sábado, 26 de enero de 2008

Saber (o no)

Todos buscamos la verdad, pero quién quiere saberla. Cuando eras niño, probablemente, existía en tu casa una habitación, la habitación, cerrada a cal y canto, a la que jamás te dejaban entrar. Pero qué hay ahí, abuela? "Nada". Y sin embargo tu instinto, la velocidad asustadiza a la que echaban la llave, como quien cierra tras de sí una puerta acechada por los lobos, te decía que no podía ser nada aquello que con tanto celo te ocultaban los adultos. Un día, por supuesto, y sin saber nadie cómo, conseguiste colarte dentro, porque la curiosidad infantil es siempre más lista que cualquier cerradura. Si la abuela hubiese dejado la puerta abierta con toda naturalidad, probablemente no hubieras encontrado nada, salvo una vieja máquina de coser, algunos libros viejos, polvo de hace siglos. Pero sabiendo que lo que la habitación ocultaba era nada, según ellos, es seguro que nada más entrar te hubiese atacado un mastín de ojos inyectados en sangre, o que el fantasma de una muchacha bellísima te hubiera arrebatado la inocencia en la oscuridad.


Esa misma habitación prohibida, peligrosa por lo desconocido pero por lo mismo irresistiblemente atractiva, se va repitiendo en la vida como una catástrofe cuyo precio es la lucidez. Hay quien prefiere no saber, o quien intuye pero hace como que no, o quien directamente pasa por la vida sin saber de dónde le viene el aire: son los necios, pero son felices; o son inteligentes porque saben ser felices. Yo qué sé. Claro que nadie puede esconder la cabeza bajo tierra para siempre en esta perra vida. La habitación de más arriba es ahora la consulta de un médico. La mujer tiene el corazón en la garganta. Aparece el cirujano, y ese instante es eterno, como al entreabrir la puerta de niña, furtivamente, porque tiene un 50% de posibilidades de que el médico le diga que le van a dejar lista para irse el mes que viene a Praga, o a Marina D’or, pero también otro 50% de que le queden dos semanas. El cirujano se planta delante de ella y, con el gesto grave de tu abuela, parece a punto de responder nada cuando ella le pregunta con los ojos. Pero entonces, aun así, ella dirá, preguntará con toda el alma, aunque aterrada: está bien, todo está bien, verdá? Al mismo tiempo, en otro punto de la ciudad, un hombre va a hacer a su mujer la pregunta que le viene abrasando el estómago desde hace meses. Preferiría no saberlo, pero lo sabe. No tiene pruebas consistentes, pero lo sabe. Porque esta tarde, por tercera vez, ella ha respondido nada cuando él le ha preguntado qué ha hecho después del trabajo, que llega tan tarde. Nada, por ahí, ha dicho; con las compañeras de la oficina. La voz era firme, pero sus gestos, su mirada huidiza, eran un temor y una advertencia: No abras esa puerta. Pero él no ha podido aguantar más. Has estado con él, a que sí? Lleváis viéndoos semanas. Ella se ha quedado quieta, absorta, sin saber qué decir. Y sin embargo él le está suplicando con los ojos, al mismo tiempo que le acusa, que le diga que no; que se indigne, que lo niegue todo, que sean imaginaciones suyas aunque no lo sean. Que no sea verdad, aunque lo sea.

Exactamente igual que cuando, de niño pero no tan niño ya, intuías que algo no cuadraba con la visita anual de los Reyes Magos. Has visto en la cabalgata, la noche antes, que el rey Baltasar se parecía un huevo a uno de tu pueblo con la cara pintarrajeada de negro. Has visto en la televisión que El Corte Inglés invita a todo cristo a ir allí a hacer las compras de Navidad, y le has preguntado ingenuamente a tu madre por qué carajo va a querer comprar nadie nada, si ya lo traen los de Oriente. Gratis además. Y tu madre te ha dicho aaanda, hijo, qué bobo eres, eso es que pasan por allí Sus Majestades, para surtirse, por si les falta algo. (La extraña forma de responder de tu madre no parece tan sincera como la pintada que hizo uno el otro día, en el patio del colegio: lo relles son lo padres.) Todo apunta a lo inevitable. Se masca la tragedia. Pero llega la noche de Reyes y el misterio y la emoción y la inercia de tus siete años (y el bendito mecanismo que todos tenemos para intentar creernos todos los cuentos que nos contaron de niños) te hacen imaginar a tres sombras clandestinas entrando de madrugada por la ventana de la habitación prohibida. Esa noche podrías quedarte en la cama, encogido, con los ojos abiertos, presintiendo como siempre el milagro, pero en vez de eso te levantas a tientas, sin hacer ruido, y tanteas agazapado el pasillo a oscuras ante esa puerta que los adultos tratan por todos los medios que no abras antes de tiempo. Estás ante esa puerta. Y ahora tienes una encrucijada. Puedes quedarte quieto, e imaginar que los ruidos al otro lado los producen esos tres espectros bíblicos al depositar en el suelo tu caballo de cartón. Intuir pero no saber. No saber y ser feliz. Pero también puedes… También puedes respirar hondo, mirar a tu alrededor, chsst, despacio, que no te oigan; y girar el pomo, abrir la puerta, dar un paso. Y otro. Caer, al entrar en la habitación, en un abismo oscurísimo. Mirar a los ojos del lobo bajo la cama. Contemplar la carcoma destruyendo las paredes, y con ellas tu inocencia.

Dime tú qué opción es la mejor, porque yo, a estas alturas, aún no tengo ni puñetera idea.

domingo, 30 de diciembre de 2007

Brindis

"Una sola ola es la que te hace naufragar. De ésa hay que salvarse"
(Manuel Vicent)

En la Nochevieja española, antes de la algarabía de los bares y las fiestas y los cohetes a este lado de la mesa, justo antes de tomar las doce uvas como una ofrenda a los doce dioses de los meses venideros, millones de seres humanos cerrarán los ojos y pondrán una vela en su altar más íntimo para quemar los infortunios del último año e iluminar su suerte para el siguiente. Para entonces, este ejercicio parecido a una oración ya se habrá fraguado en medio mundo. En Viena, una pareja de amantes ya habrá brindado bebiéndose a la vez el licor de los ojos, y probablemente descanse ya tras el primer banquete sexual, lamiéndose despacio la piel a oscuras; en Bagdad, un crío ya habrá mirado mucho a la noche azul, queriendo confundir la luz de un avión con la de una estrella fugaz que custodie su futuro muy lejos de allí. Sin embargo, faltarán aún unas horas para que estallen los abrazos en los arrabales del verano de Buenos Aires; para que el inquilino de la Casa Blanca bese piadosamente a su mujer y niñas y se siente junto a la chimenea, tras haber cerrado satisfactoriamente el balance anual de beneficios contemplando la suave nevada sobre Washington. El tiempo es sólo un concepto inventado por los hombres, aterrorizados ante un abismo que no llegamos a concebir. La división en días, siglos, años, intenta ordenar al menos ese disparate, antiguamente establecido por las cosechas, pero también acaba ordenado la propia vida y señalizando el laberinto de la memoria. Esa noche, segundos antes de que den las doce y de brindar con la familia o con la propia sombra, millones de almas echarán cuentas de lo vivido y se encomendarán a sus fantasmas más fieles para que les ayuden a culminar sus sueños inmediatos. Eso incluye a todo el mundo, claro. Seguramente, mientras tu abuelo reza por que su nieto encuentre trabajo, una mujer, encerrada en el lavabo, deseará con todas sus fuerzas que el nuevo año traiga un vendaval que barra de la faz de la Tierra a su marido, que en este mismo momento intenta tirar la puerta abajo para matarla; al mismo tiempo, un tiburón financiero apretará las mandíbulas en la azotea de un hotel de Londres, prometiéndose no dejar escapar a la presa que dejó viva el pasado año. Todo esto pasará al mismo tiempo y también no estará pasando, pues el tiempo es sólo el pentagrama ciego de una melodía incomprensible a la que tal vez, con suerte, logremos poner alguna semifusa. Existe una estrategia, sin embargo, para llevarlo bien. Según el maestro Vicent, es cuestión precisamente de dividir el tiempo en horas como el mar se divide en olas, intentado remontar cada una de ellas lo mejor posible, sin pensar en el mar (en el tiempo) como en un monstruo insondable. Yo me sumo a mi vecino mediterráneo, por supuesto, y también apunto otras igual de sencillas. Recordar con emoción esa noche de septiembre en que volvió a decirte que sí. Saludar íntimamente a todos los que en alguna parte gritan no me mates. Contemplar con piedad e ironía las tardes en que podías agonizar de miedo sin saber por qué. Mirar a tu alrededor, antes de tragar la primera uva, antes de levantar la primera copa, y saber que este instante es eterno precisamente porque un día morirás. Saber que un día morirás y que a nadie entonces le importará un carajo si fuiste el primero de la clase, si fuiste el mejor tiburón de la empresa, si trepaste más rápido y feroz que nadie la montaña hasta alcanzar la cima de la Nada. Besar a quien tengas más cerca. Saber pacientemente, casi plácidamente, que muy pronto todo esto será humo y que la única prisa consiste en sufrir lo menos posible y apurar la copa tras el brindis hasta reventar.

viernes, 21 de diciembre de 2007

Luciérnagas

"... la cocina a oscuras, la miseria de amor"
(C. Vallejo)

Encendió un cigarro y se apoyó en la pared, absorto, contemplando muy quieto las luces de la ciudad. Luciérnagas, pensó. Es la misma luz, el mismo azul de frío, la misma estampa que de niño observaba alucinado desde la ventana de su casa en la aldea. Las luciérnagas. Y el abuelo se le acercaba, se sentaba junto a él en torno al fuego. Le explicaba, como todos los años, que las luciérnagas eran las ánimas de los niños que un día se internaron en el bosque y jamás regresaron. Ahora, le decía, guían por el camino a los cazadores en las noches sin luna. Padre, por favor, no me asuste al crío, decía su madre. Y el abuelo reía. Pero él no llegaba a asustarse, porque la emoción era más poderosa que el miedo y muchas veces había penetrado en el bosque en la anochecida, por ver si realmente acababa convirtiéndose en aquel insecto lleno de luz. Nunca sucedía. Pero una noche de diciembre, como ésta, encontró una luz de otro color entre la maleza: dos gemas amarillentas, gemelas, que le miraban impávidas desde el fondo de lo oscuro. Cuando lo contó, ya en casa, al recuperar el aliento tras remontar como una liebre todo el camino de vuelta, la abuela no le creyó. Ya no quedan lobos en estos parajes, hijo, le dijo en la cocina, mientras acababa de pelar las patatas. Pero a él no le cabía duda. Esas dos hogueras pálidas, mirándole como si pudieran leer en el blanco de sus ojos. Todavía se estremecía al recordarlo, mirando hacia el bosque, mientras el abuelo le repetía de nuevo la vieja historia ya sabida y su padre, incombustible, tozudo, se empeñaba por enésima vez en arreglar aquel televisor que desprendía una imagen arrugada, como un papel de periódico. Su hermana pequeña jugaba junto a la chimenea con aquella muñeca de trapo que le trajesen los Reyes Magos en su primera Navidad. Y el perro ladraba y movía la cola ansiosamente cuando veía aparecer a su madre en el umbral con la olla colmada. A pesar del hambre, él era siempre el último en sentarse a la mesa, absorto como se quedaba mirando aquellas luces en la lejanía. Venga, muchacho, que se te enfría el condumio, le reconvenía la abuela. Pero sólo se acababa sentando cuando la voz perentoria de su padre amenazaba con sugerir a los Reyes que ese año le trajesen a su primogénito un saco de carbón. Tomaba asiento finalmente y ya todos podían dar cuenta del cocido, que cada año le salía a la abuela más sabroso, más antiguo. Hablaban los adultos de los sucedidos del día, de la próxima cosecha, de la helada temible. Su hermana daba vueltas y vueltas antes de meterse la cuchara en la boca. El perro aguardaba recostado junto a la mesa a que el abuelo le alargase un trozo de carne con buen hueso. La televisión se veía un poco mejor, pero nadie le hacía caso. Él tampoco. Miraba cada dos por tres hacia la ventana, hacia lo oscuro. Esta noche, se decía. Esta noche volveré.

Reaccionó al sentir la quemadura de la colilla entre los dedos. Buscó el cenicero en la oscuridad, desorientado, volviendo de nuevo en sí, y casi tiró al suelo el plato con la cena intacta, fría, al aplastar con saña lo que quedaba del cigarro. Se sirvió, casi a ciegas, otra copa de vino. Luego se quedó quieto otra vez, oyendo el goteo del silencio en el piso desierto. Al otro lado de la ventana, un enjambre de niños se perdía en el fondo de los ojos de un lobo. En la televisión sin volumen, el anuncio con renos y Papá Noel de unos grandes almacenes rotulaba a todo color: Feliz Navidad.

sábado, 15 de diciembre de 2007

Palabras e impostores

En alguna otra parte apunté ya que quien respeta a su idioma se respeta a sí mismo. No sé en qué momento llegaría yo a tal conclusión, aunque la intuyo; devorar letra impresa desde la más tierna infancia tiene sus consecuencias, como acabar convirtiéndote en un talibán del lenguaje, refractario a cualquier impostura verbal y fanático de llamar a las cosas por su nombre, por muchos elegantes circunloquios que se le quiera añadir al asunto. No sé si me explico. El lenguaje –o, mejor dicho, quien lo utiliza- pocas veces es inocente. El lenguaje, el habla, es el verdadero creador del mundo. El mar no sería mar del todo sin esa palabra que en apenas una sílaba arrastra todas las olas hasta la r del último horizonte. La palabra atardecer no es concebible sin esa rendición de un sol rojizo que te enciende la frente cada vez que la pronuncias. Al hogar se le escapan volutas de humo desde la chimenea del invierno. Y el primer ser humano que balbuceó el vocativo amor, en latín, hace unos cuantos miles de años, rendido quizás ante la belleza de su amante, no sólo hilvanaba cuatro letras, sino que respondía a la pulsión de un misterio que le llegaba hasta la conciencia desde el fondo de la tierra. El maestro Félix Grande lo resumió mucho mejor en un cuarteto memorable: “Los que sin fervor comen del gran pan del idioma / y lo usan como adorno o coraza o chantaje / sienten por mí un rechazo donde la rabia asoma: / yo no he llamado patria más que a ti y al lenguaje”.

Hay ciertas palabras que de tanto usarlas han perdido su significado en los últimos tiempos. A veces, pronunciadas por quienes ignoran su antiguo y nobilísimo linaje; las más de las veces, pervertidas por quienes a sabiendas de su origen no dudan en revolcarlas en el lupanar infame de su propia desvergüenza. La palabra patria, por ejemplo, es una de ellas. Sólo tú y el lenguaje, desafía el maestro. Sólo yo y los míos, le responden, enrabietados, quienes se han creído siempre con el derecho a delimitar las fronteras entre un país y otro, entre su barrio y el de más allá, entre la vida y la muerte (en este último caso, reclamando las monedas del barquero Caronte para las arcas del palacio de Roma). Pero esto no es nada nuevo. La patria siempre ha sido un concepto muy peligroso, utilizado impúdicamente para justificar genocidios, dictaduras, garrotazos de Goya.

Hay otras palabras, sin embargo, cuyo significado estaba muy claro hasta hace muy poco. La palabra libertad, por ejemplo. La palabra democracia. No hace ni cuatro días que todos sabíamos a qué nos referíamos al pronunciarlas. Libertad era, por ejemplo, declararse ateo, o agnóstico, o librepensador, y que nadie te cocinase a la plancha en la plaza del pueblo. Era tener libros de Lorca, o Marx, o Sartre, y que no te tirasen la puerta abajo de madrugada. (Igual, ojo, que declararse católico o lector de Henry Miller, anteayer, al otro lado del Telón de Acero.) Yo no llegué a vivir eso, porque tengo veinticuatro primaveras, pero me lo han contado, o lo he leído. Ahora, libertad es poder hacer zapping entre Aquí hay pitote y Operación Burdel. También, por lo visto, que tres hijos de puta con traje decidan, en honor a la sacrosanta libertad de mercado, que vas a cobrar cuatro duros y medio por currar diecisiete horas al día más lo que al jefe le salga de la flor. Y no se te ocurra rechistar (rechistar entraría ya en el terreno del libertinaje, no de la libertad). De igual modo, democracia no es lo que a tanta gente durante siglos costó conseguir, oponiéndose a sangre y fuego a los tiranos de siempre, dando su vida las más de las veces: democracia es lo que un individuo, nieto en muchos casos de esos mismos tiranos, dice que es: la inventaron ellos el otro día, y consiste en que puedes decir y votar lo que quieras, sí, lo acatamos: pero como lo que digas no nos guste pasarás a formar parte de los anti-patriotas, o totalitarios, o antidemócratas. Que tiene cojones.

Estamos ya en plena pre-campaña electoral en España. A la vuelta de la esquina (de las navidades) tendremos ya a todos los partidos políticos en el sprint final hasta las elecciones generales. Esto es una democracia (sea lo que sea lo que quiera decir, el célebre palabro), y cada cual debe votar lo que le dé la gana. Pero hazme, hazte un favor: antes de acudir a las urnas, escucha bien durante estos meses lo que tenga que decir tu aspirante a dirigir el cotarro. Y presta mucha atención al respeto que profesa a las palabras que utiliza: si no las respeta, tampoco se estará respetando a sí mismo. Y difícilmente te estará respetando a ti.

(Ilustración: “El gran charlatán”, de Javi Méndez)

jueves, 6 de diciembre de 2007

6 de Diciembre

Cada 6 de diciembre durante veinte años, mi abuelo Santos se levantó puntual con las primeras gotas de sol en las cortinas, con el silencio verde de la Vega, aún soñolienta en la mañana de fiesta; con las primeras risas de las vecinas en el patio de luces, que llegaban a la alcoba desde la ventana abierta de la cocina donde mi abuela le preparaba ya el desayuno. Luego de levantar la persiana y saludar de nuevo al día –qué rara es la vida, pensaría entonces-, se metía en el cuarto de baño y se duchaba y acicalaba con saña, como para una boda con la Historia. Al encender el primer ducados, la abuela se le chotearía en broma de su traje impecable y su corbata. Muchacho, ¿es que vas de estreno? Y el abuelo, con discreta socarronería, le respondería: “Es que es el día de la Constitución”. Después saldría al Paseo y hablaría del Gobierno de este mundo y del otro junto a viejos conocidos. A alguno de ellos, que en otra época o circunstancia no hubieran dudado en hacerlo fusilar, le ofrecería tabaco tranquilo, magnánimo, como ofrece el paso un caballero a las señoras. Pasado el mediodía, con todos los obreros del sol trabajando a destajo en la luz invernal y transparente de los chopos, la Atalaya y el comedor, regresaba, y tomaba el aperitivo en su cocina llena de familiares y vecinos; cuando nadie le veía, deslizaba furtivo una moneda en la mano de sus dos nietos, como un sol pequeño que hubiese rescatado del fondo más noble de su memoria. Cuando se sentaba a presidir la mesa, y escuchaba atento las declaraciones de los políticos en el telediario entre la algarabía de los comensales, una luz muy íntima, muy profunda, le llegaba hasta los ojos. Y entonces no hacía falta que dijese nada porque todo era diáfano: estaba rodeado de los suyos, entraba el sol a raudales desde la Atalaya, el pollo asado de la abuela sabía a gloria celestial; y era el día de la Constitución.

Han pasado casi treinta años desde que los españoles firmamos aquel pacto de silencio y no retorno, y casi nueve desde que mi abuelo se fue a seguir fumando sus ducados al Otro Barrio. Se han sucedido gobiernos de variado color político, se han alcanzado unas cotas de libertad y bienestar jamás alcanzadas en la infame historia de España, y algunos rotos que creíamos insalvables en las costuras de la sociedad se han remendado de forma notable: gracias todo ello, en gran parte, a que la izquierda española supo bajarse estrictamente los pantalones, y, en pos de la convivencia y el futuro, no reclamar los derechos y deberes históricos que legítimamente hubiera podido reclamar, tras cuarenta años de humillación y oprobio y represión bajo un régimen que devolvió al país a las catacumbas, e impuso el miedo y la muerte como norma para la mitad de la ciudadanía, mientras el resto del mundo civilizado miraba cuidadosamente a Babia. Sin embargo, a día de hoy, año 2007, ciertos sectores siguen confundiendo el Estado de Derecho con el Estado de Derechas, y consideran aquella Carta Magna, la Constitución española, una traición a sus privilegios históricos; cuando menos, un hermoso papel con el que limpiarse tranquilamente el culo o –según les convenga- utilizar como arma arrojadiza contra el adversario político (el enemigo, pensarán ellos), a quien, al parecer, siguen perdonando la vida. Hoy se les ha visto de nuevo, como tan frecuentemente en los últimos cuatro años, echando espumarajos por la boca, escupiendo odio por el colmillo, riéndose a carcajadas de la palabra Democracia en torno a su ancestral potaje de incienso, caralsol y té con pastas en el barrio de Salamanca. Insultando a todo lo que no huela a su propia miseria moral.

Por mi parte, me he preguntado qué hubiera hecho el abuelo, de toparse con tal jauría en uno de sus días de fiesta más íntimos, y también qué hubiera hecho yo. Mi reacción es imprevisible. Pero el abuelo, probablemente, hubiera pasado de largo junto a ellos, sin mirarlos, sin rebajarse un ápice. Probablemente hasta habría dado tabaco, si alguna de esas bestias se lo hubiese pedido. Y luego habría seguido camino de su reunión con la familia, la dicha, la Democracia. Recordando desde muy lejos; diciéndose que algunas cosas de la vida jamás tendrán remedio. Como el insobornable caballero que siempre fue.

martes, 23 de octubre de 2007

Vueltas


-Te... ¿te acuerdas… te acuerdas de mí?
-…
-…
-No, lo siento, no me acuerdo.
-Qué hermosa estás.
-¿Disculpe?
-Hermosa. Más que antes. Bueno, como siempre. Bellísima. Altiva. Mujer.
-No sé de qué habla.
-Te has cambiado el pelo, ¿no…? ¿Más rojizo?
-Oiga, de verdad, déjeme en paz, por favor.
-…
-…
-El perfume es el mismo. El mismo…
-…
-Y tu manera de torcer la boca cuando te pones nerviosa, también… Cuánto tiempo, ¿verdad? Tant…
-Oiga. Si no me deja en paz llamo al de seguridad.
-Aleluya: me miras a los ojos.
-…
-Pero ya no miras igual. No. Qué te hice…
-Mi novio va a venir de un momento a otro.
-Jaja… ¿Aquí, en el vagón? ¿Y cómo piensa llegar?
-Pues sí, aquí, en el vagón. Es que es mago.
-Pues ya podía desaparecer.
-Vete a la mierda.
-Oooh. Me tuteas y todo.
-Váyase a la mierda.
-Se está mejor aquí.
-…
-Llevas el mismo, el mismo perfume… Aquel invierno...
-Cállese.
-Dios mío. Parece que estoy allí otra vez.
-…
-Te acuerdas, ¿a que sí? Te acuerdas como yo. Las tardes oscuras, larguísimas, la vela… Las mañanas eternas, sin pisar la facultad…
-No sé de qué habla; yo fui muy buena estudiante.
-Sí que eras. Y más responsable. Mucho más que yo.
-Eso seguro.
-…
-…
-¿Podrás perdonarme, algún día...?
-…
-…
-No sé de qué me está hablando.
-No he dejado de pensar en ti, ¿sabes? Ni un solo día.
-…
-Ni uno solo…
-Si no me deja en paz gritaré, pediré socorro. Déjeme en paz, hablo en serio.
-…
-…

-…
-…
-Bellísima sigues siendo...
-…
-¿Sabes? Ojalá… 
-“Próxima estación…”
- … Ésa es mi parada.
-.....
-…
-…
-Ojalá…

-…

-Adiós.

-.................................................................. Espera… ¡¡Espera!!






jueves, 20 de septiembre de 2007

Septiembre

Esta ciudad –ahora caigo- tiene las mismas pulsiones del mar, de una mujer caprichosa: hay días grises en que se levanta encrespada, con mil cuchillos en la acera que afilan quienes no te miran, quienes cuelgan anuncios de alquileres imposibles de pagar; otros días son luminosos, a toda vela en el azul, olor a sal en la Gran Vía, pero aun así también puede intuirse, a veces, el temporal que desatará tu jefe, o esa llamada que esperas a tientas, al atracar la noche, y que sabes no llegará. Esta ciudad también se tiende, a veces, a media tarde; se siente abordo la acera en calma, y entonces la reverberación del sol en los adoquines revela la conversación en un café de dos jóvenes que acaban de conocerse casualmente: ella tropezó con él, la falda a barlovento, y él le propuso una tregua, mujer, a dónde vas con tanta prisa. Quizá no vuelvan a verse, porque esta ciudad también tiene la misma mitología romántica del mar, y también su mismo desengaño por quienes la conocen a fondo: si te descuidas, si no estás pendiente de la luz, del viento, de la posición, un temporal traidor te arrastrará a la soledad como a los pies de un acantilado lleno de rocas. Lo saben bien los piratas bereberes que te venden un disco de Sabina en la Puerta del Sol por un doblón; los colegiales que empiezan el curso con la emoción a punto y el contador a cero. También esa mujer madura que acaba de dejar a su amante tras un verano de ron y fuego, sabiendo que Septiembre borra al llegar todos los mapas. Y esa pareja de adolescentes tardíos que se han vuelto a encontrar en la facultad, después de tanto, avistándose como dos barcos fantasmas en la lejanía. Ella ha dicho adiós por última vez, y él se ha puesto a escribir en la biblioteca, por consolarse, pasando mucho de los exámenes y de las sirenas varadas del otoño. Hay quien reza por una buena pesca en la Bolsa; quien comienza nueva vida en un ático con vistas a Buenaesperanza; quien ha vuelto a los bares con patente de corso para cualquier nuevo desengaño. En la plaza de Ópera, los jubilados miran con los mismos ojos de los marineros de Cabo de Palos.

miércoles, 15 de agosto de 2007

Eclipse de Mar

“Hay a mi alrededor sólo tejados”, y una bandera añil allá a lo lejos. Y yo fumando en la ventana. Porque baja el sol, y ya las viejas vecinas sacan las hamacas a las terrazas y a la calle. Hablarán de la vida, ahí enfrente, pero yo no las oigo. Alguna golondrina que ya no me recuerda me anda mirando confusa, mientras pasa, como yo a ella; luego cae en la cuenta, me sonríe socarrona, me pregunta: dónde has estado, viejo, niño, tanto tiempo. Y yo no sé qué responderle. Alguien dice en la radio que la carretera engulló anoche quince almas, que hubo temporal en las costas del Paraíso, que el Diablo ha pedido la baja por estrés. Cosas todas que quedan muy lejos de aquí. Allí enfrente, en ese patio donde antes se levantaba una palmera que yo miraba hace años, de noche, un aparato del futuro proyecta ya una película de dibujos animados sobre la pared blanca; se adivinan las risas de las niños, aunque tampoco les veo desde aquí. Un cine de verano en su propia casa. En mi época, hace no tanto, algunos niños aún matábamos el rato proyectando sombras a la luz de la luna de agosto. O jugábamos al pillao en el Paseo mientras los papás se tomaban algo en la horchatería. La luz en la ventana de ahí enfrente revela la silueta de una muchacha en el cuarto de baño; pensará en algo feliz mientras se peina, mientras el televisor con el volumen muy alto de algún anciano informa que en el parque temático del horror iraquí dejaron de respirar hoy 250 presuntos miembros de la especie humana. Bajas fuertes, bajas débiles, bajas moderadas… Ah, pero eso ya lo dijo Churchill, alguna vez: matar a un hombre es un crimen, matar a unos miles es estadística. O algo así. “Y en la calle sacan brillo a las pistolas, / y la flor de bulevar tan descontenta…”: Chaouen, a lo suyo. Lo que daría por agarrar la guitarra. Pero tiene roto el clavijero, idiota, ya podías haberla llevado a arreglar. Monstruos S.A., es la película que están viendo los enanos, ahí enfrente. Monstruos S.A. En algún periódico digital contaban hoy que un tipo llamó a la policía mientras apaleaba a su mujer. Trece años sufriendo malos tratos, informa Efe. Supongo que se estaría partiendo de risa. Le pondría el auricular en la boca, en el suelo, mientras le pateaba bien el hígado, grita ahora, zorra, grita ahora. En el mismo diario, el ex ministro franquista Manuel Fraga cuenta en una entrevista, amén de que aquí hay que olvidar, olvidar, y que la democracia se la inventó él junto a Escrivá de Balaguer, que “Este año he matado el ciervo mayor de toda mi vida. Fue en la berrea de Burgos, y era un bicho que dio 20 puntas y 217 puntos, lo que es una medalla de oro”. Monstruos S.A. Pero los bichos de esa película, sin embargo, parecen ser más ilustrados. Y en la ventana del edificio de más allá ha salido una mujer, también a fumar. Si el humo de nuestros cigarros llegase a trenzarse en alguna parte, quizás podríamos conversar sobre por qué las tardes de verano mienten, y nos hacen creer que el mundo no sigue girando. La ventana para mí, los pasillos para mí, toda la casa para mí solo en el origen. En Madrid, la Gran Vía estará dejando ya de ser un desierto. En alguna casa cercana, la televisión del anciano insiste en que ya murió el Siglo Veinte, pero yo no me lo creo. Acaba la canción, apuro el cigarro, tendré ya que ir vistiéndome. Calla Chaouen y empieza Sabina a cantar, otra vez, que hoy, igual que ayer, como siempre, el diario no hablaba de ti. Ni de mí.