martes, 18 de octubre de 2011

"Como si hubiera un dios"

(...)
 
Eso es todo,
ya lo sabes
 
 
Oigo ruido en la escalera,
he de dejarte; será que vuelve
...
 
 
Sinceramente, mi oscura:
sinceramente
:)
 
 

miércoles, 6 de abril de 2011

Interminable


Tómale la mano. Toma la mano de esta noche, de esta víspera de lobos

Quédate muy quieto ahí en lo oscuro, respirando, y cuenta el cuento que te sangre. Una vez, recuerdas? Una vez, de niño, corriste por un patio, bajo la lluvia, y llegaste ante las escaleras donde esperaban todas las preguntas de tu vida. Cuenta ese cuento: cuenta el cuento que te sangre

Tómale la mano y quédate muy quieto, velando en esta víspera. Podrías contar también que ahí a lo lejos, más allá de la ventana, titilan las luces de la ciudad en las torres de babel de cada noche. Las luminarias del ejército del monte, o el enjambre de los ángeles que te traen sus noticias

Cuéntale eso; o no, no se lo cuentes

Mejor calla, respira. Escucha el rumor de abajo, la fiesta lejana del infierno en las calles; y el de arriba: el rumor de soles prometidos tanteando en la terraza, dieciocho escalones por encima de esta noche

Respira, ausculta este silencio; siéntate en la cama a caminar. Y dile sin decirlo que la vida es un aullido interminable: interminable. Que somos los pájaros suicidas de algún Caos, pero también que el sortilegio furioso de esta ciudad traerá algún día épocas solares en bandada, copas de luz, racimos colmados de alegría. Que la niebla que ahora entra por la ventana dejará algún día ofrendas de flores en la almohada. Que todo vuelve. Que todo comienza. Que nada se termina

Que has visto reír, que tú has visto reír a los más sabios
como has visto a un niño caerse y volverse a levantar
caerse y volverse a levantar
caerse y volverse a


Toma, besa, vela la mano del llanto de esta noche. Continúa despierto mientras siga percutiendo allí a lo lejos la estrella polar, adonde zarpa el avión de tu fantasma. Humíllate otra vez, mendigo

Arrodíllate

Y dile sin decirlo que tuvisteis la belleza, que mereció la pena vivir y reventar.
Que será siempre un honor, una emoción para este crío, haber bailado un tango en esa lágrima, velar la mano de esta noche en las sábanas feroces del adiós



domingo, 27 de febrero de 2011

Gracias

¿  Cuántas puertas tiene la emoción. Cuántas habitaciones llenas de sol puede habitar uno, a la vez, en la casa encendida de su costado más íntimo. Cuántos rincones en llamas puede uno sentir, a la vez, crepitando dicha y plenitud desde todos los polos de la memoria azul, de la pasión en vilo, de la vida en cueros

Cuánto pesa la emoción, la memoria total de la alegría. Con qué gravedad le arrastra a uno hasta las raíces mismas de la tierra para ver volver resucitar
                      porque la risa es cumbre ciega en llamas
        y el llanto un alud sordo que amanece,
        muy despacio, y que se habita.
Cuánto vale la emoción, este ángel, este cofre de monedas de sol, este tiritar de hueso en cueros; qué se hace con él, cómo le lleva a uno desde lejos, de la mano, como ese crío que se quedó muy dentro y que nos busca, nos reclama, igual que en el desierto un espejismo

Cuánto dura la alegría. Cuánta vida tiene. Dónde se esconde cuando parece morir, hundirse, no volver jamás, pero ahí está, ahí sigue, ahí su vislumbre; ahí tirita aún muy adentro y esperando sólo que baje la marea, que se escriba otra vez, que sea junta de nuevo.
De dónde viene la emoción, dónde se forja. En qué entraña del abrazo abisal, del espejo en los ojos, del galope fraterno; dónde termina un abrazo y empieza la tierra. 
Dónde se despide un amigo, y empieza la tierra


Cuántas puertas tiene la emoción. Cuántas me habéis abierto. Cuántas veces se abrirán aquí dentro, otra vez, de par en par, de fiebre en cueros, para saludarme de nuevo en el trasluz y sonreír


Cuántas cosas nos quedan por vivir, amigos, cuánto dura la alegría. Cuándo volveremos a abrazarnos. Cuánta emoción podrá llegaros desde aquí, goteando tinta azul y lágrimas y gratitud desde los ojos rotos y el pulmón en vilo de un crío que llora solo, en un avión, viendo despedirse su universo desde un álbum de sol y crepúsculo y temblor y fotografías 


jueves, 10 de febrero de 2011

Poética

Ahora que se agolpan en mi cama
todos los errores de mi vida

, puede pensar uno, cualquier noche, cualquier madrugada cruel de no poder dormir. Y es cierto, así es: hay noches así. Puede suceder en cualquier momento del día, pero es ahí, en la rueca sombría de esas horas, cuando suelen volver para asediarte esos fantasmas. Todos juntos, haciendo guardia, formando cola. Un ejército de remordimientos que te miran siniestros, uno a uno, en cada esquina de los ojos cerrados

Y te hablan, te interrogan; te devuelven una vergüenza irreparable y te aseguran que fuiste

peor que todos,
peor que tú,
de alguna forma incomprensible
peor que nadie sin dudarlo

Intentas dar razón a lo que no tiene ya remedio; intentas confesar a alguien (a quién) que no fue tu intención, que algo salió mal, que no estuviste alerta; que querías sólo (como siempre) un abrigo, una limosna, un pedazo de pan. Pero no te dejan: alguien te regresa. Da cuerda alguien

hacia atrás, y no me escucha,
y no me dejan explicarme,
pedir perdón, arrodillarme o sonreír

Siente uno ganas de pedir auxilio. Despertar a quien ya duerme, agarrar el teléfono, entregarse, algo, algo. Pero sabes que es inútil; que nadie tiene ese conjuro, y que además ni siquiera puedes decir nada, porque no hay nada que decir

Y sigue la rueca, siguen los círculos. Vienen de todas partes juguetes rotos, deudas muy viejas, portazos. Vuelven los que no se fueron nunca. Y quieres, quisieras sentarte a conversar con los que te hicieron daño; decirles que no, que no hay tiempo, no lo veis? Aquí no hay tiempo para eso. Ponerles una copa de sol y que sonrían. Quisieras llamar a los que hiciste daño tú, llamar a tu víctima, llamar a su asesino: que vengan, los dos, a llorar contigo

Pero no hay forma, no hay remedio

Y entonces haces lo único que puede salvarte: incorporarte, encender una luz, humillarte de bruces contra el papel. Escribir, como una ofrenda, una plegaria o una carta para nadie, que

ahora que vienen a juzgarme
todos los errores de mi vida,
y sé que no hay remedio,
y que a nadie importa ya,
                                         yo,
honestamente, quiero decir
que hice lo que pude


Todo lo bueno
que uno malamente pudo.


jueves, 2 de diciembre de 2010

'Siempre en domingo'


Alguien que conozco, excelso arqueólogo del alma humana y cachondo profesional (o profesional cachondo, que también) a quien guardo infinita gratitud por cosas que ahora no vienen al caso, me dijo una vez que la suerte a secas no existe, pero la mala suerte sí. No recuerdo haber protestado al oírle, pero recordando ahora la frase no he podido evitar pensar lo que muchos habrían pensado en ese momento: si existe la mala suerte, existe la buena suerte. Igual que si existe el arriba, existe el abajo; si existe el yin, existe el yan, y si Cruela Devil Aguirre vuelve a ganar las municipales de 2011 en Madrid, pues en algún lugar del orbe habrá un samaritano a lo Vicente Ferrer abriendo hospitales públicos para los parias de la tierra. El mal por el bien, el bien por el mal; lo que resta en alguna parte suma en alguna otra y lo que muere en un lugar resucita en otro bajo la implacable geometría del Caos, que es un viejo borracho jugando al billar con una puntería inexplicable.

No podría atinar ahora a recordar el por qué de la aseveración de mi colega (seguro que sus argumentos tendría; ya le preguntaré alguna vez), pero al darle vueltas al tema he caído inevitablemente en otra casilla igual de obvia con la que tampoco descubro ninguna Atlántida: la mala suerte existe, sencillamente, porque reparamos en ella; la buena suerte no porque, sencillamente, y salvo en ocasiones extraordinarias, uno no se para a analizar por qué le van bien las cosas: le van bien y punto, y ahí no caben metafísicas ni darse de cabeza contra el suelo, sino Carpe Diem y a tomar por culo la bicicleta y que siga la fiesta hasta mañana, que ya habrá tiempo de acordarse de Santa Bárbara cuando truene. Sin embargo, y llegado a este punto, también he pensado algo más retorcido, más macabro, más inquietante si cabe que la sentencia de mi colega: si aceptamos -y creo que el común de los mortales estamos de acuerdo en esto- que los momentos de charanga y pandereta y ponme otra, jefe, que paga Rita, son los menos comunes; si aceptamos que lo corriente no es tirar cohetes sino que truene, y si estamos de acuerdo en que lo normal es que haya cinco días de curro y dos de fiesta, y no a la inversa, pues tendremos que acordar exactamente lo contrario de lo que dijo el chamán de mi amigo: que la suerte a secas no existe, pero la buena suerte sí, porque lo accidental es que te pasen cosas buenas (o muy buenas), y no que te pasen cosas regulares (o mediocres, o directamente malas). O sea: la buena suerte sí existe porque es el verdadero fenómeno accidental, a pesar de que no reparemos mucho en ello, mientras que la suerte a secas (o la mala suerte de la que nos quejamos a diario) es sencillamente el mediocre y anodino estado de la mayoría de días (laborables) de la vida.

Me temo que me he hecho la picha un lío y que no he resuelto absolutamente nada. Lo peor, además, es que aún no he conseguido rebatir con garantías el aforismo de mi amigo: no sabría negar por qué puede existir la mala suerte pero no la buena, y tampoco explicar por qué puede existir la buena suerte pero no la mala. Lo cierto y verdá es que no dejo de sospechar que mi colega tiene razón, porque cada vez veo más gente (o a lo mejor reparo más en ellos últimamente) que parece vivir en una orgía de depravada felicidad estólida, mezcla de libro de Paulo Cohelo y Los Serrano, y me pregunto si algunos no habrán hecho un pacto diabólico con el Caos, vendiendo su alma a cambio de barra libre ad infinitum y viajes a la Patagonia por el puente de la Almudena: supongo que, de manera miserable y vil, a uno siempre le parece que son los más tontos los que más suerte tienen, como si la tontería diera puntos para el particular. Supongo, también, que, como me escribió otro gran amigo hace unos días, las procesiones van por dentro, y vete tú a saber qué sotas de bastos llevan clavadas bajo la camisa ésos (y ésas) que parecen vivir como si todos los días fueran fiesta.

Como si siempre fuera fiesta, como si siempre fuera domingo. Recuerdo que, en cierta época, mi padre tiró de su (también excelso) registro satírico aderezado con el espíritu de Cuéntame cómo pasó para ilustrar mi aparente dispersión de aquellos días: ¿Tú sabes que había hace años un programa de televisión que se llamaba ‘Siempre en domingo’…? Pues así es tu vida, Miguelito, hijo: siempre en domingo”. Siempre en domingo, decía. Lo único (malo) es que yo no parecía darme cuenta. Y me pregunto si es que hice sin enterarme algún pacto diabólico con el Caos. Y me pregunto cuántos pensarían al mirarme que todos los tontos tienen suerte. Mañana cumplo veintisiete palos de almanaque y, sinceramente, no sabría decir cuántos días han sido hasta ahora laborables, y cuántos festivos.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

'Cárnivale'

Ahí enfrente, en uno de los apartamentos visibles desde la ventana ésta en la que ahora vivo, habita un anciano que me ha estado inquietando durante semanas; casi desde el primer momento en que reparé en él.

Aunque no soy exactamente preciso: en realidad no es él lo que me llamaba tanto la atención. Porque en realidad se trata de un viejo como cualquier otro, supongo. Desde aquí, con una calle de por medio, de ventana a ventana en mirada oblicua y desde mi cuarto piso a su tercero, apenas pueden distinguirse sus rasgos. Quizás tirando a moreno, aunque con el pelo ya de nieve, se podría intuir que fue apuesto, hace años, y que tal vez lo sigue siendo. No puedo saber si es alto o bajo porque jamás le he visto de pie, sino sentado tras un escritorio, y fumando, siempre fumando, como un carretero. Precisamente por este ritual llegué a fijarme en él: acercándome a fumar a la ventana y buscando cualquier sitio en que poner los ojos, en estos días inciertos y sin rumbo en los que uno se pregunta adónde emigró la suerte. Al principio de manera accidental, luego con creciente interés, empecé a mirar hacia allí: generalmente a media tarde, o entrada ya la mañana, ahí estaba, fumando siempre, el viejo, un cigarro detrás de otro; siempre tras la mesa del escritorio y siempre hablando con alguien sentado frente a él, absortos en una conversación indescifrable. Será alguien que va a hacerle compañía, pensé al principio. O será el notario, y lo está dejando todo atado y bien atado. Puede que le esté dictando sus memorias a algún plumilla voluntarioso, o que le esté cantando a su hijo las cuarenta -día sí y día también-, o yo qué sé. Tampoco presté al asunto demasiada atención. Mi interés duraba lo que duraban las caladas (las mías). Hasta que me di cuenta, un día, de que quien se sentaba frente a él era siempre alguien distinto.

Será que tiene mucha familia, pensé entonces. Pero qué clase de patriarca atiende a su prole así, uno detrás de otro y detrás de una mesa, como si en vez de hablar de la próstata estuvieran buscando la coartada para el asesinato del primo Ludovico. Lo mismo es el Padrino del barrio, pensé entonces; pero el aspecto de su despacho (desnudo, sin más muebles que la mesa y las dos sillas), amén del hecho de tener siempre las cortinas abiertas, en franco descubierto, me hicieron descartar la idea. Me fijé además en que nunca hay luz por la noche, de modo que tendría que ser su lugar de trabajo. Será médico, aventuré, y estará pasando consulta; pero a ver qué clase de médico se fuma un cartón de Ducados -o de lo que fumen los viejos de aquí- mientras (ahora sí) diserta sobre próstatas, pleuras o politraumatismos genitales (‘House’ es una serie, Miguelico, ‘House’ no es real, ‘House’ es ficción, me tuve que repetir en voz baja, varias veces). Vale, vale, está bien: entonces será picapleitos, asesor fiscal, abogado matrimonialista, no sé, algo así… Pero tampoco, porque digo yo que entonces tendría la sala atestada de tochos romanos y la mesa llena de papeles, y sin embargo lo único que sostiene la mesa es algo que no puedo llegar a vislumbrar desde aquí, algo pequeño que el viejo apenas toca de vez en cuando aprovechando sus infinitos viajes al cenicero. Ya está, pensé, ya lo tengo: cómo es posible que no cayera antes en la cuenta. Pensé, casi como una revelación: es psicólogo. El viejo es un psicólogo huraño, heterodoxo y bucanero que pasa consulta en ese piso destartalado porque los alquileres no están para bromas, y que fuma mientras pasa consulta porque le sale de los huevos, que para eso es suya, y… Iba a seguir, pero la euforia se desvaneció al preguntarme qué clase de terapia es ésa, en la que es el loquero el que no para de hablar y el paciente (pobre incomunicado, al cabo: pobre enfermo de incomunicación) el que escucha. (‘En terapia’ es otra serie, Miguelico, otra serie…).  

Fue, ya digo, mi misterio cotidiano durante semanas. Semanas de incertidumbre, por lo demás, para qué repetirlo. Semanas éstas de encallar en la misma playa gris del mismo día, esperando alguna vela amiga en el horizonte, algún color distinto, luces de rescate, algo que cambie el viento, algo…: nada. Nada. A veces la ventana de cualquier ciudad no es más que el punto más alto que uno busca en su isla para otear lo que viene desde allí lejos, o no viene. Y entonces se pone uno a fumar allí, a mirar por allí, como si por mucho mirar se invocase a la suerte, como si la clave, el enigma, el conjuro que rompa la maldición fuera a emerger antes por mirar tanto hacia allí lejos. No sucede; pero a veces, afortunadamente, se dan treguas que hacen la espera más soportable. Algún baile de ron y risas en torno a la hoguera; algún mensaje en una botella encontrado en la orilla; alguna piel de sol que detiene el tiempo hasta el día siguiente.

…Y algún día más claro de lo normal en todas las ventanas. A pesar de la desidia, la desesperanza, el abandono, a veces hay días que amanecen más claros, que perfilan mejor los contornos y hacen el mundo más nítido. Y uno se siente raramente dispuesto otra vez a tener fe, a palparse el amuleto, a habitar los ojos y dejar de auscultarse las catacumbas de la conciencia. Como el otro día. Estaba de nuevo en la ventana, fumando. Ya era noviembre, pero este Norte de ceniza se permitió esa mañana algunos azules del Sur, cierto aire de cristal que yo me sé. Miré al edificio de enfrente, como siempre, esperando encontrar al viejo en su conversación con alguien nuevo, tomando parte de un rito del que ya me sentía extrañamente partícipe, cómplice atento y sordo. La luz nueva y el frío más generoso habían permitido al anciano tener esta vez la ventana abierta. Por eso pudo esta vez girarse un momento desde su mesa, fugaz, en mitad de su monólogo, y cederme una mirada insondable por entre el humo de los dos que yo interpreté de viejo conocido.

Por eso, también, pude ver al fin lo que reposaba en su mesa: cartas. (Me froté los ojos). Cartas de baraja. (Se me cayó el cigarro de la boca). Cartas de feria y de destino colocadas bocabajo, que el viejo iba descubriendo poco a poco, muy despacio, una tras otra, tras otra. Tras otra. 

Lucha entre el Carnaval y la Cuaresma
(Bruegel el Viejo) 

miércoles, 20 de octubre de 2010

Levántate

Y vivir se parece mucho en esta época a algún remordimiento, a tener resaca cada día sin haber probado gota alguna la noche anterior. Días que alientan con cierzo de clausura, días secos que amanecen sin embargo con puñales húmedos en la almohada; la angustia certera de haber hecho algo mal, irreparable, en algún momento de ayer noche. Pero cómo, el qué, a quién, si no saliste, no salimos

Lo están consiguiendo, corazón: están a punto de convencernos de que es culpa nuestra este escándalo, este atraco, esta estafa moral

Y te levantas cada día pensando qué es lo que falla, en qué te equivocaste, en qué momento del camino se te cayó la brújula sin darte cuenta. Ríes poco en las fiestas, o no vas (qué lujo, ya, regar la risa); te avergüenza cuando te preguntan y cambias de conversación; te da miedo hasta salir a la calle por si viene alguien a cobrarte alguna deuda que olvidaste, que no sabías ni que existiera. Te cobran por vivir. Y quieren que juegues con ellos, que te arrodilles y les pidas un contrato para bailar con sus serpientes o para correr despavorida por el bosque mientras te persigue su jauría. Tranquila: no te comerán: te necesitan viva y en guardia y llena de terror para seguir manteniendo su circo y dar de comer a sus cachorros. Saben muy bien que tu miedo a quedar fuera es al final mucho mayor que tu desprecio y tu odio a su juego putrefacto de chacales. Y no queda otro remedio, al parecer, que bajar la cabeza ante las fauces, humillarse, o seguir pidiendo audiencia ante el decimoquinto leguleyo de su horda: humillarse

Si estás dentro, tendrás que apretar los dientes y maldecir en voz muy baja; si les dices que No cuando debe ser que No, estarás fuera. Y si estás fuera, no sabrás dónde poner los ojos ni a quién pedir ayuda ni encontrar la manera de aliarte con los tuyos para rasgar banderas y asaltar a sangre y fuego el rascacielos del ultraje inaudito de este siglo

Como tú ahora, corazón; y como yo. Por eso sé que te despiertas cada día con flamear de velas negras en la ventana, con callar de cuervo en cada mástil, encallando en la playa gris desierta que es el día; que son estos días tuyos, lo sé, como son los míos

Sé que te comen las migas de pan que fuiste dejando en el camino, que hace frío y miedo, miedo y frío afuera y dentro de la calle. Que temes, como yo, que nos confisquen cualquier día el aire. Que eres pequeña, pequeña, muy pequeña

Pero aguanta. Óyeme: aguanta, no te me rindas. No puedo decirte cómo acabará, cómo se podrá reescribir esta historia, pero no flaquees, no les consientas, que no te vean así; escúpeles, regálales muy fija tu desprecio, recuerda a los tuyos: levántate. Muchas veces, amiga, muchas veces el viento cambia de aire. Y flamearán velas azules de nuevo, ya verás, algún día

Mientras tanto escúchame, allá donde estés, y desnúdate. Deshoja pétalos de escombros en el suelo del cuarto, enciende velas de candor. Créeme

Abrázame mientras impera la amargura, mientras el mundo nos desahucia y nos embarga las paredes de la vida que soñamos.