jueves, 8 de enero de 2009

domingo, 28 de diciembre de 2008

Moradas

Sí, corazón: es, otra vez, el tiempo de lo perdido. Abrígate. Consuélate. Sonríete. Abrígate. Es el tiempo, otra vez, de lo perdido. Pero no tengas prisa, no te precipites, corazón: todo sucede. Y lo terrible –Maestro-, lo terrible ya sucedió. Lo terrible ya sucedió y sucede y viene sucediendo cada vez mil cada día: es irreparable: no te culpes. No acuchilles más almohadas al despertar, no escupas más en los espejos, no me llores. La vida y su precio son irreparables. No te atormentes, corazón: no llores. Óyeme. Y oye la noche boreal de la belleza. Escucha las campanas últimas de la madrugada y el sueño tranquilo y remoto de quienes te quieren, el silencio sapientísimo y discreto de quienes no te preguntan –no les hace falta: no hace falta- quién eres, quién vienes siendo, quién eres, Qué Pasa. Recuerda a los amigos, recuérdalos. Recuerda esta noche y todas en las que algo pequeño, casual, irrepetible, te salva. Todo puede salvar, corazón: recuérdalo. Todo puede ser en el instante más insensato una luz, un acorde, un beso, una vela, o esta cama. No te abismes, corazón: la vida es. Entiéndelo. Recuérdalo. Acurrúcate en tus rincones de sol y deja que todo sea, aunque no sea. Aunque tú no lo sepas. Quizá llegues algún día a merecer el nuevo sol. Quizá llegues alguna noche a acariciar el oráculo azul de la vida en cueros. Todo pasa, corazón, y todo se va. Como nosotros –como nosotros: Capitán-. Quizá, seguro –lo sabes, en el fondo-, todo será y volverá a ser mil veces, para dejar de ser. Y en ese tránsito de lo oscuro a lo oscuro temblarás de eternidad, de nuevo. Acaríciate. Ovíllate. Abrázate a ti mismo cuanto puedas, corazón, en esta noche tristísima de voces a lo lejos, de plazas a lo lejos, de fuentes a lo lejos en su agua verde de ojos lejanísimos. Cálmate. Escríbete, si es preciso. Escríbete. Ora cuanto puedas y sufre cuanto necesitas y despierta mañana, corazón, tranquilo. Sabiendo como sabes –no has de engañarte: ya la conoces- que la vida es más grande, es más larga, es más poderosa que tú, mendigo. Sé humilde, corazón: sé valiente. Condesciende a la tristeza de esta noche para resucitar al mediodía. Ríndete esta noche antiquísima para la noche limpísima de los astros del monte sur. En el fondo de un vaso o en las caderas de la guitarra; en el espejo del folio o en el vislumbre del atardecer y la leyenda: cualquier camino es el camino, corazón, para abrazarte, consolarte, perdonar a lo que no tiene culpable ni remedio ni explicación, y arrodillarte a la gratitud de saberte vivo, corazón, delante de todos los caminos por los que vas despacio, a tientas, muy pequeño y muy mendigo, pero con la mirada alta, limpia, del corazón furtivo en sombra y del corazón tendido al sol. Cálmate. Del corazón por el camino a pie, corazón. Duérmete. Del corazón tuyo, ajado, irreductible: de tu viejo corazón a pie, el tuyo, el tuyo, el tuyo: el de siempre.



jueves, 4 de diciembre de 2008

Aquí




Se puede. Se pueden tener todas las canciones del mundo en la cabeza. Se pueden pisar a la vez todos los charcos del mundo que custodian las luces de invierno de todas las ciudades del mundo donde siempre estuviste sin saberlo, donde sigues buscando la sombra más vieja de la niebla íntima. Se pueden tener todas las canciones del mundo en la cabeza. Se puede perseguir por todas las esquinas inéditas el fantasma de todos los amigos idos, de toda la mujer perdida viviendo en los ojos acuáticos de un mendigo universal, Cesitar, qué viejo todo, corazón. Se puede. Se pueden tener en la cabeza y en el costado y en el corazón de la garganta todas las canciones que cuentan a la vez la misma historia, la que no se puede contar, la que todo el mundo cuenta, la que nadie ha escrito jamás. Se puede: se puede estar en todas las canciones del mundo a la vez, en todas las épocas del tiempo a la vez, en todos los escalofríos en acorde y duende en vena, a la vez. Se puede seguir viviendo en cada bosque y seguir durmiendo en todas las escaleras y en toda, toda tu escalera, a la vez. Se puede saber en fondo pero sin poder traducir jamás el idioma boreal, originario, del corazón oscuro. Se puede hablar desde los ojos el lenguaje profundo anterior a la especie, sin saberlo. Se puede, se pueden habitar todas las canciones del mundo, a la vez, y llevar un ejército de soles y de rostros y de madrugadas en el oído alerta y en el corazón en cueros y en la garganta del corazón, temblando. Se puede temblar sin edad ni tiempo ni lugar en todas las canciones del mundo: se puede. Se puede vivir con todas las canciones del mundo en un acorde. Se puede vivir en todas las ciudades del mundo en un adiós. Se puede temblar en todas las canciones del tiempo con el corazón en cueros y en mitad de la calle y vislumbrando a lo lejos el temblor de todas las canciones del mundo, en la garganta.



Se puede.

martes, 4 de noviembre de 2008

Monólogo de nadie


De quién serás ahora. De quién serás presa, cautiva o lumbre, en estos anocheceres de bruma. De quién serás hija; qué apellido tendrás. De quién serás en estas tardes ilegítimas del frío, de golpe de estado del general invierno. Para quién: en quién serás. Es la hora en la ciudad de todos los noviembres: amanece otoño, atardece invierno, y es como el crepúsculo de una isla a la deriva en un planeta boreal. De quién serás ahora, de quién ya nunca; de alguna cama o de las calles, de la luz ceniza al mediodía o del azul de lobo oscuro de ahora mismo. De quién serás, de cuándo. Pero no hay lumbres por aquí, no hay hogueras por aquí de ancianas enlutadas en las últimas esquinas. Serás de alguna sombra, te custodiará alguna sombra mientras atisbas desde el cristal una luz de farol que vacila allá a lo lejos: que viene ya de otra época. De qué serás ahora. De dónde. Me lo pregunto a veces, al despertar, al divisar el espectro gris de la ventana. Me lo pregunto siempre, al caer la tarde, cuando se divisa en la ventana el frenético fracaso de avenida a ningún sitio. Hacia dónde serás tú, hacia dónde. Con la vida y sus costumbres, con las calles y sus coches, con los cafés y sus oscuros en su café y su tabaco. Quizás no nos hizo la vida para esto. Quizás no somos de la vida para esto. Quizás sólo para el carnaval nocturno en el palacio clandestino, allá donde no importa quién eres, de cuándo eres; de quién. Más allá de las casas encendidas, de los aviones en bandada, de los cielos sin nadie, estarás. Pero de qué, de dónde. A este lado del cristal, en los fantasmas del humo de este atardecer a oscuras, sólo el frío. No sé de quién hablo, no sé ni quién eres. Pero de quién. De quién serás ahora.



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jueves, 9 de octubre de 2008

La mariposa, el huracán y Rita la Cantaora

Tenemos miedo. Hace miedo en la calle. Mientras la televisión y los periódicos y los sumos pontífices de la pirotecnia verbal escupen un ruido ininteligible de sumas y restas y deudas al cubo y gilipolleces por ciento, ahí fuera tirita un otoño que ya se filtra por las costuras y acuchilla la almohada con dientes de insomnio, con ruido de insomnio, con dientes de miedo. Intentan explicarnos, algunos con buena fe, el mecanismo de la telaraña económica mundial, el comportamiento arbitrario de un ente al parecer etéreo e inaprensible que según de qué humor se despierte puede reventar un barrio en Hong Kong o levantar un rascacielos en Berlín, y a uno, que tampoco es el fulano de Una mente maravillosa, se le queda el careto del más imbécil todavía, preguntándose si es que es más imbécil aún de lo que pensaba. O sea, que la pizpireta y casquivana mariposa bursátil bate sus alas al amanecer, y al mediodía un huracán de proporciones bíblicas nos manda a todos a tomar por saco. ¿A todos? ¿A todos, todos? En ese caso no habría de qué preocuparse: se trataría de un insecto extremadamente democrático, de puro imprevisible. Por eso, permítaseme consultar a Rita la Cantaora y al Maestro Armero, antes de tragarme que los reptiles de la ciénaga capitalista la iban a dejar a su libre albedrío, a la mariposa de los huevos (de oro). Leo por algún sitio que esto es el final de una era, que tiemblan los cimientos de un sistema caduco, que esto ya se veía venir, señora; y a mí, oh pobre profano en lides económicas, fíjate, me entra una risa atravesada que deriva en mueca amarga cuando pienso ojalá, nenes, ojalá. Ojalá fuera cierto que a los señoritos de la finca les ha salido el tiro por la culata en la cacería del domingo, y han agujereado de un perdigonazo el trasero de su suegra. Pero no, señora: no. No caerá esa breva. Porque a mí me comentan Rita la Cantaora, y el Maestro Armero, y hasta Pirri, que pasaba por aquí, que sólo hace falta echarle un vistazo a la Historia para saber que lo tienen todo atado y bien atado. No hacen falta aspavientos, ni sofocos ultraizquierdistas, ni teorías conspirativas, para saber que esto, como se dice en mi pueblo, es más viejo que el cagar. Un buen perro jamás muerde la mano de su amo, y el capitalismo es un mastín de conducta férrea, que muerde cuando le mandan morder y se pone manso junto a la chimenea cuando su dueño le trae un buen pellizco, sea de acciones o de puestos de trabajo medievales que permitan multiplicar el botín. Así que no me cuenten boleros: hace miedo en la calle. Los que ni sueñan con entender ni una mísera parte de cómo funciona el sistema andan temblando, andan sin sueño, preguntándose qué será de ellos si les echan, qué será de los suyos si no pueden llegar a fin de mes. Algunos veinteañeros que yo me sé seguirán aceptando sin rechistar su destino fatal de esclavos institucionalizados del siglo veintiuno y dando gracias, bwana, por explotarme; algunos otros, ni siquiera eso. Del resto del mundo, de las millones de almas para las que la palabra crisis sonaría a sarcasmo, mejor ni hablar. Puede seguir el telediario escupiendo cifras; pueden seguir las lumbreras patrias con su alquimia numérica, explicando de dónde venimos y hacia dónde vamos. A mi humilde parecer, es el señor José María Izquierdo quien más claramente lo ha explicado hasta la fecha, en un artículo en El País: esto se trata, sencillamente, de que cuatro tahúres se ponen a jugar al póker en Nebraska y el marido de mi prima se queda sin curro en Vallecas. Ni más ni menos. El tema es que son los cuatro hijos de puta de siempre, que, pierdan las partidas que pierdan, siempre saldrán ganando: tienen a la mariposa (¿o era un perro?) demasiado bien amaestrada como para que el huracán les pueda alcanzar a ellos. Si algo cambia, señora, será para que todo siga igual.

Éste es el único Caos que yo entiendo:

miércoles, 27 de agosto de 2008

Luz de olvido

Esta tarde, a la hora del café, he encontrado una luz nueva reverberando en la puerta del salón: sólo un momento, furtiva; al poco, todo ha vuelto a ser verano otra vez. Pero yo sé qué ha sido. Quién. Yo sé que Septiembre merodea ya bien cerca, y que pronto ya no necesitará esconderse. Se quedará, con su decreto de otoño, y todo volverá a empezar otra vez para ser distinto. Se supone que un año acaba en diciembre y termina en enero, pero algunos adultescentes aún hacemos muescas en el calendario con ese mes que marca el inicio del curso escolar. Ése que olía a libros nuevos y a brisa nueva en las aceras. Ése al que uno se encomendaba para hacer realidad todas las conquistas y todos los fracasos, primero mirando a las estrellas del cine de verano, luego al fondo de un vaso de ron en las últimas fiestas de agosto. Si el galopar del tiempo es casi siempre implacable, la resaca del verano sólo dura el suspiro del tren de vuelta, lo que tardan los campos en amarillear para que miremos la vida al contraluz de otras tardes. Las siestas eternas bajo las palmeras, las risas sin miedo al lunes y el amor al amanecer junto a un Mediterráneo malva serán entonces un recuerdo remoto. También las carreteras olvidarán pronto las almas rotas por la velocidad suicida, y las casas donde tantos ancianos han vuelto a morir solos, sin que nadie escuchase su soledad entre la canícula, dejarán las ventanas abiertas para que el primer vendaval de otoño limpie la vergüenza de las habitaciones. Este verano también atrapó a un criminal de guerra serbio, pero quién sabe si Septiembre se encargará a su vez de ventilar las celdas y hacer humo las proclamas de quienes se sintieron vengados el pasado mes de julio. Si has tenido muchas amantes este verano te felicito, y fumo a tu salud para que el bronceado de la piel de todas ellas no borre, al difuminarse, la memoria de los besos que les diste en esas noches clandestinas. Ya lo sabes: Septiembre borra al llegar todos los mapas. Por eso, entre otras cosas, deberías ir pensando en trazar ya la carta náutica que impida que quedes a la deriva en las próximas semanas. Septiembre es implacable en el olvido. La teoría del caos se cobró más de ciento cincuenta seres humanos en uno de esos regresos en avión hacia la memoria (por poco no salió mi número en esa lotería, por cierto): todo apunta a que la proximidad del mes de inicio se resiste a que los forenses hagan bien su trabajo, para que la amnesia no borre también la identidad de esos rostros que ya no volverán a reír en ningún otro verano de este mundo. Nadie debería morir nunca en verano. Lamentablemente, también eso está fuera de su alcance: también él morirá pronto, y muchos tendremos de nuevo la incertidumbre de la edad adulta –ya no adultescente- filtrándose por la almohada. Tiende uno a mitificar aquellos años del acné en que no se comía un rosco, pero hay algo incuestionable: sabías exactamente lo que tenías que hacer cuando llegaba Septiembre. Comerte el tarro igual que ahora, pero con un plan establecido. Ahora ya ni sabes qué asignaturas te quedaron pendientes. Un inmigrante nigeriano que vendía clínex en una calle de Sevilla a cincuenta grados a la sombra se encontró hace un par de semanas una cartera con dos mil setecientos euros, y sin pensarlo dos veces lo llevó a la policía, sin abrirla: “No tengo la necesidad de mirar nada que no sea mío”, declaró; el otro día me crucé en un pasillo del metro semivacío con una pareja de ancianos eslavos: él tocaba el violín como los dioses, y ella le iba pasando, atenta, cada página de la partitura. Septiembre tampoco tendrá piedad a la hora de olvidar el heroísmo. Y sin embargo este mes también traerá una amplísima acuarela de ocres, y cuando regreses a la ciudad quizás el miedo por el final de la tregua cambie de color al encontrarte en un parque fortuito con aquél que creíste no volverías a ver jamás. Con suerte, Septiembre te devolverá también al pueblo, a una noche de romería en torno a una hoguera vieja de siglos: a ella encomendarás de nuevo tus deseos, y en ella velarás, fielmente, lo que de piel y ron te sobreviva aún en la memoria del verano.

martes, 5 de agosto de 2008

Verano

¿Y el verano? Ahí fuera, ahí está, ahí respira en la siesta de las cinco. No va a venir nadie a la ciudad, a preguntarle qué se hace, tan lejos de casa, tan lejos. Ahí fuera anda el verano. Anda algo perdido en la canícula; gatea por los tejados y busca sin encontrar algún zaguán de buena sombra, algún patio fresco con plantas hacia el sur. Está más viejo este año pero no se le nota en la cara. Llama a la ventana del salón con estrépito de otro tiempo y yo no sé si abrirle. Me pondría perdido de sol y humo de kilómetros. Y no sabría señalarle exactamente el camino. Por allí a la casa donde no amanece nunca, por allí a Neruda esperando en una barca, por allí a las palmeras de hace ya diez años. Y además no sé conducir. Si pudiera le llevaría sin rumbo fijo, o a visitar a los que siguen donde yo no puedo. Si pudiera me lo llevaba a La Manga, donde lo conocí. Pero tampoco sé si querría volver. Se le nota que ya agotó todos los bares y las playas donde yacen sin saberlo sus amantes. Se le nota hastiado de parejas que no llegarán vivas a septiembre y de cadáveres en la cuneta que no llegarán ya a saber de esto. Se le nota, se le ve en la cara, que anda lejos de su casa, sea cual sea, no lo sé. Pero qué andará buscando y qué hará aquí ahora, el verano. Vagará, seguramente, calle abajo, falda abajo, tarde abajo. Demasiado temprano para que ande despierto un nómada. Demasiado tarde ya para comprar los periódicos que arden ya en las aceras, desahuciados, porque poco importa ahora a tanta gente que no cierre el horror por vacaciones. Sigue llamando a la ventana, y yo dudando. Quizás le debo algo. Quizás trae noticias de alguien, de algo. Pero dudo. Si abro, querrá quedarse, no se está tan mal aquí dentro. Pero esta tarde es demasiado pequeña para los dos. Dejará de llamar, cuando caiga el sol. Y si resisto la tentación de abrirle hasta entonces, es probable que decida seguir camino, entender que poco tiene que hacer aquí. Seguirá andando ciudad abajo, noche abajo, cuando abran ya los primeros bares y llegue la primera brisa. No quiero abrirle. Ojalá encuentre una quinceañera que le mire como entonces, que le lleve a casa. Ojalá se suba al coche de esos vividores que viajan al verano como si fuera el último. No puedo abrirle. Ojalá llegue a salvo y le reconozcan. No abriré. Ojalá llegue pronto a casa.