“Llega a ser quien eres”, aconsejó Goethe alguna vez, conciso, profundo, brutalmente lúcido. Llega a ser quien eres. Cuántos consiguen tal cosa. Cuántos ni se lo plantean. Cuántos se juegan la vida cada día por conseguirlo. En este juego cotidiano en el que, más o menos, conseguimos convivir los de este lado de la mesa, los afortunados con bolsillo de las sociedades que se llaman democráticas, el contrato social nos brinda a la vez un seguro y un conflicto, una rosa y un látigo. Una tensión constante entre el que uno es y el que los demás esperan que seas. Uno procura, en la medida de sus posibilidades, no ser un degenerado porque, convicciones aparte, espera que los demás tampoco lo sean. No le hagas al prójimo lo que no quieras para ti, etcétera (curiosa sentencia ésta, por cierto: y yo qué carajo sé si lo que no quiere el prójimo es lo mismo que no quiero yo; ni de lejos). Yo no te jodo, y así tú no me jodes a mí. Fácil, no? Pues no: porque el riquísimo verbo joder tiene en este contexto tantas acepciones como partes contratantes. Llega a ser quien eres. La Historia con mayúscula podría escribirse perfectamente contando sólo las historias con minúscula de todos los malditos, marginales, proscritos, que lo fueron precisamente por no poder ser quienes querían ser. Quienes eran realmente. Poner ejemplos es ya innecesario: consúltese a los libros, o a la prensa, o a los viejos. Pero cabe preguntarse, cada uno delante de su espejo, si se pelea cada día por ganar ese milímetro cotidiano de libertad que nos acerca un poco más a la verdad del fondo de los ojos, a costa de alejarnos de la mirada de los otros. El infierno son los otros, sentenció otro maldito. Pero también nosotros: está aquí dentro. Ese infierno cuya hoguera azotan demasiadas veces ciertos sádicos como la culpa, el remordimiento, el odio contra uno mismo. El miedo, en suma. Todos tenemos una vida diurna, uniforme, tutelada, en la que tratamos de ser lo que se espera que seamos. Intentamos no elevar la voz, no llegar tarde, no escupir a la cara los insultos de las tripas. Bien, está bien, está muy bien. Pero como malditos, como marginales, como proscritos, vamos escribiendo cada día en la conciencia la biografía nocturna cuyos secretos sólo escuchan la almohada, la soledad, los espejos. Sólo a veces la gritamos. Sólo los más valientes se la escriben en la frente, como un blasón, y hacen del vivir una aventura suicida cuyo precio puede ser la incomprensión, la violencia o la muerte, pero cuya victoria es un aullido salvaje de insurgencia que salta todas las tapias, trepa todos los balcones, hace toser en las homilías y hace vomitar de vergüenza a las señoras con perrito y a los señores dueños del Orden, el Terror y la Moral. Es el oscuro pasajero. Es esa bestia noble y niño que nos araña por dentro y que protesta; que, ante todo eso que se considera normal, pregunta, como niño que es, inocente y brutal: Por Qué. Por qué sí, y por qué No. Albert Camus escribió que un hombre rebelde “es un hombre que dice no”. García Márquez ha dicho alguna vez que, si algo aprendió con la edad, es “a decir que no cuando es que no”. Quizás crecer signifique eso, y no otra cosa. Quizás crecer sea, al contrario de lo que opinan los cobardes de entrepierna estreñida, conquistar la desobediencia. Decir No. Llegar a ser quien eres. Abrir alguna rendija cuando sea preciso al oscuro pasajero, para que devaste con su ciclón de verdad ciertas normas que se dan por supuestas y que en tantos casos no son más que el traje nuevo del rey desnudo. Saltar por encima de la tapia de tu propio miedo, trepar hasta el balcón que custodian celosamente los miles de ojos que jamás se atrevieron a treparlo, cínicos. Sacar la lengua, reír a carcajadas, enseñar todas las cartas y gritar Qué Pasa. Para ellos su razón, para ti el juego.
De modo que hazte el favor: llega a ser quien eres. Mírate al espejo, mírate bien. Sé un proscrito. Sé un hereje. “Y en la ocasión primera / besa humilde las llamas horribles de la hoguera”, Capitán Grande.
Uno de los misterios más hermosos, más insondables, más inquietantemente claros, es ése por el cual conspira la vida contra el orden de las cosas para mantener todo tu tiempo junto. “Lo vivo era lo junto”, escribió Luis Rosales: lo vivo es lo junto. Y la vida es al fin eso que sucede sin darte cuenta y que va reuniendo despacio, poco a poco pero fidelísima, todos los pedazos de tu tiempo, dándole un sentido extraño que ni siquiera puede entenderse pero que consuela, pues en cierta manera parece susurrarte que llevas todo tu camino escrito en los pulsos. “Porque la muerte no interrumpe nada”, escribió también Rosales, suplicante, con fe niña. Y muchas veces la muerte de tantas cosas, que creímos perdidas para siempre, tampoco consiguió interrumpir nada. Puedes estar fregando los platos a media tarde y notar cómo entra desde la ventana del patio de luces un olor súbitamente familiar que no pertenece a esta época, que ni siquiera pertenece a este país, pero que te trae con una clarividencia exactísima otra tarde de hace lustros en la que jugabas al contraluz de la escalera. Quizás sea sugestión, que tienes la cabeza en otra parte, pero a veces, al remontar por la mañana esa avenida llena de nieve hasta hace no mucho, jurarías que respiras a sal, que tras la última esquina verás la playa, y no cualquier playa. Es absurdo, porque estás en el centro de Europa, pero qué es, qué diablos será si no un soplo de brisa que ha recorrido miles de kilómetros desde aquella palmera tatuada de iniciales hasta aquí, sólo para recodarte de dónde vienes, o a dónde debes regresar. Ese sol de las cortinas a las cuatro de la tarde es el mismo de otro lugar que yo sabía. Esta guitarra recuerda sin yo saberlo antiguas melodías, secretas hasta que ella misma me guía los dedos otra vez. Quizá esa mujer sea todas las mujeres pasadas, presentes y futuras. Ah: porque el misterio no tiene por qué obrar sólo sobre lo sucedido, sino también por lo suceder, por los días que vendrán. Y cualquier noche puede asaltarte la imagen exacta de un balcón, una farola, una plaza desierta, mientras lees tumbado en el sofá algo que no tiene absolutamente nada que ver. Es la vida, de nuevo, susurrándote al oído su misterio sordo, intangible, pero diáfano como un oráculo. No hay más destino que el que uno quiera creerse, pero qué significan esas voces remotas de futuro, esas imágenes de leyenda como las ilustraciones de un cuento infantil que parecen ir a cumplirse una por una. “Sólo el misterio nos hace vivir, sólo el misterio”, sentenció Lorca, irrebatible. Federico fue maestro y amigo de Rosales, a quien Pablo Neruda, mucho después, calificaría de “señor de idioma”. El chileno colosal seguiría la misma senda del misterio para llegar a la poesía: “…pero desde una calle me llamaba, / desde las ramas de la noche, / de pronto entre los otros, / entre fuegos violentos / o regresando solo, / allí estaba sin rostro / y me tocaba”.
Aquí está la vida, sin rostro, tocándonos la cara. Reuniéndonos todo lo perdido, y todo lo que no hemos perdido aún, en un mismo instante. Haciéndonos entender que llevamos todo nuestro tiempo en un abrazo, y que poco importan este frío, esta lluvia, para poseer en un olor de brisa todos los veranos del mundo.
De pie en la noche contra las tapias viejas o bajo el sol sobre la tierra codiciosa o en lechos de todos los precios o por los suelos de las habitaciones
a cualquier hora o ignorando las horas
con angustia o con gratitud desesperado o apacible estrenando el amor o asesinándolo
nada hay, Loba, fuera de eso que yo pueda llamar mi historia