de Nefertiti.
 
Lo que hemos sabido ahora es que en España se están produciendo unos 500 desahucios al día, con 119 suicidios directamente relacionados con ese dato en lo que va de año. También, que hay ya casi dos millones (1.737.900 exactamente, dicen, por no perder la afinación numérica) de hogares en los que no entra un solo duro. Todo esto quiere decir que podemos estar ya tranquilos, pues dejamos atrás señorialmente el zafio terreno de la tragedia para entrar en el de la distinguida estadística británica, la de salón, copa y puro. Aunque quizás en nuestro caso sería más atinado decir casino: un término más acorde, al fin y al cabo, con esa nobiliaria tradición de próceres locales de provincias que siempre nos han arreglado el mundo (o sea la finca) entre el humo y los bostezos del domingo. Pues tal es el entorno exacto del que proviene nuestro actual prócer, señor Rajoy Brey. En su caso fueron los geniales escribas de Las noticias del guiñol –la más trágica pérdida televisiva de las últimas décadas, por cierto– quienes le atribuyeron esta impagable gema de lucidez, hace ya unos años, cuando era apenas ministro del Interior de Aznar, o así: llegaba algún otro amiguete suyo del Gobierno, a hacerle una consulta, y Rajoy, que para donManuel Fraga Iribarne-que-en-gloria-esté siempre fue la viva estampa del Churchill gallego, respondía, altivo y socarrón, entre las sempiternas volutas de humo de su puro: “A mí no me pregunteshhh, yo no me meto en política”.
Rajoy consolando a su guiñol -o viceversa- (Foto: Gorka Lejarcegi)
 
Yo no me meto en política. Hay que ser un genio, o poseer directamente dotes telepáticas, para clavar de tal forma, y por aquel entonces, la psique de nuestro registrador de la propiedad. Porque ése fue, ahora que caigo, el primer trabajo del señor Rajoy, registrar propiedades: ya ven que el que avisa no es traidor. Claro que aquello era demasiada política para alguien cuya verdadera vocación era estudiar doce horas diarias en bata mientras su madre le hacía los colacaos. Por eso tardó tan poco en dejar aquel curro tan estresante, y por eso acabó entrando en política: precisamente para no tener que meterse nunca en política. Todo esto, dicho así, quizás suene un pelín abstruso, pero recuerden que la cosa va de salones y de casinos, y no de ordinarieces como la lógica o la realidad, ésa que al parecer acabó truncando tan inoportunamente el programa electoral de nuestro hombre.   
 
De modo que, según esta aplastante I-lógica (Lógica 3.0), el panorama nos cuadra perfectamente: Rajoy ha estado todo este año en su despacho de guiñol de La Moncloa, repantigado en el otrora sillón de Zeus-Aznar y soltando circulitos de humo cual Churchill gallego viendo al ejército de la crisis invadir Polonia (o sea la finca), en una resolución de cuadro edípico como para que ande brindando Fraga, allá donde esté, con Arias Navarro. Esperando, todo este tiempo, de puro en puro, a que la tragedia derivara en estadística. Supongo que cuando los españoles caídos (por la ventana) hagan un grueso suficiente en las aceras, el prócer tomará cartas en el asunto. Churchill, entre frase y frase, acabó declarándole la guerra a Alemania; lo de Rajoy sería aún más heroico, porque tendría que acabar enfrentándose con los dueños del casino y a ver qué haría entonces el hombre por las tardes sin su tertulia. Además, y en contra de lo que pueda parecer, debe de andar muy ocupado, devanándose los sesos en busca de alguna frase para la Historia que mejore la de su guiñol. No sabemos cuál de esas dos misiones es más improbable. 
 
[Publicado en FTS C. Magazine]
 

martes, 20 de noviembre de 2012

Aquellos 'mediocres' tiempos

Tiempos mediocres. Lo fui recordando puntualmente, misteriosamente, durante los últimos años; algo que escribió Manuel Vicent a cuenta del estado (aparente) de cosas en los primeros compases del siglo XXI. De cuando este estruendo macabro que hoy escuchamos hasta en sueños era apenas un murmullo, y la mayoría de las hoy víctimas directas del seísmo no oían nada, o preferían no oír –ingenuidad o terror profético– subiendo el volumen del mp3 en el metro, en la facultad, en las soleadas mañanas del Madrid viejo en que todavía podía uno leer El País y sentirse a salvo, en el mundo y la conciencia (o leer El País, a secas): España y todo el orbe seguían siendo un avispero en permanente estado larvario, pero nada llegaba (llegaría) nunca a ser tan grave; al menos, para los nacidos a este lado de la alambrada –lo que no deja de ser llamativo, visto ahora, teniendo en cuenta que ya había sucedido lo de Atocha con su consecuente cum laude en el horror–. De modo que se indignaba uno lo pertinente, se afianzaba hasta la complacencia en su convicción de saber por dónde iban –y vendrían después– los tiros, y con ese cóctel moral e intelectual agitado y mezclado con tinta fresca, César Vallejo y vino verde, pasaba uno a discurrir, solo o con Fulanita, sobre lo que más le importaba en el fondo: o sea, uno mismo.

No lo recuerdo literalmente, pero venía a decir Vicent que vivíamos tiempos de indiscutible perfil bajo, sin esas grandes hazañas y momentos dramáticos (entendidos como estados de ánimo y no como hechos puntuales: ya hemos dicho que de dramas de éstos siempre hemos estado lamentablemente surtidos) que amalgaman y coronan la Historia con mayúsculas, y por tanto sin esos personajes que la propia Historia vomita necesariamente como héroes, por vocación o por fuerza. Mediocridad en todos y en todo, vamos; mediocridad en los bares y en el Congreso, en los círculos literarios y en los saraos de copetín, en la Universidad y en la televisión, en el hampa y en las finanzas –arriba y abajo–, en la prensa y en la música, en el arte y hasta en las guerras en las que cuatro paletos visionarios se empeñaron en meternos sin llegar a meternos de verdad, como si fuera un Risk televisado –aunque los muertos y mutilados eran rigurosamente reales–. Tiene su sentido, visto ahora también, que durante aquellos cándidos días y los lustros anteriores la única fascinación épica posible la encontrase la peña en el deporte: como si las Nike ungidas en barro de Rafa Nadal –por ejemplo– nos redimieran algo a todos de la vergonzosa homogeneidad de nuestras zapatillas de andar por casa.

Tiempos mediocres aquellos, en fin, en los que todo era o parecía ser escandalosamente plano, y ni siquiera andaban ya los Azcona y compañía, por ejemplo, para contar el absurdo como dios manda. Ni Manuelas Malasaña tirando macetas desde el balcón ni Larras pegándose tiros en la sien, aunque fuera por mera protesta ante el aburrimiento. De Che Guevaras, Nerudas o Aurelianos Buendía, por supuesto, ni hablemos; y lo mismo –aparentemente– en el extremo opuesto. De vez en cuando, es verdad, a Zapatero se le olvidaba –pero para bien: era cuando aún molaba, recuerden– qué país gobernaba, y se le ocurría casar a los homosexuales, o dejar que TVE fuera un ente público y no púbico, o abrir fosas comunes, o pactar con los nazis etarras para que dejaran de matar de una puta vez, y entonces volvíamos a tener marchuqui hispánica de la buena, aunque fuera un rato, y Jiménez Losantos alcanzaba la resonancia que nunca logró en el patio del instituto soltando calculada basura ideológica por maitines, y los señoritos de la finca insinuaban sin complejos que el 11-M había sido cosa de Rubalcaba, ayudado por dos moros de Lavapiés “y un camellito sin dientes sobrino de un primo hermano de algún pariente asturiano” de la kale borroka –con explosivos de Paracuellos–, y Rouco Varela, mi querido, venerado, idolatrado Rouco, montaba raves católicas de tiernos castrati en la plaza de Colón, con respetables señoras-pitbull de pelo cardado que te atizaban con el paraguas a poco que no les convenciera tu indumentaria o la pegatina del medio de comunicación de tu micrófono.

Pero nada, oigan: fuegos fatuos, pobres pirotecnias; pueriles escaramuzas de chichinabo, lo de aquellos mediocres y ahora furiosamente añorados tiempos. Porque, si algo hemos ganado con la que está cayendo, si algo podemos sacar en claro de estos extraordinariamente infames días, es al menos dónde está realmente cada uno. Antes, hace un lustro apenas, todo era anodinamente difuso, obtuso y confuso; todo flotaba en un mismo y grisáceo magma de mediocridad en el que era difícil, a priori, ubicar las cosas. ¿Recuerdan aquel Contra Franco vivíamos mejor de los irreductibles y canosos analistas? ¿Recuerdan –qué risa, señora, visto ahora– aquella sibilina y conciliadora salmodia del “ya no hay izquierdas ni derechas” que te espetaban en la barra, sin variación, los inequívocamente más escorados a estribor de la nave? Bien: pues la demolición, al menos, también está acabando ya con esas mediocres ambigüedades.   

Hay una frase de aquel artículo de Vicent que sí puedo recordar casi literalmente ahora, porque es el motivo real de que haya recordado siempre esa pieza; una frase que siempre me titiló y que ahora me retumba de manera inquietante: “Benditos tiempos mediocres éstos –concluía, más o menos– en los que puede uno darle la mano en un cóctel a alguien que en otra situación no hubiera dudado en hacerte fusilar”.

Ya terminaron los tiempos mediocres, a mayor gloria de la claridad y muy a pesar nuestro. Ya no es difícil ubicar al peligro, a los enemigos, porque están donde siempre estuvieron: en realidad no se fueron nunca. Ahora lo que necesitamos saber es dónde están los héroes.  


[Publicado en FTS C. Magazine]

martes, 13 de noviembre de 2012

No habrá paz para los malvados

Hace ya algún tiempo (parece que fue nunca), en una entrevista de trabajo con cierto medio de comunicación, el señor de marras quiso saber de qué palo iba uno. Algo así como aquel “Quién es tu maestro, ¿nene?” que te espetaban las viejas del pueblo al salir del colegio, cuando te pillaban llamando a los telefonillos de los portales para salir pitando acto seguido... [Sigue leyendo]


 

viernes, 26 de octubre de 2012

Los muertos silenciosos de la crisis

Desahucio trágico y secreto
 
Llegó antes la ambulancia que los agentes judiciales. Se llamaba José Miguel Domingo Águila, pero era Domingo, el del kiosco, para todos los habitantes de La Chana: una humilde barriada granadina en la que todo el mundo se conoce y todos, a priori, lo saben todo de todos. O lo intuyen. Sin embargo, no fue hasta las diez de la mañana de ayer, cuando el secretario del juzgado se personó en la calle del Arzobispo Guerrero, cuando se supo que Domingo, de 54 años, iba a ser desalojado del inmueble en el que vivía solo, justo encima del local de su negocio, en el edificio que su familia posee desde hace décadas.
 
Uno de sus hermanos -que regenta una frutería junto al kiosco, en los mismos bajos del inmueble- lo había encontrado ahorcado, a primera hora de la mañana, en el viejo patio de la casa.
 
En realidad nadie lo sabía. Se le veía algo "deprimido", sí; un poco más "triste", quizás; extrañamente "alicaído", en los últimos tiempos, para su carácter naturalmente alegre. Pero lo cierto es que ningún vecino del barrio, en el que era francamente querido, podía imaginar que la desesperación que incubaba Domingo se pareciese más a una bomba de relojería que a la tristeza ambiental, ya casi endémica, que asfixia a este rincón de Granada. Al fin y al cabo, son horas duras para todos. [Reportaje para eldiario.es]

 

martes, 23 de octubre de 2012

El Latifundio

Sucedió en Madrid, en el año 2007. Muchos de ustedes no habían nacido aún, pero servidor apuraba por entonces sus últimos coletazos académicos en la sacrosanta casa complutensis de las ciencias informacionales, o meta-bio-intrínsecas, o como carajo llamen ahora a esa facultad; si es que sigue existiendo y Esperanza-Aguirre-de Arco y Gil de Biedma-enlapérgolayeltenis y sus monaguillos libertarios no han puesto ya orden allí de una puta vez, devolviéndola a su naturaleza franquista originaria: una cárcel para mujeres, según contaba la leyenda (que, si non é vera, é ben trovata). En fin; que nosotros, los de entonces, aún éramos aquéllos, y éste que escribe repartía su jeta entre la lírica y los deportes de riesgo, entre el periódico en el que curraba de becario por las tardes (con gran libertad de maniobra gracias a mi amable jefa, por cierto), los ritos iniciáticos en el Libertad 8 con mi compadre Manuel Cuesta y el bucanero del Valle, los cine-cerves de los miércoles con Ramos & Montero, y mi querida Casa del Sheriff: un lugar mitológico en Chamberí, mitad piso de estudiantes, mitad Aleph borgiano, en el que sucedieron tantas cosas en tres años no seguidos que hasta el cadete Dustin Hoffmann de El graduado hubiera salido de allí hecho un hombre, a las primeras de cambio, sin necesidad de tanto estrés. [El Sheriff, además, era una simpática y nada imprevisible señora que aparecía por allí a primeros de mes, sacaba una automática del bolso y te espetaba, apuntándote, con la cuchara con crispis en la boca aún: “El dinero”].
 
Sé –gracias a mi implacable memoria para ubicar cronológicamente cualquier estupidez– que debió de ser hacia la primavera, en una de esas tardes cada vez más largas en las que uno empezaba a sentir (no pregunten) un remordimiento anticipado por el futuro. Debía de hacer muy buen tiempo ya, lo cual explica el suceso posterior, que tiene que ver con una camiseta: la camiseta negra de manga corta (algodón por más señas) que llevaba aquel día; muy parecida, precisamente, a la que llevo justo ahora, mientras escribo.
 
Aquella tarde-noche, uno de los colegas con los que compartía techo en la mentada Sheriff’s House me invitó a unirme a él y sus compañeros de facultad en un bar de copas. Cerca de Argüelles, si no recuerdo mal. Así que volví del curro, dejé los bártulos y me fui para allá. Dos cosas me llamaron la atención, instantáneamente, al entrar en el garito. Una fue el cálido recibimiento, el espontáneo buen rollo general, atribuible, sin duda, a que todos eran buena gente y a que llevaban ya varias horas allí, dándole al frasco. La otra fue uno de los chavales del grupo, porque era imposible que no llamara la atención: después de saludarme efusivamente, me preguntó a bocajarro qué quería tomar, que allí invitaba él. Encantado de la vida, le dije que un Johnnie, por favor. Con cola. Acto seguido se abalanzó sobre la barra, feliz, sonriente, expansivo, con ademán de propietario, y al poco volvió al corrillo con un cubata para mí y varios para otros amigos más. Este detalle, sin ser corriente en absoluto (allá de donde yo vengo estas invitaciones suelen depender de asuntos de honor: el palo), no fue sin embargo lo que más me extrañó. Tardé un rato en darme cuenta: era su pinta, su aspecto físico, su careto.
 
 
Juro que no es una construcción literaria facilona y a toro pasado: yo sabía que la universidad a la que iba mi compañero de piso (un tipo cojonudo y de lo más normal, por cierto) no era normal en absoluto, porque no salía ni en los mapas (curiosamente, en nuestra casa había un póster con todas las universidades de Madrid; ésta ni siquiera figuraba). Mi amigo había ido a parar allí porque su carrera no se daba en ningún otro lado, o casi; las matrículas valían lo que se estará gastando en váliums Juan Luis Cebrián. Yo sabía todo esto, y ciertas trazas del muchacho pródigo (camisa y pantalón de marca, zapatos carísimos, raya a un lado del pelo y bronceado de serie) no me extrañaron nada. Sin embargo, me encontré pensando, estupefacto, algo que no había pensado nunca antes, porque nunca antes (o casi) había tenido oportunidad. Este tío, me dije –acechando de refilón su cutis perfecto, su perfecto pelo negro, su lugar perfectamente ocupado en el ambiente y en el mundo–, no ha pasado hambre en su vida; como tú, claro, como yo: como casi nadie de los nacidos en España en el segundo tramo del siglo XX. Pero hay algo más, me dije, en una intuición más de piel que de argumentos, más de instinto que de ciencia: su padre tampoco pasó hambre; ni su abuelo; ni su bisabuelo; ni su tatarabuelo. Seguramente –me dije–, era un ancestro suyo el que controlaba el cotarro en las cuevas de Altamira.
 
Repito que esta reflexión o delirio absurdo de clase (yo tampoco me crié en Burundi) era más atribuible al inconsciente que a razones serias, pero –ay, amigos, las razones mentales…– eso fue lo que pensé. Y no sé si era precisamente esto lo que andaba pensando, o ya lo había pensado, cuando, sentado en un taburete, copa en una mano y cigar en la otra, y mientras escuchaba la conversación que por supuesto monopolizaba nuestro hombre, oí de su boca una frase que casi me hizo literalmente atragantarme del impacto: “Es que en mi latifundio…”
 
 
Vale: los colegios y el instituto y la universidad a los que yo había ido sí salían en los mapas (señal inequívoca de su poquísima clase), y (vale) tampoco es que uno fuera nunca un alumno modélico. Sin embargo, a esas alturas de la vida, con 23 tiernos diciembres, uno tenía bastante claro qué era (qué había sido) un latifundio. Al menos en España. Si ustedes buscan ahora el término –como acabo de hacer yo– en el diccionario digital de la RAE, comprobarán que los augustos y ecuánimes académicos lo definen, sucintamente, como Finca rústica de gran extensión. Y tiene su gracia, porque eso fue precisamente lo que yo respondí, más o menos. Quiero decir: el término me pareció tan chocante en ese momento (tampoco fui a clase el día en que dieron algunas imprescindibles pautas sobre la prudencia en sociedad), que al oírlo se me escapó un conato de risilla del estómago; éste, en su llegada a la garganta, colisionó levemente con el trago de J.W., sin más consecuencias; pero las burbujillas que se me subieron a la nariz hicieron un poco más aparatosa mi reacción a la frase. Se me quedaron mirando muy quietos, el latifundista y un apéndice suyo que le había estado riendo las gracias todo el tiempo (supongo que el hijo del guardés del latifundio). Qué pasa, dijo; no sé si con palabras o con gestos. Entonces me aclaré la voz: ¿Un latifundio, tienes?, pregunté. Sí, qué pasa –el otro–. Pues –respondí, más o menos, intentado suavizar con una sonrisa algo que era ya insuavizable– que lo que querrás decir, supongo, es que tienes una finca, ¿no? Una finca (rústica) muy grande (de gran extensión), con mucha gente trabajando y tal; pero un latifundio, colega, como que suena más al siglo diecinueve; principios del veinte… ¿… No?
 
Algo así dije. El muchacho, visiblemente encendido, se lió entonces con cuestiones etimológicas. ¿Es que no sabes latín?, me inquirió –casi escupió–: De ‘latis’, tierra… Ahí confieso que dudé un segundo, porque en mis dos años de latín en el vulgar instituto público de mi ¡tierra! jamás había oído relación alguna entre esos dos términos [en realidad: latifundium: de latos, extenso, amplio; y fundo, propiedad; y la definición y explicaciones que vienen dadas en la Wikipedia le hubieran encantado también, aquí al erudito]. La discusión no duró mucho más; como iba a ser imposible ponerse de acuerdo en algo que en realidad no era ni mucho menos un debate lingüístico, sino moral (porque el lenguaje es inocente pero nunca o casi nunca la manera de usarlo), la conversación se zanjó de cualquier manera, y ahí seguimos, cada uno a lo suyo. El muchacho tenía (su papá más bien) un latifundio en algún lugar entre Andalucía y Extremadura, y yo no tenía ni puta idea de latín. Punto final.
 
Pero no era ningún punto final. Al poco, se me acercó otra vez, sinuoso, el Dúo Dinámico. Yo seguía en mi taburete. Pensaba que me iban a cantar algo (“Quisiera serrrr aurora boreaaalllll…"), pero lo que hizo, en realidad, el Jefe de Todo Aquello, fue preguntarme por qué llevaba esa camiseta. ¿Y esa camiseta, por qué?, me preguntó. Fue más la actitud que la pregunta, por supuesto, lo que me hizo ponerme en guardia: la pregunta me parecía absurda, pero la forma de dirigirse a mí había cambiado por completo. Digamos que el señorito (el de Gracita Morales) ya no tenía por qué seguir fingiendo lo que seguramente desde el principio había estado pensando: simplemente, le había abierto la puerta de la jaula y había salido, igual de exultante que cuando al principio invitaba a cubatas a los parias de la tierra. Esa camiseta, repitió, cuando le dije entre el humo del cigarro que yo no veía en ella ninguna cara de Bélmez, ¿vosotros sí? Entonces intentó explicar, en un extrañísimo discurso que combinaba el cinismo, el dadaísmo y un sentido del humor que quizás entenderían en su latifundio (el que le llevaba la cantimplora y la escopeta de caza se lo estaba pasando en grande), que le parecía extrañísima, aquella camiseta negra. Es que en mi pueblo, dijo, sólo van de negro las viejas, y los que van de luto. No recuerdo qué respondí, porque seguramente no respondí nada, más allá de limitarme a mirarles de arriba abajo, estupefacto, y a mirar alrededor buscando el condensador de fluzo de Regreso al futuro, a ver si me había equivocado de época también o, peor aún, había ido a dar al 2015 alternativo de Hill Valley, con el casino de Biff Tannen y todo el pifostio.
 
 
Lo siguiente, y lo último, que sucedió fue que me levanté del taburete, apuré la copa y me dispuse a despedirme de todo el grupo. Ya saben: palmadita en la espalda o apretón de manos, yo me voy que he quedado, pasadlo bien, etcétera. Por supuesto –cuánto daño (me) ha hecho siempre la ingenuidad combinada con la buena educación–, también quise despedirme gentilmente de los dos figuras de Cine de barrio. Me acerqué al latifundista, le tendí la mano; le dije, sin mirarlo apenas, cualquier frase de rigor. Pero, cuando iba a deshacer –urgentemente– el saludo, el sujeto se me acercó más, sin soltarme la mano, hasta darme con el aliento en el oído. Entonces pude oír, lenta, nítidamente, en algo que intentaba ser un susurro pero con todo el desprecio del que fue capaz:
 
–Que sepas que esa camiseta que llevas es de las que se ponen los que trabajan para mí en mi latifundio.
 
Lo poco que queda de la historia lo recuerdo vagamente; sólo retengo la imagen de mi compañero de piso, invitándome prudentemente a que saliera de allí, porque yo no tenía intención alguna de que aquella íntima, clandestina, romántica relación que se había establecido entre Cayetano-Froilán de Pichuli-Sidonia y servidor, tan potita, se acabara tan abrutamente; un lamentable coitus interruptus (seguro que con su profundo conocimiento del latín lo entenderá mi Señorito mejor que nadie) por el que aún me doy de cabezazos contra el suelo. Que ni con Monica Bellucci, señora.
 
 
A lo mejor se preguntan ustedes a qué venía aquí esta trivial historia de amor y desamor, lances y deshonras, más merecedora de la florida prosa de Antonio Burgos o Alfonso Ussía; cuando, además, bien habría podido yo vendérsela a Anne Igartiburu, o a Peñafiel. Pero es que, no sé. Uno nunca sabe, en el fondo, por qué le obsesionan ciertas historias. Simplemente, me ha regresado muchas veces a la cabeza, en los últimos tiempos, en las últimas semanas, esta historia; el fulano aquel, Altamira, el latifundio; Madrid, año 2007.

El inconsciente es que tiene estas cosas.


[Publicado en FTS C. Magazine]
 
  

 

domingo, 14 de octubre de 2012

“Yo, señor, no soy malo…” (del rencor, la EGB y el insomnio de Carl Ericsson)


“Yo no soy un rencoroso; por eso me voy a apuntar aquí esto que usted me acaba de hacer, para que no se me olvide”. Camilo José Cela, gran erudito en la materia –que no sólo por tremenda prosa llega uno a escribir el Pascual Duarte–, es de los que con más talento lo supo expresar, a la ibérica manera. Y es que si algo nos queda de hidalgos, aparte la candorosa e incorregible costumbre de que nuestro ego extienda cheques que nuestro bolsillo no puede pagar, parafraseando a otro filósofo contemporáneo amigo nuestro, es el genio para cagarnos en los muertos del prójimo de todas las formas y colores. Elegantemente incluso. [Seguir leyendo en POCAVERGÜENZA]




miércoles, 10 de octubre de 2012

A los heraldos negros


La revolución está dormida
en esta habitación

los soldados del sol
en la siesta de madera
           los pájaros
la esfinge dorada del domingo


la habitación es una iglesia: no podréis entrar aquí


La revolución está dormida
-he dicho dormida-
y vuestra marcha de Atilas en la hierba
le ingresa sueños de murciélago
(sólo la perturba)



Pero sigue este sol
-no os confundáis-,
          sigue cantando en el eclipse
el pájaro que sueña con nosotros
que reza por nosotros


No os confundáis:
esta tarde es una iglesia
hay un templo en los tejados




Nunca detendréis a la belleza
           
          oídme:
                     Jamás se detiene, la belleza




X/'12

jueves, 4 de octubre de 2012

'keeps turning'

“On our aniversary…”
(Tom Waits)


En nuestro aniversario,
cuando ya lo hayas olvidado todo,
cuando ya no recuerdes lo que te dije
la noche que quisimos arriesgar,
hablar claro vendándonos los ojos,


cuando el viento haya barrido esa ciudad
y a tu regreso ya no sepas ni quién fui,
ni por qué,


                  cuando pienses que ya no existo,
que ya lo habré olvidado todo,
tal noche como aquella
                                     yo estaré


aquí,
         apagando toda la casa,
emergiendo las velas del espejo,
vestido de etiqueta en la penumbra
y escribiendo esto
mientras llega, corazón,
mientras lleg