sábado, 22 de junio de 2013

La 'maravillosa furia' de Félix Grande (entrevista)

"Sueñan con devolvernos al siglo XIX, pero no lo van a conseguir"


El poeta, ensayista, novelista, flamencólogo y soldado civil Félix Grande, Premio Nacional de las Letras Españolas 2004, no se rinde, no está cansado. Y no se calla. Tras más de medio siglo de escritura (Galaxia Gutemberg publicó recientemente su Biografía poética corregida y aumentada), en que la emoción y la opulencia verbales han estado siempre al servicio de la concordia, de la fraternidad social, este manchego nacido en Mérida en plena Guerra Civil (1937), pastor de cabras en su infancia y alto discípulo de Luis Rosales, de Julio Cortázar, de Juan Carlos Onetti, anda tan escandalizado con la coyuntura actual como un chaval de veinte años... [Entrevista para eldiario.es]

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domingo, 16 de junio de 2013

Cambiar la vida

No se puede salir de la jaula desde dentro de la jaula. No puede uno (digamos) pretender romper una relación y seguir cayendo en la misma cama para darse fuerzas para romper la relación. No se puede pretender que cambie lo de arriba si no cambia uno, menesterosamente, lo de abajo. Soñamos todos con salir de nuestras jaulas, íntimas o comunales, pero no nos damos cuenta de que la naturaleza de la jaula, espacio, atmósfera y color de los barrotes, es el puro reflejo de nuestra naturaleza misma. Estudiamos a la jaula, no al pájaro. Error. Porque es éste el que tiene la llave última, la clave para atravesar sin miedo las rendijas o estallar de luz y fuego y fin y se acabó el pájaro, y la jaula, y los círculos.
 
Changer la vie: cambiar la vida. La vida, que es la raíz y el sustento de todo lo demás (de absolutamente todo). Nosotros, los altivos disconformes, los que venimos alzando, con voz casi inaudible entre el ruido, la palabra No ante el alud de ignominia que nos anega; los que intentamos, con nuestros insignificantes oficios o discursos o banderas, desde nuestros balcones remotos, servir a la vida y enfrentar a sus enemigos; los que en conversaciones o canciones o poemas, o en barricadas o plazas o comentarios estériles de solipsismo y red social (que sólo ayudan a quemar tensión, en el mejor de los casos: nada más) tratamos de equilibrar humildemente el saldo cotidiano del horror con algunas migajas (muy pocas, siempre maltrechas e insuficientes) de humor o crítica o belleza; nosotros, en fin, y quien debe entender ya me ha entendido, ¿cómo pretendemos que la vida de ahí fuera nos corresponda como queremos si no somos capaces de salir de nuestras propias jaulas, nuestras pueriles idioteces, nuestros círculos? Pendientes todo el tiempo de lo de arriba, de las políticas, los decretos, los crímenes silentes de esa turba de psicópatas, sí (y es necesario); pero sin reparar en que es la gente la que cambia a la gente y se cambia a sí misma; una ley sólo crea un hábito, mejor o peor, pero el hábito no hace al monje: sólo lo alinea y lo aliena sin penetrar en lo esencial.
 
Y es que vestimos todos el traje nuevo del emperador, encantadísimos de habernos conocido. Eso que llamamos de manera tan etérea el sistema nos tiene perfectamente cogidos de aquí abajo no porque los que manejan los hilos sean mucho más listos (quizá más retorcidos sí), sino porque no dejamos de jugar a su juego, porque nos ponen sus reglas, porque nos gusta el queso de la trampa (porque somos el sistema, su pájaro y su jaula). No es sólo que el sistema fagocite a la crítica: es que la crítica acaba por legitimar al sistema, en este juego de ping-pong en el que al final del día no ha cambiado absolutamente nada y los dueños del tablero lo siguen administrando como siempre lo hicieron y harán hasta el Apocalipsis. Y es que, amigo mío, la cosa puede estar muy mal pero qué bonita queda la foto que el mismo sistema te echa, o te haces tú mismo, con esa pose tope guay de moderno hasta el almuerzo y después todo el día: tu reino por veinte me gustas y un retuit del maestro Armero. Y es el ego, al fin y como siempre. El puro y apestoso ego. “En la vida hay dos tipos de personas: tú y todos los demás”, sentencia, crudo y socarrón, el mayor de los Fisher a su primogénito en A dos metros bajo tierra. Lacerantemente cierto. Y no está bien o mal que así sea: es algo que es, simplemente: así somos –casi todos–. Y debería ser perfectamente legítimo admitir de forma honesta que uno aspira a ciertas cosas; el problema es que en este teatro no hemos encontrado aún (yo menos que nadie, subrayo) la fórmula de la humildad o la sabiduría o la madurez humana para no ponernos las mismas máscaras que atacamos constantemente, de manera cínica: porque también nosotros queremos que nos inviten a la fiesta, al carnaval, que nos nombren la reina del baile o el más gracioso de la clase. Y luego, ya, oiga, que clausuren la fiesta o arda Troya.
 
Orgullosísimos de lo transgresores que somos, o que nos creemos, no alcanzamos a vislumbrar que lo verdaderamente conservador es el miedo, siempre. El miedo que petrifica, que esteriliza, que no deja ver el bosque. Para empezar, el miedo a no mirarse uno al espejo o a mirar su mierda debajo de la cama, o a abrir el armario y reconocer a sus cadáveres. O a preguntarse para qué hace uno sinceramente lo que hace. ¿Para que le llamen guapo? ¿Para que le quieran más? ¿Para saltar un centímetro más que ayer, o que el vecino? Bien, está bien, somos así y mejor será asumirlo cuanto antes. Pero quizás no nos hacemos la pregunta adecuada. Cuando servidor entró en primero de Bachillerato (año 99 después de Cristo), alguien preguntó dadaístamente al recién estrenado profesor de Latín y Griego (Jesús Alemán era su nombre: Salve) para qué servía aquello. Para qué servía el latín, se entiende. Y don Jesús, en vez de preguntarle a la interfecta qué carajo hacía allí, en todo caso, se limitó a contestar con una lección que yo –ya ven– aún no he olvidado: “La cuestión no es ‘para qué’ sirve, sino ‘para quién’ sirve”.
 
Para quién sirve uno, o lo que uno hace. Y es que si todos nuestros egos no montan una hermosa fiesta, una gran reunión fraterna en la que cada cual ponga lo mejor suyo encima de la mesa por el bien común (pero primero el bien común, y luego ya, si acaso, los epítetos), entonces, sí, para qué toda esta vaina. Para qué toda esta farsa, este mascarada de cretinos, este sainete de trajes nuevos (viejísimos y decrépitos en realidad) de emperadores de cartón-piedra. De mentiras, en suma; de mentira. Pues todo es mentira menos aquello que se hace de manera cordial, para ensanchar el horizonte común de la vida (o de la jaula, si no hay más remedio). Pero para eso, me temo, es preciso vivir en primera línea. Enfrentar el miedo a la vanguardia de cada quien y de cada cual. Que cante el pájaro porque sea su ley, y no por desafiar al de la otra rama. Hacer de la vida un arte, y no del arte una forma de vida. Y que el espejo-espejito mágico que todos llevamos a cuestas sirva al menos para dar más luz y reflejar los recodos últimos del camino. De lo contrario, me temo, nos podemos ir metiendo por donde buenamente nos quepa tanta posecita, tanto tuiteo, tanta entradita en el blog nuestro de nuestra misma mismidad.
 
 

domingo, 2 de junio de 2013

Desahuciado


No existe en la calle hallada el número de puerta que me dieron

Álvaro de Campos
 

Algún día te abrirán la puerta,
te abrirán la puerta de la pared sin puerta
del pasillo hambriento de Lisboa


Algún día llegará tu barco
a la tarde sin noticias de Lisboa
         (tú lo verás venir cansado,
aterido y despierto,
vigía escuálido,
desde el castillo aquel de tus candilejas)



Algún día hallarás la calle,
el número, la hora,
virando melancolía a poniente
de tus harapos de príncipe de vísperas


oirás el carruaje hacia tu calle,
oirás el tranvía que cruje al purgatorio,
la puerta allí en tu quinta al entreabrirse
con la bruma de un sueño que al llegar
                ya sólo será tu niebla,
el pálido vagar de tu costumbre.

 


G., 15/V/’13



miércoles, 29 de mayo de 2013

El (interminable) show de Truman

No es tanto lo que uno pueda descubrir cuanto lo que esté dispuesto a reconocer que ve. Ya lo dijimos en otro sitio: todo el mundo busca la verdad, pero quién quiere saberla. Según ciertas corrientes sincréticas es mucho más sencillo de lo que parece, pues los mayores y más profundos misterios del Cosmos suelen parpadear delante de nuestras narices, casi que en letreritos de neón. Pero cómo te vas a creer lo que ves por ti mismo, habiendo el Divinity. Nos pasa a todos, constantemente; y por esa ancestral estafa nos seguirán llevando al huerto los de siempre, así llueva fuego y hasta el día del Juicio Final: no tienen que hacer muchos esfuerzos porque, además de meretrices, ya les ponemos nosotros la cama [ ... en FTS C. Magazine ]

domingo, 19 de mayo de 2013

Alejandra, Alejandra

La que no pudo más e imploró llamas y ardimos
A. Pizarnik


qué encontraste, Alejandra,
al otro lado del delirio?


qué has visto allí, amazona viuda?

entiendes ya el idioma de tus cuervos?
te ofrendaron flores al llegar?



pude haberte amado, Alejandra,
honrarte tal vez como a una anciana;
como a una niña que me acusara bajo la lluvia,
harta de mirar tanto lo que nadie puede ver


lo que tal vez ahora vives,
vives ya al fin
allá en la bruma




eres ya feliz, Alejandra,
en el ocaso rojo en el que habitas?


lo has entendido Todo?

visitan íncubos tu orilla
que te lamen el sexo toda la tarde?


ríes y fabricas marionetas
con las muñecas muertas de tu infancia?


tal vez pude amarte,
embajadora lúbrica del miedo


tal vez pude haberte amado
como amo ahora tu hora pálida,
tus ojos de abismo y profecía,
tu nana funeral



pero ya no enfermas, di,
ya no lloras más,


                  allá en tu capa y el viento acantilado
donde ya habrás entendido


lo que jamás podrá decirse.

G., 17/V/’13

miércoles, 8 de mayo de 2013

La Deuda

No le debes nada a nadie, salvo a ti mismo. Sé que lo están logrando, que poco a poco consuman su crimen último, el más perverso, que es hacerte responsable secreto de la miseria; aunque tú no lo sepas, aunque ni tú mismo te des cuenta, aunque ni tú misma lo adviertas. Pero quizás ya lo han conseguido: entonces habrán ganado, sólo entonces. No les des esa alegría, no se lo pongas tan fácil a los mastines del terror. Sé que estás cansado, que andas huérfana, que el mundo parece no tener orillas. Que el día es a veces un laberinto macabro. Pero no es culpa tuya, créeme. No le debes nada a nadie, aunque el peso que te va curvando la espalda te vaya susurrando al oído, como un bufón fantasma, que debes pagar gota a gota el delito de todas las esquinas. Es lo que ellos quieren hacernos creer, para así poder seguir haciendo su negocio de horror y sangre: lo único que saben hacer en realidad –pobres desgraciados en el fondo– para mitigar su miedo a vivir y a morir de frente. Pero ése es su problema, su tragedia; no es justo que tu miedo ayude a esa guardería de bestias a creer que ganarán algún día: sólo corren despavoridos hasta la cima de la Nada. Quieren arrasar con todo en su carrera, porque al no ser felices (en el fondo de su pútrida alma lo sabrán), al no tolerarse a sí mismos la paz, no tolerarán que los demás sí sepamos serlo. Pueden vivir (dios mío), pueden vivir sabiendo que nadie los quiere, cobardes, necios, castrados del corazón, incapaces en su coraza empapelada en verde de querer a nadie en realidad: porque el amor exige el coraje de asumir que puede uno perder lo que más quiere, lo único con valor real, y no fiduciario. Por eso acumulan esas ridículas cordilleras de dinero: creen estos miserables que podrán sobornar al diablo cuando venga puntualmente a buscarlos. Pero da igual; no es tu drama, afortunadamente, no es tu negocio. Aunque sólo sea por eso, hazte el favor de no contraer ese virus de culpa que hiede cada día, y que ya ha conseguido colgar sogas en los patios y arrojar ángeles por la ventana. Te lo debes a ti, se lo debes a los tuyos, se lo debes a la vida. Es lo único que debes, tu única deuda: vivir.
 
Sé que cuando no se encuentran culpables a mano, cuando se tiene dignidad y se es buena persona y se sufre como si Dios estuviera enfermo, grave, cuando no puede ni sabe uno salir a prender fuego a todo, lo más sencillo, lo más recurrente, lo más sigilosamente cercano que uno tiene para odiar y echar la culpa es la propia imagen del espejo. Pero no te pases, no te rindas, no te consientas esa soberbia inversa de odiarte y despreciarte por estar perdiendo –o eso crees– este asalto de hoy: no eres el Atlas que deba sostener al mundo (el mundo, además, seguirá girando, seguirá ignorando y pariendo y matando); y los que te rodean –piénsalo– no son en realidad los jueces implacables que crees: están tan ocupados como tú creyendo que el resto de la gente –o sea, tú mismo– piensa de ellos que no valen nada por no estar ganando su propio asalto. Ya ves: un círculo absurdo de espejos deformes que sólo proyectan sufrimiento, y que en realidad no existen, porque son mentira. Aquellos que te quieren y saben lo que vales no piensan que seas un fracaso; aquellos que te quieren no esperan tanto de ti como tú misma, porque te quieren por lo que eres y no por lo que conseguirás o no, por lo que ganaste o perdiste (y si te han hecho creer lo contrario tenles piedad: es su frustración la que habla). Aquellos que te quieren –créeme– no son ese espectro sádico que te exige cada mañana una explicación que no está en tu mano dar, que no necesitas dar: porque la única deuda, si es que existe, es contigo.
 
Auscúltate, escúchate hacia adentro. Olvídate del juicio final y de los caballos de Atila, desoye el ruido. Adéntrate en ti, cuelga bocabajo en el honor. Pregúntate cuánta de esa angustia sube desde tu propio pozo, y cuánta que no te corresponde se desborda de la pantalla, de la calle, de los otros: quítate ésta de encima, achícala. Y en cuanto a la primera, a la que de manera legítima te atenaza por no estar cumpliéndote, por haberte perdido o no estar siendo quien eres, pregúntate si ya has hecho todo lo posible, si ya has quemado todos los cartuchos (todos) antes de rendirte, porque esa angustia es sólo el agua estancada clamando por cumplir su misión, por salir a fecundar lo que en su propia ley le corresponde (lo que le corresponde: no lo que crees que otros creen que le corresponde); si la respuesta es no, esa energía que te vampiriza la tristeza merece un lugar más útil; si es que sí, si crees que ya no merece la pena intentarlo, cambia de estrategia, pero no de plan, no de horizonte o sueño o brújula: a veces, simplemente, no existe conspiración ajena alguna, y es sólo que no estás enfocando la partida de la forma adecuada. (Si no quieres siempre el mismo resultado, no hagas siempre lo mismo, dijo alguien que sabía bastante de todo esto).
 
Sé consciente, sé humilde, sé valiente. No te rindas, no les dejes ganar, que no te puedan. Asume tu responsabilidad, la que honestamente te corresponda, pero no les dejes convencerte, a los lobos de dentro y de fuera, de que esa deuda es tuya: porque los de dentro son los aliados que habrán de escoltarte, una vez vencidos, y los de fuera son sólo unos lamentables infelices que jamás han olisqueado, ni en sueños, lo que significa la palabra victoria: mira que hasta ignoran que su dinero no existe en realidad, porque es sólo un delirio metafísico, deuda de la deuda de una estafa de papel, mientras que tú guardas allá al fondo, en la memoria y el futuro del corazón, los momentos de oro que te han de recordar siempre en qué consiste el valor de cada cosa, y también su verdadero precio.
 
 

domingo, 14 de abril de 2013

Ahora es demasiado tarde, princesa

Yo coincidí en cierta ocasión con Letizia Ortiz, en uno de los rincones más románticos del poniente madrileño: la cafetería de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense (lugar verdaderamente histórico por otros motivos que no vienen al caso). [Sigue leyendo en POCAVERGÜENZA]





lunes, 1 de abril de 2013

Habló

Me habló la Luna en el valle último

me dijo tú no eres tu pena
ni tu hábito tu dueño;
desnúdate de ti, serás coronado

me dijo abandona tu hábito
para abrazar tu vida;
el Mundo será de ti

me dijo no temas al camino:
es verdad siempre el camino
si lo alumbra este farol


Y todo será cumplido, dijo


(La Luna se despeñó en el Carro
y el Emperador se humilló otra vez)