jueves, 29 de mayo de 2008

"Crecer"

Ya sé que no hay más remedio, pero cansa.

Ya sé, ya lo sé, no hace falta que me lo recordéis. Que esto va en serio, que nadie nos dijo que fuera a ser fácil; que ya dejaron de contarnos todos los cuentos hace mucho tiempo y hace mucho tiempo ya que crían polvo en los últimos baúles de la sangre, el caballo cojo, el dragón muy viudo; el castillo de la niebla desahuciado, solo de siglos, en silencio. Ya sé, ya lo sé: pero cansa. Me diréis que ya han pasado diez inviernos y diez más. Me diréis que ya hemos jugado mucho y hemos sangrado mucho en las rodillas. Me diréis que ya volvimos muchas veces, muy pequeños, siguiendo las miguitas del sol a ningún sitio; quizás César abrazándome, abrazándome César me diga que

ya nos hemos sentado
mucho a la mesa, con la amargura de un niño
que a medianoche, llora de hambre, desvelado

Y bien: “hasta cuándo estaremos esperando lo que no se nos debe”. Hasta cuándo “este ventisquero de óxido”. Hasta cuándo esta pizarra de tan lejos y este cuaderno lleno de lobos y este pasar de curso repitiendo sin embargo repitiendo siempre la misma asignatura. Me tratan de loco los adultos. Me ignoran de viejo los más niños. Me decís vosotros: esto iba en serio, no iba a ser fácil, ya dejaron de contarnos todos los cuentos.

Y me cansa.

Porque tengo diez inviernos y diez más y cuatro más. Porque ya me contaron todos los cuentos. Pero yo apenas he empezado a contar los míos.


miércoles, 7 de mayo de 2008

Siglos, minutos

Se están mirando por encima de los hombros de sus opuestos, de los que van bailando con ellos en una espiral suicida de humo y sudor y vapor de sexo y luces de neón. Se están mirando lentamente, largamente, en los dos segundos y medio que pueden mirarse al girar sobre su eje, como dos planetas encontrados en el tiempo. Se están mirando sin que nadie sepa nada mientras bailan con otros dos que también ignoran el seísmo sordo, subterráneo, de los ojos que se andan mirando lentamente clandestinos junto al rompeolas de la noche mediterránea. Se están vigilando en conmoción, desde dentro, y a cada vuelta indagan en sí mismos la razón oscurísima del misterio y el enigma irresoluble de haberse encontrado sin encontrarse, de llamarse a gritos sin saber sus nombres, de lamerse los ojos y la boca y el cuerpo entero sin tocarse. Él le taladra implacable la mirada cuando puede, cuando no baja la cabeza para oír un susurro o susurrar él mismo o besar con urgencia o misericordia. Ella le escruta perpleja el fondo de los ojos cuando quiere, cuando hace como que mira distraída en derredor o se apoya en el pecho próximo o sabe con certeza que él estará mirando, y que ella no va a ruborizarse. Se están presintiendo por la espalda y reconociéndose de frente en varios minutos que son siglos hasta que acaba la balada tristísima, lejana, y dejan de bailar y se pierden de vista entre la gente, y comienza una tonada canalla que habla de emboscadas y balcones furtivos y espejos rotos como puzzles. Él no lo sabe, pero Ella le ha dicho a su acompañante quieres algo de beber?, yo tengo sed. Ella no lo sabe, pero Él le ha dicho a quien le acompaña vale, ve al baño, estaré en la barra. Y ninguno de los dos sabe, sabiéndolo en fondo, que al acodarse en los lados opuestos volverán a encontrarse de bruces como a babor y estribor de dos barcos paralelos; entre ellos, un mar de luces y sombras y ron. El estómago del revés, el corazón en cueros; la sangre al galope: suicida. Vámonos de aquí, le grita él con los ojos, kamikaze. Vámonos de aquí, le grita ella, sin decir nada, desde dentro. Serán sólo, esta vez, cinco minutos como cinco siglos mirándose lentamente, largamente, precipitándose los dos, corazón, sin miedo, hasta el abismo. Entonces llega el acompañante de Ella, y la abraza por la espalda, le da la vuelta, la besa. Entonces llega la acompañante de Él, se acoda a su lado, le susurra algo al oído. Ella vuelve a girarse un momento, irreparable, antes de salir del bar de la mano del otro. Él finge llamar al camarero con un gesto mientras la sigue contemplando, la sigue adivinando entre la multitud, la pierde de vista para siempre.

jueves, 17 de abril de 2008

La soledad, la lluvia, los caminos



Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París, y no me corro,
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.


Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.


César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro


también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos...


(Ayer morirá otra vez -y van setenta-, César, Cesitar Vallejo: semejante mendigo. "¡A España, quiero ir a España!", dicen que murmuraba ya al final, mientras España, ay, también seguía muriendo. Pero no es cierto y tú lo sabes, César Vallejo. Mendigo semejante. Semejante niño. Hoy que también es jueves, y llueve.)

miércoles, 12 de marzo de 2008

Así

Así debería ser siempre la vida. Como un gran búcaro de música. Como el sol de escándalo en la ventana de abril. Como el cosquilleo en el estómago y la brisa en la espina dorsal y el corazón al galope cuando ella se giraba en clase, y sonreía. Como un día de fiesta y una tarde de fiesta y una noche de fiesta sabiendo que también será fiesta al día siguiente. Como una fiesta y unos amigos y una certeza a su trasluz y pasos de baile en una nube de carmín al regresar. Como el beso originario. Como la risa originaria. Como el regreso a la estación. Como los días felices y todos juntos y el sol camino de la mesa, anunciando dicha y mediodía. Como el día que aprendiste a montar en bici. Como el día que se hizo de noche azul en el recreo. Como la noche de la hoguera del invierno. Como la tarde del amor del agua en el verano. Como el sueño en que te adentras sonriendo. Así debería ser siempre la vida. Como un gran búcaro de música. Como las campanas del corazón a punto y todo a punto de empezar. Como la brisa en un tiempo de banderas. Como la sombra de la tarde. Como el vino de la tarde. Como la madrugada de par en par en el balcón. Como el tabaco que fumaba tu abuelo. Como el olor de tu casa al entrar. Como la canción que más ames cantada a pulmón y la guitarra a solas y la euforia. Como el cigarro que medita a solas, como el vislumbre de leyenda, como la niebla en la calleja a oscuras del silencio. Así. Así debería ser siempre la vida. Como un gran búcaro de música. Como un cabalgar y un abrazo y una vela. Como una plaza y un vestido y un candil. Como un llanto pequeño, tranquilo, pequeño, como un llanto niño y dócil y dulcísimo, un llanto que te acaricia y que te ríe y que te abraza lleno de emoción, y dicha, y gratitud.


(Exactamente la misma foto que hace un año, de anónimo y afortunado autor.)

miércoles, 5 de marzo de 2008

El PP y la niña de 'El exorcista'

“Más vale que no tengas que elegir / entre el olvido y la memoria”. Estos dos versos, esta advertencia sabiniana que encierra (como pasa frecuentemente en la magistral obra de su autor) una verdad pavorosa tras su aparente simplicidad, es asimismo un dilema que la vida nos plantea de vez en cuando, poniéndonos en la eterna encrucijada de lo que merece la pena ser recordado y lo que no: nuestro pasado puede ser ese patrimonio vital en que consistimos, que nos da respaldo y apretura, pero también un lastre, un fantasma cejijunto y desquiciado que no nos deja conciliar el sueño, que nos baja la tapa del váter al mear y que llama al timbre en el momento más inoportuno. Una putada, en suma. Los que guarden en su rincón más íntimo sucesos que le definan como ser humano y a la vez le produzcan un sentimiento parecido a la desolación, el remordimiento o las ganas de salir pitando, sabrán de qué hablo. Esas conversaciones que se evitan estrictamente. Esa traición de la que es mejor no acordarse. Eso que hiciste hace tiempo, y que, legítimamente o no, te sigue exigiendo responsabilidades muchos años después.

Todo esto de lo que vengo divagando es un problema que nuestra clase política, entre otras especies, resolvió, le resolvieron tranquilamente, en los últimos tiempos, gracias a la sacrosanta televisión. ¿Cómorrr? Que sí, señora. La televisión. Simplificando mucho, claro. Lo que quiero decir es que es tal la cantidad de información, vía televisiva, radiofónica, en prensa escrita, virtual, publicitaria, radiopática, por generación espontánea o chamánica (de chamán: esos directores de periódicos, o moderadoras de tertulias, o de homilías mañaneras, que se comen tres o cuatro setas para desayunar y confunden la información con las alucinaciones visionarias de su colocón), es tanto el ruido, digo, y funciona tan deprisa la maquinaria, que lo que hoy es noticia primordial mañana mismo es un garabato de Atapuerca. Y así sucesivamente. Lo cual viene de perlas cuando la has cagado bien, cuando has metido la gamba hasta el fondo. Cualquier politicucho de los que abrevan ahora mismo por el Parlamento lo sabe a los tres días: si esta mañana dices cualquier gilipollez, o cualquier barbaridá sin pies ni cabeza, o cualquier disparate franquista, o sabinoaranista, o castrista, tododiós lo sabrá a los dos minutos no sólo aquí, sino en la última aldea de Nicosia; serás la comidilla de la jornada, los informativos darán buena cuenta de tu memez, por la noche Buenafuente o Eva Hache –esa reina, esa diva del Chascarrillo- le sacarán toda la punta que puedan; quizás mañana algún periódico te tirará de las orejas en su editorial; pero luego, oyes, tranquilo majete en tu sillón: tacháaan: el silencio. Y la amnesia. ¿Qué yo dije qué, mandéeee? No señor, yo no dije eso. A otra cosa mariposa. Pinto pinto gorgorito y a tomar por culo la bicicleta.

La peña, claro (ellos, claro), contentísima. Ejemplo ilustrativo: ¿se acuerda alguien del ridículo de Rajoy y el alpargatazo de la vomitiva (lo siento, no me sale decir señora) Aguirre con el malogrado Gallardón? Sí, claro que sí. Pero, ¿no parece que fue hace siglos? Pues fue hace dos meses, creo recordar, tirando por lo alto. Dos meses: en términos informativos (en términos cotidianos) parece sin embargo que el episodio data del pleistoceno: últimamente no se habla ya del tema, no ha salido apenas en la campaña: ergo, no ha existido. Se podrían poner ejemplos de aquí a mañana (de cualquier partido político, ojosss), pero no quería ir a eso. Quería ir a otra cosa. Porque, sentado esto; sentado que tú y yo (y hasta los partidos políticos, en el fondo) sabemos que en el pasado cometimos ciertos errores sobre los que sería mejor no volver, no mirar atrás (no elegir la memoria); teniendo en cuenta que hay sucesos íntimos como fantasmas furibundos que no nos dejan vivir en paz, que nos tiran de las sábanas, pero que en el caso de los partidos políticos se esfuman en el tercer telediario (les sirven el olvido en bandeja, a ellos y a nosotros)… Sentado todo esto, no tengo manera de explicarme (o a lo mejor sí), no hay manera de que entienda, no hay manera de concebir… quiénes y por qué han sido los gilipollas que han dirigido la estrategia política del PP en los últimos cuatro años.

El señor Elorriaga, que es secretario de comunicación, o de organización –ahora mismo no sé- del citado partido, dio en el clavo el otro día, cuando vino a declarar al diario Financial Times, al parecer en plan entre tú y yo, colega, que no se entere nadie (jajajaja), que la clave para que éstos ganen las elecciones radica en neutralizar el voto socialista, o izquierdista, o tocagüevista: que se quede en su casa cuanta más peña mejor, porque como se movilicen pueden darse por jodidos (otra perla olvidada: ¿alguien se acuerda de esa ministra que, tras el 14-M, se indignó en público porque había votado una parte del electorado tradicionalmente abstencionista…?: qué escándalo, eh: gente votando en democracia, habráse visto…) . De puta madre. De modo que, por seguir la astuta treta, y en un alarde de maquiavelismo, supongo, es por lo que esta gente ha estado durante cuatro escandalosos años haciendo exactamente lo que hizo para que los mentados tocagüevistas votásemos en su contra por entonces: mentir sin ninguna vergüenza, tratar (hasta conseguirlo en parte) de intoxicar a la opinión pública poniendo a los jueces –oh paradoja-, a las fuerzas de seguridad y al sistema mismo en tela de juicio, a la democracia a los pies de los caballos y a unos cuantos mafiosos de extrema derecha como seudo portavoces de un proyecto basado simple y llanamente en el descrédito, el todo vale y el mamporreo más ordinario… Y en éstas que llega Rajoy, el otro día, y como hermoso y sutil corolario de toda una legislatura en la oposición haciendo encaje de bolillos, portándose bien, los nenes, para no cabrearnos –por lo visto-, va y le suelta a Zapatero, mediado el segundo debate y ante millones de españoles patidifusos: “Usted es presidente por Irak y por el 11-M”.

Ciertamente, el PP encontró una tercera vía que no pasa por elegir entre el olvido y la memoria: radica en sostener el error desde el principio, e intentar convencer y convencerse de que no fue tal; agarrar por el cuello al fantasma (supongo que la soporífera niña de Rajoy, versión posesa de El exorcista), en vez de ignorarlo, o dejarlo ir, y darle de hostias para que entienda de una vez que la culpa es suya y no tuya (en este caso, no de Rajoy, aunque fue quien metió a la niña en un colegio del Opus, y ahora está hecha un lío porque no sabe si hacerse monja o meretriz). Decirle al fantasma, con el puro en la boca y la gomina bien fijada en el pelo: usté no sabe con quién está hablando. Y así, de esta manera tan hábil que te cagas, el Partido Popular ha conseguido lo que probablemente los partidos de izquierda no hubieran conseguido ellos solos: que tengamos todos bien presente, a la hora de ir a votar, qué clase de personajes pueden volver a gobernar, si les dejamos. Hay que joderse con la ironía: el mayor motivo para votar contra ellos, que fue el de las mentiras consecutivas tras la mayor masacre de la historia de España, nos lo han venido sirviendo ellos mismos, todos los días, puntuales, a cucharadas, ésta por mamá Acebes, ésta por papá Aznar, con esa riada de despropósitos desde el Parlamento, la prensa, el Golum de la COPE y la Santa Inquisición Episcopal. Ellos mismos han conseguido, y dale perico al torno, que todos los cabreados de por entonces volvamos a votar en tromba a su fantasma. Y van a perder otra vez –y con mayor estrépito- las elecciones.

Con lo fácil que hubiera sido cerrar la boca, y dejar que la televisión hiciera el resto.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Hoy

Has de tener en cuenta que hoy ha sido, o está siendo, el mejor día de la vida de alguien, y también el peor en la vida de otro. Hoy, quizás un día anodino para ti, han sucedido simultáneamente un milagro y una tragedia, una detonación de luz y un cataclismo; probablemente mucho más cerca de lo que imaginas. El problema es que nadie (o casi nadie) lleva un cartel por la calle en el que figure su estado de ánimo actual. Pero sería interesantísimo que así fuera, al menos por unas horas. Así, podría uno felicitar calurosamente a quien llevase un letrero colgado al cuello, bajo la pertinente sonrisa bobalicona, que rezase: Enamorado recientemente correspondido; o bien: Empleada al borde del colapso, recién enterada de la trágica y repentina muerte de su jefe. Como en una viñeta de Forges. Se propagaría mucho más la alegría de este modo, se harían muchos más amigos (bien es sabido que todo el mundo le cae a uno repentinamente bien cuando las cosas le funcionan). De igual manera, el espontáneo brindis lleno de sol por una fortuna podría ser un calladísimo, emocionante y anónimo velatorio si nos topásemos, al doblar la esquina, con alguien que llevase pintada en la cara una de esas desgracias aterradoras ante las que sólo cabe enmudecer, y sobre las que no pondré ejemplos porque no me da esta noche la gana. Imagínate. Doblas la esquina, con prisa o paseando, hojeando el periódico o silbando una canción (por qué carajo nadie silba por la calle, en esta ciudá?), y de pronto te topas de frente con la Desolación, que se aproxima con cara de niño o vieja derruida. Se para el estruendo del tráfico, se para la mujer del kiosco, te paras tú en la acera, se para la vida en mitad de la calle. Y todos juntos, como en ese tiernísimo poema de Cesitar Vallejo, le decís, le susurráis casi: “No te mueras: te amo tanto”. Y aunque la persona desolada, ay, siga muriendo, al menos el mundo le presenta sus respetos. Seguramente el hijo de puta de su casero no se atreva a molestarla, con ese mensaje pintado en la cara como una acusación, o una disculpa.

Tú no puedes saberlo, pero a lo mejor ha sido hoy cuando tu hermano el pequeño ha perdido la virginidad, y por eso anda un poco más pavo que de costumbre, que parece que flota dos palmos por encima del suelo y pasa mucho de las amenazas de tu madre con darlo en adopción si no baja la música: por él, como si le destierran a Siberia. Tampoco puedes saberlo, pero esta misma tarde han llamado por teléfono a tu compañero de la facultad, o del trabajo, ése con el que hablas sólo lo justo, de vez en cuando, y acto seguido se ha encerrado en el lavabo para poder vomitar tranquilo la comida y el llanto; se ha quedado allí el tiempo que ha considerado preciso para poder calmarse y continuar, y que casi nadie repare en la devastación de los ojos y en el pálido de la cara, y luego ha salido al pasillo y se ha cruzado contigo: tú no lo sabes, no puedes saberlo, pero el no saludarte no se ha debido a que es un borde, sino a que prefiere que no se fijen mucho en su rostro. En el cartel de su cara.

Has de tener en cuenta que hoy ha sido, o está siendo, el mejor día de la vida de alguien, y también el peor en la vida de otro. Si el tuyo ha sido, o está siendo, uno de esos días mediocres, pintados de gris en tu calendario, felicítate y tómate algo, porque todo es susceptible de empeorar. Si se trata del mejor día de tu vida, te felicito, y hazme el favor de estirarte e invitarme a un whisky, que ando escaso y tampoco tendremos muchas más oportunidades. Si se trata del peor, hazte el favor de no callarte, de pintártelo en la cara si hace falta, de venir corriendo a contárnoslo. Te prometo que tendrás el homenaje del silencio, y también una copa que te recuerde a su trasluz que todo pasa. Nosotros invitamos.

sábado, 26 de enero de 2008

Saber (o no)

Todos buscamos la verdad, pero quién quiere saberla. Cuando eras niño, probablemente, existía en tu casa una habitación, la habitación, cerrada a cal y canto, a la que jamás te dejaban entrar. Pero qué hay ahí, abuela? "Nada". Y sin embargo tu instinto, la velocidad asustadiza a la que echaban la llave, como quien cierra tras de sí una puerta acechada por los lobos, te decía que no podía ser nada aquello que con tanto celo te ocultaban los adultos. Un día, por supuesto, y sin saber nadie cómo, conseguiste colarte dentro, porque la curiosidad infantil es siempre más lista que cualquier cerradura. Si la abuela hubiese dejado la puerta abierta con toda naturalidad, probablemente no hubieras encontrado nada, salvo una vieja máquina de coser, algunos libros viejos, polvo de hace siglos. Pero sabiendo que lo que la habitación ocultaba era nada, según ellos, es seguro que nada más entrar te hubiese atacado un mastín de ojos inyectados en sangre, o que el fantasma de una muchacha bellísima te hubiera arrebatado la inocencia en la oscuridad.


Esa misma habitación prohibida, peligrosa por lo desconocido pero por lo mismo irresistiblemente atractiva, se va repitiendo en la vida como una catástrofe cuyo precio es la lucidez. Hay quien prefiere no saber, o quien intuye pero hace como que no, o quien directamente pasa por la vida sin saber de dónde le viene el aire: son los necios, pero son felices; o son inteligentes porque saben ser felices. Yo qué sé. Claro que nadie puede esconder la cabeza bajo tierra para siempre en esta perra vida. La habitación de más arriba es ahora la consulta de un médico. La mujer tiene el corazón en la garganta. Aparece el cirujano, y ese instante es eterno, como al entreabrir la puerta de niña, furtivamente, porque tiene un 50% de posibilidades de que el médico le diga que le van a dejar lista para irse el mes que viene a Praga, o a Marina D’or, pero también otro 50% de que le queden dos semanas. El cirujano se planta delante de ella y, con el gesto grave de tu abuela, parece a punto de responder nada cuando ella le pregunta con los ojos. Pero entonces, aun así, ella dirá, preguntará con toda el alma, aunque aterrada: está bien, todo está bien, verdá? Al mismo tiempo, en otro punto de la ciudad, un hombre va a hacer a su mujer la pregunta que le viene abrasando el estómago desde hace meses. Preferiría no saberlo, pero lo sabe. No tiene pruebas consistentes, pero lo sabe. Porque esta tarde, por tercera vez, ella ha respondido nada cuando él le ha preguntado qué ha hecho después del trabajo, que llega tan tarde. Nada, por ahí, ha dicho; con las compañeras de la oficina. La voz era firme, pero sus gestos, su mirada huidiza, eran un temor y una advertencia: No abras esa puerta. Pero él no ha podido aguantar más. Has estado con él, a que sí? Lleváis viéndoos semanas. Ella se ha quedado quieta, absorta, sin saber qué decir. Y sin embargo él le está suplicando con los ojos, al mismo tiempo que le acusa, que le diga que no; que se indigne, que lo niegue todo, que sean imaginaciones suyas aunque no lo sean. Que no sea verdad, aunque lo sea.

Exactamente igual que cuando, de niño pero no tan niño ya, intuías que algo no cuadraba con la visita anual de los Reyes Magos. Has visto en la cabalgata, la noche antes, que el rey Baltasar se parecía un huevo a uno de tu pueblo con la cara pintarrajeada de negro. Has visto en la televisión que El Corte Inglés invita a todo cristo a ir allí a hacer las compras de Navidad, y le has preguntado ingenuamente a tu madre por qué carajo va a querer comprar nadie nada, si ya lo traen los de Oriente. Gratis además. Y tu madre te ha dicho aaanda, hijo, qué bobo eres, eso es que pasan por allí Sus Majestades, para surtirse, por si les falta algo. (La extraña forma de responder de tu madre no parece tan sincera como la pintada que hizo uno el otro día, en el patio del colegio: lo relles son lo padres.) Todo apunta a lo inevitable. Se masca la tragedia. Pero llega la noche de Reyes y el misterio y la emoción y la inercia de tus siete años (y el bendito mecanismo que todos tenemos para intentar creernos todos los cuentos que nos contaron de niños) te hacen imaginar a tres sombras clandestinas entrando de madrugada por la ventana de la habitación prohibida. Esa noche podrías quedarte en la cama, encogido, con los ojos abiertos, presintiendo como siempre el milagro, pero en vez de eso te levantas a tientas, sin hacer ruido, y tanteas agazapado el pasillo a oscuras ante esa puerta que los adultos tratan por todos los medios que no abras antes de tiempo. Estás ante esa puerta. Y ahora tienes una encrucijada. Puedes quedarte quieto, e imaginar que los ruidos al otro lado los producen esos tres espectros bíblicos al depositar en el suelo tu caballo de cartón. Intuir pero no saber. No saber y ser feliz. Pero también puedes… También puedes respirar hondo, mirar a tu alrededor, chsst, despacio, que no te oigan; y girar el pomo, abrir la puerta, dar un paso. Y otro. Caer, al entrar en la habitación, en un abismo oscurísimo. Mirar a los ojos del lobo bajo la cama. Contemplar la carcoma destruyendo las paredes, y con ellas tu inocencia.

Dime tú qué opción es la mejor, porque yo, a estas alturas, aún no tengo ni puñetera idea.

domingo, 30 de diciembre de 2007

Brindis

"Una sola ola es la que te hace naufragar. De ésa hay que salvarse"
(Manuel Vicent)

En la Nochevieja española, antes de la algarabía de los bares y las fiestas y los cohetes a este lado de la mesa, justo antes de tomar las doce uvas como una ofrenda a los doce dioses de los meses venideros, millones de seres humanos cerrarán los ojos y pondrán una vela en su altar más íntimo para quemar los infortunios del último año e iluminar su suerte para el siguiente. Para entonces, este ejercicio parecido a una oración ya se habrá fraguado en medio mundo. En Viena, una pareja de amantes ya habrá brindado bebiéndose a la vez el licor de los ojos, y probablemente descanse ya tras el primer banquete sexual, lamiéndose despacio la piel a oscuras; en Bagdad, un crío ya habrá mirado mucho a la noche azul, queriendo confundir la luz de un avión con la de una estrella fugaz que custodie su futuro muy lejos de allí. Sin embargo, faltarán aún unas horas para que estallen los abrazos en los arrabales del verano de Buenos Aires; para que el inquilino de la Casa Blanca bese piadosamente a su mujer y niñas y se siente junto a la chimenea, tras haber cerrado satisfactoriamente el balance anual de beneficios contemplando la suave nevada sobre Washington. El tiempo es sólo un concepto inventado por los hombres, aterrorizados ante un abismo que no llegamos a concebir. La división en días, siglos, años, intenta ordenar al menos ese disparate, antiguamente establecido por las cosechas, pero también acaba ordenado la propia vida y señalizando el laberinto de la memoria. Esa noche, segundos antes de que den las doce y de brindar con la familia o con la propia sombra, millones de almas echarán cuentas de lo vivido y se encomendarán a sus fantasmas más fieles para que les ayuden a culminar sus sueños inmediatos. Eso incluye a todo el mundo, claro. Seguramente, mientras tu abuelo reza por que su nieto encuentre trabajo, una mujer, encerrada en el lavabo, deseará con todas sus fuerzas que el nuevo año traiga un vendaval que barra de la faz de la Tierra a su marido, que en este mismo momento intenta tirar la puerta abajo para matarla; al mismo tiempo, un tiburón financiero apretará las mandíbulas en la azotea de un hotel de Londres, prometiéndose no dejar escapar a la presa que dejó viva el pasado año. Todo esto pasará al mismo tiempo y también no estará pasando, pues el tiempo es sólo el pentagrama ciego de una melodía incomprensible a la que tal vez, con suerte, logremos poner alguna semifusa. Existe una estrategia, sin embargo, para llevarlo bien. Según el maestro Vicent, es cuestión precisamente de dividir el tiempo en horas como el mar se divide en olas, intentado remontar cada una de ellas lo mejor posible, sin pensar en el mar (en el tiempo) como en un monstruo insondable. Yo me sumo a mi vecino mediterráneo, por supuesto, y también apunto otras igual de sencillas. Recordar con emoción esa noche de septiembre en que volvió a decirte que sí. Saludar íntimamente a todos los que en alguna parte gritan no me mates. Contemplar con piedad e ironía las tardes en que podías agonizar de miedo sin saber por qué. Mirar a tu alrededor, antes de tragar la primera uva, antes de levantar la primera copa, y saber que este instante es eterno precisamente porque un día morirás. Saber que un día morirás y que a nadie entonces le importará un carajo si fuiste el primero de la clase, si fuiste el mejor tiburón de la empresa, si trepaste más rápido y feroz que nadie la montaña hasta alcanzar la cima de la Nada. Besar a quien tengas más cerca. Saber pacientemente, casi plácidamente, que muy pronto todo esto será humo y que la única prisa consiste en sufrir lo menos posible y apurar la copa tras el brindis hasta reventar.