miércoles, 11 de marzo de 2009

Autobiografía

Como el náufrago metódico que contase las olas
que le faltan para morir,
y las contase, y las volviese a contar, para evitar
errores, hasta la última,
hasta aquella que tiene la estatura de un niño
y le besa y le cubre la frente,
así he vivido yo con una vaga prudencia de
caballo de cartón en el baño,
sabiendo que jamás me he equivocado en nada,
sino en las cosas que yo más quería



(L. R.)

viernes, 13 de febrero de 2009

A sus cuarenta y veinte

Es el mejor, pero él no lo sabe, no se lo cree, no puede creérselo. Es el mejor, pero cómo va él a darse cuenta si sólo es un crío de catorce años con granos en el espejo y tinta azul entre las manos y mil aves de paso en la cabeza soñando con escribir la canción más hermosa del mundo. Es el mejor, pero cada vez que tiene la tentación de pensarlo en voz alta –estoy seguro- se parte de risa en el espejo, se ausculta lento las cicatrices, compone una mueca zumbona que acaba siendo amarga y se dice a quién vas a engañar, hijo mío, a quién, con esas alas de cartón, con ese inventario de ceniza, con esa antología de sábanas frías y alcobas vacías. Es el mejor, pero como todos los mejores jamás va a darse cuenta, no tiene tiempo, para qué: hay que apurar hasta la última gota del delirio y besar con una voluta de humo a las golondrinas muertas de la almohada. Hay que aferrarse al mástil de la guitarra y correr y huir y salir despavorido del acecho del lunes gris por la mañana, del hombre del traje gris de la estación, de todos los amaneceres de nube negra en busca de un aroma, un abrazo, un pedazo de pan. Es el mejor, pero él se hubiera conformado con las caderas de la rubia de la cuarta fila, con sacarle la lengua a los curas del colegio, con hacer la comunión por lo civil o escribir versos proscritos de provincia en el mismo cuaderno que su padre, señor comisario.

Joaquín Sabina es una fábula; Joaquín Sabina es una moraleja. Él no lo sabe, o no puede saberlo, o no quiere saberlo, pero Joaquín Ramón Martínez Sabina es ese cuento cómplice que se cuentan todos los días los adolescentes en el recreo, ese silencio que nadie grita en la clase de latín, esa letanía que va contando la lluvia tras los cristales mientras esos dos se miran muy despacio al principio, cuando todos los cuentos son el cuento de nunca empezar, o al final, cuando todos los finales son el mismo repetido. Joaquín Sabina es la metáfora en carne y hueso, en cueros vivos, de todo lo que pudo ser y puede ser al otro lado del telón de acero, de todo lo que pudo ser y jamás será porque estamos ya doblando las últimas esquinas de la noche, con el aguardiente de la despedida, con una carta rota en los bolsillos y la ciudad ardiendo allá a la espalda. Sabina es una fe: Sabina es una patria. Joaquín Sabina es una fiesta imprevisible y un codazo de bruces y emoción: sonreír sin más remedio porque tenemos memoria, tenemos amigos, tenemos los trenes, la risa, los bares, tenemos el morbo, los celos, la sangre y este alma en oferta que nunca vendimos. Es esa copa, es esta vela, es ese balcón. Joaquín Sabina es la pomada con alcohol, el chiste irreverente en mitad del velatorio, la tos burlona en la homilía y el abrazo en mitad del vendaval. Es una ética, es una estética, es un gamberro. Es una ley que no tiene normas, un estado de desánimo al revés, un Peter Pan que no quiere morir, un Dorian Gray que no quiere crecer, ese mito que ya no se creen los viejos y la metáfora brutal de todo lo que empuja la jaula hasta romperla y hacerla añicos y romper a volar.

Nadie jamás antes había confesado de manera más hermosa que te amo y sin embargo un rato cada día quiero escapar. A nadie oí antes decir que una casa sin ti es una emboscada. Nadie se había asomado tanto a los huecos que quedan entre los puntos suspensivos. Nadie había coronado tanta derrota para acabar siendo un ganador. No tenía salida el callejón del cuartel, pero nadie como él supo saltar la tapia, correr monte a través con los perros del destino mordiéndole la sombra y acabar braceando eufórico hasta la isla sin nombre ni nación donde esperan el azar, el vértigo, la leyenda. Quizás exagero, porque uno de los recuerdos más viejos que conservo es un salón a media luz y una voz preguntándose quién me ha robado el mes de abril. Cómo pudo sucederme a mí. Quizás exagero porque hace ya siglos que tengo una emoción para cada canción y viceversa. Quizás exagero, porque Joaquín Sabina es ya un símbolo oscuro lleno de luz que ha ido uno asimilando como la lección de las estaciones, el abecedario de un idioma íntimo o la costumbre de quedarse embobado en la ventana encima de los apuntes, que sí, mamá, que me cunde un huevo el estudio. Porque es un viejísimo conocido aunque él no lo sepa, como ese pariente díscolo al que no llegamos a conocer pero que los mayores siempre recuerdan como a un héroe, con envidia secreta: ése que se fue un día a por tabaco y no volvió. Y cómo será eso para él, si somos millones los que sentimos lo mismo –él no se lo creerá, no se lo cree-. A Joaquín Sabina habríamos tenido que inventarlo, si no existiera, entre un pirata del Caribe, un Humphrey Bogart con el don de la risa y aquel amigo del instituto que hacía novillos por la muchacha de arrabal. Si no existiera –qué disparate!-, habríamos tenido que reunir todos los pedazos de audacia, amargura, melancolía, ironía y duende que fuésemos capaces, e inventar nosotros mismos a Joaquín Sabina para que nos convenciese de que hay que olvidar el reloj, escupir en los contratos, naufragar en todas las barras y besar y caer y dejarse matar y despertar al día siguiente con la sonrisa desesperada de los que saben que ya nos devolverán –algún día- el mes de abril.

Me van a dar las tres. Y las cuatro, y las cinco. Y yo sólo quería recordar que hoy –o sea: el día antes de esta madrugada- descumple cuarenta y veinte inviernos el capitán Sabina. O cumple veinticuarenta. Yo sólo quería mandarle un beso ciego por mejilla, un abrazo muy viejo. Yo sólo quería decirle Gracias, de rodillas, desde este frío del diablo. Y pedirle, por favor, que no se muera nunca.



domingo, 8 de febrero de 2009

Inexorablemente

“El mundo descansa en el explotado o avanza sobre cadáveres. Puedes elegir entre la esclavitud y la muerte. O ni siquiera eso. Eligen por ti. El hombre sólo ha sabido erigir escaleras de peldaños humanos. Todo se hace a costa de alguien. Enseñar Historia o grandes monumentos es enseñar crímenes. Vivimos sobre el terreno pantanoso de los explotados, pisamos las arenas movedizas de inmensas extensiones de sufrientes. Landas de sangre iluminan nuestro paisaje” …, le contaba Francisco Umbral a su hijo, desde no sé qué penumbra, desde dios sabe qué terror de lucidez. También el amor, sabes? También el amor descansa demasiadas veces en la esclavitud. También el amor avanza inexorablemente sobre cadáveres



Déjame, mientras tanto; déjame sentarme aquí, a pensar tan sólo en Vos


(Aute escribe; Gieco canta)

lunes, 2 de febrero de 2009

Conversación

-Y bien?


-Y bien qué.


-Tú sabrás. Tú eres el que me mira con cara de notario. Tú sabrás.


-Ah. Claro. Sutil deserción, la tuya. Como si tú no tuvieras nada que ver en esto.


-Disculpa? Quizás he de recordarte que yo sólo pasaba por aquí. Como Aute. No sé qué pudiera yo pintar aquí.


-Eres pavorosamente infame. Asombrosamente cándido. Te felicito, enhorabuena. Si no te conociera como te conozco hasta diría que crees a pies juntillas en lo que dices. Enhorabuena. Inocente y prevaricador. Enhorabuena, chaval: te felicito.


-Me parece que te confundes en fondo, insolente. Mírate tú.


-Eso sí que es gracioso. Estoy a punto de partirme de risa. Llama a un médico, pordiós, que me va a dar algo.


-Pero vamos a ver: se puede saber qué te acontece, alma de cántaro.


-Tú. Tú eres lo que me acontece, elegante estafador. Embustero vil. Tú me aconteces.


-Qué disparate. Anda, cálmate, cálmate. Conversemos. Cálmate. Y deja de mirarme como la mirilla de un fusil. Cálmate. Sabes de sobra lo que pasa, y yo no tengo nada que ver. Yo te dije, yo te advertí, recuerdas? Porque soy tu amigo, o no te acuerdas, ingrato? Te lo dije yo.


-Eres sinuoso, eres astuto. Eres siniestro. Lo mismico que una serpiente. Pero a mí no me la das. Eres… Sabes? Te das un aire a esos mafiosos de Scorsese que te sonríen y te pasan la mano por el hombro antes de pegarte un tiro. Cosas del negocio, Luigi, fratello mio, etcétera.


-Me estás ofendiendo, niñato. Cierra la boca, sosiégate. Que no te planto ahora mismo porque soy piadoso, porque sé que no estás en tus cabales.


-Albricias. Al menos en algo coincidimos.


-Bien. Al menos. Escúchame. Me escuchas?


-Deseoso me hallo.


-Bien. Veo que avanzamos. Escúchame. Tú sabes que el tiempo pasa, no?


-Es la primera noticia que tengo.


-Haré como que no he oído eso. Vale. El tiempo pasa: estamos de acuerdo. Y tú sabes que el tiempo no sólo pasa, sino que el tiempo sucede. El tiempo actúa, vamos, pa que me entiendas. Me entiendes?


-…


-Qué maleducao serás siempre, desde luego. Quiero decir que el tiempo actúa, que el pasado actúa, que el presente actúa. Hasta el futuro actúa, fíjate lo que te digo.


-Conmovedor. Elevadísimo, míster. Podría vueced descender a explicarme a dónde quiere llegar con tan altas reflexiones?


-Pues quiero llegar, mi díscolo discípulo, a eso mismo, a que el tiempo actúa. El tiempo da volteretas, como un crío. Y dibuja el pasado y luego salta a los juguetes del futuro y luego vuelve al poco rato y garabatea otra vez en el dibujo y ahí lo tienes: algo que era pero que sigue siendo de otra manera y volverá a ser de otra, todo a la vez.


-Se ofusca usté, excelencia. Y me mosquea.


-Me ofusco, sí, quizás. ¿Te mosqueo?


-Me mosqueas. Me tocas la flor. Me parece que bajo toda esa primorosa alfombra de vacuidades estás escondiendo tu responsabilidad: me mosquea. Me toca la flor.


-Mi responsabilidad? Pero si es que yo no tengo responsabilidad alguna en nada. A ver qué te has creído.


-Fascinante. O sea, mi querido prestidigitador de feria: que aquí el único que hace o deja de hacer es el tiempo, y a ti que te registren.


-Eso mismo.


-Creo que voy a golpearte.


-Pero qué dices, insensato, qué dices! No me has entendido. Somos insignificantes, o es que no te has dado cuenta aún? No llegamos a casi nada. No controlamos nada, casi nada está en nuestras manos. Fíjate en la calle. Lee la prensa, pordiós. Tú crees que toda esa gente tiene algo que decir sobre lo que le pasa o le deja de pasar? Tú crees que la gente sabe lo que hace? Tú crees que la gente sabe lo que quiere, soberbio?


-Tú me llevaste. Tú me has traído. El tiempo no: tú. Tú, fariseo, mercenario, delincuente. Tú. Y tu cobarde manera de defenderte no mejora las cosas. Creo que voy a golpearte, repito.


-Estás enfermo. Eres un salvaje. Cálmate. Yo no tengo nada que ver en esto. A mí me llevó el viento igual que a ti, igual. Qué otra cosa pude haber hecho yo? Somos menesterosos, somos pequeños, amigo mío, asúmelo, asúm... Qué carajo haces? Suéltame!


-No, hombre, si no soy yo: es el Tiempo el que te agarra, oh menesteroso, oh pobre hombre!


-Suéltame, suéltame te he dicho, joder!


-Díselo al Tiempo, tu colega, a ver si quiere él evitarlo, miserable!


-Suéltame suéltame que me sss…






(Y el espejo hizo crack )






lunes, 26 de enero de 2009

'Off the record'

Pensaba que tenía leída, lamida y encamada casi toda la poesía del Maestro, pero (afortunadamente) hay más de la que pensaba. Ignoro ahora cuándo fue compuesto este poema: lamentablemente, es cuento largo. Por ello mismo –y porque es eso, un maestro- no pierde su triste actualidad. Léase, por tanto, a la luz de los últimos cuarenta años. Y también teniendo en cuenta que se trata de un lejano y secreto homenaje a San César Vallejo. El resto ya lo dice él

Nostalgia del presente


Habría querido ver a Ana
hablarle dulcemente
darle un beso

Vi la frontera con el Líbano
vi la frontera con Siria
vi kibutzym al pie de las fronteras
y en los kibutzym vi los bunkers
bunkers para preservar a los niños
contra la ceguera de los obuses y de la crueldad
Vi el rostro alegre de los niños
Hubiera querido ver a la pequeña Ana

Vi la triple Jerusalem
maravillosa abigarrada sagrada misteriosa
memoriada de sangre milenaria
y con una escalofriante vocación de vivir
Allí, en Jerusalem
almorcé con judíos y palestinos
a la misma mesa
todos y yo a la misma mesa
mi hija y yo con los judíos y los palestinos
almorzando a la misma mesa
Hubiera querido ver a Ana Frank

Vi el Jordán
Vi el Huerto de los Olivos. Casi
es imposible de creer: vi
el Huerto de los Olivos
Vi el Gólgota
Estuve a punto de ver el rostro de Jesús. Entonces
hubiera querido ver a la pequeña Ana

Vi el Museo del Holocausto:
la más tempestuosa prueba de la moral de la memoria
Lloró mi hija en el Museo del Holocauso
Lloró morenamente mi mujer en el Museo del Holocauso
y lloraron mis ojos en el Museo del Holocausto
Juro por Dios que aquellas no fueron lágrimas de rabia:
en tanto horror no cabe el odio
y no fueron tampoco lágrimas de terror:
en tanto horror no cabe el miedo
Fueron lágrimas puras inocentes originarias
lágrimas que nos devolvían nuestra infancia perdida
lágrimas súbitamente candorosas
lágrimas que laboriosamente formaban una sola palabra: no
pacientemente una sola palabra: no
resolutivamente una sola palabra: no
Habría besado las mejillas de Ana

Vi las prodigiosas naranjas
Vi la lujuria vegetal reventando sobre el desierto
Vi el fragor del trabajo
y vi el fragor de las ideas
Vi un debate parlamentario: kurdos
cristianos y judíos discutiendo sobre el presente
Allí en ese país secuestrado por el Pasado y el Futuro
donde el presente es sólo una ilusión
mordida por la realidad
vi a los parlamentarios discutiendo sobre el presente:
resultaba magnífico
En aquella magnificencia
hubiera querido ver a la pequeña Ana

Vi la noche opulenta
las cercanas estrellas
brisa marina agitando la cabellera de mi hija
el tifón de la Historia arrastrando adolescentes
chiquillos perentorios en el servicio militar
Vi fanatismo religioso
vi formidable toleracia
Oded Sverdlik me sonreía
Guga también me sonreía
Caían lágrimas por la cara de Ana

Vi la Universidad de Haifa: cristianos
árabes y judíos
indeciblemente reunidos
majestuosamente reunidos
estudiando literatura
En el almuerzo con los judíos y con los palestinos
allá en Jerusalem
les hice una pregunta: Hermanos
si el poder internacional lo consintiese
y si lo consintiese el doble fanatismo
¿cuánto tiempo precisaríais
para abrir el palacio de la paz?
Me respondieron: media hora
los palestinos dijeron: media hora
los judíos respondieron: media hora
y tuve ganas de maldecir
y besar la cara de Ana

¡Cafarnaúm, Cafarnaúm
ayúdanos a hallar el milagro de la misericordia!
¡Tiberíades, Genezareth
ayúdanos a caminar sobre las aguas!
¿Tantos templos, y el amor tan aterido por el odio?
¿Tanta sangre judía y palestina no ha logrado apagar
la vieja hoguera de la incomprensión?
¡Jerusalem, Jerusalem
una triple oración tumultuosa
no logra detener las balas ni las piedras!
¡Ven, Ana, resucita
absuélvenos!
¡Adolescente silenciosa Ana
nos hace falta tu bondad
desesperadamente nos hace falta tu inocencia!
¡Que tu memoria guíe las palabras los actos y los sueños
y que avergüence a todos los asesinos de este mundo
Ana Frank querida mía hija mía!

Vi los dátiles árabes
vi el pan ácimo
vi el sol maravilloso
vi el odio nauseabundo y el sorprendente amor
vi la miel en los rostros y en los dulces
y vi el pecho de la esperanza
abriendo su camisa a los disparos
Y vi que el mundo, el mundo entero
en esta tierra habrá de hallar la paz
o en esta guerra la catástrofe
Aquí en este puñado de dolor
sobrevendrá el Apocalipsis
o nacerán el amor y la vida
la verdad y la vida
la vida y la verdad

Hermano Mahmud hermano Arnoldo hermano Amos
vi la pequeña tierra de Israel y Palestina
purgando los errores atroces de toda nuestra especie
¿Tantos templos y el amor tan aterido por el odio?
¿Tanto doble dolor abochornado
por una doble incomprensión?
¡Cafarnaúm
ayúdanos a encontrar la piedad!
¡Tiberíades
ayúdanos a caminar sobre las aguas!
¡Jerusalem
ayúdanos a todos!

¡Despierta ya, Presente, y echa a andar!

FÉLIX GRANDE

sábado, 17 de enero de 2009

Contraluz

Cuántas vidas pueden vivirse a la vez. Cuántas vidas se viven sin saberlo. Cada mañana un recuerdo futuro, cada tarde una herencia, cada noche una profecía. Cuántas vidas se viven sin que nadie lo sepa, sin que nadie repare en que uno puede ir andando a mil kilómetros de la acera por la que va su cuerpo al mismo tiempo; cuánto escalofrío puede llevarse de la mano, como un fantasma; qué es lo que verán ésas que miran entre el tráfico y la furia de algo que no puede verse. Van a dar las doce, pero cuántas épocas pueden habitar esta penumbra, esta vela íntima, esa calle de bruma que se abre a todos los caminos, como un oráculo. Cuántas vidas podrán vivirse a la vez, en el mismo segundo de un Tiempo que no existe. En estos días comenzarán ya a dar las seis en oro en el reloj de la Atalaya, pero será de hace décadas. En la cafetería de la facultad comenzará a filtrarse otra vez el aire nuevo de las cuatro de la tarde anunciando otro tiempo de banderas; también será para mí. Aquí en el Norte sopla un viento que nadie antes ha oído, pero yo ya he tenido la alucinación de una tarde de abril que ya viví, no sé cómo, hace siglos, en el mismo sitio. Cuántas vidas pueden habitarte a la vez, sin que tú mismo lo entiendas, como partero de una generación en desbandada. El niño desangrado en el periódico es el niño que murió el siglo que viene; el anciano que mira sin ver y no mira ya lo fuiste tú, alguna vez. Hay una mujer llorando en el umbral de aquella puerta; mira lenta, da un portazo, se va. Hay otra mujer recortándose a contraluz de las farolas del balcón; se da la vuelta, guarda silencio, y me mira. Este momento no está sucediendo ahora mismo, esta noche no existe: es sólo el recuerdo que he de tener un día. En alguna parte sigue la vida de todas las personas que yo sé. Qué estarán viviendo, qué estaréis viviendo, quizás en un túnel de espiral muy parecido a éste en que salís boqueando de una angustia para caer rodando por el vértigo de la emoción y la memoria. Subyugados por el miedo, pero también por la insólita revelación de lo vivido. Cuántas vidas a la vez, cuántas. Hay un balcón a varios años de distancia en el que sigue delirando de madrugada un niño que amaba a otra niña que ya no existe. Hay una plaza a muchos kilómetros de tiempo que sigue custodiando el secreto ancestral de la belleza. Esta noche atardece en mi país en añil y azul. Esta noche, Bruselas amanece hacia poniente a las cinco de la tarde.

jueves, 8 de enero de 2009