miércoles, 24 de octubre de 2018

El páramo, la espada, el castillo




Que se alcen los soldados del otoño
para saludar a la reina:
levanten sus lanzas y saluden
a nuestra señora de la Soledad


Que se alce el soldado: que se postre. Que aclame a la única, la diosa única posible aquí, en este páramo, este oleaje de brisa última al crepúsculo. Que se postre ante la servidumbre elegida, el honor de esta era. Que honre el lugar encomendado, su páramo del sol huyendo, el horizonte de la luna y el puñal

Que sea el custodio del páramo rojo de la Soledad. Que no se pierda; que no se aventure a las lindes sombrías del bosque de la cueva del llanto donde vive el títere atado a su puerta, anhelando la antorcha – Que corte las cuerdas del títere: sea con la espada de la Justicia: limpien la espada los cántaros de Templanza: que la sangre se vuelva azul a la luz de la luna de cuarzo: a la luz azul de la Estrella del río

Que no se rinda el soldado: que rinda pleitesía a nuestra señora de la Soledad. Velando, custodiando, aguardando la luz azul que mane de la espada tras la espada rota de la sangre: Que se alce de la luna roja de la diosa rota el Grial

Que alce el castillo para nuestra señora de la Soledad. Que cave desde el vórtice del Tiempo. Que le muestre el Tiempo la sima donde el sufrimiento comenzó


Que se alcen los soldados: que se postren, en silencio, en la dulce reverencia final



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