domingo, 28 de septiembre de 2014

Leonard Cohen o el estigma fatal de la belleza (I)




“Cuando quiero oír cantantes, voy a la ópera”, le dijo su abogado, en cierta ocasión, a bordo de uno de esos aviones en los que el nuevo recluta de la canción popular, desasosiego vestido de etiqueta, experimentaba la inevitable sensación de estar yendo en la dirección equivocada... [Sigue leyendo en el rebautizado lugar POCAVERGÜENZA]

domingo, 7 de septiembre de 2014

Esta luz


Que sepan los hombres
que amé esta luz de septiembre,
la luz incalculable en los umbrales
del espectro centinela del día.
Que sepan la columna derrumbándose
en el corazón de dios y sus contornos.
Que sepa alguno de los hombres
lo que yo no supe descifrar
en la alcancía inagotable de la tarde

Cuando es el mayor don querer vivir
habiendo oscurecido tanto. 


                                                                        






domingo, 24 de agosto de 2014

Amigos


“Tengo a mis amigos / en mi soledad, / cuando estoy con ellos, / que lejos están”. …Cómo acertó –para no variar– don Antonio Machado, con su vislumbre en cuatro versos de ese pequeño drama silencioso. Es cierto; es así. Tú lo sabes también: cómo, cuando estás solo, lejos ya del ruido, la bruma, el artificio de lo real, se te presenta intacto, en su exacta medida humana, justo ése, ésa que te está faltando. Por ejemplo ahora, en esta misma terraza del bar en el que estás. La amistad, como otras relaciones vecinas del amor (¿como todas, quizá?), se fragua en realidad, aun paradójicamente, en el silencio adentro de cada uno. No vemos bien a la gente cuando estamos con ella (suele haber ahí tanta neblina en los ojos, tanto argumento huidizo, tanto blaaa-blaaa-blaaaa; tantos velos). Se rumia a los otros en soledad, como se rumia este vino en el atardecer de la costa, el agua detenida como una bandera de cristal, ahí enfrente, en silencio; solo, de nuevo, para estar en realidad mejor acompañado. Y puede que la amistad sea eso: saber que uno podría no estar solo, si quisiera.

Pero es que es aquí, en esta mesa, por ejemplo, y entre la música azul cobalto de la tarde derrumbándose, donde se revela con pureza qué espera uno de cada quién; qué agradece, qué necesita, qué festeja de los otros. Es macabra, lo sé, esta forma a solas y sin nadie. El problema es que vivimos de fantasmas, se alimenta de ellos la memoria: yo veo ahora, aquí, a los que quiero y me quieren como son exactamente; no como suelen ser delante de mí. La amistad es esto: acordarte de alguien a quien llevas tiempo sin ver, sabiendo de pronto que aquí estaría su lugar, que la hospitalidad del momento le reclama por su nombre. Y vienen todos de repente. Vienen todos (avanza el vino) con cada confesión que quisieras hacerte. Con cada chiste idiota, cómplice o antiguo. Con cada pregunta. Por ejemplo: ¿por qué tan lejos; a cuento de qué; por qué criminal, estúpida, prescindible contingencia cotidiana?

Y sin embargo es aquí lejos, sí, donde mejor se revela todo. La realidad nos pone sus máscaras, sus personajes (personas del drama), y luego es la memoria del corazón la que reúne las piezas del puzle, del verdadero rostro. (Y la que pule los destrozos, también; pues sólo lo que sobrevive a los destrozos es algo que merece conservarse). Hay algunos amigos, unos pocos amigos, demasiados, para mí, con los que no me encuentro últimamente, ni en la dimensión física ni en la otra. Pero no importa. Esta tarde (ya es casi de noche) están aquí, siendo otra vez quienes verdaderamente son, cumpliendo cada uno su papel ineludible, bebiendo con mi sombra. Aunque ellos no lo sepan, aunque ellas piensen que olvidé. Como no sé yo, a mi vez, si estarán ellos ahora, en este mismo instante, acordándose de mí en sus respectivas soledades a lo lejos.


lunes, 11 de agosto de 2014

La agenda (inmortal) del móvil


Hay lugares en que sigue viviendo sola, la vida, ella sola; agazapada como una bestia mansa en ciertos rincones de la conciencia, de un cajón, de un teléfono. (Cuántas cosas seguirán pasando solas, a cada momento, allá donde no elegimos llegar nunca.) Ya contaba aquí, hace poco, la impresión diabólica de poder volver casi físicamente, gracias a los grandes inventos del hombre, adonde alguna vez fuiste feliz (o no tanto, quizás). Ahora tengo aquí, delante de mí, la agenda del teléfono móvil que utilicé durante al menos cinco años. Por mi natural desastroso –o indiferente, más bien– por los juguetes nuevos de la tecnología, he ido poco a poco dejándome caer hasta perder la batería del móvil esperpéntico que utilizaba últimamente. Así que, con el forzoso cambio, la agenda vacía, he tenido que recurrir de nuevo al viejo teléfono de entonces, que ya no funciona si no lo mantienes enchufado; a su salvífica memoria letal. El teléfono que utilicé desde los 24 o 25 hasta hace poco más de un año. Ahora tengo 30. Demasiadas cosas sucedieron en ese tramo, de manera vertiginosa; el teléfono fue testigo. Y siguió siéndolo, calladamente, centinela mudo encerrado en una caja, hasta que tuve que volver hoy a él, en las luces de un verano muy distinto ya.

En otro verano de antes, mucho antes de todo, escribí aquí, también, sobre lugares costeños en el mapa. Ahora tengo que escribir sobre las islas de esa agenda, maradentro y hacia fuera. Cómo es posible –me pregunto, incrédulo–, cómo es posible tanta historia sepultada, o sobreviviente, o vuelta a reunir después de los destrozos. Hay números en esta agenda de amigos antiquísimos que todavía lo siguen siendo, y de otros que se llevó el naufragio, a dentelladas silenciosas. Hay nombres remotos, irreconocibles ya, como de un idioma antiguo o de una tumba descubierta en un jardín. Hay nombres que duelen, nombres que sonríen, nombres que vienen a matar de entre la niebla; o que no dicen absolutamente nada (nada).

Hay, empezando por la misma inicial, varios teléfonos de nombres que me dieron su caridad puntual en noches hambrientas de ciudades distintas, de mendicidades idénticas y paralelas (los marcaría, estoy seguro, con ansiedad y aventura y en el fondo sin querer). Hay teléfonos, varios, de países extranjeros, de vidas extranjeras, de lugares a los que yo mismo pertenecí, alguna vez.

Hay un teléfono con el nombre rotundo y doble de una ciudad. Así es, simplemente, el nombre: como si al marcar el teléfono pudieras hablar con esa ciudad en sí, con la mujer que seguirá siendo, tal vez, esa ciudad.

Hay nombres legendarios de corazón oscuro, que lo significaron todo, que ya sólo significan su mismo nombre. Hay nombres de cuatro ó cinco variables correspondiendo a los satélites de un mismo universo, que fue el que yo mismo habité, tanto tiempo que ya no existe. Hay números de casas que llevan vacías mucho tiempo, pero que quise conservar, seguramente, como un homenaje sonámbulo y pueril; como si todavía cupiera la posibilidad de llamar en cualquier momento, y que alguien respondiese al otro lado.

Hay un número que ya no podré marcar más, nunca más, porque no hay línea con la muerte todavía.

Hay nombres extravagantes y mal escritos que pertenecerán (pertenecieron) seguramente a camaradas difusos de noches antiguas, de amigos para siempre con los que icé la copa unas horas, que olvidé, que no utilicé nunca. Hay nombres de hostales, de estaciones, de periódicos. Hay nombres en clave, nombres literarios, nombres con los que bauticé a mujeres que apenas recuerdo y que me otorgaron alguna que otra moneda por el número ridículo de mi supervivencia. Hay varios nombres de mujer ­–¿cómo es Posible?– que me quisieron, a las que yo también quise: ninguno de los implicados lo sabemos ya.


Hay nombres que son fantasmas, números que son remordimientos (personas que seguro borraron hace tiempo mi número de entre los suyos).

Hay gente a la que echo mucho de menos, a veces, y a la que nunca llamo –nunca sabré por qué hasta que sea tarde.

Hay un número cuyo nombre es un signo de interrogación (?)

[…Y qué pasaría si uno marcase alguno de esos números, cualquier noche, atracando y haciendo sentir el vértigo que uno mismo sentiría en su lugar]

Hay, también, el nombre de una mujer que durante años se llamó como una de las playas de aquel mapa que decía al principio. Su número sigue siendo el mismo.


Espero que el mío también.

domingo, 3 de agosto de 2014

'Monólogo con ron (Cuento de verano)'




No te va a mirar nunca. Pero eso ya lo sabes. A pesar de haber llegado hasta aquí, haber llegado estúpidamente solo a la barra, como quien se interna a tientas en el bosque buscando un diamante de aventura (quién carajo va a buscarte, pobre, maldito imbécil: quién va a encontrarte luego si te pierdes?)... [En LABOLSAOLAVIDA]

jueves, 24 de julio de 2014

Mes de julio en el POCAVERGÜENZA


LA GUERRA



Hay una sola guerra, una sola, desde hace milenios sólo existe una sola y purulenta e interminable guerra: la de usted contra los que no quieren que usted sea quien es; empezando por usted mismo... [Sigue leyendo]



FANÁTICOS


Para un fanático, lo de menos es la causa: la cuestión es ser fanático de algo. En un fanático, en realidad, el color de la bandera es algo accidental devenido de las circunstancias en que fue a caer al nacer, al crecer, al constituirse como individuo. Por eso son todos intercambiables... [Sigue leyendo]


MÁS DE UN MILLÓN DE CADÁVERES 


Algún día, más antes que después, ir por ahí con la cara pegada a una pantalla dejará de ser la última urgencia posmoderna para convertirse en la más imperdonable vulgaridad: no sé si de pobres, pero desde luego de horteras... [Sigue leyendo]


DEMOCRACIA


Puedo soportar perfectamente a un malvado, siempre y cuando tenga educación. Puedo mantener una conversación e incluso una relación cordial con alguien con principios éticos bastante dudosos (siempre bajo mi dudoso y subjetivo punto de vista), a condición de que sepa exponerlos con sutileza, sin escupirme en la camisa, escuchando los míos y tratando de llegar a algún punto en que podamos reconocernos, honestamente, si no como iguales, sí al menos como dos idiotas semejantes tanteando a ciegas el vacío... [Sigue leyendo]

domingo, 29 de junio de 2014

POCAVERGÜENZA (nueva web/blog)




Era hora de recapitular. De hacer inventario, desempolvar viejas armas; abrir nuevas troneras desde las que disparar, sin señores ni amos ni más estandarte que el de siempre. 

Fundo nuevo sitio, POCAVERGÜENZA, para definir y ampliar el territorio, para mirar más hacia fuera y no callar. Pero -por supuesto- no clausuro éste: sólo queda como lo que siempre fue; un refugio íntimo, clandestino y delincuente en que seguir contándome y contando la vida secreta. La más verdadera. La que se va escribiendo sola, en voz muy baja, mientras cumplimos la ley de cada día.

Bienvenidos a esa otra casa. Gracias por seguir ahí (sé que estáis, en algún sitio). Nos vemos allí; nos seguiremos viendo aquí. 


Salud y aventura  

domingo, 15 de junio de 2014

Citas

El Darro a su paso por Granada. D. Roberts (1834)

Hay momentos, a veces, en ciertos días, en ciertos atardeceres al sur, en que puede verse la vida. No sólo mirarse. No sólo pasear los ojos por fuera, más allá de las catacumbas o los templos de uno mismo. Se la ve, a la vida. Como se ve a esa muchacha que sale a la calle vencido ya el crepúsculo, la luz dorada y añil y azul; recién lavada, como si acabase de salir del mismo río junto a la piedra y llegase puntual, con tiempo para andar despacio, a alguna cita de otro mundo que tú no verás nunca. (Alguien la espera en algún sitio: ¿quiénes? ¿Quién).

Se transparenta la vida, algunas veces, algunas tardes como ésta que hablo, como el mismo vestido negro de la mujer que no sabemos adónde va, adónde irá, con quién.

Se ve muy claro, aquí, cuando declina la luz de esta forma y pareciera que todo se llena de río, de cántaros azules y verdes como lámparas colgando de una a otra golondrina. Y al bajar la vista y mirar alrededor puede verse también a la gente, no sólo mirarla. Hay tres parejas en esta terraza en que estoy solo, bebiendo algo, fumando algo, ojeando de vez en cuando el libro. Extranjeros, hombre y mujer en los tres casos, mayores que yo. Se sientan en las mesas junto a la baranda de piedra que da al río, muy cerca ya del puente. Unos, los de la izquierda, hablan en francés, pero apenas hablan en realidad porque se miran mucho y apenas murmuran en voz muy baja. Más informales, fuman tabaco de liar, y tendrán cuarenta años. Los de la derecha del retablo son más mayores y podrían ser jubilados, no viejos aún, del norte de Europa; no hablan nada porque están absortos ambos en la luz y el aire, cada vez más fresco conforme se desvanece el calor. Los del centro son italianos; cincuenta años largos; elegantes sin estridencias; se sientan en una mesa alta con taburetes y comentan cosas, uno frente al otro, de vez en cuando. Contemplándolos, a los seis, me sorprende (y agradezco) el silencio, que parece gotear, a pesar de la multitud que se mueve allá en la otra orilla. Pienso entonces que me engaña la calma que desprenden; será sólo el efecto, casi alucinógeno, de la belleza que gobierna aquí. Pero observándolos bien cambio de opinión: no es el ambiente; son ellos. Están bien, se encuentran bien juntos, relajados en los tres casos, absortos al mismo tiempo y sin conflicto en la belleza de fuera y la de dentro y la que tienen enfrente, como en una misma placenta oscureciendo. 

De qué hablan, quiénes son; cómo han llegado hasta allí. No hasta aquí sino hasta allí, a esa conversación callada y múltiple que te parece –lo pienso bien: es eso– una especie de silenciosa y rotunda victoria, enhebrada durante siglos. Al menos por esta tarde. Al menos por este momento en que todo parece estar en su sitio, y tanto ellos como yo parecemos ver tan claro la tarde que os rodea. (Pero no os rodea; trampas de la percepción: somos de la tarde, somos la tarde misma).

Qué les habrá traído hasta esta tarde, a verlos esta tarde; qué tuvieron que hacer hasta llegar aquí, a esta ceremonia triple de un testigo solo. Para hacer que me pregunte, también, cuántas citas se están dando en este momento, cuántas se darán, cuántas podrían darse y no llegarán a ser nunca. No es el Tiempo el que transcurre: transcurrimos nosotros; quizás en espiral. Y vivir es elegir a qué citas quiere acudir uno, mientras las torres y los alminares de la ciudad vieja contemplan impasibles esa gloria, o aquel fracaso.

Se puede ver la vida, en tardes como ésta, verla bien, y saludar íntimamente a lo que corresponda. Pareciera que me ha oído pensar, el camarero árabe de este rincón, porque no va a cobrarme el licor de hierbas; ni los pensamientos. Arrecia la primera brisa, y otra muchacha, muy joven, sale del portal de enfrente, la espera una amiga, y bajan juntas por el puente de piedra hasta la multitud. Otra sube a su vez el puente, sigue subiendo la cuesta (¿a dónde?), existiendo un momento, transcurriendo aún hasta desaparecer de golpe entre las ruinas del atardecer.