viernes, 26 de octubre de 2012

Los muertos silenciosos de la crisis

Desahucio trágico y secreto
 
Llegó antes la ambulancia que los agentes judiciales. Se llamaba José Miguel Domingo Águila, pero era Domingo, el del kiosco, para todos los habitantes de La Chana: una humilde barriada granadina en la que todo el mundo se conoce y todos, a priori, lo saben todo de todos. O lo intuyen. Sin embargo, no fue hasta las diez de la mañana de ayer, cuando el secretario del juzgado se personó en la calle del Arzobispo Guerrero, cuando se supo que Domingo, de 54 años, iba a ser desalojado del inmueble en el que vivía solo, justo encima del local de su negocio, en el edificio que su familia posee desde hace décadas.
 
Uno de sus hermanos -que regenta una frutería junto al kiosco, en los mismos bajos del inmueble- lo había encontrado ahorcado, a primera hora de la mañana, en el viejo patio de la casa.
 
En realidad nadie lo sabía. Se le veía algo "deprimido", sí; un poco más "triste", quizás; extrañamente "alicaído", en los últimos tiempos, para su carácter naturalmente alegre. Pero lo cierto es que ningún vecino del barrio, en el que era francamente querido, podía imaginar que la desesperación que incubaba Domingo se pareciese más a una bomba de relojería que a la tristeza ambiental, ya casi endémica, que asfixia a este rincón de Granada. Al fin y al cabo, son horas duras para todos. [Reportaje para eldiario.es]

 

martes, 23 de octubre de 2012

El Latifundio

Sucedió en Madrid, en el año 2007. Muchos de ustedes no habían nacido aún, pero servidor apuraba por entonces sus últimos coletazos académicos en la sacrosanta casa complutensis de las ciencias informacionales, o meta-bio-intrínsecas, o como carajo llamen ahora a esa facultad; si es que sigue existiendo y Esperanza-Aguirre-de Arco y Gil de Biedma-enlapérgolayeltenis y sus monaguillos libertarios no han puesto ya orden allí de una puta vez, devolviéndola a su naturaleza franquista originaria: una cárcel para mujeres, según contaba la leyenda (que, si non é vera, é ben trovata). En fin; que nosotros, los de entonces, aún éramos aquéllos, y éste que escribe repartía su jeta entre la lírica y los deportes de riesgo, entre el periódico en el que curraba de becario por las tardes (con gran libertad de maniobra gracias a mi amable jefa, por cierto), los ritos iniciáticos en el Libertad 8 con mi compadre Manuel Cuesta y el bucanero del Valle, los cine-cerves de los miércoles con Ramos & Montero, y mi querida Casa del Sheriff: un lugar mitológico en Chamberí, mitad piso de estudiantes, mitad Aleph borgiano, en el que sucedieron tantas cosas en tres años no seguidos que hasta el cadete Dustin Hoffmann de El graduado hubiera salido de allí hecho un hombre, a las primeras de cambio, sin necesidad de tanto estrés. [El Sheriff, además, era una simpática y nada imprevisible señora que aparecía por allí a primeros de mes, sacaba una automática del bolso y te espetaba, apuntándote, con la cuchara con crispis en la boca aún: “El dinero”].
 
Sé –gracias a mi implacable memoria para ubicar cronológicamente cualquier estupidez– que debió de ser hacia la primavera, en una de esas tardes cada vez más largas en las que uno empezaba a sentir (no pregunten) un remordimiento anticipado por el futuro. Debía de hacer muy buen tiempo ya, lo cual explica el suceso posterior, que tiene que ver con una camiseta: la camiseta negra de manga corta (algodón por más señas) que llevaba aquel día; muy parecida, precisamente, a la que llevo justo ahora, mientras escribo.
 
Aquella tarde-noche, uno de los colegas con los que compartía techo en la mentada Sheriff’s House me invitó a unirme a él y sus compañeros de facultad en un bar de copas. Cerca de Argüelles, si no recuerdo mal. Así que volví del curro, dejé los bártulos y me fui para allá. Dos cosas me llamaron la atención, instantáneamente, al entrar en el garito. Una fue el cálido recibimiento, el espontáneo buen rollo general, atribuible, sin duda, a que todos eran buena gente y a que llevaban ya varias horas allí, dándole al frasco. La otra fue uno de los chavales del grupo, porque era imposible que no llamara la atención: después de saludarme efusivamente, me preguntó a bocajarro qué quería tomar, que allí invitaba él. Encantado de la vida, le dije que un Johnnie, por favor. Con cola. Acto seguido se abalanzó sobre la barra, feliz, sonriente, expansivo, con ademán de propietario, y al poco volvió al corrillo con un cubata para mí y varios para otros amigos más. Este detalle, sin ser corriente en absoluto (allá de donde yo vengo estas invitaciones suelen depender de asuntos de honor: el palo), no fue sin embargo lo que más me extrañó. Tardé un rato en darme cuenta: era su pinta, su aspecto físico, su careto.
 
 
Juro que no es una construcción literaria facilona y a toro pasado: yo sabía que la universidad a la que iba mi compañero de piso (un tipo cojonudo y de lo más normal, por cierto) no era normal en absoluto, porque no salía ni en los mapas (curiosamente, en nuestra casa había un póster con todas las universidades de Madrid; ésta ni siquiera figuraba). Mi amigo había ido a parar allí porque su carrera no se daba en ningún otro lado, o casi; las matrículas valían lo que se estará gastando en váliums Juan Luis Cebrián. Yo sabía todo esto, y ciertas trazas del muchacho pródigo (camisa y pantalón de marca, zapatos carísimos, raya a un lado del pelo y bronceado de serie) no me extrañaron nada. Sin embargo, me encontré pensando, estupefacto, algo que no había pensado nunca antes, porque nunca antes (o casi) había tenido oportunidad. Este tío, me dije –acechando de refilón su cutis perfecto, su perfecto pelo negro, su lugar perfectamente ocupado en el ambiente y en el mundo–, no ha pasado hambre en su vida; como tú, claro, como yo: como casi nadie de los nacidos en España en el segundo tramo del siglo XX. Pero hay algo más, me dije, en una intuición más de piel que de argumentos, más de instinto que de ciencia: su padre tampoco pasó hambre; ni su abuelo; ni su bisabuelo; ni su tatarabuelo. Seguramente –me dije–, era un ancestro suyo el que controlaba el cotarro en las cuevas de Altamira.
 
Repito que esta reflexión o delirio absurdo de clase (yo tampoco me crié en Burundi) era más atribuible al inconsciente que a razones serias, pero –ay, amigos, las razones mentales…– eso fue lo que pensé. Y no sé si era precisamente esto lo que andaba pensando, o ya lo había pensado, cuando, sentado en un taburete, copa en una mano y cigar en la otra, y mientras escuchaba la conversación que por supuesto monopolizaba nuestro hombre, oí de su boca una frase que casi me hizo literalmente atragantarme del impacto: “Es que en mi latifundio…”
 
 
Vale: los colegios y el instituto y la universidad a los que yo había ido sí salían en los mapas (señal inequívoca de su poquísima clase), y (vale) tampoco es que uno fuera nunca un alumno modélico. Sin embargo, a esas alturas de la vida, con 23 tiernos diciembres, uno tenía bastante claro qué era (qué había sido) un latifundio. Al menos en España. Si ustedes buscan ahora el término –como acabo de hacer yo– en el diccionario digital de la RAE, comprobarán que los augustos y ecuánimes académicos lo definen, sucintamente, como Finca rústica de gran extensión. Y tiene su gracia, porque eso fue precisamente lo que yo respondí, más o menos. Quiero decir: el término me pareció tan chocante en ese momento (tampoco fui a clase el día en que dieron algunas imprescindibles pautas sobre la prudencia en sociedad), que al oírlo se me escapó un conato de risilla del estómago; éste, en su llegada a la garganta, colisionó levemente con el trago de J.W., sin más consecuencias; pero las burbujillas que se me subieron a la nariz hicieron un poco más aparatosa mi reacción a la frase. Se me quedaron mirando muy quietos, el latifundista y un apéndice suyo que le había estado riendo las gracias todo el tiempo (supongo que el hijo del guardés del latifundio). Qué pasa, dijo; no sé si con palabras o con gestos. Entonces me aclaré la voz: ¿Un latifundio, tienes?, pregunté. Sí, qué pasa –el otro–. Pues –respondí, más o menos, intentado suavizar con una sonrisa algo que era ya insuavizable– que lo que querrás decir, supongo, es que tienes una finca, ¿no? Una finca (rústica) muy grande (de gran extensión), con mucha gente trabajando y tal; pero un latifundio, colega, como que suena más al siglo diecinueve; principios del veinte… ¿… No?
 
Algo así dije. El muchacho, visiblemente encendido, se lió entonces con cuestiones etimológicas. ¿Es que no sabes latín?, me inquirió –casi escupió–: De ‘latis’, tierra… Ahí confieso que dudé un segundo, porque en mis dos años de latín en el vulgar instituto público de mi ¡tierra! jamás había oído relación alguna entre esos dos términos [en realidad: latifundium: de latos, extenso, amplio; y fundo, propiedad; y la definición y explicaciones que vienen dadas en la Wikipedia le hubieran encantado también, aquí al erudito]. La discusión no duró mucho más; como iba a ser imposible ponerse de acuerdo en algo que en realidad no era ni mucho menos un debate lingüístico, sino moral (porque el lenguaje es inocente pero nunca o casi nunca la manera de usarlo), la conversación se zanjó de cualquier manera, y ahí seguimos, cada uno a lo suyo. El muchacho tenía (su papá más bien) un latifundio en algún lugar entre Andalucía y Extremadura, y yo no tenía ni puta idea de latín. Punto final.
 
Pero no era ningún punto final. Al poco, se me acercó otra vez, sinuoso, el Dúo Dinámico. Yo seguía en mi taburete. Pensaba que me iban a cantar algo (“Quisiera serrrr aurora boreaaalllll…"), pero lo que hizo, en realidad, el Jefe de Todo Aquello, fue preguntarme por qué llevaba esa camiseta. ¿Y esa camiseta, por qué?, me preguntó. Fue más la actitud que la pregunta, por supuesto, lo que me hizo ponerme en guardia: la pregunta me parecía absurda, pero la forma de dirigirse a mí había cambiado por completo. Digamos que el señorito (el de Gracita Morales) ya no tenía por qué seguir fingiendo lo que seguramente desde el principio había estado pensando: simplemente, le había abierto la puerta de la jaula y había salido, igual de exultante que cuando al principio invitaba a cubatas a los parias de la tierra. Esa camiseta, repitió, cuando le dije entre el humo del cigarro que yo no veía en ella ninguna cara de Bélmez, ¿vosotros sí? Entonces intentó explicar, en un extrañísimo discurso que combinaba el cinismo, el dadaísmo y un sentido del humor que quizás entenderían en su latifundio (el que le llevaba la cantimplora y la escopeta de caza se lo estaba pasando en grande), que le parecía extrañísima, aquella camiseta negra. Es que en mi pueblo, dijo, sólo van de negro las viejas, y los que van de luto. No recuerdo qué respondí, porque seguramente no respondí nada, más allá de limitarme a mirarles de arriba abajo, estupefacto, y a mirar alrededor buscando el condensador de fluzo de Regreso al futuro, a ver si me había equivocado de época también o, peor aún, había ido a dar al 2015 alternativo de Hill Valley, con el casino de Biff Tannen y todo el pifostio.
 
 
Lo siguiente, y lo último, que sucedió fue que me levanté del taburete, apuré la copa y me dispuse a despedirme de todo el grupo. Ya saben: palmadita en la espalda o apretón de manos, yo me voy que he quedado, pasadlo bien, etcétera. Por supuesto –cuánto daño (me) ha hecho siempre la ingenuidad combinada con la buena educación–, también quise despedirme gentilmente de los dos figuras de Cine de barrio. Me acerqué al latifundista, le tendí la mano; le dije, sin mirarlo apenas, cualquier frase de rigor. Pero, cuando iba a deshacer –urgentemente– el saludo, el sujeto se me acercó más, sin soltarme la mano, hasta darme con el aliento en el oído. Entonces pude oír, lenta, nítidamente, en algo que intentaba ser un susurro pero con todo el desprecio del que fue capaz:
 
–Que sepas que esa camiseta que llevas es de las que se ponen los que trabajan para mí en mi latifundio.
 
Lo poco que queda de la historia lo recuerdo vagamente; sólo retengo la imagen de mi compañero de piso, invitándome prudentemente a que saliera de allí, porque yo no tenía intención alguna de que aquella íntima, clandestina, romántica relación que se había establecido entre Cayetano-Froilán de Pichuli-Sidonia y servidor, tan potita, se acabara tan abrutamente; un lamentable coitus interruptus (seguro que con su profundo conocimiento del latín lo entenderá mi Señorito mejor que nadie) por el que aún me doy de cabezazos contra el suelo. Que ni con Monica Bellucci, señora.
 
 
A lo mejor se preguntan ustedes a qué venía aquí esta trivial historia de amor y desamor, lances y deshonras, más merecedora de la florida prosa de Antonio Burgos o Alfonso Ussía; cuando, además, bien habría podido yo vendérsela a Anne Igartiburu, o a Peñafiel. Pero es que, no sé. Uno nunca sabe, en el fondo, por qué le obsesionan ciertas historias. Simplemente, me ha regresado muchas veces a la cabeza, en los últimos tiempos, en las últimas semanas, esta historia; el fulano aquel, Altamira, el latifundio; Madrid, año 2007.

El inconsciente es que tiene estas cosas.


[Publicado en FTS C. Magazine]
 
  

 

domingo, 14 de octubre de 2012

“Yo, señor, no soy malo…” (del rencor, la EGB y el insomnio de Carl Ericsson)


“Yo no soy un rencoroso; por eso me voy a apuntar aquí esto que usted me acaba de hacer, para que no se me olvide”. Camilo José Cela, gran erudito en la materia –que no sólo por tremenda prosa llega uno a escribir el Pascual Duarte–, es de los que con más talento lo supo expresar, a la ibérica manera. Y es que si algo nos queda de hidalgos, aparte la candorosa e incorregible costumbre de que nuestro ego extienda cheques que nuestro bolsillo no puede pagar, parafraseando a otro filósofo contemporáneo amigo nuestro, es el genio para cagarnos en los muertos del prójimo de todas las formas y colores. Elegantemente incluso. [Seguir leyendo en POCAVERGÜENZA]




miércoles, 10 de octubre de 2012

A los heraldos negros


La revolución está dormida
en esta habitación

los soldados del sol
en la siesta de madera
           los pájaros
la esfinge dorada del domingo


la habitación es una iglesia: no podréis entrar aquí


La revolución está dormida
-he dicho dormida-
y vuestra marcha de Atilas en la hierba
le ingresa sueños de murciélago
(sólo la perturba)



Pero sigue este sol
-no os confundáis-,
          sigue cantando en el eclipse
el pájaro que sueña con nosotros
que reza por nosotros


No os confundáis:
esta tarde es una iglesia
hay un templo en los tejados




Nunca detendréis a la belleza
           
          oídme:
                     Jamás se detiene, la belleza




X/'12

jueves, 4 de octubre de 2012

'keeps turning'

“On our aniversary…”
(Tom Waits)


En nuestro aniversario,
cuando ya lo hayas olvidado todo,
cuando ya no recuerdes lo que te dije
la noche que quisimos arriesgar,
hablar claro vendándonos los ojos,


cuando el viento haya barrido esa ciudad
y a tu regreso ya no sepas ni quién fui,
ni por qué,


                  cuando pienses que ya no existo,
que ya lo habré olvidado todo,
tal noche como aquella
                                     yo estaré


aquí,
         apagando toda la casa,
emergiendo las velas del espejo,
vestido de etiqueta en la penumbra
y escribiendo esto
mientras llega, corazón,
mientras lleg  






lunes, 3 de septiembre de 2012

Olímpicos

Soñar con saltar dos centímetros más, que uno mismo o que el de al lado: eso es a lo que casi todos consagramos nuestras grotescas vidas. Tuve esta desoladora revelación, cual caído del caballo (de la hamaca), una tarde de agosto, en pleno sestero, al observar de reojo en la pantalla cómo una señora cincelada en ébano tomaba carrerilla para salvar de un salto un banco de arena. Como perseguida por un predador, o por Esperanza Aguirre. Nosecuántos metros con nosecuántos centímetros. Parecía tratar de contener una gran alegría, la mujer; me recordó a cuando conseguíamos, de críos, que no nos sacaran a hacer ecuaciones a la pizarra, tras rezar lo que supiéramos o (los más místicos) tirar el lápiz al suelo y agacharnos a recogerlo con el fin de desaparecer del campo visual del profesor, en un éxtasis de fe que ni los suicidas de Al Qaeda. Toma-toma-tomaaa…, se felicitaba uno por lo bajini, agitando el brazo espasmódicamente con el puño cerrado, mientras el elegido para el sacrificio se levantaba desfallecido de la silla y avanzaba entre las mesas arrastrando los pies, camino del cadalso. Pues menuda estupidez, pensé, invertir años (décadas?) en el único y glorioso objetivo de subir o bajar dos números de nosequé marca que a nadie importa un cojón de pato. Pero acto seguido tuve que pensar, honestamente, que quién era yo para juzgar la relevancia de tal cosa. Y tuve que pensar también, con gran dolor, que, puestos a eso (estaba esperando a que pusieran la final de baloncesto entre España y Estados Unidos), invertir años o décadas de tu vida en ser el mejor haciendo pasar un balón por un aro colgado de un tablero a tres metros del suelo no dejaba de ser menos estúpido: precisamente era esto con lo que soñaba uno en esos tiempos de las ecuaciones en la pizarra, antes de que me llamara el Señor por otras sendas (Y todavía hoy sueño de vez en cuando con que las enchufo de todos los colores, en un partido en el que parezco jugar yo solo contra unos adversarios imprecisos, que jamás pillan un balón). 

Y bien, puestos a eso –pensé finalmente, atónito–, qué diferencia habrá entre la muchacha que quiere saltar dos dedos más de arena y servidor, que quisiera escribir piezas en verso y prosa cada vez más esplendorosas y floridas; o entre aquello y lo del señor que tiene cuartos para comprarse el Mar Menor pero que no pega ojo porque quisiera tener cuartos para alfombrar el desierto del Gobi; o la lumbrera que se levanta todos los días queriendo ser más vasco-y-vasca o español-español-español que el día anterior. O entre todos éstos y –aquí ya me asusté bastante– Ferrán Adriá, que debe de pillarse unas depresiones tremebundas cada día que no le sacan en El País, contando cómo le ha ido en el cuarto de baño. A ver si vamos a ser todos gilipollas, pensé. Y es más que probable. Pero es que el camino que va llevando hasta dicha gilipollez está bien claro y asfaltado, y  transitado que no vea, señora.

Cuál es el resorte por el cual vamos confundiendo en la vida la felicidad con el éxito, y el éxito con determinados conceptos (generalmente numéricos) que a la postre se revelan como paulatina y flagrante ciencia ficción, es una de las cuestiones más inquietantes de nuestros estúpidos días. Ponga usted lo que quiera: número de ceros de la cuenta corriente, número de milagros que hace su teléfono móvil, número de sitios que ha visitado este verano como si fuera usted Barack Obama en campaña electoral (no por el placer de viajar, sino para echarse la foto, subirla una décima de segundo después y que se sepa cuánto ha viajado, a cuántos exóticos lugares, y qué guay es usted, en suma), número de ejemplares vendidos, número de veces que le da la peña al me gusta en esta misma página… Pero bueno, en fin; en absoluto es cosa de hace dos días, todo este despropósito. Nanai: no sé si somos conscientes, por ejemplo, de cómo en esos mismos colegios a los que antes me referí nos fueron y siguen inoculando a todos, antes de aprender a balbucear siquiera, algunas cosas bastante útiles para vivir, pero también algunas otras, bastantes, para el sinvivir. Por ejemplo, el sutil e inconsciente credo de que el compañero de pupitre no es un amigo sino la Competencia, presente o futura, y la vida una carrera constante en la que aspirar a medalla obligatoriamente; y si dejas de pedalear –no lo olvides nunca–, te caes. Y como demasiadas veces en los últimos tiempos las medallas –números de nuevo, qué casualidad– las ponen perfectísimos analfabetos que hicieron Magisterio para no marearse mucho y tener cuatro meses de vacaciones al año (que ésa es otra también, en manos de quién se deja algo tan extraordinariamente esencial como la educación), pues resulta que tenemos espléndidas legiones de criaturas a los que jamás se les enseñó a disfrutar del conocimiento, de la ciencia y la cultura, sino a aguantar con miedo o desidia una infinidad de horas criminales en las que se les alecciona industrialmente en el gregarismo, la indiferencia y el adocenamiento crítico. Enviándoles el mensaje tácito y suicida de que el saber (“lo más hermoso”, que decía mi tía-abuela la Antonia) es un coñazo. Y así nos va, y nos irá. (Y en el aire les dejo la trivial cuestión de a quiénes puede interesar que todo esto sea así).

Pero me desvío, creo; y tampoco es cuestión de echarle (toda) la culpa al sistema educativo de los últimos siglos. Al fin y al cabo, siempre ha habido y habrá de todo en la viña del Señor. Y yo sólo trataba de desentrañar esa insondable y frenética ceguera por llegar antes que nadie a romper la piñata. Que en el fondo, como siempre, no es sino otro sordo aullido de ese miedo puro, elemental y originario que tenemos todos a la extinción, tal y como la entendemos por aquí, y que nos lleva a tener que justificar nuestra existencia constantemente, ante nosotros mismos y ante los otros, pues lo contrario –si dejas de pedalear, te caes– sería el equivalente a no haber existido jamás, según pretende creer nuestro cándido ego. Hagan la prueba. Pregúntense, los millones que no tienen trabajo ahora mismo (más de la mitad de ellos de mi generación), cuál es la más profunda razón de su ansiedad; comprobarán cómo, ineludibles cuestiones económicas aparte, el miedo a la consideración del entorno (familiar, social, el que sea) es la más potente de ellas. Porque: tanto produces, tanto vales; tanto ganas, tanto eres; tanto prestigio –concebido por las ya mencionadas productoras de ciencia ficción– aparentas tener, tanto te respetaremos. Da terroríficamente igual si uno era feliz o no con el trabajo que tenía; si, por esas cosas del Caos y del misterio, está uno aprendiendo más de la vida al perder ese trabajo que en veinte años rompiéndose el culo para Perico de los Palotes S.A.; si, quizás –y porque la vida es siempre mucho más sabia, si uno sabe escuchar–, gracias a lo que en un principio era una putada acaba uno encontrando su verdadero camino: da pavorosamente igual, para la escandalosa mayoría, porque aquí de lo que se trata es de llegar a tiempo (llegar, aquel cándido verbo: Tú llegarás, nene; Ése no llegará a ningún sitio, etcétera) adonde cuatro listos y otros cuatrocientos millones de cómplices idiotas han decidido que hay que llegar. Y, oiga: si usted invierte toda su vida en ser un absoluto infeliz, pues a todos nos parecerá muy bien, porque usted llegó, aunque nadie sepa exactamente adónde, aunque haya sido a costa de su salud o de pisar cabezas. Y los autosatisfechos y lamentables capullos que te necesitan como ellos en su traje nuevo (y gris) del emperador te acogerán en su seno, te darán palmaditas en el hombro y te enseñarán encantadísimos las fotos de su váter con el móvil, antes de volver cada uno a dormirla para ir a trabajar al día siguiente en algo que aborrecen, para poder amueblar una vida que, si pudieran, cambiarían a toda leche por la de otro gilipollas que sale en Telecinco.

“Sólo cuando aprendamos que la vida es gratuita, que no hay que pagarla con nada, habremos aprendido a vivir”, escribió, más o menos (cito de memoria), Francisco Umbral, precisamente en esa obra maestra dedicada a la muerte de su hijo llamada Mortal y rosa. Pero hasta a él, que le ocurrió lo peor que puede ocurrirle a nadie, se le fue olvidando su propia verdad, hasta volver a convertirse –metafóricamente, digo– en ese talento feroz pero angustiado que, recién llegado a Madrid, se iba parando en los kioskos para contar las publicaciones en las que debía estar escribiendo, porque él quería ver su firma en todas. Y es que ninguno estamos libres del terror, del ensueño, de la vanidad; y la competencia bien entendida puede ser providencial como acicate, como aguijón para dar lo mejor de uno mismo. El problema surge cuando ésta se convierte en ley, en filosofía de un tiempo y en dogma de fe; cuando uno consagra toda su vida a eso, a la medalla, olvidándose de si disfruta o no con la misión, hasta que un día le revienta un cáncer, o los años, o una bala perdida, y entonces, algún viejo –si es que aún quedan para entonces viejos así– pronunciará en nuestro honor la antiquísima salmodia, “No somos nadie”, tras haber alcanzado al fin, impetuosos, asqueados y encantadísimos de habernos conocido, la cima de la Nada.

[Publicado en FTS Cultural Magazine] 


lunes, 23 de julio de 2012

Ismael Serrano o la cita necesaria


A mi amiga Mariel Bordené/Eloísa Dougherty,
campanilla del Sur,
que nos recupera del susto
con los ángeles del canto
en Ushuaia, Argentina,
diez años después



Una de las grandes lecciones que los profesores del arte y de la vida nos enseñan es que un artista no es sólo su trabajo: también suele serlo –aunque no necesariamente– su conducta. Si es cierto que no conviene confundir vida y obra, a riesgo de caer en pueriles equívocos o en incómodos, desagradables desengaños, también lo es que ciertas formas de estar en el mundo, ciertas maneras, cierta insobornable mirada de un creador sobre los sucesos y las cosas, quizá no hagan mejor el resultado de su esfuerzo, pero sí pueden colorear, alentar, mantener encendida una luz insomne, familiar, antigua, que inviste y hermana a cada pieza de su artesanía como un eslabón más de una misma memoria sentimental latiendo siempre en el escalofrío del seguidor, del cómplice, del cofrade.

Hay autores, por ello (y sospecho que es lo que sucede siempre con los más grandes), cuya proyección, cuya solidez en el imaginario colectivo no se funda exclusivamente sobre el éxito, ese diabólico término cuyas líneas jamás están bien definidas y que, máxime en estos tiempos de cortinas de humo y juguetes de usar y tirar, tampoco conviene confundir nunca con la victoria. Con la tantas veces secreta victoria con que la Fortuna condecora la valentía, la obcecación, la autenticidad de un artista, y que poco o nada tiene que ver con llenar auditorios o gozar de incuestionable prestigio público.

Ismael Serrano aúna legítimamente esas dos lecturas. O, digamos, la legitimidad de la una le llevó a la otra: su éxito, el hecho de que su música llene auditorios, sueños y conversaciones cotidianas a éste y al otro lado del Atlántico, no es ningún equívoco o malentendido precisamente porque la autenticidad le llevó allí; luego, la suerte, el azar, las leyes ocultas que rigen este tipo de cosas sólo han tenido que sentarse a escucharle a lo largo de los últimos quince años, como nosotros, simplemente porque este muchacho jamás bajó la guardia en su pulso con el mundo, su oficio y la vida. Cumpliendo sin descanso su parte del pacto.

Y es que, si no todos los discos de Ismael Serrano son imprescindibles (pero cuántas obras de cuántos artistas lo son?), él sí ha acabado por serlo; él sí se ha hecho necesario a fuerza de recordarnos tenaz, fielmente, cuál es el motivo último por el que se puso a cantar y nosotros a escucharlo, como a un hermano mayor en las barras de bar últimas de la adolescencia. Le descubrimos entonces –otoño del ‘98: yo iba a cumplir quince inverosímiles diciembres– y le abrazamos de inmediato, atónitos, subyugados y felices, perplejos de gratitud ante el acontecimiento súbito de aquel imberbe con voz de humo sin edad ni tiempo que parecía sin embargo haber estado ahí desde siempre, custodiando el mito de la juventud serratiana y el imaginario sentimental de transición de nuestros padres mientras apuraba el cubo de calimocho en el metro de Madrid y se manchaba de hierba los pantalones en el campus de la misma universidad a la que iría yo, años después, quién sabe si para seguir aquellas huellas. Fue escuchar los primeros compases de Últimamente en el Sol Música (se acuerdan?: aún podía oírse de casi todo en la tele), y pensar: “De dónde ha salido este tío, que no me toca nada y es mi hermano???”. Habebamus heredero de Serrat, hijo conocido de Silvio y Aute, vida después de Sabina. Veinticuatro -24- insólitos años contaba apenas la criatura cuando aquello, cuando nos hizo aquel regalo llamado La memoria de los peces. Luego nos enteramos de que tenía otro disco, anterior pero igualmente pasmoso (Atrapados en azul, 1997), y tuvimos ya que arrodillarnos, mitad devoción, mitad susto.  

Ismael Serrano fue, ha sido tantas cosas para quien esto escribe que resulta imposible ser ecuánime al hablar de él, y sólo los acólitos de la hermandad entenderán esto en fondo. Porque por supuesto que hay peros que ponerle (lógicamente, si uno no ha descuidado su honestidad crítica); pero qué relevancia tienen cuando uno se inició en la edad del dolor poniendo a sus lances esa banda sonora. Cantaba Ismael en las desolaciones iniciáticas y en las euforias del alma en cueros, cuando volvía uno de madrugada prometiéndose cumplir punto por punto las profecías de la aventura. Cantaba alentando en las heridas y cantaba en los primeros himnos del despertar político, cuando empezábamos a llamar a las cosas por su nombre y encontrábamos en el trastero de los abuelos los papeles escondidos de la Historia. Cantaba en sincronía absoluta cuando se consumían en sus rincones los abuelos del bando vencido y yo me enamoraba cada día y lo contaba todo y lo escribía todo en cartas desde Cieza que leía mi amigo Jorge en Cartagena oyendo también al otro lado la misma canción. Cantaba, en fin, durante las confesiones ante el fiscal nocturno tras cada desengaño y antes de cada desengaño y durante fines de semana eternos del instituto en que todas las noches llenísimas de escándalo, de vino y rosas, parecían ser –benditas sean– como aquella canción suya, La cita, en la que dos colegas que se corren una juerga memorable prometen, al despedirse, reunirse en el mismo bar pasados exactamente diez años.

Esos diez años, y algunos más, ya han pasado. Ya han pasado esos diez años, y alguno más, desde que salimos del instituto para cumplir todas las promesas del corazón. También han pasado muchas cosas, tantas y tantas cosas, en nuestras vidas y en la suya, en el mundo y en cada habitación. Wendy ya nos traicionó a todos pero no dejamos de beber y de llorar de ron en las noches azules junto al balcón abierto. Ya dejamos de reconocernos unos a otros en los bares de Malasaña, pero las miradas al pie de la barra siguieron siendo las mismas, en La Latina o en el exilio. Vimos princesas cabalgar desnudas al filo de la niebla y también, más pronto que tarde, claudicar ante la ley a las cenicientas más insolentes, más audaces en otra época a la hora de saltarse en marcha de las carrozas el toque de queda. Vimos al mundo rendirse al miedo y entregarse sin complejos a los tahúres que nos han traído estos lodos desde el polvo de los escombros de las Torres Gemelas, y a nuestro país caer al pozo de una infamia política y moral inédita en decenios [tranquilos: siempre podremos seguir cavando, una vez toquemos fondo, hasta alcanzar un día de éstos el núcleo terrestre]. Vimos el horror en Madrid, pero empezamos a asumir la incertidumbre que implica siempre la vida. Hasta empezamos a perder pelo: o se nos caía al hacer la matrícula en septiembre o nos lo tomaba incansable la loca aquella que siempre nos estaba dejando –qué estrés, qué estrés–; luego la vida echaría abajo su puerta, pero también todas las nuestras, las demás, irremediablemente. Fuimos creciendo, en fin; algunos, hasta madurando. Y unos se quedaron y otros se fueron, y algunos empezamos a amar aterrados los aeropuertos y algunas se quedaron a dormir en Barajas, como Penélope, y unos ejercieron sin saberlo de Victor Lazlo y otros tuvimos que aprender a enarcar la ceja como Bogart/Blaine, inevitablemente, por cojones vamos, que tampoco somos tan idiotas: al final siempre dio un poco igual, sin embargo, porque los de esta nuestra estirpe siempre estuvimos dispuestos a pagar las copas de los maridos de las mujeres que amamos tanto, dónde estarás, cuando nobleza obligaba. Estuvimos a punto de ver al abuelito Augusto palmarla en el trullo, pero el estado mundial de cosas se ha ido revelando tan tópicamente exacto a algunos versos del Papá cuéntame otra vez que al final nos estamos doctorando en AscoPena. Las hostias siguen cayendo, sigue en el metro esa mujer que se parece a ti, y demasiados colegas no han acudido a la cita. También se han ido cumpliendo algunos sueños, pero ya sabemos que no sólo por azar, o por suerte, sino por haber tratado, menesterosamente, de ser lo más fieles posible a lo que soñábamos, pautando todavía en la guitarra el Vértigo viejo en la penumbra como en las noches de oráculo de la selectividad. Volvimos, como Sísifo, una y otra vez, a las casas demolidas del amor; resucitamos en el templo de la fruta, los pájaros y la risa. Le pusimos pantalones largos al viejo Peter Pan para sobrevivir con honor al marzo de fiebre, temblor y naufragio de Buenos Aires.

En todo este tiempo, en todos estos años, unas épocas más, otras menos, unas veces con reconocimiento tranquilo y otras con renovados gratitud y entusiasmo, pero siempre, siempre con la profunda sensación de estar tomando el tren a casa, hemos acudido a la cita infalible que Ismael ha seguido estableciendo con nosotros en cada disco, en cada canción, en cada concierto; siempre puntual, fidelísimo y necesario ha cumplido Ismael con el jubiloso compromiso que contrajo hace ya tres lustros con todos nosotros, sus familiares, amigos, desconocidos íntimos, que esperamos sus acordes, su verso de calle y sueño y su declaración de abrazos como decía Miguel Hernández que espera siempre el pueblo a los poetas: “Con la oreja y el alma tendidas al pie de cada siglo”. Sobre todo –ay–, sobre todo en este mezquino siglo en que nos va a tocar a nosotros, con miedo y esperanza, con dolor, resolución y coraje, transitar el derrumbe de aquella infamia del fin de la historia. Como siempre sucedió, en cualquier época, al fin y al cabo.

Mientras tanto, seguiremos acordándonos de vivir todos los días; seguiremos siendo enemigos del ruido y partidarios de vivir con el compromiso sagrado, inaplazable, de ser lo más felices posible mientras dura el viaje; que ésa es, y no otra, la verdadera y más profunda deuda que contrajimos con aquéllos que se dejaron la piel y las uñas y el estómago para que podamos ahora cantar, escribir, besarnos en la calle y tener muy claro que hay ciertos suelos bajo nuestros pies que jamás dejaremos que nos privatice esa turba de miserables, sórdidos castrados para cualquier cosa parecida a la belleza. Es lo que algunos seguiremos intentando a toda costa: es la lección que algunos insustituibles referentes, como Ismael Serrano, nos han enseñado a lo largo de todos estos años, más allá de matices ideológicos o aparentes eslóganes de ocasión. Porque ésa es nuestra parte del pacto, lo menos que podemos hacer para corresponder a esos pedazos de belleza que han puesto temblor y escalofrío a algunos de los momentos más decisivos de nuestras vidas, pomada y gasas a nuestras cotidianas tristezas; que, como las canciones de Ismael Serrano, vienen siempre a ofrecernos una mano y un motivo, una hoguera, un trago y un recuerdo de hogar cuando arrecia la derrota, el insomnio, el desamparo.

Decía el señor George Steiner que la crítica literaria (cualquier tipo de crítica artística, añadiríamos nosotros) debería surgir de una deuda de amor. Servidor pretendía un vistazo sucinto, un homenaje, un saludo riguroso y guerrillero a la trayectoria del más célebre paladín, primum inter pares, de una generación prodigiosa de trovadores, pero ya ven, no ha habido forma; y al final me ha salido un delirio perfectamente denunciable a los de azul [y aún así y con todo se me quedan cosas en el tintero: que alguien me denuncie ya]. Es lo que suele suceder cuando intenta uno saldar humildemente ciertas deudas. Esta deuda es infinita y viene de muy lejos, así que intentar pagarla en estos términos suele resultar inútil. Que continúe Ismael acrecentándola con su voz y sus silencios, con su guitarra alerta y su relámpago en los ojos, y que sigamos todos nosotros escuchándole en un mismo escalofrío, del Cono Sur al Mediterráneo, tratando de saldarla cada día en la insobornable determinación de no dejar jamás de ver más allá del horizonte. Y que todos ustedes lo vean en días más piadosos, más festivos, más felices.



viernes, 13 de julio de 2012

"Cosas muy claras / que no son verdad"

Durante bastante tiempo he vivido sin televisión. En países distintos, en épocas alternas. En realidad nunca supuso ningún trauma, pues ya desde los tiempos de la facultad en Madrid empecé a pasar bastante del rollo, por voluntad o por fuerza, entre las escasas cosas que me interesaba ver y los rigurosos consejos de guerra que en los pisos de estudiantes se suelen celebrar a cuenta de la posesión del mando a distancia (El Mando), terroríficamente parecidos, demasiadas veces, a las juntas de vecinos de Aquí no hay quien viva. Algunos tenemos esa suerte, la de encontrar en ciertas pantallas mentales, de papel, tinta o humo de sueño, historias tanto o más adictivas que las que ofrece ese aparato (incluso más peligrosas, si cabe); más necesarias aún cuando, además, no siempre ha dispuesto uno de conexión a internet: o sea, a la HBO –que ésa es otra

De modo que no la eché de menos en absoluto cuando, en cierto diciembre de exilio y fantasma, de velas y mudez, me fui a vivir solo a una casita en el desierto de nieve del centro de Europa. Mi palacio de papel. Había otras televisiones, allí. Una era un cuaderno azul a rayas; otra, un ventanal que miraba hacia la calle, la noche y los cuervos de los tejados; la tercera consistía en mi alucinación constante y cotidiana. (Y juro que puede uno volverse mucho más loco que haciéndose un maratón catódico entre Intereconomía y Telemadrid hasta arriba de anfetas)

Así estuve casi dos años –sin tele, digo, que la vida de ermitaño duró poco, a dios gracias–, y, tras el paréntesis de otro año, más o menos, regresé finalmente a ese silencio monacal que puede revelar dragones en el salón, y que también provee de impagable calidad de vida. De salud, que es lo principal, como decían las viejas de mi pueblo

He dicho salud, y no ha sido a la ligera. Porque de manera lenta, casi imperceptible, he ido abrazando como un dogma las infinitas propiedades benéficas de vivir sin ese trasto; cosa que, por cierto, el ser humano soportó perfectamente durante varios millones de años, hasta los 50 del siglo XX o así. Puede uno pasar de esta forma noches enteras de vino y penumbra conversando con quien más quiere, por ejemplo, llegando hasta lo más profundo de uno mismo y del laberinto. Puede escuchar mucho más durante el día el sonido del silencio, que es algo a lo que la mayor parte de mis congéneres ha ido renunciando con urgencia en las últimas décadas, acojonados por si alguna vocecilla interior les pide ciertas incómodas explicaciones. Puede ahorrarse basura ambiental y ganar en claridad de ideas [demasiada información es des-información en la mayoría de los casos]… Puede, en fin, aprovechar muchísimo más el tiempo, sobre todo si uno es propenso, como servidor, a embobarse con el vuelo de la mosca

Y sin embargo todo esto ha quedado lamentablemente relegado a un segundo plano en los últimos tiempos. Estas ventajas, quiero decir; estas menesterosas conquistas. Porque, a lo largo del último curso, lo de vivir sin televisión se ha convertido también en una cuestión de supervivencia moral. No insinúo ni remotamente que para conservar la decencia haya que tirar la tele por el balcón: simplemente, que esta desolación, la terrorífica, escandalosa, implacable desolación con que nos están azotando diariamente los amos del universo todos estos meses, ha provocado que el hecho de tener o no la televisión encendida pueda suponer la diferencia entre la esperanza y la depresión, entre la alucinación y la tranquilidad necesaria para ponderar la realidad en su justa medida


En mi soledad
he visto cosas muy claras
que no son verdad

, escribió una vez, desde dios sabe qué abismo, don Antonio Machado. Que era un sabio muy consciente de que demasiadas veces las cosas que vemos en los sótanos de la conciencia, como pájaros de luto, son sólo sombras, escombros de marionetas bailando al son de la música siniestra del miedo. En el caso que nos ocupa, del miedo que a los psicópatas que mueven nuestros hilos les conviene tanto que sintamos

Porque yo no sé ya, a estas alturas, cuánto del miedo que sentimos es real y cuánto es el imperativo, el clima o la necesidad de ese miedo. He vivido todo este tiempo sin televisión, pero por supuesto no desconectado del mundo. En los últimos meses sí que conservé la costumbre de echar cada mañana un vistazo a las portadas de todos los periódicos al pasar junto al kiosco. También dejé de hacerlo. Que nos vayamos todos ya a la mierda, pensaba al reanudar el paso, al confirmar cada día que hasta el periódico de referencia también era ya inútil. Que todo se hunda ya de una puta vez si es que tiene que hundirse, pero que no nos sigan llenando de miedo y asco todos los días con leyendas y conceptos de ciencia ficción (prima de riesgo, rescate, recapitalización) que prácticamente ninguno entendemos de facto porque no les interesa que lo entendamos. Que se joda todo ya, si es que se tiene que joder, pensaba, pero que se acabe ya esta puta incertidumbre y así al menos podamos volver a empezar


El otro día me mudé. Por décimo-no sé cuánta vez ya. A una casa blanca, amplia, barata, recién pintada, con vistas a los sueños lorquianos que tenía uno de adolescente, cuando mucho antes de casi todo (sí, lo siento: yo también soy feliz, a veces, en medio de la desgracia de los hombres). De entre las cosas que los anteriores inquilinos dejaron allí, una tele. Un monitor. Hasta me alegré un poco al enchufarlo, pensando que al menos en el calor de la siesta y en algunas noches podría pillar algo que merezca la pena. Era la hora de comer, así que puse –viejas inercias– el telediario. Salieron los psicópatas retorciendo por enésima vez el tornillo del garrote vil. Duré poco. Ya con la comida acabada la volví a encender. La Sexta 3. Ponían una película bellísima de José Luis Cuerda basada en un relato tanto o más hermoso y terrible de Manuel Rivas, La lengua de las mariposas. Hacía años (mucho antes de casi todo) que no había vuelto a verlos, ni la película ni el libro de relatos de Rivas (Qué me quieres, amor). La pillé, precisamente, en ese momento en que en la escuela homenajean al maestro, interpretado de manera subyugante, tremenda, conmovedora, por el inmenso Fernando Fernán Gómez

Pillé esa película justo en el momento en que el director del colegio le dice al profesor gracias, muchas gracias, en nombre de todo el pueblo, y los padres de los niños aplauden, y los niños aplauden, y el cura y el militar se miran de soslayo diciéndoselo todo sin decir nada, y un padre malencarado, rufián, se lleva a su hijo de la clase como una exhalación, borracho de ira, justo cuando, con los ojos húmedos y el corazón en la garganta, el maestro Fernán Gómez dice para todos los que le oyen (cito de memoria): “Si conseguimos que al menos una generación, una sola generación, crezca libre en España, ya nadie podrá quitarles la libertad”


Y, como otro maestro -José Hierro- en una situación parecida,

no le he dicho a nadie
que estuve a punto de llorar