martes, 1 de noviembre de 2016

'De paseo'




Será porque no es muy largo,
el camino al cementerio

será porque es agradable,
el paseo, Camino Murcia abajo,
y luego el sendero de cipreses
antes de doblar la carretera

sobre todo, sobre todo si es
noviembre, o enero, o mayo,
porque otoño invierno primavera
tienen cada cual su aire antiguo,
su sol nómada o mendigo o novia,
y siempre un hechizo raro,
ese sendero


Es agradable el paseo;
se distrae uno por el camino
con los viejos conocidos, cómo va la vida,
maestro, qué bien se está ahí al fresco,
se ríe un poco (lo justo), se mira al horizonte
y una vez en el camino de grava
ya la luz entre cipreses dibuja lenta
una partitura goteándote en los ojos

es agradable el paseo
y más aún cuando uno es viejo:
si yo fuera viejo lo haría cada tarde
porque es hermoso el bullicio primero del pueblo,
los niños del colegio   los obreros   la vida en suma
y luego salvo algún coche que pasa
el silencio, lento, del campo próximo
y un andar tranquilo que no piensa,
que olvida mientras tanto lo que duele


Sobre todo si uno es viejo,
viejecico ya,
es reconfortante el camino
que lleva al cementerio

e ir pensando en la travesía
en todos los que nos esperan
al final;
pues puede ir uno de visita,
al cementerio,
y seguir por sus calles blancas saludando
a todos los que dejaron el pueblo,
a todos los cansados o audaces o solos
que se quedaron ya a vivir allí,
un día, tras andar alguna tarde
el camino que lleva al cementerio

sobre todo, sobre todo si uno es viejo,
es agradable ese camino;
lo hacía el abuelo muchas veces,
se lo oía yo decir cuando le preguntaba
la chacha, o la abuela, de dónde vienes, Santos?
                                               (ella casi no salía ya
                                               de la casa),
y él respondía: del cementerio, de ver a…


Será por eso,
será porque no es largo,
porque es agradable ese camino
y reconfortante el sendero aquel de sol
que lleva al cementerio; sobre todo
sobre todo siendo uno, ya,
                                                viejo,
claro,


será eso,
                                              será por eso



Será que salieron, mis viejecicos,
cualquier tarde,
de aquí de la casa,
                                   de paseo y de visita,
de camino al cementerio,



y ya no volvieron.




[De La edad del mediodía -invierno '08-]

jueves, 20 de octubre de 2016

La canción del otoño




Y el otoño es ese claroscuro, esa penumbra ocre, ese tren que cabalgaba hacia el norte, o de vuelta al sur, entre la luna y el crepúsculo. (Era otra alucinación: en la ventanilla del flanco poniente se hundía la gran alcancía de oro; en la de oriente ya el cielo era oscuro, ya se limaba las uñas la luna creciente. “Márchate si ha llegado la hora”. Y alguien lloraba en un andén donde rompía el acordeón del mar.)

El otoño fue siempre esa canción vislumbrada en una hoguera, esa leyenda que ocurría a lo lejos, a lo lejos siempre y siempre sin nosotros: en algún lugar del monte un crío escuchaba a un anciano con voz de sauce la historia repetida de los siglos; en un pueblo más cercano un crío algo mayor escribía a la luz de un flexo y se manchaba de azul con la verdad más honda de su vida, la lluvia cayendo en soledad.

Y el vislumbre niño de escolar: Vístete de atardecer,
de camino rojo con pétalos de septiembre,
y vente a la fiesta
del furtivo otoño en su casa junto al río
 ...
aprenderemos, como cada año,  
el tiempo del ocaso permanente,
la tristeza tranquila de la lumbre
de cuando todo a punto,
todo a punto de empezar: 19 años; en esta misma ciudad, en aquel balcón con vistas a todos los otoños del mundo, con todo siempre a punto de empezar

(...“ahora que todos los cuentos
parecen el cuento de nunca empezar”: el perfume, la cota de malla de cuero, el puñal al cinto, el antifaz: siempre buscando una ventana, siempre).

Y siempre una lámpara, una lámpara encendida toda la tarde, toda la noche. Siempre una luz amarilla como ésta, compasiva como ésta, del oro polvoriento de una antigua fotografía, alumbrando el camino desde cualquier rincón de todos los otoños del mundo. Algo que estuviera siempre a punto de empezar, de la ciudad a los senderos negros, del monte al violín de avenida oceánica por donde vaga tu sombra (vagó: vagará) en la ciudad del invierno. ... Siempre una luz y una ventana, una pared dormitando dentro y quizá niños en la calle, carruajes que pasan, pasos que avanzan sobre los adoquines bajo un solo farol que existe sólo (aunque exista realmente) en un rapto de sueño que alguien tiene en alguna parte, soñándome a mí mientras lo sueño; una alcoba en penumbra que no hay. Y también, siempre, un fantasma de perfume asesino que yo invocaba, escondiendo plegarias de deseo bajo los apuntes del instituto. En la calle estarás, en algún lugar del anochecer de este otoño, estarás –pensaba en esas tardes; escribí luego, años después, en otras muy distintas.
  
Acechando, buscando, esperando: qué gema de viento dulce; en cuál esquina. (A ton étoile, tocaba Yann Tiersen; canta aquí en el balcón en cueros de la columna: A ton étoile). Donde marzo era un octubre equivocado; donde octubre fue la nueva ceremonia en que quisimos arriesgar vendándonos los ojos, brindar a contraluz mientras Europa se derrumbaba afuera (mientras corría despavorido otro tren, antes de que se cerniese definitivamente el frío).

Y esas noches en que regresé, regresaba; anocheceres que no han terminado todavía, que no terminarán nunca, regresando aún por esas calles encharcadas de farolas mientras yo mismo me esperaba, escribiendo todo esto, antes de escuchar al fin tus pasos en la escalera final que subía desde el castillo gris al refugio del vino y la hoguera y el cuento tuyo.


(Tengo 25 años y una mujer me mira leer, con la esperanza anticipada de un desastre –that night that you planned to go clear–; tengo 23 y cobijo a una niña mientras duerme, otra vez, otra vez mil so pass me by, I’ll be fine, just give me time; tengo 27 y un cuervo me trae el mensaje del rey –En noches así, tú eres mi casa–. Tengo todos los otoños del mundo y me despierta esa canción, aquélla, la de aquellas mañanas de sol y bondad con que la vida me acariciaba los ojos soñolientos. La canción de todo lo que volvió siempre otra vez mil a empezar.


miércoles, 19 de octubre de 2016

Dario Fo: nacer con el don de la risa




Nació con el don de la risa, y con la intuición de que el mundo estaba loco. Y ése era todo su patrimonio.

Es la frase inicial de Scaramouche –otro célebre bufón, a quien dio vida otro italiano–, pero parece escrita para la piedra y la rosa últimas de don Dario Fo.

Nacido, o bendecido, bajo el signo de la risa, no es por ello extraño que él mismo se considerara tremendamente “afortunado”: pocas máscaras más resistentes, más escurridizas, más poderosas como el humor para sobrevivir en el gigantesco manicomio de este mundo; hasta morir sonriendo a los 90. Existen, hay seres así. Y su fortuna es la nuestra al poder tenerlos cerca, al compartir la escena con ellos (en esta farsa tétrica siempre habrá algunos, aunque sean pocos, que chisporrotean entre las sombras).


martes, 11 de octubre de 2016

Sierra Sur: el suicidio como muerte natural



Se escribe para tratar de dar una respuesta: en la mayoría de los casos, tal ambición queda reducida a la esperanza, mucho más humilde, de alumbrar nuevas preguntas. Se escribe para tratar de penetrar un misterio, pero hay que resignarse, las más de las veces, a tantear a ciegas la pared, o a encender alguna antorcha compasiva que ilumine un ángulo inédito de la pared. De la mole negra tras la que, creemos, se oculta amurallada la respuesta. 

Se suele escribir, aun así, con la determinación de llegar a alguna parte. Pero hay ocasiones en que uno sabe, antes incluso de rascar la piedra, que todo será un caminar en círculos en torno al muro... 


domingo, 25 de septiembre de 2016

F. G. Lorca: Drama rural en mil enigmas y un asesinato



Hay muertos que no terminan de morirse nunca; que siguen jugando al escondite, con los vivos y con los muertos. Hay otros muertos, también (quizá fantasmas de papel y tinta), que no quieren que se encuentre a esos muertos; y también hay vivos que buscan, y otros vivos que prefieren que los muertos se queden donde están –donde quiera que sigan, jugando al escondite.

Hay, por supuesto, también, mil leyendas en torno a esos muertos y esos vivos. “Yo conozco a gente con una imaginación tremenda. Que te encajan las piezas a martillazos, pero que te hacen el puzle. Y dices: es que es creíble esto que cuenta, ¡incluso muy creíble!; ¿por qué no va a ser verdad? Pero no es verdad, ni más ni menos. Esto es todo un mundo, una madeja dificilísima”...


martes, 20 de septiembre de 2016

El Rostro




Cayendo como un grito de tu torre de Babel,
                                   yaciendo entre la sangre
                       levantándote
reptando los escalones del palacio de arena
como un monje vencido;
subiendo a la cámara del trono
empuñando el sol como una lanza
              y la luna en tu muñeca izquierda
como una esposa de diamante,
llegando al fin hasta el balcón
donde espera de nuevo la caída,

ponte tu máscara de llanto, impostor,
destrózala de nuevo contra el suelo

ponte tu máscara de amor
y siéntela agrietarse entre los ojos


Ponte la máscara otra vez,
una vez diez mil
destrózala de nuevo en la plegaria;
abraza el suelo de su llanto



Algún día llegarás al Rostro


martes, 6 de septiembre de 2016

CINE DE VERANO (y VI). 'Atrapado en el tiempo': el día de la marmota somos nosotros



Usted tiene miedo de que llegue septiembre. Usted se agazapa en este cine, agotándose ya las noches de agosto, contemplando las estrellas con aquella congoja del escolar que temía el lunes con los deberes sin hacer (a usted le gustaría en este momento, ¿verdad?, ser un escolar con la única preocupación del lunes con los deberes sin hacer). A usted le aterroriza en el fondo, confiéselo, que su vida vaya a ser siempre un lunes con los deberes sin hacer, un lunes eterno de angustia sorda, un lunes macabro que termina acabándose pero que fuera a repetirse una y otra y otra vez, hasta el fin de los tiempos. Usted teme al vendaval de realidad amenazando su palacio de papel veraniego y al hombre del tiempo que confirme el desastre (“Yo les daré un pronóstico para el invierno: va a ser frío, va a ser gris, y va a durarles el resto de sus vidas”).