miércoles, 24 de noviembre de 2010

'Cárnivale'

Ahí enfrente, en uno de los apartamentos visibles desde la ventana ésta en la que ahora vivo, habita un anciano que me ha estado inquietando durante semanas; casi desde el primer momento en que reparé en él.

Aunque no soy exactamente preciso: en realidad no es él lo que me llamaba tanto la atención. Porque en realidad se trata de un viejo como cualquier otro, supongo. Desde aquí, con una calle de por medio, de ventana a ventana en mirada oblicua y desde mi cuarto piso a su tercero, apenas pueden distinguirse sus rasgos. Quizás tirando a moreno, aunque con el pelo ya de nieve, se podría intuir que fue apuesto, hace años, y que tal vez lo sigue siendo. No puedo saber si es alto o bajo porque jamás le he visto de pie, sino sentado tras un escritorio, y fumando, siempre fumando, como un carretero. Precisamente por este ritual llegué a fijarme en él: acercándome a fumar a la ventana y buscando cualquier sitio en que poner los ojos, en estos días inciertos y sin rumbo en los que uno se pregunta adónde emigró la suerte. Al principio de manera accidental, luego con creciente interés, empecé a mirar hacia allí: generalmente a media tarde, o entrada ya la mañana, ahí estaba, fumando siempre, el viejo, un cigarro detrás de otro; siempre tras la mesa del escritorio y siempre hablando con alguien sentado frente a él, absortos en una conversación indescifrable. Será alguien que va a hacerle compañía, pensé al principio. O será el notario, y lo está dejando todo atado y bien atado. Puede que le esté dictando sus memorias a algún plumilla voluntarioso, o que le esté cantando a su hijo las cuarenta -día sí y día también-, o yo qué sé. Tampoco presté al asunto demasiada atención. Mi interés duraba lo que duraban las caladas (las mías). Hasta que me di cuenta, un día, de que quien se sentaba frente a él era siempre alguien distinto.

Será que tiene mucha familia, pensé entonces. Pero qué clase de patriarca atiende a su prole así, uno detrás de otro y detrás de una mesa, como si en vez de hablar de la próstata estuvieran buscando la coartada para el asesinato del primo Ludovico. Lo mismo es el Padrino del barrio, pensé entonces; pero el aspecto de su despacho (desnudo, sin más muebles que la mesa y las dos sillas), amén del hecho de tener siempre las cortinas abiertas, en franco descubierto, me hicieron descartar la idea. Me fijé además en que nunca hay luz por la noche, de modo que tendría que ser su lugar de trabajo. Será médico, aventuré, y estará pasando consulta; pero a ver qué clase de médico se fuma un cartón de Ducados -o de lo que fumen los viejos de aquí- mientras (ahora sí) diserta sobre próstatas, pleuras o politraumatismos genitales (‘House’ es una serie, Miguelico, ‘House’ no es real, ‘House’ es ficción, me tuve que repetir en voz baja, varias veces). Vale, vale, está bien: entonces será picapleitos, asesor fiscal, abogado matrimonialista, no sé, algo así… Pero tampoco, porque digo yo que entonces tendría la sala atestada de tochos romanos y la mesa llena de papeles, y sin embargo lo único que sostiene la mesa es algo que no puedo llegar a vislumbrar desde aquí, algo pequeño que el viejo apenas toca de vez en cuando aprovechando sus infinitos viajes al cenicero. Ya está, pensé, ya lo tengo: cómo es posible que no cayera antes en la cuenta. Pensé, casi como una revelación: es psicólogo. El viejo es un psicólogo huraño, heterodoxo y bucanero que pasa consulta en ese piso destartalado porque los alquileres no están para bromas, y que fuma mientras pasa consulta porque le sale de los huevos, que para eso es suya, y… Iba a seguir, pero la euforia se desvaneció al preguntarme qué clase de terapia es ésa, en la que es el loquero el que no para de hablar y el paciente (pobre incomunicado, al cabo: pobre enfermo de incomunicación) el que escucha. (‘En terapia’ es otra serie, Miguelico, otra serie…).  

Fue, ya digo, mi misterio cotidiano durante semanas. Semanas de incertidumbre, por lo demás, para qué repetirlo. Semanas éstas de encallar en la misma playa gris del mismo día, esperando alguna vela amiga en el horizonte, algún color distinto, luces de rescate, algo que cambie el viento, algo…: nada. Nada. A veces la ventana de cualquier ciudad no es más que el punto más alto que uno busca en su isla para otear lo que viene desde allí lejos, o no viene. Y entonces se pone uno a fumar allí, a mirar por allí, como si por mucho mirar se invocase a la suerte, como si la clave, el enigma, el conjuro que rompa la maldición fuera a emerger antes por mirar tanto hacia allí lejos. No sucede; pero a veces, afortunadamente, se dan treguas que hacen la espera más soportable. Algún baile de ron y risas en torno a la hoguera; algún mensaje en una botella encontrado en la orilla; alguna piel de sol que detiene el tiempo hasta el día siguiente.

…Y algún día más claro de lo normal en todas las ventanas. A pesar de la desidia, la desesperanza, el abandono, a veces hay días que amanecen más claros, que perfilan mejor los contornos y hacen el mundo más nítido. Y uno se siente raramente dispuesto otra vez a tener fe, a palparse el amuleto, a habitar los ojos y dejar de auscultarse las catacumbas de la conciencia. Como el otro día. Estaba de nuevo en la ventana, fumando. Ya era noviembre, pero este Norte de ceniza se permitió esa mañana algunos azules del Sur, cierto aire de cristal que yo me sé. Miré al edificio de enfrente, como siempre, esperando encontrar al viejo en su conversación con alguien nuevo, tomando parte de un rito del que ya me sentía extrañamente partícipe, cómplice atento y sordo. La luz nueva y el frío más generoso habían permitido al anciano tener esta vez la ventana abierta. Por eso pudo esta vez girarse un momento desde su mesa, fugaz, en mitad de su monólogo, y cederme una mirada insondable por entre el humo de los dos que yo interpreté de viejo conocido.

Por eso, también, pude ver al fin lo que reposaba en su mesa: cartas. (Me froté los ojos). Cartas de baraja. (Se me cayó el cigarro de la boca). Cartas de feria y de destino colocadas bocabajo, que el viejo iba descubriendo poco a poco, muy despacio, una tras otra, tras otra. Tras otra. 

Lucha entre el Carnaval y la Cuaresma
(Bruegel el Viejo) 

miércoles, 20 de octubre de 2010

Levántate

Y vivir se parece mucho en esta época a algún remordimiento, a tener resaca cada día sin haber probado gota alguna la noche anterior. Días que alientan con cierzo de clausura, días secos que amanecen sin embargo con puñales húmedos en la almohada; la angustia certera de haber hecho algo mal, irreparable, en algún momento de ayer noche. Pero cómo, el qué, a quién, si no saliste, no salimos

Lo están consiguiendo, corazón: están a punto de convencernos de que es culpa nuestra este escándalo, este atraco, esta estafa moral

Y te levantas cada día pensando qué es lo que falla, en qué te equivocaste, en qué momento del camino se te cayó la brújula sin darte cuenta. Ríes poco en las fiestas, o no vas (qué lujo, ya, regar la risa); te avergüenza cuando te preguntan y cambias de conversación; te da miedo hasta salir a la calle por si viene alguien a cobrarte alguna deuda que olvidaste, que no sabías ni que existiera. Te cobran por vivir. Y quieren que juegues con ellos, que te arrodilles y les pidas un contrato para bailar con sus serpientes o para correr despavorida por el bosque mientras te persigue su jauría. Tranquila: no te comerán: te necesitan viva y en guardia y llena de terror para seguir manteniendo su circo y dar de comer a sus cachorros. Saben muy bien que tu miedo a quedar fuera es al final mucho mayor que tu desprecio y tu odio a su juego putrefacto de chacales. Y no queda otro remedio, al parecer, que bajar la cabeza ante las fauces, humillarse, o seguir pidiendo audiencia ante el decimoquinto leguleyo de su horda: humillarse

Si estás dentro, tendrás que apretar los dientes y maldecir en voz muy baja; si les dices que No cuando debe ser que No, estarás fuera. Y si estás fuera, no sabrás dónde poner los ojos ni a quién pedir ayuda ni encontrar la manera de aliarte con los tuyos para rasgar banderas y asaltar a sangre y fuego el rascacielos del ultraje inaudito de este siglo

Como tú ahora, corazón; y como yo. Por eso sé que te despiertas cada día con flamear de velas negras en la ventana, con callar de cuervo en cada mástil, encallando en la playa gris desierta que es el día; que son estos días tuyos, lo sé, como son los míos

Sé que te comen las migas de pan que fuiste dejando en el camino, que hace frío y miedo, miedo y frío afuera y dentro de la calle. Que temes, como yo, que nos confisquen cualquier día el aire. Que eres pequeña, pequeña, muy pequeña

Pero aguanta. Óyeme: aguanta, no te me rindas. No puedo decirte cómo acabará, cómo se podrá reescribir esta historia, pero no flaquees, no les consientas, que no te vean así; escúpeles, regálales muy fija tu desprecio, recuerda a los tuyos: levántate. Muchas veces, amiga, muchas veces el viento cambia de aire. Y flamearán velas azules de nuevo, ya verás, algún día

Mientras tanto escúchame, allá donde estés, y desnúdate. Deshoja pétalos de escombros en el suelo del cuarto, enciende velas de candor. Créeme

Abrázame mientras impera la amargura, mientras el mundo nos desahucia y nos embarga las paredes de la vida que soñamos.


martes, 21 de septiembre de 2010

Pero Qué

Pero qué se hace ahora, en lo último, con las cosas que siguieron purgando en el cajón, que se extraviaron u olvidaron, que escondimos o enterramos bajo cien jerseys y siete estaciones de olvido, y que ahora vuelven, reaparecen, implacables, para cobrarse su deuda antigua, su cuota puntual de remordimiento

Qué se hace con estos restos, esta ofrenda. Qué se hace con la ceniza

Son las postales del extranjero que nunca respondí; son cartas en blanco desde otro tiempo que velan en silencio, murmurando. Allá al fondo del cajón. Pero qué hacer, qué hacer con ellas. Debiste despedirlas en la hoguera en su momento, pero no pudiste. Debiste tirarlas por la borda del balcón; pero cómo: en qué misa negra, en qué herejía. Quemaban en las manos; queman. Hubiera ardido la basura, el balcón, la calle entera. Mejor allá al fondo, donde no temblasen para nadie. Pero ahora vuelven, regresan de muy lejos, acuchillan por la espalda mirándote despacio: quieren rezar contigo

Qué hacer con ellas, si es sagrado. No pueden quedarse aquí; no pueden ir contigo. Telas sagradas, trapos sagrados; y dos niños jugando para nunca en el envés de una plegaria que dejaste de atender, criminal

(“Arrodíllate de nuevo, mendigo: Humíllate”)

Y te quedas ahí, de bruces, en el frío humeante de la casa vacía, antes de cerrar la maleta y huir, y seguir preguntándote qué hacer con estas cosas, con esos días y esas cenizas; con la vida que seguirá viviendo, no sé dónde, en otra parte; los calcetines del frío, la foto asesina, las bragas que olvidaste en el armario.
 

martes, 14 de septiembre de 2010

El Aleph de cada casa

El tiempo es un enigma, pero también lo es el espacio. Cierto que uno va construyendo su mitología propia de cada sitio, la biografía íntima de cada lugar, en función de lo que allí vive; pero existen parcelas de luz o sombra que parecen respirar con aliento propio; pasillos que reverberan con vislumbres de futuro; habitaciones cuyos rincones parecieran venir de otro lugar, o pertenecer a un tiempo que no ha llegado todavía.

Están vivos. Hay sitios que están vivos. Yo he llegado por primera vez a cierta casa, a ciertas puertas abiertas a un balcón nocturno, y he tenido la sensación física de haber estado antes allí, pero no en el pasado, sino varios años más tarde, en un sortilegio de futuro entrevisto, ése que luego se cumplió punto por punto. He llegado a lugares como si me estuviera recordando llegar a ellos en ese mismo instante, pero también he recalado en otros en los que maldito lo que se me había perdido en un principio, y que luego han abierto portales súbitos en cualquier silla, en la superficie neta de una mesa, para contar una historia nueva que yo aún no había sabido o podido ver. Ha habido un zulo con luz de cárcel en el que me ahogaba tanto que al final, apretando los dientes y la memoria, se rompió en un boquete de tiempo hasta el monte en llamas de un jinete azul. Ha habido un cuarto con un invierno de seis meses iluminado cada noche por un farol lleno de hiedra, y esa luz blanca proyectaba puntual en cada folio el tiempo de las velas que vendrían (azotaba afuera el vendaval). Hubo un sitio en el que no pude hacer nada (Nada), pero también hubo otro en el que se ponía el sol exactamente con el mismo paso lento, arcádico, que en otro ventanal de muchos siglos antes.

Qué dirán las cosas que siguen susurrando a tientas, en voz tan baja, cuando ya no las escucha nadie. Llegué a esta casa hace dos diciembres, arrastrando una guerra civil, un cruce de caminos y un sortilegio que apenas me dejaban ser consciente de que cambiaba de vida, y de ciudad, y de país. Llegué, y era el invierno más afilado, más oscuro, más estupefacto de todos. Poco me importó esta indigencia, los tres muebles y medio, el grifo con grietas, la soledad absoluta, perfecta, goteando puntual en su hora en punto. Y es que no estaba exactamente solo: había un fantasma, aquí, esperándome. Durante mucho tiempo estuve seguro de su nombre, al encontrarla en el umbral de niebla del portal, en la nieve del balcón, en el rincón que más helaba de mi cama. Pero ahora no estoy tan seguro. Quizás era alguien que quedó aquí, atrapada, hace siglos o dentro de diez años; alguien que existió o que no existirá jamás, y que esperó aquí con el destino absurdo de llevarme de la mano, cruel, invisible y necesaria, para ayudarme a  transitar el invierno en que cambié de vida, para enseñarme a vivir de nuevo. Estaba totalmente solo, nunca lo estuve tanto, pero a la vez fui siniestramente feliz cada noche, al llegar a la alfombra, a esas dos lámparas, a quitarme el frío en torno a una lumbre de tinta azul mientras afuera caía la glaciación del diablo y un cuervo solo graznaba para nadie, porque en el resto del mundo no había nadie. Mientras tanto, el fantasma me vigilaba muy quieta, indescifrable, desde el rincón aquel de la penumbra.

Qué dirán las cosas que siguen hablando así, en voz baja, cuando ya nos hemos ido. Va a ser la octava vez que me mudo y la sexta casa de provisión que dejo en los últimos nueve años, desde que cambié el nido por la torre de babel de ninguna parte. Y me pregunto si los que llegaron y llegan después a habitarlas se darán de bruces con los mismos senderos abiertos, con el mismo Aleph en el que caben todas las épocas de todos los hombres. Me pregunto si es todo una farsa, si esos lugares existen sólo en los laberintos de la conciencia de cada cual. Me pregunto quién se sentará aquí cuando me haya ido, quién mirará esa farola. Y si ese alguien percibirá olor a lumbre, de manera absurda, alguna noche; si se dará de bruces con la furia o la ilusión en el espejo del baño; si sospechará que le mira desde algún rincón un fantasma sobre el que yo escribí catorce sonetos más tres en el hechizo de un invierno salvaje. Aunque no tenga ni idea de quién soy yo, ni de qué sucedió entre estas paredes, ni de que éstas son las últimas líneas que yo escribo aquí, en la madrugada en silencio de esta casa que ya es de nadie; que ya es leyenda. 

miércoles, 14 de julio de 2010

Cerrar la boca

Este no tener nada que decir es peligroso: puede ser un conducto obstruido del desagüe interno, un tapón de quietud de árboles que no dejan ver el bosque, o bien, sencillamente, el fiel reflejo de una época sobre la que muy poco cabe decir; escupir, como mucho, en todo caso. Aunque quizá la palabra peligroso sea excesiva. Digamos que es incómodo. Como saber que tienes que mear pero no acordarte, o no poder. El maestro José Hierro nos regaló, por supuesto sin pretenderlo, una sentencia que debería estar pegada en los espejos y en el mueble-bar de cualquier aprendiz de plumilla: “Cuando no tengo nada que decir, no lo digo”, aseveró; y añadió luego: “Pero cuando tengo algo que decir y no sé cómo decirlo, tampoco lo digo”.

Saber cómo decirlo, después de saber qué decir. Mis a veces precipitados impulsos adolescentes me llevarían a una larga digresión, a colmillo goteante, sobre cómo ciertos (o cientos) profesionales del ser y la nada son capaces de llenar páginas y páginas de inanidades, en verso y prosa, saltándose a la torera dicho consejo, ocultando con ello lo poco o nada que tienen que decir. Pero no iré por ahí. Simplemente, estoy de acuerdo en que más vale enmudecer cuando toca (que debería ser las más de las veces), y sobre todo cuando no sabe uno definir lo que le está tocando.

Cómo definir una tarde cualquiera de verano en que mi generación sigue languideciendo, ay, sigue muriendo, entre la desidia de lo que no se mueve y un futuro que no llega, entre los latigazos de un capataz invisible, la perplejidad necia de los que no sabían -no querían saber- lo que hacían, y la inercia de lo que no nos enseñaron a tiempo; por ejemplo, a fabricar cócteles molotov. Cómo acentuar el pensamiento y la certeza de ser una bestia agotando en círculos una jaula, hasta dejar de ser bestia, hasta ser la jaula misma, hasta ser el límite de uno mismo. De qué manera maldecir, escupir, conjurar esta infamia, este juego de tahúres del que somos juez y parte, y para el que nos vienen sutilmente preparando, palmadita en la espalda mientras te susurran al oído: o aprendes a jugar, chaval, o serás una ficha toda tu puta vida; en el mejor de los casos, convidado de piedra con propina que compre tu silencio.

Quiero pensar que existe una salida para todo esto, una puerta más allá del espejo que rompiera al abrirse todas las barajas, y que nos llevase a un tiempo fundacional en el que todo fuera posible. Pero tampoco para eso tengo respuestas. Mientras espero que la mariposa del Caos bata de mi lado, como todos, me limito a soñar, como todos, con una carretera hacia el sur que no se detiene, mientras arden a la espalda el tráfico y las oficinas. Sueño con no consentir que nadie me diga nunca lo que tengo que hacer, y con que me crezcan hojas de hierba en el bolsillo con las que pudiera pagar la amistad, el alquiler y la penúltima. Sueño con salir corriendo. Sueño con una plaza, un aljibe, una siesta a media voz y un cuerpo como un mapa que indicase todos los caminos. Pero también para eso me falta definición, me falta temperatura; y afuera es verano, y es norte, y llueve.

Por eso, por no saber cómo decirlo, hubiera sido mejor aplicarme el cuento. No escribir una sola línea, seguir fumando en la ventana, y cerrar la boca. 



lunes, 31 de mayo de 2010

El ejemplo se llama Luis*


Porque la muerte no interrumpe nada: aquí está todavía, aquí sigue, aquí alumbra aún su casa encendida.

Hoy hace cien años exactos que vio la luz de Granada uno de los hombres más esenciales, más puros en lo puro, más buenos en el único sentido de la palabra bueno, que la ingrata España haya dado nunca. Se llamaba, y le seguimos llamando a este lado de la vida, Luis Rosales. Es uno de los ejemplos más diáfanos de cómo una conducta moral puede abrirse paso por entre la sangre, los escombros, las infamias y los errores de su siglo, para seguir reuniendo las pocas migajas posibles de inocencia, para poder sobrevivir con dignidad en medio de la nada más atroz. Es uno de los ejemplos más pavorosos de cómo un crío de veintiséis años puede ver derrumbarse los cimientos de su vida, ver caer asesinada su inocencia, ver caer asesinados a sus dos mejores amigos, ver caer a su país hasta convertirse en una gigantesca orgía de caínes y fanáticos, y a pesar de ello seguir creyendo en el hombre, por más que el desengaño fuera ya su sombra tutelar: por todo esto, entre otras cosas, es también el autor de una de las poéticas más humanas, más auténticas, más insobornablemente nobles de toda la tradición de la lengua castellana.

Luis Rosales es el ejemplo vivísimo de cómo la fe del hombre en los hombres puede y debe devastar con un golpe de ola a lo más miserable de la política, y de la sociedad, y de la condición humana, para seguir braceando hasta alcanzar en un abrazo a todos los otros náufragos, los que tampoco nos equivocamos nunca en nada, sino en aquello que más queríamos: pero es también el ejemplo tangible, orgánico, inacabable, de que un artista puede y debe levantar un obelisco fraterno y lleno de sol que nos recuerde que allá lejos, después de las tinieblas, nos espera el faro.

Luis Rosales -lo sabe todo aquel que quiera saber- dio cobijo en su casa granadina, en aquel verano de 1936, a su amigo Federico García Lorca. Cuando un miserable indocumentado con ganas de figurar, siguiendo órdenes de otros miserables carniceros, se llevó a su amigo de aquella casa, Luis Rosales -falangista, sí: casi un adolescente que no sabía lo que suponía o iba a suponer ser falangista- se jugó su vida para salvar la de su amigo. Pero no pudo. Desde entonces, y hasta su muerte, Luis Rosales hubo de vivir con el fantasma de aquel crimen para siempre, de aquel acontecimiento que difuminaría su alegría para siempre, y también con la calumnia de quienes (por motivos tan insondables como los de las serpientes) le injuriarían para siempre, culpándole de la muerte de su compañero de vino y versos. Hasta prácticamente antes de ayer.

Pero no pudieron, no pudieron con él. No pudieron con el hombre, y tampoco con el escritor. Aquella angustia estupefacta de 1936, cuando también fue asesinado su compadre Joaquín Amigo -éste en manos contrarias-, y todo lo que vino luego, se quedaría agazapado en sus entrañas y en su conciencia como los perros que ladran puntuales en las pesadillas, pero Luis Rosales supo esperar. Siempre supo. Machadiano como era, sabio como era, siempre supo esperar: para escribir sus libros, para mirar despacio a los seres que amaba, para conversar con la vida sin levantar jamás la voz. No pudieron con él, entonces, antes de ayer, y no pueden hoy tampoco. No pudieron con su fe más profunda en la vida, y no pudieron evitar que se abrazara, metódico, al último rescoldo de inocencia que pudo salvar del feroz incendio, y erigiera con él una de las obras más emocionantes que hoy podamos disfrutar los nietos más en guardia de esta democracia amnésica, tan llena de grietas, tan falta de sobremesa tranquila y conversación.

No pudieron con él, y aquí sigue, encendiéndonos la casa -a oscuras tantas veces- del corazón. Aquí sigue la casa fraterna de su poesía: para seguir alumbrándonos la conciencia, para decirnos que no tengamos prisa, para hacer enrojecer de vergüenza a las hienas con corbata del telediario y quizás -por pedir que no quede- para que algunos versificadores modernísimos dejen de descubrir el mediterráneo todos los días, y se enteren, antes de nada, de que lo vivo era lo junto. Lo escribió este chaval del que hablo. Se llama Luis Rosales, hoy cumple cien años, y todos los aprendices de poeta, y de ser humano, deberíamos llamarle maestro.


*: Texto incluido en el número 119 de la revista 'República de las Letras' de la Asociación Colegial de Escritores de España, 'Centenario de Luis Rosales'


viernes, 14 de mayo de 2010

Ese entrañable viejecito

Es tu vecino, o el compañero de tute de tu abuelo, o el averiado y entrañable desconocido al que cedes amablemente el asiento en el metro. Es ese señor mayor al que tu bienintencionada madre te ha enseñado a respetar, a no quitar el bastón cuando se descuida, a no sacarle la lengua, zumbón, cuando se le cae la dentadura en la sala de espera del médico. Es ese viejo conocido de tu familia, o el ancianito al que siempre has visto dar de comer a las palomas en el parque, o el amadísimo párroco de tu barrio. Lo mismo, hasta es de tu propia sangre, y se comporta como un sólido y cariñoso patriarca cuando os juntáis todos en su casa del barrio de Salamanca, y saca a bailar a su mujer -qué gracioso, el abuelo-, y os da generosas propinas para que salgáis solventes con vuestras amiguitas los sábados por la tarde. Es el venerable caballero, ya retirado de la judicatura; es el educado señor que siempre dice buenas tardes y pregunta por la familia; es el viejo cumplidor que compra el pan y lleva al nieto al colegio, cómo vamos, don Fulano, pues tirando, hija, tirando. Es tan amable, tan cortés, tan inofensivo bajo sus cataratas y sus ciáticas y sus próstatas, es tan vulnerable el hombre que hasta te entran ganas de darle tú el caramelo y revolverle el pelo, así, como si fuera un crío. Es tan recto dentro de su curvatura, tan tierno en su decadencia, tan transparentemente noble en su domingo de canas, bastón gastado y ABC, que no queda menos que atribuirle un pasado heroico, austero, de ciudadano honorable que jamás ha molestado a una hormiga. Es tan así, tan humano, tan de aquí, tan de nuestro, que quién le negaría una ayuda para cruzar la calle, una reverencia cuando te lo cruzas, una mirada amiga, íntima, solidaria, cuando se hace la picha un lío con las bolsas, o blasfema en voz baja en el bar con su cigarrito, o te mira perplejo cuando estás con tus amigos en la barra haciendo el gamberro, hay que ver, los jóvenes de ahora, cómo sois. Es tan clásico, tan fiel a la norma, tan coherente con el paisaje, que te cabreas cuando alguien le falta al respeto, o le bajan la pensión, o le dicen quítese de en medio, vejestorio. Es tan cándido que hasta da lástima, a veces, tan dócil que produce pudor, tan elemental que inspira justicia.

Lo has visto durante toda tu vida, en muchos sitios, en muchos rostros, en muchos bares, en muchas boinas de fiestas de guardar y de coñac. Es un anciano de España como dios manda, un viejo español de esta España mía, esta España nuestra de toda la vida. Es él, lo conoces perfectamente: ese viejecito entrañable. Tú y yo no sabemos que, a lo mejor, mandó fusilar o fusiló él mismo a unas cuantas decenas de seres humanos contra la tapia de un cementerio. Tú y yo no sabemos, porque no lo pone en su DNI, que, a lo mejor, depredó durante décadas a cientos de infantes bajo la impunidad de la sotana. Tú y yo no sabemos, no podemos saber que, a lo mejor, quién sabe, es un criminal, porque jamás nadie le pidió cuentas, ni le juzgaron, ni por supuesto a nadie se le pasó nunca tal idea por la cabeza. Está tan convencido de ser buena gente, de haber cumplido con su deber, de ser sólo un pobreviejitopordiós, que por eso a ti y a mí nos parece tan recto, tan honesto, tan profundamente honorable.

Ese entrañable viejecito del que hablo es quizá, y seguirá siendo hasta que muera en la cama, rodeado de su prole, una inequívoca y soberana bestia. Pero como tú y yo no lo sabemos, no podemos saberlo -ay, el pobre viejito-, le cedemos el asiento en el metro, le tratamos con piedad y misericordia, y le llamamos (por respeto) de usted.



lunes, 19 de abril de 2010

Sobre héroes y tumbas

Abril en el balcón, con mi café solo y mi tabaco. Hoy quería decir que ayer, 18 de abril, estuve en el cementerio parisino de Montparnasse. Buscando la tumba de ese crío que murió de pena tres días antes de hace setenta y dos años, en París con aguacero y cuando el mundo entero lloraba sangre de rodillas. Pero este fin de semana París no era lluvia, ni humo, ni polvo, sino una fiesta de guitarras y niñas en minifalda en el Pont des Arts, y el cementerio una ciudad de soles, un templo limpio y soleado custodiado por los pájaros del mediodía. Iba con la determinación de abrazar, de llevar tabaco, de conversar un rato sobre la piedra con el fantasma del arcángel tutelar de la poesía, con el hermanito mendigo César Vallejo. Preguntarle cómo pasan los días, ahí en la Muerte. Preguntarle si consiguió finalmente volver a España entre la tierra.

El caso es que, de manera perversa, mi tontuna intrínseca y la ambigüedad del plano de la entrada (un panel en el que puede uno consultar dónde viven ahora muchos personajes ilustres, de Sartre a Cortázar) se aliaron para casi provocarme una úlcera. Quiero decir que me equivoqué (o me equivocaron) de ‘avenida’ y de ‘distrito’, y estuve buscando a César durante más de media hora, entre mil casas muy alejadas de la suya. Dónde estás, me decía, dónde paras. De un mausoleo a otro. De un nombre a muchos juntos. Saltando con la vista alternativamente de lápidas historiadas a piedras humildes en las que apenas podía leerse ya nombre alguno. Andando por calles de muertos y sin que ninguno me diese referencia alguna, por más que les preguntase. La niña (treintañera y libertaria) que me esperaba en un banco al sol, leyendo El País, levantaba de vez en cuando la cabeza, con retranca, como diciendo qué he hecho yo para merecer esto. Y yo, maldiciendo entre dientes, andaba a escasos minutos de asesinar a alguien (un muerto más, pensaba, qué más dará). Pero no me consentí rendirme a la frustración. Como salga de aquí sin encontrarlo, me decía, me tiro al Sena con una piedra atada al pie. Así que volví a la entrada, consulté de nuevo el plano, regresé, y constaté que la ‘avenida’ donde figuraba el lugar no era tal, sino un camino de tierra que uno pasa de largo si no está bien atento.

Avancé por el camino. Ya por mero impulso, por instinto (el mapa seguía tocándome las narices), avancé más por donde el camino se interrumpía y sólo se podía andar entre tumbas muy pegadas unas a otras. Supe que había llegado cuando, apenas unos metros más allá, vislumbré un inmenso ramo de rosas rojas en un jarrón que parecía presidirlo todo, rodeado éste de folios impresos sujetos con pequeñas piedras. Las ofrendas no dejaban ver el nombre, pero en la parte inferior derecha, al pie de la lápida, podía leerse, como escrito ayer: 1892 – 1938.


No quiso decirme mucho. Andaba cavilante, con su mirada de bronce inca mirando a no sé dónde, pero aun así alegre: Mire -me dijo, señalando el inmenso ramo de rosas, como una hoguera-, es un regalo de mis hermanos del Perú. Se quedó en silencio un momento. Luego añadió: Y también me trajeron versos, ya casi me olvidaba… (“… Los mendigos pelean por España, / mendigando en París, en Roma, en Praga / y mendigando así, con mano gótica, rogante… )… Como el otro día fue jueves…

Pregunté a César entonces por la Muerte, alargándole un cigarro. Cómo va? Uno hace lo que puede, respondió. A veces, dijo, tengo hambre. Y frío. Pero no mucho más que al otro lado, señor, no se crea, añadió, con media sonrisa, con pudor, expulsando el humo. Le pregunté por el amor allá en la Muerte, y me dijo que lo de Quevedo era verdad, pero quizás, yo no sé, exageró un poquito. Le pregunté, contrariado, por la inscripción de su lápida, escrita en francés (“Aquí yace César Vallejo, quien deseó reposar en este cementerio”), y me dijo, con la mirada baja, algo cómplice, bueno, ya sabe usted, estos franceses. Restallaba el sol en su perfil, esbozándole amable los rasgos. Aniñándolo, como sentado con su hermano en el poyo de su casa en Santiago. Nos quedamos un rato en silencio, fumando sólo, escrutándonos los ojos de vez en cuando.

Quise saber entonces si por casualidad se había cruzado en la Muerte con alguno de mis familiares. Se los describí, le di algunas señas. Lo siento, señor, me dijo, con una dignidad en la voz que no pudo esconder sin embargo la tristeza filtrándose por entre las grietas. Ya sabe que yo no pude volver a España. Avergonzado, quise cambiar de tema, pero me sonrió, muy tranquilo; me dijo: no se preocupe. Y al instante quiso saber él de España. Cómo estaba la madre España que él tanto quería. Amigos cercanos le habían contado que se perdió la guerra, pero que en el piadoso Tiempo de la vida -mucho más llevadero que el de la Muerte- el dictador llevaba ya décadas muerto (en el infierno, por más señas, y según Neruda con “un agonizante río / de ojos cortados / mirándole sin término”), que había democracia, que todos los niños podían ir a la escuela y que muy pocos lloraban ya de hambre, desvelados. Me miraba en fondo, casi con ilusión, con un destello lejanísimo en sus ojos de piedra. Le dije claro, Capitán. Asentí varias veces, dando caladas nerviosas al cigarro. Claro que sí, repetí, cabizbajo. Le dije, a cada venia: todo está bien, todo está muy bien...

Nos despedimos, fugazmente (ya nos veremos, amigo), y le dejé otro cigarro más, por si luego quería. Volví al camino de tierra, pero seguí maldiciendo hasta la salida, lleno de rabia, como antes por no encontrarle. No pude decirle lo que venía ayer en el periódico. No quise contarle ninguna historia sobre fascistas, memoria, jueces y democracia. No quise estropearle aquella mañana de sol en Montparnasse. Me avergonzaba demasiado decirle a César Vallejo que, en abril de 2010, setenta años después del Aguacero, España sigue siendo un inmenso cementerio en que los lobos no dejan a los niños encontrar las tumbas de sus abuelos. Que la madre España cayó -y no es un decir- y los niños del mundo la seguimos buscando.