miércoles, 12 de marzo de 2008

Así

Así debería ser siempre la vida. Como un gran búcaro de música. Como el sol de escándalo en la ventana de abril. Como el cosquilleo en el estómago y la brisa en la espina dorsal y el corazón al galope cuando ella se giraba en clase, y sonreía. Como un día de fiesta y una tarde de fiesta y una noche de fiesta sabiendo que también será fiesta al día siguiente. Como una fiesta y unos amigos y una certeza a su trasluz y pasos de baile en una nube de carmín al regresar. Como el beso originario. Como la risa originaria. Como el regreso a la estación. Como los días felices y todos juntos y el sol camino de la mesa, anunciando dicha y mediodía. Como el día que aprendiste a montar en bici. Como el día que se hizo de noche azul en el recreo. Como la noche de la hoguera del invierno. Como la tarde del amor del agua en el verano. Como el sueño en que te adentras sonriendo. Así debería ser siempre la vida. Como un gran búcaro de música. Como las campanas del corazón a punto y todo a punto de empezar. Como la brisa en un tiempo de banderas. Como la sombra de la tarde. Como el vino de la tarde. Como la madrugada de par en par en el balcón. Como el tabaco que fumaba tu abuelo. Como el olor de tu casa al entrar. Como la canción que más ames cantada a pulmón y la guitarra a solas y la euforia. Como el cigarro que medita a solas, como el vislumbre de leyenda, como la niebla en la calleja a oscuras del silencio. Así. Así debería ser siempre la vida. Como un gran búcaro de música. Como un cabalgar y un abrazo y una vela. Como una plaza y un vestido y un candil. Como un llanto pequeño, tranquilo, pequeño, como un llanto niño y dócil y dulcísimo, un llanto que te acaricia y que te ríe y que te abraza lleno de emoción, y dicha, y gratitud.


(Exactamente la misma foto que hace un año, de anónimo y afortunado autor.)

miércoles, 5 de marzo de 2008

El PP y la niña de 'El exorcista'

“Más vale que no tengas que elegir / entre el olvido y la memoria”. Estos dos versos, esta advertencia sabiniana que encierra (como pasa frecuentemente en la magistral obra de su autor) una verdad pavorosa tras su aparente simplicidad, es asimismo un dilema que la vida nos plantea de vez en cuando, poniéndonos en la eterna encrucijada de lo que merece la pena ser recordado y lo que no: nuestro pasado puede ser ese patrimonio vital en que consistimos, que nos da respaldo y apretura, pero también un lastre, un fantasma cejijunto y desquiciado que no nos deja conciliar el sueño, que nos baja la tapa del váter al mear y que llama al timbre en el momento más inoportuno. Una putada, en suma. Los que guarden en su rincón más íntimo sucesos que le definan como ser humano y a la vez le produzcan un sentimiento parecido a la desolación, el remordimiento o las ganas de salir pitando, sabrán de qué hablo. Esas conversaciones que se evitan estrictamente. Esa traición de la que es mejor no acordarse. Eso que hiciste hace tiempo, y que, legítimamente o no, te sigue exigiendo responsabilidades muchos años después.

Todo esto de lo que vengo divagando es un problema que nuestra clase política, entre otras especies, resolvió, le resolvieron tranquilamente, en los últimos tiempos, gracias a la sacrosanta televisión. ¿Cómorrr? Que sí, señora. La televisión. Simplificando mucho, claro. Lo que quiero decir es que es tal la cantidad de información, vía televisiva, radiofónica, en prensa escrita, virtual, publicitaria, radiopática, por generación espontánea o chamánica (de chamán: esos directores de periódicos, o moderadoras de tertulias, o de homilías mañaneras, que se comen tres o cuatro setas para desayunar y confunden la información con las alucinaciones visionarias de su colocón), es tanto el ruido, digo, y funciona tan deprisa la maquinaria, que lo que hoy es noticia primordial mañana mismo es un garabato de Atapuerca. Y así sucesivamente. Lo cual viene de perlas cuando la has cagado bien, cuando has metido la gamba hasta el fondo. Cualquier politicucho de los que abrevan ahora mismo por el Parlamento lo sabe a los tres días: si esta mañana dices cualquier gilipollez, o cualquier barbaridá sin pies ni cabeza, o cualquier disparate franquista, o sabinoaranista, o castrista, tododiós lo sabrá a los dos minutos no sólo aquí, sino en la última aldea de Nicosia; serás la comidilla de la jornada, los informativos darán buena cuenta de tu memez, por la noche Buenafuente o Eva Hache –esa reina, esa diva del Chascarrillo- le sacarán toda la punta que puedan; quizás mañana algún periódico te tirará de las orejas en su editorial; pero luego, oyes, tranquilo majete en tu sillón: tacháaan: el silencio. Y la amnesia. ¿Qué yo dije qué, mandéeee? No señor, yo no dije eso. A otra cosa mariposa. Pinto pinto gorgorito y a tomar por culo la bicicleta.

La peña, claro (ellos, claro), contentísima. Ejemplo ilustrativo: ¿se acuerda alguien del ridículo de Rajoy y el alpargatazo de la vomitiva (lo siento, no me sale decir señora) Aguirre con el malogrado Gallardón? Sí, claro que sí. Pero, ¿no parece que fue hace siglos? Pues fue hace dos meses, creo recordar, tirando por lo alto. Dos meses: en términos informativos (en términos cotidianos) parece sin embargo que el episodio data del pleistoceno: últimamente no se habla ya del tema, no ha salido apenas en la campaña: ergo, no ha existido. Se podrían poner ejemplos de aquí a mañana (de cualquier partido político, ojosss), pero no quería ir a eso. Quería ir a otra cosa. Porque, sentado esto; sentado que tú y yo (y hasta los partidos políticos, en el fondo) sabemos que en el pasado cometimos ciertos errores sobre los que sería mejor no volver, no mirar atrás (no elegir la memoria); teniendo en cuenta que hay sucesos íntimos como fantasmas furibundos que no nos dejan vivir en paz, que nos tiran de las sábanas, pero que en el caso de los partidos políticos se esfuman en el tercer telediario (les sirven el olvido en bandeja, a ellos y a nosotros)… Sentado todo esto, no tengo manera de explicarme (o a lo mejor sí), no hay manera de que entienda, no hay manera de concebir… quiénes y por qué han sido los gilipollas que han dirigido la estrategia política del PP en los últimos cuatro años.

El señor Elorriaga, que es secretario de comunicación, o de organización –ahora mismo no sé- del citado partido, dio en el clavo el otro día, cuando vino a declarar al diario Financial Times, al parecer en plan entre tú y yo, colega, que no se entere nadie (jajajaja), que la clave para que éstos ganen las elecciones radica en neutralizar el voto socialista, o izquierdista, o tocagüevista: que se quede en su casa cuanta más peña mejor, porque como se movilicen pueden darse por jodidos (otra perla olvidada: ¿alguien se acuerda de esa ministra que, tras el 14-M, se indignó en público porque había votado una parte del electorado tradicionalmente abstencionista…?: qué escándalo, eh: gente votando en democracia, habráse visto…) . De puta madre. De modo que, por seguir la astuta treta, y en un alarde de maquiavelismo, supongo, es por lo que esta gente ha estado durante cuatro escandalosos años haciendo exactamente lo que hizo para que los mentados tocagüevistas votásemos en su contra por entonces: mentir sin ninguna vergüenza, tratar (hasta conseguirlo en parte) de intoxicar a la opinión pública poniendo a los jueces –oh paradoja-, a las fuerzas de seguridad y al sistema mismo en tela de juicio, a la democracia a los pies de los caballos y a unos cuantos mafiosos de extrema derecha como seudo portavoces de un proyecto basado simple y llanamente en el descrédito, el todo vale y el mamporreo más ordinario… Y en éstas que llega Rajoy, el otro día, y como hermoso y sutil corolario de toda una legislatura en la oposición haciendo encaje de bolillos, portándose bien, los nenes, para no cabrearnos –por lo visto-, va y le suelta a Zapatero, mediado el segundo debate y ante millones de españoles patidifusos: “Usted es presidente por Irak y por el 11-M”.

Ciertamente, el PP encontró una tercera vía que no pasa por elegir entre el olvido y la memoria: radica en sostener el error desde el principio, e intentar convencer y convencerse de que no fue tal; agarrar por el cuello al fantasma (supongo que la soporífera niña de Rajoy, versión posesa de El exorcista), en vez de ignorarlo, o dejarlo ir, y darle de hostias para que entienda de una vez que la culpa es suya y no tuya (en este caso, no de Rajoy, aunque fue quien metió a la niña en un colegio del Opus, y ahora está hecha un lío porque no sabe si hacerse monja o meretriz). Decirle al fantasma, con el puro en la boca y la gomina bien fijada en el pelo: usté no sabe con quién está hablando. Y así, de esta manera tan hábil que te cagas, el Partido Popular ha conseguido lo que probablemente los partidos de izquierda no hubieran conseguido ellos solos: que tengamos todos bien presente, a la hora de ir a votar, qué clase de personajes pueden volver a gobernar, si les dejamos. Hay que joderse con la ironía: el mayor motivo para votar contra ellos, que fue el de las mentiras consecutivas tras la mayor masacre de la historia de España, nos lo han venido sirviendo ellos mismos, todos los días, puntuales, a cucharadas, ésta por mamá Acebes, ésta por papá Aznar, con esa riada de despropósitos desde el Parlamento, la prensa, el Golum de la COPE y la Santa Inquisición Episcopal. Ellos mismos han conseguido, y dale perico al torno, que todos los cabreados de por entonces volvamos a votar en tromba a su fantasma. Y van a perder otra vez –y con mayor estrépito- las elecciones.

Con lo fácil que hubiera sido cerrar la boca, y dejar que la televisión hiciera el resto.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Hoy

Has de tener en cuenta que hoy ha sido, o está siendo, el mejor día de la vida de alguien, y también el peor en la vida de otro. Hoy, quizás un día anodino para ti, han sucedido simultáneamente un milagro y una tragedia, una detonación de luz y un cataclismo; probablemente mucho más cerca de lo que imaginas. El problema es que nadie (o casi nadie) lleva un cartel por la calle en el que figure su estado de ánimo actual. Pero sería interesantísimo que así fuera, al menos por unas horas. Así, podría uno felicitar calurosamente a quien llevase un letrero colgado al cuello, bajo la pertinente sonrisa bobalicona, que rezase: Enamorado recientemente correspondido; o bien: Empleada al borde del colapso, recién enterada de la trágica y repentina muerte de su jefe. Como en una viñeta de Forges. Se propagaría mucho más la alegría de este modo, se harían muchos más amigos (bien es sabido que todo el mundo le cae a uno repentinamente bien cuando las cosas le funcionan). De igual manera, el espontáneo brindis lleno de sol por una fortuna podría ser un calladísimo, emocionante y anónimo velatorio si nos topásemos, al doblar la esquina, con alguien que llevase pintada en la cara una de esas desgracias aterradoras ante las que sólo cabe enmudecer, y sobre las que no pondré ejemplos porque no me da esta noche la gana. Imagínate. Doblas la esquina, con prisa o paseando, hojeando el periódico o silbando una canción (por qué carajo nadie silba por la calle, en esta ciudá?), y de pronto te topas de frente con la Desolación, que se aproxima con cara de niño o vieja derruida. Se para el estruendo del tráfico, se para la mujer del kiosco, te paras tú en la acera, se para la vida en mitad de la calle. Y todos juntos, como en ese tiernísimo poema de Cesitar Vallejo, le decís, le susurráis casi: “No te mueras: te amo tanto”. Y aunque la persona desolada, ay, siga muriendo, al menos el mundo le presenta sus respetos. Seguramente el hijo de puta de su casero no se atreva a molestarla, con ese mensaje pintado en la cara como una acusación, o una disculpa.

Tú no puedes saberlo, pero a lo mejor ha sido hoy cuando tu hermano el pequeño ha perdido la virginidad, y por eso anda un poco más pavo que de costumbre, que parece que flota dos palmos por encima del suelo y pasa mucho de las amenazas de tu madre con darlo en adopción si no baja la música: por él, como si le destierran a Siberia. Tampoco puedes saberlo, pero esta misma tarde han llamado por teléfono a tu compañero de la facultad, o del trabajo, ése con el que hablas sólo lo justo, de vez en cuando, y acto seguido se ha encerrado en el lavabo para poder vomitar tranquilo la comida y el llanto; se ha quedado allí el tiempo que ha considerado preciso para poder calmarse y continuar, y que casi nadie repare en la devastación de los ojos y en el pálido de la cara, y luego ha salido al pasillo y se ha cruzado contigo: tú no lo sabes, no puedes saberlo, pero el no saludarte no se ha debido a que es un borde, sino a que prefiere que no se fijen mucho en su rostro. En el cartel de su cara.

Has de tener en cuenta que hoy ha sido, o está siendo, el mejor día de la vida de alguien, y también el peor en la vida de otro. Si el tuyo ha sido, o está siendo, uno de esos días mediocres, pintados de gris en tu calendario, felicítate y tómate algo, porque todo es susceptible de empeorar. Si se trata del mejor día de tu vida, te felicito, y hazme el favor de estirarte e invitarme a un whisky, que ando escaso y tampoco tendremos muchas más oportunidades. Si se trata del peor, hazte el favor de no callarte, de pintártelo en la cara si hace falta, de venir corriendo a contárnoslo. Te prometo que tendrás el homenaje del silencio, y también una copa que te recuerde a su trasluz que todo pasa. Nosotros invitamos.

sábado, 26 de enero de 2008

Saber (o no)

Todos buscamos la verdad, pero quién quiere saberla. Cuando eras niño, probablemente, existía en tu casa una habitación, la habitación, cerrada a cal y canto, a la que jamás te dejaban entrar. Pero qué hay ahí, abuela? "Nada". Y sin embargo tu instinto, la velocidad asustadiza a la que echaban la llave, como quien cierra tras de sí una puerta acechada por los lobos, te decía que no podía ser nada aquello que con tanto celo te ocultaban los adultos. Un día, por supuesto, y sin saber nadie cómo, conseguiste colarte dentro, porque la curiosidad infantil es siempre más lista que cualquier cerradura. Si la abuela hubiese dejado la puerta abierta con toda naturalidad, probablemente no hubieras encontrado nada, salvo una vieja máquina de coser, algunos libros viejos, polvo de hace siglos. Pero sabiendo que lo que la habitación ocultaba era nada, según ellos, es seguro que nada más entrar te hubiese atacado un mastín de ojos inyectados en sangre, o que el fantasma de una muchacha bellísima te hubiera arrebatado la inocencia en la oscuridad.


Esa misma habitación prohibida, peligrosa por lo desconocido pero por lo mismo irresistiblemente atractiva, se va repitiendo en la vida como una catástrofe cuyo precio es la lucidez. Hay quien prefiere no saber, o quien intuye pero hace como que no, o quien directamente pasa por la vida sin saber de dónde le viene el aire: son los necios, pero son felices; o son inteligentes porque saben ser felices. Yo qué sé. Claro que nadie puede esconder la cabeza bajo tierra para siempre en esta perra vida. La habitación de más arriba es ahora la consulta de un médico. La mujer tiene el corazón en la garganta. Aparece el cirujano, y ese instante es eterno, como al entreabrir la puerta de niña, furtivamente, porque tiene un 50% de posibilidades de que el médico le diga que le van a dejar lista para irse el mes que viene a Praga, o a Marina D’or, pero también otro 50% de que le queden dos semanas. El cirujano se planta delante de ella y, con el gesto grave de tu abuela, parece a punto de responder nada cuando ella le pregunta con los ojos. Pero entonces, aun así, ella dirá, preguntará con toda el alma, aunque aterrada: está bien, todo está bien, verdá? Al mismo tiempo, en otro punto de la ciudad, un hombre va a hacer a su mujer la pregunta que le viene abrasando el estómago desde hace meses. Preferiría no saberlo, pero lo sabe. No tiene pruebas consistentes, pero lo sabe. Porque esta tarde, por tercera vez, ella ha respondido nada cuando él le ha preguntado qué ha hecho después del trabajo, que llega tan tarde. Nada, por ahí, ha dicho; con las compañeras de la oficina. La voz era firme, pero sus gestos, su mirada huidiza, eran un temor y una advertencia: No abras esa puerta. Pero él no ha podido aguantar más. Has estado con él, a que sí? Lleváis viéndoos semanas. Ella se ha quedado quieta, absorta, sin saber qué decir. Y sin embargo él le está suplicando con los ojos, al mismo tiempo que le acusa, que le diga que no; que se indigne, que lo niegue todo, que sean imaginaciones suyas aunque no lo sean. Que no sea verdad, aunque lo sea.

Exactamente igual que cuando, de niño pero no tan niño ya, intuías que algo no cuadraba con la visita anual de los Reyes Magos. Has visto en la cabalgata, la noche antes, que el rey Baltasar se parecía un huevo a uno de tu pueblo con la cara pintarrajeada de negro. Has visto en la televisión que El Corte Inglés invita a todo cristo a ir allí a hacer las compras de Navidad, y le has preguntado ingenuamente a tu madre por qué carajo va a querer comprar nadie nada, si ya lo traen los de Oriente. Gratis además. Y tu madre te ha dicho aaanda, hijo, qué bobo eres, eso es que pasan por allí Sus Majestades, para surtirse, por si les falta algo. (La extraña forma de responder de tu madre no parece tan sincera como la pintada que hizo uno el otro día, en el patio del colegio: lo relles son lo padres.) Todo apunta a lo inevitable. Se masca la tragedia. Pero llega la noche de Reyes y el misterio y la emoción y la inercia de tus siete años (y el bendito mecanismo que todos tenemos para intentar creernos todos los cuentos que nos contaron de niños) te hacen imaginar a tres sombras clandestinas entrando de madrugada por la ventana de la habitación prohibida. Esa noche podrías quedarte en la cama, encogido, con los ojos abiertos, presintiendo como siempre el milagro, pero en vez de eso te levantas a tientas, sin hacer ruido, y tanteas agazapado el pasillo a oscuras ante esa puerta que los adultos tratan por todos los medios que no abras antes de tiempo. Estás ante esa puerta. Y ahora tienes una encrucijada. Puedes quedarte quieto, e imaginar que los ruidos al otro lado los producen esos tres espectros bíblicos al depositar en el suelo tu caballo de cartón. Intuir pero no saber. No saber y ser feliz. Pero también puedes… También puedes respirar hondo, mirar a tu alrededor, chsst, despacio, que no te oigan; y girar el pomo, abrir la puerta, dar un paso. Y otro. Caer, al entrar en la habitación, en un abismo oscurísimo. Mirar a los ojos del lobo bajo la cama. Contemplar la carcoma destruyendo las paredes, y con ellas tu inocencia.

Dime tú qué opción es la mejor, porque yo, a estas alturas, aún no tengo ni puñetera idea.

domingo, 30 de diciembre de 2007

Brindis

"Una sola ola es la que te hace naufragar. De ésa hay que salvarse"
(Manuel Vicent)

En la Nochevieja española, antes de la algarabía de los bares y las fiestas y los cohetes a este lado de la mesa, justo antes de tomar las doce uvas como una ofrenda a los doce dioses de los meses venideros, millones de seres humanos cerrarán los ojos y pondrán una vela en su altar más íntimo para quemar los infortunios del último año e iluminar su suerte para el siguiente. Para entonces, este ejercicio parecido a una oración ya se habrá fraguado en medio mundo. En Viena, una pareja de amantes ya habrá brindado bebiéndose a la vez el licor de los ojos, y probablemente descanse ya tras el primer banquete sexual, lamiéndose despacio la piel a oscuras; en Bagdad, un crío ya habrá mirado mucho a la noche azul, queriendo confundir la luz de un avión con la de una estrella fugaz que custodie su futuro muy lejos de allí. Sin embargo, faltarán aún unas horas para que estallen los abrazos en los arrabales del verano de Buenos Aires; para que el inquilino de la Casa Blanca bese piadosamente a su mujer y niñas y se siente junto a la chimenea, tras haber cerrado satisfactoriamente el balance anual de beneficios contemplando la suave nevada sobre Washington. El tiempo es sólo un concepto inventado por los hombres, aterrorizados ante un abismo que no llegamos a concebir. La división en días, siglos, años, intenta ordenar al menos ese disparate, antiguamente establecido por las cosechas, pero también acaba ordenado la propia vida y señalizando el laberinto de la memoria. Esa noche, segundos antes de que den las doce y de brindar con la familia o con la propia sombra, millones de almas echarán cuentas de lo vivido y se encomendarán a sus fantasmas más fieles para que les ayuden a culminar sus sueños inmediatos. Eso incluye a todo el mundo, claro. Seguramente, mientras tu abuelo reza por que su nieto encuentre trabajo, una mujer, encerrada en el lavabo, deseará con todas sus fuerzas que el nuevo año traiga un vendaval que barra de la faz de la Tierra a su marido, que en este mismo momento intenta tirar la puerta abajo para matarla; al mismo tiempo, un tiburón financiero apretará las mandíbulas en la azotea de un hotel de Londres, prometiéndose no dejar escapar a la presa que dejó viva el pasado año. Todo esto pasará al mismo tiempo y también no estará pasando, pues el tiempo es sólo el pentagrama ciego de una melodía incomprensible a la que tal vez, con suerte, logremos poner alguna semifusa. Existe una estrategia, sin embargo, para llevarlo bien. Según el maestro Vicent, es cuestión precisamente de dividir el tiempo en horas como el mar se divide en olas, intentado remontar cada una de ellas lo mejor posible, sin pensar en el mar (en el tiempo) como en un monstruo insondable. Yo me sumo a mi vecino mediterráneo, por supuesto, y también apunto otras igual de sencillas. Recordar con emoción esa noche de septiembre en que volvió a decirte que sí. Saludar íntimamente a todos los que en alguna parte gritan no me mates. Contemplar con piedad e ironía las tardes en que podías agonizar de miedo sin saber por qué. Mirar a tu alrededor, antes de tragar la primera uva, antes de levantar la primera copa, y saber que este instante es eterno precisamente porque un día morirás. Saber que un día morirás y que a nadie entonces le importará un carajo si fuiste el primero de la clase, si fuiste el mejor tiburón de la empresa, si trepaste más rápido y feroz que nadie la montaña hasta alcanzar la cima de la Nada. Besar a quien tengas más cerca. Saber pacientemente, casi plácidamente, que muy pronto todo esto será humo y que la única prisa consiste en sufrir lo menos posible y apurar la copa tras el brindis hasta reventar.

viernes, 21 de diciembre de 2007

Luciérnagas

"... la cocina a oscuras, la miseria de amor"
(C. Vallejo)

Encendió un cigarro y se apoyó en la pared, absorto, contemplando muy quieto las luces de la ciudad. Luciérnagas, pensó. Es la misma luz, el mismo azul de frío, la misma estampa que de niño observaba alucinado desde la ventana de su casa en la aldea. Las luciérnagas. Y el abuelo se le acercaba, se sentaba junto a él en torno al fuego. Le explicaba, como todos los años, que las luciérnagas eran las ánimas de los niños que un día se internaron en el bosque y jamás regresaron. Ahora, le decía, guían por el camino a los cazadores en las noches sin luna. Padre, por favor, no me asuste al crío, decía su madre. Y el abuelo reía. Pero él no llegaba a asustarse, porque la emoción era más poderosa que el miedo y muchas veces había penetrado en el bosque en la anochecida, por ver si realmente acababa convirtiéndose en aquel insecto lleno de luz. Nunca sucedía. Pero una noche de diciembre, como ésta, encontró una luz de otro color entre la maleza: dos gemas amarillentas, gemelas, que le miraban impávidas desde el fondo de lo oscuro. Cuando lo contó, ya en casa, al recuperar el aliento tras remontar como una liebre todo el camino de vuelta, la abuela no le creyó. Ya no quedan lobos en estos parajes, hijo, le dijo en la cocina, mientras acababa de pelar las patatas. Pero a él no le cabía duda. Esas dos hogueras pálidas, mirándole como si pudieran leer en el blanco de sus ojos. Todavía se estremecía al recordarlo, mirando hacia el bosque, mientras el abuelo le repetía de nuevo la vieja historia ya sabida y su padre, incombustible, tozudo, se empeñaba por enésima vez en arreglar aquel televisor que desprendía una imagen arrugada, como un papel de periódico. Su hermana pequeña jugaba junto a la chimenea con aquella muñeca de trapo que le trajesen los Reyes Magos en su primera Navidad. Y el perro ladraba y movía la cola ansiosamente cuando veía aparecer a su madre en el umbral con la olla colmada. A pesar del hambre, él era siempre el último en sentarse a la mesa, absorto como se quedaba mirando aquellas luces en la lejanía. Venga, muchacho, que se te enfría el condumio, le reconvenía la abuela. Pero sólo se acababa sentando cuando la voz perentoria de su padre amenazaba con sugerir a los Reyes que ese año le trajesen a su primogénito un saco de carbón. Tomaba asiento finalmente y ya todos podían dar cuenta del cocido, que cada año le salía a la abuela más sabroso, más antiguo. Hablaban los adultos de los sucedidos del día, de la próxima cosecha, de la helada temible. Su hermana daba vueltas y vueltas antes de meterse la cuchara en la boca. El perro aguardaba recostado junto a la mesa a que el abuelo le alargase un trozo de carne con buen hueso. La televisión se veía un poco mejor, pero nadie le hacía caso. Él tampoco. Miraba cada dos por tres hacia la ventana, hacia lo oscuro. Esta noche, se decía. Esta noche volveré.

Reaccionó al sentir la quemadura de la colilla entre los dedos. Buscó el cenicero en la oscuridad, desorientado, volviendo de nuevo en sí, y casi tiró al suelo el plato con la cena intacta, fría, al aplastar con saña lo que quedaba del cigarro. Se sirvió, casi a ciegas, otra copa de vino. Luego se quedó quieto otra vez, oyendo el goteo del silencio en el piso desierto. Al otro lado de la ventana, un enjambre de niños se perdía en el fondo de los ojos de un lobo. En la televisión sin volumen, el anuncio con renos y Papá Noel de unos grandes almacenes rotulaba a todo color: Feliz Navidad.

sábado, 15 de diciembre de 2007

Palabras e impostores

En alguna otra parte apunté ya que quien respeta a su idioma se respeta a sí mismo. No sé en qué momento llegaría yo a tal conclusión, aunque la intuyo; devorar letra impresa desde la más tierna infancia tiene sus consecuencias, como acabar convirtiéndote en un talibán del lenguaje, refractario a cualquier impostura verbal y fanático de llamar a las cosas por su nombre, por muchos elegantes circunloquios que se le quiera añadir al asunto. No sé si me explico. El lenguaje –o, mejor dicho, quien lo utiliza- pocas veces es inocente. El lenguaje, el habla, es el verdadero creador del mundo. El mar no sería mar del todo sin esa palabra que en apenas una sílaba arrastra todas las olas hasta la r del último horizonte. La palabra atardecer no es concebible sin esa rendición de un sol rojizo que te enciende la frente cada vez que la pronuncias. Al hogar se le escapan volutas de humo desde la chimenea del invierno. Y el primer ser humano que balbuceó el vocativo amor, en latín, hace unos cuantos miles de años, rendido quizás ante la belleza de su amante, no sólo hilvanaba cuatro letras, sino que respondía a la pulsión de un misterio que le llegaba hasta la conciencia desde el fondo de la tierra. El maestro Félix Grande lo resumió mucho mejor en un cuarteto memorable: “Los que sin fervor comen del gran pan del idioma / y lo usan como adorno o coraza o chantaje / sienten por mí un rechazo donde la rabia asoma: / yo no he llamado patria más que a ti y al lenguaje”.

Hay ciertas palabras que de tanto usarlas han perdido su significado en los últimos tiempos. A veces, pronunciadas por quienes ignoran su antiguo y nobilísimo linaje; las más de las veces, pervertidas por quienes a sabiendas de su origen no dudan en revolcarlas en el lupanar infame de su propia desvergüenza. La palabra patria, por ejemplo, es una de ellas. Sólo tú y el lenguaje, desafía el maestro. Sólo yo y los míos, le responden, enrabietados, quienes se han creído siempre con el derecho a delimitar las fronteras entre un país y otro, entre su barrio y el de más allá, entre la vida y la muerte (en este último caso, reclamando las monedas del barquero Caronte para las arcas del palacio de Roma). Pero esto no es nada nuevo. La patria siempre ha sido un concepto muy peligroso, utilizado impúdicamente para justificar genocidios, dictaduras, garrotazos de Goya.

Hay otras palabras, sin embargo, cuyo significado estaba muy claro hasta hace muy poco. La palabra libertad, por ejemplo. La palabra democracia. No hace ni cuatro días que todos sabíamos a qué nos referíamos al pronunciarlas. Libertad era, por ejemplo, declararse ateo, o agnóstico, o librepensador, y que nadie te cocinase a la plancha en la plaza del pueblo. Era tener libros de Lorca, o Marx, o Sartre, y que no te tirasen la puerta abajo de madrugada. (Igual, ojo, que declararse católico o lector de Henry Miller, anteayer, al otro lado del Telón de Acero.) Yo no llegué a vivir eso, porque tengo veinticuatro primaveras, pero me lo han contado, o lo he leído. Ahora, libertad es poder hacer zapping entre Aquí hay pitote y Operación Burdel. También, por lo visto, que tres hijos de puta con traje decidan, en honor a la sacrosanta libertad de mercado, que vas a cobrar cuatro duros y medio por currar diecisiete horas al día más lo que al jefe le salga de la flor. Y no se te ocurra rechistar (rechistar entraría ya en el terreno del libertinaje, no de la libertad). De igual modo, democracia no es lo que a tanta gente durante siglos costó conseguir, oponiéndose a sangre y fuego a los tiranos de siempre, dando su vida las más de las veces: democracia es lo que un individuo, nieto en muchos casos de esos mismos tiranos, dice que es: la inventaron ellos el otro día, y consiste en que puedes decir y votar lo que quieras, sí, lo acatamos: pero como lo que digas no nos guste pasarás a formar parte de los anti-patriotas, o totalitarios, o antidemócratas. Que tiene cojones.

Estamos ya en plena pre-campaña electoral en España. A la vuelta de la esquina (de las navidades) tendremos ya a todos los partidos políticos en el sprint final hasta las elecciones generales. Esto es una democracia (sea lo que sea lo que quiera decir, el célebre palabro), y cada cual debe votar lo que le dé la gana. Pero hazme, hazte un favor: antes de acudir a las urnas, escucha bien durante estos meses lo que tenga que decir tu aspirante a dirigir el cotarro. Y presta mucha atención al respeto que profesa a las palabras que utiliza: si no las respeta, tampoco se estará respetando a sí mismo. Y difícilmente te estará respetando a ti.

(Ilustración: “El gran charlatán”, de Javi Méndez)

jueves, 6 de diciembre de 2007

6 de Diciembre

Cada 6 de diciembre durante veinte años, mi abuelo Santos se levantó puntual con las primeras gotas de sol en las cortinas, con el silencio verde de la Vega, aún soñolienta en la mañana de fiesta; con las primeras risas de las vecinas en el patio de luces, que llegaban a la alcoba desde la ventana abierta de la cocina donde mi abuela le preparaba ya el desayuno. Luego de levantar la persiana y saludar de nuevo al día –qué rara es la vida, pensaría entonces-, se metía en el cuarto de baño y se duchaba y acicalaba con saña, como para una boda con la Historia. Al encender el primer ducados, la abuela se le chotearía en broma de su traje impecable y su corbata. Muchacho, ¿es que vas de estreno? Y el abuelo, con discreta socarronería, le respondería: “Es que es el día de la Constitución”. Después saldría al Paseo y hablaría del Gobierno de este mundo y del otro junto a viejos conocidos. A alguno de ellos, que en otra época o circunstancia no hubieran dudado en hacerlo fusilar, le ofrecería tabaco tranquilo, magnánimo, como ofrece el paso un caballero a las señoras. Pasado el mediodía, con todos los obreros del sol trabajando a destajo en la luz invernal y transparente de los chopos, la Atalaya y el comedor, regresaba, y tomaba el aperitivo en su cocina llena de familiares y vecinos; cuando nadie le veía, deslizaba furtivo una moneda en la mano de sus dos nietos, como un sol pequeño que hubiese rescatado del fondo más noble de su memoria. Cuando se sentaba a presidir la mesa, y escuchaba atento las declaraciones de los políticos en el telediario entre la algarabía de los comensales, una luz muy íntima, muy profunda, le llegaba hasta los ojos. Y entonces no hacía falta que dijese nada porque todo era diáfano: estaba rodeado de los suyos, entraba el sol a raudales desde la Atalaya, el pollo asado de la abuela sabía a gloria celestial; y era el día de la Constitución.

Han pasado casi treinta años desde que los españoles firmamos aquel pacto de silencio y no retorno, y casi nueve desde que mi abuelo se fue a seguir fumando sus ducados al Otro Barrio. Se han sucedido gobiernos de variado color político, se han alcanzado unas cotas de libertad y bienestar jamás alcanzadas en la infame historia de España, y algunos rotos que creíamos insalvables en las costuras de la sociedad se han remendado de forma notable: gracias todo ello, en gran parte, a que la izquierda española supo bajarse estrictamente los pantalones, y, en pos de la convivencia y el futuro, no reclamar los derechos y deberes históricos que legítimamente hubiera podido reclamar, tras cuarenta años de humillación y oprobio y represión bajo un régimen que devolvió al país a las catacumbas, e impuso el miedo y la muerte como norma para la mitad de la ciudadanía, mientras el resto del mundo civilizado miraba cuidadosamente a Babia. Sin embargo, a día de hoy, año 2007, ciertos sectores siguen confundiendo el Estado de Derecho con el Estado de Derechas, y consideran aquella Carta Magna, la Constitución española, una traición a sus privilegios históricos; cuando menos, un hermoso papel con el que limpiarse tranquilamente el culo o –según les convenga- utilizar como arma arrojadiza contra el adversario político (el enemigo, pensarán ellos), a quien, al parecer, siguen perdonando la vida. Hoy se les ha visto de nuevo, como tan frecuentemente en los últimos cuatro años, echando espumarajos por la boca, escupiendo odio por el colmillo, riéndose a carcajadas de la palabra Democracia en torno a su ancestral potaje de incienso, caralsol y té con pastas en el barrio de Salamanca. Insultando a todo lo que no huela a su propia miseria moral.

Por mi parte, me he preguntado qué hubiera hecho el abuelo, de toparse con tal jauría en uno de sus días de fiesta más íntimos, y también qué hubiera hecho yo. Mi reacción es imprevisible. Pero el abuelo, probablemente, hubiera pasado de largo junto a ellos, sin mirarlos, sin rebajarse un ápice. Probablemente hasta habría dado tabaco, si alguna de esas bestias se lo hubiese pedido. Y luego habría seguido camino de su reunión con la familia, la dicha, la Democracia. Recordando desde muy lejos; diciéndose que algunas cosas de la vida jamás tendrán remedio. Como el insobornable caballero que siempre fue.