martes, 23 de marzo de 2010

Los acordes de la tribu

Yo tendría dos, tres años. Y un balcón azul hacia una plaza con farolas al anochecer. Y una atmósfera que no se me ha ido de la piel desde entonces, y una voz que parecía venir desde más allá de los tejados de mi pueblo, susurrando que han vertido en ti cien pueblos, / de Algeciras a Estambul, / para que pintes de azul / tus largas noches de invierno. Yo tendría dos, tres años, y estoy seguro de que el recuerdo no es una invención o una treta dulce de la memoria, un recuerdo inventado. Yo sé que es real: el recuerdo más antiguo que guardo. Y de aquellos polvos, estos lodos.

También tengo plena conciencia de otro, algo más tardío pero exactamente igual de nítido: el salón de otra casa del mismo pueblo, sólo un par de años más tarde. Entonces tendría cinco, seis años, y desde el recién comprado equipo de música otra voz cantaba la canción más triste que yo había oído jamás, arañando la espina dorsal de una emoción que no se iría nunca: Y cuando en la pizarra / pasa lista el profe de latín, / lágrimas de desamor / ruedan por la página de un bloc, / y en él escribe: / ¿Quién me ha robado el mes de abril? / ¿Cómo pudo sucederme a mí?... Y de aquellos lodos, este barro.

La canción de autor es un destino. Quiero decir: en mi caso, tuve la grandísima suerte de tener uno de esos padres canónicos, cultos y rojos como dios manda, que oían a Paco Ibáñez en los años de miedo y futuro de la Transición española y que se enamoraban adolescentes con pantalones de pana gritando a galopar, a galopar. Hasta enterrarlos en el mar. Yo tuve esa suerte, como tantos hermanos de mi quinta. Pero repito: la canción de autor es un destino; algo fatal, en el sentido clásico del término. Porque todos aquellos que sienten fervor por la poesía del idioma (y no me refiero sólo, desde luego, a los lectores de poesía, sino a los que aman o tientan la poesía, simplemente) acaban tarde o temprano cayendo en el hechizo de la poesía cantada, que es, en mi modesta opinión, el arte mayor al que pueden aspirar las tribulaciones, los sueños y las penas de la especie humana. Y antes de que cualquier vertiginoso me tache de fliperas, de elitista o de estar pasándome cinco pueblos, le invito a echar un ojo a la antropología o a la historia de la lírica, y a comprobar cómo todos los pueblos de la tierra, desde sus orígenes, han compuesto espontáneamente cantos con los que dar cobijo a sus pasiones, aquellas que nos acompañan desde la caverna. (El nicaragüense Ernesto Cardenal tiene sobre el tema un libro bellísimo: Antología de la poesía primitiva, reeditado hace poco por Alianza).

Es a esto, precisamente, a lo que me refiero: nuestros ancestros se reunían en torno al fuego, en las noches lentas del verano o en las noches de frío en que acechaban las bestias, y en torno a ese fuego los más viejos contaban los mitos que cifraban la reunión, y en torno a los miedos, los anhelos, los pesares y las esperanzas de todos ellos (el amor y la muerte, siempre el amor y la muerte) acababa abriéndose paso una voz que componía, quizás sin darse cuenta, una oración que acababa siendo poema: un poema que, misteriosamente, acababa cobrando ritmo para acabar siendo una canción. Y, así, las palabras de la tribu desembocaron en lo que venimos disfrutando, desde los juglares hasta ahora: los acordes de la tribu.

Pero no me quiero poner académico; entre otras cosas, porque ni estoy a la altura, ni era lo que pretendía al escribir estas líneas (ni, por supuesto, hacer creer que reduzco la historia de la música popular a Cohen, Aznavour y Sabina). Sólo quería, como siempre, ajustar cuentas. Decir unas cuantas cosas que hacía mucho tiempo que quería decir, aunque aquí no caben. Soltar un par de monedas a cuenta de esa deuda infinita que guardo desde que tengo uso de razón con una manera de decir las cosas, con unos cuantos nombres y unos centenares de canciones -cada vez más- que me han venido abrigando y embriagando, depende de las circunstancias, cuando me ha sido preciso reír o llorar, fumar en silencio en el rincón aquel o desenvainar la copa del delirio y la aventura.

Aquí no caben, y además me he pasado ya más de un folio. De modo que dejaremos para la siguiente entrada todas esas cosas que llevo tiempo queriendo decir sobre la tristeza que es adrenalina y la alegría melancohólica, sobre los cojones de Serrat y el furor latinoamericano, sobre las dictaduras que prenden mechas y sobre las dictaduras de quienes ostentan el poder de Lo que hay que oír, sobre los hombres de traje gris y las niñas en minifalda, sobre el Libertad 8, la Bombonera, la esquina de enfrente, la cofradía (secta dentro de la tribu) que ama a algunos desconocidos íntimos (Ismael Serrano, Carlos Chaouen, Quique González, el colega Manuel Cuesta…) y la cuarta cuerda de mi Alhambra 3C que se me ha vuelto a joder, joder Miguel, qué te pasa, no estudias, no trabajas…




lunes, 8 de marzo de 2010

Lo que sea

Oír a Cohen en la oficina mientras se dice que sí que sí que sí pero se dice que No que No que No ceder el paso a las más feas llamar listas a las guapas tender la ropa del revés lavar la ropa en acuarela echar las cortinas si es de día abrir el balcón cuando es de noche estornudar en la misa cantar mientras se duerme mirar mirar mirar bien todo el día y toda la noche estudiar el vuelo de la mosca olvidar el dos por tres y el yo mi me si no es contigo colgar un cuadro en plena calle hablar de Vallejo con los perros contar un chiste con los ojos driblar a las señoras en la cola sacar la lengua a las corbatas decirle algo en el semáforo dile algo joder que se va dile algo qué más da hacer el pino en los desfiles llorar a chorros en la feria carnaval leer a Cortázar mientras hablan y hablan y hablan tiburones sacar la lengua al que te odia dar un abrazo al que te odia un beso de tornillo al que te odia dar tabaco a los mendigos pintar versos al mear llamar al camarero por su nombre reír beber reír robar mandarinas de la finca y coronas del jardín y salir pitando y partiéndote de risa beber reír beber follar en el confesionario hacer el amor en el baño del tren follar como lobos en la playa a pleno día qué le parece señora besar besar besar contarle un secreto al desconocido del ascensor que no te mira silbar cuando te dicen oigaustéaquíahora trepar a la ventana en antifaz esperar toda la noche si es preciso trepar por la escalera tirar el antifaz correr como un cabrón correr correr correr no te detengas saltar regar las plantas con vino verde apurar el vino verde tirar al mar atardecer ámbar en un castillo añil del sur caliente el vino verde con mensaje en la botella y un adiós huir coger trenes y regresar coger aviones pero no volver regresar regresar orar cabizbajo cuando los demás no saben saludar emocionado lo que no ven saber sin saber lo que se sabe que hay en la sombra que no se sabe pero está sentir cabalgar anochecer reír sentir reír cabalgar invitar a la fiesta a los viejos hablar a Lorca con los niños afinar la guitarra otra vez ponernos cuerdas otra vez templar la vida otra vez besar correr lamer saltar el antifaz la botella la ventana el jazmín besar reír besar beber fumar morder saltar huir quemar doler beber besar llorar lo que sea lo que sea loquesea con tal

de no ser como ellos


(Ilustración: 'Bufón', de Michelle Jones)