lunes, 14 de septiembre de 2009

Los Propios Daños

“En derecho marítimo existe una figura llamada abordaje fortuito, que determina los límites de una tragedia. Dícese de la colisión entre dos buques, motivada por una causa de fuerza mayor –una tempestad-, en cuyo caso cada parte deberá soportar sus Propios Daños”. Está bien.

En la mitología griega, Sísifo, que intenta burlar a los dioses, es castigado a subir una y otra vez y sin descanso una enorme roca por las laderas del Hades: de manera siniestra, la roca vuelve a caer al llegar a la cima, y Sísifo desciende eternamente para arrastrarla eternamente cuesta arriba, esperanza arriba. Esta vez sí, se dice, esta vez sí. Pero la roca caerá de nuevo, implacable, a su origen. Sísifo no tiene más remedio que seguir intentándolo, y así lo hará. (La otra opción no es contemplable, o Camus sabrá). Está bien, está muy bien.

En todas las playas del mundo hay un niño construyendo un castillo: lleva y trae la arena más húmeda para darle forma, la mezcla con la más seca, lo va levantando a ojos vista. Llegará una ola y lo derribará, o se caerá por su propio peso; con suerte, aguantará unas horas, una tarde, una noche. Al día siguiente no quedará rastro de él, pero el crío volverá a intentarlo, fiel, invencible, la misma arena, el mismo castillo, el mismo sol, fiel, invencible, otra vez y

está bien, está muy bien, y así es corazón y no tenemos otra y vendrán a decirme como yo mismo te dije y me dije que es así, que no hay otra, que así es, la colisión los daños el precio la roca la ladera la esperanza la arena el fracaso y el próximo verano, vendrán a decírmelo ya me lo han dicho como yo mismo me digo –como yo te dije!- y yo respondo claro que sí caballero que sí señora que sí faltaba más no nos faltan ejemplos en la historia no nos falta currículum madmoiselle, milady no nos faltan canciones ni bibliografía ahí está ahí tiene la misma historia, más vieja que el cagar que dicen en mi pueblo y todo está claro clarísimo estricta y racionalísimamente claro cómo no, muchos otros antes que yo y no murieron claro señora claro nadie muere nadie se muere yo no me muero tú no te mueres él no se muere, Capitán Sabina, ya lo sabíamos somos maduros muy maduros somos ya creciditos faltaba más somos mayores somos mayores repite conmigo Somos AdultossomosMayoresdeEdad, luego a qué esa cara oh prócer oh corsario ciezo oh impostor a qué esa cara, si ya de antemano lo vas diciendo como el otro señorita antes de nada ha de saber que no soy recomendable y a qué esa soberbia, Capitán Grande a qué esa soberbia de considerar al otro menor de edad y niña y desvalido para no soportar sus Propios Daños su roca sus olas asesinas y a qué esa urdimbre de ser el responsable del Diluvio Universal si no controlamos nada apenas nada, también lo dije, apenas nada controlamos aunque se empeñen los científicos en cambiarle los dados al Caos y a las cosas que pasan no hay más remedio, Que se acabe es su precio Que duela luego es su victoria, maestro, pero de qué victoria me habla dígamelo dígamelo usté que sabe explíqueme para qué los versos y el alcohol y el desvarío que alguien me lo explique y trate de convencerme inútil inútil de que todo pasa y si lo que pasa es que nada se pasa y se acumula al final todo en la boca de la garganta y del estómago y ahí me opere, doctor, échele güevos a ver si lo saca y si no dígame vuelva a repetirme díganme el colega la señora la madmoiselle el doctor Desdrama díganme otra vez que la vida y que los daños y que luego los balcones y los pájaros de nuevo díganmelo como yo mismo lo dije porque yo mismo lo dije, yo lo dije y me lo creo –siempre saco un diez en la teoría- díganmelo de nuevo y yo asentiré y diré claro claro si ya si es lo que pasa es así esto es así y sin embargo no me crean porque algo habrá por dentro blandiendo insultos y quemando con la pena y esta lluvia y este lunes gritando a ciegas que vale que sí que mayores que adultos que apenas controlamos nada que sécate esa sangre que está bien que está muy bien que sí y sin embargo y lo que pasa cojones es que se hace sufrir y sin embargo se sufre y sin embargo hijos míos hermanos lejanas bienintencionados sabios amados todos mandadme piadosamente a la mierda si os doy la razón porque al final y lo que pasa y lo único que pasa al final es que se sufre y
nada olvidaremos nunca, porque no somos asesinos

jueves, 3 de septiembre de 2009

Otoño

Me pregunto cómo lo hicieron tantos, tantos, antes que yo, que tú, para no morirse de miedo, para no salir corriendo, para no correr como las aves migratorias en busca de otro hemisferio cuando llega esta ruina, esta clausura, esta estafa. No me hagas mucho caso: así ando últimamente. No me hagas mucho caso. Todo el mundo sobrevive al otoño; no es una guerra, no es una epidemia, no es… Y sin embargo las raíces que arrastramos de la tierra no pueden evitar este aliento sombrío como de fin de fiesta cuando empieza a ocurrir, cuando empieza a cernirse, implacable, puntual, esta deserción de la luz. Da igual si has tenido un verano efímero que ya no se parece en nada a aquéllos, los adolescentes, los decisorios. Da igual si ni siquiera tuviste verano, tal y como debería serlo. Da igual: tu memoria genética vuelve a saludar a tus ancestros milenarios, los implumes mayorcitos de la cueva, que asistían atónitos a los soles fugaces, al golpe de estado del general del frío. Atónitos, aterrados, como ante un eclipse. No hemos cambiado tanto, no. Los ojos grises, el desagüe en el costado. Y seguimos llegando tarde al colegio / con los viejos calcetines mojados. Pero, afortunadamente, la congoja dura poco. Lo que tarda el cuerpo en acostumbrarse a la nueva época, en recordar que la vida es esto, y no otra cosa. Además, uno puede vivir las cuatro estaciones en un solo día y da lo mismo el calendario: es sólo cuestión de tener capacidad suficiente como para despertar con el invierno en la almohada, tragarse un llanto de abril a media tarde y partirse de risa al anochecer como si fuera aquel verano todavía. Aunque tampoco estaría nada mal conquistar algo de calma un día de éstos, y que todos fuesen, no sé, un atardecer de noviembre de allí abajo, con ese aire transparente y azulísimo que no espera nada, pero tampoco lo pierde. (Qué iluso me vuelvo, hay que ver, a estas horas de la noche). En fin. Todo esto es irrelevante. En mi país todavía andan con madrugadas a toda vela en las terrazas. Los escolares aún no están precavidos, y a mil años luz de aquí todavía se amarán algunos entre el agua, la arena y el sudor. En Latinoamérica, allá donde se fugan los sueños, palpitará ya la primavera. Nada que ver con este otoño definitivo de aquí arriba. Pero todo esto es irrelevante. Las estaciones, ya lo he dicho, van por dentro. Por dentro. Puede uno estar sincronizado con las de fuera o no. Puede uno tener el corazón en punto a la hora de la nieve, o maldecir porque arrecia el vendaval en pleno julio. Puede uno sentirse en feria en octubre, o arder con la fiebre en cueros de diciembre. Pero, si efectivamente sigues el compás, en esta época del año lo tienes jodido. Te va a sobresaltar aún más el despertador –hijo de puta- del lunes gris por la mañana, como un bombardeo. Te acuchillará más hondo la nostalgia de huida hacia alguna lumbre donde suene una canción de Extremoduro con sabor a monte, tragedia y amistad. Y echarás de nuevo cuentas de las asignaturas que llevas arrastrando toda tu vida para el examen de conciencia de estas fechas. Te van a dar duro con un palo y duro también con una soga las cosas en que te equivocaste, que eran las cosas que tú más querías. Y ni siquiera reirás, siniestro, volviendo solo, cuando entiendas que vas repitiendo fielmente en otros folios los mismos errores con los que otros suspendieron antes en el tuyo. Sabes que vendrán otros días, que otras lámparas iluminarán distinto esta habitación, que otras fiestas te salvarán, que otras velas conjurarán esta lluvia. Y sin embargo un rato cada día, siempre, puntual, repica Septiembre en la ventana para pedirte explicaciones sobre algo que fue o algo que no llega, sobre algo que grita de lejos o que dejaste debiendo, no sabes cuándo, cómo pudo, allá lejos, en alguna parte.


viernes, 14 de agosto de 2009

Círculos


Para qué repetir lo ya dicho
Para qué contar lo que mucho mejor cantado
(El señor Carlos Chaouen:


domingo, 26 de julio de 2009

'No' (el oscuro pasajero)

“Llega a ser quien eres”, aconsejó Goethe alguna vez, conciso, profundo, brutalmente lúcido. Llega a ser quien eres. Cuántos consiguen tal cosa. Cuántos ni se lo plantean. Cuántos se juegan la vida cada día por conseguirlo. En este juego cotidiano en el que, más o menos, conseguimos convivir, el contrato social nos brinda a la vez un seguro y un conflicto, una rosa y un látigo. Una tensión constante entre el que uno es y el que los demás esperan que seas. Llega a ser quien eres. La Historia con mayúscula podría escribirse perfectamente contando sólo las historias con minúscula de todos los malditos, marginales, proscritos, que lo fueron precisamente por no poder ser quienes querían ser. Quienes eran realmente. Pero cabe preguntarse, cada uno ante su espejo, si se pelea cada día por ganar ese milímetro cotidiano de libertad que nos acerca un poco más a la verdad del fondo de los ojos, a costa de alejarnos de la mirada de los otros. El infierno son los otros, dijo el otro. Pero no: somos nosotros, en todo caso; está aquí dentro. Ese infierno cuya hoguera azotan demasiadas veces ciertos sádicos como la culpa, el remordimiento, el odio contra uno mismo. El miedo. El miedo. Todos tenemos una vida diurna, uniforme, tutelada, en la que tratamos de ser lo que se espera que seamos (y lo que creemos ser según el engañoso guión de nuestra vida hasta la fecha). Pero como malditos, como marginales, como proscritos, vamos escribiendo cada día en la conciencia la biografía nocturna cuyos secretos sólo escuchan la almohada, la soledad, los espejos. Sólo a veces la gritamos. Sólo los más valientes se la escriben en la frente, como un blasón, y hacen del vivir una aventura suicida cuyo precio suele ser la incomprensión, pero cuya victoria es un aullido salvaje de insurgencia que salta todas las tapias, trepa todos los balcones y hace vomitar de vergüenza a los asalariados del Orden, el Terror y la Moral.

Es el oscuro pasajero. Es esa bestia noble y niña que nos araña por dentro y que protesta; que pregunta, como niño que es, inocente y brutal: Por Qué. Por qué sí, y por qué No. Albert Camus escribió que un hombre rebelde “es un hombre que dice no”. García Márquez ha dicho alguna vez que, si algo aprendió con la edad, es “a decir que no cuando es que no”. Quizás crecer signifique eso, y no otra cosa. Quizás crecer sea, al contrario de lo que opinan los cobardes de entrepierna estreñida, conquistar la desobediencia. Decir No. Llegar a ser quien eres. Abrir alguna rendija cuando sea preciso al oscuro pasajero, para que devaste con su ciclón de verdad tantas cosas que se dan por supuestas y que tantas veces no son más que el traje nuevo del rey desnudo. Saltar por encima de la tapia del propio miedo, trepar hasta el balcón que custodian celosamente los miles de ojos que jamás se atrevieron a treparlo, cínicos. Sacar la lengua, reír a carcajadas, enseñar todas las cartas: para ellos su razón, para ti el juego.

“Y en la ocasión primera / besa humilde las llamas horribles de la hoguera”.

domingo, 12 de julio de 2009

Del misterio


Uno de los misterios más hermosos, más insondables, más inquietantemente claros, es ése por el cual conspira la vida contra el orden de las cosas para mantener todo tu tiempo junto. “Lo vivo era lo junto”, escribió Luis Rosales: lo vivo es lo junto. Y la vida es al fin eso que sucede sin darte cuenta y que va reuniendo despacio, poco a poco pero fidelísima, todos los pedazos de tu tiempo, dándole un sentido extraño que ni siquiera puede entenderse pero que consuela, pues en cierta manera parece susurrarte que llevas todo tu camino escrito en los pulsos. “Porque la muerte no interrumpe nada”, escribió también Rosales, suplicante, con fe niña. Y muchas veces la muerte de tantas cosas, que creímos perdidas para siempre, tampoco consiguió interrumpir nada. Puedes estar fregando los platos a media tarde y notar cómo entra desde la ventana del patio de luces un olor súbitamente familiar que no pertenece a esta época, que ni siquiera pertenece a este país, pero que te trae con una clarividencia exactísima otra tarde de hace lustros en la que jugabas al contraluz de la escalera. Quizás sea sugestión, que tienes la cabeza en otra parte, pero a veces, al remontar por la mañana esa avenida llena de nieve hasta hace no mucho, jurarías que respiras a sal, que tras la última esquina verás la playa, y no cualquier playa. Es absurdo, porque estás en el centro de Europa, pero qué es, qué diablos será si no un soplo de brisa que ha recorrido miles de kilómetros desde aquella palmera tatuada de iniciales hasta aquí, sólo para recodarte de dónde vienes, o a dónde debes regresar. Ese sol de las cortinas a las cuatro de la tarde es el mismo de otro lugar que yo sabía. Esta guitarra recuerda sin yo saberlo antiguas melodías, secretas hasta que ella misma me guía los dedos otra vez. Quizá esa mujer sea todas las mujeres pasadas, presentes y futuras. Ah: porque el misterio no tiene por qué obrar sólo sobre lo sucedido, sino también por lo suceder, por los días que vendrán. Y cualquier noche puede asaltarte la imagen exacta de un balcón, una farola, una plaza desierta, mientras lees tumbado en el sofá algo que no tiene absolutamente nada que ver. Es la vida, de nuevo, susurrándote al oído su misterio sordo, intangible, pero diáfano como un oráculo. No hay más destino que el que uno quiera creerse, pero qué significan esas voces remotas de futuro, esas imágenes de leyenda como las ilustraciones de un cuento infantil que parecen ir a cumplirse una por una. “Sólo el misterio nos hace vivir, sólo el misterio”, sentenció Lorca, irrebatible. Pablo Neruda seguiría la misma senda del misterio para llegar a la poesía: “…pero desde una calle me llamaba, / desde las ramas de la noche, / de pronto entre los otros, / entre fuegos violentos / o regresando solo, / allí estaba sin rostro / y me tocaba”.

Aquí está la vida, sin rostro, tocándonos la cara. Reuniéndonos todo lo perdido, y todo lo que no hemos perdido aún, en un mismo instante. Haciéndonos entender que llevamos todo nuestro tiempo en un abrazo, y que poco importan este frío, esta lluvia, para poseer en un olor de brisa todos los veranos del mundo.

martes, 30 de junio de 2009

La ciudad del viento


El mal, no los errores, perdura,
lo perdonable está perdonado hace tiempo,
los cortes de navaja
se han curado también, sólo el corte que produce el mal,
ése no se cura, se reabre en la noche, cada noche
(I. Bachmann)



Aquí, en la ciudad del viento, donde a veces no canta nadie y donde pensaba que jamás llegaría el verano (para los lugareños es un mito), aquí también es posible, sin embargo, dejar el balcón abierto en estas noches; oír de madrugada a alguien que silba, el rumor lejano de las avenidas, unos tacones que se pierden a deshora: Aquí, donde el invierno más largo, más salvaje, más incomprensible de todos los tiempos. Aquí: donde la carta de nieve antes de ayer. Es inaudito. Es un misterio. Y también un consuelo para los sentidos mediterráneos y la obsesión congénita por la luz, las estaciones, las horas del día, que deben marcar el punto exacto de la piel en cada época. Ah, pero nada más. El calor de la siesta, la brisa de ahora y el rectángulo nuevo de sol en esa pared a media tarde no son más que otro espejismo: el verano miente a raudales en esta tierra. Pues sigue siendo la ciudad del viento. La gente que llena las terrazas y los parques apenas lo nota, pero esta brisa que parece traer aires del Sur es sólo un vendaval amainado que continúa barriendo la memoria de todo aquello que dejaste atrás; son legión los extranjeros que llegaron aquí huyendo de algo, o empujando al corazón para empezar de nuevo, acuchillando a jirones la nostalgia. También tiene esta ciudad el raro sortilegio de proporcionar una coartada para no pensar en aquello que sucedió en otra parte, pero que sigue sucediendo cada día, cada noche, que quizás sucedió para siempre. Llega el viajero malherido al aeropuerto, y al tomar el tren que ha de llevarle a su hogar provisorio empieza a notar que se aleja de sí mismo, o de esa parte de sí mismo que sólo mira de soslayo en los espejos. La vida puede ser entonces un folio en blanco, una copa de vino y un libro en un bar sin pasado ni futuro, una guitarra imitando acordes de canciones nuevas. Sólo tú y ahí fuera. Habitando sólo los sentidos, y no las catacumbas de la conciencia, llenas de serpientes y agua sucia. Sin embargo, es ésta una dádiva que la ciudad del viento ofrece a diario sólo a los más fuertes, “los que saben vengarse, los que saben defenderse”. En estas noches de verano, de viento dócil travestido en brisa, el único remedio eficaz es un licor de amnesia que sólo toleran los hígados más racionales, los más fríos, los más hechos a la intemperie. Apuran impávidos el vaso, acechando desolados el viento que no llega, y con los ojos vidriosos pero sin pestañear piden otra en la barra. Otra de olvido, pordiós. Algunos de ellos aguantan hasta al amanecer, y consiguen dormir en paz. Otros, con menos suerte, acaban vomitando en la esquina un charco descomunal, como una lágrima, lleno de fotos viejas que ni siquiera ellos mismos recordaban ya. Pero todos éstos pertenecen a la estirpe de los fuertes: los que saben vengarse, los que saben defenderse. Existen, en la ciudad del viento, otros seres más oscuros, desclasados, marginales. También viven en las barras, pero no consienten una sola gota de amnésico en la copa. En invierno desafían al vendaval y se calan una boina que les mantiene la memoria en llamas. En las noches de verano, cuando regresan por la calle desierta, respiran desobedientes el silencio. Y echan a correr despavoridos, sin vacilar, en cuanto un soplo de brisa amenaza con quitarles lo que duele.