Yo coincidí en cierta ocasión con Letizia Ortiz, en uno de los rincones más románticos del poniente madrileño: la cafetería de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense (lugar verdaderamente histórico por otros motivos que no vienen al caso). [Sigue leyendo en POCAVERGÜENZA]
domingo, 14 de abril de 2013
lunes, 1 de abril de 2013
Habló
Me habló la Luna en el valle último
me dijo tú no eres tu pena
me dijo tú no eres tu pena
ni tu hábito tu dueño;
desnúdate de ti, serás coronado
me dijo abandona tu hábito
me dijo abandona tu hábito
para abrazar tu vida;
el Mundo será de ti
me dijo no temas al camino:
me dijo no temas al camino:
es verdad siempre el camino
si lo alumbra este farol
Y todo será cumplido, dijo
(La Luna se despeñó en el Carro
Y todo será cumplido, dijo
(La Luna se despeñó en el Carro
domingo, 17 de marzo de 2013
Rueca del deshielo
Yo recuerdo un deshielo al Norte,
cuando tuve mil años
esperaba en el callejón al ángel
y el ángel se derritió en luz,
y comprendí

recuerdo el callejón del ángel
Yo recuerdo el callejón a solas
de la noche nevando de Venecia,
cuando tuve máscara
y una gitana me enseñó a hablar
y un ladrón quebró la bruma
yo recuerdo aquella máscara
Y recuerdo la bruma al atracar
en el puerto de una cruz
un ladrón rezándole a una cuna
y la máscara quebrándose en un ángel
cuando tuve mil años
esperaba en el callejón al ángel
y el ángel se derritió en luz,
y comprendí

recuerdo el callejón del ángel
Yo recuerdo el callejón a solas
de la noche nevando de Venecia,
cuando tuve máscara
y una gitana me enseñó a hablar
y un ladrón quebró la bruma
yo recuerdo aquella máscara
Y recuerdo la bruma al atracar
en el puerto de una cruz
un ladrón rezándole a una cuna
y la máscara quebrándose en un ángel
jueves, 7 de marzo de 2013
L'Hermite
Yo sólo quiero una lámpara,
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una luz detenida toda la noche
Sólo quiero una lámpara alumbrando el temblor,
cobijando el camino,
alentando el candor aterido del monte
por donde vaga tu sombra en la ciudad del invierno
Yo sólo quiero el farol del ermitaño,
reloj despierto de todo lo que existe
En la aldea rezándole a una cuna,
en el viento embozado del cristal
de los lobos hambrientos de la ofrenda,
yo sólo quiero una luz que custodie
mi gruta boreal de estrella al norte
mi llama de farol convaleciente
el jadeo de lobo perseguido toda la noche
por la propia noche de su sangre.
domingo, 24 de febrero de 2013
Transición
Toda la vida es transición, todo está siempre
en movimiento, por la sencilla razón de que lo que no se mueve está muerto; y
ni siquiera. No hay en la vida final alguno, conclusión, pues todo lo que vive
es mutación constante y sin tregua: ésa es la ley; ése es nuestro drama: pero
también, precisamente, lo que hace todo posible. Autoengañados por el espejismo
de nuestras supersticiones, por la letal combinación última de riqueza
(ficticia) y miedo (tramposo, infantil) a la propia vida; narcotizados en la
estúpida autocomplacencia de eternidad de anuncio y plaza fija, hemos ido
olvidando de manera suicida que todos somos nómadas: como el mundo, como nuestros
ancestros, como la vida misma. Perseguimos, natural, lógicamente, el progreso
material, el bienestar, la redención después de milenios de sudor, lágrimas y
sangre, pero olvidamos demasiado rápido, con urgencia de niños ante los
juguetes nuevos, que el mundo siempre fue así, y siempre será así: una continua,
imparable transición.
![]() |
| La caída de Troya (Johann Georg Trautmann) |
Aquella falacia del fin de la Historia,
pergeñada justo por los que querían (quieren) que todo cambie para que todo
siga igual, no era sólo un intento de secuestro de la salud cívica y moral de
las comunidades: también un ataque soterrado contra la propia ley biológica por
la cual un organismo estanco en su propio légamo, inmutable, está condenado a
la destrucción. Hoy más que nunca tenemos miedo a la destrucción de tantas
formas, de tanta forma conocida de vida; pero puede ser precisamente la
resistencia al cambio lo que nos acabe condenando si no terminamos de entender
que un virus, una enfermedad, no tiene por qué suponer la
muerte, sino precisamente la voz de alarma que nos da la vida para que la
muerte (el cambio) cumpla su ciclo, purifique sin destruirlo al entorno: o sea,
a nuestra vida, a nosotros mismos. Ironía: son justo los enemigos del cambio
quienes nos están abocando a la cada vez más urgente, escandalosa necesidad de
cambiar: nos han roto ya todos los guiones, toda esa ingenuidad de tantos que
creyeron (creímos) que la vida iba a ser un plácido paseo desde el pupitre al
jardincito con barbacoa de los domingos, ese camelo (atroz en el fondo) por el
cual la felicidad en la Tierra es posible (y, lo más grave: consiste)
pagando su tributo de tiempo, alienación y locura ante esa deificada bestia del
dinero, más insaciable de absurdo cuanto más se le da de comer.
Ahora hasta ese guión se ha roto, hasta ese
traje nuevo del emperador es claramente inexistente para cualquiera con el
coraje necesario de mirar ya sin ningún velo. Qué es lo que ha de venir, no lo
sé; no tengo respuestas siquiera para mí mismo. Pero sí sé, creo saber algo:
allá adonde tengamos que llegar no llegaremos nunca con ese fardo de miedo, con
ese reflejo de animal asustadizo dispuesto a dejarse matar antes de abandonar
la jaula a la que tanto tiempo le acostumbraron. Sabemos que da miedo la
intemperie, que hace mucho frío ahí fuera, pero eso es lo que somos, lo que
hemos sido siempre: nómadas. Suicida, lentamente suicida y asesino de su propia
voluntad quien no despide a un amor antes de que se le pudra entre las manos;
quien no desafía al toque de queda impuesto; quien se queda siempre acobardado
en la periferia de las posibilidades y las emociones más hondas de su propia
vida. También aquella comunidad de seres humanos aterrada por cruzar el bosque
sin saber siquiera qué hay al otro lado, cuando ya los mismos mastines del
infierno te vienen dócilmente señalando la salida. Aquí no hay techos para
siempre; aquí no hay brindis al sol sin riesgo previo; aquí nunca, jamás nadie
conquistó nada sin jugarse la vida.
Pues toda la vida es transición, y lo único
quieto es lo que está muerto; y ni siquiera: también los ángeles negros cumplen su
necesaria aunque dolorosa función aquí para renovar, para exigir la emergencia de lo que deba emerger, y destruir justo aquello que hacía a la vida más
triste, más sombría, más rehén del infecundo, tramposo, fantasmagórico miedo.
jueves, 21 de febrero de 2013
Después del atardecer
Quizás sea el amor, con sus fríos y sus
posadas, sus encrucijadas y sus luces a lo lejos, la más alta prueba de la
valentía de los hombres. De todos los hombres. (Y no sé si hace falta añadir:
de todas las mujeres). Quizás no tengamos, junto con la muerte –pero ésta va
siempre implícita–, más claro vislumbre del camino que nos vamos trazando de
manera cotidiana, del camino que elegimos para nosotros mismos en la vida, con
los cadáveres mojados que dejamos en la cuneta y los cadáveres que de uno mismo
van quedando bajo la lluvia, irreparablemente. Con los caminos paralelos que se
pierden en la bruma, como un fantasma, y con el fantasma de aquella luz que
vacila a lo lejos, señalando el final prometido (pero el final, ¿de qué…?)... [Sigue leyendo en POCAVERGÜENZA]
domingo, 10 de febrero de 2013
Poniente y carnaval
viernes, 1 de febrero de 2013
Carta (abierta) de amor y dolor a Lolita de Cospedal
“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta…”. Eras Lo, sencillamente Lo, por maitines: metro setenta de mármol griego con tacones. Eras Lola con traje de Prada ante el micrófono, gloriosa institutriz del mediodía. Eras Mariloli en Albacete. Eras Dolores –ay!– al castigarme. Pero en mis sueños eras siempre, serás siempre Lolita... [Sigue leyendo en POCAVERGÜENZA].
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